Xtories

Sábado

Él instala el rastreador en su teléfono y la sigue a la habitación del motel. Desde la rendija de la cortina, ve cómo su jefe la domina, la marca y la exige que acepte su semilla. Ella gime, se resiste y negocia con el cuerpo, pero él solo quiere verla sucia. ¿Cuánto más puede soportar antes de que la fantasía se convierta en una realidad que destruya todo?

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Sábado, 3:17 p.m. El sol abrasador de diciembre se filtraba como cuchillas doradas a través de las persianas entreabiertas, iluminando motas de polvo que bailaban en el aire cargado de la sala. Ella emergió del baño como una visión pecaminosa: envuelta en una toalla blanca que se adhería a su piel húmeda y caliente, gotas de agua trazando caminos lentos por sus hombros desnudos y curvándose hacia el valle entre sus pechos plenos y firmes. Su cabello oscuro caía en mechones empapados, goteando sobre el piso con un "plop" rítmico que resonaba en mi cabeza como un tambor de guerra. Olía a shampoo de vainilla dulce y empalagosa, pero debajo acechaba ese aroma traicionero —un almizcle crudo de sexo rancio, semen seco y sudor ajeno que el jabón barato del motel no podía borrar por completo. Me miró con esa sonrisa pícara y falsa, los ojos cafes brillando con un cansancio fingido que ocultaba el fuego de su lujuria reciente, y se acercó contoneando las caderas anchas, rozándome el brazo con un roce eléctrico. "Amor, ¿qué tal si pedimos pizza? Estoy muerta de hambre después de ese turno infernal", dijo con voz ronca, como si las gargantas profundas de la noche anterior aún le raspasen la garganta.

Yo asentí, la boca seca, tragando saliva espesa mientras mi polla traidora se hinchaba dolorosamente contra la tela del bóxer, latiendo con un pulso propio y salvaje. Mientras marcaba el número de la pizzería con dedos temblorosos, mi mente era un torbellino de imágenes vívidas: el jefe, ese cabrón musculoso y dominante, descargándose dentro de ella en chorros potentes y espesos, su semen viscoso y blanco nadando furioso hacia su útero fértil, compitiendo por fecundarla mientras yo rezaba en silencio por un positivo que me destrozara el alma y me encendiera el cuerpo como nunca. Esa noche, cuando nos metimos a la cama, la ataqué con una urgencia animal, primitiva, que no podía —ni quería— disimular. La besé con labios hambrientos, saboreando el rastro salado de otra polla en su boca, y la penetré de un solo empujón brutal, sintiendo su coño aún hinchado y resbaladizo, chapoteando en los restos invisibles del semen del jefe. "Imagínate si quedas embarazada... sería perfecto, ¿no? Un hijo nuestro", le susurré al oído, mi voz un gruñido ronco mientras embestía profundo, mis bolas chocando contra su culo con un "plap" húmedo y obsceno. Ella se rio suave, pero noté el titubeo en su jadeo entrecortado, un leve estremecimiento de duda: "Ay, amor, no sé... todavía no es el momento. Vamos despacio." Me vine dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes inundándola, pero sus palabras se clavaron como una daga oxidada en mi pecho. ¿Despacio? ¿Conmigo sí, pero con ese hijo de puta del jefe, dejaba que la follara cruda, arriesgando todo?

Los días siguientes fueron una tortura exquisita, un infierno de celos ardientes y excitación perversa que me consumía las entrañas como ácido corrosivo. El puntito rojo en la app de rastreo —esa que instalé sigilosamente en su teléfono hace meses, camuflada como "localizador familiar" para no despertar sospechas— me alertaba con un pitido sordo cada "turno extra", cada mentira que salía de sus labios rojos y mentirosos. Motel mugriento con neón parpadeante, sala de descanso del hospital con olor a desinfectante y sexo prohibido, hasta el asiento trasero del carro del jefe en un estacionamiento subterráneo oscuro y húmedo, donde el vapor de sus cuerpos empañaba los vidrios como un velo de traición. Yo los seguía como un fantasma obsesionado, el corazón martilleándome en el pecho como un pistón desbocado, masturbándome en las sombras con frenesí mientras los veía follar como bestias en celo, sus cuerpos chocando en un ballet de sudor, gemidos y fluidos. Pero algo había cambiado, una grieta en su dinámica perversa: en cada encuentro, ella empezaba a resistirse con más fuerza a la obsesión del cabrón por preñarla, su voz temblando entre el placer y la firmeza, mientras él insistía con una malicia sádica que me hacía hervir la sangre.

