Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 40)

Desde la sombra, el dolor se mezcla con la excitación prohibida. No puede intervenir, solo mirar cómo ella se entrega a otros, mientras su propia sumisión lo arrastra hacia un abismo de humillación y deseo.

Tanatos127.6K vistas9.4· 10 votos

CAPÍTULO 40

Quise irme. Quise acercarme para escuchar mejor. Quise que pasara todo. Quise que no pasara nada. Y todo mientras les oía hablar, pero no entendía lo que decían. Y si se besaban no lo sabía. Y si Edu le metía mano bajo la falda no lo podía saber. Y si Edu le abría la camisa y contemplaba por fin aquello que llevaba al límite durante horas tampoco podía adivinarlo. Y si María no se aguantaba más y llevaba su mano a aquella polla que seguro marcaba el pantalón de Edu… tampoco podía saberlo.

Y entonces el deseo se imponía al dolor, y me pareció oír un suspiro y quise que fuera un gemido. Y sabía que me moría porque Edu la acabara de convencer allí mismo. Deseaba con todas mis fuerzas, y con una incipiente erección, que Edu le diera la vuelta, y se lo hiciera allí… que le subiera la falda, le apartase las bragas y la penetrara en aquel sucio habitáculo. Y me pareció escuchar otro sonido, un susurro, femenino, quizás una petición, quizás una súplica, quizás entrega, quizás desesperación… Y de repente un golpeteo, más fuerte, que me sobresaltó… y era un aullido chirriante… el de la puerta, que se abría, y yo me quedaba petrificado, inmóvil… totalmente quieto… y sentía que estaría humillantemente sentenciando si quién salía lo hacía por el lado en el que yo me encontraba. Pero no. Y supe, por la cadencia y resonancia de los pasos, que quién se iba era Edu. Y bordeé sigilosamente y con el corazón en un puño aquella construcción gris, y vi cómo él caminaba, por las tablas, hacia la música y la muchedumbre.

No estaba seguro de sentir nítida decepción, pero sí sabía que me había alterado muchísimo. Tanto que tuve que esperar un poco para coger aire, recomponerme e intentar tranquilizarme. Fueron unos segundos de intentos de autocomprensión, sin buscar culpa, y después sí salí yo también en dirección a aquel bar de playa, antes de que María hiciera lo propio.

Volví a mi puesto de control, aún atenazado por los nervios, y quise situar qué pasaba y qué podría pasar. Y vi que Javier hablaba con las chicas, pero ellas reclamaban con miradas inquietas la presencia del verdadero motivo de su alboroto. Y su alborotador hablaba con Víctor, en el sitio de Víctor, y yo suponía que le trasladaba las últimas directrices.

María aparecía al tiempo que Edu abandonaba a Víctor e iba a la zona de Javier, con la intención de dejarles solos y de satisfacer las necesidades, al menos visuales, de aquellas chicas que parecían universitarias o poco mayores. Y María, forzada, obligada, pero fundamentalmente por ella misma, cumplía con lo que quedaba de trato, e iba en dirección a aquel siniestro informático que la esperaba con mal disimulada tensión y con intenciones tan claras como obscenas.

Y lo que vino después fue la máxima expresión del sufrimiento, propio, ajeno y compartido. Me sentía mal a cada frase cerca, a cada mano en su cintura… Y, cada vez que la espalda de María topaba con aquella columna contra la que él la cercaba, mi pecho se constreñía y agarrotaba.

Podía sentir el desprecio, el asco que sentía María por él, y lo que la desesperaba tener que apartar aquellas manos y apartar la cara cada vez que aquel hombre le hablaba demasiado cerca. Podía sentir el acoso turbio y el aliento espeso de aquel señor que sonreía nervioso a cada acometida. Y no intentaba besarla, pero el acorralamiento era agobiante y sus gestos odiosos e irritantes.

De vez en cuando se apartaba un poco y la observaba, y le miraba los pechos con la máxima vulgaridad, y entonces ella se abochornaba más, pero no se cubría, como si pretendiera satisfacerle solo con eso, y miraba a su alrededor, y a veces me miraba a mí, pero casi siempre buscaba a un Edu, que no le respondía a la mirada, pues se hallaba ocupado con su séquito.

Parecía una cacería a contrarreloj y, cuando más sentía Víctor que su tiempo se agotaba, más la importunaba y sus manos se hacían más largas. Tanto que una vez llegó a hablarle al oído mientras le acariciaba la cara, y ella llevó su mano a la mano de él, con sus bocas pegadas, y apartó aquella mano. Pero Víctor no cesaba, y entonces fue a sus piernas, a su falda, en un atosigamiento asfixiante, y María pegaba su espalda y su culo contra la fina columna y llevaba su mano a detenerle, a evitar que él le subiera la falda y tocara piel.

