Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 41)

Las llaves del coche cayeron en sus manos como una sentencia. Ahora, escondido en la penumbra de la playa, no puede apartar la mirada de la mujer que ama siendo poseída por otro. Cada susurro de Víctor es un puñal, pero cada roce entre ellos es un fuego que lo consume.

Tanatos129.1K vistas8.8· 10 votos

CAPÍTULO 41

Caminaba, torpe, con los pies pesados, y sintiendo que a cada paso que daba más arena entraba en mis zapatos... y más angustia me envolvía.

Apenas habrían pasado un par de minutos y yo ya pensaba que cualquier cosa podría estar sucediendo, desde casi nada hasta casi todo, si bien sabía que aquel “casi todo” seguramente figurara en mi mente colocado por mi propio deseo; y miraba hacia atrás cada pocos metros, pero ya desde mis primeros volteos no había podido distinguir prácticamente nada.

Mi cometido tenía que ser ejecutado de forma rápida y certera. Y, aunque sabía que no estaba donde quería estar, sabía que había escogido la opción correcta, pues yo no quería conflictos que alterasen el plan de Edu… y es que, aunque me avergonzase y supiera que aquello suponía la enésima traición… hacía todo, por omisión más que por acción, para que la emboscada de Edu funcionase. Y María era a quién más quería en el mundo, pero a la vez no podía evitar cooperar para su acorralamiento.

La arena se fue haciendo más visible y la música más audible a medida que me iba acercando y llegaba a aquella tarima. Una vez allí subí el pequeño escalón y pasé cerca de la columna donde María había sido magreada y besada… y, al recordarlo, llegué a sentir su olor, el de ella mezclado con su perfume, y me vino una imagen de un beso de Víctor especialmente burdo… y después la imagen de ella abandonada, recién besada, recién ultrajada, y me sentí terriblemente mal… Y avanzaba entre la gente, buscando al hijo de ese turbio, aprovechado y extraño compañero de Edu, mientras me sentía culpable y avergonzado de mí mismo, pero sabiendo a la vez que me moría por vivir infinitos momentos como aquel.

Atisbé, por un hueco entre un corrillo de hombres algo mayores, a Javier, y me alegré de encontrarle más o menos fácilmente. Él hablaba con una chica, aparentemente despreocupado, y yo ya contaba los segundos para iniciar mi camino de vuelta.

De forma abrupta, nerviosa, acelerada, bajo una música casi electrónica, o al menos más rápida que la de antes, le abordé:

—Toma. Dice Víctor que te vayas —casi le grité al oído, ofreciéndole las llaves del coche.

—¿Qué? ¿Por qué? ¡No entiendo! —me preguntaba él, también en tono alto, sorprendido, y yo alcé la mirada, y vi a la morena, la que se había besado con Edu, que me miraba fijamente.

—Sí… No sé… Que te vayas cuando quieras. Que ya os veréis mañana o yo que sé —le dije, nerviosísimo, bajo la observadora y barruntadora mirada de la morena.

Javier recibía por fin las llaves y yo sentía que me decía algo más, que me preguntaba por nosotros, por dónde estábamos o qué íbamos a hacer, pero no le acabé de entender del todo, pues ya me giraba, sin el peso de las llaves, como dando un relevo que me permitía liberarme y no atender a nada más.

Bajé de la tarima por el lado más cercano a la arena, para no tener que volver a abrirme paso entre la gente, y tuve la lucidez justa como para quitarme los zapatos e iniciar la marcha; descalzo, sintiendo aquella blandura tibia y la brisa del mar que se hacía notar un poco. Y no quería imaginar, desear ni suponer, solo avanzaba, con mi corazón maltratándome, y con escalofríos que me hacían caminar incluso más erráticamente, y la luna era el único elemento que se aliaba conmigo: allí, sobre el mar, grande, completa o casi completa.

Vislumbré las hamacas, y seguí caminando, y escuchaba mi respiración en resuellos, que no eran por cansancio, sino por nervios, y solo, agobiado, dejaba salir, sonoro, aquel aire denso.

Y después llegué casi al sitio exacto donde los había visto por última vez, y comencé a distinguir sombras, bultos. Primero uno. Luego dos. Y necesitaba el tercero. Pero no aparecía. Y me acercaba más, cada vez más y cada vez más nervioso, y percibí a Víctor, tétrico, de negro, y, a un par de metros de él, al otro bulto, junto a las hamacas, y vi ropa rosa, y ropa azul, y me di cuenta de que María y Edu constituían casi un solo contorno.

