Xtories

MENSAJE POR ERROR. El secreto del cornudo

Un mensaje oculto bajo el pupitre cambia las reglas del juego. Ella lleva su semen en la piel, pero él no sabe si es real o fantasía. Cuando la realidad golpea más fuerte que el deseo, el secreto del cornudo se convierte en una trampa.

aSeneka13K vistas9.5· 26 votos

El secreto del cornudo

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Al día siguiente, en clase de física, la profesora no paraba de explicar cosas ininteligibles, llenando la pizarra de dibujos y ecuaciones con símbolos griegos. Sin embargo, él solo tenía ojos para su culo de donde no despegaba la vista.

«Ya le daba yo newtons de fuerza contra la mesa a esta zorrita».

La vibración de un mensaje sacudió su bolsillo. Miró a los lados y echó mano del smartphone sin que nadie se diera cuenta. Sacarlo en clase estaba prohibido, así que lo ocultó debajo del pupitre. Había recibido un Whatsapp de Marta.

Era un vídeo.

Levantó una ceja, extrañado, y le dio a reproducir. Antes se había colocado uno de los auriculares inalámbricos en un oído. En la pantalla apareció la imagen fija de Marta de cintura para abajo. Reconoció la estancia al momento, era su cuarto y la cámara debía estar posada en la silla de su escritorio.

Se le abrieron los ojos como platos cuando vio introducir las manos por debajo del vestidito de verano y tirar de sus bragas hacia abajo. Se sacó la prenda por las piernas y la mostró a la cámara. Eran rojas, de encaje en la mitad superior. Un diminuto lacito adornaba el centro del elástico. En este caso el dibujo del encaje lo constituía una especie de ramificación con pequeñas hojas como bolitas.

Tragó saliva cuando vio cómo las dejaba caer dentro del último cajón de su mesilla y extraía las que le había dado ayer, totalmente sucias de semen reseco. Cristian sonrió ladino. Lo que pasó a continuación le dejó estupefacto.

Marta las manipulo ligeramente, quizás comprobando lo pringosas que estaban. Pasó las yemas de los pulgares por ciertas partes, las volteó a un lado y otro y… se las puso.

Consiguió encajarlas hasta arriba tirando de la prenda mientras movía la cadera a cada lado. Acto seguido levantó el vestidito por delante, mostrándolas durante unos segundos durante los cuales Cristian pudo apreciar la sombra oscura transparentada en mitad de la tela. Después, se agachó doblándose por la cintura y habló a la cámara.

—Como regalo, y solo por esta vez. Porque me encanta que nos llevemos bien y por ser el mejor “ahijado” —dijo entrecomillando con los dedos.

A Cristian se le había caído la mandíbula. Marta llevaba su semen en el coño.

SU-SE-MEN.

Tuvo que acomodarse la polla que había saltado como un resorte debajo del pantalón. Se pasó la mano por la frente para secarse el sudor y miró hacia los lados de nuevo para comprobar que todos seguían ajenos a él. Solo entonces reprodujo el vídeo otra vez.

Un minuto después, abrió el chat de su novia y escribió:

Cristian_

Cristi, ya sé cual va a ser tu castigo. Quiero que lleves unas bragas d otra tia. Me da igual quien sea. Despues t voy a follar con ellas n la cama de tus padres.

La clase continuaba, pero él ya estaba a kilómetros de allí. Ni tan siquiera el culo con forma de cereza invertida de la profesora pudo hacer que no pensara en otra cosa que no fuera el coño de Marta.

No veía el momento de que acabara la clase y poder llegar a casa. Cuando lo hizo, dejó las cosas en la entrada y fue directamente a la cocina, donde su padre y ella ya estaban a la mesa.

Llevaba el mismo vestido del vídeo y se preguntó si, debajo, también llevaría las mismas bragas pringadas de semen. Sintió un pequeño cosquilleo en el estómago. Marta sonrió al verlo, lo saludó como si tal cosa y le mandó sentarse a su lado. Por su actitud, no pudo adivinar si las llevaba o no. Su padre lo siguió con la vista mientras rodeaba la mesa.

