La asistenta (1)
Reme no llegó solo a limpiar la casa; llegó a ocupar cada rincón de su mente. Con cada roce accidental y cada mirada sostenida, la frontera entre empleada y amante se desdibuja, hasta que el castigo se convierte en la única forma de pedir permiso.
La mañana de las entrevistas para la asistenta me encontró de peor humor de lo que esperaba. Había dejado el salón en relativo desorden a propósito, como para comprobar hasta qué punto las candidatas se atreverían a meter las manos donde no las llamaban. Dos llegaron puntuales; la tercera, con veinte minutos de retraso, fue la que terminaría quedándose.
La primera era seca, con un aire de funcionaria: se sentó erguida, me miraba como si estuviera evaluándome yo a ella. Contestaba con frases cortas, serias, como si limpiar una casa fuese una misión secreta y no un trabajo más. Su ropa impecable, su tono de voz afilado.
—¿Cuántos metros cuadrados tiene la casa? —preguntó, sin siquiera mirarme a los ojos.
—Ciento diez, más o menos.
—¿Qué productos usa?
Me limité a encogerme de hombros. No me interesaba, y lo notó.
La segunda, en cambio, era toda dulzura ensayada: sonrisa de manual, mirada que se paseaba por los cuadros, demasiado interesada en detalles que no le importaban. Fingía naturalidad y se notaba.
—Qué gusto tan… peculiar, —me dijo, señalando una litografía en la pared.
—Es un regalo. —No me molesté en explicarle más. Ella sonrió como si hubiera encontrado un punto de complicidad que en realidad no existía.
Y luego llegó ella. Remedios. Reme. Veinticuatro años, dijo, aunque parecía más joven. Venía con el pelo amarrado bajo una bandana roja, que no alcanzaba a contener los rizos negros. Se disculpó por la tardanza con una sonrisa distraída, como si no esperara que nadie se lo tomase en serio. Tenía un aire ausente y, sin embargo, se movía por la habitación como si fuera suya.
—Perdone, es que el autobús se quedó parado… —dijo, y alzó las manos en un gesto resignado.
—No pasa nada —contesté—. Siéntate. ¿Tienes experiencia?
—Sí, llevo desde los diecinueve limpiando casas. Me gusta. Yo soy de hablar mucho, pero no me entretengo: hablo y limpio, limpio y hablo —sonrió.
No era guapa en el sentido corriente: cuerpo menudo, pechos pequeños con pezones que se intuían marcando la tela fina de la blusa, nalgas redondeadas y duras bajo un pantalón barato de algodón. La cintura, poco definida, le daba un aire sólido, práctico. Me sorprendió que hablara tanto, llenando silencios con pequeñas anécdotas, gestos de las manos, frases que parecían sacadas de conversaciones anteriores y, sin embargo, me arrancaban sonrisas.
Claudia vino a casa esa tarde, cuando le conté. Estaba imponente como siempre: un metro ochenta descalza, morena de piel fuerte, pechos generosos que sabía dominar con camisas abiertas, caderas demasiado anchas a su gusto pero que movía con la seguridad de quien se sabe mirar antes de que lo miren los demás. Se sentó en la encimera de la cocina con una copa de vino, cruzando las piernas largas.
—Así que has elegido a la distraída —dijo, arqueando una ceja.
—No estaba distraída, hablaba mucho. Pero se notaba que sabía lo que hacía.
—Déjame ver. —Le mostré la foto que Reme había mandado. Claudia bebió un sorbo y sonrió con ironía.
—Bueno, al menos no es una de esas chicas que parecen salidas de un anuncio. No tendrás tentaciones.
—No empieces. —Sonreí, incómodo.
—No empiezo, solo digo. —Me acarició la barbilla con la uña del pulgar—. Te conozco: las flaquitas te hacen mirar dos veces.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que contrate a una señora mayor para que me regañe?
Ella soltó una carcajada breve, fuerte.
—No estaría mal. Pero bueno, que sea como quieras. Si hace el trabajo, a mí me vale.
El primer día de trabajo de Reme fue un martes. Llegó puntual, con una mochila pequeña y guantes de goma asomando del bolsillo lateral. Se puso a trabajar sin ceremonia, moviéndose con esa mezcla de torpeza y eficacia que la caracterizaba: levantaba los cojines con un gesto brusco, sacudía las sábanas con energía, pero de pronto se detenía a preguntar si ese cuadro de la pared tenía que limpiarse con un paño seco o húmedo.
