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Pasión de juventud (I)

A través de la pantalla, la distancia se disuelve y los cuerpos se encuentran en la imaginación. Él sabe que ella está sola en su cama, y ella sabe que él la desea con la misma intensidad. Esta noche, el silencio de la noche solo se romperá con sus gemidos.

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Pasión de juventud (I)

Tras varios desengaños amorosos, y más por aburrimiento que por otra cosa, una buena tarde de un mes de septiembre de hace más de 20 años, probé por primera a entrar en un chat.

Se trataba de una página de chats al uso, nada orientado a ligar o buscar citas. Creo recordar que se trataba del primer chat que, en sus primeros tiempos en España, utilizaba la compañía Vodafone, o quizá todavía fuera Airtel. Eso es lo de menos.

En esa primera tarde, y tras varios saludos con distintas personas, y conversaciones intranscendentes, le hablé a alguien que tenía por Nick marimar.

Tras un rato de conversación resultó ser una chica de Cataluña (voy a omitir la localidad concreta, porque nunca se sabe quién puede acabar leyendo esto), dos años menor que yo (ella tenía 25 y yo 27 años), llamada Teresa, muy simpática y agradable.

El tiempo se nos pasó como se escapa el agua entre los dedos, así que quedamos en volver a hablar la tarde siguiente. Cerré el chat y apagué el ordenador muy ilusionado por volver a hablar con Teresa, pues la impresión que me había causado había sido fabulosa.

Al día siguiente, desde la mañana, ya andaba yo pensando en la “cita” que tendría por la tarde, pero a la vez me dio por pensar que quizá no se presentaría, que podría no ser ni siquiera una chica, pues no tenía forma de comprobarlo, y que mejor era no hacerse ilusiones, pues todo podría quedar en nada.

Llegada la hora a la que habíamos quedado, mejor dicho 10 minutos antes, ahí estaba yo, de nuevo en el chat y, para mi enorme alegría, Teresa también entró poco después, unos 5 minutos antes de lo que habíamos hablado. También ella me confesó que estaba muy ilusionada en volver a hablar conmigo.

En conversaciones sin mayor trascendencia, sobre temas de trabajo, de la vida diaria, gustos, aficiones, algunas bromas,…, transcurrieron los siguientes días. Siempre quedábamos a la misma hora, siempre entrábamos unos minutos antes, y siempre tratábamos de alargar la conversación todo lo posible, incluso me consta que le costó alguna bronca de su madre porque se retrasó en alguna ocasión más allá de la hora de la cena familiar.

Nos fuimos haciendo habituales el uno del otro, y necesarios. No habíamos hablado aún por teléfono, pero sí que nos habíamos contado o, mejor dicho, escrito, como éramos físicamente. Teresa decía ser una chica más bien bajita, 1,60 de altura, delgada, 90 de pecho, pelo castaño claro en media melena y ojos azules. Yo me había construido su imagen en mi cerebro: la veía como una preciosa muñequita, de piel clara, ojos claros, sonrisa delicada, y cuerpo con las curvas justas.

Yo también le dije como soy, o como era a mis 27 años: 1,75 de estatura, 75 kgs. de peso, pelo negro algo revuelto, ojos marrones, bastante risueño.

Por fin un día nos dimos nuestros teléfonos, creo que llevábamos hablando unas 2 semanas. No pude resistir la tentación, y la llamé de inmediato. Tan de inmediato que su madre andaba pululando cerca cuando descolgó el teléfono.

- Hola Tere, soy Dani.

- Hola Dani!!!! –me respondió entre nerviosa, risueña y sorprendida

- Ya ves, te he llamado antes de lo que te había dicho –le había dicho que la llamaría a la mañana siguiente, haciendo coincidir nuestros tiempos de descanso en nuestros respectivos trabajos.

- Síiii, ya lo veo, jajajajaja.

- Espero que no te parezca mal, sólo quería darte una sorpresa y escuchar por fin tu voz, no podía esperar más tiempo.

- Para nada me parece mal, todo lo contrario. Además, yo también tenía muchas ganas de ponerte voz

Su voz me parecía deliciosa: suave, dulce, cantarina, con ligero acento catalán y con un fondo que me hacía pensar que era aún más guapa de lo que la imaginaba, cómo si la voz tuviera mucho que ver con la belleza del rostro y del cuerpo, pero la imaginación es así de libre.

