Sumisa de la hija de mi amiga 7
Sofía no solo quiere su cuerpo; quiere destruir su mundo. Cuando la revelación de que su hija menor es la nueva pareja de su ama golpea a Elena, la única salida es la sumisión total. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar por no perder el único vínculo que le queda?
Regresé a la cama sintiendo el suelo frío bajo mis pies descalzos. Me había cepillado los dientes con furia, enjuagándome una y otra vez, deseando eliminar cualquier rastro del sabor que ella había despreciado.
Sofía estaba recostada contra los almohadones, observándome con una mezcla de impaciencia y diversión. "Has tardado una eternidad, Vaquita", dijo, su voz un susurro cargado de autoridad. "Gírate y sepárate las nalgas con las manos. Quiero ver cómo te he dejado el culo."
Una punzada de vergüenza me recorrió, pero la obediencia fue instantánea. Me di la vuelta, ofreciéndole mi espalda y mis nalgas, aún ardientes y marcadas por sus azotes. Con manos que temblaban ligeramente, me agarré cada una de ellas y las separé, exponiéndome completamente a su mirada. Sentí el aire frío en mi piel más íntima y me estremecí.
Sofía se inclinó, y un silbido de genuina admiración escapó de sus labios. "Vaya, vaya...", murmuró, su aliento cálido rozándome la piel sensible. "Mírame, Vaquita." Giré la cabeza sobre el hombro, mis ojos encontrando los suyos. "Me ha sorprendido mucho lo bien que se abre este culo gordo. Está hecho para esto, ¿verdad? Para que te lo folle con el pollón." Sus palabras, tan crudas, me hicieron contraer los músculos internos, un espasmo de excitación y humillación. Asentí, sin poder articular palabra, mi mirada suplicante.
"Bien", dijo, enderezándose. "Ahora, quiero que me comas el coño. Y esta vez, quiero sentir esa lengua limpia haciéndome perder la cabeza."Rápidamente, me di la vuelta y me coloqué entre sus piernas. Ella se abrió para mí, una visión pálida y perfectamente depilada que me dejó sin aliento. Sin vacilar, me acerqué y enterré mi rostro en su entrepierna. Su aroma, intenso, me invadió, borrando cualquier otro pensamiento. Mi lengua encontró su clítoris hinchado y comencé a lamerlo con una devoción absoluta, succionando, trazando círculos, perdida en el sabor y la textura de su sexo. Sus gemidos bajos y guturales eran la única música que existía.
Al rato, su mano se enredó en mi pelo. "Basta. Ponte boca arriba", jadeó. Obedecí, tumbándome sobre la espalda. Sin perder un segundo, Sofía se montó a horcajadas sobre mi cara, sus muslos enmarcando mi visión. No era una invitación; era una toma de posesión. Comenzó a frotarse contra mi boca y mi nariz con movimientos circulares y frenéticos, usando mi rostro como si fuera un juguete para su placer. Su sexo, suave y húmedo, resbalaba sobre mi piel, cubriéndo mi cara de su esencia.
"¡Lame, Vaquita, no pares de lamerme!" ordenó entre jadeos, y yo, ahogándome entre sus muslos, intentaba seguir el ritmo, alargando la lengua para encontrar su clítoris en cada breve instante en que se separaba unos milímetros de mi boca. La falta de aire me mareaba, manchas de luz bailaban ante mis ojos cerrados, pero el sonido de su placer, cada vez más agudo y descontrolado, era el único combustible que necesitaba. Sentía cómo su cuerpo se tensaba encima de mí, cómo sus caderas perdían el ritmo y se convulsionaban. Sabía que estaba al borde.
Y entonces, llegó. Con un grito desgarrado que pareció sacudir la habitación, Sofía se vino. Pero no fue solo el torrente cálido y espeso de su orgasmo lo que sentí. Un chorro caliente y sorprendentemente abundante siguió a sus contracciones, golpeando mi frente, mis mejillas, mi mentón. Un olor ligeramente amargo y salvaje llenó mis fosas nasales. Era su orina. Había vaciado su vejiga sobre mí en el éxtasis de su clímax.
