La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 18)
No es su cama, no es su mujer, pero el silencio de la noche lo atrapa. Mientras el mundo exterior se desmorona en gemidos y chasquidos, él solo puede escuchar, imaginar y sufrir la traición desde la distancia.
CAPÍTULO 18
Sábado, 7 de agosto.
01:38 de la madrugada.
Recién sobrepasado el vestíbulo de la casa, al lado del salón, al pie de las escaleras, los tres mirábamos hacia arriba, y yo no me podía creer que de verdad fueran a hacerlo.
El silencio era sepulcral. Y todo me daba vueltas. La oscuridad me adormecía. Me sentía a medio camino entre la borrachera y la resaca, como en un limbo onírico en el que no acababa de abandonar un estado y entrar en el otro.
—¿Lo tienes claro? No la cagues, eh —susurraba mi cuñado.
—Sí. Sí —respondía Albert, en un estado de ebriedad constante desde hacía horas, afectado y tocado, pero sin terminar de romper.
—Que no sé cómo estará la jefa de humor… —pensaba para sí David.
—A ver… A ver… —respondía el chico, con un punto de ansiedad y expectación que parecía sobreponerse a su nerviosismo.
—Como se entere Belén os va a matar. Bueno, te va a matar a ti —le dije a David, y éste se quedó pensativo.
Ninguno de los tres tomaba las riendas y se decidía a subir las escaleras.
—¿En serio lo vas a hacer? ¿Le vas a hacer esto a Belén? Es de locos… —le susurré a mi cuñado, jugando con la incertidumbre y con su maquiavelismo; pues a veces pensaba que no sucedería nada, que era todo un farol llevado demasiado lejos, y a veces que no solo iba a suceder, sino que no descartaba que Belén estuviera al tanto de todo.
Mi cuñado no respondía, y yo me cansé de esperar.
—Bueno, yo os dejo con vuestra historia.
Fui yo el que comenzó a subir aquellos peldaños. Intentando no hacer ruido, pero aquella madera era inmisericorde con el silencio. Llegué hasta el pasillo. Tras la primera puerta estaría Ana durmiendo, ajena a todo. Tras la segunda, Belén, la enigmática Belén, que quizás no supiera nada, o que quizás supiera todo.
Entré en mi dormitorio. La ventana estaba abierta. Había la claridad crepuscular suficiente como para llegar hasta mi mujer sin tropezarme con nada. Me quité los zapatos. Los posé con cuidado. Caminé con sigilo. Efectivamente mi mujer dormía, vestida con un camisón marrón oscuro y apenas cubierta por una sábana que tan solo tapaba parcialmente sus piernas.
Me desnudé, y no me hizo falta agudizar el oído para escuchar atronadoras pisadas sobre las escaleras. Eran cuatro pies, pero parecían incluso más. A pesar del ruido yo me esforzaba por desnudarme en silencio.
—No serán capaces… —susurré mientras me quitaba la camiseta. Y me preguntaba en qué momento todo había cambiado. Y pensaba por qué aquel cambio. Cómo encajaba aquello con lo de Belén haciéndolo con otros hombres. Cómo encajaba aquello con el supuesto plan de mi cuñado de que su mujer acabara invadida por Albert.
Me incliné sobre Ana. Ella me daba la espalda. De lado. Girada hacia la ventana. Y le quise apartar el pelo de la cara, pero mi equilibrio me traicionaba, mi torpeza ebria se imponía, y no fui demasiado sutil.
—Auu… —protestó Ana al sentir mi mano errática sobre su rostro.
—Perdona… —susurré y aterricé en la cama, y me coloqué tras ella, completamente desnudo, dejando que mi pecho contactase con su espalda, y la quise abrazar desde atrás, pero ella se encogió un poco, al tiempo que escuchaba susurros tras la puerta.
—No serán capaces… —pensé.
Escuché entonces pasos. Y más cuchicheos. No me lo podía creer.
Y escuché la puerta del dormitorio contiguo abrirse. Y el ronroneo de mi mujer.
—¿Estás enfadada? —le susurré, con mi corazón a mil pulsaciones, con casi todo mi ser con David, Albert y Belén, en lugar de con ella.
