Xtories

Suena demasiado bien

Le prometió que serían solo amigos, pero el alcohol, los celos y la mirada de Luz en la fiesta demuestran que algunas llamas no se apagan tan fácil. Esta noche, la amistad es solo la excusa perfecta para volver a caer.

Will Brown5.8K vistas

El regreso al trabajo después de las fiestas nunca había sido tan duro.

Los días transcurridos con mi familia han sido un bálsamo para mi corazón. Siento como si el día 22 de diciembre me hubiera sumergido en una laguna con propiedades curativas y hoy hubiera emergido de nuevo sanado en cuerpo y alma.

Llevar a Mónica al zoo y verla alucinar con los grandes mamíferos y los delfines, tomar chocolate caliente mientras cantamos villancicos todos juntos, o salir a bailar con nuestros mejores amigos dejando la niña a cargo de los suegros me han ayudado a volver a ver el lado alegre de Marisa que tanto me costaba percibir últimamente.

Hoy, sin embargo, me toca afrontar el trago de hablar con Luz y decirle otra vez que lo nuestro no puede ser. No va a ser fácil.

-Luz, escucha, he estado pensando mucho en cómo deberíamos actuar de ahora en adelante y creo que…

-Juan, permíteme hablar primero, por favor, porque necesito sacármelo de dentro. Estas fiestas no he dejado de darle vueltas a todo y…

Luz está nerviosa. Su gesticulación acelerada y la manera en que mantiene la mirada fija en la mesa la delatan.

- Creo que ya es hora de que ordenemos lo nuestro. - Oh, no. Me temo lo peor. -. – Mira, lo que siento por ti, y lo que tú sientes por mí, es muy fuerte. - ¡Joder, no, no vayas por ahí! - No quiero ponerle nombres, no digo que sea una cosa ni otra, pero está claro que tiene mucho poder sobre ti y sobre mí. Supongo que estarás de acuerdo, ¿no?

- Sí… Bueno, sí, pero…

- Mira, lo voy a soltar sin más. Me siento atrapada. Atrapada entre dos deseos contrapuestos. Te necesito en mi vida, Juan, esa es una. No puedo aguantar más sin tenerte en mi vida. Me siento mal cuando te confino al rincón de lo prohibido, no te lo mereces. Me importas demasiado para eso.

- Luz, espera, espera, no te embales. No podemos…

- Juan, déjame acabar, ¡por Dios!… No es lo que te imaginas. No, no te voy a pedir que dejes tu familia. Como te decía, te necesito en mi vida, esa es una de las fuerzas que tiran de mí. Pero la otra es mi familia, y doy gracias a estas fiestas porque me han ayudado a volver a ver la luz. Soy una mujer tradicional, no quiero negarlo. No creo en el divorcio y aún menos en la infidelidad. Me arrepiento tanto, pero es que tanto, de lo que hemos hecho, que no soy capaz de explicarlo. Y aún así, fue tan bonito… - La verdad es que Luz me acaba de dejar pasmado, pero me alegra la dirección que todo esto está tomando, así que la dejo continuar. – En definitiva, después de darle muchas vueltas, al final se me ocurrió algo que de tan sencillo me pareció imposible que no hubiera pensado antes. Creo que tú y yo deberíamos ser simplemente… Simplemente amigos.

- Eeeh… Luz… no sé…-Seguro que mi expresión debe ser de risa. Siento mi mandíbula desplomarse como en los dibujos animados.

- No, en serio, lo digo muy en serio. -ahora levanta finalmente la vista, me mira convencida y toma mi mano entre las suyas. - Déjame explicarte: sabes que la química sexual que tenemos ha sido (quiero dejarlo ya en el pasado) simplemente increíble. Pero eso es porque no es una cuestión física y ya está. Es porque a un nivel personal también nos entendemos. Nos admiramos, incluso. Juntos estamos a gusto tanto para reírnos como para lo intelectual. Así que pensé... esto es lo que hacen los amigos, no los amantes. Quizás hemos estado confundidos todo este tiempo. Quizás, por problemas internos de tu matrimonio y del mío, confundimos una amistad con otra cosa más, como decirlo, más física. ¿No crees que es posible? ¿No crees que podríamos normalizar lo nuestro y convertirnos simplemente en buenos, incluso grandes amigos?

Mi sorpresa es total. Su plan me parece descabellado, loco, imposible, pero al fin y al cabo es seguramente lo mejor que me podía haber ocurrido. Yo venía dispuesto a finiquitar lo nuestro y apartar a Luz de mi vida, pero, pensándolo bien, ¿qué garantías podría llegar a tener de que la mujer que me vino a buscar a mi propia oficina vestida únicamente con un corsé y una gabardina a pesar de estar a 3 grados de temperatura iba a tolerar una decisión unilateral mía? Por otro lado, es totalmente cierto que cuando la hecho de menos, no solamente hecho de menos el modo en que me mira cuando me practica el sexo oral o la imagen de su culo amortiguando mis embestidas. También su vivacidad y su ingenio, que tanto distan de la constancia plana de Marisa.

- ¿Qué te parece, Juan?

