Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 43)
La arena de la playa se convierte en un escenario de vergüenza cuando Edu decide que María debe demostrar su sumisión ante la mirada de todos. No hay escape, solo el sonido de sus gemidos ahogados y la luz fría de los teléfonos móviles iluminando su degradación.
CAPÍTULO 43
Aquella lucha de poder era asfixiante, y yo sentía que María era mi apuesta, y Edu la de Víctor, pero yo en el fondo quería que María perdiera… así que la dolorosa y culpable realidad era que María estaba sola.
Estaba sola y a juzgar por sus movimientos parecía que no necesitaba ayuda, que se bastaba y se sobraba; y se desapelmazaba un poco la melena, y se ajustaba la camisa, y se cerraba tres o cuatro botones, y mostraba una suficiencia, de nuevo, que no parecía encajar con su situación.
Supe por su gesto y por su temple que aceptaba aquel denigrante favor a Edu, pero sabía también que aquel era el último capricho. El último. Que no toleraría una orden más. Ni una burla más. Ni una trampa más.
Y no pidió permiso para ponerse la falda, como si supiera que Edu ya tenía la negativa preparada, por lo que ni hizo ademán de ir a por ella, y comenzó a abandonarnos solo con la camisa y las bragas, en dirección a aquel corro de chicos, que estaban a punto de recibir a una mujer completamente fuera de contexto, por la hora, por belleza, por la ropa, por su semblante ardiente y sulfurado, y seguramente por unos pezones, punzantes bajo la camisa, que acabarían por rematar la insólita estampa.
Yo la veía marcharse, iluminada siempre por la luna y por las lejanas pero potentes farolas del paseo, con su camisa ondeando levemente, la cual, cayendo liviana hasta la mitad de sus muslos, se aliaba con ella para tapar sus bragas y su culo.
Mientras veía aquella mancha rosa y aquellas piernas alejarse, miraba también de reojo cómo Edu se deshacía de sus pantalones y calzoncillos, y pude suponer que se sentía pletórico y orgulloso, con su camisa azul de lino abierta, con su miembro intimidante liberado, y sabedor de que María cumplía, excitada y rabiosa, sin necesidad siquiera de atender a cómo ella obedecía a su orden.
Víctor, entonces, que sí atendía, como yo, a la marcha de María, le dijo a Edu:
—¿Cómo la ves?
Y entonces Edu sí miró en la dirección de María, al tiempo que doblaba sus pantalones, y respondió:
—Veo que te la follas tú también.
—Nah, no creo —respondía Víctor mientras yo sufría por escucharles hablar así de ella, y la veía ya alterando aquel corrillo con su llegada.
—¿Y tú, Pablo? ¿Cómo la ves? —preguntó Edu, en su enésima treta.
Yo le miré entonces, y lo vi tan crecido y provocador que se me revolvían las tripas.
—Pues yo no la cabrearía mucho más —acabé respondiendo, fingiendo seguridad, sin mirarle fijamente.
—Ah, ¿no? —decía Edu al tiempo que yo volvía mi mirada hacia María y veía cómo un par de chicos se levantaban, y cómo uno miraba hacia nosotros, y cómo otro, de pelo fosco y abundante, parecía darle un cigarro y fuego.
—No… Yo la veo bastante al límite —respondí.
—No… si al límite se la ve —quiso matizar Víctor, haciéndose gracia solo a sí mismo.
Podía ver las piernas largas de María, cruzada de brazos y dando después una calada. Y pensé que quizás Víctor pudiera tener razón y debiéramos resguardarnos un poco más. Y después otra calada, y aquel chico de pelo oscuro y abultado parecía querer retenerla.
Escuché movimiento y vi entonces cómo Edu caminaba seguro y firme hacia la orilla, con aquel miembro pesado y con su camisa abierta, y parecía que iba a orinar frente al mar, y yo me quedaba a solas con Víctor y deseaba que tuviera la clemencia de no decirme nada.
Y vi entonces cómo aquel chico captaba la atención de María, y su amigo de nuevo miraba en nuestra dirección, y María comenzó a asistir a múltiples gesticulaciones y a palabras innecesariamente cercanas a su oído, y yo no entendía tanta dilación.
Un minuto, dos minutos… Y yo no miraba hacia Víctor, pero le sentía. Y después vi cómo el chico pretendía besar a María, en algo que primero me alertó y que después deduje que seguramente habrían pretendido ser dos besos de despedida… Y María se los negaba discretamente, y reinició después su camino de vuelta, y yo miré entonces a un Edu que, con las piernas abiertas, musculadas pero más bien delgadas, acababa con su desahogo cara el mar.
