Follando a una dependienta madura del supermercado
Dos años después de aquella primera vez en el parking, el deseo no ha hecho más que crecer. Ella, la dependienta tímida, se transforma en una mujer hambrienta de placer cuando quedan solos. Esta vez, no hay excusas ni miradas ajenas: solo un hotel, dos horas y la promesa de explorar cada rincón prohibido.
Han pasado ya casi dos años desde aquel día de locura en el parking. Dos años en los que no he parado de pensar en María: en su culazo apretado por aquellos pantalones del uniforme, en cómo se le marcaba la raja del coño cuando se agachaba, en el olor fuerte y animal de su entrepierna después de todo el turno, en los chorros que soltaba cuando se corría como una fuente… y sobre todo en esa mezcla de timidez inicial y puta desatada que salió cuando nos quedamos solos en el coche.
Le escribí varias veces por WhatsApp. Al principio no contesto hasta que un día pasados casi nueve meses desde nuestro encuentro recibí un mensaje totalmente inesperado y a éste le siguieron un intercambio de mensajes mucho más inocentes durante varios meses: “¿Qué tal el turno hoy?”, “¿Muchos clientes?”. Pero un día, y cuando ya había perdido la esperanza de volver a verla, subimos el tono. Fotos mías en calzoncillos con la polla bien marcada, ella contestándome con selfies en el descanso enseñando un poco más de canalillo del que debería en el trabajo… y luego las fotos subieron de nivel: una noche me mandó una tomada desde arriba, con las tetas fuera del sujetador en el baño de empleados, los pezones duros como piedras y el mensaje: “Pensando en tu pollón… se me moja solo de acordarme”.
Quedamos un jueves. Ella libraba a partir de las 14:00 h y yo me inventé una reunión de última hora en el trabajo para poder escaparme toda la tarde. Esta vez no quería ir al mismo parking público; ya había demasiada adrenalina la primera vez y no quería tentar a la suerte. Le propuse ir directamente a un hotel de carretera que conocía, de esos que cobran por horas y no hacen preguntas. A ella le pareció perfecto.
La recogí en la misma calle de la vez anterior, dos manzanas más abajo del super. Cuando subió al coche ya venía cambiada: se había quitado el uniforme en los vestuarios y llevaba una falda negra ajustada por encima de la rodilla, blusa blanca algo escotada y unas medias negras finas que se transparentaban un poco. Nada más cerrar la puerta me plantó un morreo de los que quitan el hipo, metiéndome la lengua hasta la campanilla mientras me agarraba la polla por encima del pantalón.
—Llevo todo el puto turno mojada pensando en esto —me susurró al oído mientras me mordía el lóbulo—. Hoy quiero que me hagas todo lo que no te dejé hacer la otra vez…
No hizo falta que me lo dijera dos veces. Conduje lo más rápido que pude sin llamar la atención, con una mano en el volante y la otra entre sus muslos. Cuando metí los dedos por debajo de las bragas comprobé que estaba empapada, el coño hinchado y caliente, y los labios muy gordos y abiertos. Ella gemía bajito y me apretaba la muñeca para que no parase.
Llegamos al hotel en unos 25 minutos. Pedí una habitación con la típica frase de “solo un par de horas, para descansar del viaje”. El recepcionista ni levantó la vista del móvil. Subimos por las escaleras (el ascensor olía demasiado a desinfectante) y nada más cerrar la puerta de la habitación nos lanzamos el uno encima del otro como animales.
La tiré sobre la cama sin contemplaciones. Le subí la falda hasta la cintura y le arranqué las bragas de un tirón (eran unas braguitas negras de algodón normales y corrientes, pero olían a sexo puro). Se las metí en la boca para que las chupara mientras le separaba las piernas al máximo. El coño me miraba abierto, brillante de fluidos, con el clítoris hinchado como un garbanzo. Me puse de rodillas en el suelo y hundí la cara entera.
Primero lamí despacio, saboreando el sabor salado y fuerte que todavía conservaba de la mañana. Luego fui más agresivo: lengua plana sobre el clítoris, succiones fuertes, metiendo dos y luego tres dedos mientras le lamía el ano al mismo tiempo. María se retorcía, me agarraba la cabeza y me empujaba más adentro. Empezó a jadear muy fuerte y entonces llegó el primer chorro: caliente, abundante, directo a mi boca. Tragué lo que pude y el resto me cayó por la barbilla y el cuello. Ella se corrió temblando, soltando pequeños grititos ahogados con las bragas todavía en la boca.