—Mejor con seco, es delicado.
—Vale, vale, seco entonces. ¿Y los cristales los quiere con vinagre o con spray? —preguntó, ya con el trapo en la mano.
—Como prefieras tú.
—Pues con vinagre. A mí me gusta el olor, aunque a algunos les parece raro.
Yo la observaba más de lo que debería, desde el pasillo o fingiendo leer en el sofá. Había algo en su forma de inclinarse, de agacharse sobre la bañera, que resultaba hipnótico. El pelo suelto se le escapaba de la bandana y caía en rizos ásperos sobre la frente sudada. Olía a jabón corriente, un olor limpio, casi escolar.
Al final del día, cuando se fue, la casa estaba distinta, más despejada, pero lo que me quedó grabado fue otra cosa: la imagen de su cuerpo menudo moviéndose con soltura en mis habitaciones, como si hubiera dejado una huella invisible en el aire.
*
Las primeras semanas con Reme se asentaron con naturalidad. Llegaba tres veces por semana, siempre con esa mochila pequeña y los guantes asomando. Se movía con soltura creciente, como si poco a poco fuera adueñándose de la casa. El primer día me preguntaba a cada rato cómo quería las cosas; al tercero ya había decidido ella misma qué estanterías se sacudían con qué trapo.
—Si no le parece bien, me lo dice, ¿eh? —me soltó un jueves, después de colocar las toallas en un orden distinto.
—Está perfecto. —La verdad es que no recordaba yo mismo cómo estaban antes.
Lo curioso era que hablaba sin parar. Historias de vecinas, de su país, de su abuela que cocinaba todo con demasiado aceite, de los chicos del barrio que la miraban como si no existiera y de repente la saludaban cuando la veían con uniforme de trabajo. Yo la escuchaba desde el escritorio, fingiendo revisar papeles. A veces, sin darme cuenta, había dejado de leer para seguirle el hilo.
—¿Y a usted no le molesta que yo hable tanto? —me preguntó una mañana, frotando la encimera de la cocina.
—No. —La miré más de lo necesario—. Me entretiene.
—Eso me decía mi madre: “niña, cállate, que aburres”. Pero yo creo que aburrir es peor si no se habla.
La estudiaba, a mi pesar. Su cuerpo menudo parecía hecho para moverse sin hacer ruido, pero había en su andar algo sólido, una especie de confianza desordenada. Cuando se agachaba para limpiar la parte baja del horno, el pantalón barato se tensaba sobre sus nalgas, redondeadas, firmes, como si no pertenecieran al resto de su anatomía discreta. A mí me costaba mantener la vista en otra cosa.
Con Claudia lo comentábamos en broma, al principio. Ella venía los fines de semana, traía vino y se quedaba a dormir. Claudia era lo opuesto a Reme en todo: altísima, fuerte de carácter, con un cuerpo de mujer madura y segura, pechos grandes que desafiaban sus propias camisas y caderas rotundas que movía con una naturalidad que desarmaba cualquier crítica.
—¿Qué tal la chica? —preguntó una noche mientras servía las copas.
—Trabaja bien. Habla mucho.
—Eso ya me lo has contado. ¿Y tú qué haces mientras?
—Escucharla.
—Ajá. —Me miró con una sonrisa torcida—. Ya te conozco: escuchas con esos ojitos tuyos de profesor aplicado, pero no te pierdes un detalle de cómo se agacha.
Me quedé callado. Claudia rio fuerte, con esa carcajada que llenaba la cocina.
—No pasa nada. —Le dio un sorbo al vino—. Si hasta yo me he fijado en ella, tiene un culo como una piedra.
—Eres terrible.
—No, soy sincera. Y te advierto: como la mires demasiado, te lo voy a notar al instante.
Claudia era así: una mezcla de complicidad y amenaza, siempre jugando con los límites. Le gustaba empujarme un poco para ver cómo reaccionaba. Yo intentaba mantener el tipo, pero lo cierto es que su comentario me había afectado. ¿Se me notaba tanto?
Con el paso de los días, empecé a encontrar pequeños rastros de Reme después de que se marchaba: un mechón de pelo enredado en el cepillo del baño, el olor del vinagre en los cristales, una botella de agua olvidada en la encimera. La casa se sentía menos mía, como si alguien la hubiera habitado en mi ausencia.
