La Piel de la Familia Vol1 Cap 1 (pte1)
El ascenso le devolvió la seguridad, pero le costó la fidelidad. En el estacionamiento de la oficina, los besos de Leo despiertan un placer que su matrimonio ya no le ofrece. Mientras ella se entrega a la fantasía, su esposo observa a la hermana menor con una mirada que promete un secreto aún más peligroso.
I
CORAZONES Y ORGASMOS
1
VERÓNICA. Necesitaba tanto una buena noticia. A mis 33 años no estaba pasando por uno de mis mejores momentos. Las presiones económicas en casa estaban empeorando y eso hacía que mi relación con Rodrigo se pusiera cada vez más tensa. Últimamente vivíamos entre discusiones todo el tiempo. La situación estaba llegando a un punto en que temía por nuestro matrimonio y obviamente Maite, nuestra hija, se daba cuenta de todo y también resentía la situación. Por eso necesitaba tanto esa buena noticia: ¡Mi ascenso había llegado! Ese puesto por el que me había esforzado tanto durante tantos años en la compañía al fin era mío y venía con un buen aumento de sueldo que haría que nos olvidáramos de las deudas y nos daría a ambos la tranquilidad para iniciar una vida más tranquila. Ya nos podíamos sacudir las presiones y recordar las razones por las que seguíamos juntos después de 17 años: el amor, las risas, los besos y todo lo demás. Definitivamente sabía que mi vida iba a cambiar a partir de ese momento, aunque no podía siquiera imaginar cuánto.
La noche previa a mi primer día no pude dormir. Hacía tanto tiempo que quería ese puesto y ahora que por fin lo tenía sólo esperaba estar a la altura. A la mañana siguiente escondí todos los nervios detrás de un elegante traje gris con chaqueta y minifalda, en el que gasté por adelantado buena parte de mi primer quincena. Al vérmelo puesto sentí que había valido la pena. Una ceñida blusa a rayas y los tacones que hacían lucir mis piernas más largas que de costumbre completaban mi atuendo de mujer exitosa e inalcanzable. Me hice un peinado en cola de caballo y recé para que nadie notara que detrás de esa imagen de seguridad estaba muriéndome de nervios.
Afortunadamente fui bien recibida por todos mis compañeros en la oficina. En especial los hombres se portaron muy amables y serviciales conmigo. No pasaron desapercibidas sus miradas “discretas” a mi blusa y mis piernas mientras me expresaban su disposición a ayudarme “en lo que se me ofreciera”. No había sido esa mi intensión al vestirme de esa forma, pero era un efecto colateral que, para ser sincera, no me molestaba. Modestia aparte, la verdad es que estaba acostumbrada a acaparar las miradas de los hombres. Y, bueno, a nadie le disgusta recibir uno que otro galanteo de vez en cuando, pero te aseguro que desde que me casé nunca he tenido interés en ningún otro hombre.
En cuanto el Licenciado González, mi nuevo jefe, llegó me mandó llamar a su oficina. Me levanté y caminé lentamente, poniéndome más nerviosa con cada paso, al llegar a la puerta una voz grave desde el interior me pidió pasar. La enorme oficina me hizo sentir más pequeña. Al fondo estaba un lujoso escritorio y, tras este, el Licenciado. Al verme entrar se levantó de su fina silla de piel. Lo había conocido una semana antes, cuando me entrevistó para decidir si me daba el puesto. Era un hombre alto y robusto… gordo, para ser más precisa, pero con un porte elegante y sofisticado. Me sentí intimidada ante tal presencia. Noté que me recorría de arriba abajo con la mirada mientras me pedía acercarme al escritorio y sentarme en la silla frente a él. Ni siquiera se molestó en disimular. Normalmente me hubiera hecho sentir incómoda, pero en ese momento mi atención estaba en dar una buena impresión y ni siquiera lo tomé en cuenta. Me senté con torpeza. “Tranquila, Castillo” dijo con la misma voz grave pero en tono más suave “Ya tiene el puesto”, intentó tranquilizarme al notar mis nervios. Me dio la bienvenida con una sonrisa y me explicó la dinámica de trabajo en la oficina. Me habló de responsabilidad, de trabajo en equipo y de pensar en grande. Nada fuera de lo normal. Después un par de comentarios jocosos para romper la solemnidad y los nervios habían desaparecido. No sé cómo, pero de alguna forma ese hombre imponente me había hecho sentir como si fuéramos amigos de toda la vida. Entonces entendí por qué era el jefe. Quince minutos después salí de su oficina con una sensación completamente distinta a la que tenía al entrar. Ya me la creía: estaba ahí, me lo merecía y estaba lista para comerme al mundo…
LICENCIADO GONZÁLEZ. Cuando llegué esa mañana al trabajo me dio gusto encontrarme con ella. Una semana antes la había entrevistado para el puesto y al verla ahí en la oficina recordé por qué decidí que ella era la candidata ideal: casi diez años en la empresa, productividad constante, nunca faltaba, puntualidad perfecta… Basura. ¿Sabes cuántos currículums idénticos al suyo se amontonaban en mi escritorio? Cientos. No había nada especial en ello. Esas piernas, por el contrario, no se veían todos los días paseándose por la oficina. Y sólo imaginar esas enormes tetas bamboleándose cada mañana entre su escritorio y el mío… Esa clase de “competencias” también son bien apreciadas por un buen líder. No digo que sólo me haya basado en la apariencia de la licenciada Castillo para darle el puesto, pero hay que aceptar que en el criterio de desempate la naturaleza le dio una buena ventaja...
