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Dominaciónsept 2025

Sumisa de la hija de mi amiga 6

El ascensor sube lento, pero el peso de la mentira que carga es mayor. Al abrir la puerta de la habitación 402, no encuentra a la amiga, sino a su hija, lista para enseñarle el verdadero significado de la obediencia. Esta noche, la culpa se convierte en placer prohibido.

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El ascensor del hotel subía con una lentitud exasperante, cada número que se iluminaba era un latido más de mi corazón. La maleta, que contenía solo lo esencial para la farsa, me pesaba como una losa de mentiras. Al fin, las puertas se abrieron en el cuarto piso y recorrí el pasillo alfombrado hasta la habitación 402. Introduje la llave magnética con la mano temblorosa; el clic de la cerradura sonó como el inicio de un ritual.

Al empujar la puerta, lo primero que noté fue el silencio. La habitación estaba vacía, impecable, bañada por la tenue luz del atardecer que se filtraba entre las pesadas cortinas. Sobre la cama, colocada con precisión sobre la colcha blanca, había un sobre blanco con mi nombre, "Vaquita".

*"Mi querida Vaquita, sé que estás ansiosa, pero la paciencia es una virtud que te enseñaré a dominar. Antes de que nos entreguemos a la noche, quiero que te prepares para mí. Date una ducha. Límpiate a conciencia, cada rincón de tu cuerpo, especialmente por detrás. Quiero que estés impecable, pura para mi placer. Al lado de esta nota, encontrarás un pequeño regalo marcado con una 'S', la inicial de tu ama. Quiero que te lo pongas. Y cuando lo tengas dentro, espérame desnuda en la cama. Quiero verte completamente mía, lista para recibir todo lo que tengo preparado para ti. Sofía"*

Mis mejillas se encendieron al leer sus palabras. La orden era clara, explícita, y una oleada de calor me recorrió el cuerpo. Al lado de la nota, tal como había dicho, había un objeto. Un plug anal de metal, liso y brillante, con una pequeña 'S' grabada en la base. Era un objeto hermoso y a la vez intimidante. La idea de lo que me esperaba, de lo que Sofía quería de mí, me hizo tragar saliva.

Con Carlos, habíamos experimentado con el sexo anal hace años, en los primeros días de nuestra relación, pero nunca lo habíamos vuelto a practicar. La experiencia había sido… diferente, pero no desagradable.

Ahora, con Sofía, la perspectiva era completamente distinta. Era una orden, una parte de mi sumisión, y la idea me excitaba de una manera que nunca antes había sentido. Me dirigí al baño, el plug anal en mi mano, su peso frío y sólido una promesa de lo que vendría.

Hice de vientre, asegurándome de estar completamente vacía, de no dejar nada al azar. A continuación, abrí el grifo de la ducha, dejando que el agua caliente me envolviera, intentando calmar el temblor de mis manos. Me enjaboné con esmero, cada centímetro de mi piel, prestando especial atención a la zona que Sofía había especificado. La limpieza se convirtió en un ritual, una preparación para la entrega.. Me limpié a conciencia, con una meticulosidad que rayaba en la obsesión. Sabía que Sofía no dejaría pasar el más mínimo detalle, y yo quería estar perfecta para ella.

Cuando terminé, me sequé con una toalla suave, mi piel sonrosada y sensible. Me miré en el espejo, mi cuerpo maduro, con sus curvas y sus imperfecciones, ahora listo para ser poseído. Me atraía de Sofía muchas cosas pero la aceptación de mi cuerpo maduro, por una chica tan joven y guapa, me volvía loca.

Me acerqué a la mesilla y tomé el plug. Estaba frío. Apliqué una generosa cantidad del lubricante que, previsiblemente, ella había dejado al lado, y con una respiración profunda, me incliné sobre la cama. La penetración inicial fue una sensación extraña, un estiramiento que roza lo doloroso antes de ceder. Un gemido ahogado escapó de mis labios cuando la base con la "S" se acomodó contra mis nalgas. Y entonces, ahí estaba. Una presencia constante, intrusiva, que me recordaba con cada pequeño movimiento quién era y para quién me preparaba. Caminé desnuda hasta el espejo del armario y lo sentí con cada paso, una sombra de lo que vendría después.