Una tarde, mientras limpiaba el dormitorio, la escuché tararear. No reconocí la melodía, pero tenía un ritmo repetitivo, casi infantil. Me acerqué a la puerta entreabierta. La vi arrodillada en el suelo, pasando un trapo bajo la cama, con la blusa pegada al torso por el sudor. Los pezones se marcaban duros contra la tela, y el movimiento de su brazo hacía vibrar todo su cuerpo menudo. Me quedé ahí, observando más de lo prudente, hasta que ella levantó la vista.
—¿Quiere que mueva la cama? —preguntó, como si no hubiera notado mi mirada.
—No, así está bien —dije, con la voz más seca de lo que hubiera querido.
Me retiré al pasillo, con una mezcla de incomodidad y de algo que preferí no nombrar.
Claudia vino ese fin de semana y notó algo distinto en mi manera de hablar de la casa. Se dejó caer en el sofá con su cuerpo grande y seguro, mirándome con los ojos entornados.
—Tienes cara de adolescente —me dijo.
—¿Por qué?
—Porque hay otra mujer rondando tu cabeza. Y no soy yo.
—No digas tonterías.
—No lo digo como reproche, todavía. Lo digo porque te conozco.
—Me cogió la mano y la apoyó en su cadera ancha—. Pero recuerda una cosa: yo no compito.
La frase quedó flotando. Claudia no insistió, y cambiamos de tema. Pero yo me quedé con la sensación de que me había lanzado una advertencia, como esas señales que uno finge no ver en la carretera.
Las semanas siguieron así, con una rutina engañosa: Reme hablando, riendo, moviéndose por la casa con esa naturalidad que empezaba a resultarme demasiado íntima; Claudia viniendo, llenando el espacio con su risa fuerte y sus maneras de rompe y rasga, recordándome quién era cada uno en esta relación.
Y en medio, yo, cada vez más atento a los detalles pequeños: el roce de una mano cuando Reme me pasaba el trapo para que lo sujetara, la forma en que se encorvaba para alcanzar un rincón, el olor de su sudor mezclado con jabón barato. Eran cosas insignificantes, pero se me quedaban prendidas en la memoria como si fueran confesiones.
Una mañana, mientras ella fregaba el suelo, me dijo sin mirarme:
—Usted debe de ser buena persona.
—¿Por qué lo dices?
—Porque me escucha. La mayoría solo quiere que una limpie y se calle. Usted escucha. Eso es raro.
Me quedé sin saber qué responder. Ella siguió frotando, tarareando su melodía absurda, como si nada. Pero yo, ese día, tuve que salir a caminar un rato después de que se fue. El aire de la calle me pareció menos espeso que el de mi propia casa.
*
Al principio eran cosas pequeñas, casi invisibles. Un vaso que yo siempre dejaba en la repisa de la cocina, y que Reme colocaba en otro estante “para que no acumule polvo”. El orden de los cojines en el sofá, que yo nunca miraba y que de pronto parecían tener un sentido que no era mío. La ventana abierta de par en par mientras yo trabajaba, aunque el aire me enfriara los pies.
No era una cuestión de limpieza. Era una forma de ocupar el espacio, de inscribir su presencia en cada rincón. Una batalla silenciosa. Yo seguía en mis reuniones, con la cámara encendida, asintiendo a voces lejanas, mientras detrás se movía ella: el cubo, el trapo, el olor a detergente, y esa risa suya a destiempo.
—¿No se aburre, usted, aquí sentado tantas horas? —me dijo una mañana, apoyada en el marco de la puerta.
—Más de lo que imaginas. —Levanté la vista de la pantalla, y ella estaba allí, con la bandana floja y el pelo escapándose en rizos.
—Debería salir más. Bailar un poco. —Lo dijo sonriendo, como si fuera una broma, pero sus ojos claros me sostenían.
Ese “bailar” quedó flotando entre nosotros. Yo no bailaba. Ni con Claudia, ni con nadie. Y sin embargo, con Reme sonaba a invitación.
