Xtories

Unos vecinos influencers 3. Fichas sobre la mesa

La cena parecía normal, pero bajo la mesa, Teddy ya había iniciado el juego. No era solo una visita de vecinos; era una invasión de límites, una prueba de quién cedería primero ante la tentación prohibida. Y cuando la servilleta manchada tocó los labios de Clara, Armando supo que nunca más sería el mismo.

LuzOscura908.5K vistas9.1· 16 votos

CAPITULO 3

Fichas sobre la mesa

"Los juegos más peligrosos no tienen árbitro... solo cómplices que fingen no saber las reglas."

El reloj marcaba las 9:15 pm y el sonido de mis dedos tamborileando sobre la mesa de mármol resonaba en el silencio tenso del salón. Clara, sentada frente a mí, se ajustaba por tercera vez el escote de ese que la hacía irresistible.

Llevaba un conjunto deportivo color borgoña que resaltaba perfectamente su figura. El top, ajustado y de tirantes finos, dejaba al descubierto sus hombros y parte de su abdomen, revelando una silueta firme y elegante. El escote en forma de “V” marcaba su pecho, con un aire natural y atractivo.

El conjunto se completaba con unas mallas largas del mismo tono, de tiro alto, que se ceñían a su cintura y piernas como una segunda piel. El tejido liso y elástico marcaba cada línea de su cuerpo sin ser vulgar, mostrando con sencillez su belleza y seguridad. En la cadera, un pequeño logo apenas visible rompía la uniformidad del color.

En sus pies llevaba unas sandalias blancas, sencillas, dejando a la vista sus dedos bien cuidados. Sostenía el móvil en una mano, y en la otra jugueteaba con el tirante de su top. Su melena suelta caía sobre un hombro en ondas suaves, moviéndose con la brisa, mientras su mirada se perdía en algún punto, como si estuviera pensando en alguien.

—¿Crees que vendrán?— preguntó, pasando la lengua por sus labios recién pintados.

Mentiría si dijera que no noté cómo sus ojos brillaban al mencionarlo.

—Teddy no es de los que rechazan una invitación— respondí, tratando de disimular el nudo en mi estómago.

Clara se levantó y caminó hacia el espejo del recibidor, sus sandalias golpeando en el suelo como pequeñas palmadas. Observé cómo se mordía el labio inferior mientras se arreglaba un rizo rebelde. Ese gesto que solo hacía cuando estaba nerviosa.

—Es solo un crío— murmuró, como tratando de convencerse a sí misma.

—Un crío con los abdominales tallados por los dioses— solté sin pensar,

Clara giró hacia mí, una ceja arqueada y una sonrisa pícara jugando en sus labios.

—¿Celoso, cariño?

Era mi turno de sonreír.

—No. Es solo un niño, no puede hacer nada contra mí.

El rubor que subió por el cuello de Clara me hizo sentir una extraña mezcla de triunfo y culpa. ¿En qué demonios nos estábamos metiendo?

—Y tú— susurró ella, acercándose hasta que sus muslos rozaron mis rodillas— ¿No estás deseando ver a esa morenita de Lucy? La primera vez que la viste casi se te caen los ojos al suelo.

Recordé ese cuerpo de modelo victoria's secret metida en una camiseta de hombre holgada que le quedaba genial y ese tanga que se veía según el movimiento de la camiseta.

—Es demasiado buena para Teddy— dije, sintiendo cómo el calor se acumulaba en mi entrepierna.

Clara rió, una risa baja y cargada de malicia que hacía que mi sangre hirviera.

—Pues esta noche tendremos la oportunidad de ver quien es demasiado bueno para quien.

Ding-dong.

El timbre sonó como un disparo en nuestro pequeño mundo de fantasías compartidas. Clara y yo intercambiamos una mirada cargada de promesas y peligros.

—¿Lista para esto?— pregunté, sintiendo cómo mi corazón aceleraba su ritmo.

Sus dedos se entrelazaron con los míos por un segundo antes de soltarme.

—Nunca lo estuve más— susurró, mientras caminaba hacia la puerta con esa oscilación de caderas que sabía que volvería loco a Teddy.

Y a mí.

Mis dedos se cerraron alrededor del pomo, frío bajo mi palma sudorosa. Respiré hondo—demasiado tarde para arrepentirme ahora—y giré la manilla.

Dios mío.

Apareció en el marco de la puerta como una aparición: La luz dorada del atardecer acariciaba su piel mientras ella caminaba con una tranquilidad que hipnotizaba. Llevaba una camisa blanca de manga larga, ligeramente holgada, con los puños bien marcados y el cuello abierto, que dejaba ver su cuello y parte de sus clavículas. La camisa era corta, lo justo para dejar al descubierto su vientre plano y delicado, añadiendo un aire fresco y juvenil a su estilo.

Combinaba esa prenda con una falda corta de tono caqui, de tablas bien marcadas que se movían sutilmente con cada paso. La falda, ajustada en la cintura, resaltaba sus caderas y alargaba visualmente sus piernas, que parecían iluminarse con el reflejo del sol.

Su cabello largo y liso caía ordenado por la espalda, brillante, sujeto a un lado con dos hebillas blancas que le daban un toque dulce y femenino. Su rostro, sereno, mostraba una expresión suave, como si disfrutara del momento en silencio, sin prisas, con una pequeña sonrisa que hablaba más que mil palabras.

Era una imagen sencilla, pero llena de encanto. La mezcla entre lo casual y lo delicado la hacía destacar sin esfuerzo, como si su estilo fuera una extensión natural de su forma de ser.

—Hola, vecino— susurró

Teddy apareció tras Lucy, apoyando un brazo en el marco de la puerta con esa confianza de quien sabe que todos los ojos se giran hacia él.

Llevaba una camisa hawaiana de manga corta, abierta un botón más de lo necesario, dejando ver el contorno de sus pectorales marcados y esa línea oscura que se perdía bajo el borde del pantalón. Las flores rosas y azules de la tela contrastaban con su masculinidad, como si se riera de los convencionalismos. Los monigotes bordados parecían bailar sobre su torso con cada respiración, dibujando un camino hacia su abdomen plano y definido.

