Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 42)
La luna ilumina un juego peligroso bajo las hamacas. María cree tener el control, pero Edu ha trazado un plan que la expone no solo a su placer, sino a la mirada de todos. ¿Hasta dónde llegará su obediencia cuando el peligro de ser vista se cuela en el deseo?
CAPÍTULO 42
Su propuesta carecía de sentido alguno. Los chicos no se iban a mover porque nadie se lo dijera. Sin embargo, si fuéramos nosotros los que nos desplazásemos un poco hasta colocarnos en el lado opuesto a ellos, ocultos tras hamacas, no podrían vernos, quedando expuestos por el otro lado, eso sí, pero en el otro lado no había nadie.
Por tanto yo no tenía duda de que aquello era un tanteo, de que Víctor jugaba a ser Edu, y de que quería saber hasta qué punto yo obedecería con tal de acabar viendo a María entregada.
Y se escuchó entonces un sutil quejido, un “Auh…”, que mostraba más dolor que placer, y mis ojos volvieron a la silueta conjunta y pude ver cómo María apartaba a Edu en un empujón prolongado más que seco. Y el resplandor de la luna me permitió advertir un botón más desabrochado en la camisa de María, que me hizo deducir que el motivo de aquel lamento pudiera haber sido un magreo excesivamente vehemente sobre sus pechos.
Se miraban frente a frente, en silencio, conscientes de su público, capitaneando un corrillo desigual y tensísimo. El escote de María era ya una brecha que bajaba vertical casi hasta su ombligo, y su rostro mostraba una inquietud que me agobiaba aún más de lo que ya estaba por mí mismo.
Edu aceptó el pequeño empujón, pero en seguida contraatacó, acercándose a su presa y alargando su mano hacia ella, mano que subía hacia su cara, en una caricia sobreactuada, que lo que buscaba realmente era que su dedo volviera a sus labios y que ella se rebajara a chupar de allí, exponiéndose otra vez. Pero ella apartó ese dedo con displicencia, y a Edu no le gustó su desplante.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó.
—No me pasa nada —respondía María rápidamente.
Y se hizo otro silencio, y María y yo advertimos lo mismo, pues mi mirada fue hacia el cuerpo de Edu, hacia abajo, y pude ver un bulto imponente.
—La veo… un poco aplastada… ahí —dijo María, queriendo jugar ella también.
—¿Te molesta? —preguntó él sin revisarse.
—No, pero igual te molesta a ti —insistió ella.
Y de nuevo otro silencio. Y, a pesar de su rostro acalorado, María quería mandar, pero, al contrario de otras veces, su inquietud la hacía precipitarse:
—Venga, sácatela —le dijo como si le pretendiera hacer un favor, cuando el favor se lo haría a ella misma.
Miré a Víctor por un instante, y lo vi pendiente de María y de Edu, pero también algo desconfiado o alerta por aquellos chicos. Yo, sin embargo, volví a centrar toda mi atención en una María que daba un paso al frente, aceptando el desafío, con gestos garbosos, como si una mujer poderosa se dispusiera a encargarse de un hombre tibio. Pero el problema radicaba en que sus pretensiones iban por un lado... y su cuerpo iba por otro, y no quiso ir directamente a sus pantalones, sino que pretendía empezar por la camisa azulada y veraniega de él… pero sus dedos la traicionaban trágica e inmediatamente, desde el primer instante… pues temblorosos, tardaban exagerados segundos en desabrochar cada botón de la camisa azul de lino de Edu.
Él no quiso hacer sangre de aquel temblor, y se dejaba desabrochar, y hasta le hizo un favor, pues una de sus manos quiso ir a uno de los pechos de ella, y esa mano fue apartada rápidamente, dándole así la opción a María de proceder con su falsa seguridad.
Una vez María abrió aquella camisa azul no se la quitó, y optó por bajar más sus manos vibrantes que la desenmascaraban. Y le miró más fijamente, pretendiendo anunciarle que iba con todo y que iba a liberar aquello, y que nada que él ofreciera la iba a intimidar, cuando Edu susurró:
—Mira cómo nos miran estos buitres…
María pudo decidir entonces a qué alimaña mirar, y optó por mí, y me clavaba sus ojos llorosos mientras maniobraba en los pantalones de aquel fastuoso hombre, y se podía escuchar el tintineo de la hebilla del cinturón de Edu.