El shock me paralizó por un segundo. La sensación de líquido caliente corriendo por mis sienes y acumulándose en los huecos de mis ojos cerrados era surrealista. Sofía, jadeando violentamente, se separó de mi cara. Me vio allí, empapada, con mi boca parcialmente abierta y llena de su fluido, mis pestañas pegadas y el rímel formando manchas oscuras en mis mejillas bañadas en su orina.
Sus ojos, brillantes y despiadados, se clavaron en los míos. "¿A qué esperas, Vaquita?", dijo, su voz ronca pero firme. "Bebételo. Todo. No quiero ver ni una gota perdida."
La orden era clara, el desafío absoluto. Cerré los ojos, ahogando un último vestigio de asco, y tragué. Una y otra vez, hasta que no quedó nada. El sabor, acre y mineral, se instaló en mi ser, otra prueba más de mi sumisión.
Cuando terminé, jadeante y completamente degradada, Sofía sonrió. Era una sonrisa de triunfo total, de posesión completa. Se bajó de la cama y se dirigió al baño, dejándome tendida allí, marcada, usada y más suya que nunca. Y en lo más profundo de mí, a pesar de la humillación, o quizás por culpa de ella, una chispa de fuego oscuro y retorcido seguía ardiendo, anhelando la siguiente orden, el siguiente límite que cruzar.
Antes de acompañarla, arreglé la cama. Limpié los restos con una toalla grande, voltee el colchón y coloqué unas sábanas limpias q por suerte habían en el armario de la habitación del hotel.
En el baño la luz era cruda, iluminando sin piedad cada gota que empapaba mi rostro. Mi piel, ya enrojecida por los azotes, las lágrimas y la fricción, brillaba bajo el fluorescente, pegajosa y salada. Sofía, ya bajo el chorro de agua, se volvió hacia mí. Su cuerpo, esbelto y joven, contrastaba brutalmente con mi imagen de derrota y sumisión. Pero en sus ojos no había desprecio, sino una aprobación ardiente, una satisfacción profunda.
—Dios, qué guarra estás —dijo, su voz un murmullo ronco que se mezclaba con el sonido del agua. Su mirada recorrió mi cara, mi cuello, mis pechos, deteniéndose en cada rastro de su posesión. —Me encantas así. Completamente mía, marcada y usada.
Una oleada de calor, mezcla de vergüenza y orgullo retorcido, me recorrió. ¿Era posible sentirse tan degradada y tan deseada al mismo tiempo?
—¿Quieres… quieres que me quede así? —pregunté, mi voz temblorosa, la oferta saliendo de un lugar profundo de mi ser que anhelaba ser exactamente lo que ella deseaba.
Ella sonrió, una sonrisa lenta y lasciva mientras el agua corría por su cabello rubio.
—No, mi vaquita obediente. Has hecho bien tu trabajo limpiando el desorden. Ahora lávate. Quiero verte limpia por fuera… aunque por dentro sé que seguirás siendo mi pequeña guarra sumisa. Pasa.
Me hizo un gesto con la cabeza para que entrara bajo el agua. Avancé con paso inseguro bajo mis pies. En el espacio reducido de la ducha, nuestros cuerpos casi se tocaban. El vapor empezaba a empañar el cristal, creando un mundo íntimo y aislado donde solo existíamos nosotras.
Sofía tomó el jabón líquido y lo vertió en sus manos.
—Gírate —ordenó suavemente.
