Xtories

Jugando con fuego (Libro 5, Capítulo 38)

Ella creía que controlaba la situación, pero Edu había preparado la trampa perfecta. No era solo una cena; era un juego donde su vergüenza era la moneda de cambio. Y cuando el botón de su camisa cedió, supo que ya no había vuelta atrás.

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CAPÍTULO 38

No sabía si María hablaba, o Edu, o nadie, simplemente me quedé tan impactado y bloqueado que solo oía un zumbido en mi cabeza. Ni siquiera mi mente trazaba qué haría María una vez descubriera la encerrona, pues ella estaba de espaldas y aún ajena a aquella sorpresa.

Mi corazón bombeaba sangre a una velocidad insoportable y el sudor de mis manos fundía el cristal de un botellín de cerveza que apenas podía contener. Cuando, implacable e inevitable, se produjo el asalto. Víctor y aquel chico, jovencísimo, abordaban nuestro hierático y tenso trío, sin alardes, sin aspavientos, pero solo con saludar a Edu de manera formal ya se producía un torbellino, en mí, y sobre todo en María.

Yo tragué saliva y miré a una María cuya sorpresa solapaba en primera instancia el resto de sentimientos. Y entonces, ella, sin tiempo ni pulso como para abrochar el botón de la vergüenza, se cerraba la camisa con la mano, agarrándosela por la zona del escote.

El chico saludaba a Edu de manera neutra, como si se conocieran pero no demasiado. Y ya sentía que María mataba a Edu con la mirada, pero yo no tenía ojos para atender a todos los frentes, pues, además, seguía tan sorprendido como María.

Y fue ella la que no permitió que aquella farsa continuase. Siempre sacando fuerzas de donde yo pensaba que ya no podía haber, y cortó el revuelo con un:

—Bueno… Entonces nosotros nos vamos ya —y lo decía aún medio cubriéndose, acalorada y avergonzada; su orgullo le decía que una cosa eran ciertos juegos o antojos de Edu, y otra era tolerar aquella emboscada.

El chico joven se giró entonces, sorprendido del anuncio de aquella huida que sonaba a protesta, y, algo tímido, pero a la vez suelto, proponía presentarse al menos, y me estrechaba la mano y decía su nombre, que yo ni retuve, y después me bordeaba por detrás e iba a darle dos besos a María. Y lo hacía de manera correcta, discreta y educada. Pero ella no estaba para formalidades y buscaba nerviosa al camarero con la mirada.

—Pablo, ¿puedes llamar al camarero? —pronunció entonces, aún más sulfurada, incomodísima, con sus mejillas ardiendo, con aquel crío al lado, y mirándome. Y yo sentí que hervía de odio por la encerrona y llegué a sospechar que ella pensaba que yo estaba compinchado con Edu.

Me giré para cumplir su petición y, mientras esperaba a que un camarero se voltease para pedirle la cuenta, miraba de reojo a un Víctor que hablaba con Edu; en pantalón negro y camisa negra, algo desaliñado, tan de negro que casi se confundía con los camareros, con aquellas gafas sin montura, alargadas y desfasadas, con aquella coleta castaña que mostraba un brillo sospechoso. Y lo vi más avejentado, con canas en la zona de las patillas… y no me podía creer que yo hubiera interactuado con aquel hombre tiempo atrás, con llamadas… con mensajes… y en persona.

Y aquel camarero no se giraba y entonces escuché a Víctor decirle a Edu que “venía directamente de ir a recogerle al aeropuerto”. A él, a aquel chico, aquel chico que era su hijo, y que se mantenía de pie, sin saber bien qué hacer, al lado de una María que, medio sentada medio apoyada contra su taburete, me miraba, molesta, pero sin querer pedirme auxilio, queriendo mostrar entereza, pero a la vez sobrepasada por la enésima artimaña. Y yo quería decirle de alguna manera que no tenía nada que ver con aquello, pero no sabía cómo, y miraba entonces a aquel chico, al hijo de Víctor, el cual no se parecía en nada a él: de unos veinte años, de pelo negro y con facciones de chico delgado, pero con piernas anchas, y hasta culón. Con camisa a cuadros en tonos apagados y pantalón gris. Y no parecía tan siniestro como el padre, sino más puro, pero aún así mantenía un poco aquel poso nerd o rarito de aquel hombre que recordaba como cuarentón, pero que le echaba ya y claramente unos cincuenta años o alguno más.

