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El Club (1): Descubriendo la puta que llevo dentro

Siempre creyó que la infidelidad era un acto cobarde, hasta que sintió cómo su cuerpo la traicionaba con un desconocido. Ahora, una tarjeta negra y un número de teléfono la invitan a cruzar el umbral de lo prohibido, donde la cuñada que creía confidente no la juzga, sino que la libera. ¿Está lista para descubrir la puta que lleva dentro, o el miedo la detendrá antes de que el ascensor llegue al sé

Sylke and Friends49K vistas9.4· 49 votos

EL CLUB

Este relato forma parte de un experimento de relatos compartidos con diversos autores & autoras, lectores & lectoras de TR

El Club (1): Descubriendo la puta que llevo dentro

La primavera la sangre altera, pero yo jamás me había dejado llevar por mis instintos, por lo menos en público, en público me refiero a delante de otra persona.

Lo primero de todo, porque siempre he sido muy tímida y por supuesto también por mi educación, familia y entorno, en donde siempre he guardado las formas escrupulosamente. Mi matrimonio, mis hijos habían contribuido a tener una vida normal, equilibrada, sin sobresaltos, pero desde hace meses mi cuerpo y mi mente me pedían salir de ese bucle. Aún no he llegado a la crisis de los cuarenta, pero andaba cerca y creo que me adelanté empezando a sentir esas ganas de jugar a lo prohibido, a entrar en los terrenos del pecado, no lo sé.

Siempre he odiado la infidelidad, me parece algo rastrero, traicionero, una manera de menospreciar a tu pareja, por eso cuando sabía de alguna, la repudiaba, casi con rabia, porque me parecía un acto cobarde por parte del o de la infiel. Otra cosa que siempre me ha hecho gracia, es lo de echarle la culpa al amante, pero no, la culpa es de quien engaña a su pareja y punto.

En mi caso... ¿Cómo ocurrió?... No lo sé, creo que todo empezó como un juego, que día a día se fue complicando, y mi feminidad junto a mis hormonas revueltas, ganaba terreno sobre la sensatez. Primero busqué mis momentos íntimos en solitario para disfrutar y la mente es libre e infinita a la hora de fantasear; mi marido o estaba ausente o con la mente en otras cosas, por lo que la única forma de calmar cuanto me estaba ocurriendo fue recurrir a mí misma. Nunca traspasé esa frontera de la mente, aunque llegué a los límites soñando que era otro el que me follaba y no Pablo, mi marido y que era otra la polla que tenía entre mis labios... hasta el punto de cogerlo por costumbre, dándome cuenta de que eso me ponía más que el hecho de hacerlo con él, porque yo en mi mente lo hacía con otro o con otros.

Tampoco le puedo echar la culpa a la monotonía, al aburrimiento, ni quiero poner excusas, pero una a veces se siente sola y abandonada. Por supuesto tampoco era culpa de mi amado esposo, supongo que él tenía la misma sensación, los mismos pensamientos, o quizás no, pero la rutina nos aplastaba hasta hacerlo casi como autómatas, pero metidos en nuestros respectivos mundos.

Javier, en cambio, supo hacerme reír, como hacía tiempo, hacerme sentir y poder dejar entrever quién era yo en realidad bajo esa densa capa social y bajo esos prejuicios. El momento, el lugar, la situación, tampoco lo sé, pero en pocos minutos fue desnudándome, y casi sin darme cuenta me encontré coqueteando con él, en mi cabeza ya había llegado mucho más lejos, en el primer día de esa convención, y mis dedos ya se habían convertido en los suyos más de una vez antes de esa noche.

Coincidir en aquel evento empresarial a miles de kilómetros de casa, compartir ese café en el desayuno, intercambiar miradas en la aburrida charla que nos daba el ponente de turno. No lo sé, ni cómo empezó todo, pero aquella noche me transformé. Recuerdo haber tomado esa última copa en el bar, junto a Javier, charlando sobre nimiedades, pero cómo nuestros dedos se cruzaron, en esa lucha por querer asignar la consumición a nuestras respectivas habitaciones.