Llegaron a nosotros prácticamente a la vez, y ella pasó por delante de Víctor y de mí, y nos mostró, sin cortarse, que sus pezones no tenían vuelta atrás y que los chicos habían disfrutado de ellos, y no se colocó donde antes, sino un poco más oculta con respecto a aquel corrillo. Y la calma tensa era insoportable, y Edu le dijo entonces, distendido, que no se fumara todo el cigarro, y ella le dijo:
—Dos caladas más y te lo doy.
Y allí, cruzada de brazos, ella exhalaba con soberbia, y la polla de Edu colgaba enorme, y yo no entendía aquel impasse.
—¿Qué tal con los chavales…? —preguntó entonces Víctor, de forma algo extraña, pero quizás queriendo poner en valor la treta de su amigo.
—Bien —dijo ella echando el humo. Chula.
—¿Solo bien? —insistió Víctor, en unas preguntas que no tenían demasiado sentido.
María se mantuvo en silencio. Y le miró. Le miró con desprecio. Y pensé que no se dignaría a responderle más. Pero entonces, cambiando de tema abruptamente, le dijo:
—Tu hijo parece bastante normal. Es curioso.
—¿Sí? ¿Te parece curioso eso? —preguntó él, socarrón, sin dar la sensación de molestarse.
—Venga, dame el cigarro —quiso intervenir Edu, y entonces María, sorprendiéndonos, abrió su mano y le dio otro cigarrillo y un mechero, que Edu recibió.
—Sí, me parece curiosísimo —decía María mientras Edu se encendía el cigarro y yo no podía creer que estuviera allí, al lado de María, con la camisa abierta y con su pollón colgando hasta casi la mitad de sus muslos.
—Explícame por qué. No nos dejes así, ¿no? —insistía un Víctor que no parecía enfadado.
—Para empezar no tiene tu mirada asquerosa… —espetó María… y se hizo un silencio, y Víctor no respondía a su insulto… y yo temía que aquella cuerda se hubiera tensado ya demasiado, y entonces vi cómo María no miraba hacia Victor, sino que miraba hacia la orilla… y algo allí la inquietaba, y yo seguí su mirada y pude ver cómo el chico que le había dado fuego se dirigía también a orinar hacia el mar, pero todo lo hacía mirando hacia nosotros con fallido disimulo.
Pero solo María pareció darse cuenta, y se movió un poco y apagó el cigarro. Y entonces, Edu, con la espalda contra las hamacas y fumando, le dijo a María:
—Ven, te doy una.
Y María se acercó para recibir una calada, y Víctor se volteó entonces y miró en dirección al chico que orinaba. Y el cigarro de Edu fue a la boca de María, y ella inhaló, especialmente chulesca, y le devolvió el cigarro a Edu, y entonces él inhaló también, y exhaló, y la miró, y entonces fue a por ella, y la atrajo hacia sí, con violencia, y la besó, con furia, casi con inquina, y sus cuerpos se juntaban y yo tragué saliva sin querer… y ella emitió un quejido, pero abría la boca, y se dejaba besar, por fin y otra vez, y sus lenguas se fundían… y María se entregaba y la polla de él chocaba contra ella y se perdía por allí abajo, golpeando alguna parte de su cuerpo, y sus ojos cerrados y su cara ladeada y su melena a un lado… y me dolía… pero algo me subía por el cuerpo… un deseo, un ansia, que todos compartíamos, incluido un Víctor que carraspeaba, y se aclaraba la voz, y pensé que diría ahora sí algo y en venganza, pero finalmente no decía nada, y entonces María cortó aquel beso, y protestó con un susurro, y un “qué… haces” que no sonó convincente, fue suspirado, y se apartó un poco, hacia atrás. Y entonces él volvió a jugar, y le dijo:
—Ven. Que te doy otra calada.
María, de nuevo sulfurada, no sabía qué hacer, y Edu se llevó el cigarro a la boca, y volvió a inhalar y a echar el humo exageradamente, y después miró de forma extraña a su cigarrillo y dijo:
—¿Qué es más pequeño… esto o la polla de Pablo?
—Eres un gilipollas —respondió inmediatamente María, defendiéndome.
—¿Por qué? Venga, chúpasela aquí… y nos reímos todos… —dijo Edu, más hiriente que nunca, y yo sentí algo que no había sentido antes, pues la humillación no radicaba tanto en sus frases como en que María me protegiera.
Y la vi allí expuesta, en el centro de todos, medio desnuda, inquieta, y defendiéndome. Y entonces algo cambió en mí. Y sentí que no lo soportaba más. Y no sabía si lo hacía tanto por ella, o por mí, pero por primera vez quise detener aquella escalada de vejaciones.
