Los amantes de Lucero: La cena de la empresa [3]
Lucero sabía que el vestido rojo era una declaración de guerra, y Tomás no podía hacer otra cosa que seguir su ritmo. En la mesa principal, rodeada de jefes y colegas hambrientos, ella no busca salvar su matrimonio, sino alimentar el fuego que todos temen encender.
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Los amantes de Lucero: La cena de la empresa [3]
Reina de Picas([email protected])
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Tomás es un empleado en una concesionaria de autos, y decide jugar su última carta para ganar el respeto que sus compañeros le niegan: llevar a la cena de fin de año a Lucero, su esposa, una mujer cuya belleza desbordante y sexualidad voraz contrastan con su mediocridad.
Parte III
El valet parking era un muchacho de apenas veinte años, con el chaleco rojo del uniforme mal abotonado y una expresión de aburrimiento transformada en cuanto abrí la puerta del copiloto.
Me bajé primero, rodeando el coche con esa prisa servicial que detesto de mí mismo, intentando llegar antes de que Lucero tuviera que esperar. El chico se acercó por mi lado, recibiendo las llaves de mi Sentra con una mueca de indiferencia absoluta, ignorando mi presencia para clavar la vista en la puerta que yo estaba por abrir.
Abrí la puerta.
La salida de Lucero no fue un movimiento; fue un evento. Primero asomaron los zapatos dorados, esas plataformas brillando bajo la luz blanca de la entrada. Luego, las piernas. Al girar el cuerpo para impulsarse, el vestido rojo se recogió sin pudor hacia arriba, evidenciando los muslos casi hasta donde la carne se vuelve secreto.
Vi al valet tragar saliva, un movimiento seco en su nuez. Sus ojos se fueron directo a la sombra entre las piernas de mi esposa. En otro momento, le habría dicho algo, lo habría fulminado con la mirada.
Pero recordé las palabras de Lucero en el coche: "Te gusta que me miren". Y maldita sea, tenía razón. Sentí un calambre en el estómago al ver al muchacho desnudarla con la vista, imaginándose lo que yo sabía que había ahí: esa tanga negra clavada y la piel suave.
Lucero, consciente de la audiencia, tardó un segundo más de lo necesario en apoyarse en el marco de la puerta y erguirse.
La tela roja se estiró, haciendo un ruido con la tela levemente, tensándose sobre sus caderas y ese culazo monumental con vida propia. Cuando finalmente estuvo de pie, sacudió la melena rubia y se alisó el vestido con las palmas, un gesto que delineó su figura en lugar de cubrirla.
Sus pezones, endurecidos por el aire frío de la noche, marcaron dos puntos agresivos en la tela, saludando al personal.
—Gracias, mi amor —dijo, pero no me miraba a mí. Estaba escaneando la entrada del salón, verificando quién entraba y quién salía, midiendo el terreno.
Le ofrecí el brazo. Ella lo tomó sin apoyarse realmente. Me sujetó con firmeza, clavando un poco las uñas en la tela de mi saco, guiando a un caballo asustadizo.
—Acuérdate —susurró sin mover apenas los labios, manteniendo una sonrisa de comercial—. Cabeza arriba. No mires al suelo. Y si alguien me mira, déjalo. Que sufra de mi figura.
Caminamos hacia la entrada. El sonido de sus tacones sobre el mármol del vestíbulo era autoritario. Clac, clac, clac. Intenté igualar su paso, pero la diferencia de altura y su ritmo decidido me obligaban a estirar la zancada de forma antinatural. Me sentía rígido, un muñeco articulado arrastrado por una fuerza de la naturaleza.
En la recepción, una edecán revisaba la lista de invitados. Era una chica delgada, muy joven, enfundada en un vestido negro discreto. Al ver a Lucero, la chica tuvo ese reflejo instintivo: un barrido visual de arriba a abajo, buscando el defecto, la costura suelta, el exceso. No encontró fallas, solo competencia desleal.
—Buenas noches —dijo la chica, recuperando la compostura—. ¿Nombre?
—Tomás Medina —respondí, aclarando la garganta—. De Ventas... bueno, de Cuentas Corporativas.
La chica deslizó el dedo por la lista.