Sus pantalones de lino beige, holgados pero no demasiado, caían perfectamente sobre sus caderas estrechas, marcando el v de su pelvis con una elegancia casual. La tela, ligera y fresca, se movía con sus pasos, insinuando la potencia de sus musculosas piernas sin necesidad de mostrarlas.

En sus pies, unos mocasines de cuero marrón sin calcetines le daban un aire despreocupado, como si acabara de llegar de un yate en Ibiza. Sus tobillos dorados, fuertes y definidos, completaban la imagen de un hombre que sabía exactamente el efecto que causaba.

Su pelo, más despeinado que de costumbre, caía sobre su frente con estudiado descuido, y sus ojos verdes brillaban con esa mezcla de diversión y desafío que hacía que Clara se mordiera el labio sin darse cuenta.

Mi instinto fue buscar sus ojos verdes… y los encontré fijos en Clara.

No en su rostro.

No en su sonrisa.

En el escote que se agitaba con cada respiración acelerada. Como un hombre que ya había decidido exactamente cómo la desvestiría.

Mi mujer, mi Clara, tragando saliva cuando Teddy le rozó los dedos al tomar su mano para el saludo.

Teddy tomó la mano de Clara con una elegancia exagerada, pero en lugar del habitual apretón, sus dedos se deslizaron lentamente por su palma, un roce calculado que hizo que los ojos de mi mujer se agrandaran por una fracción de segundo.

—Ya sé que es tu casa y tienes que ir cómoda, preciosa... —susurró, mientras su mirada recorría descaradamente su cuerpo— ¿Pero un puto chándal? Hizo un gesto dramático con la mano libre— Con lo que te gusta presumir de esas curvas... esperaba algo más... provocador.

Clara soltó una risa ahogada, pero no retiró la mano de inmediato.

—¿Provocador? —repitió, arqueando una ceja con esa mezcla de indignación y coquetería que solo ella dominaba— ¿Como qué, Teddy? ¿Querías que recibiera a tu novia en lencería?

Teddy se mordió el labio inferior, los ojos brillando con malicia.

—Novia, qué va... —dijo, acercándose lo justo para que Clara sintiera su aliento— Si viniera sola, habría pedido que ni siquiera te molestaras en vestirte.

El ambiente se electrizó.

Clara, en lugar de apartarse, le dio una palmada en el pecho con el dorso de la mano, fingiendo exasperación.

—Eres imposible —murmuró, pero el rubor en sus mejillas delataba algo más que irritación— Y por cierto... —añadió, bajando la voz hasta casi un susurro— Si de verdad crees que este chándal es cómodo, es que no tienes ni idea de mujeres.

Lucy dejó escapar una risa baja, como el tintineo de cristal roto, mientras se acercaba a Armando con pasos lentos. Sus dedos, fríos y perfectamente manicurados, se cerraron alrededor de su muñeca con una presión que no invitaba a moverse.

—Ay, Teddy, cariño— dijo, arrastrando las palabras como si estuviera hablando de un niño travieso—. ¿Otra vez intentando impresionar a la señora con tus piropos de baratillo?

Armando, sintiendo la piel de Lucy arder contra la suya, no pudo evitar esbozar una sonrisa.

—No le hagas caso, Lucy— murmuró, acercándose lo suficiente para que el perfume de ella le envolviera—. Es que mi mujer tiene ese efecto en los hombres... les vuelve tontos.

Clara lanzó una mirada asesina a Armando, pero Teddy se rió, disfrutando del juego.

—Tontos, no— corrigió Teddy, pasando un brazo por encima de los hombros de Lucy con familiaridad—. Solo... conscientes. Muy conscientes.

Lucy, sin soltar a Armando, giró hacia Teddy con una sonrisa que prometía venganza.

—Pues deberías ser consciente de que estás a punto de quedarte sin cena si sigues así— dijo, señalando la bolsa de comida gourmet que habían traído—. A menos que prefieras seguir jugando al pirata galante.

Armando aprovechó el momento para acercarse a Clara, rozando su cintura con intención.

—Deja de provocarlo— susurré, apretando su cintura—. O ese idiota acabará inventando una excusa para quedarse a solas contigo... y no será para hablar de fútbol.

Teddy levantó las manos en señal de rendimiento falso, pero sus ojos seguían clavados en Clara.

—Tranquilos, tranquilos... solo era un cumplido— dijo, aunque su tono sugería que los cumplidos eran solo el principio.

Lucy, sin perder el ritmo, tomó la bolsa de comida y la agitó frente a todos.

—Pues vamos a cenar, que el hambre agudiza el ingenio... y aquí parece que ya hay demasiadas ideas peligrosas flotando.

Teddy, que no perdía ocasión de ser el mismo idiota de siempre, se lanzó como un jugador haciendo entrada.

—De eso nada, bombón— le espetó a Lucy, dándole un cachete casual en el trasero que hizo que Clara y yo nos miráramos—. Armando y yo habíamos quedado para ver el fútbol. Vosotras, a lo vuestro: preparad la mesa, poned bonitos los platos... Hizo un gesto circular con la mano— cosas de mujeres.

Silencio.

Lucy se quedó mirándolo con esa expresión que aterraba a cualquiera con dos dedos de frente. Clara, en cambio, soltó una carcajada.

—¿"Cosas de mujeres"?— preguntó mi esposa, acercándose a Teddy con pasos lentos—. ¿De verdad acabas de soltar esa mierda en pleno 2025?

Teddy, en lugar de echase atrás, le pasó un brazo por los hombros como si fueran colegas.

—Claro, preciosa. Y ahora que lo he dicho... Le guiñó un ojo— ¿te apetece demostrar que me equivoco?

Clara dejó escapar una risa lenta, demasiado dulce, mientras sus uñas rojas se cerraban alrededor del cuello de la botella de vino que sostenía.

—"Demostrarte lo equivocado que estás..."— susurró, inclinándose hacia Teddy hasta que su aliento le rozó la barbilla— "Sería demasiado fácil, cariño."

Un latido de silencio. Lucy y yo conteniendo la respiración.

—"Pero como buena anfitriona..."— continuó, pasando junto a él con un roce de cadera calculado— "Te serviré la cena en platos de mujer. A ver si así aprendes a valorar lo que realmente significa... poner la mesa."

