La asistenta (2)
Claudia llega para reclamar su territorio, follando con furia frente a la empleada. Pero Reme no se queda cruzada de brazos: bajo el escritorio, en la penumbra, empieza a jugar con fuego. ¿Hasta dónde llegará la tensión antes de que la casa estalle?
Claudia llegó el viernes con una maleta y la seguridad con la que siempre se movía, como si cualquier habitación se encogiera n su presencia. Morena de rompe y rasga, entró en mi piso como si ya fuera suyo, besándome en la boca sin reparar en que Reme estaba fregando la cocina.
—Hola, Remedios —dijo con una sonrisa seca, sin ironía pero sin calidez.
Reme la miró de arriba abajo, con los ojos claros un poco más huidizos de lo habitual. Asintió y murmuró un “Hola, señora”. Claudia no añadió nada más.
El resto del día se trató de gestos mínimos: Claudia hablándole con cortesía distante, agradeciendo cada cosa con un “gracias” impecable pero frío; Reme respondiendo con la misma neutralidad, haciéndose pequeña, sin dejar nunca de moverse, como si la limpieza pudiera salvarla de la incomodidad.
La primera noche, Claudia decidió. Me folló en el sofá, sabiendo perfectamente que Reme seguía en la cocina guardando cosas. Se sentó sobre mí, con sus poderosas caderas moviéndose lentas, batiendo mi polla, los pechos grandes cayendo sobre mi cara, y lo hizo con una risa rota que no era de placer, sino de dominio. Me mordió el cuello y jadeó fuerte, como si quisiera que las paredes retumbaran. Yo apenas podía pensar: solo sentía sus uñas en mi pecho, la humedad de su sexo abriéndose sobre mí, la certeza de que Reme estaba escuchando.
Los días siguientes fueron parecidos. Claudia parecía más encendida de lo habitual. En la cama, follábamos con un ruido excesivo, con palabras dichas en voz alta que nunca le había escuchado antes, como si cada gemido y cada golpe de su pelvis fueran mensajes lanzados hacia la otra habitación. Yo la seguía, entregado a esa energía nueva, pero consciente del filo que la alimentaba.
Una mañana, en la ducha, Claudia me puso contra la pared con el agua caliente cayendo sobre los dos. Se enjabonaba lentamente, mirándose el cuerpo en el espejo empañado de la mampara. El vapor lo envolvía todo.. Su cuerpo alto, moreno, lleno de curvas, ocupó el espacio reducido.
Yo me enjabonaba los brazos cuando me dijo, sin rodeos:
—La vi mirándote. Esa muchachita. Cree que no me doy cuenta, pero tiene los ojos clavados en ti todo el rato. Y tú también miras.
Me quedé callado. El chorro caliente golpeaba mis cuello. Claudia se inclinó, tomó el gel y se lo pasó lentamente por los pechos, haciendo espuma blanca que se deslizó hasta su vientre.
—No hace falta que lo niegues —siguió—. Es normal. Los hombres miran. Siempre miráis. Y ella… anda por la casa medio desnuda, como si no lo supiera.
—Claudia… —intenté, pero me cortó con una carcajada seca.
—No, déjalo. No voy a pelear con una niña de veinte años. Solo quiero que lo digas. ¿Te fijas en ella?
Su mirada era una trampa. Sus ojos negros, encendidos, me desnudaban más que el agua.
—A veces —admití al fin.
Sonrió con una mezcla de tristeza y orgullo. Se giró un poco, dejándome ver sus caderas, el trasero rotundo que siempre decía que era “demasiado”. Lo acarició con sus propias manos.
—Y dime… ¿qué tiene ella que no tenga yo? —preguntó, girando apenas la cabeza hacia mí.
—No es eso. No se trata de comparar.
—Pues compárame. —Se giró y se apretó los pechos, grandes, firmes aún pese al peso de los años, dejando que el agua los hiciera brillar—. ¿Prefieres estas tetas de mujer, llenas, o los dos limones mustios de… esa?