Estuvimos hablando un buen rato, mucho rato. Más de una hora. Nos despedimos como pudimos, pues a ninguno de los dos le apetecía dejar de hablar con el otro.

Después, ya desde mi cama, antes de dormirme, le mandé un SMS (qué tiempos aquéllos en los que whatsapp no había invadido aún nuestras vidas).

- Cielo, te deseo la más dulce y placentera de las noches, un beso.

Apenas un minuto después me respondió con otro SMS:

- Ojalá tenerte en mi cama para hacer de verdad de esta noche una noche de placer y de dulces momentos.

Joder, claro que yo había tenido algún pensamiento subido de todo con ella, pero estaba comprobando que ella también los tenía conmigo, y quizá iba un par de peldaños por delante.

- Si estuviese contigo, esta noche haríamos muchas cosas, y ninguna sería descansar. –ahora que Teresa había dado un paso adelante, no sería yo quién se cortase.

- No sería yo quién se propusiera descansar, me interesan mucho todas esas otras cosas… –estaba claro que Teresa tampoco se iba a cortar.

Seguí la conversación enviándola una sucesión de mensajes en los que describía cómo sería esa noche si estuviéramos juntos: mi boca en la suya, envolviendo su lengua con la mía, acariciándola los labios con mi lengua, mientras nuestros cuerpos se pegaban, unían y rozaban. Explicándole como mis manos desnudarían su cuerpo, despacio, en una larga e interminable caricia, dejando que mis dedos aprendieran cada rincón de su cuerpo, cada poro de su piel. La describí como sería el paso de mi boca por todo su cuerpo, deslizándose hambrienta y húmeda por su piel, desde su adictiva boca, pasando por sus pechos, sus delicados pezones, que imaginaba rosados y muy receptivos, por su vientre suave y cálido, por su piernas, por sus muslos, para terminar en lugar de su cuerpo que, sin duda, sería el más delicioso manjar de todo el menú que soñaba y ansiaba comer.

Logré excitarme de una manera brutal, me desprendí del pijama y del bóxer y comencé a pajearme, de forma suave y pausada, del mismo modo en que imaginaba que me lo haría ella. Pero no recibí ninguna respuesta, pasaron varios minutos, que me parecieron siglos y la pantalla del móvil seguía sin notificar ningún mensaje nuevo. Me llené de una angustia desconocida, quizá había llegado demasiado lejos. Quizá Teresa sólo estaba bromeando, chinchándome, y yo me había venido arriba de forma precipitada y exagerada, y ahora ella estaba pensando que yo sólo buscaba en ella sexo fácil, sin compromiso ni problemas.

Pero pasados unos minutos, cuándo yo estaba a punto de preguntarle si le había molestado con mis mensajes, recibí una nueva notificación. Era de nuevo Teresa. Comenzaron a llegar mensajes, pausados, pero sin interrupción

- Cariño, estoy húmeda y caliente. Desnuda en mi cama. Con una mano acariciándome las tetas, pellizcándome los pezones, mientras con la otra, cuando no escribo, acaricio mi clítoris y meto dos dedos en mi coño. Imagino que eres tú, que son tus dedos, tu boca, tu lengua…

Leer aquello me hizo arder. Hizo que mi polla de nuevo se endureciera, que lo hiciera más de lo que estaba antes. Mi mano de nuevo bajó hasta ella para moverse con más fuerza y velocidad que antes. Pero también la escribí:

- Caliente es cómo tú me tienes a mi. Llevo un rato pajeándome, imaginando que son tus manos y tu boca las que lo hacen. Deseando hacerte estallar de placer y hacerlo contigo.

Tras un par de minutos en los que no dejé de acariciarme los testículos y pajearme la polla, cada vez con más intensidad, sintiendo como mis huevos se iban llenando de leche, recibí respuesta de Teresa, pero esta vez no fue un SMS, fue una llamada, evidentemente descolgué el teléfono, aún a riesgo de que mis padres pudiera oír la conversación. Su voz era un tenue susurro, cargado de sensualidad, erotismo, deseo y placer:

- Dani, estoy fatal. No puedo dejar de acariciarme y masturbarme. Estoy empapada y caliente.

- Tere, yo estoy igual –le dije igualmente entre susurros, sin dejar de frotar mi polla-. Dios, nunca había hecho esto, estoy excitadísimo.