- No, pago yo, Carmen. - me insistía Javier.

- De eso nada, ayer me invitaste tú.

- Insisto, la idea de tomar la copa fue mía. - añadió él, sosteniendo mi mano en la suya, haciéndome sentir esa fuerza, esa seguridad...

Sentir sus dedos, su mirada, su sonrisa, y mi cuerpo con unas tremendas ganas de sexo, no sé por qué, pero de mi boca salió:

- Vale, pues te invito yo a la última en mi habitación.

Noté mis mejillas ardiendo, pero él noto mi turbación y se limitó a sonreír, pero, antes de que me arrepintiera, añadió:

- ¡Hecho!

Pude y debí parar todo aquello, pero no lo hice, creo que no llegué a pensar en mi marido, ni en las consecuencias de que un hombre entrase en mi habitación y mucho más allá, dentro de mí. Cuando cruzamos la puerta de mi habitación, Javier quiso despejar mis dudas y no me dejó pensar. Mi chaqueta salió volando mientras su boca devoraba la mía, sus hábiles dedos habían bajado la cremallera de mi falda hasta hacerla caer entre mis piernas. Su mano se apoderó primero de mi pecho, luego de mi sexo y un minuto después yo estaba soltando su cinturón para acabar ambos desnudos sobre mi cama en asombrosa velocidad. Me arrodillé frente a esa polla enhiesta, no volví a pensar, no estaba borracha, tampoco puedo achacarlo a eso, aunque si algo mareada, pero pude frenar y no lo hice, la engullí, sí, casi con ansia, haciéndola sonar en mi garganta, logrando hacerme sentir muy mujer con sus gemidos y subirme sobre ella, clavándomela de golpe para sentir como otra polla entraba en mí, no era la de siempre; era otra y me sentí plena en un orgasmo increíble, gracias a Javier que supo hacerme feliz y deseada como hacía mucho tiempo.

A la mañana siguiente, Javier había desaparecido a primera hora en un vuelo que le separó de mí eternamente porque seguramente nunca más sabría de él, ni tan siquiera nos intercambiamos los teléfonos.

¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿cómo no había podido controlar esta situación? yo no era ese tipo de mujer, yo no era una infiel. Estaba tan avergonzada y arrepentida que incluso me negaba a mí misma que hubiese disfrutado como había hecho. Había superado con creces cualquiera de mis aventuras imaginarias, mis orgasmos, si, en plural, habían sido tan intensos que me asuste de mí misma. Yo no era la más puta pero tampoco era una monja, aunque no había sentido nada igual, o tan solo no lo recordaba. De haber sido infiel anteriormente, pude serlo con alguien de mi entorno, no sé, del que me hubiese sentido atraída de años, un compañero, un vecino, algún amigo... candidatos muchos, no lo niego, pero fue con un absoluto desconocido, casi en cuestión de horas.

Tenía la cabeza hecha un lio, yo amaba a mi marido, y sabía que esto no podía volver a pasar, pero en mi mente, que jugaba otro juego, estaba contando los días para volver a sentir algo así de nuevo. Mi cuerpo había descubierto algo que mi mente luchaba por rechazar. No, tampoco me enamoré de Javier ni nada parecido, no es que fuese el amante perfecto, pero sí el que encontró la espoleta.

Necesitaba ayuda, eso estaba claro, alguien que me ayudara a poner mis ideas en orden, que no me juzgara y que fuera sincera. El problema era que mi confidente y mi amiga era nada menos que mi cuñada, la hermana de mi marido. Ella es una mujer liberada, soltera, divertida, que me había ayudado mucho a lo largo de los años, con otro tipo de problemas, naturalmente, pero con ella había sido capaz de hablar de todo y siempre con una complicidad tremenda, pero claro, era la hermana de Pablo, y si se lo contaba...

- Dime Carmen – contestó Eva a mi llamada.

- ¿Tienes quince minutos antes de que salga mi tren?