VERÓNICA. A partir de ese primer día todo se fue haciendo más fácil. No tardé en acoplarme a mis nuevas tareas y al entorno de trabajo. Definitivamente ese ascenso había sido lo mejor que me podía haber pasado. Es cierto que como subdirectora de zona tenía una gran responsabilidad, mi trabajo consistía en monitorear el desempeño de los negocios de la empresa en toda la zona norte del país desde las oficinas centrales. No era nada sencillo, pero siempre había momentos para relajarse y platicar con mis compañeras. Así me fui enterando de los chismes de la oficina: que si a Laurita le gustaba José y que si Noé tenía ondas con Ángela, a pesar de que ambos eran casados… Yo no sabía cuánto de todo eso era verdad, pero era muy entretenido enterarse de los rumores. Entre todas las cosas que se decían llegó a mis oídos el rumor de que había un par de compañeros que estaban “realmente enamorados” de mí. Escuchar eso me sorprendió pero no le di mayor importancia, después de todo yo era casada y amaba a mi marido. Aunque las cosas entre nosotros seguían sin mejorar.
Entre todas las cosas positivas que habían sucedido las últimas semanas, mi relación con Rodrigo era la excepción. La situación no mejoraba y, por el contrario, la mayor exigencia que demandaba mi nuevo trabajo nos dejaba menos tiempo para estar juntos. Ya no discutíamos, pero prácticamente tampoco platicábamos. Resolver los problemas cada vez parecía más complicado. Comencé a pensar que quizá todo venía de mucho más atrás de lo que había supuesto. Nuestra historia no había sido fácil. Yo tenía 14 cuando lo conocí, él 16. No fue un flechazo, de hecho al principio a mí me daba igual; tenía muchos pretendientes y la mayoría eran más atractivos que él. Pero con su actitud y buen humor supo llamar mi atención poco a poco hasta que acepté ser su novia. Entonces sí me enamoré perdidamente. Ya tenía 15 cuando le entregué mi virginidad y no pasó mucho tiempo para que quedara embarazada. El amor era tan intenso que no nos importó ser tan jóvenes y decidimos formar una familia. En un principio vivimos con los padres de Rodrigo,pero en cuanto pudo pagar la renta de un lugar nos mudamos para ser independientes. A partir de entonces seguimos juntos, superando obstáculos y creciendo como pareja y familia. Todo era perfecto… hasta que dejó de serlo. Y ahora nos encontrábamos en un momento crucial.
También me interesaba tener tiempo para estar con Mai. Mi hija estaba a meses de cumplir la mayoría de edad y terminar la prepa. Era una etapa definitoria en su vida y quería que me sintiera cercana, que viera en mí a alguien en quien podía confiar y acercarse a pedir consejos. Ellos dos eran, sin duda, lo más importante en mi vida y por quienes hacía todo, a fin de cuentas.