- Cariño, yo tampoco lo había hecho, pero no puedo más, necesito correrme contigo y oír cómo tú lo haces conmigo.

- Imagina que son mis manos, mi boca y mi polla los que llenan tu cuerpo, los que te llenan de placer hasta hacerte estremecer…

- Mmmmmm tengo el clítoris hinchado y duro, las sábanas mojadas y mis dedos empapados

- Yo tengo la polla dura como una piedra y los huevos tan hinchados que creo que me van a reventar

- Quiero que estalles en mi boca, si tú quieres.

- Claro que quiero, en cualquier lugar de tu cuerpo. Si quieres que termine en tu boca, en tu boca será.

- Quiero en mi boca. Quiero sentir tu leche caliente quemándome la boca y quiero después besar la tuya.

Este último deseo suyo me hizo arder aún más. Yo entonces ni siquiera sabía que esa práctica tiene un nombre: beso blanco, pero me pareció lo más morboso que podía imaginar, probar mi propio semen de la boca de Teresa.

- Cariño, estoy a punto de correrme, pero quiero que tú también lo hagas. No digamos nada más, concentrémonos en darnos placer, en imaginar nuestros cuerpos juntos, hasta que nos corramos los dos – le dije entre susurros cada vez más entrecortados, al otro lado también podía escuchar sus tenues gemidos, su respiración entrecortada.

- Vale… -fue capaz de responder mientras cada vez sus gemidos y los míos eran más intensos y sonoros.

Después de algún minuto más así, en los que tan sólo se escuchaba nuestra respiración entrecortada, leves gemidos y el sonido de nuestras manos dándonos placer, los gemidos de Teresa se hicieron más constantes, se transformaron en un largo y profundo gemido, mucho más grave que los anteriores. Era evidente que se estaba corriendo, y yo con ella. De inmediato me corrí. Gruñendo como un animal herido solté 3 ó 4 chorros de semen que llegaron hasta mi pecho. Semen caliente, abundante y espeso. Semen que había derramado con la clara imagen de una chica, a la que no conocía físicamente, haciéndome la mamada de mi vida, hasta vaciar por completo mis huevos.

En cuanto pude le hablé por el teléfono. Ambos estábamos absolutamente en las nubes, invadidos por un placer nuevo y extraño, pues había sido la primera vez en que los dos habíamos mantenido sexo con alguien por teléfono. Pero, absolutamente convencidos, de no querer cambiarnos por nadie en ese momento.

- Te dije en serio lo de correrte en mi boca y besarte después. Es una fantasía que tengo muchas ganas de hacer, pero hasta ahora no he tenido la confianza suficiente con mis parejas anteriores para hacerlo – me dijo Teresa.

- Es algo que a mi no se me había ocurrido, pero que te juro que no me he quitado de la cabeza desde que me lo dijiste, y me encanta la idea, me pone muchísimo –le respondí. Mi experiencia sexual era un poco menos rica que la suya.

- Cuando nos conozcamos en persona, lo haremos, te lo prometo –me dijo, lo cual me produjo una doble alegría.

- Cariño, eso significa dos cosas, y las dos me parecen maravillosas: también tú quieres que nos conozcamos en persona y, cuándo nos conozcamos vamos a disfrutar y a hacer todo aquello que nos produzca más morbo y placer, sin tabúes ni desconfianzas.

- No lo dudes, Dani.

- No lo dudo, Tere.

Nos despedimos, tras una breve conversación entre susurros, pendientes cada uno de no despertar a sus familias, pues ya era bastante tarde y, a pesar de la hora y de la relajación propia tras una corrida como la que había tenido, tardé un buen rato en dormirme.

Lo primero fue limpiarme los restos de placer que aún permanecían sobre mi cuerpo. Lo hice con el bóxer que me había quitado, pues no había tenido la prevención de tener a mano papel higiénico o pañuelos de papel (jamás imaginé que acabaría la noche así). Cuando me limpiaba, de forma instintiva y sin ni siquiera yo saber muy bien porqué lo hice, mojé uno de mis dedos en mi propio semen y lo introduje en mi boca. Su sabor no era agradable, pero tampoco excesivamente desagradable, era simplemente extraño, y muy morboso.