- Para ti, siempre, guapa. - respondió queriendo sacarme un adelanto, pero preferí hacerlo todo en vivo.

Siempre es tan fácil hablar con Eva, y siempre dispuesta a que nos veamos, tenía tiempo de sobra para tomar una cerveza, mi tren salía de Atocha a las seis y cuarto, por lo que a menos cuarto era perfecto para verse. Desde que colgué con ella se me aceleró el corazón; ¿era la mejor decisión? - me pregunté. No lo tenía claro, por lo que no le adelanté nada, pero, aun así, el hecho tan solo de pensar en lo que le iba a decir, me puso muy nerviosa.

En mi cabeza fui dándole mil vueltas como contárselo, qué enfoque darle, escogiendo cada palabra que iba a decir, en el fondo era la hermana de mi marido, aunque fuese mi confidente. Pero a cada frase le encontraba un “pero”, por lo que volvía a construirla de nuevo en mi cabeza, y así fue hasta que llegué al bar en el que habíamos quedado.

- Eva la he cagado, le he puesto los cuernos a tu hermano. - lo solté así, de sopetón, sin haber dicho nada de lo que tenía pensado y ensayado durante tanto tiempo.

No me podía creer a mí misma, después de todas las vueltas, las palabras habían salido solas de mi boca, sin control, sin filtro, sin pudor y con unas terribles posibles consecuencias.

La cara de Eva me dio miedo, ese gesto no era de comprensión y posible entendimiento. Su silencio tampoco ayudó en nada, al contrario, el arrepentimiento me recorrió de arriba a abajo, no me salvaba ni la máquina del tiempo. Sus ojos me recorrieron con cierto desprecio y frialdad, altiva y firme.

- Siempre he sabido que eras una putita reprimida Carmen. - dijo tomándome la mano.

Sus palabras me fulminaron, se clavaron en mí como un puñal; mi amiga, mi confidente salía de su guarida para darme un tremendo zarpazo.

- Y... ¿Querrás que no se lo cuente a mi hermano verdad? - añadió con una sonrisa burlona

¿Qué había hecho?, me había dejado yo sola a merced de ella, en ese bar me sentí más desnuda que nunca me había sentido en mi vida, más incluso que en esa habitación de hotel en el que cometí mi infidelidad, quedaba expuesta a su antojo. Sus ojos eran los de una loba a punto de comerse un dulce corderillo, miedo me daba lo que podía estar pasando por su mente.

- Eva, yo... - intenté excusarme de alguna manera, pero ella me cortó.

- ¿Quién es el afortunado?

Miré a mi alrededor, como si alguien pudiese estar escuchando nuestra conversación, pero no, nuestra mesa estaba en una esquina lejos de cualquiera, aunque me pareciese estar rodeada de fantasmas y demonios.

- Ha sido en la convención en Tenerife. - dije.

- ¿Con un compañero?

Su interrogatorio hacía daño, no estaba muy segura de si ella quería saber o si lo que quería era humillarme más, enterrarme en el lodo en el que merecía estar.

- No, por Dios. No ha sido un compañero.

- ¿Un canario?

- Tampoco, fue alguien de otra empresa, un desconocido.

- ¿Ves? La zorrita de mi cuñada con un extraño.

- No sé lo que me ha pasado, Eva... fue algo tan raro... - volví a defenderme.

- Vamos, Carmen, no seas hipócrita, sabes que una vez que has dado el paso, no vas a parar. Siempre he pensado que eras una reprimida pero ahora veo que no, más bien todo lo contrario.

- Por Dios, Eva, me siento fatal, no te hablo como cuñada, te hablo como amiga. Me quiero morir.

Ella me miró de arriba a abajo, dándome a entender que quería ampararme en ella, por algo que no tenía que haber ocurrido, como único salvavidas a mi vida, la que parecía haber echado por tierra por un maldito polvo.

- Yo quiero a Pablo. - añadí para que le quedara claro.

- Lo sé.

- ¿Crees que debo decírselo?

- ¿El qué? ¿Qué te follas a otros?