Obedecí, ofreciéndole mi espalda. Sus manos, expertas y firmes, comenzaron a enjabonarme. No fue un gesto de ternura, sino de posesión. Limpiaba su propiedad, asegurándose de que no quedara rastro de nadie más, ni siquiera de mí misma antes de su dominio. Sus dedos recorrieron cada curva de mi espalda, se deslizaron entre mis nalgas, aún sensibles y calientes, lavando meticulosamente cualquier resto. Luego, me dio la vuelta. Sus ojos se clavaron en los míos mientras sus manos enjabonadas subían por mi vientre, hacia mis pechos. Los tomó, no con deseo, sino con autoridad, frotando el jabón sobre la piel, limpiando las salpicaduras secas, asegurándose de que cada centímetro estuviera impoluto. La sensación era extrañamente íntima y humillante a la vez; era como si me estuviera rehaciendo, reclamando lo que era suyo. Cuando me magreaba los pechos la notaba disfrutar orgullosa de mis, o mejor dicho de sus ubres.
—Inclina la cabeza —indicó, y vertió un poco de champú en mi pelo. Sus dedos se enredaron en mi melena, masajeando mi cuero cabelludo con una fuerza que era casi un masaje, pero que no dejaba de ser una orden. Enjuagó el jabón y el champú, y el agua que corría por mi cuerpo se volvió clara, llevándose consigo la última evidencia física de mi humillación.
Durante todo el proceso, no dijo nada. Solo sus ojos hablaban, diciéndome que me pertenecía, que este cuidado no era por mí, sino por ella, para tener a su sumisa en el estado que ella decidiera. Cuando terminó, apagó el agua.
—Sal y sécate, estabas asquerosa —dijo, tendiéndome una toalla grande y suave.
Me sequé mientras ella lo hacía, observándome. El silencio era espeso, cargado de la electricidad de lo que acababa de pasar y de lo que aún podía venir. Al salir del baño, envuelta en la toalla, me sentí diferente. Limpia por fuera, pero con el sabor de su orina aún en mi memoria, con el eco de sus azotes en mi piel y el vacío que había creado su "pollón" en mi interior. Todas esas sensaciones permanecían a pesar de la ducha.
Se acercó a mí y, con un gesto inesperadamente suave, apartó un mechón de mi cara.
—Ahora —susurró, su aliento cálido en mi oído—, mi vaquita está perfecta. Lista para lo que sea que yo quiera. Y esta noche… no ha terminado.
Una sonrisa se dibujó en mis labios, una sonrisa de sumisa satisfecha. El mundo exterior, con sus reglas y sus moralidades, había desaparecido. Aquí, en esta habitación de hotel, solo existía el deseo de mi Ama y mi anhelo de obedecer. Y esa era la única verdad que importaba.
La habitación quedó sumergida en un silencio pesado, solo roto por el leve roce de las sábanas. Desnudas y exhaustas, yacíamos una al lado de la otra. Yo, aún con la piel sensible y la mente nublada por la reciente humillación y el éxtasis, me deslicé hacia los pies de la cama. Sin mediar palabra, tomé uno de sus pies, esbelto y perfecto, y comencé a masajearlo con una devoción instintiva. Mis pulgares presionaban la planta, buscando liberar la tensión, honrándola con mis manos. Era un gesto de sumisión, de agradecimiento, de conexión.
Sofía emitió un suspiro de placer, cerrando los ojos por un momento antes de abrirlos y clavar en mí su mirada azul, siempre inquisitiva.
—Tengo una noticia que darte, Ama —comencé, mi voz un poco temblorosa. El masaje no se detenía, era mi ancla en la tormenta de confesión que se avecinaba.
—Dime, Vaquita —respondió, su tono era de curiosidad relajada.
Tomé aire.
—Esta tarde, antes de venir… cuando fui a casa de tu madre para que me hiciera la cobertura y poder estar juntas tú y yo… —Hice una pausa, buscando las palabras—. Las cosas se pusieron… intensas. Me pidió un beso. Y entonces… pasó lo que pasó.
Dejé que mis manos siguieran trabajando en su pie mientras, con voz baja pero clara, le describí todo. El beso que comenzó tímido y se tornó voraz, la forma en que nuestras manos arrancaron la ropa, la desnudez frente al sofá, el sabor y el olor de Marta, el 69 salvaje que nos llevó a ambas al orgasmo. No omití detalle, tal como ella me enseñó. Cada gemido, cada caricia, cada susurro. Le conté lo bello que era el cuerpo de su madre, más delgado y firme que el mío...