—Y más buitres que hay allí… —dijo Víctor, siempre demasiado pendiente, al tiempo que los pantalones de Edu bajaban hasta sus rodillas, se revelaban unos calzoncillos oscuros, y Edu buscaba los dos últimos botones de la camisa rosa de María, y esta vez ella no le detenía.
Yo me quedaba sin aire, y quería disfrutar del momento preciso en el que María liberara aquello que nos había cambiado la vida, y ella le apartaba un poco la camisa a él, para paladear ella también el momento y el impacto conjunto. Y sus pectorales bronceados y sus abdominales marcados se contraían en una respiración calmada, al tiempo que Víctor susurraba:
—Nos van a ver, joder... Pablo, tápales.
Aquello produjo que Edu girara la cabeza hacia aquel grupo de chicos, y yo consideraba que no podían vernos, al menos no cómo para saber lo que estaba sucediendo, y había decidido no obedecer más… Y María, tras descubrir el torso de Edu, no atendía a Víctor ni a nada más que a deleitarse con el impacto completo y de una vez… de exponer ella también… y llevó sus dedos a las gomas del calzoncillo de Edu y tiró hacia sí, exigiendo de aquella tela oscura… y dándole espacio a aquel miembro para que se liberase… y entonces aquella polla enorme, gorda, y en horizontal... era descubierta, y le apuntó, culpándola.
Aquella majestuosidad nos hizo volver a todos a aquel epicentro. Y María parecía ser capaz de contenerse, pues aún no había pronunciado palabra alguna, y sus ojos querían disimular, pero cuando alargó su mano, y la tocó; y cuando sus dedos, ínfimos y blancos en contraste con aquella monstruosidad, quisieron agarrarla, no fue capaz, y acabó por suspirar un: “joder… madre mía…”, que me avergonzó, por mí, y por ella.
Edu llevó entonces sus manos a los pechos de ella, y, sobre la camisa rosa, magreó buscando que sus pezones marcasen y se pronunciasen bajo la tela, y no tardó apenas nada en que aquello se produjese; y ella, acalorada, resopló, y ladeó la cabeza, dejando caer su melena voluminosa y alborotada por un lado, todo mientras le miraba, mientras agarraba aquel pollón y mientras descabezaba aquella piel, y salía a la luz un glande potente, carnal, que húmedo, parecía brillar con luz propia.
Y las manos de María, las dos, fueron a aquel mástil pesado y recto… tan pesado que parecía que más y más sangre era necesaria para engrandecerlo por completo. Y sus finos dedos se perdían en la inmensidad y en la rugosidad. Y yo no podía ni respirar, por más que lo hubiera visto otras veces… Y entonces ella llevó una de sus manos a sus huevos, y los recogió, hacia arriba, como llevándolos a la base de aquel miembro… y comenzaba a pajearle, pero en un movimiento inverso, moviendo su mano adelante y atrás, como si tirara de él y hacia sí misma cada vez que aquella piel cubría su glande.
Y la mano de María adelante y atrás, y su codo agitándose, y su brazo en aquel vaivén, y Edu sin emitir sonido alguno, y lo que se escuchaba era el tintineo de la pulsera de María rechinar y rebotar contra su propio reloj, en un sonido rítmico e hipnotizante. Y yo desvié por un instante la mirada, y suspiré, mirando hacia la nada, y seguía escuchando aquel ruido que pronto se comenzó a mezclar con el del sonido líquido de la paja, el sonido de aquella piel extensa adelante y atrás… Y entonces escuché de Edu un: “Jo-der… qué bueno…” que más que agradecido sonaba burlesco, y volví mi mirada a aquella paja, y a aquellos dedos, y a aquella mano que distaba mucho de poder cerrarse, y supe, por enésima vez, que yo jamás le podría dar aquello, ni prácticamente nadie. Y entonces Edu quiso forzar más, y jadeó un “Qué bien pajeas…” y ella respondió con un tibio: “cállate…” y él buscó más allá con un: “mírate… la pajeadora del despacho…” y María le quiso matar con la mirada mientras amasaba aquellos huevos y seguía pajeando, y fue entonces Víctor quién susurró un: “quién lo iba a decir… eh...”, que supe hirió a María, pero aquella frase mordaz de Víctor no la hizo detenerse ni revolverse, pues ella consideraba que la manera de que Víctor sacase lo mínimo de allí era ignorándole por completo.