- Eva, solo ha sido uno.

- Te digo que no... que esto es el comienzo. Ahora no pararás.

- Que no, Eva, de verdad, que estoy muy arrepentida, que yo nunca le he puesto los cuernos a tu hermano, que le quiero, que me he portado como una cerda, lo sé, que me merezco lo peor...

- ¿Pero por qué dices todo eso?

- Joder, Eva, tú misma lo has dicho, soy una puta.

- ¿Y eso es malo? - me preguntó mirándome fijamente y dejándome desconcertada.

De repente, Eva empezó a decirme que era una mujer con suerte, que había descubierto la puerta prohibida, escondida de Pablo y que ahora atravesarla era mucho más fácil, divertido y sorprendente en una vida aburrida y monótona, cargada de desidia, del trabajo a casa, de casa al trabajo, los niños, cuidar de todo y de todos. Que cuando alguien despierta a la niña mala y traspasa el umbral de lo permitido, los demonios salen a buscar lujuria.

Mi tren salía en breves minutos y a pesar de mi angustia, me sentí algo más comprendida por mi cuñada, tras mi reticencia inicial, ella me comprendía más como mujer que como la esposa de su hermano y en ese momento me abrazaba de forma cómplice y cariñosa.

Justo en la despedida, Eva me entregó una tarjeta, se podía leer en letras rojas sobre fondo negro. “El club” y debajo un número de teléfono.

- ¿Esto? - dije sin entender absolutamente nada.

- Memoriza el teléfono y creo que deberías deshacerte de la tarjeta.

Y sin más, salió del hall de la estación, dejándome con la tarjeta en la mano y mi mente dando vueltas.

Todavía aturdida de mi encuentro con Eva, me metí la tarjeta en el bolso y me acomodé en mi asiento en el AVE, repasando el dossier que tenía preparado para mi visita a uno de mis mejores clientes en Sevilla.

En mi mente estaba Pablo continuamente y no sabía cómo afrentar mi problema, hasta donde era capaz de mentirle a mi esposo o simplemente de soltarle todo, así como un jarro de agua fría, decirle que había sido un lapsus, que mi corazón y mi mente estaban con él, pero que había sido débil, que era todo producto de mi mente confusa. Seguramente con eso me mentía a mí misma, pero necesitaba soltar esa losa de alguna manera. “Yo no soy infiel, yo no soy infiel... “- me repetía en mi cabeza

Quise dejar de torturarme y saqué mi móvil del bolso dispuesta a entretenerme con otra cosa, pero junto a él, volví a sacar la tarjeta, algo que hizo aflorar mis dudas de nuevo, recordando las palabras de mi cuñada. “Memoriza el número y deshazte de ella”

No sé por qué lo hice, pero marqué el teléfono en mi agenda e hice trizas la tarjeta sin entender muy bien por qué lo había hecho. ¿Qué era eso del club? ¿Y qué tenía que ver eso con mi problema? ¿Por qué mi cuñada me había entregado eso?

Marqué el botón de llamada y esperé respuesta. Tras varios tonos, saltó un mensaje grabado con una voz varonil muy sugerente:

- “Bienvenida al Club. Si ha marcado este número es porque una de nuestras clientes VIP, le ha recomendado. Confiamos en su discreción, con el fin de autoprotegerse y por ende a su mentora para esta exclusiva membresía. Por favor no hable con nadie de este club, no comente nada de su existencia ni de todo lo que pueda escuchar a partir de este momento. Si está de acuerdo pulse 1.”

Me sonreí a mí misma, parecía como una pequeña burla, pero pulsé.

- “Gracias. Este mensaje le da prioridad absoluta como pertenencia al club y le serán transferidas las cláusulas de confidencialidad por este medio en un mensaje de texto. A partir de este momento, le serán formuladas unas preguntas iniciales para poder incluirlas en nuestra base de datos absolutamente confidencial y protegida. Si está de acuerdo, pulse 1.”