Llevaba algunos días agobiada con esos problemas cuando una mañana, al llegar al trabajo, encontré sobre mi escritorio una pequeña paleta de caramelo con una nota: “Lindo día”. Así nada más. Ese pequeño detalle bastó para olvidarme un momento de mis conflictos y dibujar una sonrisa en mi rostro. No dije nada a nadie. Un par de días después apareció otra paleta sobre el escritorio: “Qué tengas un día muy dulce.” Y luego vinieron más: “Sonríe.”, “Lindo día para una linda chica.”, “Eres muy especial.” Cada nota me hacía sonreír y con cada una el sentimiento positivo se volvía más duradero. Un día me di cuenta de que llegaba al trabajo con la emoción de encontrar una nueva nota con su respectiva paleta. No siempre ocurría, pero cuando sí, era la mejor sensación del día. Esa pequeña alegría que tanta falta me hacía.
Al principio me sentía cómoda con el anonimato de mi admirador, pero la curiosidad fue creciendo. Quería saber quién era. Comencé a poner atención a los compañeros buscando comportamientos que pudieran delatarlo. Me sorprendió encontrarlos tan rápido y en tantos de ellos: miradas, sonrisas, amabilidad que no tenían con otras compañeras. Me pregunté desde cuándo se estarían portando así conmigo sin que yo lo notara. Tras días de analizar sus comportamientos, reduje mi lista de sospechosos a sólo dos posibilidades por ser a quienes sorprendía mirándome con más frecuencia: El Licenciado González y Leo, mi vecino de cubículo. Confieso que me sentí halagada, el chico era bien parecido, educado y los anteojos le daban un toque intelectual. Su actitud jovial lo hacía parecer más joven de lo que era y tenía una plática muy amena. Y el otro simplemente era el jefe. Saber que alguno de ellos se había fijado en mí le hizo mucho bien a mi autoestima. Y aunque yo jamás pensaría en traicionar a mi esposo, de a poco se fue volviendo común cruzar miradas entre ellos y yo.
LEO. Desde el momento en que la vi entrar a la oficina llamó mi atención: su cabello ondulado que asemejaba una cascada color castaño, su piel apiñonada, sus grandes ojos almendrados, ese porte de mujer inalcanzable, sus piernas largas y bien formadas y, sobre todo, ese gran bulto en el pecho que, a pesar de sus obvios intentos, resultaba imposible disimular. No tardé en acercarme y ponerme a su disposición para hacer más cómoda su adaptación a la nueva oficina. Me dijo que se llamaba Verónica. Le pedí que me llamara Leo. Me agradeció y repitió mi nombre mientras me sonreía. En ese momento lo supe: esa mujer tenía que ser mía.
Con los días la fui conociendo mejor y al darme cuenta de lo genial que era me fue gustando más. Me desanimó saber que era casada y con una hija de 17 años. Aunque pensándolo bien era lógico. Un ejemplar así no pasa mucho tiempo sin que alguien le ponga las garras encima. Pero ese cabrón se pasó: ¡Embarazarla a los 15! Quién sabe. Tal vez yo habría hecho lo mismo.
Sé que debí haber dejado las cosas así, pero verla cada día en la oficina, esos ojos, esa sonrisa, ese cuerpo. No podía resignarme a no tenerla. Tal vez no podíamos ser novios ni viviríamos un gran romance, pero tenía que lograr hacerla mía por lo menos una vez. Sabiendo que era una causa perdida decidí no romperme la cabeza y apostarle a lo más simple: una paleta y una nota. Como si fuéramos niños de primaria. Era algo tan tonto. Pero esa tarde, al verla con la paleta en la boca supe que todo había valido la pena. Seguí dejando más notas en su escritorio con frases lindas y tontas acompañadas de una pequeña paleta. La idea era hacer que pensara en su admirador, aunque no supiera que era yo. Ya llegaría el momento de arriesgarlo todo y hacer mi movimiento.
VERÓNICA. Terminaba una semana más de trabajo y caminaba hacia mi coche para volver a casa cuando noté que estaba pensando en mi admirador y en cuál sería su intención. Últimamente había estado pensando mucho en eso. Me di cuenta de que, por alguna razón, me hacía ilusión pensar que era el Licenciado González. Busqué en el bolsillo de mi saco la paletita del día, le quité la envoltura y me la llevé a la boca. Una vez más sonreí como al encontrarla sobre mi escritorio. En eso una voz me llamó haciendo eco en el estacionamiento. Era Leo.