Teddy se quedó mirándole el culo mientras se alejaba, la sonrisa congelada en sus labios.

El pasillo quedó demasiado estrecho cuando Clara desapareció hacia la cocina. Teddy, con esa sonrisa de lobo que me ponía los dientes largos, me empujó levemente contra la pared con su cadera.

—Pasa, colega— murmuró, demasiado cerca, mientras su mano "casualmente" se posaba en la espalda de Lucy.

Y entonces lo vi.

Sus dedos largos se enredaron en el borde de esa minifalda ridículamente corta. Dos dedos—pulgar e índice—levantaron la tela con precisión quirúrgica, revelando lo que no debería haber visto:

El tanga blanco de Lucy.

Minúsculo. Criminal. Pegado a esas nalgas perfectas como pintado por algún dios perverso. La tela transparente apenas cubría lo esencial, mostrando más sombra que piel.

Me quedé paralizado.

El corazón me latía en la garganta mientras mis ojos recorrían ese valle prohibido. Hasta que—

Teddy giró la cabeza. Nuestras miradas chocaron.

Él con esa sonrisa cómplice. Yo con la boca seca.

Un pestañeo. La tela cayó de nuevo sobre carne dorada antes de que Lucy notara nada.

—Cariño, el vino— dijo Teddy con voz demasiado inocente, apartando la mano como si no hubiera cometido ningún pecado.

Lucy pasó frente a mí, su perfume a vainilla y pecado envolviéndome.

Teddy caminaba delante de mí, sus hombros anchos oscilando con ese balanceo confiado de quien sabe que tiene el control. Yo todavía sentía el calor subiéndome por el cuello, la imagen de ese tanga blanco contra piel dorada quemándose en mi retina.

—Joder, Teddy...— alcancé a decir, agarrando su brazo para detenerlo antes de llegar al salón. Mi voz sonó más ronca de lo que habría querido— ¿Cómo coño has hecho eso con tu propia novia?

Teddy se giró lentamente, apoyando un hombro contra la pared. La luz del pasillo le cortaba la cara a medias, dejando sus ojos verdes brillando como los de un gato en la oscuridad.

—¿Hacer qué? —preguntó, fingiendo inocencia mientras se pasaba la lengua por los labios— No sé de qué me hablas, banquero.

Le di un empujón juguetón, notando bajo mis palmas los músculos duros de su pecho.

—Ese movimiento de mago con la falda, cabrón —susurré, incapaz de contener la sonrisa que me partía la cara—. Menudo culazo tiene Lucy... ¿Siempre lleva... eso puesto?

Teddy se rió, un sonido bajo y cargado de malicia que resonó en el pasillo. Se inclinó hacia mí, su aliento caliente rozándome la oreja.

—Solo los días que sabe que vas a estar cerca —confesó, dejando que sus palabras pesaran en el aire—. Aunque hoy se ha superado... normalmente el blanco lo guarda para ocasiones especiales.

Mi estómago dio un vuelco.

—Eres un puto enfermo —murmuré, sin poder evitar imaginarme a Lucy eligiendo esa prenda, sabiendo que yo podría verla.

Teddy se encogió de hombros, la camisa hawaiana abriéndose un poco más para mostrar ese pecho bronceado que tanto volvía loca a Clara.

—Entre amigos, lo que haga falta —dijo, dándome una palmada en el hombro que terminó en un apretón demasiado largo—. Pero que esto quede entre nosotros, ¿eh? Si Lucy supiera que te he dado un espectáculo privado... Hizo un gesto con la mano imitando un cuchillo cortando gargantas.

—¿Y si le digo que he visto a Clara mirándote como si fueras el postre? —contraatiqué, disfrutando cómo sus ojos se oscurecían de interés.

Teddy se ajustó el paquete con descaro, sonriendo como el gato que se comió al canario.

—Entonces tendremos que asegurarnos de que la cena sea... memorable para todos —susurró antes de darse la vuelta y continuar hacia el salón, dejándome con la sangre corriendo a lugares peligrosos.

El sofá crujió bajo nuestro peso cuando nos hundimos en él, el partido en la pantalla convertido en simple ruido de fondo. Teddy estiró sus piernas con esa arrogancia que le caracterizaba, sus músculos tensándose bajo el fino lino de sus pantalones.

—Menuda mierda de partido— escupió, lanzando el mando contra los cojines con desdén—. Pero qué más da, si el verdadero espectáculo está en la cocina.

Su sonrisa era una navaja sin filo, cortando el aire entre nosotros.

—Ya hemos hablado del culo de Lucy— murmuré, bajando la voz aunque sabía que las chicas no podían oírnos—. Pero tú no has dejado de mirar a mi mujer como si fuera tuya.

Teddy se rió, un sonido oscuro que resonó en mi pecho como un latigazo.

—¿Tu mujer? —Se ajustó el paquete con descaro, los ojos brillando con malicia—. Ah, sí... la famosa "Dueña de los Balones".

El mote aterrizó como una bofetada sin mano, dejando mi piel ardiendo de vergüenza... y algo más. Algo profundo y retorcido que me hacía tragar saliva con gusto. Me gustaba. Joder, cómo me gustaba oír ese apodo despectivo saliendo de su boca, sabiendo que cada vez que lo pronunciaba, manchaba un poco más el nombre de mi mujer entre nosotros. Era repugnante. Era excitante. Y lo peor de todo era que Teddy lo sabía - podía verlo en cómo sus labios se curvaban al decirlo, cómo sus ojos verdes me perforaban buscando esa reacción que tanto le divertía: el rubor que subía por mi cuello, el modo en que mis puños se cerraban... y cómo no podía evitar ajustar la postura para disimular la tensión en mis pantalones

—Joder, qué tetas tiene tu puta— continuó, pasando la lengua por los labios con una lentitud obscena—

Algo en mi estómago se retorció, pero no era ira.

—Cuidado con lo que dices— gruñí, pero mi voz sonó más ronca de lo que habría querido.

Teddy se inclinó hacia mí, su aliento caliente rozándome la oreja.

—¿O qué, banquero? —susurró—. ¿Me vas a pegar por decir lo que todos pensamos? O mejor... Sus ojos bajaron deliberadamente hacia mi entrepierna—. ¿Es que se te ha puesto dura escuchándolo?