- Mira, Luz… creo que ha sido una intervención providencial que ambos hayamos llegado a conclusiones parecidas. Yo también quería decirte hoy que no podíamos seguir con lo nuestro. Vaya, que no debíamos. Y también te habría dicho que, si dejábamos de vernos, si volvíamos a despedirnos para siempre una vez más, obviamente las imágenes de lo que hicimos me acompañarían para siempre, pero que también lo harían tu carácter, tu inteligencia, tu espontaneidad… Lo que me das es mucho más de lo que se ve con los ojos, incluso si lo que se ve con los ojos me encandila. Si soy sincero, no estoy muy convencido que una amistad entre tú y yo sea posible, pero…

- ¿Y por qué no? ¿Por qué no debería funcionar? Compartimos muchas cosas que seguramente nadie más en nuestras respectivas vidas nos da.

- ¿Qué quieres decir?

- Por ejemplo… ¿cuántos amigos tienes del trabajo en quien real y sinceramente confíes? No hace falta que me lo digas, ninguno. Tienes amigos abogados de la época de la facultad, sí, pero ninguno está en tu esfera. Has llegado donde estás más rápido que nadie y compitiendo y derrotando a otros mucho más experimentados. Sé que eso te puede hacer sentir solo. Incluso entre tus socios. El mundo de los abogados de alto nivel es una constante pugna por superar a los demás, lo sabes tú y lo sé yo. Pero a la vez, tu profesión ocupa casi todo tu día y buena parte de tus pensamientos. ¿Con quién compartes todo lo que tiene que ver con todo ello? Tu mujer es enfermera, seguro que te escucha, pero no te entiende. Tus amigos abogados son un peligro porque en el mundillo la gente se conoce. Y a mi me pasa lo mismo. Mi marido es abogado también, por lo menos se acerca más a mi realidad, pero es catedrático en la universidad, no ejerce. No entiende las mierdas que nos comemos en el día a día. Vive en su mundo teórico, pero no comprende lo que tú y yo comprendemos. Y para mí, siendo mujer, llegar donde he llegado también ha sido una aventura en solitario. Y sabes que tú y yo siempre nos hemos entendido de maravilla profesionalmente. Así empezó todo, de hecho… Total, ¿no te gustaría tener esa persona en quien confías, a quien valoras personal y profesionalmente? Esa puedo ser yo, Juan. Seamos amigos. No nos convirtamos en extraños.

- Suena muy bien, Luz, y la verdad es que te daría la razón en prácticamente todo, pero ¿no te da miedo que algún día volviéramos a tomar el camino equivocado? Suena tan bien que incluso suena demasiado bien, diría yo. Por difícil que nos resulte, lo más sensato sería despedirnos, me temo.

Mi voz pierde fuerza a medida que pronuncio las últimas palabras porque, aunque las pienso, no las siento. Esta conversación ha sido muy diferente de lo que tenía previsto, pero igualmente difícil.

Luz vuelve a apretar mis manos entre las suyas. A través de sus gafas de pasta, que raramente lleva cuando queda conmigo, me sonríe con su mirada y me transmite una calidez reconfortante.

- Intentémoslo, Juan. Como te decía, no quiero perderte. No quiero echar de mi vida una persona tan especial. Simplemente… reconduzcamos lo que somos. Al fin y al cabo, no se encuentra cada día una conexión como la nuestra, ¿verdad?

- Verdad, Luz, verdad… Está bien, quizás lo podríamos probar. Pero dime, ¿cómo funcionaría? Como “amigos”, ¿cuándo nos veríamos?

- Huy, seguro que tendremos oportunidad. Los dos trabajamos en el distrito legal, al fin y al cabo. Podemos comer juntos a menudo. Podemos unirnos al after hours de tu bufete o del mío. Podemos… no sé, con el tiempo incluso igual llegamos a conocer nuestras familias.

- Ok, ok, pero nada de mentiras, ¿De acuerdo? Me refiero a nada de mentir a tu familia o mi familia. Si vamos a ser amigos, seámoslo de manera trasparente, sin problemas.

- Trato echo, Juan.

Nos miramos al uno al otro compartiendo seguramente muchas emociones que han quedado sin expresar. Por mi parte siento, más que ninguna otra cosa, alivio. Alivio por haber conseguido volver a la senda del matrimonio fiel, pero también, si escarbo un poco más, por no perder a Luz. Nos abrazamos y repetimos una vez más las muestras de aprecio mutuo que ya nos hemos dedicado. El abrazo se alarga, sin embargo. Quizás esta expresión física de afecto sea un homenaje a las que ya han quedado vetadas. O quizás un mal augurio, un resquicio invisible por donde se escapa aquello que parecía bien contenido.

No sé si este extraño invento que acabamos de pergeñar va a funcionar, pero intentémoslo.

Carnaval. La fiesta invita al desmadre, pero los negocios siempre van primero. Nadie en el despacho osaría jamás mencionar siquiera la posibilidad de hacer algo diferente. Al menos no a la vista. Pero algunos de los más jóvenes aún no han completado su conversión al lado oscuro y han organizado un fiestón el viernes por la noche para abogados del bufete y abierta a amigos.

Cuando anuncio que asistiré, muchos me miran incrédulo. A pesar de mi trato cercano, en el bufete todos me conocen por mi laboriosidad, rigor y trabajo constante. Solo conocen mi cara profesional, pero, como todo el mundo, tengo más, y también me gusta pasarlo bien.

