El encuentro - 03
La playa estaba vacía, el agua era transparente y nadie los veía. Solo el sonido de las olas y la respiración entrecortada de dos cuerpos que llevaban años deseándose en secreto. Mientras sus parejas creían que estaban lejos, el verdadero juego apenas comenzaba.
Ya habíamos hecho una amistad de esas de vacaciones, dos parejas que congenian y se llevan bien, y mas bien pronto comenzamos a hacer planes para ir juntos a algún lado. Casi siempre lo hablábamos en el desayuno o en la cena y quedábamos a una hora determinada abajo para ir donde fuera, y ese día habíamos decidido ir a una playa mas solitaria, algo alejada que mi marido conocía de cuando era joven y que se llegaba por un camino de tierra y era poco visible desde la carretera principal, de esas que casi solo conocían los de la zona, o alguien aventurero que se le ocurriese comprobar que habría al final de aquel camino.
A Armand se le había ocurrido pedir un picnic en el hotel y así equipados, si nos apetecía quedarnos en la playa en caso de estar a gusto, no habría problema por tener que buscar un lugar para comer, y con esa idea, cuando llegó la hora nos encantamos en el hall como en días anteriores.
Yo había elegido esa mañana un short y una camisita haciendo juego y justo al colocármelo me di cuenta de que o bien yo había engordado algo o la prenda había encogido porque realmente se me pegaba demasiado y lo peor es que no me podía abrochar la camisa, que tenía unos botoncitos de lazada, por completo.
No pasaba nada grave excepto que el escote era un poco más pronunciado de lo habitual, y decidí no ponerme el sujetador del bikini, ahora que había quedado claro que no lo íbamos a usar más que en la piscina del hotel. El short en cambio me quedaba como un guante, bien pegado al culito, pero sin apretar y lo único es que cuando me sentara en el coche tal vez me iba a quedar demasiado arriba, pero ya no tenía tiempo para buscar otra cosa, mi marido ya estaba en la puerta con las bolsas y listo.
Jorge tuvo el detalle de alabar la pamela que Clara lucía esa mañana de excursión, y la verdad es que estaba guapa, y Armand creo que quedó impresionado al verme tan juvenil y maciza aunque no dijo nada por eso de que no pareciese una obligada galantería para corresponder a la de Jorge, pero era bien visible que apreciaba mi modelito y los ojos no se apartaban de mi culito y la totalidad de las piernas que enseñé cuando me sujetaba la puerta para entrar en el coche.
En el trayecto Armand iba casi todo el tiempo mirando para atrás, hablando con nosotras, y estaba claro que era por mí porque sus ojos iban siempre al mismo sitio cuando volteaba la cabeza, que era a mi entrepierna, abultada y sobresaliente en esa postura sentada, marcándose todo el coñito sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, hasta que Jorge encontró el caminillo estrecho que nos iba acercando hasta la orilla del mar, y de pronto, tras descender una ligera cuesta, encontramos un paraíso con una pequeña arboleda, donde ya había algunos coches y hueco suficiente para dejar el nuestro.
Era una playa más bien estrecha, y de arena gorda pero no cabía duda que era tranquila y los bañistas escasos, casi todo parejas. Y casi en el centro, una sorpresa inesperada: un chiringuito de bebidas y de tablas de surf o pequeñas canoas, colgadas en estantes en las paredes de la caseta.
Y la segunda sorpresa es que la poca gente que estaba tumbada al sol, iba completamente desnuda. Nos quedamos un poco parados cuando nos dimos cuenta de este detalle, hasta que Armand dijo: qué más da? Ayer ya nos vimos todos en bolas en la noche y no pasó nada, no creo que esto sea un obstáculo para ninguno.
El y yo sabíamos que los cuatro habíamos hecho nudismo normalmente, porque lo habíamos hablado en las charlas nocturnas, de modo que jugaba con ventaja, y además nadie le importaba ese detalle efectivamente, ya habíamos ido cogiendo suficiente confianza los cuatro para no escandalizarnos.
Colocamos todo, las toallas y sombrillas y nos fuimos despojando de la poca ropa que llevábamos hasta quedar como todo el mundo y nos tumbamos al sol a relajarnos con el aire y la brisa fresca, hasta que un ruido lejano de motores rugiendo nos hizo levantar la vista para ver más allá otra vez supongo que los mismos aviones del otro día, y Clara y Jorge se sentaron para ver aquello que tanto les gustaba a ambos.