Luego, me senté frente al espejo del baño y me maquillé con cuidado. Un poco más de rímel, un labial más audaz. Quería estar perfecta para ella. Mientras lo hacía, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Laura: «¿Lo estás pasando bien con la tía Marta, mamá?» El pinchazo de culpa fue agudo, pero lo ahogué rápidamente. «Sí, cariño, muy bien. Descansa, hablamos mañana. Te quiero.» Antes de que la realidad pudiera entrometerse otra vez, desconecté el móvil. Esta noche no existía nadie más. Solo ella y yo.

Finalmente, me tumbé en la cama, boca abajo para aliviar ligeramente la presión interna, y luego me giré sobre las sábanas frescas. El plug se movía dentro de mí con cada pequeña respiración, un recordatorio constante, un jugueteo cruel y delicioso. Cerrando los ojos, dejé que una mano vagara por mi vientre, bajando hasta rozar la base que sobresalía, imaginando que eran sus dedos. La excitación era un fuego lento y profundo, alimentado por la humillación, la anticipación y el deseo puro de ser poseída, de ser abierta y reclamada de una manera en la que nunca antes lo había sido. Esperaba. Esperaba a mi Ama, completamente suya, bien aseada y preparada, deseosa de que la noche, y su dominio, comenzaran.

El tiempo se estiraba marcado por la presencia del plug dentro de mí. La habitación estaba en penumbra, solo la luz de la luna y las farolas de la ciudad se filtraban, pintando sombras largas sobre las sábanas. Mi cuerpo era un manojo de nervios, cada uno de ellos sintonizado con la puerta, esperando el sonido de la llave. Estaba deseosa de comenzar la noche con Sofía, de entregarme por completo a sus deseos, de explorar los límites que ella me impondría. La Vaquita estaba lista para su Ama.

Entonces, la puerta se abrió con un suave crujido, y Sofía entró. Mis ojos se fijaron en ella al instante, y no pude evitar notar el bulto prominente en sus vaqueros. Una oleada de calor me recorrió. Sabía lo que significaba: el strap-on. Estaba lista para mí. Sofía me miró, sus ojos azules brillando con una mezcla de satisfacción y anticipación. Una sonrisa lenta y depredadora se extendió por sus labios. Parecía que le gustaba lo que veía, mi cuerpo desnudo y tembloroso, el plug anal una promesa silenciosa de mi sumisión.

Se acercó a la cama, su presencia imponente llenando la habitación. "Ponte a cuatro patas, Vaquita", ordenó, su voz baja y autoritaria. "Y separa tus nalgas con tus manos. Quiero ver lo que me espera." Obedecí sin dudar, mi cuerpo respondiendo a su voz antes de que mi mente pudiera procesarlo. Me coloqué a cuatro patas, mis pechos colgando, mi trasero expuesto y elevado. Con mis manos, separé mis nalgas, abriendo mi entrada a su mirada. Sentí el aire frío en mi piel, la vulnerabilidad de la posición, y la excitación se disparó.

Sofía se acercó, sus ojos fijos en mi trasero. Se arrodilló detrás de mí, y sentí el roce de sus dedos fríos al extraer el plug anal. Un pequeño gemido escapó de mis labios al sentir el vacío repentino. Sin decir una palabra, Sofía llevó el plug a mi boca. Abrí la boca al instante, mi lengua buscando el objeto metálico, saboreando el lubricante y mi propio aroma. Mis ojos permanecieron fijos en los suyos, esos ojos azules que me observaban con una intensidad que me hacía temblar. Lo mantuve en la boca, lamiéndolo, saboreando mi propia humillación y sumisión, mientras mis ojos, llenos de excitación y vergüenza, permanecían fijos en los suyos.

—Bien —dijo, retirando el plug y dejándolo a un lado—. Ahora, mantén esa posición.

Sus dedos se posaron en mi entrada. Primero uno, que se deslizó dentro sin resistencia, explorando el vacío que había dejado el plug. Luego un segundo, estirándome, preparándome. Y finalmente un tercero, llenándome de una manera diferente, más orgánica, más invasiva. Un gemido escapó de mi garganta mientras mis dedos se aferraban a las sábanas. Mis músculos se contrajeron alrededor de sus dedos, y un gemido ahogado escapó de mi garganta. Ella movió sus dedos con lentitud, explorando, estirando, preparándome.

Los sacó, brillantes y húmedos, y me los llevó directamente a la boca.

—Chupa. Limpia mis dedos, Vaquita.