Tras todo aquello, mi cabeza no paraba de dar vueltas, de pensar e imaginarme a Teresa conmigo. En cómo sería ese primer encuentro, si podría ser pronto o aún tardaría algún tiempo. Dónde sería y, lo que más me preocupaba: realmente no nos habíamos visto, no sabíamos cuáles serían nuestras reacciones al vernos. Quizá, cuando me viera yo no resultase como ella me había imaginado. O al revés: yo la tenía idealizada, como una chica dulce, guapa, de suaves curvas, que me pondría la polla para partir piñones en cuanto la viera, pero quizá no fuera así, podría no gustarme, no resultarme tan atractiva como yo pensaba.

Para disipar esas dudas sólo había una solución: teníamos que vernos. Tiré de calendario y descubrí que en pocos días habría un puente, el del 12 de octubre, caía en jueves, por lo que yo podría pedirme libre el viernes (los famosos días de asuntos propios de los funcionarios), saliendo el miércoles a dónde quedáramos, para poder estar juntos (si ella también podía coger el viernes), desde el jueves hasta el domingo. Tiempo suficiente para conocernos y compartir más cosas que una charla o un polvo, por muy bueno que fuera.

Y así es como concilié el sueño: con el propósito de proponerle ese plan a Teresa al día siguiente, y con la esperanza de que pudiera materializarse.

El despertador sonó mucho antes de lo que me hubiera gustado. Pero era feliz, y mi sonrisa me delataba.

Comencé el día con las rutinas de siempre. Me marché al trabajo como todos los días, trabajaba en el ayuntamiento de la localidad en la que vivía, a escasos 5 minutos andando desde mi casa. Todo un chollo. Aproveché el escaso trayecto para enviar algunos mensajes de buenos días a Teresa (ella se levantaba un poco después que yo, pues su jornada laboral era partida y comenzaba algo después que la mía)

A mitad de la mañana, tras comprobar mediante SMS que ambos estábamos en nuestro rato de descanso, llamé a Teresa.

- Hola preciosa, buenos días!!!!

- Hola guapetón, buenos días.

- ¿Qué tal has descansado?

- De maravilla, jajajaja ¿y tú?

- También muy bien, aunque me hubiera gustado estar un rato más en la cama.

- Vaya, ¿Qué estarías haciendo anoche? Jajajaja

- Uyy, mejor no te lo cuento, ¡qué pensarías de mi!

- Jajajaja

- Oye, anoche, antes de dormirme, le estuve dando vueltas a todo esto, y se me ocurrió que, si quieres, podríamos quedar para conocernos en el puente del 12 de octubre. El 12 es jueves y festivo, yo puedo cogerme el viernes, y si tú también puedes cogerlo libre, estaríamos los 4 días juntos, hasta el domingo.

- Cariño, yo no puedo cogerme el viernes, se nos queda el puente en la mitad.

- Joder, pues es una putada.

- Bueno, se me ocurre otra cosa –dijo de inmediato Teresa-. Si no te importa, claro.

- Si es para conocernos y estar juntos, no me importará, seguro.

- Mira, podrías venir a mi ciudad desde el jueves. Aunque yo trabajaré el viernes a las 14:00 termino y tendríamos el jueves, la tarde del viernes, y el fin de semana para nosotros.

- Pues claro que me parece, me encanta la idea.

- ¿De verdad no te importa que te deje solo el viernes durante la mañana?

- Claro que no me importa, entre que le levante un poco más tarde, que te invite a desayunar a media mañana y que busque un sitio para comer después, se me va a ir la mañana, y después podré estar contigo.

- Jooo, gracias!!!! Mmmuuuaaakkkkkkk –el beso sonó como un estallido en el móvil

- Es más, cariño, se me ocurre otra cosa. Voy a mirar si hay algún tren –por aquel entonces yo no tenía coche-, que pudiera coger el miércoles por la tarde, así ya dormiría allí esa noche y tendríamos todo el jueves para nosotros.

- Sería la leche, la verdad!!!

- Pues voy a mirarlo y te cuento, a cambio búscame un hotelito para dormir… y lo que surja, jajajajaja

- Jajajaja, por eso no te preocupes, la familia de un compañero de facultad tienen un pequeño hotel, no es lo más maravilloso del mundo pero, si les pido yo la reserva van a hacer lo posible por darte la mejor habitación. El hotel está muy bien ubicado, bastante cerca del centro y de la estación de trenes.

- Perfecto –le contesté lleno de alegría-. Pues ya tenemos deberes los dos: tú hablar con tu amigo para reservarme la habitación y yo mirar los horarios de los trenes. En cuanto sepa algo te lo digo para que puedas concretar las noches de la reserva.