Así es que me agaché, cogí la falda de María, y ella se giró hacia mí, y se la quise dar, y ella me miró, y no sabía si dudaba de mí o de ella misma, pero finalmente la aceptó.
Y yo sentía, y seguramente los dos, que aquello había sido demasiado, que la humillación formaba parte del juego, pero no hasta el punto de que María se viera obligada a ampararme. Y miré entonces a Víctor, y le dije con la mirada que aquello había terminado, que él perdía, que Edu perdía, aunque aquello significase que perdíamos todos.
Y escuché cómo Edu le decía a María un “ven…” más templado, pero yo sabía que ya no había vuelta atrás, que nos íbamos. Y miré hacia el mar y el chico que nos espiaba parecía ya haber vuelto a su grupo. Y después me agaché y encontré mis zapatos, y los cogí, y me incorporé, y volví a mirar a Víctor, y quise saborear su gesto abatido… pero su semblante era de atención, hacia María y hacia Edu, y me volteé, y un rayo me partió entonces por la mitad.
Mis zapatos cayeron de mis manos mientras, absorto, asistía a cómo Edu había dado un paso adelante y le acariciaba sutilmente la cara con una mano… y sus caras se pegaban… y los brazos de María caían muertos… Y yo supe, tuve la absoluta convicción, de que el beso era inminente, y de que sería diferente… y efectivamente sus labios se juntaron, y se escuchó un beso sutil, y después las manos de María me mataron, pues fueron hacia él… hacia aquel miembro que colgaba pesado y que la atraía de manera angustiosa… Y ladearon sus cabezas… y abrieron sus bocas… y sus lenguas volaron y se pudieron ver unos besos sorprendentemente sentidos y tranquilos. Y entonces la mano que acariciaba la cara de María comenzó a descender, e hizo escala en acariciar una teta sobre la camisa, y después bajaba más… hacia su sexo… y se pegaron más… y me mató la rapidez con la que se pudo escuchar un sonido de ella, un jadeo… casi instantáneo… pues él la fundía casi antes de empezar… y es que un “Mmmmm…” me anunciaba que él ya hurgaba o frotaba… en el sexo de María, por debajo o por encima de las bragas… pero su coño le sentía… y se deshacía para él.
Y su entrega era especialmente dolorosa, pues venía precedida de mi más mayúscula humillación, y por estar Víctor presente… y entonces otro “¡Mmmm…!” y María flexionó, entregada, las piernas, y yo me acerqué más, mareado, como en un sueño, y con mi polla palpitando tanto como mi pecho, y pude ver cómo Edu metía una de sus manos por dentro de las bragas de María… y daba la impresión de que ya le metía un dedo… un dedo dentro de su coño… mientras fumaba chulesco con la otra mano. Y María se agarraba a él, a su cuello y a su polla, haciéndole una paja caótica, sin ritmo ni eficiencia. Y entonces él le dijo algo al oído, y retiró su mano de sus bragas… y María miró por un instante hacia atrás, hacia mí y hacia Víctor, y sus ojos eran morbo y excitación pura… Y volvió a mirarle a él, y comenzó a desabrocharse los botones de su camisa rosa, otra vez, y se remangó las mangas hasta los codos una vez terminó, y le agarró la polla con las dos manos, y él se llevó de nuevo el cigarro a la boca y echó el humo hacia un lado. Y ella se arrodilló.
Todos los elementos se volvieron entonces en mi contra, pero eso significaba que también se volvían a favor. Y es que allí estaba todo, y lo máximo… y parte de ese máximo era María con el consentimiento y con la audiencia. Y, una vez arrodillada frente a él, aquella plenitud de elementos se plasmó en su movimiento de melena y en su caída de ojos, en sus caricias a aquella polla enorme y dura y en cómo se apartaba la camisa, a un lado y a otro de sus tetas, para que los tres pudiéramos admirarla.
Y fue tremendamente morboso y doloroso ver cómo ella, allí, arrodillada, miraba hacia arriba, y el pollón de él le apuntaba a la cara, y él volvía a echar el humo a un lado y miraba hacia abajo, y ella, con su boca cerquísima de aquello oscuro y que palpitaba solo, se recogía los pechos, se los acariciaba y a la vez se los ofrecía… y entonces él se llevó la mano a aquel trozo de carne pesado, y se retiró la piel, y le susurró: “métetela en la boca…” Y entonces María separó sus labios, abrió la boca, sacó la lengua… cerró los ojos… y yo sentí a Víctor acercarse a ellos por el otro lado.
