Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 39)

Pablo creía conocer a María, pero esa noche, entre el ruido de la música y la oscuridad de la playa, descubre que su relación es solo el escenario de un juego mucho más oscuro. Mientras observa cómo Edu manipula a su novia para ceder ante el deseo de Víctor, Pablo se ve atrapado en un papel que no esperaba: el de testigo cómplice de su propia humillación.

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CAPÍTULO 39

Buscaba la oportunidad. Tenía que saberlo. Tenía que saber si el cambio partía de la más salvaje y caliente lujuria o si nacía de un acuerdo medido y frío. Su botón y su rostro acalorado me decían que lo probable era lo primero, pero el orgullo y dignidad de su caminar me querían mostrar un control que pudiera obedecer a lo segundo.

Iniciamos el paso y los tacones de María retumbaban por el paseo marítimo, y yo quería unirme a ella en aquel transitar en grupo, pero fui abordado por un Javier que me preguntaba si yo también trabajaba en el despacho con ellos. Y pude decirle que era novio de María, pero aproveché que no me lo había preguntado directamente para hablarle de mi dedicación, sin revelar nada más. Y conversábamos mientras yo intentaba saber si María y Edu hablaban, y a la vez me preguntaba si el chico tendría idea de algo de lo que allí sucedía. Al fin y al cabo había visto un botón abrocharse y cerrarse varias veces, había visto unos pechos volar libres bajo una camisa de traje… y todo ello tenía que ser especialmente raro y chocante, y más teniendo en cuenta tanto la rectitud de su talante como la exuberancia de su cuerpo.

Yo seguía con mi intriga, y a los pocos metros y minutos me sorprendí por la dirección que tomábamos, ya que no seguíamos el paseo sino que avanzábamos por unas tablas de madera que nos pretendían llevar a un chiringuito, situado casi extraviado en la vastedad del arenal.

Caminábamos en la semioscuridad, y yo quería contactar con una María que caminaba junto a Edu, mientras veía a Víctor delante de mí, y al chico, a mi lado, que ya no me hablaba.

Y llegamos a una música chill out, a un techado artificial, y a una barra que se enfrentaba a una tarima verde, que se erigía unos centímetros por encima de la arena, ofreciendo un espacio ni grande ni pequeño, con gente sentada, pero la mayoría de pie, y todo, en general, bastante cargado. Cargado de sonido alto, de gente, de movimiento, y de calor.

Fue en la barra, bastante solicitada, donde pude alcanzar a María, la cual estaba flanqueada también por Edu. Y no sé por qué, pero rodeé su cintura, y la palpé con la mano, parte tocando camisa rosa y parte tocando falda gris, y ella no se extrañó y yo me sentí bien. Y me di cuenta de lo inadecuado de su vestimenta, en aquel chiringuito, vestida como si acabara de salir del despacho, y miré a mi alrededor y vi a gente más o menos arreglada, pero de verano, y a gente que parecía venir directamente de una tarde de playa.

María se giró entonces hacia mí, y me impactó con su escote brutal y con su mirada algo chisposa, mientras Edu y Víctor pedían unas bebidas. Y yo reclamé que me contara qué había sucedido en aquel minuto. Y esperaba evasivas, pero me encontré con un:

—¿Lo quieres saber ya?

—Sí —respondí, nervioso, mientras ella le daba la espalda a Edu y me miraba, y se tocaba el pelo, y, como consecuencia del acalorado acicalamiento, pude vislumbrar lo que Javier había vislumbrado en su momento, que eran sus pechos oscilar libres bajo la ligera y fina camisa rosa.

Después ella se cruzó de brazos, me miró fijamente, y me dijo:

—Pues me paró… además al lado de una mesa de cerdos, que no pararon de mirarnos en todo el rato.

—¿Y qué? —pregunté nervioso y acercándome más a ella, pues la música impedía que su confesión me llegase limpia y nítida.

—Y me provocó.

—¿Cómo que te provocó?

—Pues me dijo… una estupidez de las suyas… —decía ella del hombre que tenía detrás, espalda con espalda.