El aire se espesó, cargado de electricidad.

—Depende— mentí, sabiendo perfectamente que era verdad—. Si fuera otro el que hablara así, ya estaría sangrando. Pero contigo...

Dejé la frase morir, pero mis ojos traicionaron mi pensamiento, bajando hacia sus pantalones.

Teddy soltó una carcajada, demasiado fuerte, demasiado íntima.

—Pues esta noche voy a hablar mucho de tu zorra, Armando— dijo, pasando un dedo por el borde de su lata de cerveza—. A ver hasta dónde aguanta tu... lealtad conyugal.

En la cocina, se oyó el sonido de cristales rompiéndose.

—Hablando de tetas... —murmuró Teddy, mirando hacia el pasillo con ojos de depredador—. ¿Cuánto apuestas a que mi novia lleva esa minifalda sólo para que tú la mires?

Y así, entre insultos y confesiones cada vez más sucias, el partido pasó a un segundo plano.

Teddy me lanzó una mirada cargada de promesas sucias antes de levantarse del sofá, ajustándose el bulto evidente entre sus pantalones de lino.

—"Quédese, banquero… Voy a ver qué ha pasado allí. Ahora vengo."

Su voz, grave y ligeramente burlona, resonó en mis oídos como una caricia prohibida. No pude evitar tragar saliva cuando sus dedos rozaron mi hombro al pasar, dejando una estela de calor que se me clavó bajo la piel.

Los minutos se arrastraron. El partido de fútbol en la pantalla era solo ruido de fondo frente al zumbido de mi propia sangre, demasiado caliente, demasiado rápida. ¿Qué estaría haciendo Teddy en la cocina? ¿Y Clara?

Mis dedos apretaron la lata de cerveza hasta que los nudillos palidecieron. Diez minutos. Solo diez minutos.

Pero cuando Teddy regresó, no venía solo.

Traía el aroma de Clara en su piel.

—"¿Y?" —le espeté, tratando de que mi voz no delatara el nudo de celos y morbo que me atenazaba el estómago.

Teddy se dejó caer en el sofá con esa arrogancia que lo hacía irresistible, sus ojos verdes brillando como los de un gato que acaba de robar la nata.

—"Tu mujer…" —susurró, acercándose hasta que su aliento, tibio y a menta, me rozó el labio— "…tiene unas manos muy hábiles."

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—"¿Qué coño quieres decir?" —gruñí, aunque una parte de mí ya lo sabía. Lo sabía.

Teddy sonrió, lenta, deliberadamente, antes de lamer su propio labio inferior como si estuviera saboreando algo dulce.

—"Que se le ha volcado el vino. Blanco. En mi camisa." —Su mano, grande y de venas marcadas, se deslizó por su pecho, como si estuviera recreando el momento—. "Y ha insistido en limpiármela… con sus propias manos."

El aire se espesó. Mi pulso acelerado resonaba en mis sienes.

—"Mentira."

Teddy se rió, un sonido bajo y cargado de malicia, antes de sacar algo del bolsillo: un botón.

—"Mira qué raro…" —murmuró, pasándolo entre sus dedos—. "Uno de los míos no estaba tan bien abrochado. Y al agacharse para ayudarme…"

Dios.

La imagen se materializó en mi mente sin permiso: Clara, de rodillas frente a él, sus uñas deslizándose por ese pecho bronceado, el escote de su top revelando más de lo debido…

Teddy arqueó una ceja, disfrutando de mi silencio.

—"No te preocupes, banquero. No pasó nada…" —Hizo una pausa, dejando que sus palabras pesaran en el aire como una amenaza—. "…todavía."

Y entonces, como si el universo conspirara, se oyó la risa de Clara desde la cocina. Demasiado alta. Demasiado nerviosa.

Teddy me guiñó un ojo antes de levantarse.

—"Creo que tu mujer me debe otro botón."

La voz de Lucy cortó la tensión como un cuchillo caliente en mantequilla. Lucy apareció en el salón.

—"Vengan, la cena está lista."

Se dio media vuelta, y esa maldita minifalda se movió justo como yo esperaba—un ligero vaivén que dejaba al descubierto el borde de su tanga blanco, una tentación cruelmente breve antes de que la tela volviera a caer sobre sus curvas perfectas. Dios mío.

Teddy se inclinó hacia mí, su hombro rozando el mío con una familiaridad que me hizo contener la respiración.

—"Te estás babeando, banquero," —murmuró, su voz un susurro caliente contra mi oreja—. "¿O es que nunca habías visto un culo tan perfecto?"

No respondí. No podía. Mis ojos estaban clavados en Lucy, en el modo en que sus caderas se balanceaban con cada paso, en cómo la luz del comedor acariciaba sus muslos dorados.

Teddy soltó una risa baja.

—"No te preocupes, no se lo diré…" —Su mano se posó en mi espalda, empujándome hacia adelante con una presión que no admitía negativas—. "A menos que ella misma te pille mirando."

El comedor olía a vino tinto y a peligro.

Clara ya estaba sentada, sus uñas golpeando ligeramente el cristal de su copa. Sus calculadores—se clavaron en mí, luego en Teddy, como si estuviera midiendo cuánto habíamos hablado.

Lucy se deslizó en su silla con una gracia que no debería ser legal, cruzando las piernas con lentitud deliberada. Maldita sea. La falda se abrió apenas lo suficiente para que viera un destello de blanco, solo un segundo, antes de que sus muslos se cerraran de nuevo.

—"Armando, cariño, siéntate," —dijo Clara, señalando la silla frente a Lucy con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—.

Teddy se rió, sirviéndose una copa de vino con una mano mientras la otra descansaba en el respaldo de la silla de Lucy, sus dedos rozando su hombro desnudo.

La mesa rectangular, cubierta con un mantel blanco impecable, rebosaba de platos que desprendían aromas tentadores. En el centro, una fuente de paella con azafrán dorado, gambas rosadas y trozos de pollo jugoso, los granos de arroz brillando bajo la luz cálida de las velas.

A su lado, un bol de ensalada fresca: lechuga crujiente, tomates rojos cortados en gajos y pepino en rodajas finas, todo espolvoreado con sal gruesa y un hilo de aceite de oliva virgen.