—Te veo más alto —dijo entornando los ojos—. A ver si va a ser porque estás de pie. —Hizo una pausa mientras tomaba asiento—. Ah, sí. Era por eso.

Marta soltó una carcajada y ambos intercambiaron una mirada risueña. La de Mario con una sonrisa de oreja a oreja, la de Marta con los ojos llenos de amor. Sin duda, su futuro marido era su luz. Cristian sintió una punzada de admiración y celos aunque no supo por quién de los dos.

Ella lucía resplandeciente, y no solo por esa sonrisa que iluminaba su cara. También el vestido resaltaba el moreno de sus piernas. Se moría por saber lo que habría al final de ellas y no sabía cómo preguntarlo.

—Cuánta comida —señaló Cristian—. ¿Celebramos algo?

La miró a ella, pero quien respondió fue su padre.

—Sin duda —dijo él—. Hoy es la efemérides de ese acontecimiento tan relevante que sucedió hace un año y que se escribió para ser recordado. —Asintió con una caída de ojos mostrando lo sabio que era—. No te olvides de decírselo a tus profesores.

—Descuida, papá. Lo gritaré en voz alta desde mi pupitre.

—Ese es mi chico.

Su padre le ofreció el puño a modo de saludo que él, tras unos segundos de duda, terminó por aceptar. Al chocar con sus nudillos, su padre emitió un sonido como el de una explosión y separó su mano simulando chispas entre los dos.

—Pssss.

—No vuelvas a hacer eso, papá. Me siento ridículo. Es infantil.

Su padre se rió de él y Cristian terminó clavando los ojos en su plato. Hacía muchos años que ese tipo de payasadas había dejado de hacerle gracia. Sin embargo, Marta las disfrutaba como una colegiala, riendo cada una de sus monerías.

Volvió a fijarse en ella. Ardiendo en deseos de saber si aún llevaba las bragas con su semen. Tendría mucho morbo si las tuviera mientras los tres conversaban de temas mundanos. Un juego a tres bandas donde, mientras reían con su padre, a sus espaldas flotaría entre ellos dos un secreto que él sería incapaz de ver.

El secreto del cornudo.

Así era como solían llamarlo su amigo Javier y él. Para ellos no había nada más morboso que maniobrar a espaldas del cornudo que no se entera. Disfrutando de un doble juego de bromas con segundas interpretaciones solo visibles para ellos. Y todo en las narices del propio cornudo.

Aunque por desgracia, en esa ocasión, el cornudo era su padre. Chasqueó la lengua y sintió una punzada de remordimiento.

«Bueno, solo es un juego —se dijo—. Unas bragas manchadas no es infidelidad y él tampoco se va a enterar, así que…».

Marta seguía absorta en su amado y en la propia comida que continuamente iba sirviendo. Levantándose de la mesa cada dos por tres, sin terminar de conectar visualmente con él. En uno de los giros, su corta falda cogió algo de vuelo, poca cosa, pero suficiente para que su imaginación volara y recreara la prenda ante sus ojos llenas de su esencia, llenas de él.

—¿Todavía llevas eso? —preguntó con segundas.

—¿El qué? —contestó mientras vertía la salsa de una sartén en una fuente, de espaldas a él.

—Pues… eso —carraspeó—. Lo de ayer.

—¿Cuál? No sé qué dices.

—Ya sabes…

Marta no se enteraba y su padre terminó levantando la cabeza, intrigado. Giró la vista hacia su amada y la repasó de arriba abajo.

—¿El vestido? —preguntó Mario.

—Eh… sí, eso, el vestido —corroboró su hijo—. Es el de ayer, ¿no?

—¿Éste? —contestó ella frunciendo el ceño y mirándolo por primera vez—. Qué va, si no me lo he puesto en todo el año hasta hoy. Precisamente esta mañana lo he sacado del armario.

Cristian esperó alguna señal velada o un guiño.

No llegó.

Marta no se daba por aludida o no se enteraba de la pregunta con segundas de su hijastro. Continuó preparando el segundo plato de espaldas a ambos.