Mientras hablaba, observaba su rostro con el rabillo del ojo. No había enfado, sino una atención intensa, casi científica. Sus ojos brillaban con interés. Cuando terminé, hubo un silencio cargado. Mi corazón latía con fuerza. ¿Había cruzado una línea al estar con su madre sin su permiso explícito?
Finalmente, una sonrisa lenta y amplia se extendió por el rostro de Sofía. No era una sonrisa de burla, sino de genuino placer y triunfo.
—Me alegra mucho oír eso, Vaquita —dijo, su voz grave y satisfecha—. A mi madre le hacía falta algo así. Alguien así. Estará más… relajada. Menos centrada en controlar mi vida.
La ola de alivio que me inundó fue tan intensa que casi me desmayo. No solo no estaba enfadada, ¡estaba encantada!
—Quiero que quedes con ella más a menudo —continuó Sofía,—. Me gusta que mi madre se desahogue contigo. Pero, quiero que me lo cuentes todo. Cada detalle, Vaquita. No me ocultes nada. Quiero saber qué le gusta, cómo gime, qué le hace correrse. Y siéntete libre con ella. Disfrutar con todo lo q os apetezca explorar. Es un regalo que te hago. Sin embargo con Carlos prefiero que vayas espaciando vuestros encuentros. Si una polla tiene que entrar dentro tuya quiero que sea la que yo elija.
—De acuerdo, Ama —susurré, y añadí a continuación, sintiendo una gratitud profunda y retorcida—. Muchas gracias por… por dejarme seguir con tu madre.
Bajé la cabeza y besé su pie, sellando mi agradecimiento. El mundo que estaba construyendo para mí era más complejo y prohibido de lo que jamás soñé, y yo me hundía en él con placer.
Fue entonces cuando la expresión de Sofía cambió ligeramente. La satisfacción dio paso a una chispa de algo más: intriga, y un punto de malicia.
—Yo también tengo una cosa que me gustaría confesarte, Vaquita —dijo, su voz adoptando un tono más íntimo, casi conspirativo.
El corazón, que se había calmado, volvió a acelerarse de golpe. ¿Una confesión? ¿Podría ser más impactante que lo que yo acababa de contarle?
—Estoy conociendo a una chica, bueno la verdad es que ya la conocía... y tú también.
Una opción terrible y lógica cruzó por mi mente: Laura. Mi hija mayor. Pero tenía novio, era imposible… ¿o no?
—No sé quién puede ser, Ama —dije, y mi voz sonó débil, casi quebrada.
Ella me miró fijamente, saboreando mi tensión. Sus ojos azules parecían ver a través de mí.
—Es Raquel —declaró, simple y llanamente.
El nombre cayó en la habitación como una bomba. El mundo se detuvo. El aire se espesó hasta hacerse irrespirable. Ya no sentía sus pies bajo mis manos. Solo sentía un vacío helado expandiéndose en mi pecho.
—¿R-Raquel? —logré balbucear, creyendo haber entendido mal—. ¿Mi… mi hija? ¿Mi hija pequeña?
—Sí —confirmó Sofía, con una calma aterradora—. Tu hija pequeña. Raquel. Me vuelve loca.La revelación fue tan brutal, tan inesperada, que me dejó literalmente de piedra. Mis manos cayeron inertes sobre la cama. Ya no podía ni masajearla. Mi mente, que había aceptado mi propia sumisión, el juego con Marta, incluso la fantasía retorcida de involucrarla, se estrelló contra un muro. Esto no era una fantasía. Esto era mi hija menor. Con sus veinte años recién cumplidos estudiaba en la misma facultad que Laura y Sofía.
El pánico, puro y primitivo, me agarró la garganta.
—¿Raquel? Pero… ¿cómo? ¿Cuándo? —Las preguntas salían atropelladas, sin sentido. No podía procesarlo.
