La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 16)
Albert no es solo un chico; es un estratega del secreto. Lo que empieza como una charla de bar se transforma en un confessionario donde las bragas lavadas y los gemidos ahogados se convierten en moneda de cambio. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar para arrancar una sonrisa de complicidad?
CAPÍTULO 16
Viernes, 6 de agosto.
20:50 de la noche.
Su caminar no era del todo inestable, pero yo había visto sus ojos enrojecidos, justo antes de haberse levantado para ir al aseo.
—Lo vas a matar… —le susurré a David, que no perdía tiempo en rellenar la copa de vino de un Albert que tenía que evacuar todo el líquido que no dejaba de injerir.
—Shhh… Pero si estos chavales toman alcohol más que tú y yo todos los fines de semana —sonreía mi cuñado.
—Acostumbrado al vino no parece —rebatía yo.
—Pero si esto no es nada, Sergio. Si es como agua.
—Como agua… sí… —respondía yo, sentado frente a él, en la última mesa del último bar de la calle más antigua del pueblo—. Que, por cierto, dónde quedó aquello de… caerle mal al chico… para que se lo hiciera a Belén con más ganas —terminé diciendo, en una frase que me revelaba que yo tampoco estaba completamente sobrio.
—A eso le doy la vuelta en seguida. Llegado el momento… puedo conseguir que quiera matarme en dos o tres frases.
Yo le miré entonces, y volví a beber, y no dudaba de que estuviera en lo cierto.
La conversación con el chico estaba siendo de lo más entretenida. No parecía ser un derroche de cultura, pero tenía algunas salidas interesantes. No podía negar que lo estaba disfrutando y sentía curiosidad por la treta que plantearía a no mucho tardar David, pero sabía que en breve tendría que irme. Miré el reloj y le dije a David:
—No me eches más. Me acabo esta y me voy a la casa. Ana estará al llegar.
—Espera, espera. Que esto se va a poner divertido… —respondió, anunciándome que yo estaba en lo cierto con mis cábalas.
Bebimos en silencio. Yo escudriñaba a mi cuñado, que se acodaba en la mesa de madera. De lejos se escuchaban discusiones repetidas de los lugareños. El calor era asfixiante al final de aquella angosta cueva.
Albert salió del aseo. Disperso. Y se encaminó a su taburete. Sus mejillas iban a juego con sus ojos. Su melena rubia, echada hacia atrás, confesaba un refrescamiento reciente.
Se sentó y bebió media copa de un trago, antes siquiera de mirarnos.
Mi cuñado le puso entonces la mano sobre el hombro y le preguntó por Lucía. Quiso empezar despacio, indagando sobre dónde se habían conocido. A la tercera pregunta y respuesta insulsa no supo, o no quiso, contenerse:
—Estaréis follando como locos estos días… —sonrió.
Y, cuando esperaba una sorpresa, o como mínimo una evasiva, Albert le devolvió la sonrisa, y dijo:
—Pues… es que me dijo ya al principio del verano… que en la casa… había la costumbre de mantener bastante…
—¿Mantener el qué? —se impacientó David.
—Pues eso. Ser silenciosos.
—Silenciosos… Jodío… —dijo antes de volver a beber—. Pero habréis follado en la casa… Unas cuantas veces…
Albert le escuchaba, y miraba hacia la nada, como si rememorase, y, sin más, confesó:
—En la ducha.
—¿En la ducha? —preguntó ruidoso David, entre la sorpresa y la risa.
—Sí, bueno, al final en la ducha es donde más… se… Es donde se oye menos.
—Que se enmascara el ruido, ¿no? Con el agüita… —sonreía David, encantado y divertido con la revelación de aquel chico.
Albert volvía a beber. Y David le servía casi inmediatamente otra copa, mientras decía:
—Para enmascarar el ruido… ¿Has visto, Sergio? Este Albertito es un estratega, ahí donde lo ves.
—Ya veo, ya… —no pude evitar sonreír. No tanto por la artimaña del chico, sino por la felicidad contagiosa de mi cuñado.
Y volví a mirar el reloj, cuando escuché:
—Oye, Albertt —dijo David marcando la letra t—. Cuéntanos… Estamos en familia…Tu mayor locura sexual. Pero que no haya sido con Lucía. Eso estaría feo que lo contaras.
—Poca cosa… —respondió, vocalizando realmente mal y entre dientes.
—Venga, coño. Con alguna que no conozcamos. Queremos saber que barbaridades hacen las nuevas generaciones.
—Yo, en serio… que poca cosa —balbuceaba, y yo finiquitaba mi copa.
—Venga, Albert, que eres un ligón, joder. Yo era como tú, aunque ahora solo veas a un gordo cuarentón.
El chico lo miró de reojo, sonrió, y dijo:
—No, si es que… sí que me han pasado cosas… pero tampoco te creas…
—Lo que sea, joder.
—No, si digo que tampoco te creas que fueron… de yo… haciéndolo con alguien.
—A ver, a ver. Venga, cuenta, coño.