Frente a Clara, un plato de pulpo a la gallega, las patas tiernas y brillantes por el pimentón, acompañadas de patatas cocidas. Con el tenedor, pinchó un trozo y lo llevó a la boca con lentitud, los labios cerrándose alrededor del utensilio antes de retirarlo vacío.

Lucy, en cambio, tenía un filete de ternera jugoso, con su costra tostada y un pequeño charco de salsa de vino tinto que teñía el puré de patata cremoso que lo acompañaba. Cortó un pedazo pequeño, dejando que el cuchillo rozara el plato con un sonido que hizo que Teddy desviara la mirada hacia ella.

—"¿Te gusta la carne, Lucy?" —preguntó él, con esa sonrisa que siempre escondía algo más.

Ella sonrió, llevándose el bocado a la boca antes de responder: —"Cuando está bien hecha… mucho."

Entre nosotros, una bandeja de pan recién horneado, su corteza crujiente y miga esponjosa, junto a un cuenco de alioli que invitaba a mojar.

Yo tenía delante un arroz meloso con setas, cremoso y perfumado, los hongos silvestres mezclándose con el caldo reducido. Cada cucharada dejaba un rastro sedoso en el plato.

Clara alzó su copa de vino tinto, los dedos jugueteando con el tallo mientras miraba a Teddy por encima del borde.

—"Un brindis… por las cenas de los nuevos vecinos."

Teddy chocó su copa contra la de ella, sin apartar los ojos.

—"Brindo por eso."

El tintineo de las copas aún resonaba en el aire cuando Teddy, con esa sonrisa de "sé que estás mirando", deslizó su mano izquierda bajo la mesa. Su mirada no se apartó de la mía ni un segundo, como si estuviera desafiándome a seguirle el juego.

Y entonces lo hizo.

Con un movimiento calculado, se ajustó el cinturón y, sin el menor pudor, se sacó la polla por encima del borde del pantalón. Dios santo. Era gruesa, palpitante, con esa piel tersa que brillaba bajo la tenue luz de las velas. La tenía dura, evidentemente excitado, la punta enrojecida asomando entre sus dedos.

—Joder, qué pollón— pensé, tragando saliva. Era imposible no mirar.

Teddy captó mi reacción, sus ojos verdes brillando con malicia. Con calma, cogió la servilleta de lino blanco y la colocó sobre su regazo, tapando solo parcialmente lo que ya había dejado a la vista. Pero no antes de que yo viera cómo su pulgar rozaba el glande, un gesto rápido, casi imperceptible, que me hizo imaginarme cómo se sentiría ese mismo roce en mi mano... o en otro lugar.

Me miró, me guiñó un ojo y luego se reclinó en la silla, como si nada hubiera pasado.

—Este hijo de puta lo ha hecho a propósito. Sabe que no puedo decir nada. Sabe que Clara y Lucy no lo han visto. Sabe que me está provocando... y lo peor es que me gusta. ¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Desde que brindamos? ¿Desde que rozó a Clara con esa mirada de depredador?

Y ahora está ahí, con esa sonrisa de "¿qué vas a hacer ahora, banquero?", mientras su polla sigue ahí, dura bajo esa maldita servilleta que podría caerse en cualquier momento. ¿Espera que haga algo? ¿Que le devuelva el desafío? ¿Que le diga a Clara? ¿O que... me una a su juego?

Teddy tomó un sorbo de vino, los labios humedecidos por el líquido rojo oscuro, y susurró lo justo para que solo yo lo oyera:

—Relájate, banquero... esto solo está empezando

eddy golpeó su copa vacía contra la mesa con un clink exagerado y ladeó la cabeza hacia Clara, con esa sonrisa de niño malo que sabía que podía permitirse.

—*"Anda, tú, preciosa—** (la palabra sonó como un dulce envenenado) —aquí los dos hombres, secos como el Sáhara, y tú tan ricamente con tu vino. Levanta ese culo gordo y échanos, anda."

Clara soltó una carcajada, pero sus ojos brillaron con algo más que diversión—un destello de desafío. Con movimientos exagerados, se levantó y fingió una reverencia burlona, las manos en las caderas.

—*"¡A sus órdenes, señoritos!"—** dijo con voz de falsa sumisión, cogiendo la botella con ademán teatral.

Primero se inclinó hacia mí, vertiendo el vino tinto lentamente, su perfume a vainilla y algo más picante envolviéndome. Pero entonces, giró hacia Teddy... y ahí fue cuando la jugada se volvió interesante.

Se agachó demasiado, el escote de su top cayendo hacia adelante como una trampa perfectamente calculada. Sus pechos, generosos y apenas contenidos por la tela, quedaron a centímetros de la cara de Teddy. Él no se apartó. No, al contrario—inclinó la cabeza hacia delante, como si fuera a hundir la nariz en ese valle de piel dorada.

Yo lo vi todo, los ojos de Teddy, oscuros como el vino, recorriendo cada curva como si las memorizara. La lengua de Clara rozando sus propios labios, como si supiera exactamente lo que estaba provocando.Lucy, al otro lado de la mesa, congelada con su copa a medio camino de la boca, los ojos clavados en ellos.

—Joder, joder, JODER. ¿En serio está haciendo esto? ¿Está disfrutando que Teddy le devore las tetas con la mirada? ¿O solo está jugando? Y Lucy... esa mirada... ¿es celos? ¿O es... excitación?

Teddy, como si sintiera mi tensión, alzó la vista hacia mí sin separarse del escote de Clara. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, obscena, antes de murmurar:

—"Vaya vino... casi me ahogo."

Clara se enderezó de golpe, fingiendo indignación, pero el rubor en sus mejillas delataba otra cosa.

—*"Cuidado, señorito—** dijo, dándole un golpecito en el hombro con la botella— —que este servicio no incluye ahogos."

Lucy, por fin, reaccionó. Dejó su copa con un clink seco y dijo, con voz más ronca de lo habitual:

—"Pues yo diría que a este paso... el servicio va a incluir propina."

—"¿Qué tipo de propina quieres?" —repitió, arrastrando las palabras mientras su pulgar dibujaba círculos en el borde de su copa—. "Algo que... valga la pena recordar."