Edu aprovechó entonces los ojos cerrados de María y dirigió su miembro hacia ella, pero no a sus labios, sino a su cara, y ella recibía unos humillantes golpes en su mejilla, golpes que resonaban en su cara, y ella se mantenía firme en recibir aquel pequeño castigo… y asumía hasta chulesca que Edu la deshonrase así… y ella acariciaba sus pechos en unos círculos implicados y simétricos… algo ida… y yo me moría de morbo a la vez que me dolía verla así…
… y de repente una luz nos sobresaltó, y María cerró con fuerza los ojos, y Víctor iluminaba aquella vejación con la luz de su teléfono móvil… pero ella no protestó… y permitió más toques en su cara, y gracias a aquella luz se pudo ver el contraste entre la rudeza de aquella polla enorme y el delicado y agraciado rostro de María, y se pudo ver también cómo algo de preseminal transparente humedecía sus mejillas… y yo creía morir cuando Edu por fin deslizó aquel pollón por la cara de ella… y lo posó en sus labios, y dio otra calada, y volvió a echar el humo a un lado… y movió un poco su cadera hacia adelante… forzando a que María engullera la punta de aquel pollón… y aquel glande grueso y pétreo entraba decidido en la boca de mi novia… y un “jo-der…” era emitido por Víctor, y ella le sabía allí, pero el deseo de comerle la polla a Edu era superior.
Y la boca de María se esforzaba en asumir al menos la punta de aquella polla tan gorda que le hacía forzar la boca… y Edu resopló, y Víctor la iluminaba… Y María acariciaba sus tetas, y se las apretaba un poco y cerraba más los ojos cuando Edu penetraba su boca un poco más al fondo.
Mi miembro lagrimeaba sobre mis calzoncillos y entonces Edu se abrió un poco más la camisa, y me miró; con su torso perfecto, moviendo su cadera adelante y atrás… follándole la boca a mi novia mientras su amigo iluminaba aquella mamada… y echaba otra calada y fijaba la cabeza de María con displicencia, y la tenía allí… arrodillada, comiéndole la polla… Y yo le odiaba, pero a la vez sabía que le necesitaba. Y entonces María, con su boca exigida, jadeó en aquella polla, un sonido agudo que sonó infantil pero a la vez morbosísimo, y yo me quise liberar… para masturbarme mientras veía aquello, pero era Víctor quién se adelantaba, dejando de alumbrarla por un momento.
Y María, se retiró entonces un poco, y liberó su boca, y tenía los labios embadurnados del preseminal de aquel miembro colosal, y no quiso mirar al lado de Víctor, sino que miró al mío, y su mirada lo decía todo; decía que necesitaba aquella polla, que le necesitaba a él, y todo me lo decía con los ojos mientras de sus labios colgaba un hilo espeso que era mezcla de su saliva y del preseminal que había brotado de la polla de aquel cabrón que había forzado hasta el límite, pero que al final la tenía allí… arrodillada… Y yo me moría de morbo, y a la vez sufría… y a la vez sabía que ella tenía que estar escuchando que Víctor se estaba abriendo los pantalones a su lado.
Entonces María miró hacia arriba, hacia Edu. Sacó la lengua y lamió, en un recorrido largo, todo aquel tronco, y después en varios lametazos cortos que hicieron que aquel pollón rebotase. Y Víctor la volvía a alumbrar… Y María cerraba los ojos, llevaba sus dos manos a aquel miembro, lamía el glande, embadurnándolo en un exceso lujurioso de saliva, en círculos exagerados, y su melena se agitaba y su cuello comenzó a ir hacia adelante y hacia atrás, y la punta de aquella polla marcaba sus mejillas por dentro de su boca, deformando su cara en una mamada húmeda y colosal… Y su cabeza adelante y atrás, y su melena ondeaba, y adornaba la mamada con unos “¡Mmm!” “¡Mmmm!” chupándosela con las dos manos, agarrada a aquel mástil y hasta haciendo que los huevos de Edu se balanceasen… y se la comía como si llevara muchísimo tiempo deseando aquel momento… y más saliva, y más “¡Mmmmmm!” “¡Mmmmmmmm!” eran gemidos en aquella polla larga y ancha que la tenían allí arrodillada y entregada… Y entonces Víctor acabó por liberar un miembro pálido y mediocre con una mano, mientras con la otra seguía alumbrando… y esbozó un entusiasmado y desagradable: “hostia, puta…” Y Edu, que apenas suspiraba y que miraba hacia abajo y ladeaba la cabeza para ver bien aquella mamada, terminó por lanzar su cigarro a la arena, y susurró:
—Chúpasela a Víctor también.
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