Y entonces se quedaron frente a frente, y supe que venía lo obvio, y avancé un poco para ver mejor, y, entre la gente, pude ver una mirada llorosa de María, que le pedía con ella que se detuviera, pero me pareció ver en sus ojos un brillo inquieto, quizás por algo sucedido con Edu minutos atrás, o quizás era solo clemencia para que no insistiera más. Y Víctor me sorprendió, pues no atacó con su boca, sino que se acercó a ella, hasta casi pegarse por completo, y llevó sus manos a su camisa, como con la intención de desabrochar un botón más, lo cual, de hacerlo, constituiría un auténtico escándalo. Y María llevó sus manos allí, le paró, le miró, y él abortó la idea de desabotonar más, y optó por llevar sus manos a sus tetas, sobre su camisa rosa… Las posó… cada mano a un pecho… y yo pude sentir en sus palmas las tetas tersas y potentes… y los pezones punzantes que atravesaban la camisa rancia de traje que a Víctor tanto le excitaba… Y ella, bloqueada, no lo impedía. Ella ardía y, por primera vez, se dejaba hacer… Y él la sobaba, allí, contra la columna, y ella por fin reaccionó y sus manos fueron a posarse sobre las de él, como intentando apartarlas, pero sin demasiado ánimo en su resistencia… y acabó por abandonar… y se dejaba sobar por aquel sucio hombre que seguro ya se empalmaba por sentirla así… Y ella giró la cara, para al menos salvar su orgullo, que eran sus labios… su boca… pretendiendo evitar así el ataque que no quería… y vi, en su gesto, en sus ojos, mientras Víctor la sobaba sobre la camisa, que ella había visto algo que la alteraba mucho más que aquellos obscenos y torpes manoseos.

Seguí la mirada de María, que iba en dirección a Edu, y vi, de golpe, y sintiendo una sorpresa impactante, que éste se besaba con la chica de pelo rizado y negro. Y pude ver en los ojos de mi novia el deseo, la envidia, o incluso quizás celos de aquella cría, que degustaba la lengua de Edu con diligencia, en unos morreos lentos y extrañamente sentidos.

Víctor no detenía aquellas caricias y se pegaba a ella, y susurraba algo en el oído de aquel rostro girado hacia Edu. Y aquel hombre depositó un beso en la mejilla de María, y yo pude sentir el olor de ella, y el tacto de su mejilla, lisa y quizás húmeda y caliente por el agobio… Y el sobeteo de sus pechos sobre su camisa no cesaba, tanto que su prenda ya salía por fuera de la falda… y Víctor llevó su mano al mentón de María, y ella seguía viendo cómo Edu se besaba… y Víctor le giró la cara con sorprendente delicadeza… y la colocó frente a la suya, y la besó. Fue un pico, pequeño, pero dolorosísimo. Y yo avancé un poco más, y alguien se me cruzó, y después de ese par de segundos sin poder verles… me encontré con que María abría la boca. Y no me lo podía creer. Fue como si un rayo me partiese en dos. Como un espasmo externo que me hizo flojear y sentir que me deshacía entre la muchedumbre. María inclinaba la cabeza hacia un lado, y aquella sucia coleta y aquellas gafas alargadas hacia el otro… y le metía la lengua a María… y dejaba de sobar sus pechos y llevaba sus manos al rostro de ella, y se envalentonaba y se recreaba en besar, en lamer sus labios de forma soez, y en acariciar sus mejillas, mientras los brazos de María caían muertos o se posaban con reparo en la cintura de él.

Y mi dolor se acrecentaba porque la sentía excitada, porque veía sus pezones atravesando su camisa y porque notaba sus mejillas ardientes y su melena apelmazada. Aquel bochorno, aquel calentón, iniciado por Edu, era aprovechado por aquel siniestro hombre que movía su cara con vehemencia en busca de besos más tórridos… y me dolía, y me humillaba, y me dolía por ella… por sentir que ella se excitaba… y sabía que ella se maldecía, pero que no podía evitar que él la siguiera besando.

Bajé la cabeza un instante y sentía que me desmayaba. No podía comprender tanto nerviosismo. Podía escuchar mi corazón latir y mi respiración aun a pesar de la música. Y miré entonces hacia Edu y no le vi. Y volví mi mirada hacia María y Víctor, y pude atisbar cómo Edu llegaba a ellos. Y me dolía su triunfo, pero él, como siempre, quiso más. Y Víctor le dio un respiro a María, y pude ver sus pechos pegados a su camisa y sus pezones erizadísimos… y me dolió infinito ver cómo aquel hombre se limpiaba sus propios labios tras aquellos sucios besos… Y María miró a Edu y Edu se acercó a ella. Y la besó.