Lucy, sin perder la compostura, interceptó la mirada lasciva que Teddy le lanzaba a Clara y dijo con voz melosa:

—"Un abrazo estaría bien."

Clara soltó una risita cómplice: —"Eso, un abrazo. Nada demasiado generoso."

El problema era evidente.

Teddy y yo intercambiamos una mirada rápida. Él no podía levantarse sin que la servilleta cayera y revelara lo que aún escondía bajo la mesa. Noté cómo sus muslos se tensaron, conteniendo una sonrisa salvaje.

—"Si te portas bien..." —dijo Teddy, clavando los ojos en Lucy con una intensidad que hacía que hasta el aire pareciera vibrar— "...te lo daré cuando me vaya. Si la cena termina de convencerme."

Lucy lanzó un suspiro exagerado, reclinándose en su silla con gesto teatral: —"Vaya novio más estúpido me eché."

Clara, disfrutando cada segundo, le dio un empujón suave con el hombro: —"No te preocupes, cariño... todos son iguales."

oder, esto es surrealista. Teddy está a un movimiento de quedar expuesto, Lucy juega al despiste como una maestra, y Clara... Clara parece disfrutar viéndome sudar. ¿Cuándo se volvieron tan peligrosas?

Teddy, astuto como siempre, aprovechó el momento para ajustarse discretamente bajo la mesa, la servilleta amenazando con ceder.

Las chicas hablaban de spinning y dietas, sus voces convertidas en un murmullo lejano. Yo sabía que debía apartar la mirada, pero era imposible.

Teddy no se limitó a ocultarse. No.

Con movimientos obscenamente lentos, frotó la servilleta de lino blanco contra su erección, la tela arrugándose alrededor del contorno obsceno. Dios mío. La tenía gruesa, con esa vena prominente que recorría el lateral, el glande húmedo ya manchando la tela. Y lo peor: sabía que yo lo veía.

Sus ojos verdes me perforaron mientras su mano se movía con una languidez que me hizo tragar saliva.

¿Este imbécil tiene alguna imperfección?

La pregunta me surgió como un mecanismo de defensa, pero incluso mi desprecio se convertía en combustible para él. La forma en que el prepucio se retraía ligeramente con cada roce, el modo en que los testículos se tensaban contra el cuerpo... Era perfecto. Y lo sabía.

De pronto, con un gesto brusco, se metió la polla de nuevo en los pantalones y se levantó. La servilleta, ahora arrugada y húmeda, colgaba de su mano como un trofeo.

—"Uy, Clara... tienes algo en el labio", murmuró con falsa dulzura.

Y entonces ocurrió.

Pasó la servilleta manchada por la comisura de sus labios, arrastrando el rastro de su excitación sobre la piel de mi mujer. Clara parpadeó, confundida al principio... hasta que olió. Hasta que supo.

Mis pensamientos se dispararon en cascada.

El calor me inundó la entrepierna al ver su esencia en su boca. ¿A qué sabría? ¿Salado? ¿Amargo? Por otro lado sentía rabia impotente: ¿Cómo se atreve este cabrón? Pero mis puños permanecieron cerrados sobre mis muslos, sin levantarse.

Senti sumisión revelada: Teddy me miró entonces, y en ese instante lo supe todo. Él sabía que jamás lo detendría. Que alguna parte de mí... quería ver hasta dónde llegaba.

Clara pasó la servilleta manchada por su labio inferior con movimientos lentos, deliberados, manteniendo la mirada clavada en Teddy.

—"¿Ya? ¿Me lo he quitado ya?"

Teddy no respondió de inmediato. Se limitó a estudiar su rostro con esa mirada de depredador que lo delataba, los labios curvados en una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—"Déjame ver..." —murmuró, inclinándose hacia adelante como si fuera a examinarla.

Su aliento, cálido y cargado de cerveza y menta, le rozó la piel. Clara contuvo la respiración sin darse cuenta, los dedos apretando la servilleta hasta arrugarla.

Teddy alargó un dedo y rozó la comisura de sus labios con una suavidad que contrastaba con la crudeza de la situación.

—"Sí..." —dijo al fin, retirándose con esa sonrisa de lobo satisfecho—. "Ya no tienes nada."

Teddy no rompió el contacto visual conmigo ni un segundo.

—"De nada", dijo, dejando caer la servilleta sobre el plato de Clara con un plop obsceno.

En ese momento, mi mundo se partió en dos, tenía que haber sido el marido que debería haberle partido la cara.

Teddy se dejó caer en la silla junto a mí, su muslo rozando el mío con una familiaridad que me hizo apretar los dientes. No lo miré. No podía mirarlo. Pero sentí su sonrisa como un cuchillo entre las costillas.

—"Chicas, os dejamos un rato solas" —anunció Teddy, estirándose con esa arrogancia de hombre que sabe que ha ganado—. "Vamos a terminar de ver el partido."

Su mano se cerró alrededor de mi muñeca con una presión que no era negociable. Demasiado caliente. Demasiado cerca. Me levantó casi sin esfuerzo, como si mi resistencia (que no existió) no hubiera importado.

Lo peor era que él lo sabía todo,la rabia que me tensaba la mandíbula, la erección que me marcaba el pantalón y la cobardía que me impedía decir no.

Lucy nos lanzó una mirada entre divertida y exasperada: —"Ah, sí, el partido..." —hizo comillas con los dedos— "Seguro que va a ser emocionante."

Clara no dijo nada. Solo observaba, los dedos jugueteando con el borde de la servilleta manchada que ahora descansaba junto a su plato.

Teddy me arrastró hacia el salón, su voz un susurro en mi oído: —"Relájate, banquero... solo es un juego."

—"Venga, hombre, no te pongas así" —dijo, la voz más baja, casi conciliadora—. "Era una puta broma. ¿En serio crees que iba a...?" Dejó la frase morir, encogiéndose de hombros como si todo hubiera sido un malentendido.

Yo respiré hondo, fingiendo alivio. Como si no supiera que mentía.

—"Joder, Teddy" —mascullicé, pasándome una mano por la cara—. "No jodas así con Clara. No está bien."

Él asintió, grave, pero sus ojos brillaban.

—"Tienes razón. Una estupidez. No volverá a pasar."