Y Edu quiso colar entonces una de sus manos por aquel escote, que ya no era un escote sino un ventanal entreabierto que deseaba aventarse, y ella sintió aquella caricia, sintió cómo aquella mano se colaba por su camisa y masajeaba una de sus tetas casi con ternura… y se pudo sentir su piel erizarse y su pezón atiesarse… y resopló… cada vez más desesperada… Y no se pudo contener más, y mantuvo la paciencia en la paja lenta, pero su boca quiso ir a la de él, y entonces él rehuyó su intención, ridiculizándola, delante de mí y de aquel lúgubre hombre que se relamía con una discreción que yo pensaba duraría poco más.
Edu, tras esquivar su beso con temple y sin aspavientos, llevó sus manos al cuello de ella, y la fijó, como si la fuera a besar, como si los besos se fueran a producir cuando él quisiera, pero sus labios fueron a su mejilla, de forma ultrajantemente melosa, y después de un contenido beso le susurró algo al oído, y como consecuencia de aquello la hizo girar un poco, y tras otro sutil beso en su mejilla acabaron intercambiando sus posiciones, con la espalda de Edu ahora contra las hamacas. Y entonces él llevó una de sus manos a la mano de ella que le pajeaba, y la detuvo, y le ordenó que se diera la vuelta.
Ella protestó entonces y yo no la escuché con claridad, pero después accedió, se giró, con su espalda cerca del pecho de él y cara a nosotros… Y ahora, sin las hamacas que le habían dado cobijo, se convertía en un flan inquieto y excitado, frente a Víctor y frente a mí.
Y entonces Edu, dijo:
—¿Qué buitre prefieres? Dime.
María, tremendamente expuesta, no parecía sufrir lo que sería lógico teniendo en cuenta su situación. Estaba tensa, excitada y por momentos en sus manos, pero siempre mantenía un poso que hacía desconfiar, como si se guardara algo y pudiera hacer uso de ese algo en cualquier momento.
Su melena le tapaba ligeramente el rostro, y no parecía que fuera a responder a aquella pregunta que no era sino un juego más. Y Edu, una vez comprendió que ella no le pondría en bandeja frases que le permitieran continuar con su diversión, llevó sus dedos con delicadeza a aquella melena, la apartó un poco, y le susurró:
—Quítate la falda… que me tienes aquí en pelotas y tú como si nada.
María parecía querer negar con su cabeza, como queriendo disfrazar su humillante obediencia, en lo que era todo una mezcla absurda de orgullo, entrega y autoengaño, pues de nuevo acababa accediendo… Y entonces, con cuidado de que su camisa no se abriera, y así Víctor no pudiera ver nada, se llevaba las manos a la cremallera de la falda, se la desajustaba un poco, y la dejaba caer a la arena. Salió de la prenda gris con un pie, y después con el otro, no pudiendo evitar mostrar unas bragas sedosas y oscuras durante la maniobra.
Yo miraba cómo la polla de Edu apuntaba al frente… y pude sentir el deseo de María de que se dejara de juegos y la calmara por fin con aquella grandiosidad, pero él disfrutaba de marcar los tiempos, y le volvió a susurrar:
—Enséñales el coño… Venga.
Y María tenía entonces tres opciones: hacerle un desplante, obedecerle para satisfacerle, u obedecerle para satisfacerse a sí misma.