—Ah, sí. Señor Medina y acompañante. Mesa 14.
—¿La 14? —pregunté, sintiendo el calor subirme al cuello. Sabía la ubicación de la 14. Al fondo, cerca de la cocina y los baños, territorio de los de contabilidad y los nuevos.
Lucero no dijo nada, pero su mano se tensó en mi brazo. Me apretó con fuerza, recordándome quién mandaba esa noche.
—Pase, por favor.
Cruzamos el umbral del salón principal.
—¿Hasta allá? —susurró Lucero, apretándome el brazo con más fuerza, casi cortándome la circulación. Su voz era un siseo molesto—. ¿De verdad nos mandaron hasta la cola del diablo?
Sentí la cara arder. Busqué una excusa rápida, cualquier cosa para tapar mi irrelevancia en la empresa.
—Es que... seguro se llenaron las de enfrente. Ya ves que Rivas invita a mucha gente de fuera y...
—Ay, por favor, Tomás —me cortó sin mirarme, manteniendo la vista al frente y la sonrisa congelada para el público—. Eres el chacho de Rivas. Le haces todos los mandados, le llevas el café, le aguantas sus gritos, ¿y ni así te pudo guardar una mesa decente? Qué vergüenza. Me hiciste vestirme así, me hiciste ponerme la ropa interior que te gusta, para sentarme junto al vaivén de los meseros y el ruido de los platos.
Tragué saliva, incapaz de defender lo indefendible. Tenía razón.
El lugar buscaba impresionar. Techos altos, candelabros imitando cristal y mesas redondas vestidas con manteles negros y centros de mesa plateados. Había al menos cien personas. El murmullo de las conversaciones era un zumbido constante, mezclado con el tintineo de cubiertos y música de jazz genérico.
Dimos tres pasos dentro y la atmósfera cambió.
No hubo silencio total, eso sería de película, pero el volumen bajó drásticamente en las mesas cercanas a la entrada. Fue una onda expansiva. Vi cabezas girar. Vi copas detenerse a medio camino de las bocas. Sentí las miradas pesadas, tangibles.
Lucero brillaba. El vestido rojo era un escandalo en medio de un mar de trajes grises, azules y vestidos negros "prudentes". Bajo la iluminación cálida del salón, su piel blanca parecía irradiar luz propia.
Sus pechos, magníficos y expuestos, desafiaban la gravedad y el decoro de la empresa, rebotando suavemente con cada paso. Caminaba con un balanceo hipnótico, lento, dejando que cada paso enviara una sacudida a través de sus caderas, consciente de que el hilo negro entre sus nalgas se tensaba con cada movimiento.
Pasamos junto a la mesa de Sistemas. Ahí estaba Gutiérrez, un tipo con lentes y sobrepeso que siempre me pide prestada la engrapadora y nunca la devuelve. Estaba con otros dos ingenieros, tipos callados que rara vez levantan la vista de sus monitores.
Al vernos, Gutiérrez se quedó con el tenedor a medio camino de la boca. Sus ojos se abrieron desmesuradamente detrás de los cristales gruesos. Le dio un codazo a su compañero, señalando con la cabeza hacia nosotros.
—No mames... —escuché que susurraba, lo suficientemente alto para que yo lo oyera—. ¿Esa es la vieja de Medina?
—No puede ser —respondió el otro, sin disimulo, recorriendo con la vista las piernas de Lucero—. Si ese güey es un tetazo.
Sentí una mezcla de ira y triunfo. Sí, soy un tetazo. Pero el tetazo es el que le va a quitar ese vestido en la noche. O al menos, eso quería creer. Me enderecé un poco más, sacando el pecho, intentando proyectar una propiedad que no sentía del todo.
Lucero también los escuchó. No se ofendió. Al contrario, soltó una risita suave y se pasó la mano por el cabello, echándolo hacia atrás, un movimiento que hizo que sus senos se alzaran y se proyectaran hacia la mesa de los ingenieros.
—Parece que tengo fans —me susurró, divertida—. Mira cómo babean.
—Caminan, Lucero —dije, sintiendo el rubor en las mejillas—. No te pares.
Pero ella se detuvo. Justo en medio del pasillo central.