Cerré los ojos y obedecí, chupando cada uno de sus dedos, saboreando la mezcla de lubricante y mi propio cuerpo, sintiéndome más degradada y más viva que nunca.

—Esta noche no la vas a olvidar —afirmó, retirando su mano.

Yo, jadeante, con el sabor a posesión en la boca y el cuerpo ardiendo, logré articular unas palabras entrecortadas, impulsada por una gratitud retorcida y una necesidad absoluta.

—G-gracias, Ama... —susurré, manteniendo mi posición, ofrecida y vulnerable—. Muchas gracias por atender a su Vaquita.

Sonrío satisfecha. Sabía que su sumisa estaba lista. Y la noche, tal como había prometido, apenas comenzaba.

Mantuve mi posición, temblorosa, mientras ella se ponía de pie junto a la cama. Me arrastré de rodillas hasta sus pies, mis ojos fijos en el cierre de su pantalón. Desde abajo, la vista era aún más intimidante. El bulto en sus vaqueros era una promesa de placer y dolor. Sin necesidad de que ella dijera una palabra, mi cuerpo ya sabía lo que tenía que hacer. Con dedos que aún temblaban, desabroché el botón y bajé la cremallera. El vaquero cedió, y allí estaba.

El strap-on no era solo grande; era monumental, más largo y considerablemente más grueso que el pene de Carlos, de un color carne pálido y con un realismo aterrador. Sobresalía de su cuerpo esbelto como un arma, un instrumento de dominio absoluto. Una mezcla de terror y deseo absoluto se apoderó de mí.

Sin dudar, abrí la boca y comencé a realizarle una felación. Sofía no fue pasiva. Sus manos se enredaron inmediatamente en mi pelo, agarrando con fuerza, tomando el control del ritmo. Empezó a mover mis caderas, guiando mi cabeza, metiendo más y más de aquel falo artificial en mi boca. Pronto, la punta golpeó el fondo de mi garganta.

—Relájate, Vaquita —murmuró, pero su voz era una orden, no un consuelo.

Empujó más fuerte. Sentí la arcada instantánea, un espasmo involuntario que me hizo querer retroceder, pero sus manos eran tenazas que me mantenían en su sitio. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Ella retiró su cadera solo un poco, permitiéndome respirar por un segundo, antes de volver a empujar, más profundo esta vez.

—Eso es —susurró, con un deleite perverso en la voz—. Abre esa garganta para mí.

Las arcadas se sucedieron, una tras otra. Mi cuerpo luchaba por rechazar la intrusión, pero ella era más fuerte, más determinada. Notaba cómo disfrutaba con cada carraspeo, con cada sonido ahogado que salía de mi garganta. Estaba llevando mis límites al borde, probando hasta dónde podía someter mi reflejo más básico. Por suerte, había ido con el estómago vacío, sabiendo instintivamente que podría ser necesario.

Después de lo que pareció una eternidad de esta tortura húmeda y humillante, ella finalmente se separó de mi boca con un sonido húmedo. Yo jadeaba, con la saliva corriendo por mi barbilla, las lágrimas surcando mis mejillas. Sofía me miró con sus ojos brillantes.

—Estas preciosa así, con el rimmel corrido —se notaba su creciente excitación.

Con una mano aún en mi pelo, señaló el strap-on brillante con mi saliva.

—Lúbricalo bien, Vaquita —ordenó, su voz grave y cargada de anticipación—. Cúbrelo todo. Porque te lo voy a meter entero en ese culo gordo que tanto me gusta.

La crudeza de sus palabras, la promesa explícita de lo que venía, hizo que un nuevo temblor, esta vez de puro y anticipado éxtasis mezclado con miedo, me recorriera. Con manos temblorosas, tomé lubricante y vertí una generosa cantidad en mis palmas. Luego, con una devoción temerosa, embadurné el strap-on por completo, asegurándome de que cada centímetro de aquella enorme herramienta estuviera resbaladiza y lista.

Mientras lo hacía, no podía dejar de mirarlo. Era tan grande... e iba a ser introducido completamente en mi trasero, que ella llamaba "gordo" con una posesividad que me excitaba más de lo que me ofendía. Al terminar, levanté la mirada hacia ella, mis ojos suplicantes y sumisos.

—Está listo, Ama —susurré, mi voz ronca por el maltrato a mi garganta.