Me sentí como una niña atrapada haciendo una travesura, como si él pudiera saber lo que estaba pensando en ese momento. “¿Te gustó la paleta?” preguntó. Me sonrojé “Sí. Está muy rica” tartamudeé nerviosa. “Me da gusto” ¡Entonces era él, mi admirador era Leo! Esperaba que dijera algo más, pero nos quedamos en un extraño silencio. “También me gustaron las notas” dije. “¿En serio?” “Sí. Gracias, eres muy lindo”. Nos miramos a los ojos. Parecía querer decir algo pero no saber cómo hacerlo. Entonces decidí quitarme la duda de los últimos días, “¿Por qué…?” no pude terminar la pregunta. ¡Me interrumpió con un beso!
Mi mente explotó. Mil pensamientos comenzaron a girar sin control en mi cabeza. Me quedé inmóvil mientras sentía sus labios sobre los míos moviéndose suavemente. Aún sin saber bien qué pasaba, por puro instinto mi boca comenzó a responder. Sentí sus manos en mi cintura y las mías se colgaron de su cuello. Cuando tuve conciencia de lo que ocurría estaba enredada en el beso más apasionado que había dado en mucho tiempo. Mi boca parecía derretirse en la suya y mi respiración se iba haciendo más profunda a la vez que nuestros cuerpos se acercaban más… De pronto recordé a Rodrigo. Abrí de golpe los ojos volviendo a la realidad. Me separé bruscamente de Leo. “No. Lo siento” dije alejándolo con las manos que un segundo antes lo atraían a mí. “Lo siento” repetí mientras me daba vuelta. Entré a mi coche. Lo encendí y arranqué. Mientras conducía comencé a llorar.
Llegué a casa sintiéndome agobiada por la culpa. Me recibió la frialdad que se había vuelto costumbre en los últimos meses. Me metí en la cama. Tardé un rato en dormirme.
Fue un fin de semana confuso. Por alguna razón lo único en lo que pensaba era en que ya fuera lunes para volver a la oficina y aclarar las cosas con Leo.
El lunes al llegar al trabajo fui recibida por una nueva nota con paleta en mi escritorio: “Déjala probar tu dulce boca.” Intenté no sonreír. Fracasé. Tenía que hablar con él y dejar las cosas bien claras. Esperé al final del día y cuando Leo se despidió y salió de la oficina lo seguí. Esta vez fui yo quien le habló en el estacionamiento. Me miró sonriendo y expectante. Eso me hizo dudar. Sí, debía aclarar las cosas pero no quería ser demasiado dura con él. “Oye… no es que me moleste. Es muy lindo de tu parte. Me siento halagada, pero…” le estaba dando rodeos a la situación. Me miraba fijamente a los ojos, lo que sea que dijera sería importante para él. “Lo que pasó el viernes…” continué. Se acercó un poco a mí. No entendía por qué me costaba tanto decirlo si estaba tan segura. ¿O no? Leo acercó su mano y me tomó de la cintura “No puede volver a pasar” dije apurada y firmemente, como para evitar que se siguiera acercando. “¿No te gustó?” me cuestionó “No. No es eso, pero… Soy casada. Tengo esposo y una hija” “Pero aun así te gusto” respondió con descaro. “No. Estás loco. Tú no puedes gustarme”. Ni yo me lo creí. Su mano seguía en mi cintura “Yo creo que sí” me jaló suavemente hacia él “No, Leo” dije en tono de súplica. Estaba perdida. Ya no dije nada cuando acercó su cara a la mía. Sólo abrí los labios para recibirlo. No podía seguir fingiendo. La verdad es que quería ese beso. Lo necesitaba. Necesitaba esa luz que me daba, esa energía. Una vez más nuestras bocas estaban entrelazadas en un baile sin control, pero esta vez no quería que terminara. Fueron minutos los que pasé aferrada a sus labios, hasta que alguien pasó junto a nosotros y volví a la realidad. Era alguien de otra área, un desconocido afortunadamente. Si hubiera sido alguien de la oficina estaríamos en problemas. “Tengo que irme” intenté huir. “Espera” volvió a besarme, una, dos veces. Sonreí como una colegiala. “Te veo mañana” dijo. Esta vez fui yo quien lo besó como despedida y me fui sin poder borrar la sonrisa de mi rostro. De camino a la casa me pregunté qué estaba haciendo. No me respondí. Seguí sonriendo.