—No… —esbozó, y yo escuché otro sonido, y pasos, y no sabía con certeza si provenían del dormitorio de al lado o del pasillo. Y no estaba seguro de haber oído o no la puerta de dicha habitación cerrarse.
Henchí los pulmones. Un chorro de aire contundente fue expulsado de mis fosas nasales. Tenso. Contenido. Y Ana se acurrucaba, se dejaba envolver y empujar por mí. Pero yo no estaba del todo con ella. Disfrutaba del olor de su nuca, de su cabello, del tacto de su espalda en mi pecho; mi miembro golpeaba su camisón sedoso, que ocultaba sus nalgas, pero yo no estaba del todo en aquella cama.
Y silencio. Y más silencio. Y no cerraba los ojos, como si así pudiera escuchar mejor. Y miraba hacia la ventana, y la cortina caía recta, inmóvil, describiendo una madrugada espesa.
Y pasaron los minutos. Y parecía que Ana volvía a quedarse dormida. Y mi miembro también se adormecía. Pero mis pulsaciones no terminaban de normalizarse. Y escuché un sonido, de cama, de muelle, proveniente sin duda del dormitorio de Belén.
Despegué mi rostro de la nuca de Ana. Para escuchar mejor. Me quedé inmóvil. Y otro sonido. De muelle viejo. De movimiento. Un chasquido revelador.
—No serán capaces… —pensé.
Y un gemido.
Lo escuché. Un gemido puro. Nítido. Que chocaba frontalmente con el mutismo de aquella noche. Un gemido de mujer. Un “Ahhh…” prolongado y jadeado con extraña ternura, con complacencia. Un gemido de Belén.
Y otro chasquido. Y sonido de movimiento sobre una cama. Y ruido chirriante, de muelle vetusto. Y mi corazón latía con fuerza, y una vena en mi cuello palpitaba, molestándome. Y otro chasquido, que no pareció de cama, sino de madera, de suelo. Y un “Ahh…” igual de tenue, igual de puro, y yo no me lo podía creer, pero a la vez sí lo creía. Y después más silencio, pero mi mente ya volaba. Mi mente ya dibujaba a David tumbado, cubriendo a Belén… y a Albert, siguiendo el plan, aprovechando la trampa, la puerta entreabierta… Un Albert dentro del dormitorio, rezagado, temblando, incluso más que yo, vislumbrando entre aquella luz blanquecina e indefinida, cómo David penetraba, embestía, y hacía jadear a Belén.
Me imaginaba a Albert allí plantado, sin atreverse a tocarse, sin atreverse a acercarse, mientras David apartaba las piernas de Belén para llegar hasta más al fondo. Quizás el chico veía incluso aquella polla entrar. Quizás David hacía porque Belén no mirase en dirección a la puerta, o quizás no.
—Ohh… —escuché, desde el otro lado de la pared… en un gemido más tosco, pero igualmente femenino. Y otro chasquido, de suelo, no de cama, me hizo pensar que quizás el chico se aventuraba a acercarse más.
Y yo temía que Ana se despertase. Por algún motivo no quería que nada ni nadie interrumpiese aquel momento casi mágico de sonidos dispersos, de chasquidos indescifrables, y de jadeos de Belén.
Apenas tenía duda de que en el dormitorio de al lado se estaba representando lo que había vivido Albert en aquella excursión. La incertidumbre ya versaba más sobre si Belén era un obsequio inocente o si por el contrario constituía una falsa ofrenda; tan maquinadora como su propio marido.
Y silencio. Y yo quería más. Quería certezas. Quería jadeos y chasquidos rítmicos. Y quería susurros. Quería ubicar las voces. Quería la confirmación absoluta de que allí no había dos cuerpos, sino tres.
Pero más silencio.
Y pasaban los minutos. Y no escuchaba nada. Y mi rostro volvió a la nuca de Ana. E inhalé de su pelo. Y la sentí limpia, pura, en contraste con el pecado que supuestamente se perpetraba en el dormitorio de al lado.
Y más silencio.
Y quise. Y casi imploré. Y mi miembro inquieto golpeaba por algún lugar de allí abajo, por algún punto sobre la parte baja del camisón de mi mujer. Y dudé en levantar aquel telón sedoso… y dudé, decepcionado, si despertar a Ana.
Pero sabía que sería egoísmo.
Y más silencio.
Y me dormí.
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