Me encontré observándola de manera distinta. No sólo su cuerpo menudo, los pechos pequeños de pezones saltones que a veces asomaban bajo la camiseta cuando se agachaba; no sólo sus nalgas firmes marcando la tela gastada. Era la manera en que estaba en la casa, como si ya no tuviera que pedirme permiso para existir en ella.
La primera vez que lo sentí claro fue un martes. Yo estaba peleando con un informe que no quería salir, la frente apoyada en la mano. Reme se acercó con un vaso de agua, sin que yo se lo pidiera. Lo dejó en la mesa, y al hacerlo me rozó el brazo con sus dedos. No fue un accidente: la yema de sus dedos se detuvo un segundo más de lo debido.
—Tómese un descanso, jefe —dijo, en tono ligero.
Me giré hacia ella. La cercanía era insoportable. Sentí el olor de su piel, mezcla de jabón barato y sudor limpio. El pelo ensortijado le caía sobre la frente. Y en sus ojos había algo nuevo, una chispa que no había visto antes.
No dije nada. Tomé el vaso y bebí despacio, como si ese gesto pudiera disipar la electricidad que me recorría. Ella se quedó allí un momento, observándome, y luego se dio la vuelta con una risa mínima, apenas un soplo.
Ese roce me persiguió todo el día. Lo sentía aún en el brazo, en la piel, como un eco caliente. Intenté volver al trabajo, pero las palabras de los correos se mezclaban con la visión de sus manos, con la textura de su cabello áspero, con la idea de su pubis oculto bajo la tela.
Esa noche, cuando Claudia me llamó por teléfono, me descubrí respondiendo con frases cortas, distraído. Ella hablaba de sus proyectos, de una reunión que había tenido, de si el fin de semana íbamos a vernos. Yo asentía, pero mi mente estaba en la cocina, en el roce de Reme, en la risa que había dejado flotando.
Era apenas un gesto. Una mano sobre un brazo. Y, sin embargo, había abierto algo que ya no se podía cerrar.
*
Me había acostumbrado demasiado rápido al teletrabajo. El ordenador abierto en la mesa del salón, la taza de café tibio que siempre olvidaba a medio beber, el ruido metálico de las notificaciones cayendo como martillazos sobre mi cabeza. Horas enteras frente a pantallas que no devolvían nada más que rostros planos y voces mecánicas. A veces sentía que mi cuerpo se quedaba aquí, hundido en la silla, mientras mi mente vagaba a otro lugar, un territorio más físico, más animal, que reclamaba atención.
El día que vino Claudia, el aire cambió de golpe.
Ella no necesitaba anunciarse. Llenaba el espacio en cuanto cruzaba la puerta: alta, morena, con esos pechos grandes que parecían no caber en su ropa, las silueta sinuosa que la perseguía como una sombra, y ese carácter suyo que imponía aunque viniera sonriendo. Me besó en la boca apenas entrar, como si no hubiera asistenta, como si no hubiera nadie más en el mundo.
Reme la saludó con una risa nerviosa. Claudia le devolvió un “hola” seco, y me clavó después una mirada de complicidad. Ya me lo había dicho: “Al principio creí que habías contratado a una que no me iba a quitar el sueño”. Y lo dijo con esa mezcla de broma y veneno que sólo ella manejaba.
La tensión se acumuló todo el día. Reme fregaba, yo respondía correos, Claudia se movía por la casa como dueña absoluta. Cuando la muchacha se marchó al caer la tarde, Claudia cerró la puerta tras ella y se giró hacia mí con los ojos encendidos.
Me empujó contra la mesa de la cocina y se quitó la blusa sin ceremonias. Los pechos se le desbordaban del sujetador negro, la piel sudada, viva.
—¿Te gustan? —dijo, agarrándome por la nuca—. ¿O prefieres los pezoncitos de tu asistenta?
Me mordí la lengua. Ella sabía dónde picar. Me dio la vuelta con brusquedad, se bajó los pantalones y apoyó las manos sobre la mesa. Sus nalgas se ofrecieron de golpe, carne firme y desafiante. Se arqueó y me lanzó la pregunta que me atravesó entero:
—¿Son mejores que las mías?
La follé como si quisiera arrancar la duda de raíz. Su respiración ruidosa llenó la cocina. El golpe de su cuerpo contra la mesa marcaba un ritmo de furia. Claudia gritaba mi nombre sin pudor, sin miedo a que los vecinos la escucharan. Tenía razón: ella no se callaba nada, y ese ruido suyo era su manera de decir que no había competencia posible.