«Con lo morboso que sería».

No volvió a intentar coleguear con ella y arriesgarse a que su padre sospechara, así que continuó comiendo con la vista en el plato. La oportunidad se presentó cuando Mario se levantó para ir al salón y ambos se quedaron solos.

—Cariño, voy a reposar la comida frente a la tele —había dicho besándola—. Si cierro los ojos no será porque me esté durmiendo a causa del sopor ni nada de eso. Así que no me pintéis monigotes en la cara.

Marta sonrió ahondando el beso, Cristian puso los ojos en blanco. Nada más verlo salir, se acercó a ella por detrás.

—¿Llevas las bragas? —susurró.

—¿Qué? —contestó sobresaltada al verlo a su lado.

—Las bragas, las de ayer, con mi semen.

La cara de ella borró los restos de la sonrisa que le había regalado a su padre y mantuvo cierto rictus de perplejidad durante unos segundos.

—¿Eso era lo que me preguntabas en la comida? —La perplejidad se hizo sombra— ¿Delante de tu padre?

La última pregunta sonó como una acusación cayendo como una lápida. Su cara de reprobación dejaba bien claro su gran decepción.

—Bueno, a ver, tía, no me dirás que no es morboso. Tenía que saber si las llevas todavía.

Marta movió la cabeza a un lado y a otro, mostrando un triste desencanto y se apoyó hacia atrás, con las manos agarrando el borde de la encimera.

—Me las he puesto solo para el vídeo, antes de ir a la ducha. Un detalle hacia ti. Ya veo que he hecho mal.

—No, joder, no te mosquees.

—Cristian, en serio, si no sabes estar a la altura; si no vas a respetarme ni a mí ni a tu padre…

—Que no, que no. A ver… yo solo… Era una broma. Para hacer la coña delante de papá.

Los ojos de Marta casi se dan vuelta al percibir a su amado como centro de su burla.

—No, Cristian, el trato NO era para eso. El juego es entre tú y yo y no sale de tu cuarto. Lo hablamos ayer. Tú disfrutas de tu fantasía y yo te ayudo, pero solo a través de ese cajón.

Tenía la espalda recta y se había echado ligeramente hacia atrás, apartándose de él como si le repeliera. Todo el buenrollismo de ayer había desaparecido y, en su lugar, Marta comenzaba a tomar el mismo rictus indolente del principio. Tocaba dar un paso atrás.

—Vale, perdona. Es que tu vídeo me ha puesto muy marrano y he desbarrado un poco. —Marta seguía mirándolo con el mismo semblante, sin dar el brazo a torcer—. Vaa, tía. No te chines. Que soy un adolescente y tengo las hormonas a mil.

Ella movió el mentón a un lado, sosteniendo su mirada. No terminaba de estar segura de él.

—Vale, está bien. Vete a estudiar, anda. —Terminó claudicando y, con ello, eliminando la tensión. Le dio un azote cariñoso para que saliera de la cocina. Casi en el quicio de la puerta se giró hacia ella.

—¿Pero, las llevas o no?

Marta puso los ojos en blanco.

—No, por Dios. Las he echado a lavar nada más enviarte el mensaje.

Cristian hizo un mohín, pero le devolvió una sonrisa triste. No era la respuesta que esperaba.

—Pero todavía estaban muy pringosas cuando las he cogido —dijo, ahora sí, en tono conciliador—, por si te sirve de consuelo.

La sonrisa de él se convirtió en una mueca de sorpresa placentera.

—Vale, me sirve para… ejem —carraspeó—. Me voy a estudiar.

Marta le lanzó un trapo y él rió a carcajadas mientras salía disparado por el pasillo.

— · —

A la tarde se juntó con su padre y Marta en el salón. Ambos leían con la tele puesta. Levantando la vista de vez en cuando, entre página y página. Unos tertulianos chonis se gritaban de todo alrededor de una mesa. Cristian se desparramó en el sofá contiguo y comenzó a chatear con Cristina.