En este momento pude abandonar esa absurda pantomima, de lo que me parecía algo más como un chiste que otra cosa, pero si antes estaba intrigada, tras ese mensaje lo estaba todavía más. Pulsé 1.

- “Gracias por su respuesta y bienvenida al club. Desde este momento pasa a formar parte en exclusiva del mismo y rogamos conteste con palabras o frases cortas y concisas a cada una de las preguntas que le formulemos. Es importante para definir correctamente su perfil y por favor, sea sincera.”

A partir de ese momento la grabación se iba convirtiendo en una especie de test, para grabar información contrastada con palabras breves por mi parte. Nunca me preguntaron datos personales, pero las dos primeras preguntas fueron claves:

- ¿Es usted casada?

- “Si” - fue mi respuesta simple... tal y como pedían

- ¿Ha sido usted infiel?

- “Si” - respondí y pude haber mentido, pero algo me empujo a decir la verdad a esa voz grabada.

De ahí, en adelante, una serie de preguntas cada vez más inverosímiles o más raras; cómo, por ejemplo, el tipo de hombre que más me atraía, el color de sus ojos, de su pelo, la edad ideal para un amante, algo que volvió a hacerme sonreír, siguiendo esa especie de broma, incluso solté una pequeña carcajada cuando esa voz me preguntó por mi tamaño ideal del miembro viril, mi postura favorita o mis fantasías más ocultas. Absurdamente, esa voz era tan agradable que contesté a todas esas preguntas diciendo la verdad, hasta que la grabación se detuvo, para acabar diciendo.

- “Gracias por sus respuestas y recuerde mantener en absoluto secreto esta conversación y la existencia del club, así como su pertenencia al mismo.”

Inmediatamente llamé a Eva nada más finalizar esa rara entrevista.

- ¿Qué tal ha ido? - me preguntó incluso antes de que yo pudiera decir nada.

- ¿Qué mierda es esa del club? - le dije – Si es una de las tuyas, no estoy para juegos.

- Pronto contactarán contigo. - me respondió en tono serio.

- Eva, de verdad, no estoy para vaciles, sé que te gustan mucho las bromas, pero yo te hablo de una cosa y me saltas con esto... ¿de qué va eso del club?

- ¿Les has respondido que vas a Sevilla?

- Sí...

- Pues supongo que encontrarán algo para ti.

- ¿Algo para mí? Me tienes desconcertada.

- Sí, una cita. Te dejo que entro en un ascensor.... - fue la última frase de mi cuñada.

Cuando me disponía a contestar, se cortó la comunicación con Eva, dejándome aún más confusa. Guardé el teléfono y me metí en el dossier para intentar olvidarme de todo y centrarme en el trabajo y casi a media hora de llegar a mi destino, recibí un mensaje de texto en mi móvil de número desconocido.

- “Tiene su primer contacto, en la cafetería del Hotel Garden a las 20:00 h. Preguntarán por su nick -Bárbara- en la mesa 8 reservada para usted, así como la habitación 501. Gracias. El Club”

¿Pero que había hecho? ¿Eva quería ayudarme, o todo lo contrario? Era un manojo de nervios. Esto ya no era algo lejano, era mi ciudad, alguien me podía ver, me sentí desnuda en medio de ese tren, pero además me dije, ¡no, Carmen, no!”. Estaba claro que Eva, no solo no me ayudaba a salir del bache, sino que me metía más en él, con ese supuesto club, que no debía ser otra cosa que citas a ciegas, pero ¿cómo sería? ¿en qué consistía?, siempre he sido curiosa y ese juego era más que retador, pero volvía a decirme “Carmen, no”.

Instintivamente mire el reloj, pero es que, aunque quisiera, era imposible llegar a esa cita, mi tren no llegaba hasta las 20h 15. Resultaba cómico mi nerviosismo, cuando por otro lado no dejaba de negarme, intentando tranquilizar a mi diablillo interno.