Y no tardó en mostrar que optaba por la tercera, y es que se llevó las manos a sus bragas, y comenzó a hacerlas descender hacia abajo, un poco… Poco más que lo justo como para que Víctor y yo, ayudados por el resplandor azulado que se confabulaba, pudiéramos ver un vello púbico ya algo desordenado y apelmazado… y, fijándonos más, unos labios gruesos y que querían brillar, buscando captar nuestra atención. Y yo casi pude sentir su olor, el olor de su coño caliente y ansioso… y ella parecía humillarse, pero en realidad se gustaba y nos humillaba a Víctor y a mí; a mí me decía que nunca su coño clamaría así por mí, y a aquel desagradable voyeur le decía que algún beso había sido vergonzosamente aceptado, pero que aquel coño estaba vetado para él.
Edu, tras ella, se dispuso entonces a culminar la exposición, como si nos la ofreciera, y llevaba sus manos a aquella camisa rosa de traje, que ondeaba sutilmente por la brisa y que se le pegaba un poco a sus tetas por la humedad… Y yo cogí aire, pero apenas respiré, mientras él la abría, con delicadeza… con reconocimiento, primero un lado, y después el otro, primero una teta, y después la otra… y aquel pecho palpitaba, expuesto, por fin, mostrando unas tetas excelsas, grandes, vigorosas, con unas areolas tan femeninamente puras, extensas y pletóricas… que se pudo escuchar un carraspeo de Víctor, finalmente acompañado de un entregado y desagradabilísimo: “qué cabrona…” y después, y más insistente, un “qué cabrona... lo que tenía ahí…”, que venía a exteriorizar que aquellos pechos colmaban las expectativas más altas, de las imaginaciones más sucias, de los momentos más íntimos, de aquel nauseabundo provocador.
María, con las bragas atándole los muslos y con la camisa abierta, allí en el medio, se sentía terriblemente exhibida, y por un lado se abochornaba, y por otro se gustaba, pues se sabía suciamente admirada. Y fuera de aquella mezcla, lo que tenía claro era que necesitaba el amparo de Edu, que al menos se acercase, pues si el show era conjunto era potente, pero si era individual tenía algo de irrisorio, y entonces él la ayudó ya que se pegó a ella hasta el punto que María pudo respaldarse en el pecho de él. Y ella quería que la acabase de complacer, pero lo que hizo él fue rodearla con uno de sus brazos y bajar su mano y jugar con aquel vello púbico, sin, por el momento, pretender hurgar nada más, ni más adentro, y María echó la cabeza hacia atrás, sobre él, y cerró los ojos… Y le suplicaba con cada escalofrío, con cada temblor, y con cada resoplido, que sus dedos la penetrasen… al menos… si no lo hacía la polla que, siempre en horizontal, la golpeaba, perdida, chocando con la parte baja de su espalda y con sus nalgas desnudas.
Y creí que María imploraría por fin… pero fue Víctor quién, mirando, nervioso, a izquierda y derecha, jadeó implicado:
—Fóllatela… joder… Fóllatela ya…
Y pude ver de soslayo cómo él se llevaba las manos a sus pantalones, dispuesto a darse placer mientras contemplaba el objetivo alcanzado por su amigo, y ya vislumbraba la estrepitosa caída de aquella mujer altiva y prepotente que apenas se dignaba a mirarle en el trabajo.
Y Edu seguía con aquellas caricias, con las yemas de sus dedos en aquel vello púbico que parecía erizarse y querer apartarse… Y Víctor dio entonces un par de pasos, hasta colocarse delante de ella, pero ella no lo sabía, por tener los ojos cerrados, y él contemplaba la grandiosidad de aquellas tetas, y veía, más de cerca que yo, aquellos pezones rígidos… y yo pensé que se atrevería a tocar aquellas tetas, quizás vetadas… quizás no… Cuando entonces, Edu, sorprendiéndome, susurró:
—Joder… qué bien me entraría ahora… un cigarro…
Y María pareció no oírle, o no quiso hacerlo, y echó una de sus manos atrás, intentando llegar a aquella polla que seguro goteaba y empapaba sus nalgas o la parte baja de su camisa. Y entonces se escucharon unas risas en la distancia, y Edu giró su cara instintiva pero lentamente hacia la dirección de los chicos. Y después me miró, y miró a Víctor, y, como si fuéramos un equipo, como si todos estuviéramos en lo mismo, como si no tuviera a María rendida por las caricias de sus dedos sobre su coño, como si no la tuviera expuesta con sus bragas bajadas y con su camisa abierta… susurró de nuevo y con voz neutra:
—No tendréis un cigarro, ¿verdad?