- Bien, trabajo en equipo, como anoche, jajajajaja –respondió Teresa jovial.

- Síiii. Ya sabes, las cosas en equipo salen mejor.

- Muuuuuucho mejor, jajajajaja.

Tras un par de minutos más de conversación, acabamos por despedirnos, quedando para volver a hablar durante la tarde, para cuando yo ya tendría que saber en qué tren podría ir.

Desde el ordenador de mi trabajo consulté el horario de los trenes. Había uno que tenía parada en Guadalajara (a 15 minutos de mi domicilio), a las 16:30 de la tarde del día 11 de octubre, y que llegaba a la ciudad de Teresa a las 20:15 horas, aproximadamente. Iba a tener que correr un poco, pero merecía la pena. Yo salía de trabajar a las 15:00, pasaría por casa, comería algo rápido y cogería el pequeño equipaje que dejaría listo la tarde anterior. A las 16:05, más o menos, pasaba un tren de cercanías camino de Guadalajara, que tardaba unos 15 minutos. Si el cercanías no se retrasaba, llegaría justo a tiempo para coger el tren de largo recorrido. Decidí que me arriesgaría, pero que había que correr ese riesgo para ganarle medio día al puente, ya que el primer tren con billetes disponibles para el día 12 llegaba a la ciudad de Teresa a las 13:15 horas, y eso suponía perder otra mañana más.

Hice las gestiones para comprar los billetes de ida y vuelta, y dudé si escribir de nuevo a Teresa para contárselo o esperar a la tarde. Al final decidí esperar, o correría el riesgo de ser un tipo impulsivo y con las neuronas revolucionadas, aunque realmente era así como estaba.

Por la tarde, en cuanto la llamé, le expliqué el horario de los trenes y que ya había comprado los billetes. Ella se alegró muchísimo, y entre risas y voz nerviosa me dijo que ya había hablado con su amigo, y que contándole que no sabía si necesitaría la noche del miércoles o no, aquél le dijo que le guardaba la noche del miércoles también, a condición de que, en cuanto supiera algo, le confirmara la reserva completa o si había que liberar ese día.

Los dos éramos un manojo de nervios. Estaba claro que, de una conversación banal y sin ninguna otra intención que pasar una tarde de charla entre desconocidos para vencer el aburrimiento, estaba surgiendo una relación que iba mucho más allá. También había miedo, ambos lo confesamos, a no gustarnos tanto como pensábamos, pero había que salir de dudas. No podíamos permitir que el miedo nos atenazase.

Cuándo nos íbamos a despedir, antes de la cena, Teresa me propuso volver a hablar desde la cama: ya sabes, mis sábanas y mi sexo te echan de menos (me dijo). Por supuesto, acepté encantado, tanto que mi polla reaccionó hasta amorcillarse de modo ostensible.

El tiempo pasó muy despacio hasta llegar a la hora de nuestro nuevo encuentro furtivo. Esta vez sí tomé la precaución de silenciar el móvil, para que no sonara la melodía de llamada, y de hacer acopio de papel higiénico para recoger los restos de la corrida que, estaba seguro, volvería a tener.

Pasaban 2 minutos de las 12 de la noche cuando Teresa me llamó. Quedamos en que sería ella quién llamase, pues quería estar segura de que todos en su casa estuvieran acostados o, al menos, en sus respectivas habitaciones (vivía con sus padres y dos hermanos, uno mayor y otro más joven que ella).

Su voz de nuevo me resultó la más melodiosa, dulce, sugerente y sexy que jamás hubiera escuchado. Me contó que se había puesto un conjunto de tanga y sujetador. Era de color negro, con transparencias. La comencé a imaginar así, y pronto mi polla reaccionó. Yo sólo vestía con un bóxer, también de color negro, que pronto sería incapaz de contener la erección que estaba teniendo. Me explicó de qué modo rozaba su cuerpo con el mío, besando cada poro de mi piel, invadiendo mi boca con su lengua, mientras sus pezones, aún con el sujetador, se clavaban en mi pecho, haciéndome enardecer con cada palabra, con cada gesto descrito.

A la vez, yo enredaba una de mis manos en su cabello, mientras la otra le acariciaba la espalda hasta llegar a su culo, su delicioso culo. Suave y cálido.