No llegaba ni aun queriendo, lo cual me dio una falsa y efímera sensación de confort. Unos minutos antes me reía de ese estúpido juego con el contestador, ahora estaba intentando recordar cada una de mis palabras, esa voz me había hecho bajar la guardia y lo peor dar datos de los que ahora era incapaz de recordar. Eso sí, la intriga de lo del club era superior a mi autocontrol.

- ¡Joder, Eva! - la maldije en alto por no hacerlo conmigo misma.

Ese nerviosismo me estaba carcomiendo, pero a la vez no sé cómo me excitaba, sería el recuerdo de lo sentido la noche anterior, la tensión, la culpa, pero mi cuerpo estaba descontrolado. Mi evadida mente solo volvió a la realidad con el sonido de mi móvil, un nuevo SMS avisaba de su llegada.

Era de ese número desconocido. ¨Su alarma 30 minutos antes, esta activada, mande +30 para obtener media hora extra si lo necesita¨ Mi cuerpo se tensaba más y más, yo no recordaba haber activado ninguna alarma, la verdad era incapaz de recordar que había dicho o hecho, tendría que zanjar sensatamente esta estupidez del club.

Me arme de valor y volvía a llamar al número, y esa voz me estaba esperando conduciéndome por ese menú, hasta que ¨ Su perfil ya está completado y su primera cita enviada. Esperamos que disfrute de ella, gracias EL Club¨ y me colgaron sin tiempo a nada más.

Ese nerviosismo me podía, me consumía, dejando mi cabeza fuera de la ecuación y tan solo mi cuerpo era dueño de mí. Siempre me he considerado una mujer consecuente y razonable ante cualquier tipo de problema, por eso hice todo lo posible por enfriar cualquier instinto, había que pensar con calma. En primer lugar, debía ganar tiempo por lo que envié el + 30, después poner todo en perspectiva. Yo no había avisado que estaba en el tren, mi marido no estaba en casa, él volvía al día siguiente de viaje, por lo que mi mejor recurso fue mentir. ¡Pablo! Pensé para mis adentros, queriendo agarrarme a ese salvavidas, a esa imagen de mi esposo al que nunca había mentido ni mucho menos siendo infiel... Llame a casa para decir que finalmente mi vuelo había llegado tarde y que tomaba el tren mañana, esa era fácil. Ahora, ¿cómo se lo decía a Pablo?, si le llamaba me pillaba fijo, un audio imposible, el sonido hueco del tren me delataría, lo mejor sería un breve texto con muchos emoticonos. Pablo no sospechaba nada, ni tendría por qué hacerlo, sabe que mi trabajo es así de exigente. ¡Dios!, en ese momento además de puta... ¡puta mentirosa!

Mensaje mandado, casa avisada, ¿Ahora cómo resolvía el tema El Club? Entiendo que mi cita, que no tenía ni nombre, conocería bien el funcionamiento y con su ayuda podría deshacer este entuerto en el que me había metido Eva, y del cual no quería sacarme, a pesar de mis múltiples súplicas que le hacía, pero ella no me atendía al teléfono. ¿Era una especie de venganza?

¡Carmen, serénate, que esto lo zanjas tú en un santiamén! - me repetía. Siempre me dicen que trabajo bien bajo presión, de lo que nunca me había dado cuenta era el efecto que tiene en mí, por un lado, quería solucionar y dejar esa tensión a un lado, pero por el otro esa sensación era muy placentera, el hecho de sentirse al borde del precipicio me excitaba y mucho, estaba lista, demasiado lista para poder controlar. ¿En qué o quién me había convertido?

En la estación de Santa Justa tome un taxi al hotel, solo había estado una vez allí por trabajo, esa zona de Sevilla gracias a Dios no la frecuentaba mucho, ni tenía amistades. Según me acercaba peor me ponía, casi temblaba, lo pude notar hasta en mi voz cuando le indiqué al taxista. Y allí estaba delante de la puerta del hotel, maleta en mano, sin saber muy bien como había llegado hasta este punto, nerviosa como un flan, dispuesta a retomar el control a pesar de estar del todo descontrolada, creo que no había estado tan mojada sin razón alguna desde que era una adolescente.