He invitado a Luz a venir. Desde que somos “amigos” nos hemos visto una decena de ocasiones, a veces para comer, otras para un café o una copa al salir del trabajo. Ha sido una transición extraña, pero ha funcionado perfectamente. O casi. Aunque lo tengo bajo control, aún me pajeo pensando en ella de vez en cuando.

Espero a Luz charlando con Samuel, uno de los jóvenes del bufete más prometedores. Cuando la veo llegar no puedo evitar reírme. Va de vaquera, como yo.

- Hahaha, veo que tuvimos la misma idea. O la misma poca originalidad, haha.

- O la misma falta de tiempo -tercia ella- ¡Veo que algunos han gastado o bien mucho tiempo o bien mucha pasta en currarse un disfraz!

Nunca la había visto vestir pantalones vaqueros. Me gusta, su culo redondito se hace notar. El tejido arrapado a sus muslos generosos dibuja en el aire promesas de sensualidad. En el interior del local, se libera de su chaqueta y descubro que completan el disfraz un sombrero cowboy de juguete y una camisa de cuadros anudada con los botones generosamente desabrochados para crear un escote discreto pero prometedor. Yo sé lo que se esconde ahí dentro y no puedo evitar que se me vayan los ojos.

La noche es joven y sonríe risueña. Todo el mundo disfruta, y yo también. Aprovecho siempre que puedo para admirar el trasero de Luz bajo la protección de la semioscuridad reinante. Bailo con ella pero también con otras mujeres, y ella evidentemente hace lo propio. Disfruto especialmente con una mujer a quien no conozco disfrazada de diosa griega, con una vaporosa túnica blanca ceñida a la cintura con un cinturón y una corona de laurel. Al bailar, su generosa delantera se mueve con mucha libertad debajo de la túnica y me pone caliente. Me recuerdan las tetas de mi mujer, igualmente soberbias, con la diferencia que mi desconocida Afrodita las mueve. Y las mueve con gracia. Al acabar el baile hago para encontrar una excusa e irme a otra parte porque me he puesto cachondo, pero el cabo de un rato, Afrodita me vuelve a encontrar. Volvemos a bailar una canción latina y cuando ésta acaba intercambiamos un par de frases que nos hacen pasar a la siguiente canción aún pegados. Volvemos a bailar juntos, pues. Solo que esta vez la canción es lenta y sensual. Una especie de blues. Afrodita enrosca sus brazos en mi cuello y se menea muy cerca de mí. Yo intento que en todo momento corra el aire entre ambos, pero en repetidas ocasiones siento sus pechos rozar mi torso. Me estoy encendiendo. Ahora Afrodita se da la vuelta y pega su espalda a mí. Con mis manos en su cintura, sigo su bamboleo intentando contener mis ganas de hundir mis dedos en sus generosas carnes. En vez de eso, la sujeto de la cintura para asegurarme que mantengo la distancia prudencial mínima. Mi polla empieza a dar señales de tener vida propia y esto no es bueno. Las tetas de Afrodita me están acelerando el corazón.

De repente, veo al fondo de la sala a Luz bailando con Samuel. Por lo que veo, se lo pasan de puta madre. Samuel gesticula, y Luz se parte de risa. Y entre una carcajada y la siguiente, bailan muy de cerca. Joder.

¿Qué coño pasa aquí? Mi matrimonio sigue igual que siempre, bien pero aburrido. Mi mujer es un tesoro, pero me siento incomprendidamente insatisfecho. Ya rechacé a mi examante y ahora siento los celos despertar en mi al verla retozar con el rapero de Samuel mientras otra mujer, que de hecho es más mi tipo, parece tener ganas de retozar conmigo. ¿Por qué no puede ser mi mujer la que me refriegue las tetas con ganas de ponérmela dura? ¿Por qué mi mujer no tiene ganas de invitarme a hundir mi vista en su escote?

La canción acaba a tiempo. Me excuso de Afrodita para ir al baño y cuando vuelvo me aseguro de irme al otro lado, cerca de donde Luz sigue charlando con Samuel. Sus manos apenas se separan de sus caderas, e incluso diría que se ha atrevido a rozarle el culo. Pasan un par de canciones hasta que unos colegas lo llaman. Luz me ve y nos acercamos.

- ¿Qué tal la noche, vaquero? Veo que la sacerdotisa esa tiene ganas de marcha ¿eh?

- Puede.

- ¿Puede? Joder, tío, casi te restriega las tetas por la cara.

- ¿Y? Es su problema.

- Su problema y el tuyo, digo yo, ¿no?

- Oye, chica, que tampoco te vi hacerle ascos a Samuel, que parece un pulpo a tu alrededor.

- Pero no te preocupes por mí, cowboy -replica Luz ajustándose su sombrero y lanzándome un guiño-. Aquí la ranchera está acostumbrada a valerse por sí misma.

- Lo que tú digas, Luz. Ya eres mayorcita y sabes lo que haces.