Sin necesidad de más órdenes, me coloqué boca abajo en la cama, ofreciéndome. La posición era aún más vulnerable, más expuesta. Sentí la punta fría y resbaladiza del strap-on presionando contra mi entrada, ahora vacía y preparada. Sofía no fue suave. Con un empuje firme y decidido, comenzó a introducirlo. El estiramiento fue inmediato, abrumador. Un grito ahogado se escapó de mis labios mientras mis dedos se aferraban a las sábanas. Era enorme, y la sensación de estar siendo abierta de esa manera me dejó sin aliento.

—Relájate, Vaquita —ordenó su voz desde arriba, pero no había ternura, solo el deseo de avanzar.

Y lo logró. Con un último y profundo empujón, lo metió entero. Me llenó por completo, una sensación de plenitud extrema y casi dolorosa que se extendió por todo mi bajo vientre. Por un momento, no pude moverme, solo jadear, acostumbrándome a la invasión.

Entonces comenzó a moverse. Al principio con embestidas lentas y profundas, cada una haciendo que el colchón crujiera. Pero pronto, la paciencia se le agotó.

—A cuatro patas. Ahora —jadeó, retirándose.

Obedeciendo de inmediato, me puse en la posición que ella prefería, la que me hacía sentir más animal, más usada. Desde allí, con mis nalgas elevadas, pudo penetrarme con un ángulo y una fuerza aún mayores. Sus manos se aferraron a mis caderas con una fuerza que seguramente dejaría marcas, usándolas como palancas para follarme con una velocidad y una violencia crecientes.

—¡Más! —exigió, y yo empujé mis caderas hacia atrás, encontrando su ritmo, deseando que cada embestida fuera más profunda.

Mis pechos, grandes y pesados, se balanceaban salvajemente con el movimiento, un espectáculo del que era consciente incluso en medio del torbellino. El placer era diferente, más profundo, más visceral, mezclado con un dolor que se transformaba en éxtasis. Lo más excitante no era solo la sensación física, sino la rendición total, el saber que estaba siendo usada de la manera más cruda y posesiva posible.

Entonces, el sonido cortó el aire antes de que sintiera el impacto. Un azote fuerte y seco en una de mis nalgas. El dolor, agudo y punzante, me hizo gritar.

—¡Síguete moviendo, puta! —ordenó Sofía, y otro azote cayó en la otra nalga.

El dolor se mezcló con el placer de la penetración, creando una ola de sensaciones contradictorias que me inundaron. Cada azote, cada "plas" que resonaba en la habitación, hacía que me contrajera alrededor de su enorme miembro, lo que a su vez provocaba un gruñido de satisfacción en ella. Mi respiración era un jadeo agotado, el sudor corría por mi espalda y entre mis pechos. Mi trasero ardía y seguramente ya marcado de rojo, y la sensación de su sudor mezclándose con el mío en ese lugar era terriblemente excitante.

Finalmente, con un último empuje profundo, Sofía salió sudorosa de mi interior. Se tumbó boca arriba en la cama, respirando con fuerza, sus ojos cerrados por un momento. Yo me quedé a cuatro patas, temblorosa, mi trasero palpitando, mi cuerpo exhausto pero extrañamente satisfecho.

—Límpiame la polla, Vaquita —ordenó, abriendo los ojos y señalando el strap-on que aún colgaba de su arnés.

Sin remilgos, me acerqué. El sabor era algo más intenso, una mezcla de lubricante, sudor y mi propio aroma, pero lo limpié a conciencia con mi lengua, cada centímetro, mientras la miraba a los ojos, buscando su aprobación.

Cuando terminé con las energías mermadas afloje la correa del arnés con la intención de besar su vagina y así agradecer el placer recibido. Pero ella se apartó bruscamente rechazando compartir este momento de intimidad.

—Tu boca apesta, Vaquita —dijo con un tono de disgusto. —Si quieres besarme, tendrás que lavarte la boca. —Sus palabras me golpearon como un azote, más dolorosas que los que había recibido en mis nalgas. La humillación fue instantánea, un frío helado que recorrió mi cuerpo. Bajé la mirada, sintiendo mis mejillas arder. Mi Ama había hablado, y yo solo podía obedecer. Me disculpé con ella y fui a lavarme la boca para poder tenerla disponible para su placer.

Al mirarme en el espejo observé a una mujer madura con el maquillaje corrido y con marcas coloradas intensas en los glúteos, pero a la vez mostraba una mirada que se sentía más viva que nunca.

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