Durante el resto de la semana la escena se repitió. Omitiendo todos los rodeos del principio. Decidí dejar de pensarlo tanto. Al final sólo eran unos besos. Me hacía sentir bien y no hacía ningún daño mientras nadie lo supiera. Por eso éramos tan cuidadosos en no ser vistos por nadie. No soy una perra. Sabía que estaba mal. Pero era un pequeño escape para mí de todo el estrés en mi vida. Me lo merecía. Y después de todo sólo eran unos besos. No iba a pasar de ahí.
LEO. El modus operandi era sencillo. A la hora de salida tomaba las llaves de Veroy sin que nadie conocido me viera subía a su coche. Esperaba unos cinco minutos en el asiento del copiloto y entonces ella llegaba y subía de la manera más normal. Ya estando los dos en el auto todo era dejarnos llevar. Fácil y efectivo. Había sido su idea ya que no quería que nadie la viera entrar a un coche que no era suyo. A mí me encantaba. Todo eso le daba un toque de emoción estilo Misión Imposible. Aunque nos limitábamos a quedarnos en el estacionamiento, en realidad era un lugar oscuro y discreto. Más de una vez sugerí ir a un sitio más privado, pero se negó. Insistía en que no iríamos más allá de los besos. Sí, cómo no. Si se notaba lo caliente que se ponía. No le molestaba que le acariciara las piernas desde la rodilla hasta donde comenzaba su falda, pero no me dejaba ir más allá a pesar de que yo sentía como se estremecía al sentir mis manos sobre su piel. A partir de la tercera sesión me dejaba también amasar sus deliciosas tetas sobre la ropa por unos minutos antes de apartarme de ella, haciéndose incluso la ofendida.
Sabía que era cuestión de tiempo. Jugaba a la mujer infiel pero con principios. Intentaba convencerme a mí, y tal vez a ella misma, de que su corazón era más fuerte que su calentura. A mí, la verdad, el hecho de que fuera casada hacía que me gustara más. Disfrutaba pensando en el pobre idiota que la esperaba en casa mientras yo le metía la lengua hasta la garganta y jugaba a placer con ese glorioso par de tetas. Cada noche al volver a casa soñaba con el día en que por fin estuviera dentro de ella mientras el imbécil ese se desvelaba para comprarle la lencería sexi que yo le iba a arrancar a mordidas antes de poseerla.
VERÓNICA. Después de una semana de sesiones diarias de besos y caricias con Leo me di cuenta de que no podía continuar así. Era demasiado arriesgado, pero tampoco quería despedirme tan rápido de esa sensación nueva y emocionante. Necesitaba un poco de distancia. Decidí que nuestros encuentros se limitarían a una sola vez por semana, los viernes. A él no pareció gustarle mi decisión, pero le dejé claro que tenía que aceptar mis condiciones si quería seguir con esto. Terminó aceptando.
Esa semana me sentí tan tranquila y relajada, como si todos mis problemas hubieran desaparecido de pronto. Como si todo estuviera, por fin, en su lugar. El viernes, por el contrario, sentí todo el día esa emoción típica de la expectativa al saber lo que me esperaba más tarde. A la hora de la salida dejé mis llaves sobre mi escritorio y fui a despedirme de las compañeras, volví a mi lugar, las llaves ya no estaban y Leo tampoco. Esperé unos minutos que me parecieron eternos a que todos salieran de la oficina y me dirigí ansiosa al estacionamiento.
Apenas estuvimos a bordo de mi coche me lancé sobre él buscando su boca con desesperación. Sus manos no tardaron en posarse sobre mí y recorrerme ansiosas por encima de la ropa. Sentí que le debía una compensación por la espera y le permití llevar sus manos debajo de mi blusa y agasajarse con mis bubis piel a piel. Me amasaba con el ímpetu de un adolescente y yo disfrutaba sabiendo que mis formas le provocaban semejante gozo. Una de sus manos se aventuró debajo de mi falda. Hasta entonces no se lo había permitido, pero en ese momento ni siquiera pensé en detenerlo. Sus dedos llegaron hasta mis pantis humedecidas y comenzaron a jugar sobre ellas haciéndome estremecer en más de una ocasión. Mis manos, a su vez, también se animaron a explorar su cuerpo sobre la ropa. Sus hombros, su pecho, más abajo, más. Dudé cuando llegué a la hebilla de su cinturón, pero fue su mano la que tomó la mía y la llevó a posarse sobre su entrepierna. Comencé a frotarla torpemente, como una primeriza nerviosa. “¡Aah!” sus caricias sobre mis pantis se hicieron más intensas impidiéndome contener los suspiros de gusto “¡¡Mmmhh!!” Lo abracé y me aferré a su espalda mientras sentía una descarga en mi interior. ¡Era mi primer orgasmo en meses! Me estremecí mientras sus dedos seguían masajeándome sobre las pantis mojadas. Mi cuerpo se fue apaciguando y detuve los movimientos de Leo, que seguía excitado. Las cosas habían ido demasiado lejos, era hora de despedirnos. Se resignó. Le di un beso de agradecimiento. Bajó del coche aún con la erección en sus pantalones. “Hasta el próximo viernes, guapo” me despedí y arranqué.