No supe qué contestar. Me tomó de la nuca y me obligó a morderle un pezón. Gimió, con rabia, con placer mezclado.
—¿Y esto? —me hizo pasar las manos por sus caderas, por sus nalgas abundantes. El jabón hacía que mi mano resbalara por su piel, por la curva suave que descendía hacia sus muslos y hacia su coño. Ella se apartó de golpe.
El agua corría entre sus tetas, por su vientre, por el abismo de su pubis velludo bien recortado. Me tomó por la cintura, firme, casi brusca. Sentí cómo me apretaba contra ella, y en un gesto raro, inesperado, se giró y se inclinó hacia delante.
—Fóllame —ordenó, sin mirarme, con la voz cargada de rabia contenida, apoyando las manos en la mampara.
La penetré despacio, con dificultad al principio por la angosta rigidez de su coño. Claudia gruñó, clavando las uñas en mis costados.
—Eso… —jadeó—. Más. No pares.
Sentí cómo su cuerpo me recibía a trompicones. Cada embestida era un golpe seco, un choque de piel contra piel en el vapor ardiente. El agua caliente lo cubría todo, resbalando por su piel morena, cayendo por la línea de sus amplias nalgas turgentes, brillando en los pliegues donde yo entraba y salía cada vez más fácil, cada vez más rápido. El gesto era brutal, tenso, casi más un acto de territorio que de deseo. Pero su cuerpo temblaba, y el mío también.
Claudia apoyó la frente en el cristal, respirando fuerte.
—¿La prefieres a ella? —me preguntó entre dientes.
—No. —El “no” me salió animal, ronco.
—Dímelo otra vez.
—No.
Ella gimió, pero no como antes. Fue un sonido áspero, feroz, que rebotó en las paredes húmedas. Su orgasmo fue breve y convulso, y lo sentí en la tensión de sus músculos alrededor de mi verga, en el temblor que me arrastró a mí propio orgasmo. El placer me estalló en la espalda, en el vientre, en el pecho, mientras ella se estremecía delante de mí, su cuerpo rendido y natural a la vez.
Al terminar, se giró, jadeante, y me miró con los ojos brillantes, húmedos de más que excitación.
—Que quede claro —dijo, tocándome la cara con una mano aún temblorosa y agarrando mi verga, que se adormecía lentamente—. Esto es mío. Y mientras yo esté aquí, ninguna otra va a arrebatármelo.
No había ternura en su mirada, sino un brillo duro, como de animal que ha defendido su guarida.
*
Desde que Claudia se instaló el fin de semana, la casa respiraba un aire distinto. El suelo crujía de otra manera, las paredes parecían más estrechas, como si no pudieran contener a dos mujeres que me medían, cada una a su modo. Claudia estaba en su papel, segura de sí misma, con esa cortesía fría que usaba como coraza frente a Reme. Y Reme, en silencio, se transformó.
Ya no era la chica distraída que hacía bromas canturreando mientras fregaba. Ahora sus gestos eran calculados, más lentos, más carnales. Yo lo notaba en la forma en que entraba en el salón con la fregona, inclinando el cuerpo más de lo necesario. En la manera en que recogía migas de la mesa con los dedos y luego se los chupaba delante de mí. En cómo cruzaba la pierna cuando se sentaba a descansar un minuto, dejando que la bata se abriera sin disimulo, mostrando su ropa interior.
Claudia lo notaba también, aunque no lo decía. La miraba con esa mezcla de desprecio contenido y alerta animal, como una gata que observa a otra desde la distancia. No hacía comentarios, pero cada noche, cuando me llevaba a la cama, me tomaba con un ardor casi violento, como si quisiera borrar con su cuerpo lo que había visto durante el día.