Cuando se calmó un poco le quité las bragas de la boca y la besé para que se probara a sí misma. Se puso como loca. Me empujó hacia atrás, me desabrochó el cinturón y me bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón. Mi polla salió disparada, tiesa como una piedra, con el glande ya brillante.
—Joder, cómo la echaba de menos… —dijo mientras la agarraba con las dos manos como si fuera un trofeo.
Se la metió entera hasta la garganta en la primera embestida. Escupió, volvió a chupar, volvió a escupir… la baba le caía por la barbilla y me mojaba los huevos. Yo le agarraba el pelo rizado y le follaba la boca con ritmo, sin llegar a ahogarla del todo pero sí haciéndola gemir. Cada vez que llegaba hasta el fondo ella se estremecía y se le escapaban pequeños gorgoteos.
Después de unos minutos así la puse boca abajo en la cama, con el culo en pompa. Le separé las nalgas y me quedé mirando ese agujero rosado que la otra vez solo había probado con los dedos. Escupí varias veces encima, le metí primero un dedo, luego dos, luego tres… ella empujaba hacia atrás pidiéndome más. Le puse lubricante del que llevaba en el bolsillo (aprendí la lección de la primera vez) y apoyé el capullo en la entrada.
—Despacio al principio, ¿eh? —me dijo con voz ronca—. Pero luego métemela entera, que quiero sentirla hasta el estómago.
Entré poco a poco. El anillo se resistía al principio, pero luego cedió y la polla se deslizó hasta la mitad de una sola. María soltó un gemido largo, mezcla de placer y dolor. Esperé unos segundos, salí un poco y volví a entrar más profundo. Al tercer empujón ya la tenía hasta los huevos. Empecé a bombear despacio, sintiendo cómo su culo me apretaba como un guante caliente. Ella se masturbaba el clítoris con una mano mientras con la otra se agarraba al cabecero.
—Más fuerte… joder, más fuerte… —pedía entre jadeos.
Aceleré. El sonido de mis caderas chocando contra sus nalgas era seco y rítmico, casi obsceno. Cada embestida le sacaba un gritito. Volvió a correrse, esta vez sin chorros pero con espasmos muy fuertes; el culo se le contraía alrededor de mi polla como si quisiera ordeñarme. No pude aguantar más. Le dije que me iba a correr y ella me contestó:
—Dentro… lléname el culo, por favor…
Le clavé hasta el fondo y me corrí como un poseso. Sentí cómo los chorros salían disparados dentro de ella, uno detrás de otro, muy espesos. Cuando terminé de vaciarme me quedé quieto unos segundos, disfrutando de las últimas contracciones de su ano alrededor de mi polla todavía dura.
Salí despacio y un hilillo blanco empezó a escurrir de su culo dilatado. María se giró, se puso de rodillas en la cama y se metió mi polla en la boca otra vez, limpiándome con lengua los restos de lubricante, semen y su propio culo. Me miró con esos ojos de pícara madura y me dijo:
—Esto sabe a vicio… me encanta.
Nos quedamos tirados en la cama unos minutos, sudados, jadeantes. Luego ella se levantó, fue al baño y volvió con una toalla húmeda. Me limpió la polla con cuidado, como si fuera algo muy valioso, y después se limpió ella. Mientras lo hacía empezó a hablarme de cosas que no esperaba:
—Nunca había hecho anal con nadie… mi ex marido me lo pidió alguna vez pero siempre le dije que no. Contigo me apeteció probarlo todo. No sé qué me pasa, pero cuando estoy contigo me vuelvo una puta.
Le sonreí y le dije que a mí me pasaba lo mismo. Que desde la primera vez no podía dejar de pensar en ella, en su cuerpo, en cómo se entregaba sin complejos.
Después de un rato de carantoñas volvimos a excitarnos. Esta vez fue más lento, más morboso. La puse a cuatro patas otra vez, pero ahora le metí la polla por el coño mientras le metía dos dedos por el culo al mismo tiempo. Ella se corrió otra vez, esta vez gritando mi nombre y empapando las sábanas. Yo aguanté un poco más y cuando noté que ya no podía más me salí y le pinté la espalda y el culo con la segunda corrida del día. Le quedó una raya blanca desde la nuca hasta el principio del culo, preciosa.
Nos duchamos juntos, nos besamos bajo el agua, nos enjabonamos mutuamente como si fuéramos pareja de toda la vida. Salimos del hotel pasadas las siete de la tarde. La dejé en una parada de metro cerca de su barrio y quedamos en vernos en otra ocasión…
Mientras conducía de vuelta a casa, con el olor de María todavía en la piel y en el coche, solo podía pensar en una cosa:
Esto acaba de empezar.
Y la verdad… no tengo ninguna intención de que termine pronto.
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