—¿Pero el qué? —pregunté deseando que se diera prisa, pues podía ya sentir como inminente la interrupción de Edu.

—Me dijo que dejara de calentar al chico. Y yo le dije que si era gilipollas.

—Joder… ¿Y? —dije, con el corazón en un puño, y mirando, sin querer, que efectivamente sus pezones dejaban claro que bajo la camisa no había sujetador.

—No sé… me dijo algo como que… como que el plan era con Víctor… o algo así… y le dije que no había ningún plan.

—¿Y qué?

—Pues entonces me dijo que le diera media hora. Que media hora aguantándole el rollo aquí, y sus miradas de enfermo, lo de miradas de enfermo lo pongo yo, y que después nos íbamos los tres: tú, yo y él, a su casa, a un hotel o a dónde fuera.

—¿Y…?

—Pues que… no sé si dudé o qué pasó, pero cuando me di cuenta se me acercó… y me susurró en el oído algo en plan… “media hora calentándole, que le hace ilusión… y te follo toda la noche…”, y me tocó una teta, sobre la ropa, claro, y le aparté la mano, con esos cerdos mirando…

—¿Qué…? ¿Y te besó? ¿Y el botón? —le interrumpí, exaltado, solapando sus últimas palabras con mis preguntas.

—No. No. No me besó. Y el botón no sé. Se soltó.

Y yo le iba a decir que si se había soltado por qué no lo había abrochado, pero entonces el barman llamó su atención, le dijo algo, y ella se giraba, se ponía de puntillas y le respondía, llevándose la mano al escote, para cubrirse un poco. Y después le daba su bolso al chico para que se lo guardase, y después Edu la hizo girarse, y le dio una copa, y esa copa llegó a mí, y ella recibió otra.

Y yo necesitaba saber más, y de golpe vi como Edu le decía algo a Víctor, y le hacía un gesto con el que parecía referirse a María… Y un dolor, y un terrible morbo me invadieron cuando pude contemplar cómo se gestaba el plan… cómo se desarrollaba lo acordado… Y un minuto atrás María hablaba conmigo, y, de golpe, y sin tiempo para digerirlo, ahora veía cómo Víctor caminaba, abriéndose paso entre la gente, y María, con una mano en su copa y con la otra haciendo disimulados esfuerzos porque no se notase su inmoral escote, caminaba tras él.

Con mi corazón en un puño avistaba cómo llegaban a la esquina más alejada de aquel cuadrado verde y él le ofrecía bajar a la arena, alejarse más, pero ella se negó, y se plantó junto a uno de los endebles pilares que sostenían la cubierta.

Y antes de que me pudiera dar cuenta me encontraba solo, pues Edu y Javier se habían desplazado unos metros, en otra dirección, y unas chicas, jóvenes, ya revoloteaban, en cuchicheos, demostrando que ante hombre como Edu para qué disimular.

Y yo veía dos acosos, el jovial y fiestero de aquellas crías para con Edu, y el turbio y enfermizo de un Víctor que le hablaba cerca a María; y que no se cortaba en mirarle los pechos, el escote, las piernas… Dándose un festín, mirando con saña y descaro todo lo que tenía que observar con vicioso disimulo en el trabajo. Y ella le respondía, y hablaba, seguramente porque dentro de lo malo prefería hablar que ser ultrajada en silencio por sus miradas

Yo, entre las cabezas y cuerpos que se me cruzaban, imaginaba lo que veía Víctor, lo que podía escudriñar de aquella mujer que mantenía los brazos cruzados, pretendiendo así cubrirse un poco. Y sabía que él examinaba lascivamente sus pezones, el volumen de sus pechos, y su rostro morboso y acalorado. Acalorado por aquel violento y desagradable acoso, por aquella brisa del mar que no llegaba, y por saber que tras aquel mal trago tendríamos vía libre para conseguir, con Edu, lo que llevaba dos meses deseando.