Una tarde, el pulso se volvió insoportable. Yo trabajaba en el ordenador, fingiendo concentración. Claudia hablaba por teléfono en la habitación. Reme entró al salón con el uniforme abierto hasta la cintura. Debajo solo llevaba las bragas, negras, húmedas en la entrepierna como si las hubiera mojado al fregar. Se inclinó frente a mí, apoyando las manos en la mesa, y me miró directamente.
—¿Quiere que le limpie aquí, don? —su voz sonó más ronca que de costumbre.
No podía responder. La bata abierta mostraba sus pechos pequeños, firmes, con los pezones grandes y duros, como si me retaran. El vello crespo asomaba por el borde de la tela negra, y sus nalgas redondas tensaban la ropa interior que apenas las cubría. El olor a sudor y a jabón barato me golpeó de lleno.
—Está distraído —añadió, bajando la voz—. ¿Es que no le gusta lo que ve?
Me tragué las palabras. Claudia estaba a pocos metros, detrás de la puerta. El corazón me latía en las sienes.
Reme sonrió. Se enderezó despacio, dejando que su coño rozara el borde de la mesa, y caminó hacia el pasillo con pasos lentos, sabiendo que yo la seguía con la mirada. Justo antes de salir, se giró y se levantó la bata hasta la cintura. Sus nalgas morenas, desnudas con apenas el hilo del tanga ocultando el horizonte, brillaban con fulgor moreno. Se las apretó con las manos, en un gesto obscenamente claro, y se rio bajito antes de desaparecer por la puerta.
Me quedé clavado en la silla, incapaz de moverme. El calor me recorría todo el cuerpo, mezclado con la culpa y el miedo.
Esa noche Claudia me arrastró a la cama sin decir nada. Follamos otra vez con brutalidad, con ruido, con gritos que parecían dirigidos a alguien más que a mí. Me mordió los hombros, me arañó el pecho, me cabalgó con furia, como si buscara dejarme marcado por dentro y por fuera. Yo apenas podía pensar: solo veía, detrás de mis párpados, el cuerpo de Reme levantándose la bata, sus nalgas tensas y su risa burlona.
Reme estaba envenenando mis sueños. Y yo, aunque no hubiera tocado aún esa piel morena y provocadora, no quería más que dormir para encontrarnos.
*
Una tarde de miércoles me refugié en el escritorio con el ordenador abierto, fingiendo trabajar. Claudia hablaba por teléfono en la habitación contigua, su voz grave y firme llegaba clara a través de la pared. El murmullo de sus pasos resonaba de vez en cuando en el pasillo.
Reme entró sin avisar. Llevaba el uniforme desabrochado, los rizos sueltos, el sudor marcándole la frente. No dijo nada. Me miró fijamente, los ojos claros clavados en los míos, y se acercó despacio.
—¿Necesita algo más, don? —preguntó con una sonrisa torcida.
No pude responder. El aire se volvió espeso. Entonces, sin darme tiempo, se arrodilló junto al escritorio. Sentí su mano en mi muslo, firme, inevitable.
—Shhh… —susurró—. No diga nada.
Y se deslizó debajo de la mesa.
El corazón me golpeaba en las costillas. Escuché a Claudia reír al otro lado de la pared, contándole algo a alguien. En ese mismo instante, Reme abrió mi pantalón con destreza, liberando la tensión que me atenazaba desde hacía días. Su mano cálida me envolvió la verga, enhiesta, dolorosamente erecta, y luego su boca, húmeda, juguetona, la engulló sin dudar un momento.
El contraste fue insoportable: el calor húmedo de su lengua deslizándose, succionando con una precisión casi cruel, y la voz de Claudia a pocos metros, sin sospechar nada. Reme trabajaba con un ritmo perfecto, mezclando lentitud y presión, como si conociera mi cuerpo de siempre. No había torpeza en ella: sabía exactamente cómo rozar con los labios, cómo apretar con la lengua, cómo tragar hasta el fondo.