Mentira. Los dos lo sabíamos.

Teddy se acercó al minibar y sacó dos cervezas, descorchándolas con el mismo cuchillo que antes había usado para cortar la carne. Me lanzó una.

—"Paz?"

La atrapé al aire. El cristal sudaba en mi mano.

—"Paz" —mentí, brindando con él.

El trago amargo me bajó por la garganta mientras escuchábamos las risas de las chicas desde el comedor. Teddy se recostó en el sofá, estirando las piernas.

—"Oye, de verdad... ¿crees que el Rayo remontará?" —preguntó, señalando el partido.

Me reí, amargo pero sincero, dejando la cerveza sobre la mesa con un golpe seco.

—"Me importa este partido una mierda, Teddy. Igual que a ti."

Él soltó una carcajada, genuina por primera vez en toda la noche, y se pasó una mano por el pelo despeinado.

—"Joder, banquero... tienes razón." Se inclinó hacia adelante, codos sobre las rodillas, mirándome con esa media sonrisa de pillo arrepentido. "Mira, me he portado como un idiota. Te debo una."

Teddy sacó el móvil, deslizó el dedo por la pantalla y me mostró una foto. Lucy, de espaldas, en la playa, el tanga blanco transparente por el agua.

—"Para empezar a pagar mi deuda" —dijo, pasándome el móvil—.

Teddy soltó una carcajada gutural al verme pegado a la pantalla de su móvil, mis ojos devorando cada píxel del trasero perfecto de Lucy.

—*"Si cada vez que la líes me vas a enseñar una foto del culo de tu novia...—** dije con voz ronca, haciendo zoom en la curva donde el tanga se hundía entre sus nalgas— creo que vale la pena todo."

Él se ajustó el bulto evidente en sus pantalones, sin disimulo.

—*"Estás salido, banquero"**, se rió, pero su respiración se aceleró cuando continué:

—*"¿Y tú no? Te morirías de ver a mi mujer en bikini... Fliparías con los que se pone."**

Teddy se quedó quieto. Demasiado quieto. Esa sonrisa de depredador apareció lentamente.

confesó, pasándose la lengua por los labios— Ahora me ha entrado un nuevo deseo.

—*"¿Qué tal si...—** Teddy se inclinó hacia mí, su aliento caliente en mi oreja—...me muestras uno de esos bikinis de Clara? A cambio..."

Su mano deslizó otra foto en el móvil. Lucy, esta vez de frente, el bikini blanco transparente por el agua, sus tetas pequeñas pero perfectas completamente libres.

Mi polla palpitó en los pantalones.

—*"O mejor aún...—** añadió, bajando la voz a un susurro obsceno—...¿por qué no me prestas uno? Solo por un día. Te juro que te lo devolveré... sin manchas."

La cerveza me ardía en la garganta cuando solté la bomba:

—"Te lo puedo dar... pero Clara no puede enterarse nunca."

Teddy se inclinó hacia mí, los codos sobre las rodillas, la sonrisa creciendo lentamente.

—"Mi boca es una tumba", juró, cruzándose los dedos sobre el pecho con una solemnidad falsa que nos hizo reír a ambos.

Entonces le planteé la pregunta clave, señalando su móvil donde aún brillaba la foto de Lucy:

—"¿Para qué coño lo quieres si no se lo vas a poner a Lucy? Clara tiene mejores tetas, no usan la misma talla..."

Teddy se reclinó en el sofá, las manos detrás de la nuca, exhibiéndose como un gato satisfecho.

—"Imaginación, banquero. Imaginación." Hizo un gesto vulgar con las manos— "No es para ella... es para mí."

El silencio pesó un segundo demasiado largo.

—"¿Estás diciendo que...?"

—"Cuando me corro imaginando que son las tetas de Clara las que estoy chupando... quiero tener algo real..."

Hizo un gesto lento con la boca, los dientes blancos mordiendo el aire con obscena precisión.

—"...algo que huela a ella, que sepa a su sudor, que cruja cuando lo aprieto entre los dientes como si fuera su piel."

Mi polla dio un tirón violento dentro de los pantalones.

Teddy notó mi reacción, por supuesto. Sus ojos bajaron a mi entrepierna y sonrió, satisfecho, antes de añadir:

—"El bikini rojo. El que se transparenta cuando se moja. Para cuando quiera saborear lo que nunca me dejarás tocar."

El cabrón sabía exactamente cómo envolver la perversión en poesía guarra.

—*"Oye, Teddy..."** —dije de pronto, la voz más baja de lo habitual—. "En vez de dártelo... ¿por qué no te haces la paja aquí?"

Las palabras salieron solas, sin permiso de mi cerebro. ¿Qué demonios estaba sugiriendo? Pero el destello de sorpresa en sus ojos verdes, seguido de ese brillo de lujuria instantánea, hizo que mi estómago diera un vuelco.

Teddy me miró como si acabara de desafiarlo a un duelo.

—*"Aquí... ¿en tu casa?"** —repitió, arqueando una ceja con esa sonrisa de lobo que tanto me sacaba de quicio—. "¿Delante de ti?"

—*" No, en el baño "** conteste rápidamente, nos levantamos del sofá y fuimos a mi habitación.

La escalera hacia nuestro dormitorio crujía bajo nuestros pasos, cada peldaño un latido más fuerte en mis sienes. ¿En qué puto momento había aceptado esto? Teddy iba delante, su espalda ancha bloqueando la luz del pasillo, los hombros tensos de anticipación.

—*"Joder, banquero...—** susurró sin volverse— *nunca pensé que serías tan generoso."

Yo no respondí. Mis pensamientos eran un torbellino:

¿Y si Clara sube ahora?

¿Por qué coño mi polla está tan dura?

¿Cuánto tardará en correrse ese cabrón?

Al llegar al dormitorio, el aire olía a perfume de Clara y a limpieza. Abrí el cajón de la cómoda con dedos que temblaban levemente. Allí estaban: pilas de lencería ordenada, colores vivos que contrastaban con la madera clara.

El tanga rojo era casi un hilo, la tela tan fina que se doblaba entre mis dedos como papel de seda. El sujetador, conservaba la forma de los pechos de Clara.

Teddy resopló al verlos: —"Joder... no me imaginaba que tu mujer iba así de fresca."