Acabamos exhaustos. Ella se incorporó lentamente, los pechos desnudos cayendo pesados, el pelo pegado a la frente sudada. Me miró con media sonrisa, triunfante.
—Ya lo sabía —dijo—. Pero tenía que escucharlo de tu boca.
Dormimos juntos esa noche, y al día siguiente volvió a marcharse temprano. Yo me quedé en casa, con el eco de su cuerpo todavía en mis manos, y el olor mezclado de sexo y sudor pegado en las sábanas.
Reme regresó dos días después. Nada había cambiado en la superficie: ella con su bandana, sus guantes, su energía ligera. Pero yo la miraba distinto. No podía evitarlo. El recuerdo del culo de Claudia, vibrante, ruidoso, se mezclaba con la visión más callada de las nalgas de Reme agachándose frente al cubo de agua. Una fuerza brutal contra una insinuación inadvertida. Dos mundos en la misma casa.
—¿Por qué me mira así? —me soltó de repente, sin girarse, con el trapo en la mano.
—No te miro —mentí.
Se rio, una risa breve, incrédula, que me atravesó peor que un reproche.
Volví al ordenador, al desfile de pantallas y voces lejanas. Pero no estaba allí. Estaba atrapado en la fisicidad de dos mujeres que habitaban mi casa de modos distintos: Claudia con su ruido, su exceso, su cuerpo demasiado grande para esconder; Reme con su silencio inquieto, su presencia inadvertida que se volvía más pesada cada día.
Me pregunté cuánto tiempo podía sostener esa cuerda floja sin que alguien —ella, Claudia o yo mismo— acabara cayendo al vacío.
*
Me acostumbré a que Reme entrara hasta mi cuarto cuando yo estaba dentro. Al principio lo hacía con cautela, preguntando si podía limpiar allí mientras yo trabajaba. Pero poco a poco fue perdiendo la formalidad, y terminaba apareciendo sin aviso, con la escoba o el plumero en la mano, como si la habitación también fuera suya.
Aquella tarde, yo estaba sentado en el borde de la cama, con el portátil encima de las piernas. Había intentado trabajar allí para variar un poco, pero en realidad no había escrito nada. La luz entraba tamizada por la cortina, amarillenta, y el aire era pesado, húmedo. Reme entró sin llamar, canturreando una melodía corta, y se puso a sacudir la cómoda.
—No debería estar aquí —dijo, como si leyera mi pensamiento.
—¿Y entonces qué haces?
—Porque si no lo limpio yo, usted no lo limpia nunca. —comentó, divertida.
La miré de reojo. La camiseta se le pegaba a la espalda sudada, marcando las curvas pequeñas, la línea de los omóplatos, la cintura que no era tal, y las nalgas redondas bajo el pantalón barato. Tenía el pelo recogido con la bandana, pero algunos rizos oscuros le caían en el cuello.
En un momento dado se agachó para barrer bajo la cama. Lo hizo despacio, con una torpeza casi estudiada. El pantalón se tensó sobre su trasero, y la tela dejó ver el relieve de su ropa interior. Sentí cómo la sangre se me iba toda hacia la entrepierna. Cerré el portátil, como si de pronto el trabajo hubiera dejado de importar.
Reme salió de debajo de la cama y se quedó de pie, justo frente a mí. La habitación era estrecha; yo estaba sentado, y ella apenas a un palmo. El olor a jabón y sudor limpio me envolvió. Me miró un segundo demasiado largo, sin decir nada.
—Tiene cara de cansado —dijo al fin, bajando un poco la voz.
Alargó la mano y, sin pedirme permiso, me tocó la rodilla. Un gesto simple, breve, casi inocente. Pero dejó la palma apoyada un instante más de lo normal. La sentí caliente, ligera. Luego la retiró con naturalidad, como si nada hubiera pasado, y siguió barriendo la esquina.
Yo no me moví. Me quedé con la piel ardiendo en el sitio donde había estado su mano.
—¿Siempre está aquí metido, todo el día? —preguntó, de espaldas.
—Casi siempre.
—Eso no es bueno. Uno se seca. —Dijo “se seca” como si hablara de una planta olvidada.