Me despido de tres o cuatro personas y me voy a casa cabreado. No tengo ningún derecho de recriminarle nada a Luz, pero me siento tonto. Aunque me escribe al rato, le contesto que ya hablaremos el lunes. El finde es para la familia, y hoy ya he dado la fiesta por concluida.

Al día siguiente vamos de Carnaval con la niña y unos amigos. Pasamos una tarde divina, pero me doy cuenta de que no puedo dejar de fijar la vista sobre todas las féminas que han aprovechado la excusa del disfraz para lucir escote. La Bella de Disney, la Viuda Negra de Scarlett Johansson, la típica enfermera, e incluso una recatada Minnie Mouse de augustas mamas. Nosotros vamos todos de pececitos. Nada muy excitante.

Los amigos se quedan en casa. Las niñas se duermen pronto, claro está, y los adultos descorchamos el vino y charlamos hasta las tantas. Mi amiga tampoco está nada mal dotada. Joder, ¡qué salido estoy! No dejo de recordar las fabulosas tetas que he estado viendo toda la tarde.

Cuando vamos a la cama, agarro a mi mujer de la muñeca y la atrapo contra la pared del armario. Le susurro al oído -aunque no sea verdad- que he estado devorando con la mirada sus melones toda la tarde y que ahora por fin van a ser míos. Marisa se queja un poco, pero finalmente la convenzo y hacemos el amor. Como siempre, sin embargo, lo más excitante que hacemos es que ella se ponga encima de mí. Por la mañana intento repetir, pero Marisa ya vuelve a estar en el rol de madre responsable y se me quita de encima para levantarse y poner el día en marcha.

El domingo propongo ir juntos al circo, pero nuestros amigos tienen que irse y mi mujer quiere que vayamos a visitar a sus padres. Guay, qué planazo. Al final resultará que lo mejor del finde fue la fiesta del viernes. El único momento de espontaneidad.

El lunes, escribo a Luz. La echo de menos.

J: ¿Comemos juntos?

L: Hoy no puedo, lo siento. –¿se hace la dura?

J: Mañana, pues.

L: No sé si podré.

J: Pues ya te lo puedes arreglar. Reservo ahora mismo. Nos vemos en “Tarantella” a las 14:00.

Luz y yo nos encontramos y nos saludamos amigablemente como si nada hubiera ocurrido. Charlamos animadamente como cualquier otro día. Como no tengo ningún derecho sobre ella, ni menciono mi cabreo por Samuel. Pero hablando del rey del Roma…

- Ostras, ¡jefe! ¡Luz! ¡Qué casualidad! – Samuel acaba de entrar en el restaurante acompañado de José Luís y de Tony, otros dos compañeros de nuestro bufete. José Luís es de mi quinta, mientras que Tony es otro de los jóvenes talentos. Igual que Samuel, deben rondar los 35 años.

Se sientan a comer con nosotros con nosotros, que aún esperábamos ser servidos. A pesar de que inicialmente me fastidian porque hubiera preferido estar a solas con Luz, la verdad es que la conversación es amena y muy agradable. Contra todo pronóstico, se establece una sintonía grupal muy bonita. Discutimos de política y economía, que al fin y al cabo es el campo donde nos movemos todos. A la hora del café José Antonio nos hace saber que vendrán a tomarlo con nosotros otro par de colegas de un bufete cercano. Para mi desmayo, dos minutos después aparecen. Son tres mujeres, entre ellas… Afrodita, de quién entonces descubro que su nombre real (o su alias entre los mortales) es Rosa. La acompañan una tal Nieves y una tal Jana. Nos cuentan que Rosa y Jana están al cargo del training de Nieves, una joven que debe superar los 30 por pocos años. La tal Nieves parece una abogada de serie de televisión. Delgadísima, con medidas de canon, muy fit, muy cuqui. Larga melena lisa castaña, silueta esculpida en el gimnasio y acicalada con esmero ante el espejo. Todo puesto en su sitio, sin nada que sobre ni nada que falte. Puedo ver como los dos jóvenes Samuel y Tony la desnudan con la mirada. José Luís intenta ser más discreto, consciente de que la diferencia de edad no le pone en la pole position, pero aun así no aparta sus ojos de ella.

Por su parte, Rosa, mi Afrodita, está cortada por un patrón distinto: el de la exuberancia. Melena voluminosa, busto generoo, cintura correcta realzada por anchas caderas. Ligeramente pasada de peso.

Se sientan las tres entre Luz y yo, abriendo un océano de distancia entre los dos. A Rosa le acaba tocando sentarse a mi lado y me pongo nervioso, pero si me reconoce, no lo parece.

- Vaya, ahora ¡te reconozco! pero si eres Lucky Luke. La otra noche creo que tu caballo se te llevó hacia donde el sol se pone, al parecer. -Mierda. No iba a tener tanta suerte.

- Hola, Rosa, encantado de volver a verte y de descubrir tu nombre. Un placer.

- Igualmente, Juan. Me alegro de que nos hayamos encontrado y de descubrir la identidad de Lucky Luke. Aunque creo que la “lucky” he sido yo.