Cristian_

Como van esas braguitas que te vas a poner de otra tia y con las que te voy a follar?

Cristi_

Jolin, que pesadito estas con el tema. Dame un poco d tiempo, no?

Cristian_

Es mi reto. Lo tienes que hacer

Cristi_

Ya, bueno, ahora stoy en casa de Lauri. Nos estamos probando ropa suya.

Cristian_

Tambien bragas????

Cristi_

No, eso no, tío. No somos tan guarras. Pero a ver si le puedo escaquear unas sin que se entere y q m puedas follar con ellas.

Cristian_

ufffff, pava, como me acabas de poner. Quedamos esta tarde, en tu casa, no?

Cristi_

mejor mañana q no stan mis padres. Mientras tanto, no te la vayas a menear pensando en mi amiga, perro

Cristian apagó el móvil y observó a Marta que en ese momento miraba los tertulianos de la tele y negaba con la cabeza.

«En ti es en quien voy a pensar, joder».

Se preguntó si Cristina accedería a ponerse unas de ella recién usadas.

«Estaría guapo», se dijo.

La impaciencia le pudo y, un rato después, salía de casa en dirección a la de su novia. Le había dicho que ya habían dejado de probarse cosas y se volvía con un “regalo” de su amiga. Quizás habría suerte.

— · —

En el segundo descansillo se encontró con Herminia que subía escalón a escalón con dos bolsas de la compra, intentando no perder el resuello.

—Herminia, joder, llámeme al telefonillo y bajo a buscarla. Puta manía con hacer la ascensión hasta el quinto como si se creyera un sherpa de Móstoles.

—¿Y qué te crees que soy, una vieja, so mandril?

—Pues sí, coño y mucho. Que un día va a llegar tan arrugada por la falta de oxígeno que no se le van a ver ni los ojos. Más de lo que está, digo.

Herminia movió el mentón hacia adelante y fijó la vista en él.

—Gracias por preocuparte por la tersura de mi tez, pero, si no te importa, seguiré subiendo mis compras yo misma. Y tranquilo, que no voy a morir en el descansillo por unos escalones de nada.

—A ver, que no es porque se muera usted, sino por el susto que me llevo.

De haber llevado chándal, le hubiera lanzado una bolsa a la cabeza. En su lugar entrecerró los ojos intentando fulminarle con la mirada. Cristian se hizo con las bolsas de la señora.

—La culpa la tiene el tocahuevos de su hijo —insistió él comenzando a ascender—. Mi padre dijo que en la última reunión de portal se negó a que se sustituyera el ascensor por otro nuevo. Y las reparaciones le parecieron muy caras —bufó—. ¡Que su madre moribunda vive en un quinto piso, coño!

—No te metas con el tocahuevos de mi hijo. Sus bobadas son cosa mía.

Cristian movió la cabeza. Su hijo era un rata miserable que se negaba a que su madre gastara un solo euro solo para poder heredarlo algún día. El típico tocapelotas que hay en cada bloque de pisos que boicotea cualquier acuerdo de la comunidad que implique gastar dinero.

—Sus bobadas le están hiperdesarrollando unos cuádriceps horribles y un culo fibroso que no pegan con sus tetas arrugadas de vieja chocha.

Herminia se llevó tres dedos al puente de la nariz y resopló hastiada.

—Fffffff, chico, un día salto y te arranco la cara a arañazos.

Cristian se carcajeó con sonoridad.

—Ande, apóyese en mí y deje que le ayude, Catwoman.

—Te dejaré ciego —amenazó ella mientras le cogía del brazo con sus manos huesudas.

La acompañó hasta su puerta pasando dentro con ella. Las compras pesaban tanto como parecían y se preguntó desde qué hora llevaría trepando escaleras. Al llegar a la cocina, Herminia se sentó en una silla mientras él metía parte de los productos en la nevera.

—Pero… ¿qué coño? ¡joder! —exclamó de pronto él.

Ella le observaba con una especie de felicidad vengativa. Cristian no daba crédito.

