Xtories

La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 14)

Sabe que su esposa ha sido infiel, pero esta vez la distancia no le permite tocarla. Le pide que imagine al amante, pero ella solo quiere recordarlos a ellos. ¿Qué pasa cuando la fantasía se vuelve demasiado real para el que la pide?

Tanatos124.2K vistas9.1· 9 votos

CAPÍTULO 14

Innumerables veces, a lo largo de los últimos doce años, había sentido entusiasmo, e incluso ansia, ante un mensaje de Ana, si bien, prácticamente siempre, había sido por estar inmerso en una situación de espera previa a un párrafo, digamos, romántico. Esta vez era netamente diferente; subía las escaleras de la casa, en dirección al dormitorio, y notaba cómo se iluminaba la pantalla, cómo mi teléfono recibía aquello de mi mujer, y pensaba en las pocas veces, y todas lejanísimas, en las que había sentido tensión previa a un mensaje de ella, siendo este de índole más o menos sexual.

Entré en la habitación, y la sentí cargadísima, y me maldije por no haberla ventilado. Abrí entonces la ventana, enchufé el aparato antimosquitos, posé mi teléfono sobre la cama y comencé a desnudarme.

Concebía que la ocasión merecía una cierta liturgia, por lo que no me dispuse a leer mi regalo hasta que no estuve asentado: sobre la cama, completamente desnudo, sintiendo la brisa, que entraba por la ventana haciendo ondear la cortina levemente, e iluminado por la amarillenta luz de la lámpara de la mesilla.

Una vez establecido, sintiendo las sábanas cálidas en mi culo y en mis piernas, y sintiendo los barrotes del cabecero incomodando mi espalda, cogí aire, sentí mis pulsaciones ligeramente alteradas y comencé a leer.

Mi mujer me contaba que había estado incómoda todo el día y me echaba la culpa, entre risas, mimos y calentura tácita, de haberla dejado a medias en aquella área de descanso. Me contaba también que no había querido abandonar apenas su escritorio pero que había tenido que ir al de su compañero Luís, y que él se había levantado entonces, y, para bordearla, había puesto su mano sutilmente en su cintura, sobre la parte baja de su espalda, donde su camisa, “justo ahí”.

—Ya estaría más que seca… Ana —tecleé entonces, rebatiéndole, concluyendo que seguramente estaba exagerando.

—Sí, ya, seca sí, pero el tacto queda... raro, como acartonado. Quizás lo notó —respondía ella, y yo esperaba que me contase más, pero, tras aquello, nadie escribía.

Y, cuando deseaba que subiera el nivel de lujuria en su siguiente texto, Ana escribió, pero para preguntarme por mi día.

—Nada relevante —le dije, con ansia clara de volver al tema anterior.

Y nadie escribía de nuevo, así que no me contuve más:

—Ya que te he dejado a medias… —tecleé.

—Qué.

—Que… podrías tocarte… pensando… en el alemán… —me lancé.

—¿Ahora? —preguntó ella inmediatamente, y yo, sin su rostro presente, no podía conocer su nivel de alerta o sorpresa.

—Sí. ¿Por qué no? ¿Solo te tocaste aquella vez? —quise confirmar.

—Sí, solo una vez —respondió.

—Pues… esta noche… podrías repetir… Te dejaría tu tiempo… y después me escribes las impresiones —forcé.

Y tras escribir aquello ella no respondía. Y yo no sabía si me había tomado la palabra inmediatamente o si había optado por no hacerme caso. Sin embargo, fuera como fuere, había algo que no me acababa de llenar en aquella proposición. Había algo en lo de aquel alemán, que no terminaba de colmarme.

Miraba mi miembro desnudo, volcado hacia una pierna, oscuro, y mis huevos reposando sobre las sábanas, calientes, entre mis piernas, y sí sentía un pequeño pálpito de morbo, pero sentía que necesitaba algo más.

Y, de golpe, me vi tecleando:

—Lo malo del alemán ese… es que no le pongo cara.

—No te creas que yo me acuerdo mucho —respondió Ana en seguida.