Y Víctor, quizás leyéndole el pensamiento, dijo:
—Quizás en la pandilla esa alguien tenga.
Y yo miraba a María, que ya parecía que pajeaba a su espalda… y veía su pecho henchirse, palpitar, en respiraciones profundas, en jadeos sutiles… con su camisa abierta y con sus bragas en sus muslos, con Edu detrás y con Víctor delante… casi implorando con cada resoplido que aquella polla la calmase… Y entonces volví a ver que Edu me miraba… y pensaba que me diría algo, pero lo que hizo fue abandonar a María, abandonar aquellas caricias y apartar pausadamente la mano que le pajeaba; y María abría los ojos, y vio entonces a Víctor demasiado cerca, y lentamente se cerró la camisa, sorprendida, pero aún adormecida por las caricias de Edu, y entonce éste dijo:
—María, hazles una visita… y pídeles un cigarro a aquellos chicos.
Víctor reculó entonces, dándole aire, y el rostro ardiente de María no se podía describir, y entonces ella, con su camisa algo cerrada, pero con su coño aún expuesto y vergonzosamente hinchado… susurró:
—Estás... de coña…
—No, no lo estoy.
Se hizo entonces un silencio y yo podía ver en su rostro su impaciencia y su enfado. Y suponía una protesta especialmente airada.
—Pues entonces eres un hijo de puta… —se rebeló, confirmando mi sospecha, llena de hartazgo.
—Soy lo que quieras, pero me apetece un cigarro.
—Pues que vaya Víctor —dijo ella.
—No. Consígueme tú uno, anda. No es para tanto. Súbete las bragas, no vayas a ir goteando, y consígueme un cigarrillo —zanjó Edu, en una cordialidad cínica, que era en sí una burla, mientras María ardía…
… y tuvimos que ver, y tuve que ver… cómo ella se subía las bragas, avergonzada, abochornada, desesperadamente cachonda… y se apartaba la melena de la cara, nerviosa, acelerada, sin saber ya qué hacer.
Continúa en
- Relato #224418— title-regex: contiguous parts (41 -> 42)
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Apuestas de Cuero y Encaje
El vestido rosa de Clara era una trampa perfecta. Lo que empezó como una noche de billar entre amigos se transformó en un juego de poder donde cada…
Comparte:Trio mfmDominacion masculinaExhibicionismo accidental
- Hetero: Infidelidad
Mi jefe emputece a mi mujer (Parte 9)
Juan Carlos siempre pidió permiso, pero hoy la oficina está llena de gente y el riesgo es parte del juego.
Comparte:Trio mfmDominacion masculinaExhibicionismo accidental
- Hetero: Infidelidad
La familia y uno más (2): LA NUERA.
Jaime siempre ha sido un hombre manso, pero Gloria siempre supo lo que quería. Cuando el narrador entra en su vida, la tensión en la sala se vuelve…
Comparte:Voyeurismo consentidoDominacion masculinaTrio mfm
- Sexo con maduras
Mi marido quiere mirar (2).
María y Antonio no esperaban volver a ver a Jesús, pero el recuerdo de aquella noche los obsesionó.
Comparte:Dominacion masculinaVoyeurismo consentidoTrio mfm
- Dominación
Apuesta Perdida (1)
Perder una partida de naipes nunca fue tan caro. Para Rodolfo, la derrota no significa solo pagar una apuesta, sino entregar su orgullo y su cuerpo a…
Comparte:Dominacion masculinaVoyeurismo consentidoVenganza erotica
- Hetero: Infidelidad
Con mi cuñado 4 casi el final...
Alberto no esperaba volver a casa ese día. Lo que encontró no fue solo la traición de su esposa, sino la llave para desbloquear sus propios deseos…
Comparte:Voyeurismo consentidoTrio mfmDominacion masculina