—Ay, se me movió el tacón —dijo en voz alta.
No era cierto. Lo sabía. Pero se soltó de mi brazo y buscó apoyo en el respaldo de una silla vacía. Se inclinó hacia adelante para "ajustarse" la correa del tacón.
El movimiento fue letal.
Al inclinarse, el escote del vestido se abrió como una provocación. Desde mi ángulo, y desde el ángulo de media oficina, sus pechos quedaron colgados en el vacío, sostenidos apenas por la tela tensa.
Se podía ver el inicio de las areolas, la blancura lechosa, la profundidad del canalillo. Y por detrás... por detrás la falda subió, tensándose sobre sus nalgas, dibujando cada curva, cada centímetro de carne blanda.
Se hizo un silencio espeso alrededor. Vi a un gerente de contabilidad dejar su copa sobre la mesa para mirar mejor. Vi a las secretarias de la dirección murmurar entre ellas con caras de escándalo y envidia, criticando lo que en el fondo deseaban tener o tocar.
—Listo —dijo Lucero, enderezándose despacio, sabiendo que cada segundo contaba. Me miró y me guiñó un ojo. Un guiño sucio. ¿Viste?, parecía decir. Todos me quieren.
Yo estaba sudando frío. Me sentía expuesto, ridículo, como si yo fuera el que estuviera desnudo. Van a decir que soy un cabrón, pensé. O que soy un pendejo que no sabe controlar a su mujer. Pero al mismo tiempo, mi pantalón me apretaba.
La idea de que esos hombres, mis superiores, mis compañeros, estuvieran visualizando a mi esposa a cuatro patas, me provocaba una erección dolorosa y humillante.
—Vámonos a la mesa, por favor —supliqué en un susurro.
—Tranquilo, Tommy. Disfruta el paseo.
Reanudamos la marcha. Ahora las miradas eran más descaradas. Ya no era curiosidad; era lascivia.
—Mira nada más —escuché una voz ronca a mi derecha.
Me congelé. Era Garrido.
Estaba en la Mesa 1, la de los "populares", justo al borde de la pista de baile. Garrido estaba de pie, copa de whisky en mano. El tipo es alto, de hombros anchos tensando la tela del traje a la perfección.
Tiene esa mandíbula cuadrada y barba de tres días diseñada para vender lociones. Es un hombre guapo, hay que admitirlo, con una musculatura notoria incluso bajo la camisa blanca desabotonada. Se cuida; se ve fuerte, sólido, todo lo que yo no soy.
A su lado estaba "El Pollo", que en realidad es un muchacho rubio de ojos miel y sonrisa perfecta, con cuerpo de atleta universitario. Se reía de algo hasta que siguió la mirada de su jefe y se quedó mudo, con la boca entreabierta.
—Pero si estoy mirando un ángel…
Garrido no me miró a mí. Sus ojos se clavaron en el escote de Lucero con la sutileza de un choque frontal. La recorrió entera, deteniéndose en la cintura, bajando a las piernas, y volviendo a subir para anclarse en sus tetas. No disimuló. No intentó ser educado. La miró como se mira un corte de carne en el mostrador.
—Buenas noches, Medina —dijo Garrido, alzando la voz lo suficiente para alertar a las mesas cercanas. Dio un paso hacia nosotros, invadiendo el pasillo con su presencia física—. No sabía que traías... compañía. Y vaya compañía.
Sentí el impulso de agachar la cabeza, de sonreír nerviosamente y seguir caminando hacia mi mesa del rincón. La mano de Lucero me apretó el bíceps con fuerza, clavándome las uñas. No te muevas, decía ese dolor. Míralo desearme.
—Buenas noches, Garrido —respondí. Mi voz sonó más firme de lo esperado, alimentada por el recuerdo de la conversación en el coche, intentando sonar como el dueño del circo y no como el payaso.
Lucero se soltó de mi brazo y extendió la mano hacia él.
—Lucero —dijo ella. Su voz era dulce, con un filo metálico—. Esposa de Tomás.
Garrido tomó su mano. No la estrechó; la retuvo. Se inclinó un poco, acercándose demasiado, imponiendo su altura sobre la mía, permitiendo que sus ojos viajaran descaradamente por el canalillo de sus senos. Aspiró su perfume, descarado.