Armand y yo permanecimos tumbados mientras ellos sin hablar no quitaban ojos del cielo momento que vi sus ojos casi sonriendo fijándose en mi chochito aprovechando que ninguno de los otros dos estaba atentos a nosotros. Era un poco descarado, y me puse un poco roja, porque la verdad es que estaba allí expuesta con el coño depilado excepto una ligerísima pelusilla clarita que siempre me dejaba para no parecer desnuda, o por pudor, aunque la realidad era que me lo venia dejando así desde hace mucho tiempo porque me gustaba y me sentaba bien cuando en algún caso como este iba a ser visto por otra gente.
En un momento que estaban fuera de la vista haciendo alguna pirueta, Armand propuso alquilar unas canoas del chiringuito y dar una vuelta por la costa a ver que había más allá. Clara hizo un gesto de desgana, como diciendo: ya estas fastidiando con lo a gusto que se está aquí, y Jorge dijo que prefería quedarse allí ahora, que a lo mejor mas tarde. Armand me miró: y tú? Mire a Jorge, a ver qué cara ponía y me dijo casi lo esperado: Ve si te apetece, pero no os vayáis muy lejos.
Armand fue a la caseta, para hablar con el encargado y después de un buen rato vimos que descolgaba una de las canoas pequeñitas, más bien una tabla ancha, casi de surf, y la iba trasladando a la orilla, con los remos y otras cosas que no se apreciaba bien desde allí. Armand agarró un bolso, donde debía llevar dinero o la tarjeta, y me pasó una bolsa de plástico hermética para que metiera el bikini, la crema, o lo que se necesitase, agarró su bañador y con él de la mano regresó al chiringuito.
Me fui tras él, cuando acabó de arreglar todo ahí me explicó a mi pregunta:
- tenemos que llevar el bikini?
- No cuesta nada, por si acaso se necesita.
El encargado se acercó con una cuerda de nylon cuando Armand colocó la tabla flotando un poco mas adelante y me indicó que me sentase sobre ella a la jineta, para que me colocase el seguro por si nos caíamos al agua y que no perdiéramos la tabla. Era una cuerda de nylon, con una especie de esposas afelpada que había de llevar sujeta en el tobillo.
La verdad es que fue un poco violento cuando el hombre se acercó con la cuerda y se agachó para colocarla en el pie, con la cara a escasos centímetros de mi, y yo sentada con las piernas abiertas en la dichosa tabla. No pasaría nada si hubiese llevado la braga del bikini, pero así desnuda estaba con las piernas abiertas ante un desconocido que me debía de estar viendo hasta las amígdalas por la rajita abierta excesivamente por la postura.
Yo creo que era como la propina que el tío se cobraba con las mujeres que veía inexpertas y nerviosas, que obedecían sin poder decir nada porque temían hacer el ridículo o no sabían, como yo, que no era necesario tanto protocolo para engancharte a la tabla, y Armand no se dio cuenta, atento a lo suyo.
Y total, para que luego me indicara que me colocarse de rodillas sobre la tabla hasta que estuviéramos en aguas un poco más profundas. Vi que Armand se había colocado también el seguro y lo había enganchado con un mosquetón a la tabla, igual que yo y comenzamos a remar y alejarnos un poco de la playa, haciendo equilibrios por mi inexperiencia y Armand intentando que no zozobrase, hasta que al fin me indicó que ya podía bajar los pies y dejarlos colgando dentro del agua.
Cuando empezamos a remar, torpemente hasta que me fue indicando la manera más eficaz de hacerlo y como no inclinar demasiado el cuerpo para no hacernos caer, me pareció divertido y hasta gozaba con la sensación de que la barca avanzaba gracias a mi esfuerzo, ya que al quedar Armand detrás de mi no podía ver que era él, el pobre, el que realmente llevaba todo el esfuerzo de hacer que aquello avanzase. Me moví un poco para ver a los dos de la playa, que nos saludaban con la mano, riéndose al vernos en aquel chisme que para mí era más grande que el Titanic y otras veces más chico que una cascara de nuez.
Y poco a poco dejamos de remar, o lo hacíamos más despacio, para poder observar los peces y el fondo, y la verdad es que nunca se me había ocurrido que aquello fuera tan emocionante y divertido, hasta que vi que Armand en vez de mirar la ruta miraba fijamente en dirección al centro de la tabla, es decir, justo donde estaba colocado mi culito, en una posición abierta y supongo que enseñando todos mis secretos cuando me inclinaba hacia delante para empujar el remo sobre el agua.
En fin, la cosa no tenía más importancia, imaginaba, hasta que paramos en un sitio donde apenas cubría y eché una mirada hacia atrás y vi un pene enorme, apuntando hacia mí, brillante por el agua que salpicaba y con una punta desafiante y ancha, que me observaba amenazante.