Esquivo el acercamiento de Rosa uniéndome a la conversación general. Integradas las tres recién llegadas, la conversación sigue igual de ágil. Entablamos una conversación interesantísima alrededor de los riesgos financieros evidentes asociados al cambio de política del Banco Central Europeo. Todos los presentes hacen aseveraciones complejas basadas en conocimientos reales. Por otro lado, el tono es claramente distendido y muy ameno. Todos nos reímos y las bromas abundan. Parece que se ha fraguado un entendimiento grupal muy bonito. Sin embargo, hay que volver al trabajo, y cuando el jefe se levanta para volver al deber, los subalternos evidentemente le siguen. El jefe soy yo, por cierto, y Samuel y Tony me siguen sin rechistar. José Luis se hace un poco el remolón, al final y al cabo, él también tiene una posición senior, pero lo aprovecha para acercarse astutamente a Nieves. Cuando cruzamos por la puerta observo desde el exterior como Nieves se ríe a carcajadas de algún comentario de José Luis. Y de refilón también me doy cuenta de que Luz me sigue con la mirada.

Al día siguiente, Samuel viene a visitarme a mi despacho personal.

- Juan, ayer la comida estuvo tan bien que he pensado organizar una cena un día de estos, ¿te apuntas?

¿Por qué no?, reflexiono para mis adentros. Me lo voy a poder organizar. Criar un niño es agotador, y tanto mi mujer hemos tenido el buen sentido de entender que tanto el uno como el otro nos merecemos espacio para ver amigos en solitario y desconectar.

- Claro, Samuel, la verdad es que sería genial, me encantaría.

- Sí, me encantó departir con gente tan sabia pero amena como vosotros. Tú, Luz, José Luis… qué pasada. Me encanta que gente tan potente aún tenga la energía vital que tenéis, y a la vez. Joder, de cada conversación aprendo, con vosotros.

- Venga, va, no exageres. Ahí somos potentes todos. Los mayores y los más jóvenes. Tú y yo ya hemos hablado de ello. Si trabajas duro vas a llegar muy lejos en este mundo. E incluso Nieves parecía apuntar maneras…

- Uf, Nieves apunta muchas cosas, Juan. ¡Qué mujer!

- Hahahaha, me lo imaginaba.

- No me digas que no te pareció espectacular.

- Bueno, Sam, yo estoy casado, ya lo sabes, haha.

- Ya tío, pero tienes ojos en la cara, no me digas que no te das cuenta cuando una tía espectacular se cruza por delante de ti.

Sam me gusta, me gusta mucho. No siempre es tan abierto, pero a mí me tiene confianza. Pasito a pasito lo estoy tomando bajo mi protección. Así que decido ser un poco más abierto

-Hahahaha, pues claro. Mira, Sam, esto que quede entre tú y yo. Te lo digo de hombre a hombre.

- Dime, tío, estamos en confianza.

- Entiendo lo que dices de Nieves y si no tuviera a la otra al lado igual también me llamaría la atención. Pero el otro día estaba entre Luz y Rosa, que ya son bien diferentes entre sí, pero las dos me gustan más que Nieves.

- ¿En serio? Lo de Rosa lo entiendo, tío, pero lo de Luz me cuesta más. Anna tiene unas berzas para ahogarse dentro, pero Luz es más bien pequeñita, sin mucha chicha en ninguna parte… No sé. Incluso escogería a Jana antes. Esa tampoco estaba nada mal. Me juego algo que tiene más tetas de lo que parece.

Los dientes me chirrían cuando menosprecia de este modo a luz, y más cuando recuerdo cómo estuvo encima suyo durante la fiesta de Carnaval. Suerte tiene que es buen hombre y que es uno de mis mejores colaboradores, porque en ese momento me han dado ganas de desterrarlo para siempre al archivo, con los novatos de 25 años.

- Bueno, bueno, para gustos colores. Y, en definitiva, total, qué más da, porque yo estoy casado y hay que portarse bien. Ahí no hay tema. Todas para ti, si te apetecen, haha. Ahora bien, centrándonos en donde sí lo hay, te diré dos cosas.

- Suelta

- Primero: si te mola Nieves, vigila con José Luís.

- ¿Cómo? ¡Si le saca casi 20 tacos!

- Ya lo verás, chico. Y segunda cosa que te digo -añado jocosamente- Vete ya a terminar de revisar los expedientes de la compraventa de Fugazzi por Saleswork Inc., que vamos justos de tiempo.

- Voy, jefe, voy. Pero lo organizo para el próximo viernes, ¿vale?

- Vale, sí, cuenta conmigo. Y ahora, a trabajar.

La cena ha sido un éxito. Samuel tiene un piso enorme que su alto sueldo justifica fácilmente, pero para mi gusto un poco demasiado ostentoso. Es evidente que le gusta vivir a lo grande. En fin, estoy muy agradecido por su invitación y por lo bien que va la noche. Entre las obligaciones en el bufete y las responsabilidades en casa, a veces siento que la falta de alegría me constriñe. Esta noche es una salida a la superficie que me permite volver a respirar.

¿De cuántas botellas de vino hemos dado cuenta? No sé, por lo menos de cuatro, y tan solo somos ocho personas al final de la cena: ahora viene la fiesta.

Después de terminar la comida, Samuel nos lleva al salón y dice:

- Chicos, chicas… Ahora empieza lo bueno.