—*"Te dije que Clara en bikini sorprende"**, respondí, con un orgullo perverso que me sorprendió a mí mismo.

Teddy cogió las prendas con reverencia, los nudillos blancos de tanto apretar.

—*"Cinco minutos"**, masculló antes de encerrarse en el baño.

El sonido del pestillo fue un disparo.

Me quedé pegado a la puerta, la oreja contra la madera. Primero solo silencio. Luego...Un gemido ahogado, el crujido de la tela siendo estirada, un golpe sordo (¿la espalda contra los azulejos?)y ese sonido... el de un hombre frotándose con desesperación, la respiración entrecortada, los dientes rechinando contra algo...

Cuando salió, Teddy estaba transfigurado: el pelo revuelto, el cuello enrojecido, el sujetador colgando de su boca como un trofeo, las copas claramente mordisqueadas.

—*"Tu mujer sabe a vainilla...—** farfulló, arrancando la tela de entre los dientes— *y hace ruiditos cuando la aprietas..."

Entré como un detective en la escena del crimen:el espejo empañado en forma de mano, la toalla arrugada en el suelo (¿se había sentado en ella?)

Y entonces lo vi...Los cepillos de dientes.

Los dos (el mío, el de Clara) estaban extrañamente húmedos.

—*"Hijo de puta...—** respiré, imaginando a Teddy frotándose contra el mango mientras olfateaba el sujetador— *¿En el cepillo de Clara?"

Desde la puerta, su risa fue un susurro victorioso: —"Le dejé blanco, banquero. Dile que... lo lave bien antes de usarlo."

El cepillo rosa brillaba bajo la luz del baño, las cerdas aún húmedas y pegajosas. Mis dedos temblaron al levantarlo, sintiendo el peso de lo prohibido.

El olor me golpeó primero ese olor a animal, inconfundible

Mis pensamientos se enredaron: "Joder... esto es asqueroso. Esto es excitante. Esto es su esencia mezclada con nuestro espacio."

Lo acerqué a mi nariz, inhalando profundamente. Sabía a victoria. A humillación. A un juego que ya no tenía reglas.

Cuando lo devolví al vaso, cuidadosamente sin enjuagarlo, nuestro reflejo en el espejo me delató: Teddy sonreía como un gato que atrapó dos pájaros con una sola zarpa.

—"A ella le gustará el nuevo sabor a menta", murmuró, ajustándose el paquete con descaro antes de salir.

El cepillo quedó ahí. La puerta entreabierta. Y yo... más duro que el mármol del lavabo.

El grito de Lucy nos sobresaltó a ambos, cortando la tensión como un cuchillo.

—"¡Teddy, nos vamos ya! ¡Es tarde!" —su voz sonó aguda, impaciente, desde el pasillo.

Teddy y yo intercambiamos una mirada cómplice, las sonrisas floreciendo en nuestros rostros al unísono. Él sabía que yo sabía. Y aun así, el juego continuaba.

Bajamos las escaleras encontrando a Clara apoyada en el marco de la puerta del salón, los brazos cruzados y una ceja arqueada.

—"¿Qué hacíais ahí arriba?" —preguntó, con esa voz que pretendía ser casual pero que llevaba un filo de sospecha.

Teddy, el muy cabrón, no se inmutó. Se llevó una mano al pecho con falsa inocencia.

—"Quería ver si vuestra habitación es como la mía" —soltó, tan tranquilo, mientras se ajustaba el cinturón con gesto casual.

Yo no pude evitar una risa ahogada. Mentiroso de mierda. Pero jugué su juego.

—"Sí, quería comparar" —asentí, mirando a Clara directamente a los ojos—. "Decoración, iluminación... ese tipo de cosas."

Clara nos estudió por un momento, sus ojos pasando de Teddy a mí, luego a mis pantalones (que aún delataban cierto... entusiasmo). Su boca se torció en una media sonrisa.

—"Aaaaaah" —soltó, alargando la vocal como si acabara de entender algo que no iba a verbalizar.

Lucy, golpeaba el suelo con la punta de su zapato.

—"Bueno, vámonos ya, que estos dos querrán dormir. Mañana es lunes" —dijo, aunque su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo, como si supiera perfectamente que dormir sería lo último que haríamos esa noche.

Teddy asintió con exagerada solemnidad.

—"Sí, es tarde ya" —convino, aunque sus ojos verdes brillaban con pura malicia.

Justo cuando Lucy ya tenía la mano en el pomo de la puerta, Teddy hizo un gesto dramático con los brazos.

—*"¡Ah, una última cosa!—** exclamó, como si acabara de recordarlo— *¡El abrazo que te debía, Clara!"

Antes de que nadie pudiera reaccionar, cruzó la distancia en dos zancadas y la envolvió en un abrazo que era cualquier cosa menos casual.

Fue un abrazo de afirmación de poder, sus brazos musculosos la levantaron literalmente del suelo unos centímetros,su cara se hundió en su cuello, inhalando profundamente sus manos se extendieron demasiado bajo su espalda, los dedos rozando el borde de sus mallas, su entrepierna, aún notablemente excitada, presionó contra su vientre

Yo observé con una mezcla de rabia y excitación: —Joder, la está marcando como un perro orinando un poste. Y lo peor es que ella no se aparta. Sus manos están en sus hombros pero no lo empuja... ¿está disfrutando de esto?

Lucy reaccionó con un: —*"Teddy, por Dios..."** —pero su protesta sonó débil, sus ojos clavados en cómo los dedos de su novio se hundían en la carne de Clara.

Cuando Teddy finalmente la soltó (tras unos segundos que se sintieron como horas), Clara quedó despeinada, con las mejillas sonrojadas y la respiración algo acelerada.

—*"Vaya...—** logró decir, ajustándose la camisa— *...abrazas como un oso, ¿eh?"

Teddy solo sonrió, lamiéndose los labios de forma obscena antes de responder: —"Solo cuando vale la pena."

Su mirada voló hacia mí, desafiante, mientras retrocedía hacia la puerta donde Lucy lo esperaba con los brazos cruzados.

El mensaje era claro: "La he tocado. La he olido. Y podría haberla tenido... si quisiera."

Luz Oscura