En el camino iba pensando en lo que acababa de pasar. La verdad es que me estaba gustando más de lo que había imaginado y cada vez me costaba más trabajo contenerme. Pero estaba claro que esa línea jamás debía ser cruzada. Una cosa es juguetear un poco para compensar la atención que me hacía falta y otra muy distinta ser una zorra que se coge a hombres que no son su marido. No señor. Yo tenía mis límites. Sólo tenía que evitar que las cosas se salieran de mi control. Necesitaba un punto de vista distinto. Casi sin pensar tomé mi teléfono y marqué “Hola, Sofi. Cómo estás. Oye, ¿puedo contarte algo…?”
Las cosas siguieron así un par de semanas y me fui acostumbrando a la dinámica. En realidad la culpa no se iba del todo, a fin de cuentas estaba haciendo algo de lo que siempre me había creído incapaz, pero de alguna forma eso me había ayudado a encontrar cierto equilibrio que, por lo menos, me había hecho olvidar la angustia de las semanas previas. Por el momento era suficiente para mí.
Además, aunque fuera de una forma extraña, me estaba acercando más a mi hermana, Sofi. El hecho de empezar a contarle mis cosas había creado entre nosotras esa relación de confianza que por la diferencia de edades nunca antes tuvimos. De hecho ella siempre fue más cercana a Maite que a mí y solían pasar mucho tiempo juntas. Pero ahora, por fin, compartíamos esa complicidad única de hermanas y yo me sentía muy bien por eso. Para agradecerle que me escuchara y sus consejos la llevé de compras una tarde. Necesitaba renovar su guardarropa y me sentí feliz de poder compartir más momentos con ella.
A la semana siguiente, al volver a casa después del trabajo y mi sesión correspondiente de des estrés con Leo, encontré a Sofi, qué había ido a visitar a Mai, platicando divertida con Rodrigo en el comedor. Ella me saludó con cariño y en seguida se fue a dormir al cuarto de mi hija. Al quedarme a solas con mi esposo me sentí extraña. Él me saludó de una forma más cariñosa de lo que se había hecho costumbre en los últimos meses. Confieso que me sorprendió. Me preparó un café y mientras me lo tomaba me preguntó por mi día. Le respondí vagamente, sin entrar en detalles. Él me contó cómo le había ido en su trabajo, me hizo reír un par de veces y nos fuimos a dormir.
Apenas había cerrado la puerta de la habitación cuando se acercó a mí por detrás y me abrazó pegando su cuerpo al mío. Sentí cómo su miembro comenzó a reaccionar ante el contacto con mi trasero. “¡Rodrigo!” exclamé en voz baja para que no nos escucharan las dos chicas que dormían en el cuarto de al lado. Él besaba mi cuello y mordió suavemente mi oreja. Eso solía prenderme de inmediato… esta vez no pasó. “Nos van a escuchar las chicas” intenté negarme. No le importaron mis objeciones y llevó sus manos a mis pechos estrujándolos. Los mismos que minutos antes habían estado en las manos de Leo. Su erección estaba al máximo y se oprimía contra el canalillo entre mis nalgas. Sentí un húmedo calor entre mis piernas y mi cadera comenzó a moverse como por voluntad propia para aumentar el contacto entre nosotros. Nos pusimos de frente y nos besamos como no lo habíamos hecho en meses.