Me reí, mientras le señalaba lo aparatoso de su excitación y señalando la playa cercana le grité que deberíamos aproximarnos un poco a la costa, para intentar remediar aquello, si es que tenía solución. Remábamos despacito, hasta que me indicó que subiera de nuevo las piernas a la tabla, soltase el remo y no me moviese demasiado para que él pudiera maniobrar hasta la orilla.
Era una playita de no más de diez metros de larga, de arena finísima y aguas increíblemente transparentes, rodeada por una paredes verticales de un acantilado que hacía casi imposible bajar mas que con una escala, y que se conservaba gracias a esa dificultad de acceso. No nos quitamos el seguro, no fuera a ser que la tabla se escapase y allí no habría donde refugiarse ni forma humana de salir, y nos tumbamos en la arena, hasta que todo en su sitio, me acerqué a él para ver como seguía esa entrepierna nerviosa.
No pude evitarlo, me gustaba desde que la vi, enhiesta sobre la tabla y apuntando hacia mí, la rodeé con mi mano, y fui descubriendo despacio ese capullo elegante, redondito y suave, con su boquita casi hablándome, pidiéndome que le prestase atención, con cara lastimera.
Le hice caso, y lo acaricie un poco, vibraba cuando tocaba algún punto sensible y Armand se encogía ligeramente, apretaba y bajaba y aquello se iba poniendo más grande, más duro, hasta que el deseo pudo sobre mi vergüenza y avancé la cara para darle unos besitos, luego unos toque con la lengua, que le hacían vibrar de nuevo, y después de mirarlo fijamente unos segundos, lo atrapé con mis labios y fui engullendo lenta y meticulosa, mojándolo con mi saliva, y dando mordisquitos, que le hacían dar saltitos y enervar el cuerpo.
Suspiraba y se ponía rígido, y entonces sentí su mano sobre mi culo apretando mientras decía: para, para. Le mire casi riendo: venga aguanta, que te está gustando. Pero él quería otra cosa, y cuando movió la mano di un gritito de dolor. Tenía arena y la estaba restregando contra la piel delicada y me rozaba, de modo que nos levantamos y nos metimos en el agua, para quitarnos todo bien, pero el momento había pasado, su pene se había aflojado y ya no se levantaba orgulloso apuntándome como antes.
- Ven, túmbate en la tabla
Me senté sobre ella, con los pies a los lados, como antes cuando me puso el seguro, y me hizo reclinar hasta quedar tumbada del todo, mientras las olas movían lenta y acompasadamente esa cama, y entonces se acercó y me dijo bajito: tenía ganas de probarte desde que te vi el primer día en el balcón y no sé si vamos a tener una oportunidad mejor.
Agachó la cabeza y la situó entre mis muslos, oliendo y rozando con sus labios la piel delicada en la parte superior, besaba y lamia hasta que llegaba a la confluencia y se retiraba. Sentía su roce y la piel se me erizó, los pezones duros se encogieron y casi dolían y cuando metió casi la nariz en el chochito, solo pude cerrar los ojos y dejarme hacer.
Ohhh, era increíble, no el acto en sí, si no las circunstancias y el escenario, flotando, sin sentir la gravedad y una boca nueva, unos dedos desconocidos para mi, acostumbrada al olor y las formas de Jorge, que hacían como mas indecente lo que estaba ocurriendo, lo prohibido y trasgresor, pero es que además… era un artista o yo lo había estado deseando desde que le vi en el balcón mirándome con solo las braguitas puestas el primer día.
Hurgaba y se movía dentro de mí, su lengua casi me llegaba hasta la garganta, rebuscando y sorbiendo mis jugos, mientras el agua fría penetraba de vez en cuando y encendía aun más mi ardor. Y siguió moviéndose por dentro, retorciéndose para revisar todo el interior bien, y luego salió despacito y quedó justo ahí, en el sitio exacto, sin moverse ahora, solo apretando y sintiendo como ese botoncito escondido surgía lentamente, lo iba destapando hasta que emergió por completo de su refugio y dio el primer lametazo.
Pegué un bote en la tabla, y bajé las manos para apretar su cabeza contra mi vientre. Agarraba el pelo y casi se lo arrancaba intentando retirarle de ahí, pero él seguía y seguía, incansable, sorbiendo y apretando con sus labios el botoncito donde todos los nervios se concentraban y enviaban al cerebro esas oleadas de placer que no me permitían estarme quieta, que me hacia arquear el cuerpo y caer de golpe, hasta que estallé, todo mi cuerpo se convulsionó y mis movimientos y saltos, chocando el culo contra la tabla, le impidieron seguir, mientras yo apretaba y apretaba su cabeza con fuerza sobre mi vientre, no dejándole que me abandonase, impidiéndole moverse y casi ahogándole., hasta que caí desmadejada y blanda sobre la tabla y el agua refrescó y en mi interior sentía el escozor de la sal y el abandono total de todo mi ser.