Me apreté contra el respaldo de la silla, los ojos cerrados, la respiración entrecortada, intentando no emitir ningún sonido. Pero cada vez que Claudia hablaba más alto, Reme se volvía más atrevida, profundizando, apretándome contra su garganta hasta hacerme gemir por dentro, en silencio.
Sus dedos se aferraban a mis muslos, clavándose con fuerza. El olor de su pelo húmedo subía hasta mí, mezclado con el olor denso del su cuerpo excitado que se escapaba bajo la mesa. Abrí los ojos un instante: vi la pantalla del ordenador con el correo abierto, todo normal, como si estuviera trabajando. Y debajo, en la penumbra, el cuerpo moreno de Reme devorándome en secreto, su esposa mata de rizos morenos subiendo y bajando devorándome la polla.
Claudia carraspeó en la otra habitación. Pasos en el pasillo. Sentí que iba a entrar. Quise apartar a Reme, pero ella me sostuvo aún más fuerte y aceleró el ritmo, tragándome entero con un ruido húmedo, insistente. El peligro me atravesó como un relámpago: la certeza de que, si Claudia abría la puerta, nos encontraría así, sin excusa posible.
Y quizá fue eso lo que me hizo estallar. El miedo, la tensión, la culpa. La mezcla insoportable de su boca experta y la proximidad de la otra mujer. Me corrí en silencio como una fuente, mordiéndome el puño para no gritar, vibrando con cada espasmo que me recorría de hormigas desde mi coño a la punta de mi verga, mientras Reme lo bebía todo sin apartarse, con un ansia tranquila, como si lo hubiera esperado desde siempre.
Cuando terminé, ella siguió chupando, dejando que mi polla se fuese deshinchado poco a poco dentro de su boca, y cuando la dejó salir, se limpió con la lengua, aún agachada, y después de volver a guardármela en el pantalón salió de debajo de la mesa despacio. Se levantó, acomodó su bata y me miró de frente, con una sonrisa apenas visible, los labios húmedos brillando enrojecidos.
—Hasta mañana, don —dijo en voz baja, como si no hubiera pasado nada.
Se marchó por el pasillo justo cuando Claudia salía de la habitación, todavía con el teléfono en la mano. Se cruzaron sin rozarse. Claudia me miró desde la puerta, con el ceño fruncido mientras yo fingía estar leyendo algo importantísimo en el portátil.
-¿Todo bien? – preguntó, esbozando una sonrisa.
-Ajá – respondí, sonriendo a mí vez, u volviendo a mis pretendidos asuntos ineludibles.
Por un momento pareció que iba a añadir algo, pero finalmente se fue hacia la cocina, y yo me quedé frente al ordenador, temblando, incapaz de leer o escribir una palabra. El eco de la boca de Reme aún me recorría el cuerpo. Y la certeza de que estaba empezando a vivir peligrosamente.
*
Claudia me miraba raro. No había dicho nada, pero en sus ojos oscuros había un brillo distinto, una punzada de duda. Me observaba con ese silencio suyo, como si fuera capaz de atravesar mi piel. En la mesa de la cena estuvo seria, apenas bromeó, y cuando nos acostamos no me dejó tomar la iniciativa.
Me empujó contra el colchón, me montó con toda su energía, atrapándome bajo su cuerpo. Sus pechos grandes rebotaban frente a mi cara, su coño en exprimía, su culo me clavaba contra el colchón casi con rabia. Era sexo, sí, pero también era un interrogatorio sin palabras. Yo la sentía preguntándome con cada embestida: ¿Sigues conmigo?
No me contuve. Le amasé los muslos, le agarré el culo con fuerza, le azoté las nalgas hasta que gritó. La penetré con violencia, con necesidad, empujando con mi cuerpo hacia arriba y sintiéndola resbalar entera contra mí, húmeda, caliente, brutal. Ella se oellizava los pezones, los retorcía, mordía el aire con la cara vuelta hacia el techo, y de vez en cuando se inclinaba sobre mí, mirándome a los ojos.