Mi polla no dejaba de crecer, y así se lo hice saber, mientras mi mano comenzó de nuevo a acariciármela, a deshacerse del bóxer y a retirar la piel del glande hasta dejarlo a la vista: rosado, duro y brillante. En ese momento, Teresa aprovechó para hacerme de nuevo una mamada deliciosa, dejando entrar mi polla en su boca, hasta casi ahogarla, para retirarla de nuevo y volverla a introducir, dejando que sus manos acariciaran mis huevos, desde atrás, tan atrás que dejó que uno de sus dedos también acariciaran mi ano y lo penetraran levemente.

Sentía que el placer volvía a invadir cada rincón de mi cuerpo, pero quería sentir y explicar más sensaciones. Hice que se retirará a un lado, para ser yo ahora quién recorriera su cuerpo con mi boca, deshaciéndome de su sujetador, lamiendo sus pezones, introduciéndolos en mi boca, despacio, suavemente, con movimientos que parecieran eternos. Mordisqueando sus pezones con mis labios, suave pero firmemente, mientras una de mis manos recorrían toda la piel de su cuerpo, deslizándose segura y suavemente hasta su sexo, el cual había empapado el tanga, con una temperatura increíblemente alta.

Tras haber excitado sus dos pezones, hasta convertirlos en dos suaves y dulces protuberancias, mi boca se deslizó por su vientre hasta alcanzar el lugar más recóndito y deseado de su cuerpo. Aun a través del teléfono era capaz de sentir el aroma de su coño mojado y caliente en mi nariz, a la vez que sus gemidos se iban intensificando y su respiración se hacía más entrecortada. Sin previo aviso mi boca se adueñó de su coño. Primero por encima de su mojado tanga, después de mezclar mi saliva con su néctar retiré el tanga con mis dedos para ofrecerle una larga caricia con mi lengua a lo largo de su raja de su coño, desde la parte más baja hasta el clítoris. Oí como se estremecía. Y aún más lo hizo cuándo la describí como mi lengua se introducía en su coño para follarlo lenta y pausadamente, a la vez que mis dedos masturbaban su clítoris.

Me pidió que la follara. No podía aguantar más. Y yo tampoco.

Abrí sus piernas para colocar mi cuerpo entre ellas, apartando de nuevo el tanga con mis dedos, colocando mi polla en la entrada de su cuerpo. Se sentía un calor abrasador. Empujé, suavemente al principio. Cuando la punta de la polla ya se había introducido en su cuerpo, mis empujones fueron más intensos, hasta lograr penetrarla por completo. Gimió. Eso me hizo estremecer aún más.

Comenzamos a follar, a llenar su cuerpo con el mío, a sentir cada gota de su flujo recorrer mi polla, el calor de su boca, sus pezones en mi pecho, sus manos agarrándome el culo, empujándome contra ella, mientras mi cuerpo se hundía más y más en el suyo, llenándonos de un placer intenso y mutuo.

Tras unos minutos así Teresa gimió con más intensidad, en una mezcla de grito y gemido, conteniéndolo como podía para no alertar a su familia. Era la señal de que estaba sintiendo un buen orgasmo, y el detonante definitivo para sentir yo lo mismo.

Acabamos los dos corriéndonos prácticamente a la vez. Envueltos imaginariamente en nuestros cuerpos, pero sintiéndonos de un modo tan real que parecía pura magia.

Esta vez fui yo quien la propuso que, antes de limpiarse, sería mi boca la que recogería los restos de mi corrida directamente de su coño, antes de dárselos a probar a su boca.

Estábamos los dos completamente entregados y rendidos ante una pasión, y un modo de sentirla y entenderla, que era nuevo para ambos.

Tardamos aún un rato más en despedirnos.

Cada noche, durante todas las noches que mediaron hasta mi viaje a su ciudad, ocurrió lo mismo. Imaginábamos mil formas distintas de estar juntos, de comernos a besos, de masturbarnos, de follarnos y de terminar envueltos entre semen y fluidos.

Aunque, por un lado todo era maravilloso por la enorme química sexual que entre ambos había, por otro lado yo tenía las dudas de cómo reaccionaríamos al vernos, al tenernos frente a frente el uno al otro. Sugerí que podríamos enviarnos una foto escaneada por correo electrónico, pero Teresa me convenció para no romper la magia y no adelantar acontecimientos. Sería lo que tuviera que ser, pero eso formará parte de otro relato.