—Pero, pero… hay tres consoladores en el frigorífico. —Su mirada iba de Herminia al interior del electrodoméstico sin salir de su asombro—. Y son… enormes. Y usted… usted es un vejestorio, joder.

—¡Calla, macaco! Soy una mujer actual y moderna que se mueve con los tiempos. Independiente y desinhibida que sabe lo que quiere —bufó—. Y tú solo eres un mocoso que aún no sabe dónde la tiene. A ver si piensas que eres el único que se masturba en este país.

Cristian se tapaba los ojos con fuerza como si con ello pudiera eliminar la imagen que acababa de formarse de su vecina con los dildos.

—Me está dando mucho asco.

—No te lo daría tanto si fueran de tu… “madrastra” —apostilló con un tono ladino.

Se puso en alerta y comenzó a destaparse un ojo para encararla. Herminia mostraba una sonrisa de quien conoce un secreto muy oscuro.

—No sé de qué habla.

—Venga ya, chico. He visto cómo la miras cuando vais los tres por la calle —hizo una pausa—. Y los repasos que le pegas al culo… y lo que no es el culo —malmetió—. ¿Te gustan las que marcan paquete?

—De verdad, Herminia, que no sé de qué habla. Está chocheando.

—Hablo de que te la meneas pensando en ella; con la futura mujer de tu padre. —Y soltó la bomba—. Y con sus braguitas sucias.

—¡Qué coño dice! ¡¿Cómo sabe eso?!

La mujer abrió la boca en una mueca muda de una carcajada mostrando unos dientes todavía blancos y bien cuidados. Pero la suya era una imagen de alguien con una mente sibilina.

—No lo sabía. Lo supuse porque es el fetiche de todos los adolescentes pajilleros como tú. Ahora me lo acabas de confirmar.

Cristian se golpeó en la frente, enfadado consigo mismo por ser tan torpe. Se puso de pie y apretó los puños.

—Y usted se pajea con tres consoladores mandingos que parecen pollas disecadas. No sé qué es peor.

—Son moldes hiperrealistas de penes de verdad, idiota. Y la diferencia es que a mí no me avergüenza pajearme con fetiches de otros como a ti, que te has puesto más colorado que un tomate.

La conversación había dejado de tener gracia. Fruncía el ceño, tan enfadado como confuso. Las bragas de Marta eran un secreto entre ellos dos que acababa de quedar descubierto. Para colmo acababa de conocer algo íntimo de la vida de su vecina que hubiera preferido no saber.

—¿Y los tiene que tener en la nevera para que yo los vea?

—Para mantenerlos alejados de lugares calientes y húmedos donde proliferan las bacterias.

—Como su chocho arrugado, ¿no?

Herminia apretó la mandíbula.

—En serio, chico, te dejo ciego —dijo levantando los dedos a modo de garras.

Se quedaron en silencio, lo que ayudó a que la tensión se rebajara poco a poco. La vieja había demostrado ser tremendamente sagaz. Cristian sonrió levemente, al menos ambos conocían un secreto obsceno del otro.

—Y, ¿dice que son moldes? —preguntó conciliador—. ¿De quién, si puede saberse?

—No, no se puede. No sea que me pidas alguno para metértelo vete a saber por dónde. —Se lo pensó un poco—. Pero te puedo decir que las personas de quien salieron los moldes… no saben que las poseo.

Se acercó a él con una sonrisa roedora y bajó la voz a un susurro.

—Menudo morbazo masturbarte con algo de otro a sus espaldas. Algo prohibido y vergonzante que solo tú conoces, ¿eh?, pequeño guarrete. Lo excitante que resulta estrechar su mano con una sonrisa franca, sin que llegue a imaginar, por lo más remoto, lo que acaba de suceder minutos antes en la intimidad de tu dormitorio.

«El Secreto del Cornudo», pensó Cristian para sus adentros y sonrió con ella.

—Pues sí, vieja zorra. Y hablar con segundas sin que se entere realmente de a qué te estás refiriendo. Aunque en su caso suene espeluznante.

La colleja se oyó hasta en el pasillo.

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Fin capítulo IX