Aprieta un botón oculto a la vista y del techo desciende una espectacular pantalla de por lo menos 2 metros de ancho. En ella, aparece en pocos segundos el programa de karaoke, y en un tris se organiza un festival del copón. ¡Quien nos hubiera visto esta mañana, cada uno en su traje y enfrascado ante el ordenador ante importantes documentos, y quien nos viera ahora! Yo voy ya un poco alegre y me dejo llevar por el flow. Total, cuando me vaya a casa pido un taxi y listos. Para eso gano una pasta cada mes.

Samuel se arranca con una divertidísima versión de Bon Jovi, seguido de una más bien horrible actuación por José Luis, a quien, de tan desvergonzado como es, más orgullo saca cuanto más desafina. Y no parece irle mal, porque todas las mujeres se parten de risa.

Rosa canta y baila “Chica Ye-yé” y los hombres alucinan con el bamboleo de sus senos. Para suerte mía, Rosa ya no me presta ninguna atención especial. Tiene los ojos puestos en Tony, ciertamente más musculado que yo. En medio del baile, Rosa no se corta y como parte de la coreografía acaricia sus bíceps. Tony, seguro que acostumbrado, se deja querer.

A continuación, el susodicho actúa a dúo con Jana, pero la verdad es que parece más un desfile masculino. Jana toma un discreto papel y le cede el protagonismo a Tony, que canta como una rana, pero no deja de moverse como un experimentado stripper.

Nieves también parece haber fijado sus preferencias en el guaperas de Tony y se levanta para unirse a su baile, pero a lo largo de la noche sigue dorándole la píldora también a José Luis, que sabe que su juego depende de la perseverancia y de estar ahí para rematar a gol cuando la ocasión se presente.

- ¡Ahora el jefe! -espeta Tony cuando termina su turno -¡Venga, Juan!

No me hago de rogar y canto. Canto mal, pero a nadie le importa. Bailo peor, pero importa menos aún. Todos reímos. En realidad, todos cantamos entre mal y fatal.

Las canciones se suceden, todos cantamos varias veces. La segunda ronda, todos nos atrevimos a más. Berreamos más, hacemos más el tonto. Y mientras tanto seguimos bebiendo.

Es pronto, ¿o siento afianzarse una bonita amistad grupal? Estamos los más veteranos, todos de vuelta de alguna cosa, o buscando un respiro. José Luis se cansó hace tiempo de su mujer florero, Rosa parece que salga de una relación y tenga la necesidad de resarcirse, y yo y Luz, cada uno a su manera, buscamos la vía para escapar al tedio absoluto que nos espera en casa. De Jana, apenas sé nada. Y por el otro lado, están estos tres jóvenes que, a contra pronóstico, se sienten a gusto con nosotros. Me cuesta más verlo en Tony, pero Nieves y Samuel son atípicos dentro de su grupo de edad. Son centrados, ambiciosos, listos, trabajadores. No me extraña, y me gusta, que se sientan bien con nosotros.

Cuando Nieves interpreta el último hit de Ariana Grande, creo que a más de uno está a punto de darle un ataque al corazón. A mí mismo noto como se me empieza a empalmar. Sin embargo, a mí la excitación me lleva a volver a mirar a Luz, que hoy está más callada de lo normal. No la había visto muchas veces vestida informalmente y… también me gusta. La ropa ajustada no su mejor arma porque no esconde su ligero michelín, pero la camiseta que ha escogido le hace una delantera bien sexy.

De hecho, Jana, Luz y yo integramos el grupo de los que a priori no tienen interés en flirtear, solo en pasar una buena noche, y por selección natural nos hemos agrupado en un rincón. Y Samuel, el pobre Samuel, que ve canción tras canción como Nieves se le escapa, vuelve al redil de las ovejas mansas con nosotros, donde entonces sucede algo que cambian el cariz de la noche.

Luz y yo nos las hemos apañado para nunca estar lejos el uno del otro. Más de una vez me he descubierto otra vez con los ojos fijos en el trasero que le marcan los tejanos esta noche, y ella, que se ha dado cuenta, se ha apartado lo justo. Nadie hace nada, pero la tensión está latente. Cuando Samuel, astuto como sé que es, recalcula sus opciones y decide olvidarse de Nieves, se sienta al lado de Luz y empiezan a charlar como si se conocieran de siempre. Se les escapa que, de hecho, en las dos últimas semanas han quedado para desayunar a solas un par de veces. A Samuel, que juega en casa y no tiene reparos en no pasarse, pronto le empieza a costar levantar la vista de la ceñida camiseta que lleva hoy Luz.

Y de hecho ahora es el turno de Luz para cantar. Escoge una canción más clásica, “More than this”. La canta sorprendentemente bien, pero son sus ademanes los que me llegan a dentro. Se mueve poco y suavemente. Sabia como siempre, ha optado por no competir con la exuberancia de Nieves o la sensualidad de Rosa, pero aun así su contoneo genera una especie de efluvio sensual.

“More than this”, recita, y deja caer sus ojos sobre mí. “More than this you know there’s nothing”. ¿se refiere a que nada se puede comparar a lo nuestro? ¿O se refiere a que entre ella y yo ya no habrá nada más que esta sencilla amistad? No han sido una ni dos ni tres las veces que, discretamente, se ha dirigido a mí, me siento agasajado y el corazón se me ensancha de satisfacción.