—Tengo dos cosas… pero no sé… —dudó, y agarró su copa de forma errática.
—Vale. Venga. Pues la primera. Que Sergio y yo queremos aprender un poco de ti.
—No sé… —respondía un Albert que se refugiaba en otro trago.
—Ayúdame, Sergio —dijo entonces David.
—No, bueno… Si el chico no quiere… ¿No ves que le da vergüenza? —dije, queriendo defenderle, pero en seguida me di cuenta de que le metía más presión.
—¿Cómo le va a dar vergüenza? Venga, hostia —alzó David un poco la voz y puso de nuevo su mano en su hombro.
—Vale. A ver. La primera… Que igual no es tan… loco. A ver, la madre de un amigo…
—¡Coño! La madre de un amigo. Esto empieza fuerte —rio mi cuñado— ¿Cómo era lo de aquella película? “Antes tenías mi curiosidad, ahora tienes mi atención” —sonrió David, y Albert ni se extrañaba.
—Sí. Bueno. No, no. Si no hice nada. Si no sé si sabrá que existo.
—¿Entonces?
—Pues en el instituto… fuimos a hacer un trabajo en grupo a casa de un amigo… Bueno, amigo no, un compañero. Muy friki. Lo típico de acercarnos al chapón… ¿vale? Pero la madre, joder…
—Estaba buena la madre —afirmó más que preguntó David en un susurro.
—Buenísima.
—Vale. ¿Y?
—Pues… yo no me enteraba de nada. Lo estaba haciendo todo el friki y una compañera. Y yo qué sé… Recuerdo que ni tenía muchas ganas… pero que me fui a mear… Y yo qué sé por qué… me puse a mirar allí qué había… en el baño.
—A husmear.
—Sí. Y bueno, a ver… Es que me da vergüenza.
—Pero qué vergüenza que ni qué vergüenza. Joder, Sergio, este va cortando… mantiene la tensión dramática que ni Hitchcock.
—Sí… y yo me tengo que ir… —contesté, y revisé mi teléfono, por si Ana me había llamado o escrito.
—A ver, sigue. Ahora no puedes dejar esto a medias —insistió David.
—Pues que… en el cesto de la ropa sucia del baño, había unas bragas, ¿vale?, de la madre, porque no tiene hermanas, y me las llevé.
—¡Nooo! —rio mi cuñado con estruendo. Y me miraba, abriendo muchísimo los ojos.
—Joder… —susurré yo, sonriendo, y me dispuse a servirme un poco más.
—Pero qué… gorrinote hijo de puta… —reía David, y Albert, aún más colorado, se encogía de hombros.
—Y mil pajas con las putas bragas te has hecho… Eh —medio provocaba medio compadreaba mi cuñado.
—Unas cuantas… —sonrió el chico. Y volvió a beber. Y, tras un breve silencio, dijo:
—Hasta que mi madre me las encontró.
—¡Nooo…! —volvió a reír, y volvió a mirarme. ¿Y? Pero olías las bragas, qué hacías con ellas.
—Pfff… —resoplaba el pobre chico.
—¡Venga!
—Sí… las olía.
—¡Joder, qué cochino…! Bueno, bien. ¿Y tu madre qué?
—Nada, pensó que eran de una novia y me largó un rollo de sexo, de… protegerme… Yo qué sé… Y las lavó.
En ese momento David volvió a reír. Y repetía después en voz baja “las lavó… joder, las lavó, qué putada”. Y yo no pude ya evitar reírme y taparme la cara con las dos manos.
—Las lavó… —decía mi cuñado—. Las lavó y te perdió la gracia… ¿A qué sí?
—Sí…
—No olor a coño… No party… Que decís ahora… ¿no? —reía David.
—Más o menos… —respondía él, el cual se mostraba sonrojado, pero a la vez no rehuía del todo a reírse de sí mismo.
—Venga, la segunda —dijo mi cuñado, sin darle cuartel.
—Yo, me tengo que ir ya… —dije.
—La segunda es mejor —aclaraba Albert.
—¿Sí? —le decía y le volvía a poner la mano en el hombro.
—Sí… La segunda no os la vais a creer…
—Hijo de puta… ¡Es el puto Hitchcock! —reía David.
—¿Qué?
—Nada. Empieza, venga —le ordenaba mi cuñado y hacía un gesto con la mano a un camarero, para que trajera otra botella.
—A ver… Pues… en el último año de instituto. En una excursión, ¿vale?
—Vale —respondió David, y después me dijo en voz baja: “¿Por qué dice vale todo el puto rato? ¿Es la moda ahora o qué?”.
Yo no supe qué responder ante aquel susurro, que no había sido tal, ya que Albert lo había escuchado perfectamente.
—Pues… —continuaba el chico y llegaba otra botella de vino—. Estábamos haciendo botellón en una habitación del hotel, antes de salir. Y en esto que llegó la profesora de inglés, que… junto al jefe de estudios… y de lengua, creo, y no sé quién más, pues eran los… adultos que estaban allí. Bueno, que entró la de inglés, a echarnos la bronca.
