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Los amantes de Lucero: La cena de la empresa [2]

Lucero no busca solo ser amada, sino ser devorada por la mirada ajena. Mientras Tomás intenta contener su orgullo herido, ella se prepara para exhibir su cuerpo en la cena de la empresa, invitándolo a ser el cómplice silencioso de su traición pública.

Reina de Picas9.9K vistas9.1· 13 votos

Parte II

El descenso por las escaleras del edificio fue un espectáculo de acústica y geometría diseñado para intimidar. El eco de sus pasos sobre el concreto era seco, metálico, un ritmo militar resonando en la caja de la escalera. Clac, clac, clac.

Bajaba delante de mí y yo no podía quitar la vista de sus pantorrillas; se tensaban con cada escalón por culpa de esos zapatos dorados, marcando el músculo bajo la piel pálida. Eran una exageración arquitectónica.

Plataforma corrida al frente, tacón de aguja atrás. Doce centímetros de altura diseñados no para caminar, sino para exhibir, para alterar la postura de la mujer y obligarla a sacar el trasero, quebrando la línea de su espalda.

Cuando llegamos a la banqueta, la luz amarillenta de la lámpara municipal expuso la realidad de nuestra estatura.

Me paré junto a ella para abrirle la puerta del coche (un Sentra gris de hace cinco años que todavía estoy pagando y lavé esa misma tarde) y la diferencia de altura me lastimó el orgullo.

Lucero mide uno sesenta y cinco descalza; yo, uno setenta y tres. Pero con esos andamios en los pies y el peinado alto, su barbilla quedaba por encima de mis ojos.

—Lucero —dije, deteniendo la mano antes de jalar la manija—. Por favor, ¿no puedes cambiarte los zapatos?

Ella se detuvo en seco. Me miró hacia abajo. No fue una mirada de odio, sino de esa paciencia cansada tenida con un niño preguntando tonterías.

—¿Ahora qué traes? —preguntó, acomodándose el bolso en el hombro, haciendo que su pecho se proyectara hacia mí, desafiante.

—Los tacones —señalé sus pies—. Están enormes. Te ves... muy alta. Me sacas media cabeza, mujer. Voy a parecer tu llavero o tu hermanito menor. Ponte los negros, los de la boda de tu prima, esos tienen tacón normal.

Lucero soltó un bufido y negó con la cabeza, haciendo que los aretes largos se mecieran contra su cuello desnudo.

—Ay, Tomás, ya vas a empezar con tus inseguridades. No me los voy a cambiar. Estos zapatos me hacen pierna y me levantan las nalgas. ¿No viste cómo se me ve el culo en el espejo? —Bajó la voz, volviéndola un susurro rasposo—. Aparte, me obligan a caminar distinto. Me hacen moverme más. Y tú sabes que eso les va a gustar.

La referencia directa a "ellos" me secó la garganta. Ya no disimulaba.

—Súbete —dije, abriendo la puerta, derrotado, sintiendo esa mezcla de enojo y sumisión definiendo mi matrimonio.

La maniobra para entrar al auto fue complicada y deliberadamente lenta. El vestido era tan ajustado que tuvo que meter primero el trasero, girando sobre el asiento. La tela roja se recorrió hacia arriba, traicionera, dejando sus muslos al descubierto casi hasta la ingle. La luz interior del coche iluminó esa carne blanca, suave y abundante, apretada contra el asiento sintético oscuro.

Vi el inicio de su cadera. Vi la piel pálida que minutos antes yo mismo había cubierto de crema. Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria y di la vuelta para subirme, sintiendo una presión dolorosa en la entrepierna.

El interior del coche estaba helado. Arranqué y el motor tosió un poco antes de estabilizarse. Nos incorporamos a la avenida, cargada de tráfico a esas horas. El silencio dentro del vehículo era denso, cargado de la electricidad estática de su cuerpo y del roce de la tela sintética.

—Se me olvidaron los chicles —dijo de pronto, rompiendo el silencio.

—Yo traigo pastillas en la guantera —ofrecí, señalando el tablero.

Lucero hizo una mueca de disgusto.

—Esas saben a medicina. Quiero chicles de menta, de los azules. No quiero llegar con aliento a encierro. Párate en el Oxxo que sigue.