Aquel chico le dijo algo a María y ella le cortó en seguida. Y, entonces, un Edu más activado, le llamó “Javier” y le preguntó que tal le iba la carrera, y un camarero conseguía un taburete, pero no había suficientes, y María le pedía la cuenta mientras Víctor tomaba asiento y su hijo se mantenía de pie al lado de María. Y todo sucedía muy rápido, y Javier le respondía a Edu algo que yo no escuchaba bien, y yo sentí que quería ver a María incómoda, como si aflorara en mí, y de golpe, un ramalazo sádico, y entonces el chico dijo algo de que en realidad él a lo que quería dedicarse era a la protección de datos, o algo así, y Edu no desaprovechó la oportunidad:

—¿No habías estado mirando tú un Máster de eso, María?

Ella leía la jugada de echarle a aquel crío encima, que para más perversión y burla era el hijo del candidato preferido de Edu, que para colmo estaba allí y para colmo ella llevaba la ropa rancia que le excitaba a él. Y todo era un cóctel tan inaudito que Edu no disimulaba el regocijo por la inmaculada ejecución de su obra.

Y entonces un Javier abierto y ensimismado pareció ver la luz por tener de qué hablar con aquella mujer que tenía a su lado, y ella accedía a escucharle, y se giraba un poco hacia él, con el drama de su botón, pero con el ánimo de que la cuenta estaba pedida.

El grupo se partía en dos. O más bien en tres. Constituyendo yo un grupo en mí mismo. Y el único nexo entre los grupos eran las miradas lascivas que Víctor depositaba sobre el escote y sobre todo el cuerpo de María.

Yo no existía y miraba a aquel chico, que parecía querer sacar información de forma inocente. Tan inocente que no parecía darse cuenta de que la mujer que tenía en frente no llevaba sujetador. Y no miraba aquel escote que, por mucho que ella disimulase, era obsceno e incitador. Y yo podía sentirla dudar, dudar a cada segundo si cerrar aquel botón, y podía suponer que ella sabía que el chico aún no había mirado allí, aún no había reparado en aquella indecencia. Por lo que ella quizás pensaba que llevar su mano allí para abrocharlo sí podría hacer que Javier despertase y advirtiese, no ya lo del botón, sino lo de la ausencia de sujetador.

Aquel chico, de cejas densas y ojos color miel, no era nada feo, y aquella ausencia de fealdad me hizo volver mis ojos a su padre, el cual recibía los envites y chascarrillos de un Edu que mencionaba a la ex mujer del informático, por algo concreto que yo, escuchando a medias, no podía entender, pero sí me daba cuenta de que lo hacía para molestarle y picarle, siempre dentro de un tono amistoso.

Y si Edu o Víctor habían detenido y reconducido al camarero para evitar que trajera la cuenta yo no me había percatado, pero lo que vino a nuestra mesa no fue lo que María había pedido, sino cinco ginebras, una de las cuales fue posada frente a ella. Y María miró a su copa y miró a Edu, e hizo un gesto despectivo, que adornó con una sonrisa falsa y desaprobadora, como dándole a entender que tenía que ser muy necio para pensar que por beberse una copa fuera a pasar algo ya aquella noche. Y es que yo veía en su mirada que ella no lo toleraba más. Que consideraba que Edu había ido demasiado lejos.

La voz rasgada de Víctor se solapaba con la de su hijo, que tenía un timbre opuesto. Y el padre le comentaba a Edu algo de otra mujer, y Edu le decía:

—Eso. Por eso. Qué más te da ahora. Si ahora estás follando con la chillona, ¿no? Y además gracias a mí.

Y Víctor le respondía algo en tono más bajo. Siempre más sereno y más tranquilo que un Edu que se había encendido, que no era el denso y asfixiante de minutos atrás. Y Edu se volvía a exceder hablando del culo de la chica que al parecer conocían los dos.

Y yo veía a María escuchar al chico y hablar con él, y beber en sorbos cortos y llegaba a dar la sensación de que quizás, y solo quizás, conseguía abstraerse. Abstraerse por unos minutos de Edu, de Víctor, de mí, y de aquella encerrona… y podía mantener una conversación normal. Solo seguía existiendo un problema, que se mantenía inamovible, y era aquel escote que ella seguía sin querer alterar, precisamente para no descubrirse.

Y en el otro lado saltaban de criticar a la ex mujer de Víctor, a aquella chica que al parecer se beneficiaba aquel hombre oscuro, de entradas prominentes y de sospechosas motas blancas en sus hombros, y a la chica la llamaban “la del culo estrecho”, “la chillona”, o “la cursi”, según convenía. Siendo Víctor siempre más reacio a entrar en descortesías que Edu.