Martes, 1:45 a.m. Motel de siempre, habitación 112, un antro de paredes sucias manchadas de humo viejo y fluidos secos, el aire espeso con olor a colonia barata, sudor rancio y panocha mojada. Llegué jadeando, el sudor pegándome la sudadera negra al cuerpo, y pegué el ojo a la rendija de la cortina raída, el aliento empañando el vidrio frío. Ella estaba montada encima de él como una amazona salvaje, cabalgándolo con una furia desatada, las tetas plenas y pesadas rebotando como locas con cada descenso brutal, pezones duros y oscuros —erectos como balas— rozando el pecho peludo y sudoroso del jefe, dejando surcos rojos en su piel. Su coño depilado e hinchado tragaba la verga gruesa y venosa una y otra vez, jugos transparentes y espesos chorreando por los huevos hinchados del cabrón, formando un charco pegajoso en la sábana arrugada y manchada. "Sí, papi, más fuerte... rómpeme", gemía ella con voz ronca y entrecortada, clavándose las uñas en los hombros anchos de él hasta sacar sangre, el culo redondo y firme subiendo y bajando con un ritmo hipnótico que hacía crujir la cama como si fuera a partirse. El jefe la agarraba de las caderas con dedos como garfios de acero, hundiéndolos en su carne suave hasta dejar moretones púrpuras que yo vería después, gruñendo como un toro enloquecido: "Te voy a preñar esta noche, puta casada. Llévate mi hijo a casa para que tu cornudo pendejo lo críe, besándote la barriga mientras yo te follo por el culo."

Pero ella sacudió la cabeza con vehemencia, mechones de cabello pegados a su frente sudorosa, sin dejar de moverse ni un segundo, su coño apretando la polla invasora como un puño húmedo. "No, jefe... no es buena idea. Sácala cuando te vayas a venir. No quiero riesgos, por favor", suplicó con un hilo de voz temblorosa, los ojos vidriosos por las lágrimas de esfuerzo y placer. Él se rio con una carcajada cruel y resonante, dándole una nalgada tan brutal que el sonido retumbó como un trueno, dejando la piel de su culo morada al instante, vibrando bajo la luz roja parpadeante del neón. "¿Qué? ¿Miedo de que el idiota de tu marido se dé cuenta cuando te hinches como una vaca preñada? Imagínate: tu barriga creciendo redonda y tensa, él besándote los pezones hinchados pensando que es suyo, mientras mi semen nada dentro de ti." Ella gimió más fuerte, un aullido gutural que reverberó en las paredes, pero insistió con firmeza desesperada, la voz ronca de lujuria y pánico: "No, en serio... sácamela. Vente afuera, en mis tetas o en la boca. No quiero un accidente, no ahora." El cabrón aceleró como un demonio poseído, follándola desde abajo con embestidas brutales y profundas que la hacían gritar de dolor y éxtasis, el colchón crujiendo y gimiendo bajo el asalto, bolas chocando contra su clítoris hinchado con un "plap-plap-plap" húmedo y obsceno. "Bien, zorra caprichosa... pero solo porque me excita verte suplicar como una perra asustada." Al final, cuando él estuvo al borde —la verga palpitando visiblemente, venas hinchadas como cuerdas—, ella se desmontó con un movimiento rápido y desesperado, arrodillándose entre sus muslos temblorosos como una sumisa devota. Abrió la boca ancha, lengua rosada y húmeda extendida como una alfombra roja, y el jefe se pajeó furioso con gruñidos animales hasta explotar: chorros blancos, espesos y calientes salpicándole la cara entera, los labios hinchados, las tetas relucientes de sudor, goteando por su barbilla en hilos pegajosos que caían sobre sus muslos. Semen caliente resbalando por su piel como lava, brillando bajo la luz roja como un trofeo de humillación. Ella lo lamió con devoción obscena, lengua girando para recolectar cada gota, pero no dejó que una sola entrara en su coño palpitante y chorreante. Después de un momento volvió a enchufarla, ahora en el sillon