- Buenas Noches y bienvenida al Hilton Garden Inn, - me dijo el botones tomando mi maleta, permítame que la acompañe a recepción.

No me dio tiempo ni a decir que no, que solo venía a tomar algo, mi maleta y yo detrás íbamos hacia la recepción de ese lujoso hotel.

- Perdone señorita ha habido una confusión, yo solo he venido a tomar algo, de hecho, tengo una reserva a nombre de Bárbara. - comuniqué amablemente a la recepcionista

- No se preocupe Bárbara, dijo marcando cada letra de ese nombre. Su reserva en la mesa 8 la está esperando y su maleta se la subimos a su habitación, la 501.El Club ya nos ha informado.

Mientras esas palabras me desarmaban aún más, su cara decía mucho más que lo que salía por su boca, esta desconocida sabia más del Club que yo, y su mirada me desnudaba sin juzgarme, era una mezcla de envidia y complicidad. Tuvo que notar cómo me puse roja del todo. Conseguí dar un “gracias” mientras seguía las indicaciones hacia el bar de la terraza, buscando como llenar mis pulmones de aire y mi cabeza de sensatez. Encontrar a mi cita no fue difícil, tan sólo había una mesa estaba ocupada. Mis ojos le dijeron que era yo nada más cruzarse con los suyos, y me recorrían con descaro a cada paso, eso sí vestido con una sonrisa cautivadora.

El hombre elegantemente vestido, con un traje azul oscuro y corbata con pequeñas jirafas, tenía el pelo bien recortado, como su fina barba y unos ojos marrones claros espectaculares, mis favoritos, como creí recordar haber comentado en esa encuesta del club, algo que me hizo sentir más insegura y más colorada.

- Hola soy Barbara - le dije al alcanzar su mesa mientras él se levantaba abotonándose la chaqueta.

Me tomo suavemente por la cadera con una mano, y me besó en ambas mejillas, diciéndome su nombre, o seguramente “el de guerra”, Miguel, y lo encantado que estaba de que hubiese podido venir a pesar del retraso. Su voz era tan cautivadora como su sonrisa, amable, educado y con un brillo en sus ojos que decía casi sin hablar. Antes de que pudiera reaccionar ya tenía un vino blanco en la mano. “Pero céntrate” - me dije, ¿A qué has venido? ¿Estás tonta? Para colmo esa mirada y su simpatía eran tan difíciles de rechazar que casi me notaba abrazada por él, con una conversación de lo más banal.

- Miguel, perdona, no quiero que te formes una opinión errónea de mí, no sé cómo me he metido en esto y lo peor no sé cómo salir, esto no es para mí - dije notando el temblor en mi voz.

Su reacción no me la esperaba para nada, no intentó convencerme, al contrario, me explicó cuáles eran los pasos que había que tomar a partir de ese momento, muy claramente, demasiado claramente. Me dijo que no me preocupara, que lo entendía perfectamente, pero yo, en lugar de alegrarme, me estaba enfadando. Me pareció que me rechazaba, que toda esa ayuda era para librarse de mí, y eso me provocó aún más; este desconocido sin tocarme, dejándome a un lado estaba consiguiendo encenderme incluso más que mi amante de noche anterior. Estaba acostumbrada a los moscones, de los que tenía que librarme a menudo, pero no estaba acostumbrada a que me rechazaran, aunque fuera tan amablemente como hizo Miguel.

- ¿Puedo hacerte una pregunta? Tenía que decirlo. ¿No soy tu tipo? - dije dando un trago a mi copa

Me miró sin contenerse, pude notar como sus ojos cautivadores se volvieron devoradores, y sin pedir permiso me desnudo sin ningún pudor con ellos. Tomó mi mano y clavo su mirada en mis ojos, acercando su cara a la mía a distancia de beso.

- Te recuerdo que eras tú la que quería irse, no yo - dijo sellando su frase con un beso lento, suave y profundo, que movió hasta mi último músculo interno. ¿Será cabrón?