—Llevamos unas semanas quedando —explicó Sofía, con una naturalidad que me resultaba obscena—. Empezó como una amistad, ya sabes, después de tantos años. Pero hubo química desde el principio. Es… increíblemente madura para su edad. Y tiene una curiosidad… que me recuerda a alguien —sus ojos se posaron en mí, cargados de significado.
Un dolor agudo, mezclado con una rabia impotente y un miedo cerval, me atravesó.
—Sofía, no… por favor. Ella es… es muy inocente. Es mi hija. Esto no puede ser.
—Tiene veinte años, Elena —replicó ella, su voz perdiendo la dulzura y ganando el tono de autoridad que conocía demasiado bien—. No es una niña. Y es muy libre para tomar sus propias decisiones. Como tú.
—¡Pero es mi hija! —repetí, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a nublarme la vista.
Sofía se incorporó sobre los codos, mirándome con intensidad. No había rastro de arrepentimiento en su rostro, solo una determinación fría y excitada.
—Lo sé. No puedes recriminarme nada, justo hace nada me contabas cómo le comiste el coño a mi madre ¿Que diferencia hay? No seas hipócrita!
Me quedé en silencio intentando procesarlo todo Mi mente era un torbellino de imágenes horribles: Raquel y Sofía juntas, riendo, tocándose, besándose...
—¿Ella… ella sabe lo nuestro? —pregunté, aterrada de la respuesta.
—Por supuesto que no —dijo Sofía, con un deje de impaciencia—. Y no se lo dirá nadie. Es nuestro secreto. Como lo de mi madre. Como todo.
Se inclinó hacia mí, su rostro muy cerca del mío. Su perfume, antes una fragancia de excitación, ahora me resultaba opresivo.
—Escúchame bien, Vaquita —susurró, y cada palabra era un clavo en mi corazón —. Esto está pasando. Con o sin tu permiso. Pero sería mucho más divertido… mucho más placentero para todas… si tú lo aceptas. Si no lo aceptas te aseguro que te arrepentirás.
Sus dedos acariciaron mi mejilla, un gesto que antes me encendía y ahora me helaba. La idea era tan retorcida, tan grotesca, que me provocó náuseas. Pero en lo más profundo de mi ser, en ese lugar oscuro y sumiso que ella había creado, una pequeña y enfermiza parte de mí sintió un destello de excitación, seguido inmediatamente por una ola de autodesprecio tan grande que me hizo desear desaparecer.
Yacía allí, paralizada, con el mundo destrozado a mis pies. Sofía me observaba, esperando. Sabía que no había vuelta atrás. Había abierto la caja de Pandora, y los demonios que salían de ella no solo me envolvían a mí, sino que ahora se cernían sobre la persona que más quería proteger en el mundo. Mi viaje de descubrimiento había llegado a su fin. Ahora comenzaba el descenso definitivo.
El silencio que siguió a su monstruosa revelación era más espeso que la oscuridad fuera de la ventana. Yacía inmóvil, el peso de sus palabras aplastándome el pecho, impidiéndome respirar. Raquel. El nombre de mi hija resonaba en mi mente como un tañido fúnebre. Mi mundo, que ya se había vuelto del revés, ahora se hacía añicos en pedazos tan afilados que cada bocanada de aire cortaba.
—Quiero que entiendas que lo mío con Raquel es algo diferente a lo nuestro —añadío.
—D-diferente? —pregunté, sintiendo cómo una nueva y horrible semilla de celos brotaba entre los escombros de mi horror.
—Sí —afirmó, y por primera vez esa noche, su voz tuvo un deje de algo que podía ser ternura, o al menos posesividad sentimental—. Con Raquel es... una relación. Una pareja. La quiero. Contigo...—su mirada recorrió mi cuerpo desnudo y marcado, y una sonrisa lasciva curvó sus labios— contigo es puro fuego, Vaquita. Eres mi sumisa, mi puta, el lienzo para todas mis fantasías más oscuras. No voy a dejar de follarte como lo he hecho esta noche. No podría. Eres demasiado perfecta para eso.
