La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 15)
Entre el olor a mar y el humo del cigarrillo, la distancia entre la discreción y el deseo se desvanece. Cuando la cuñada confiesa que su matrimonio es solo por sexo, el narrador comprende que la tentación acaba de cruzar la línea.
CAPÍTULO 15
Viernes, 6 de agosto.
12:26 del mediodía.
Sentado en una silla metálica, plateada, en una terraza, con una taza humeante de café a mi alcance, frente al paseo marítimo, quise valorar el olor a mar, sabedor de que la felicidad solo puede estar en el presente y en la presencia plena. Cuántas veces, durante el invierno, había suspirado por aquel olor y por aquella calma.
Mi trato con Belén no era del todo distendido, pero no hasta el punto de sentir neta incomodidad, por lo que podía inhalar aire fresco y disfrutar del silencio en su presencia.
Me incorporé mínimamente, para echar azúcar en mi café, y miré de reojo a mi compañera de la mañana: mi cuñada Belén, tan abstraída como yo, cruzada de piernas, fumaba con porte y placidez, mirando al mar. La tercera silla estaba ocupada por una bolsa con juguetes, prueba del éxito de nuestra misión.
Estaba guapa. Era curioso, y es que todas las hermanas tenían bastantes lunares, algunos muy bonitos, muy negros; círculos perfectos, que les daban personalidad. Si Ana tenía uno cerca del labio y otro en el centro de la mejilla, hecho que a mí me servía para meterme con ella pues parecía de pega, como el que se ponen los payasos, Belén tenía dos en cada lado de la cara, creando una simetría hasta casi artificial.
Aquella mañana exhibía un vestido de punto, pero de verano, de colores, en rayas horizontales, que se amoldaba a su cuerpo y liberaba completamente sus brazos torneados. Su pelo rizado y oscuro, que caía hasta rozar sus hombros, era su sello de identidad, como lo era su franqueza, su frontalidad, o su seriedad, elementos que me hacían pensar que no se había compinchado con su marido para aquel infantil juego de tomarme el pelo o de quedarse conmigo. Y no hizo falta que cruzara las piernas, ni que echara el humo de su cigarrillo con displicencia, para que yo viera una sexualidad, manifestada en sus formas y en su lenguaje corporal. Y dicha sexualidad, contenía tal aplomo y seguridad, que por momentos me hacía pensar que sus encuentros con otros hombres pudieran ser veraces.
Y, en el preciso momento en que mis labios me anunciaron que aquel café ya tenía una temperatura asumible, la escuché decir:
—Bueno, ¿y a vosotros cómo os va?
Posé entonces la taza de café sobre la mesa plateada y metálica, como las sillas, y le conté ciertas novedades, que versaban más sobre nuestro hijo Javier que sobre Ana y sobre mí, pues sobre nosotros apenas había nada que contar. Y me sentí extraño al hablar así de mi núcleo familiar, y de nuestras vidas, pues nunca nos preguntábamos directamente aquello, quizás porque poquísimas veces había estado a solas con ella, y solo en contextos íntimos uno pregunta, y, sobre todo, responde, con cierto contenido.
—¿Y vosotros qué tal? —pregunté una vez hube finalizado mi exposición.
—Pues… ¿Tú cómo nos ves? —contestó ella de inmediato, sorprendiéndome.
—¿A ti y a David?
—Claro. No somos más —respondía seria, y yo temía que me estuviera preguntando cómo se veía su matrimonio desde fuera.
—Pues bien, no sé. David como siempre.
—¿Y yo? ¿Estoy como siempre? —preguntó y yo me violenté.
—Qué… Perdona… No te he entend…
—Na, déjalo. Perdona tú. Creo que los cuarenta no me han sentado bien —dijo, sin mirarme, e incorporándose un poco hacia la mesa, para acercar el cenicero.
—Yo te veo bien. Como siempre —alcancé a responder.
—¿Sí? Aunque no, bueno. No sé para qué. Porque el otro… No es que se cuide mucho… Tiene una tripa… que es para verla —dijo, refiriéndose sin duda a David.
—Está de buen año últimamente, sí… —compadreé yo, aludiendo al abandono de su marido, y buscando una sonrisa de ella, que no se producía.
—Y lo que bebe —dijo, mirándome.
—Sí, la verdad —le aguanté la mirada, y después ella dio otra calada, y miró hacia el mar.
—Que… —prosiguió— no se pone tonto, solo faltaba. La verdad es que sabe beber, siempre supo, y sabe cuando. Pero vamos… que es mucho.
—Ya… sabe cuando… pero el problema a veces puede ser cuánto… —decía yo, incómodo, sin querer fiscalizar realmente a David, y refugiándome en mi café.
Se hizo entonces un silencio. Ambos mirábamos hacia el paseo. Apenas había sonidos que nos atacasen o elementos que nos dispersasen. Yo sabía que Belén continuaría, y no quería ponerme a la defensiva, pero no me lo ponía fácil.
—Y Ana… ¿Le pasa algo conmigo? —preguntó, tras medio minuto de calma chicha.
—¿Ana? No. ¿Por?
—No sé. La veo un poco… apartada. Antes era más… cariñosa —dijo, y dio otra calada, que sonó hueca, perfecta.