El sonido del cepillo contra el suelo llenó el silencio. Yo no podía dejar de pensar en su mano sobre mi pierna. Me sorprendió el deseo de que volviera a hacerlo, de que se inclinara otra vez, de que el roce accidental se convirtiera en algo más.
Cuando terminó, se apoyó en el palo de la escoba y me miró de nuevo.
—Ya está limpio. —Su sonrisa fue breve, casi tímida, y desapareció enseguida.
Se marchó del cuarto como si nada hubiera ocurrido. Pero en el aire quedó su olor, y en mi cuerpo el calor de su palma. Me recosté en la cama, incapaz de volver al ordenador. No era un contacto abierto, no era una declaración. Pero había una grieta, y yo ya estaba dentro de ella.
*
Me duchaba con la puerta del baño entreabierta. Costumbre absurda: dejar que el vapor escapara, como si el aire denso no fuera parte de lo que necesitaba. Ese día, mientras el agua me caía por la nuca, levanté la vista al espejo y la vi.
Estaba en el pasillo, quieta, como si hubiera pasado por casualidad. Pero no era casualidad. Sus ojos se encontraron con los míos a través del reflejo. No apartó la mirada al instante: se quedó lo justo para que yo supiera que me estaba viendo, que el vapor no ocultaba nada. Después bajó la cabeza, se movió rápido, y la escuché trajinar con el cubo como si nada.
Me quedé allí, bajo el chorro, con el corazón golpeando. No era ya la duda de un roce, ni el calor de una mano. Había visto. Me había visto. Y yo la había sorprendido mirándome.
Los días siguientes jugamos a fingir. Ella con sus bromas de siempre, su risa suelta, la bandana en el pelo. Yo con mi ordenador, las reuniones, los cafés olvidados. Pero en cada gesto estaba el recuerdo de aquella mirada.
Hasta que una mañana apareció distinta. Venía con el uniforme: una bata ligera de tela azul, gastada, que siempre le quedaba un poco corta. Pero esa vez no llevaba nada debajo. Lo supe en cuanto se inclinó para recoger el cubo: la tela se abrió apenas, y vi el perfil oscuro de su pezón, grande y erecto, marcando bajo la tela sin sostén.
La respiración se me cortó. Fingí que trabajaba, pero mis ojos se iban tras ella. El uniforme dejaba adivinar el relieve de su cuerpo menudo: los pechos pequeños pero firmes, coronados por esos pezones saltones, color cacao; el abdomen liso, sin curvas pronunciadas, y más abajo, el monte púbico cubierto por vello ensortijado que se intuía bajo la tela fina.
Cuando caminaba, la bata se pegaba a sus nalgas carnosas y redondas, tensando la tela hasta transparentar la hendidura entre ellas. No había ropa interior que mediara. La tela azul rozaba directamente su piel morena, suave, brillante por el calor de la mañana.
Se movía como siempre, distraída, hacendosa, canturreando. Pero cada gesto era ahora una provocación. Cuando se agachaba, la bata se abría lo justo para mostrar la sombra oscura del pubis. Cuando se estiraba para limpiar los estantes, los pezones se marcaban más aún, duros, llamando a mi vista.
El cuerpo de Reme no era el de una modelo ni el de una mujer que buscara exhibirse. Era un cuerpo real, joven y terco, con su propia lógica: los pechos pequeños pero coronados por areolas grandes, la cintura poco definida, el vello abundante y crespo en su pubis, la piel morena que brillaba con el sudor de la faena, las nalgas redondas que parecían guardar una energía contenida. Un cuerpo vivo, directo, sin adornos, que no pedía permiso para estar allí.
Yo no podía apartar la mirada. Y ella lo sabía. No me miraba directamente, pero dejaba que el uniforme se abriera un poco más de la cuenta, que la bata se levantara al agacharse. Jugaba a no jugar. Fingía normalidad, pero cada movimiento estaba cargado de intención.
Ese día apenas trabajé. Cerré el portátil, lo dejé en la mesa, y me limité a seguirla con los ojos por la casa. El aire se volvió espeso, saturado de su olor, de su piel, del roce de la tela contra su cuerpo desnudo.
Cuando terminó, recogió el cubo y se acercó a despedirse como siempre.
—Hasta mañana, don —dijo con una sonrisa ligera, como si no hubiera hecho nada distinto.