Sus palabras eran un bálsamo envenenado. Por un lado, la confirmación de que no me abandonaría, de que mi cuerpo, mi sumisión, aún le importaban. Por otro, la certeza de que mi papel era ese: el de la amante secreta, la esclava sexual, mientras que con mi hija construía algo "real". La humillación era profunda, pero el miedo a perderla, a que mi hija me reemplazara por completo en su lecho y en su atención, fue aún más fuerte.
—¿Y... seguiremos viéndonos? —la pregunta salió débil, infantil, revelando mi vulnerabilidad más profunda.
Sofía se rió, un sonido bajo y satisfecho.
—Mientras me des todo lo que te pida y sigas siendo así de puta y así de guarra—dijo, señalando entre mis piernas— seguirás siendo mía.
Se acercó más, su rostro a centímetros del mío.
—Así que agradéceme, Elena. Agradéceme que, a pesar de tener a tu dulce hija, todavía quiera revolcarme contigo.
Las lágrimas que finalmente brotaron de mis ojos no eran solo de dolor, sino de una gratitud retorcida y patética.
—Gracias, Ama —susurré, mis labios temblorosos rozando la sábana—. Gracias por no abandonar a esta vieja vaquita. Por seguir queriendo follarme.
—Eso es —murmuró, acariciándome el pelo con una mano—. Ahora, relájate y acepta tu lugar. Será más fácil para todos. Para ti, para mí, y para Raquel. Podemos ser muy felices. En secreto.
La promesa era una pesadilla, pero en mi estado de sumisión, sonó a consuelo. Al menos no me quedaría sola. Al menos seguiría teniendo acceso a su fuego.
Fue entonces cuando Sofía, con un movimiento fluido, se giró sobre el vientre. La suave curva de sus nalgas, pálidas y perfectas, se ofrecía ante mí. Separó ligeramente las piernas.
—Si de verdad quieres seguir siendo mía, si de verdad aceptas tu lugar... —su voz era un susurro provocador que salía de entre las sábanas—, entonces cómeme el culo. Como nunca lo has hecho. Quiero sentir tu lengua perderse en mí hasta que olvides tu nombre y sólo recuerdes el mío.
La orden final. La prueba suprema. Miré aquel rostro, la puerta a la última frontera de mi humillación, y supe que era el precio de mi permanencia en su mundo. Antes de sumergirme, una última chispa de madre luchó por salir.
—La cuidarás, ¿verdad, Sofía? —supliqué, mi voz quebrada—. A Raquel. Por favor. No... no la hagas pasar sufrir. —Le rogué.
Ella giró ligeramente la cabeza, y su perfil se recortó contra la almohada.
—Te he dicho que es diferente. Le quiero y le cuidaré. Ahora... calla y obedece. Quiero que me folles el culo con tu lengua.
No había más que decir. Con un temblor que me recorría todo el cuerpo, me acerqué. El olor íntimo y de su sudor se mezclaba con el jabón de la ducha. Cerrando los ojos, ahogando los últimos vestigios de mi dignidad, apoyé mis manos en sus nalgas, separándolas y acerqué mi boca.
La primera caricia de mi lengua en su estrecho esfínter fue eléctrica. Para ambas. Ella emitió un gemido bajo, de puro placer. Y yo, con una determinación nacida de la desesperación y una lujuria que ya no entendía de límites, me sumergí.Mi lengua se volvió un instrumento de devoción y penitencia. Lami, besé, succioné. Me perdí en ese oscuro receso, saboreando la sal de su piel, la esencia misma de su dominio sobre mí. Cada gemido suyo era una orden para profundizar, para ser más audaz, más obscena. Olvidé a Raquel, olvidé a Marta, olvidé a Carlos. Olvidé mi nombre, mi vida, mi moral. Solo existía el sabor de Sofía, el sonido de su placer, y la ardiente certeza de que, mientras mi lengua estuviera aquí, en el lugar más íntimo y prohibido de su cuerpo, yo seguiría siendo suya. Y en ese momento, en el corazón de la pesadilla, eso era todo lo que quería.
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