—Un placer, Lucero. Un verdadero placer. —Su mirada era sucia, descarada, pero venía acompañada de esa sonrisa encantadora usada para cerrar ventas difíciles—. Con razón el buen Tommy sale corriendo a las seis en punto. Yo también correría. Si tuviera eso esperándome en casa... estas dos... grandiosas razones... para llegar temprano.
Garrido hizo un gesto vago con la mano, señalando el aire frente al pecho de mi esposa, como queriendo abarcar el volumen de sus senos sin tocarlos... todavía.
—No sé cómo le hace para concentrarse en la oficina —añadió El Pollo, riéndose con esa risa nerviosa que delata envidia pura—. Yo no podría ni contestar el teléfono.
Lucero no retrocedió. Al contrario, echó los hombros hacia atrás, tensando aún más la tela roja sobre sus pezones, ofreciéndoles una mejor vista de esas "razones" que tanto les interesaban.
—Hay muchas razones para llegar temprano, Garrido —respondió ella, con una voz aterciopelada que prometía problemas—. Algunas se ven a simple vista... y otras hay que saber buscarlas.
Garrido soltó una carcajada ronca, dando un paso más, rompiendo por completo mi espacio personal para quedar frente a ella.
—Me gusta buscar —dijo él, bajando el tono—. En Ventas somos especialistas en encontrar oportunidades donde otros no ven nada. Y créeme, Lucero, aquí veo unas oportunidades... enormes.
—¿Ah, sí? —preguntó ella, ladeando la cabeza, divertida—. ¿Y qué clase de oportunidades ves?
—De las que se manejan con las dos manos —respondió Garrido, clavando sus ojos en la cintura de ella y luego subiendo despacio—. De las que requieren... trato personal.
El comentario fue directo a la yugular. Implicaba que yo no tenía las manos, ni el tamaño, para manejarla. Y lo peor es que "El Pollo" soltó una carcajada burlona.
—No te pases, Garrido —dijo El Pollo, sin dejar de mirar las caderas de mi mujer—. Vas a hacer que se ponga rojo. Mira a Tommy, parece que le va a dar algo.
El uso del apodo "Tommy" fue el primer dardo. Una forma de minimizarme frente a ella, recordándome mi lugar en la manada.
Lucero no parpadeó. Sostuvo la mirada de Garrido y luego, muy despacio, recuperó su mano, rozando deliberadamente la palma de él con las yemas de los dedos al retirarse.
—Es cuestión de prioridades, Garrido —dijo ella con una voz suave, casi confidencial, mientras se acomodaba un mechón de cabello—. Tomás sabe que la oficina no se va a ir a ninguna parte, pero... digamos que en casa la exigencia es distinta.
Hizo una pausa, alisándose el vestido sobre la cadera, atrayendo la mirada de ambos hacia el movimiento de sus manos, hacia donde la tela se tensaba sobre su pelvis, justo donde yo sabía que el encaje negro cortaba su piel.
—Y créame, soy mucho más estricta que cualquier jefe. A Tomás no le conviene llegar cansado conmigo. Hay cosas que no se pueden hacer a medias.
Hubo un silencio de dos segundos. El Pollo soltó otra carcajada nerviosa, escupiendo un poco de su trago. Garrido se quedó con la boca medio abierta, procesando el desafío y la promesa implícita. Sus ojos brillaron. Le gustó. Le gustó que ella tuviera el control.
—Vaya... —murmuró Garrido, recuperando la sonrisa, ahora más depredadora—. Tienes garras en casa, Tommy. Me gusta. —Miró a Lucero de nuevo, esta vez a los ojos, ignorándome por completo—. Me gustan las mujeres estrictas. De las que saben mandar... y de las que saben montar… buenos espectáculos.
Sentí un vacío en el estómago. Estaban coqueteando frente a mí con un descaro brutal. Y yo estaba ahí parado, sosteniendo el bolso de mi mujer como un accesorio inútil, viendo cómo mi compañero de trabajo se imaginaba lo que yo tenía, midiendo el ancho de sus caderas, calculando el peso de sus pechos.