Y yo sabía que los ojos chisposos de María solían irradiar miradas llorosas, cargadas y lentas, y que aquellas miradas seguro estaban provocando, sin querer, a un Víctor que tenía allí a su fantasía sexual, a su sucio fetichismo de cuerpo y ropa: guapísima, morena, en su máximo esplendor, y vestida justo como la imaginaba cuando se masturbaba pensando en ella. Y quizás creyendo que era posible, que era posible follarla aquella noche.

Mi copa descendía y veía cómo aumentaba la intensidad de las maniobras de aquellas crías. Y una en especial, de pelo rizo y oscuro, ataviada con un vestido de playa blanco que vestía sobre un bikini, parecía tomar la delantera, y ya le hablaba al oído a un Edu que pretendía meter a Javier en el grupo.

Y también aumentaba la intensidad de Víctor, tanto que una de sus manos tuvo que ser apartada de la cintura de ella, y María me buscó entonces con la mirada, y me encontró, pero no me pidió ayuda, sino que solo parecía querer ubicarme, y después buscó a Edu, pero a él no le encontró.

Y, cuando vi que Víctor apoyaba su mano en aquel pilar, y me olía su ataque, María se giró un poco, le dijo algo, y le abandonó, y comenzó a abrirse paso entre la gente, y pensé que iba hacia mí, pero pasó de largo, y enfilaba las tablas y la semioscuridad, sin duda camino de un sanitario portátil de playa.

Víctor se quedaba solo, pero no buscaba compañía en Edu, sino que se mantenía en aquella esquina. Y supe que Edu sí había oteado el movimiento de María, pues, tras dejar a Javier con las chicas, también se abrió paso entre la gente, y también embocaba las tablas.

Yo era testigo, desde aquel punto, de todos aquellos movimientos, y cada uno de ellos era una punzada en el pecho, y siempre sin saber qué querer, pero sí sabía que quería saber. Por lo que abandoné entonces mi puesto y enfilé yo también la oscuridad y el camino de madera, y a cada paso que daba me ponía más y más nervioso. Y aquella recta se me hacía eternamente sádica, y a medida que iba avanzando podía empezar a ver cómo María se situaba a las puertas de aquel sanitario gris y Edu llegaba a ella, y supuse que aquel baño estaría ocupado por alguien.

Bajé de las tablas, algo tocado por el alcohol, con la música de fondo y solo iluminado por la luna y vagamente por las lejanas luces del paseo. Y bordeé, por la arena, aquel baño portátil, sin querer descubrir mi necesidad voyeur… y me coloqué de tal forma que no pudieran verme, pero yo sí escuchar una conversación ya empezada, y supe que hablaban de Víctor, y que María protestaba y pretendía dejar las cosas claras:

—Pues de tu media hora… quedan como diez minutos… —susurró ella, aferrada al pacto.

—¿De verdad no ha intentado nada? —preguntó Edu, serio, y yo sentí su voz muy cerca de la de ella.

—No. Vamos. Es que lo mato —dijo María.

—Un beso al menos… creo que sí le deberías dar… —decía Edu, templado, distante.

—Estás mal de la cabeza —le interrumpió ella.

—Yo creo que lo que te pasa es que te gusta el niño… —provocaba Edu.

Y María no respondía. Y yo no oía nada. Y me desesperaba. Y mi corazón latía con fuerza. Y me pareció escuchar el sonido de un beso, pero no estaba seguro. Y entonces, un susurro de María… que se escuchó en tono levísimo, pero nítido, fue emitido:

—Sin Pablo, no...

Y otro silencio. Y alguien llamó a la puerta de aquel habitáculo, y entonces se pudo escuchar a Edu decir:

—Bésate con Víctor y formalizamos esto… Líate con él y vengo aquí a follarte cada fin de semana… Con Pablo, con todo en su sitio, y sin desapariciones, como tú dices.

—Pero qué dices… Estás fatal… —arrastró María un poco las palabras.

Y entonces escuché movimiento, la puerta se abría, y temí ser descubierto, pero entonces ese alguien que salía, por lógica, no fue por la arena, sino que escogió el camino de las tablas, y yo, cobijado, sin ser descubierto, pude sentir los tacones de María entrando en aquel sanitario.

Y pude escuchar cómo Edu también entraba.

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