Me dejó un rato reponiéndome, mientras él se lavaba y enjuagaba y recogía las cosas que habíamos llevado en la bolsa hermetiza y la colocaba sobre la canoa, luego se puso el bañador y me preguntó que tal estaba, si podríamos partir, que ya se hacia tarde para devolver el bote. Me fui reponiendo y me coloqué también la braguita del bikini, como me aconsejó para hacer una entrada en la playa más discreta, porque ya no sabíamos si habría más gente o qué y allí ya cerca estaba feo vestirnos con apuro, como si hubiéramos hecho algo malo.
Habíamos hecho algo malo? Bueno, jajajaja, según se mirase, para mi si había sido muy bueno y Armand me dijo por el camino que tenía ganas de probar este coñito desde hacía ya unos años, y que ya podía morir tranquilo.
Partimos remando hacia el punto de salida, y ahora íbamos un poco más rápido, porque Armand me dijo que íbamos muy justos de tiempo y no quería que se enfadase el dueño del bote o nos cobrase una hora más por cinco minutos, y poco a poco divisamos nuestro chiringuito, y nos fuimos acercando a marcha más rápida de la que habíamos salido, distraídos mirando el mar y el fondo trasparente.
Todo seguía igual y en realidad creo que solo nos retrasamos un minuto o dos. No les veía en nuestro sitio, donde les habíamos dejado y supongo que estarían nadando por allí y ya cuando estábamos en pie firme sobre la arena y Armand y el dueño hablaban y este recibía la balsa intacta, los divisé no muy lejos, en el agua efectivamente, pero me sorprendió su comportamiento y llamé a Armand para que mirase.
Todo parecía normal, una pareja que retoza en el agua, pero lo bueno es que demostraban una familiaridad que no tenían cuando nos fuimos una hora atrás, tan tranquilos en la playa hablando de sus cosas y aficiones.
Por cómo se movían parecía una escena de Dirty Dancing, ella tomaba impulso y botaba hacia arriba, el agua apenas les llegaba a la cintura, pero justo en ese momento que nosotros mirábamos y puede que fuera casualidad, él la tenia agarrada del culo bien firme para intentar izarla más, y ella, apenas ya sin equilibrio, apoyaba sus pecho entre su cara, que quedaba oculta entre las tetas generosas.
Se rieron y Clara volvió a caer al agua salpicando todo alrededor y justo entonces nos vieron, saludando con grandes aspavientos hacia donde nos encontrábamos. Armand miraba intrigado, y no creo que estuviera molesto a pesar del erotismo implícito de la escena, porque en realidad la reacción de ambos al vernos no era de culpabilidad, mas bien de alegría al vernos regresar sanos y salvos.
Nos juntamos los cuatro en la sombrilla y toallas que estaban allí cerquita y les narramos la cala que habíamos descubierto, y el sitio tan exclusivo y paradisiaco que había allí cerca, a poco más de un cuarto de hora de remar, pero aunque preguntaron y se interesaron, no parecían muy entusiasmados por nuestro descubrimiento, o bien, no les apetecía nadar y remar para llegar hasta allí.
Pero en cambio, y según lo que había comentado con mi marido, este nos ofreció a todos ir con él al festival, estaba a una media hora de allí y seria un día de espectáculo inolvidable. Clara se quedo mirando a Armand, expectante y parecía estar rogando que dijera que si, y Armand me miro a mi, luego a Clara, y dijo mas o menos lo que habíamos casi pactado
- por qué no vais vosotros tres? A mí la verdad es que un día de pie y al sol, con ese ruido atronador sin parar…
- a mí tampoco me apetece - dije yo – pero vosotros dos podéis ir. A los dos os gusta eso y no tenéis porque privaros por un par de descreídos.
Clara se quedó mirando a Jorge, como una niña esperando un caramelo, y Jorge al fin le pareció bien, sólo sería más aburrido pero con ella ya tenía su público y alguien con quien compartir su afición. Había salido bien la cosa, todos tan contentos y cada loco con su tema. Y… nosotros al fin tendríamos el día libre para hacer lo que quisiéramos a nuestro aire, sin andar mirando a los lados ni escondernos.
* * *
Cuando llegamos a la playita conocida por Jorge y vi las caras de los otros al darse cuenta de que era una playa nudista, casi me da algo pensando que no les iba a gustar y nos teníamos que ir a buscar otro sitio, así que dije rápidamente:
- qué más da.