Y la vergüenza me quemaba, pero la excitación me mantenía clavado al piso. Mírala, pensé. Es tuya, pero él la quiere. Y ella está dejando que la quiera.
Antes de poder responder, una sombra se proyectó sobre nosotros.
—¿Qué pasa aquí que obstruyen el paso?
Era el Licenciado Rivas. El dueño.
Rivas, cincuenta años, pero de esos pareciendo de cuarenta. Alto, delgado pero fibroso, con el cabello plateado peinado hacia atrás dándole un aire de actor de cine clásico.
Es un hombre innegablemente atractivo, con una elegancia natural que intimida. Llevaba un traje italiano costando más que mi coche y le quedaba a la medida. A su lado, su esposa, una mujer delgada y de rostro agrio, miraba hacia otro lado con aburrimiento, como si la presencia de los empleados le causara alergia.
Rivas me miró primero, con la indiferencia reservada a los muebles, pero luego sus ojos se deslizaron hacia Lucero. Y ahí se quedaron.
Vi el cambio en sus pupilas. Fue instantáneo. Rivas colecciona cosas bellas, y en ese momento decidió examinar esta nueva adquisición. Sus ojos recorrieron el vestido rojo, deteniéndose en la falta de tirantes, imaginando el peso que la tela sostenía, calculando el valor de la pieza.
—Licenciado —dije, inclinando levemente la cabeza, sumiso por costumbre—. Buenas noches. Le presento a mi esposa, Lucero.
Rivas ignoró mi saludo. Dio un paso adelante con una seguridad aplastante, ignorando también a Garrido, y se plantó frente a ella.
—Lucero... —repitió el nombre saboreándolo—. Qué nombre tan apropiado. Ilumina usted el lugar, definitivamente.
—Muy amable, Licenciado Rivas —contestó ella, cambiando la postura. Echó los hombros hacia atrás, proyectando sus pechos hacia el frente de manera agresiva, casi obscena. Sonrió con esa mezcla de coquetería y respeto fingido usada con clientes difíciles—. Tomás me ha hablado mucho de usted. De su liderazgo.
—¿Ah, sí? —Rivas sonrió. Tenía una sonrisa perfecta, de líneas duras, magnética—. Medina es un buen elemento. Leal.
Miró hacia el fondo del salón, hacia la mesa 14, donde un par de chicos de contabilidad nos saludaban con la mano. Rivas frunció el ceño, una arruga de disgusto marcando su frente bronceada.
—¿A dónde iban? —preguntó.
—A nuestra mesa, señor. La 14 —respondí.
Rivas negó con la cabeza, chasqueando la lengua.
—¿La 14? Tonterías. No van a sentar a una mujer así de hermosa junto a la cocina. —Se giró hacia Garrido y El Pollo—. Hagan espacio en la mesa principal. Medina y su esposa cenan con nosotros.
—Pero Ricardo, las sillas están contadas y... —empezó a decir la esposa de Rivas, con voz chillona.
—Dije que hagan espacio —cortó Ricardo Rivas, sin mirarla. Volvió a clavar sus ojos grises en Lucero—. Insisto. Quiero que nos cuente qué hace una mujer tan espectacular casada con... bueno, con Medina.
La humillación venía envuelta en halago. "Con Medina". Haciéndome sentir un error de cálculo en la ecuación de Lucero.
—Será un honor —dijo Lucero, aceptando por los dos.
Me tomó del brazo de nuevo y me arrastró hacia el centro del poder. Caminamos detrás de Rivas. Sentí las miradas de toda la oficina clavadas en mi espalda, y en la espalda de ella.
Específicamente, en cómo el vestido rojo se tensaba sobre sus nalgas con cada paso, y yo no podía dejar de pensar en la tanga negra cortándola por la mitad ahí dentro, y en que ahora Rivas y Garrido también estarían pensando en eso.
—Deja de caminar todo tieso, Tomás, por favor —me susurró mi esposa entre ruidaje.
¿Cómo decirle que estaba nervioso? Estábamos sentándonos en la mesa principal. Y ahora ya habíamos enfurecido a la esposa de Rivas.
—Por favor, por aquí —dijo mi jefe.
