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La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 17)

La cena se transforma en un interrogatorio implacable. David no solo quiere saber qué piensa Albert de su esposa, sino que le exige una confirmación de su deseo. Y cuando la propuesta cruza el límite de lo verbal, el joven novio se ve atrapado en una red de complicidad y humillación.

Tanatos123.4K vistas9.1· 11 votos
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CAPÍTULO 17

—¿Qué? ¿Cómo? —balbuceaba Albert, y yo no daba crédito.

—A Belén. A mi mujer. Que si te la quieres follar —insistía David, con una seriedad imponente.

Albert se mantenía ojiplático. Y me miraba. A mí. Pero no buscando salvación, sino confirmación de que lo que aquel hombre le decía no era una broma. Yo, indudablemente tenso, no sabía qué decir, qué expresar, qué gesticular.

David hizo un aspaviento entonces, como dirigiéndose a alguien a mi espalda. Y se puso en pie, arrastrando la silla, sin reparo por exhibir estridencia; y en seguida un señor bordeaba la mesa e iba a su encuentro, para saludarle.

Un apretón de manos, y después un abrazo, más efusivo de mi cuñado que de aquel hombre, y a la segunda frase le dijo:

—Aquí con el chico. Es el novio de la pequeña. Ya ves. Hace nada era una enana. Y ahora ya con maromo.

Aquel señor nos miró, a mí me sonaba de vista, y efectivamente me saludó, a muchas menos revoluciones de las que exponía David.

—Claro, a Sergio ya lo conoces… Ya ves, aquí los tres. Somos… la tropa de los concuñados.

—Sí, sí… Buena tropa… —respondía el señor, con indudables ganas de marcharse, una vez había cumplido con el trámite.

Mi teléfono se iluminó entonces, mientras aquel pobre hombre intentaba escapar, y mientras Albert seguramente estuviera rezando internamente para que David olvidase su última pregunta; y leí en mi pantalla que Ana me decía que ya estaba en la casa, y me preguntaba dónde estaba yo.

Me sentí inmediatamente mal por no haberla recibido. Lo cierto era que pensaba que me avisaría un poco antes.

—Voy ahora. Me ha liado David —tecleé.

Alcé la mirada y vi que aquel hombre se escabullía, y que David tomaba asiento de nuevo. Se hizo un silencio, los tres bebimos, y yo miré de reojo a Albert, el cual parecía querer esconderse debajo de la mesa.

—¿Qué? ¿Qué opinas? Dudas mucho… —sonrió David, que no soltaba la presa—. ¿No te follarías a Belén? ¿Es poco para ti?

—¿Qué…? No, no. Al revés —respondía el chico, con sus mejillas inflamadas.

—¿Está buena o no? —bebía mi cuñado, y alzaba la voz.

—Sí, sí. Está bien. Pero es… es de coña, ¿no?

David sonrió. Y me miró. Parecía tenerlo donde quería. Y se regodeaba. Y me lo quería hacer ver.

—¿Cómo es Belén? A ver… ¿Qué te parece? Cuéntame —le tendía la trampa, aprovechando también su borrachera.

—Pues… Pues… está bien —tartamudeaba Albert.

—Está bien. Está bien… ¿A estos no les enseñan adjetivos en clase o qué? —exclamó David en mi dirección—. Listas de mil adjetivos estudiábamos en EGB… ¿O no, Sergio?

—Pues yo la verdad es que no… —respondí, expectante, y pegué otro trago.

—¿Sabes lo que es un adjetivo, Alberto? —le intimidaba.

—Sí… Perdón… Sí, sí, a ver… Es guapa… Es…

—¿Qué?

—Es… Es como… No sé… Misteriosa.

—Misteriosa, dice… ¡La puta que lo parió! —se reía David, y yo me sorprendía porque hubiera utilizado aquel término, pues así tal cual la había visto yo siempre.

—Pues sí —se reafirmaba Albert.

—¿Cómo ves a las hermanas? Dime. La mujer de éste. ¿Qué te parece? ¿Y Lucía? —le sometía David a un tercer grado, viendo que el chico, aunque apocado, no rehusaba pisar charco alguno.

—Pues Ana… es… la más… No sé. Es muy… llamativa, no sé… Belén, eso, misteriosa. Lucía es la más normal.

—Lucía ni siente, ni padece —rebatía David—. Bueno, en la ducha sí siente, ¿no? —sonrió.

—No, no sé. Es normal. Es tranquila.

—A Marta no la conoces.

—¿Marta? No, no sé. Sé que es gemela de Ana.

—Marta es… —pensaba David—. ¿Qué es Sergio?

—Marta es la inconsistente —respondí.

—Joder, Sergio. Muy fino ahí —asentía mi cuñado—. Bueno, Alberto… Le he dado una vuelta, yo creo que Belén es mucha mujer para ti… así que lo de follar… complicado… pero… aparte de hacerte pajas con bragas de madres… ya nos has dicho que te gusta mirar… Te lo digo así, de hombre a hombre: ¿Quieres mirar cómo follamos Belén y yo?

—¿Qué? No… No, no —respondía el chico y yo no podía evitar susurrar un “madre mía…”.

—Todo es organizarlo bien, eh —le espetó David, y le miraba fijamente.

Y Albert evitaba aquella mirada, y de nuevo me buscaba a mí con sus ojos, tiernos y azules, pidiéndome ayuda, preguntándome si David solo le estaba vacilando o no. Y de nuevo yo no sabía qué decirle, qué expresar, pues no solo dudaba, sino que empezaba a pensar que realmente hablaba en serio.

Miré mi teléfono, eran casi las diez. Y vi que Ana me había vuelto a escribir:

—No te preocupes. No tengas prisa. Estoy muertísima de la semana. Me acuesto ya. Creo que ni ceno.

—No. En serio. Voy en seguida —escribí.

—Que no. Que no. No te preocupes. Me ha dicho Luci que estáis los tres. Déjate liar, jeje —respondía mi mujer, y yo no estaba completamente seguro de si tenía que atender al tenor literal o si estaba molesta.

Y en esos pensamientos estaba cuando le escuché a David decir:

—Mira, si quieres ver cómo me follo a Belén es muy fácil: ve a la barra y pide dos raciones de calamares y la tortilla rancia que tienen, y te cuento cómo podemos hacer.

Yo los miré. Albert dudaba.

—Esta noche. Verás que fácil es. Será nuestro secreto. De los tres —susurró David, acercándose al centro de la mesa, como si se sintiera el capitán de un equipo, arengando en su corrillo.

Y Albert, tras una última vacilación, terminó por levantarse, borrachísimo, trastabillándose en su despegue, e inició su andadura hacia la barra.

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