—Claudia… —le susurré, con la garganta rota.
Ella me contempló con rabia, con deseo, con esa mezcla que solo ella sabía manejar.
—¿Qué? —me escupió entre gemidos.
—Que eres tú… solo tú. Lo único que quiero.
No sé si me creyó. Pero algo en sus ojos se ablandó. Se dejó caer sobre mí, jadeando, y me mordió el cuello como si quisiera tatuar su nombre ahí. La abracé, y tras girarnos sin sacar mi verga de su coño, me coloqué sobre ella, atrapé sus muñecas y la llené de golpes sordos contra el colchón, hasta que explotamos juntos, un alarido áspero que llenó la casa entera.
Después se quedó en silencio, sudorosa, el pelo pegado a su cara morena. Sonrió, tranquila, satisfecha, como si hubiera ganado una batalla. Al día siguiente se vistió temprano, se pintó los labios y me besó con calma antes de irse.
—Te llamo luego —me dijo, con esa tono suyo que no admitía réplica.
La puerta se cerró detrás de ella y el piso recuperó un vacío casi inquietante. Me quedé frente al ordenador, intentando volver al trabajo, pero con el cuerpo aún vibrando.
Al mediodía llegó Reme. Entró ligera, con esa bata que cada día parecía cubrir menos. Saludó como siempre, dicharachera, pero en sus ojos había algo más: la certeza de que Claudia se había ido.
—¿Y la jefa? —preguntó sonriendo.
—Se fue esta mañana.
—Ah… —hizo un gesto con la boca, casi una mueca—. Mejor, ¿no?
No respondí. Me agaché sobre el teclado, intentando concentrarme. Ella se puso a limpiar, pero lo hacía con una lentitud inusual, arrastrando la fregona como si estuviera bailando para mí. De vez en cuando me miraba, clavando sus ojos claros en los míos, sin disimulo.
El momento llegó cuando pasó a mi lado con el trapo del polvo. Fingió inclinarse para limpiar un estante, y su bata se abrió de golpe, revelando su desnudez insolente, sus pechos pequeños con los pezones marrones duros como botones, el vello espeso y crespo de su pubis que parecía brillar de humedad.
Me quedé helado. Quise apartar la mirada, pero ella lanzó un risita callada.
—¿Qué pasa, don? ¿Se asusta?
El aire se volvió gelatina. Podía haber dicho que no, podía haber puesto distancia. Pero no lo hice. Ella se acercó, me tomó de la nuca con una mano sorprendentemente firme, y me besó en la boca. Fue un beso brutal, voraz, sin delicadezas. Me mordió el labio hasta el umbral del dolor. Sentí el calor que emanaba de su piel, de su carne, de su aliento.
En ese instante supe que estaba perdido.
La llevé al dormitorio casi a empujones. La bata se abrió entera en el pasillo, cayendo al suelo como si nunca hubiera servido para nada. Su cuerpo menudo brillaba bajo la luz que entraba por las ventanas.
Se tiró en la cama boca arriba, con las piernas abiertas, mirándome con descaro.
—Nojombre, don —dijo con voz ronca—. Ya se demoró lo suyo…
No hubo más resistencia. Caí sobre ella con toda la rabia contenida, besándole los pezones grandes, mordiendo su piel morena, perdiéndome en el olor fuerte de su sexo. Ella gemía, me incitaba con unas risas semejantes a un ronronel, me retaba, y yo me hundía más en ella, hasta olvidar por completo quién era, dónde estaba, qué consecuencias tendría.
El silencio de la casa se llenó de nuestros jadeos, de nuestros besos, de nuestras caricias. Y yo supe que, aunque Claudia me hubiera marcado la noche anterior, allí donde iba sobraban hasta los recuerdos.
*
No hubo espacio para la duda ni para la cortesía. Me quité la ropa como si llevara meses guardando un hambre insoportable. Acaricié mi verga, que casi latía con vida propia, y me coloqué sobre ella.