Llegamos a la Mesa 1. Garrido y El Pollo se movieron rápido, empujando a un gerente de refacciones a otra mesa para traer dos sillas. Nos sentaron. A Lucero la pusieron entre Rivas y Garrido. A mí, en una esquina, al lado de El Pollo.
Quedé relegado, pero con vista panorámica. No había nadie más en la mesa, como había sugerido la esposa de Rivas, por lo que al parecer no tendríamos inconveniente en quedarnos allí.
Desde mi silla, podía ver el perfil de Lucero. Se veía monumental sentada allí, rodeada de hombres guapos y poderosos. El vestido se le había subido peligrosamente al cruzar las piernas, y sus muslos blancos brillaban bajo el mantel negro.
Rivas se inclinó hacia ella para servirle vino, invadiendo su proximidad con una galantería ensayada.
—Dígame, Lucero —dijo Rivas, ignorando a su propia mujer—, ¿a qué se dedica? Porque con esa presencia, debería estar frente a las cámaras, no escondida en la casa de Medina.
Lucero se rió, echando la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello largo y blanco.
—Soy Event Planner y decoradora, Licenciado. Transformo espacios aburridos en lugares mágicos. —Tomó la copa de vino sosteniéndola cerca de sus labios carnosos—. Me gusta crear ambientes donde la gente pueda... desinhibirse.
—Interesante... —murmuró Rivas, mirando fijamente cómo sus labios tocaban el cristal—. Muy interesante. Quizás necesitemos de sus servicios pronto. La oficina está muy... gris. Le falta vida.
—Cuando quiera —respondió ella.
Lucero cruzó las piernas bajo la mesa. Aunque el mantel negro ocultaba la acción, el movimiento de sus caderas repercutió en su torso, tensando la tela del vestido sobre sus pechos de una manera que pareció cortar la respiración de Rivas.
—Me encantará que una mujer con tanta clase como usted, Lucero, visite mi oficina un día de estos para que vea que la podemos mejorar.
Él bajó la mirada un instante, apreciando el cambio de ángulo, antes de volver a conectar con los ojos de ella.
—Será un placer —añadió Lucero.
Se inclinó ligeramente hacia delante, invadiendo el espacio personal del jefe, creando una intimidad repentina que excluía al resto de la mesa. Rivas no se apartó; al contrario, su sonrisa se ensanchó, acentuando las líneas de expresión haciéndolo ver aún más interesante.
—Salud, entonces —dijo el jefe, alzando su copa sin dejar de mirarla.
—Salud —respondieron todos.
Yo alcé mi vaso de whisky, que un mesero acababa de dejar. Me temblaba la mano. Bebí un trago largo, sintiendo el ardor bajar por mi garganta, tratando de quemar la mezcla de celos, miedo y esa maldita excitación latiéndome en las sienes.
Estaba sucediendo. Justo lo deseado y justo lo temido. Ya no era Tomás, el empleado invisible. Era el dueño del objeto más codiciado de la noche, el hombre que le había puesto la crema en esos pechos que ahora todos miraban. Y los lobos ya rodeaban la mesa, con el permiso del pastor.
Garrido, al otro lado de Lucero, se inclinó para decirle algo al oído. Ella sonrió y le tocó el antebrazo musculoso. Un toque ligero, casual. Garrido hinchó el pecho.
Miré a mi alrededor. Mis compañeros de otras mesas me miraban con una expresión nueva. Ya no había burla. Había envidia. Una envidia densa, oscura. ¿Cómo carajos le hizo este pendejo?, decían sus ojos. Pero también veía las risas tapadas, los cuchicheos. Mira cómo se le ofrece al jefe, imaginé que decían. Pobre cornudo.
—Esta noche será maravillosa —dijo Garrido, mirándole las tetas a mi esposa sin ninguna clase de decoro—, ¿verdad que sí jefe?
—Sin lugar a dudas, mi querido garrido. Sin lugar a dudas —contestó Rivas, que miró a Lucero con lascivia.
Me acomodé en la silla, intentando parecer relajado, intentando ser el hombre exigido por Lucero, mientras veía la mano de Rivas descansando sobre el mantel, peligrosamente cerca de la mano de mi esposa, tamborileando los dedos con impaciencia.
La cena apenas comenzaba.
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