María, con sus tacones, su falda de tubo gris, y con aquella camisa desajustada y por fuera de su falda, era besada por Edu en un beso obsceno, que finalizaba él en seguida y de forma abrupta, y la dejaba con las ganas y con su lengua casi en el aire. María, contra aquella columna, encendida, ardiendo, era inmediatamente después besada por Víctor otra vez, y esta vez ella sí usó sus manos y las llevó a la nuca de aquel hombre que no se podía creer no ya solo que ella aceptase, sino que se entregase un poco más a cada beso. Y después Edu otra vez, y esta vez él adornó aquel beso con un pequeño tirón de la melena de ella, hacia atrás, tirón que la obligó a quejarse, en un lamento morboso, y ella le retó con la mirada, y aquel reto derivó en un enfado de Edu, plasmado en una caricia fuerte sobre una de sus tetas… en un apretón displicente y obsceno sobre su camisa, y aquella teta y aquel pezón se erizaron aún más por su autoritaria y vejatoria rudeza.

Y dos, tres, o cuatro morreos… de cada uno, fueron alternándose, besándola… Aquellos besos fueron entrando, triunfando, en una María excitada, excitadísima, cachonda... después de meses sin sexo de verdad… La besaban… le susurraban algo, le acariciaban una teta o le tiraban un poco del pelo, y después la abandonaban… Los dos siempre bastante pegados, cercándola, y ella parecía siempre rehusar el beso… pero después se entregaba a él. Y yo me quería acercar, pero no me podía ni mover. Y Edu acabó por decirle algo al oído, después de un beso largo y húmedo, y ella echó su cabeza hacia atrás, hasta que su cabeza topó con la columna: expuesta, sobrepasada… Y pude ver cómo Edu bajaba de aquella tarima, y Víctor también, y María entonces me miró, y bajó también, y los tres le daban la espalda a aquel jaleo y al pecado que se había cometido contra aquella columna, y se encaminaban hacia la oscuridad de la orilla.

Yo no supe leer su mirada. No supe si me pedía perdón, si me decía que no podía más o si me pedía que fuera con ellos… para que pudiera surgir, del todo y completamente, aquella María, cuya aparición se había convertido en la meta y fin del juego.

Cogí aire, intenté recomponerme, y comencé a sentir que alguna gente chocaba involuntariamente contra mí, y entendí que quizás eso llevaba tiempo sucediendo y ni me había dado cuenta.

Tenía el corazón en un puño. Estaba extasiado. Y veía a lo lejos cómo María portaba sus tacones en sus manos y los tres se alejaban, caminando juntos, pero no demasiado cerca.

Miré entonces hacia Javier que, ajeno a todo, hablaba con una chica, y la morena hablaba con sus amigas, quizás aún alucinando, pues seguramente habían visto lo mismo que yo.

Me decidí a seguirles y en seguida caminaba torpemente sobre la arena seca y ellos ya caminaban sobre la húmeda, en paralelo al mar. Cincuenta, cien metros por la orilla, y entonces Víctor se detuvo y ellos dos siguieron caminando. Y yo me acercaba, los iba alcanzando… sobre todo a un Víctor que, detenido, se abría los pantalones con la clara intención de orinar hacia el mar.

Mi corazón se me salía del pecho. El resplandor de la luna apenas me permitía ver. Y mi intención era sobrepasar a Víctor y seguir hacia María y Edu… pero de golpe escuché mi nombre.

Era Víctor, que me llamaba, y yo me acerqué a él, siempre controlando si María y Edu se perdían en la distancia.

Me paré junto a aquel siniestro hombre que se acababa de besar con María incontables veces y solo se escuchaba el sonido tenue de las olas y su micción sobre una marea que iba y venía.

Y yo esperaba algo dramáticamente sádico. Una burla por lo que acababa de suceder y por lo que él deseaba que estuviera por venir. Y le pregunté, incómodo y algo ebrio, bajo aquella luz, y como si fuera un sueño, o una pesadilla, qué quería, que era realmente qué quería de mí, y, mientras le preguntaba, veía cómo María y Edu se detenían frente a unas hamacas apiladas, ya en la arena seca. Y entonces, Víctor, subiéndose los pantalones y guardando una polla que yo no hice por ver, me dijo:

—Toma. Hazme un favor.

Y yo no entendía nada y él metía una de sus manos en sus bolsillos, sacaba unas llaves… y me decía:

—Hazme el favor. Dáselas a Javier y dile que se vaya a casa.

Y yo recibía las llaves de su coche mientras mi mirada iba de nuevo más allá, y veía cómo María y Edu, detenidos frente a las hamacas, revisaban su entorno sin tenerlas todas consigo, pues un grupo de chicos parecían estar bebiendo en un corro, en la arena, a no demasiada distancia.

—No te preocupes. La vamos a cuidar bien… —dijo entonces Víctor, con su voz rasgada… y yo me giré… y, cuando me pude dar cuenta… me disponía a caminar de nuevo hacia el chiringuito de la playa, y después me alejaba de ellos, y me sentía infartado, humillado y ridículo.

Pero sabía porqué le obedecía.

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