Víctor miraba, siempre sin cortarse, a María y a Edu, los cuales estaban juntos, y yo aún no alcanzaba a ver los pormenores de aquella unión. Sí podía ver que Edu estaba completamente vestido, salvo que estaba descalzo, y con los pantalones algo remangados por los tobillos. Y ella, con su falda gris y camisa rosa, también descalza, con su espalda casi en contacto con aquellas hamacas apiladas que alcanzaban una altura similar a la de ella.

Y escuché entonces un sonido que me sobresaltó. Unas risas extrañas y exageradas. Y me di cuenta del origen, que era aquel grupo de chicos, quizás seis, quizás ocho, que ruidosos, y sentados en unas toallas a unos veinte metros, no parecían haber reparado en más existencia que en la suya propia.

Pero yo lo que quería era saber más. Ver más de aquella silueta casi única. Y vi las manos tímidas de María en la cintura de Edu. Y me armé de valor para concentrarme en buscar sus caras, esperando besos, besos que ya había visto y que pensaba volver a vivir de forma dolorosa… Pero lo que vi fueron unos dedos en la cara de María, como una extraña caricia, desafiante… y un dedo que fue a sus labios… Y yo dejé caer mis zapatos a la arena, y me acercaba, y María le miraba fijamente, y… accedía… accedía a su propuesta soez… y Edu le daba de chupar… y ella cerraba los ojos, en una caída de párpados sentida… y comenzó a chupar de aquel dedo. Y sentí un espasmo al verla así, acorralada contra aquellas hamacas y chupando, ardiente, alterada. Y quise saber dónde estaba la otra mano de Edu, y me quise acercar, luchando contra la penumbra. Y entonces alguien interrumpía mi incursión, en un susurro, como si no quisiera desconcentrarles, y ese alguien era la voz descosida de Víctor al que parecía hacerle gracia que hubiera vuelto tan pronto de cumplir su encargo.

Pero yo apenas le escuchaba, pues sentía que no luchaba contra él, sino contra aquella semioscuridad que me maltrataba y que me ponía aún más nervioso. Y mis nervios se dispararon más cuando pude ver que la otra mano de Edu acariciaba… se colaba entre los muslos de María, bajo su falda. Y me pareció oír un suspiro, de María, por aquella mano. Y yo quería ver. Y sentía dolor. Y celos. Pero a la vez sentía una incomodidad insalubre, pues notaba el aliento, la presencia, de Víctor, observándome, juzgándome…

Y mi mirada fue de aquella mano furtiva a arriba de nuevo, a sus caras, y pude ver cómo María no chupaba ya de aquel dedo, que supuse él había retirado, por lo que la posibilidad de su suspiro se hizo más probable. Y entonces, María, con su espalda contra las hamacas, giró un poco su cara… y me miró. Y la vi… encendidísima… tórrida… y resopló… y su resoplido me partía el alma… y quise conectar con ella… pero Víctor lo impidió, casi inmediatamente, con otro susurro:

—Joder… Está que se funde…

Y yo supe que aquello era provocación pura. Que ya no observaba curioso sino que buscaba mi reacción. Pero yo sabía que no debía entrar en su juego. Y entonces algo pasó, algo que hizo Edu, seguramente bajo aquella falda, y que obligó a María a cerrar los ojos otra vez.

—No quiso nada conmigo, la muy zorra… —susurró entonces Víctor, despectivo y remarcando con inquina el improperio, provocándome de nuevo, pero a la vez revelándome que él había intentado algo más en mi ausencia.

Y su insulto a María me había dolido, incluso enrabietado, pero me mantuve firme en no caer en su trampa, y quise acercame más a ellos, y entonces sentí un brazo, una mano en mi cuerpo, que pretendía detenerme, y era Víctor, que, con su voz molestísima, me decía:

—Oyes… ¿por qué no le dices a esa pandilla que se vaya, eh?

—Qué… —susurré, sorprendido.

—¿Cómo que qué? Que eso. Que con esos chavales ahí… me extraña que se vaya a dejar follar, eh —dijo él, con aquella irritante muletilla final.

Continúa en