Y me quité todo rápidamente para quedar en bolas, y agarrar las bolsas buscando un sitio cómodo para colocar las toallas y sombrillas. Me siguieron todos, y no se veía a ninguno protestar, aunque estaba claro que sí les había pillado por sorpresa. Clara me siguió quitándose todo en un segundo y luego Jorge hizo mismo, guardando toda la ropa en la bolsa.
Miré a María José, que nos observaba con cara divertida y la vi al fin de pie y cerca, con ese conjunto de camisita y short que le quedaba ceñido y provocador, pero al tiempo, con su figura menuda y juvenil que conservaba bastante bien pese a los años, parecía una jovencita moderna, con el pantalón cortísimo y ceñido bien al culo y marcándose por delante hasta el dibujo de la vulva, sobresaliente y dividida en dos al introducirse la tela por lo ceñido de la prenda.
Seguí mirándola, ya sentado en la toalla, mientras se desabrochaba la camisa, que aunque parecía complicado por las lazadas, luego resultó que era de botones y lo demás era adorno. Botaron las tetas cuando echó los hombros hacia atrás para sacarse la prenda y a continuación se bajó el pantaloncillo, con bragas y todo, para quedar al fin como los demás.
Estuvimos un rato charlando, comentando la playa y el chiringuito, tan estratégicamente situado y pensamos que sería negocio en temporada alta, cuando eso estuviera mas lleno, porque parecía que tenía de todo. Y en eso aparecieron de nuevo, esta vez mas lejos, las siluetas de cuatro aviones que apenas se oían los motores, haciendo sus maniobras cerca de la costa.
Y ya volvimos a lo de ayer: dos mirando y otros dos buscando la manera de desaparecer y estar a solas un rato, aunque solo fuera un poco, algo para hablar y tocar, un poco de tiempo privado, pero que no pareciese sospechoso a los otros dos. Me puse en pie, delante de María José, y gracias a que aun no me había fijado bien en ella desnuda, pude comportarme con decencia, o más bien mi amiguito de abajo, se portó casi tranquilo y la hice un gesto con la cabeza, señalando al chiringuito.
Estuve hablando con el gerente, o lo que fuera, un tipo algo mayor, también desnudo, con un moreno como un tizón, bien quemado todo él por el sol, y con un rabo enorme colgando entre las piernas, que yo enseguida imaginé haciendo maravillas con las turistas en pelotas en esa playa tan tranquila.
No opuso reparos en alquilar la barca y más cuando le dije que tenía un titulo de patrón, pero que además solo pensábamos costear y pasar un rato. Me dijo cómo funcionaba, el precio, y se fue a prepararlo todo mientras yo regresaba para informar.
Tal y como esperaba, nos dejaron solos, y el plan salió a pedir de boca, agarramos un par de cosas, agua y algo de ropa y fuimos hasta el agua para embarcar. El truco de hacerla abrir las piernas sentada en la tabla, me pareció genial, y los dos nos quedamos como tontos mirando ese chochito totalmente abierto al estar a horcajadas mientras él le colocaba el arnés en el tobillo.
Fui todo el camino empalmado, con ese precios culo moviéndose mientras remaba con gracia a solo dos palmos de mi, y cuando divisamos la cala aquella estaba que no aguantaba mas, de modo que cuando me tumbé en la arena aquello quedó como un mástil apuntando al cielo. Ella intentó arreglarlo, pero a pesar mío, no era la mejor solución: yo la quería a ella, no deseaba dejarme con las ganas de probarla después de haberme corrido y quedado sin deseo, además de que debíamos regresar en no demasiado tiempo.
Preferí ser yo quien se la comiese, necesitaba ver como sabía, probarla y sentir su éxtasis, y lo mi ya sería cuando se pudiera estar mas tranquilos, aun así, con aquella comida de coño tan intensa, y según sentía su tremendo orgasmo, entre mis labios casi, y vi su cuerpo tensarse y a ella gritar de placer, no pude evitar correrme con la polla bajo el agua, y el mar llevándose por ahí esos millones de bichitos hasta que me quedé tranquilo, con mi cara en su vientre, sintiendo su olor y su calor en mi rostro.
El regreso fue rápido, y aunque el deseo se había apaciguado algo, mi polla volvió a crecer inesperadamente con el balanceo de su culo, de nuevo delante de mi vista, y el brillo de su cuerpo desnudo con el ligero sudor que lo adornaba.
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- Relato #241849— title-regex: contiguous parts (2 -> 3)
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