Reme se abrió de piernas, y su coño me recibió con una glotonería viscosa, al tiempo que de su garganta brotaba un gemido ronco, breve, casi burlón. Su cuerpo era más pequeño de lo que había imaginado en mis fantasías: pechos diminutos pero tensos, con los pezones enormes, oscuros, como dardos que me atravesaban la lengua. Las nalgas, en cambio, llenaban toda mi mano, redondas, duras, ofreciéndose sin pudor. Su coño estaba cubierto de un vello espeso, crespo, y lo fui abriendo sin miramientos y aspirando el olor fuerte de su excitación, que me golpeó como un perfume animal.
La besé con furia, sin delicadeza, mordiéndole los labios hasta arrancarle un grito. Ella me devolvió la mordida, riéndose con los ojos entrecerrados, como si supiera que me estaba ganando en su propio terreno. Mis manos recorrieron cada centímetro de su piel, mis dedos clavándose en su culo, bajando por sus muslos tensos, resbalando en su humedad.
—Eso, don… así —me susurró con la voz rota.
No había ternura, solo hambre. La follaba con una violencia casi torpe, desesperada, y ella se arqueó entera, clavando las uñas en mi espalda. El cuerpo pequeño temblaba debajo de mí, pero no retrocedía: me pedía más, me exigía con los jadeos, con la presión de sus piernas rodeándome. Era como si quisiera que la martilleara hasta no dejar nada.
La cogí por la cintura, la giré boca abajo, y le abrí las nalgas con ambas manos. Su piel morena brillaba de sudor. La azoté sin pensarlo, dos, tres veces, y ella gemía más alto, empujando la cadera hacia atrás, entregándose. Me hundí de nuevo en su coño encharcado y baboso, y sus gritos rebotaron en las paredes, llenando la casa con un eco imposible de ocultar.
El polvo fue un asalto. No había lugar para la lentitud, ni para el control. Éramos dos animales encerrados, mordiéndonos, arañándonos, desbordados. Reme me chupaba los dedos con ansia cuando los llevaba a su boca, mordía la sábana, gemía cuando tiraba de su pelo, me pedía más y más, y yo obedecía, cegado, arrebatado por el ansia. El aire se volvió una crema tibia de sudor, saliva, flujo.
Me corrí con un gemido sordo, enterrado en su cuello, mientras ella seguía moviéndose, como si quisiera exprimir hasta la última gota. Su risa quedó suspendida en el aire, suave, satisfecha.
El silencio después fue brutal.
Me quedé tumbado en el borde de la cama, el cuerpo empapado, el corazón desbocado, tratando de recuperar el resuello. Ella quedó tendida boca abajo, sudada,, con las piernas abiertas, la piel cubierta de las cicatrices de nuestra pasión enfurecida e imprudente. Me miraba con calma, con una seguridad que me desarmaba.
Yo, en cambio, estaba vacío.
Me golpeó la imagen de Claudia, la noche anterior, jadeando sobre mí, mordiéndome el hombro, creyendo en mis palabras: “Eres tú, solo tú”. Sentí que la había traicionado con cada embestida, con cada lamida, con cada azote. La culpa me apretaba el pecho, pero el cuerpo aún vibraba con el placer insolente de Reme.
Era desgarrador: el deseo y el remordimiento, mezclados como una ponzoña dulce.
Me levanté, caminé tambaleante desnudo hasta el baño y abrí el grifo de la ducha. El agua fría no borró nada. El olor de Reme seguía en mis manos, en mi boca, en mi piel, y notaba la polla irritada, sensible. Sus gemido, sus gritos, su risa, aún resonaban en mis oídos. Y en mi cabeza la voz de Claudia: firme, grave, mía.
Salí de la ducha y me vi en el espejo, con los ojos inyectados en sangre, el cuerpo exhausto, y en aquel momento se me ocurrió que son los antojos del deseo, y no el sueño de la razón, los que producen monstruos.
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