—¿Estaba buena la de inglés esa? ¿De ingles o de inglés? —preguntaba mi cuñado, haciendo un terrible juego de palabras.
—Estaba buena, sí. Bueno, está, supongo. Delgada, rubia, alta —respondía Albert, sin hacer caso a las gracietas de David.
—¿Años?
—Treinta y algo, no sé.
—¿Cómo la madre de las bragas?
—Noo, más joven…
—Claro, la madre tenía que tener cuarenta y pico por huevos. Bueno, sigue.
—Nada. Nos echó la bronca. Y se la montó sobre todo al repetidor. Que ya las tenían siempre en clase. Y nada, nos fuimos de allí, para que se comiera la bronca él. Bueno, también era su habitación —continuaba Albert, al que no se le veía demasiado incómodo contando su historia. Y David bebía, le escuchaba, y fruncía el ceño, y me miraba entonces, frente a mí, y me susurraba: “promete, promete…”.
—Y en esto que… llegamos abajo. Pedimos un taxi… ¿vale?, y yo me empecé a encontrar mal… Pues, no sé… el vodka… haber corrido por el pasillo, el ascensor… no sé. Y en esto que me pongo a vomitar, pero fatal. Fatal, fatal…
—Bebe, Albertttt. Que se te seca la garganta —le interrumpió David. Y el chico le hizo caso. Y después, se atragantó un poco, llegando a toser.
—No te me mueras. Que nos jodes la historia —rio David, dándole un golpe en la espalda.
—No… Ah —sacó la lengua Albert. Se recompuso, y continuó:
—Pues allí, esperando al taxi y yo echándolo todo en la acera, que había un árbol creo. Y nada… llega un taxi y el taxista que dice que yo no subo.
—Eso me ha pasado a mí unas cuantas veces… —dijo David.
—¿Sí? Bueno. Que tampoco mis amigos insistieron mucho… y se piraron sin mí. Y nada. Me quede allí vomitando un rato. Y después subí para tirarme en la cama. Y en esto que voy ya por el pasillo, y veo la puerta de la habitación de donde habíamos hecho el botellón, como arrimada. Casi cerrada, pero abierta. Y me digo: “voy a coger mi botella y me la llevo a mi habitación”. La verdad es que no me importaba el repetidor y si le había echado mucha bronca o qué. Ni me acordaba de él. Y nada… Entro… las luces apagadas… Y gemidos.
—¡¡Noooo…!! —exclamó David.
Y yo miré entonces para un Albert que asentía. Y me serví otra copa.
—¡No-me-jo-das…! —se sorprendía mi cuñado—. El chavalín se la estaba follando. ¡A la de ingles!
—Sí, tío… —susurraba Albert.
—¿La bronca derivó en pasión?
—Ya ves…
—¿Pero qué viste? ¿Qué hiciste?
—Pues me asomé… Y yo además sabía que estaba borracho y que… podría hacer más ruido del que realmente podría pensar que hacía.
—Un estratega, tío —me susurraba mi cuñado—. El puto Rommel de las cochinadas.
—Y eso, que me asomé, con mucho cuidado. Y vamos… es que no había duda. Estaba él… el repetidor… encima de una chica. Y rubia… Bueno, de hecho la reconocí ya sin duda por los zapatos.
—¿Que se la zumbaba vestida…?
—No sé, no me acuerdo… pero iba en falda. O sea, la cara no se la vi. Vi a él desnudo encima de una chica rubia, y los zapatos de ella.
—O sea, sin sábana por encima ni nada.
—Nada, nada. Sobre la cama tal cual. Y él encima. En misionero, ¿no? Y ella como que le rodeaba con las piernas. Por eso… veía los zapatos sobre todo.
—¿Y gemía mucho la cabrona? —inquiría ensimismado David.
—Madre mía… —susurré yo, entre la estupefacción y la risa, y di otro trago.
—No mucho… Un poco…
—¿Y qué hiciste? ¿Te la pelaste allí?
—¿Qué? No, no. Estuve… no sé… medio minuto… Y me fui. Vamos, y es que ni se lo conté a nadie, te lo juro. La meto en un lio y no me caía mal, ella.
—¡Coño! ¿No se lo contaste a nadie de clase? ¡Mira, este, qué ética tiene, eh! ¿Qué te parece, Sergio?
Yo me sonreí y David en seguida dijo:
—¿Entonces te fuiste y nada más?
—Sí, me fui y me dormí.
—No lo soñarías…
—No, no. Ni de coña.
—¿Qué hacemos, Sergio? ¿Le creemos? Un poco topicazo, ¿no? Profesora… Alumno…
Yo me encogí entonces de hombros al tiempo que Albert dijo:
—Belén también es profesora, ¿no?
—Sí —dijo David— también es profesora. ¿Por qué? ¿Te la quieres follar?
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- Relato #229066— title-regex: contiguous parts (15 -> 16)
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