Cuando luz acaba, se dirige a sentarse otra vez a mi izquierda, pero entre el poco espacio, la mucha bebida, y no sé si también un poco de picardía por su parte, se tropieza y cae encima de mí. Desde nuestro último beso no he sentido su aliento colmar de este modo mi sentido olfactivo. Casi siento como si de verdad acabara de besarla. Jana se parte de risa y la ayuda a incorporarse, Luz, roja como un tomate, me pide perdón entre carcajadas pasa, mi mira fijamente como si quisiera decirme algo. Mi mano posada sobre el sofá se acerca a la suya. Apenas nos separan unos centímetros. Tengo ganas de superarlos y acariciar su mano con mi pulgar. Está ahí para tomarlo. Mi entrepierna, no dura pero sí caliente, me lo pide.

Pero me contengo. Tiene razón la canción. No puede haber nada más que “esto” entre nosotros. Todo lo demás tiene que quedar atrás.

Samuel no parece pensar igual, sin embargo. Pasado el momento de tensión, me levanto para ir al baño y cuando vuelvo Samuel está sentado donde antes estaba yo, a su lado, y desde entonces Luz y él apenas se separan. Charlan y bromean casi solos, Samu la acapara y Luz se deja. Ambos parecen pasarlo la mar de bien. Más de una vez, en medio de las risotadas, Samuel posa su mano sobre su muslo, si bien brevemente, y más de una vez Luz apoya las manos sobre su hombro más cercano para ahogar la risa entre el sofá y su espalda. Visto desde lejos y en el ambiente de alcohol y amistad en el que estamos, no está pasando nada. Visto desde mis ojos, el mundo debería arder y Samuel el primero.

Siento incluso celos, celos por una mujer que a fin de cuentas no me debe nada., y no me gusto a mí mismo cuando me siento así, igual que el otro día en la fiesta. Y Samuel, el muy ladino, se lo tenía bien calladito. “Incluso escogería a Jana antes. Esa tampoco estaba nada mal. Me juego algo que tiene más tetas de lo que parece”, me confesaba en privado hace cuatro días. Y, sin embargo, Jana está aquí sola sin que ninguno de los hombres vaya a por ella, y a pesar de ello, Samuel se ha lanzado sobre Luz. Mi Luz. Una mujer casada. Tantas razones por las que me parece mal…

El vino habla por mi cuando por despecho decido arrimarme a Rosa. La tomo de la mano, la arrastro detrás de mí, cojo el micro y escogo un clásico de Mecano. Pido entre el público una segunda voz femenina, y Rosa recoge el guante al instante. Parecía una buena estrategia, pero en la práctica, Tony corea a mi partenaire, José Luis ha aprovechado que el cachitas se ha decantado por la de tetas grandes y acapara con sus bromas burdas. Cada vez me gusta menos este hombre. El caso es que nadie me hace mucho caso. Jana, discreta en su rincón, nos sigue educadamente, sin más.

Acabada la canción, decido dejarlo estar. Al fin y al cabo, Luz no es nada mío. Me derrumbo en otro sofá decidido a no volver a prestar atención a Luz. Jana, que se había levantado para picar algo, se sienta a mi lado y comenta:

- Bueno, bueno, bueno, parece que las fichas ya van cayendo en su lugar. Ya se han formado todas las parejitas que se podían formar, aunque no sean las que me imaginaba, haha. Todos están ocupados excepto los dos casados.

- Ostras, Jana, ¿Estás casada? No lo sabía.

- Sí, sí, y tanto. Diecinueve años ya.

- ¡Uau! ¿Y niños?

- Una niña, pero ya tiene 18 años así que apenas hago de madre ya, haha. ¿Tú tienes niños?

- Sí, una niña también, pero aún me queda para llegar donde estás tú, la mía apenas tiene 3.

- Ooooh, ¡que cuqui! – su tono de voz es agradable, invita a confiar en ella. Es cálida y demuestra un sincero interés - ¿Cómo se llama?

- Mónica.

- Qué bonito… Disfrútala, Juan, disfrútala mientras es niña, porque el tiempo pasa volando… La mía, con diecisiete primaveras, ya hace dos añitos que solo piensa en chicos y ya no es lo mismo. Claro que… lo mismo que las de aquí al lado haha. Claro que si están solteras puede hacer lo que quieran, ¿no?

-En realidad Luz está casada. – la informo. Sorprendida, Jana insisite:

- ¿En serio? Pues parece que a Samuel le da igual, haha. ¿Lo sabe?

- Diría que sí, que lo sabe. En todo caso, si Sam está soltero, el que hace algo mal no es él…

- Bueno, bueno, eso habría que discutirlo, pero entiendo lo que quieres decir. Pero, oye, ya somos todos mayorcitos, yo no soy nadie para juzgar a nadie.

- ¿Tus compañeras del bufete sí son solteras? -Aunque me lo imagino, aprovecho para saciar mi curiosidad.

- Bueno, Rosa se acaba de divorciar. Y creo que está en modo “recuperar el tiempo perdido”, haha. De Nieves no te sabría decir, juraría que sí pero tampoco la conozco tanto.