Antes de poder pensar con claridad, estábamos en el ascensor, sus manos se colaban por debajo de mi vestido con total impunidad, las mías buscaban entre lo prohibido, y así entre caricias y besos me volvía a encontrar expuesta y dispuesta ante un extraño. Con el corazón acelerado, los pezones duros como piedras, el sexo candente y mi alma volando de forma salvaje, él se aprovechaba de mi debilidad y yo de su dureza, sólo me quedaba sacar la puta que llevaba dentro.

Entramos en la habitación con la tarjeta que yo misma introduje, mientras sus manos tocaban mis pechos por encima del vestido, pellizcando mis duros pezones. Cerré tras de mí y sobre la misma puerta volvió a besarme, logrando encender aún más esa llama interior... pero todavía saqué fuerzas, no sé de dónde, empujándole levemente intercambiando mi mirada con esos ojazos penetrantes de Miguel.

- Lo siento, no puedo hacer esto. Soy una mujer casada. - dije de forma absurda.

La sonrisa de Miguel fue contagiosa, tanto que quedó reflejada en la mía, porque me demostró que mi boca decía algo bien distinto a lo que pedía mi cuerpo y por si había alguna duda, me hizo girar sobre la puerta, quedando mi pecho y mi cara pegadas en ella y él detrás de mí, metió sus manos bajo mi vestido para despojarme de las braguitas hasta quedar enredadas entre mis tacones. Sus manos subieron por detrás, desde los gemelos hasta los muslos, abriéndolos con suavidad con sus manos y su propia cara subía mi vestido, hasta que su boca empezó a lamerme mi sexo y mi ano al mismo tiempo.

- ¡Uf, Miguel! - suspiré ante esa lasciva lamida, que era la primera de mi vida, pues nadie me había hecho nada parecido.

Ya no hubo dudas, ni súplicas, ni reproches, solo estaba volando, apoyada contra esa puerta, notando las pulsaciones en mis sienes, como si me martilleasen directamente, al tiempo que un placer inusitado llegaba desde allá abajo, gracias a lengua maravillosa de ese desconocido.

Cuando el muy canalla, supo ponerme en las nubes, como buen experto del club, paró en el momento justo en el que ya no podía detenerme. Me di la vuelta agachándome y quedando en cuclillas frente a su bragueta, que desabotoné sin dejar de mirar a esos ojos color miel, para luego sacar un miembro duro y grueso, tal como había concretado en la entrevista. Metí en mi boca esa dureza, apropiándome de ella, como si fuera lo último en llevarme a la boca, disfrutando de esa tensión, de ese sabor, de cómo me llenaba por completo, incapaz de devorar, al completo con labios y lengua, ese manjar. Y así estuve un buen rato, demostrándome a mí misma que esa puta había salido de su área de control, para dejarse llevar por un placer incontrolado.

Un minuto después, Miguel me levantaba, me ponía a cuatro patas sobre la cama y sin tan siquiera desnudarme, arremangando mi vestido hasta dejarlo más arriba de mi cintura, me folló a lo perrito sin remisión, dándome fuertes cachetadas al tiempo que su pelvis chocaba incesantemente contra mi culo, haciéndome sentir uno de mis mejores orgasmos, logrando hacerme gritar, desatada, sintiéndome más mujer y llena, como nunca.

Follamos en la ducha, sobre un pequeño sillón, encima del tocador, sobre el lavabo del baño, en una noche que parecía no tener fin, hasta que amanecí desnuda, entre las sábanas revueltas y el cuerpo bañado en sudor. Aun mareada, de tanta locura acumulada vi que, sobre la mesita, había una pequeña nota con el membrete del hotel.

- Eres maravillosa, Bárbara. Gracias por esta noche.

Como una puta, así me sentí, sólo falto un sobre con dinero para serlo del todo. ¿Cómo había podido caer de nuevo? Me duché, me vestí y al hacerlo aún sentía algo dolorido mi trasero por los azotes y en general todo mi cuerpo reventado tras una noche salvaje.

© El Club. Darneb & Sylke 2022