—¿Sí? A ver… Es complicado… para ella, desde que está en la inmobiliaria, y no puede venir como cuando estaba en la consultora. Nosotros estamos… Yo estaré seguramente dos semanas… Vosotros… no sé, pero más de un mes… ¿no? Y ella viene solo los fines de semana…
—Nah, no tiene que ver —me interrumpió—. Hay gente que la ves un día al año y a los dos minutos está como siempre.
—Tampoco su… relación con David ayuda —dije entonces. Y ella me miró, fijamente, y dijo:
—David es gilipollas. No sé por qué me casé con él —comentó graciosa, y tras aquella frase sí sonrió mínimamente, y su sonrisa me contagió, pues me había sentado bien su gesto, como un alivio repentino, quizás por lo que me había costado conseguirlo.
—Tú sabrás… Tú sabrás por qué te casaste con él… —dije, manteniendo la sonrisa.
—Pues, ¿sabes?, creo que me casé con él… por el sexo.
Supe entonces que mi mirada hacia ella cambiaba. Ella tenía que notarlo. Mi inquietud. Mi estupefacción. Y dio otra calada, mirándome, y remató:
—Sí, por el sexo. Por cómo follaba, vamos. Bueno, por cómo folla.
Y lo dijo de una forma eminentemente seria; tan solemne, que de alguna forma llegó a oprimirme. Y después otra calada; y después decidía liberarme, como al humo, desviando sus ojos de mí, y llevándolos de nuevo hacia el mar.
Y yo aproveché el silencio, y que su mirada se perdía lejos, para observarla, para mirar el relieve de su vestido, la turgencia de sus pechos, sus rasgos casi felinos, como los de sus hermanas, pero ella siempre con aquel poso indescifrable, de misterio involuntario. Contenía atributos atrayentes, quizás no tan contundentes como los de Ana, pero sin duda era una mujer muy deseable; quizás, o seguramente, y por su personalidad, más como amante que como pareja.
Y yo pensaba en que aquella Belén, la verdadera, la que yo tenía delante, no se parecía a la de los escarceos con Albert. Y me preguntaba por qué, qué sucedía ahí, cuál era el cabo suelto, cuando ella dijo:
—Oye, gracias por acompañarme. Estoy perdidísima… en esto de juguetes… Niños…
—Ya. Bueno. De nada… Yo sí… Estoy acostumbrado —respondí y tuve la súbita tentación de preguntarle por qué no tenían hijos.
Y entonces ella, tras un breve silencio, y como si leyera mi mente, soltó:
—¿No me vas a preguntar por qué no tenemos… diablillos de esos?
—Soy discreto —sonreí, aprovechando su extraño y desenfadado sustantivo.
Y había silencios espesos entre frase y frase. Y ella alternaba casi ternura con una actitud más seca, recia, casi hasta varonil.
—Uy. Espera. Voy a saludar —dijo de repente, y se puso en pie y cruzó hacia el paseo, con su cigarro humeante. Y vi sus curvas, que eran más de las que David pregonaba con lamento, y vi su culo, perfectamente alzado, a pesar de sus sandalias planas. Y tiró su cigarrillo al suelo antes de no solo saludar efusivamente a una chica que iba con su pareja, sino que llegó a premiar el casual encuentro con un abrazo, el cual sentí especialmente valioso, teniendo en cuenta su usual compostura.
Finiquité entonces mi café y saqué mi teléfono móvil del bolsillo. Y vi que Ana me había escrito y que David me había enviado una nota de voz. Y quise tardar un poco en leer más de mi pantalla, pues hacerlo era volver a la realidad, y abandonar a Belén, y abandonar aquella mañana que era justo el tipo de enclave y en cierto modo efecto o placer que yo había ido a buscar allí aquel verano.
Miré mi reloj. Belén hablaba con aquella pareja. El aire fresco de la mañana hacía tiempo que había cambiado a sacudida espesa; y finalmente volví a mi teléfono, y quise empezar por mi mujer, la cual había escrito:
—¿Te chafé un poco ayer? Querrías que hubiera pensado en el chico, ¿no? Sorry…
Y después de su frase había un emoticono de una cara mirando hacia arriba. Y henchí los pulmones. Y sentí amor. Y leí su siguiente mensaje:
—Tengo ganas de verte… Y de estar en la casa… Espero estar allí sobre las nueve o nueve y algo, para cenar.
Y le iba a contestar, pero decidí atender antes a qué querría mi cuñado, por si pudiera ser algo urgente, algún recado o algo que quisiera del pueblo. Me acerqué el teléfono a la oreja y escuché:
“Oye máquina, el mar está cojonudo, perdona por endosarte a la petarda. Estaré por ahí todo el día, pero he liado a Albertito, bueno, casi obligado, que me aguante un poco que para eso tiene casa gratis. Eso, que unos bebercios con él en el pueblo a las siete y media. Te vienes sí o sí, no me jodas. En el bar del año pasado, en el que saliste a gatas en el cumpleaños de Ana. A la siete y media. Venga, tío, nos vemos allí”.
Y se despedía así, dando por hecho que la cita estaba cerrada. Y yo vacilé un instante, pues sin duda quería estar en la casa para cuando Ana llegase, pero concluí que me daría tiempo a beber un rato con ellos y a hacerle, de paso y en cierta forma, de salvavidas al chico.
Así que acepté.
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