Pero yo sabía. Ella también sabía. Y el vacío que dejó al salir no era de una empleada que se marchaba, sino de un cuerpo que había llenado mi casa entera con su desnudez velada.
*
La rutina ya no existía. Desde aquella mañana del uniforme sin nada debajo, la casa había cambiado de naturaleza. No era ya un lugar para trabajar, ni siquiera para descansar: era el escenario de un juego que ninguno de los dos nombraba, pero que nos mantenía en vilo.
Reme era cada vez menos cuidadosa. O quizá más consciente de lo que hacía. Se agachaba frente a mí con la bata abierta, dejando ver el vello oscuro de su pubis, los labios discretos que se insinuaban bajo la tela. Se estiraba junto a mi mesa, con los pezones tensando la tela azul, tan marcados que podía distinguir el borde de las areolas. Y cuando yo apartaba la mirada, ella sonreía sola, como si hubiera ganado un punto en un juego silencioso.
Yo fingía teletrabajar. Pero no leía los informes ni escuchaba las reuniones de Zoom. Solo la seguía con el rabillo del ojo, atrapado entre la incomodidad y el deseo. A veces se inclinaba a limpiar el borde mismo de la pantalla, obligándome a sentir su cuerpo a centímetros. El olor a jabón barato, a piel morena húmeda, me perseguía.
Y entonces ocurrió lo del jarrón.
Era una pieza insignificante, de barro pintado, que Claudia había comprado en un mercadillo y colocado en la mesa del salón. Yo nunca lo había mirado dos veces. Pero esa mañana, Reme lo tomó entre las manos, se dio media vuelta, y de un modo extraño, como si lo soltara sin querer queriendo, lo dejó caer.
El ruido seco del barro al romperse llenó el cuarto. Ella se quedó inmóvil, mirándome, con los ojos muy abiertos. Después bajó la cabeza.
—Ay, don… lo rompí… —su voz sonaba compungida, casi teatral.
Se arrodilló junto a los pedazos, pero no los recogió. Se quedó quieta, la espalda encorvada, como esperando.
—No pasa nada, Reme —dije, pero no era cierto. Algo pasaba.
Se giró hacia mí despacio. Los rizos se le habían soltado de la bandana, y el uniforme estaba húmedo en las axilas. Tenía la respiración acelerada.
—Sí pasa. Yo… me merezco un castigo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Me quedé helado, sin saber si había escuchado bien. Ella dio un paso hacia mí, luego otro. Finalmente se plantó frente a mi sillón y, sin pedir permiso, se tumbó boca abajo sobre mi regazo.
La bata azul se alzó un poco, dejando ver el comienzo de sus muslos. El peso leve de su cuerpo me ardía en las piernas.
—Castígueme —dijo en voz baja, casi un susurro.
Sentí que el suelo se movía. Puse la mano sobre su espalda, indeciso. Y luego, obedeciendo a un impulso que no reconocía como mío, levanté la palma y la dejé caer sobre una de sus nalgas, cubierta aún por la tela. El golpe resonó seco. Ella se estremeció, pero no se apartó.
Volví a hacerlo, primero sobre un lado, luego sobre el otro. La tela absorbía parte del golpe, pero aún así la carne temblaba bajo mi mano. Reme respiraba fuerte, pegada a mi muslo, sin protestar, solo dejando escapar un murmullo que no supe si era dolor o placer.
Entonces, con la otra mano, tomé el borde de la bata y lo levanté. La tela se deslizó hacia arriba, lenta, y las nalgas quedaron expuestas: redondas, morenas, firmes, la piel lisa que brillaba bajo la luz de la mañana. No llevaba nada debajo, y el pliegue oscuro se abría tímidamente entre ellas, húmedo ya de sudor.
El primer azote desnudo fue distinto: un chasquido claro, la carne vibrando bajo mi palma. Ella soltó un gemido ahogado y arqueó la espalda. Su piel se enrojecía con cada golpe, y el calor subía a mis dedos, al brazo, a mi propia respiración.
—Más… —susurró, apretando las manos contra la alfombra.
Y yo obedecí. Golpe tras golpe, vi cómo su piel cambiaba de color, cómo su cuerpo menudo se ofrecía sin resistencia, cómo la frontera entre castigo y deseo se desdibujaba hasta desaparecer.
En ese instante entendí que se había abierto una puerta imposible de cerrar.
(Continuará)
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