- En todo caso, no parece que se sienta cohibida por nada, haha.

- Totalmente de acuerdo. Venga, va, te propongo una apuesta: ¿Cuál, o cuáles, de esas parejas van a caer de verdad esta noche?

- Mmmm…

- Yo voto que Rosa se cepilla a Tony seguro.

- Iba a decir la misma, haha. Mi compañero José Luis también parece tenerlo claro con Nieves

- Huy, pero esta se la sabe larga. Le sigue el juego a José Luis porque está cuatro peldaños por encima suyo laboralmente y siempre está bien hacer contactos, pero porque hoy se le haya escapado Tony no creo que se sienta tan necesitada como para irse con un tío casi 20 años mayor, calvo y barrigudo. Si hoy se quedó con ganas, mañana sale y tiene a diez comiendo de su mano. Tendrá incluso para elegir, haha.

-Hahahaha. Puede que tengas razón. Pero yo tampoco pienso que esté tan y tan buena.

- ¿En serio? Venga va… no me trolees. Serás el único. Las demás no podemos competir, haha.

- ¿Ah, pero tú también estás en la competición?

- Hahaha, no, no, yo no… -replica. Y aunque las palabras dicen “no”, el modo en que se cruzan nuestras miradas dice otra cosa.

Ay… Por un segundo he deseado que Jana entrara al juego. La verdad es que es guapa y tiene un cuerpo bonito. No tiene el tetamen de Rosa ni la figura impecable de Nieves, y además su estilo es más discreto, pero, ahora que me fijo más, distingo, ocultos entre la holgura de su blusa, unos promontorios más que dignos y unas formas muy agradables.

La verdad es que hoy voy muy caliente. Creo que en algún momento de la velada me he emocionado con cada una de las presentes. Dios, qué mal…

¡¡CRASH!!

No sé cómo, pero Nieves se ha caído encima de la mesita de cristal y ésta se ha hecho añicos.

- ¡Nieves! ¿Estás bien? – Todos nos preocupamos por ella y corremos a atenderla, pero afortunadamente no se ha hecho ni un rasguño.

- Sí, sí, estoy bien, no os preocupéis. Gracias, gracias…. Samuel, perdona la torpeza, qué vergüenza…

- Tranquila, mujer, lo importante es que estás bien. Olvídalo

- Dime lo que cuesta y te abonaré su coste mañana mismo, Sam, ¿de acuerdo? Jolín, qué mal me siento.

- Olvídalo, chica, de verdad. Solo vigila donde te sientas a partir de ahora, hahaha.

Entre todos recogemos los cristales y limpiamos el área del accidente. Son pasadas las tres de la mañana, y el estropicio ha puesto fin de algún modo al ambiente festivo. Todos colaboramos y volvemos a ser las personas responsables que somos de día. ¿Todos? No… Algo raro percibo en un rincón. José Luis parece más bien fuera de lugar. Colabora lo justo, se mantiene en segundo plano. Algo raro hay ahí…

Después de recoger los fragmentos de cristal, ayudamos a recoger la mesa. Otro que parece que no tiene muchas ganas de ayudar es Tony, y no me sorprende. El chico sigue a su rollo como si la fiesta aún siguiera, sin querer entender que toca arrimar el hombro y ayudar. De hecho, sigue detrás de Rosa, como el resto de la noche, pero ésta, más colaborativa, le pone el freno y trasiega cosas hacia la cocina como la que más.

Cuando acabamos y nos despedimos, bajamos casi todos juntos, excepto el anfitrión Samuel, claro está, y José Luis, no sé muy bien para qué. Me huelo alguna cosa oscura en todo el paper de José Luis esta noche. No sé, no lo veo claro. En todo caso, no es mi problema.

Abajo llamamos a dos taxis, que nos llevan en direcciones opuestas. En el mío, que nos lleva hacia la zona Norte, suben Rosa y Jana. Yo viajo en el asiento de enfrente y me sumo en mis pensamientos mientras, atrás, Rosa y Jana no dejan de cuchichear. Rosa le está contando algo que quiere mantener en privado. Hecho una mirada por el retrovisor y veo que Jana, con Rosa prácticamente pegada a su oreja, también me mira. Nos sonreímos mutuamente y entonces llegamos a mi casa.

Luego, ya en la ducha, mi mente vuelve a Luz. Sentado en el retrete antes de meterme en la ducha, visualizo sus pequeños pechos enfundados en la camiseta ajustada que llevaba hoy. Me imagino liberándola de dicha prenda mientras, de rodillas entre mis piernas me prodiga una mamada. Me cuesta correrme, estoy borracho y la noche ha sido agotadora emocionalmente.

En cualquier caso, ha sido una noche para recordar. Desde antes de casarme no me sentía tan vivo.

A excepción, claro está, de cuando me follaba a Luz… Esa es la última cosa que pienso antes de caer rendido.

NOTA: Este relato es continuación de la saga de Juan y Luz. Estos son los capítulos anteriores:

1. Créeme, es mejor si no digo nada más

2. La fuerza del pasado y el poder de la rutina

3. Its beginning to look like Christmas

4. Hoy quiero portarme mal

5. Fantasías y dudas en días de Santa Claus