—Me gustaría alguien… no sé… que pudiera imaginar realmente —escribí, en lo que era más un pensamiento introspectivo.

Ella puso entonces un emoticono de un muñeco que hacía algo similar a encogerse de hombros. Y entonces yo escribí:

—Podrías tocarte pensando en Albert.

Lo había soltado sin más. Y tampoco me parecía una locura extraordinaria. Al fin y al cabo era solo imaginar, y, obviamente, era más visualizable y quizás también más morboso, por todo lo que llevábamos aquellos días, que imaginar a un alemán borroso.

Ana no respondía. Dudaba realmente de que me mandara a paseo y que mi doble o nada quedara finalmente en lo segundo.

—Qué opinas —insistí, y entonces vi en mi pantalla que comenzaba a escribir.

—No sé… Sergio. A ver… vale… puedo intentar… —leí, y no dije nada. Esperé.

Miré entonces a mi miembro que parecía haberse hinchado levemente; imaginar a mi mujer, tocándose… pensando en aquel chico, tenía para mí un punto superior. Así es que le dejé su tiempo.

Me puse en pie. Me fui al aseo. Y me lavaba los dientes pensando en por qué no habíamos hecho nunca aquel tipo de cosas. Y deseaba que Ana pensara lo mismo que yo, y que tuviera las mismas ganas de recuperar el tiempo perdido.

Volví al dormitorio. Miré mi teléfono. No había nada nuevo. Y me fui, completamente desnudo, hacia la ventana; aparté la cortina, y vi cómo la piscina y el jardín descansaban en paz. Y vi las dos sillas, la de David y la mía, solas, pero vivas, como una especie de tótem doble, casi génesis mágico de todo.

Y volví a la cama. Y esperé un poco más. Y mi teléfono se iluminó por fin.

—Ya está —había escrito Ana.

—¿Ya? Cuéntame, qué pensaste —tecleé, ligeramente nervioso, recostado sobre la cama, con las piernas ligeramente separadas, con mi miembro reposando, con un ansia explícita de comenzar a actuar.

—Pues… al final… pensé en nosotros. En que al final sí que lo hacíamos al lado del coche.

—Ah, ¿sí? —pregunté decepcionado.

—Sí… Uff… fue genial. Súper morboso.

—¿Pasaste de Albert, entonces?

—Sí. No sé…

—Bueno… —tecleé.

—¿No quieres que te cuente qué pensé? —preguntó Ana.

—Sí, sí, claro —respondí, y dejé que ella escribiera.

Aparté un instante mi teléfono y sujeté mi miembro, el cual lucía incluso más decepcionado que yo mismo. Y en seguida me sentí un poco mal, pues sabía que no le podía exigir aquel ritmo, que ya bastante locura había sido lo del coche y que tenía que valorar que ella hubiera optado por pensar en mí.

Una vez supe que ella había terminado de explayarse leí su mensaje, y comprobé que en su narración mi mujer describía que habíamos entrado finalmente en el coche, y que lo habíamos hecho allí, y que habíamos tenido un orgasmo los dos… y relataba ruborizada pero esforzada, cómo nos besábamos, cómo nos mordíamos el cuello, y, finalmente, en un notable atrevimiento, había narrado cómo mi miembro la había llenado de manera plena y cómo me había vaciado dentro, cosa que ella había sentido con especial morbo y placer.

—¿Qué tal? —preguntaba ella después.

—Bien… Muy bien. Ojalá hubiéramos rematado. Está claro —respondí, y después nadie escribía, y después terminamos, indecisos, por darnos las buenas noches y despedirnos.

Y me quedé pensativo, mirando hacia el techo, inquieto, y excitado, pero no por lo leído, sino por lo que podría haber sido. Y no la culpé por desilusionarme, sino que la amé por su recato y candidez.

Y apagué la luz de la mesilla. Negándome a pensar en ella, y en Albert; y negándome a recordar las historias de David. Me negué a tocarme y a imaginar, como si por ello pudiera encerrar aquello que germinaba en mí.

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