"Te sientes tan apretada y húmeda, casada infiel... voy a inundarte hasta el útero, preñarte como a una yegua", rugía él con voz grave y dominante, agarrándole el pelo en un puño cruel y tirando hacia atrás para arquear su espalda hasta casi romperla, exponiendo su cuello. Ella empujaba hacia atrás con desesperación, gimiendo como una perra en celo: "Sí, fóllame duro... pero no adentro, jefe. Sácamela cuando te corras. Vente en mi culo, por favor, no quiero riesgos." Él la azotó con fuerza brutal, el sonido retumbando en la habitación vacía como un latigazo, dejando moretones que florecían en su piel pálida: "Eres una puta caprichosa y miedosa. Bien, te marcaré por fuera como a mi propiedad." Aceleró el ritmo a un frenesí animal, el "plap-plap-plap" de carne sudorosa contra carne resonando como aplausos obscenos, el sillón crujiendo y tambaleándose bajo el asalto. Hasta que se retiró en el último segundo con un gruñido de frustración, eyaculando sobre sus nalgas temblorosas: semen caliente y viscoso cubriéndole el culo como un glaseado espeso, goteando por la raja hasta rozar los labios hinchados de su coño pero sin penetrar, resbalando por sus muslos en hilos pegajosos. Ella se frotó el clítoris con frenesí desesperado, dedos resbaladizos en círculos rápidos, corriéndose con un aullido ahogado que reverberó en las paredes, su cuerpo convulsionando en oleadas de placer culpable, pero manteniendo ese control férreo sobre el riesgo.

Ella se arrodillo para chupar con devoción obscena en el espacio confinado, la cabeza subiendo y bajando con un ritmo hipnótico y voraz, labios rojos e hinchados estirados al límite alrededor de la verga, saliva espesa chorreando por el eje venoso y goteando sobre los huevos peludos. Ruiditos húmedos y ahogados, "glug-glug" de su garganta follada. "Trágatela toda, perra... voy a preñarte por la boca si no me dejas por el coño", bromeaba él con malicia sádica, agarrándole la cabeza y empujando profundo hasta hacerla toser y babear. Ella levantó la vista con ojos llorosos y enrojecidos: "No juegues con eso, jefe. No adentro, ¿eh? Solo afuera, en mi cara o donde quieras, pero no riesgos." Se montó encima en reversa, haciendo que sus cuerpos sudaran profusamente, follándolo con el culo rebotando en sus muslos musculosos, gemidos resonando como ecos en una cueva. Cuando él gruñó que se venía —la verga palpitando dentro de ella como un corazón desbocado—, ella saltó rápido con un jadeo de pánico, arrodillándose torpemente para recibir la carga explosiva en la cara y el pecho: semen salpicando su uniforme arrugado y sudado, marcándola como una puta personal, chorros calientes resbalando por su piel hasta manchar el asiento de cuero. Pero sin una gota en su interior fértil.

Yo volvía a casa cada vez más obsesionado, un manojo de nervios retorcidos y excitación enfermiza, el cuerpo temblando de adrenalina y semen seco en los pantalones. Ella llegaba oliendo a sexo crudo, a semen seco pegado en la piel y en el cabello, un aroma que me volvía loco. Yo la follaba en nuestra cama con una pasión renovada y brutal, imaginando que mi polla chapoteaba en los restos invisibles del otro, susurrándole al oído promesas de familia mientras empujaba profundo. Pero su resistencia me carcomía las entrañas como un cáncer delicioso: ¿por qué no quería ceder? ¿Una lealtad residual hacia mí, el esposo cornudo y patético? ¿O solo el pragmatismo frío de evitar un escándalo?

Una noche, mientras la penetraba en nuestra cama matrimonial —el colchón crujiendo bajo nuestros cuerpos entrelazados, su coño aún sensible y resbaladizo—, le susurré con voz ronca y desesperada: "Imagínate un bebé... sería hermoso, mi reina." Ella jadeó entre embestidas, su cuerpo temblando, pero respondió con firmeza: "No ahora, amor... no es buena idea, podría complicar todo." Y yo me vine dentro de ella con un rugido, pensando en cómo el jefe intentaría romper esa barrera una y otra vez, follándola hasta que su voluntad se quebrara como cristal. Porque sabía que no pararía, ese cabrón persistente y dominante.

El patrón se repitió como una pesadilla erótica interminable, cada encuentro más más cargado de tensión sexual y emocional el culo expuesto y tembloroso, ya marcado por nalgadas frescas que dejaban huellas rojas y ardientes como hierro al rojo. El jefe la penetraba por detrás con una furia salvaje y cruda, sin condón, la polla venosa desapareciendo hasta las bolas en su panocha hinchada, rosada y depilada, jugos chorreando por sus muslos internos en ríos

¿Por qué resistía tanto? ¿Por una lealtad residual hacia mí? ¿O solo por el terror de las consecuencias?