En segundos estábamos desnudos y tirados sobre la cama. Con sus labios fue bajando por mi cuello hasta mis pechos. Ya casi había olvidado esa sensación. Cerré los ojos y me dejé llevar mientras su boca se llenaba de mí. Repentinamente pensé en Leo. Mientras Rodrigo se aventuraba más abajo con sus besos, llegando hasta mi ombligo y bajando aún más. Me estremecí ante la expectativa. Sin más preámbulo la humedad de su boca se encontró con mi propia humedad “¡Aah!”. Su lengua iba de arriba abajo sobre la superficie de mi vulva una y otra vez “¡Mmhhah!” Me tapé la boca con una mano y con la otra tomé su cabeza para que no dejara de hacerlo. Mis pensamientos seguían invadidos por Leo, comencé a imaginar que era él y no mi esposo el que me saboreaba “¡Uuhff! ¡Sí, asíii! ¡Aah!”. Cada vez me costaba más trabajo acallar mis suspiros de placer. Alcancé a poner una almohada sobre mi rostro para ahogar el grito que me provocó un orgasmo delicioso.
Todavía no terminaban mis espasmos cuando él se puso sobre mí, se acomodó entre mis piernas y me penetró “¡Aaah!” Comenzó a moverse, bombeando con todas las ganas acumuladas desde nuestra última vez. Sólo al tenerlo dentro me di cuenta de cuánto extrañaba sentirlo. Me abracé de él. La imagen de Leo volvió a mi mente, me sentí tan plena al imaginarme poseída por él. Lo rodeé con mis piernas “¡Aah! ¡Así, así!” le susurré al hombre de mis pensamientos mientras el verdadero comenzaba a resoplar más fuerte. Lo besé para silenciarlo un poco “¡Uhf! Oohhh!”. Comenzó a venirse dentro de mí, descargando todo lo que tenía. Se notaba que era mucho después de tanto tiempo. Mientras yo me seguía moviendo intentando prolongar lo más posible ese momento con el amante de mi fantasía. Por fin Rodrigo se quedó quieto y dejó caer su peso sobre mí. Nuestras respiraciones seguían agitadas. Volví a la realidad. Me sentí muy rara con su cuerpo sobre el mío, como sin saber qué hacer. “Te Amo” me susurró al oído. Yo le di un beso tierno. Fue lo único que se me ocurrió al darme cuenta de que no podía responder igual a sus palabras. Al fin se bajó de mí. Se durmió en seguida, yo tardé más. No dejaba de pensar. Qué lo había hecho portarse así, como no lo había hecho desde hacía tanto. Tan amable, tan lindo, tan ardiente. Y por qué a mí no me había importado. Por qué no me provocaron ni sus detalles ni sus besos en mi cuello. Por qué sólo me había prendido cuando comencé a imaginar que era Leo quien amasaba mis pechos, quien me desnudaba y quien había recorrido con su boca el camino hasta el rincón entre mis piernas. ¿Por qué no había podido responder cuando dijo que me amaba? Todas esas preguntas revoloteaban en mi cabeza, pero era la respuesta la que me asustaba. Un par de horas más tarde, al fin, el sueño me venció…
RODRIGO. La situación había llegado a un punto límite. Vero estaba más distante que nunca y yo no sabía cuánto más podía soportarlo. Necesitaba saber qué era lo que pasaba, para encontrar una manera de salvar nuestro matrimonio. ¿Pero cómo si ella no quería hablar y apenas parecía notar mi presencia en la casa? Decidí recurrir al sexo. Durante años había sido el método más efectivo para resolver nuestros problemas. Cuando no encontrábamos las palabras adecuadas, una buena cogida era todo lo que hacía falta para reconciliarnos. No tenía por qué ser diferente en este caso, así que aprovecharía ese viernes para recordarle a mi esposa lo genial que era estar juntos.
Mi plan se comenzó a tambalear cuando Mai llegó de la escuela esa tarde acompañada por Sofi, mi cuñada. Eso significaba que tenían planeado pasar la noche en la casa platicando y viendo películas. Tampoco era el fin del mundo, no sería la primera vez que haríamos el amor estando ellas despiertas en el cuarto de a lado, simplemente tendríamos que ser más silenciosos.
Al poner un poco más de atención en Sofi me sorprendió. Ella siempre había usado ropa holgada, pero ahora llevaba una ajustada blusa beige y legins negros que, por primera vez, me permitían ver su figura. Debo aceptar que el cambio de imagen le favorecía mucho. Eso sí, no dejaba sus característicos anteojos de pasta que le impedían dejar atrás del todo su imagen de chica nerd.