Pero esa ausencia de descortesía de Víctor desaparecía cuando sus ojos iban a María. Y él no tenía el ángulo perfecto para ver aquel escote, pero la tenía allí, vestida, pija, rancia, cómo a él le excitaba, y la veía hablar con su propio hijo, y todo era morbosamente turbio… Y los pechos de María bailaban libres a poco que se moviera o gesticulara, y sus pezones apuntaban a aquel crío que seguía ajeno al espectáculo… y yo sabía que Víctor se excitaba y que quizás se empalmaba y se imaginaba que él se follaba a aquella belleza de las formas más sucias e indeseables posibles… Ni se habían dirigido la palabra. No tenían trato alguno. Todo era oscurantismo y pecado. Y podía ver en sus ojos la suciedad repulsiva, la obsesión fanática, y casi su imaginación volar, pues sabía que seguro se imaginaba que la penetraba, que la follaba, que la hacía suya, como si aspirara a un sexo desigual con ella que constituyera una impartición de justicia por todos aquellos hombres que, ante una belleza y un deseo semejante, tenían que conformarse con la insuficiente, lastimosa y reprochable autosatisfacción.

Y no tardó aquella mirada en ser descubierta por alguien más que por mí, y es que se hizo un silencio entre Javier y María, y ella bebió y miró hacia Edu, pero sin querer se encontró fue la mirada lasciva de Víctor, y ella se cerró entonces la camisa casi de un zarpazo, y Javier se dio entonces cuenta, y María se dio cuenta de que Javier descubría aquella extraña exhibición. Y aquella mano agarraba su escote, y entonces con su otra mano ella se tocó el pelo, revelando nerviosismo, y el ruido de su pulsera tintineó contra su reloj, y su incomodidad se hizo asfixiante y ella desvió la mirada, y el chico la salvó, diciéndole que se iba al baño. Y yo me sentí mal, y no por María, sino por lo contrario, pues hubiera querido que aquel crío se hubiera quedado… para que la mirara con la lascivia de su padre.

María, ya sin Javier en frente, suspiró con una mezcla de resignación y de sentirse superada. Pero quiso luchar, y yo sentí que se sentía sola en su lucha, y se cerró el botón y detuvo a un camarero. Consiguió pedir la cuenta, me miró, y me dijo con los ojos que aquello se terminaba. Y me pedía también explicaciones sin pronunciar palabra, y yo sabía que negaría cualquier vinculación con aquella trama, pero no estaba seguro ya de si ella me creería.

Me di cuenta entonces de que nadie había hablado conmigo, como si formara parte de un pacto extraño. Y ni siquiera me habló María mientras esperaba por la cuenta, y Edu y Víctor hablaban entre sí.

Ella apuró su copa y la cuenta llegó, y Javier también. Y Edu quiso pagar, y una María aún incómoda por la libertad extrema de sus pechos y por las incesantes miradas de Víctor, pero más confiada por estar el botón en su sitio, no se dejaba invitar por él, y le decía con aquel gesto, que parecía banal y que no lo era, que aquello terminaba, que no quería nada de él, y Edu acababa aceptando.

Pude sentir el alivio de María una vez logramos pagar. Ella no conseguía lo que deseaba, o lo que deseaba su cuerpo, pero al menos mantenía el orgullo prácticamente intacto al no pasar por el macabro aro de Edu.

Padre e hijo abandonaban la mesa y los demás íbamos detrás. Todos abandonábamos aquel local en una fila inestable, y yo advertí que, detrás de mí, Edu le decía algo a María, y entonces ella se detuvo, y él le dijo algo más, y ella parecía no haberle entendido. Y yo seguí mi camino y acabé por unirme a Víctor y a Javier, que esperaban fuera, junto al paseo marítimo.

Y allí se hizo el silencio. Y éramos tres y no aparecían María ni Edu.

Y pasaron unos segundos. Y quizás hasta un minuto. Y seguíamos solo los tres. Y después los vi acercarse por fin y no sabía si sentía alivio o frustración. Y los miré, cómo se acercaban, y supe que algo había cambiado.

María caminaba sonrojada, ruborizada. Pero a la vez con paso potente, firme, y con una mirada viva y altiva. Con aquella mezcla entre controlarlo todo y no controlar nada.

Y terminaron por llegar hasta nosotros. Y Edu dijo:

—Vale. Entonces estamos todos de acuerdo en tomar una copa más aquí al lado.

Y miré a María. Y vi que tenía otra vez aquel botón desabrochado.

Impactado por aquella María, medio orgullosa medio encendida, pero sobre todo humillantemente expuesta… y sabiendo que yo otras veces no lo había sentido así, tenía la necesidad absoluta de saber qué había pasado, qué se había dicho, en aquel minuto que me faltaba.

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