Pasaron toda la tarde viendo películas y a eso de las 8 Mai ya se estaba quedando dormida, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo. La noche anterior casi no había dormido preparando una exposición para la prepa y ahora el cansancio le cobraba factura. Muy a su pesar se fue a dormir a su cuarto mucho antes de lo planeado, por lo que mi cuñada se quedó sin compañera de plática. Así que le serví un café y me dispuse a ocupar el lugar de mi hija. Lo primero que hice fue halagarla por su nuevo look, no pude evitarlo. Mis palabras la hicieron sonrojarse. Sofi siempre había sido una chica tímida y callada, pero con el tiempo descubrí que, proponiéndole los temas adecuados, podía ser una gran conversadora. Empezamos a platicar de música y conciertos y el tiempo comenzó a volar. Me daba gusto que estuviera ahí. La realidad era que se sentía bien platicar con alguien que no fuera Maite. Ninguna queja, me encanta convivir con mi hija, pero está bien de vez en cuando ampliar el círculo social. Mientras más la miraba más me sorprendía su aspecto. Siempre me había parecido una chica linda, pero me preguntaba cómo pude pasar tantos años conviviendo con ella sin darme cuenta de lo buena que se había puesto. Confieso que por momentos no podía mantener mi mirada en su cara y recorría discretamente el resto de su figura. Espero que ella no lo haya notado.
En eso llegó Vero. Se veía algo cansada. Le serví un café y Sofi aprovechó para despedirse e irse a dormir. Al quedarme a solas con mi esposa me di cuenta de que me sentía de muy buen ánimo y decidí continuar con mi plan. Después de una rápida cena nos fuimos al cuarto y me lancé sobre ella sin decir nada. La abracé por detrás y le recargué mi erección para que sintiera lo que me provocaba, comenzó a moverse de inmediato respondiendo a mis caricias. Llevé mis manos a sus tetas. Siempre me he sentido afortunado de ser el único dueño de ese par de montes carnosos que amasé con lujuria. Besé su cuello y después mordí su oreja. Eso siempre la prende y esta vez no fue la excepción. Tardamos segundos en desnudarnos y revolcarnos en la cama. Me tumbé sobre ella y le besé cada centímetro del cuerpo. Por fin llegué a sus labios secretos y con mi lengua le fui recordando a mi esposa el placer de estar juntos. Tuvo que ponerse una almohada sobre la cara para silenciar sus gemidos de gozo al venirse.
Entonces no me lo pensé más y la penetré. Gimió de gusto al sentirme y más cuando comencé a bombearla enérgicamente. Me volvió loco sentir su calor después de tanto tiempo. En su éxtasis se aferró a mi espalda con fuerza y me rodeó con sus piernas dejándome claro que le encantaba ser mi mujer. Entonces algo extraño sucedió: en el momento en que cerré los ojos la imagen de Sofi apareció en mi mente. Sonreía con esa ajustada blusa beige y esos legins. Humedecía sus labios rosas con su lengua. Mis movimientos se hicieron más intensos. Ya no abrí los ojos, quería mantener esa imagen en mi cabeza mientras me daba a Vero. No pude aguantar más. Me vine vaciándome por completo dentro de ella imaginando que lo hacía en su hermana pequeña. No me detuve hasta que quedé completamente seco. Entonces me salí de ella y le susurré que la amaba. Estaba tan agotada que ni siquiera pudo responderme. Sólo me dio un tierno beso con el que dijo todo. Me acomodé en la cama y me dormí. Y así, una vez más, todos nuestros problemas habían desaparecido…
(Continuará…)
Este es el inicio de la Serie "La Piel de la Familia". Espera aquí la segunda pare del capítulo 1 en unos días. Y sigue mes a mes la serie completa en mi Patreon. Dónde, además de seguir las aventuras de Verónica, conocerás también las historias de su hermana Sofi y su hija Maite. Además puedes seguir tambien la serie "Secretos de Amigas", donde tres chicas van descubriendo los placeres de la vida mientras estudian la universidad.
Recuerda que tu apoyo me permite seguir compartiendo contigo las historias de estan mujeres tan especiales. Muchas Gracias!;)
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