—Lucero, vamos tarde.

—Párate, Tomás.

No discutí. Vi el letrero luminoso de la tienda unos metros adelante y puse la direccional. Me estacioné justo enfrente, donde la luz blanca de los neones caía de lleno sobre el pavimento sucio.

—Voy yo —dije, desabrochándome el cinturón.

—No —me detuvo, poniendo una mano en mi muslo—. Voy yo. Necesito estirar las piernas o se me va a entumir el culo con este vestido.

—No vayas tú. Mira quiénes están ahí.

Señaló hacia la entrada. Había tres tipos recargados en una camioneta vieja, bebiendo cerveza en lata, con la música de banda a todo volumen. Obreros, quizás, o mecánicos que acababan turno. Tenían la mirada turbia y la risa fácil.

—Mejor —dijo Lucero, abriendo su puerta—. Así practico.

—Lucero, no...

Pero ya se había bajado.

Me quedé en el asiento del conductor, con el motor encendido, convertido en espectador de mi propia esposa. La vi caminar hacia la entrada. El sonido de sus tacones resonaba sobre el asfalto. Clac, clac, clac. Caminaba despacio, exagerando el movimiento de las caderas, sabiendo perfectamente que la luz de la tienda la recortaba contra la oscuridad de la calle.

Los tipos de la camioneta callaron al verla. Uno de ellos, un sujeto gordo con gorra de béisbol, le dio un codazo a su compañero. Vi cómo la recorrían con la mirada, desde los zapatos dorados hasta la melena rubia, deteniéndose sin vergüenza en el vaivén de sus nalgas.

Uno de ellos chifló. Un sonido agudo, vulgar.

—¡Ay, mamacita! —gritó otro—. ¿A dónde tan solita con ese vestidito?

Esperé que Lucero se apurara, que bajara la cabeza y entrara rápido a la tienda. Pero no. Se detuvo. Se giró hacia ellos, acomodándose el cabello con una lentitud exasperante, y les sonrió. No les dijo nada, pero la sonrisa fue suficiente. Les regaló dos segundos de atención, validando su deseo, antes de empujar la puerta de cristal y entrar.

Dentro de la tienda, la iluminación fluorescente la volvió un faro. Desde mi coche, podía verla perfectamente a través de los ventanales. Caminó por el pasillo de los dulces. Había un par de clientes más y el cajero, un muchacho joven con acné.

Vi cómo el cajero dejaba de cobrarle a una señora para mirarla. Lucero se agachó. No necesitaba agacharse tanto para tomar unos chicles que estaban a la altura de su cintura, pero lo hizo. Dobló las rodillas, inclinando el torso hacia adelante, y el vestido rojo subió. Subió mucho.

Desde mi posición no podía ver qué tanto se le veía, pero la cara del cajero me lo dijo todo. El muchacho abrió la boca, paralizado. Los tipos de afuera se habían acercado al cristal, pegando las narices como niños en dulcería, mirando hacia adentro, comentando entre ellos, señalando.

Mi esposa estaba ahí, exhibiéndose para un grupo de desconocidos en una tienda de conveniencia, comprando chicles para tener el aliento fresco para otros hombres.

Sentí una punzada de celos que me quemó el pecho, pero mi mano, traicionera, bajó a mi entrepierna y apretó. Estaba duro. Verla ser el centro de atención de esa lujuria barata me excitaba.

Lucero pagó. Se tardó en guardar el cambio, inclinándose sobre el mostrador, dándole al cajero una vista panorámica de su escote. Enseñándole la mitad de sus tetas. Luego salió.

Los tipos de la camioneta se enderezaron cuando la vieron venir.

—Con todo respeto, güera... qué bien come el que se la coja —le dijo el de la gorra, con una vulgaridad que me hizo apretar los dientes.

Lucero no se ofendió. Soltó una risita.

—Come muy bien, gracias —respondió ella, y caminó hacia mi coche.

Abrió la puerta y se dejó caer en el asiento, trayendo consigo una ráfaga de aire frío y su perfume dulce.

—Arranca —dijo, rompiendo el papel de los chicles.

Salí del estacionamiento quemando llanta, furioso y caliente.

—¿Qué fue eso? —pregunté, cuando ya estábamos de nuevo en la avenida.

Lucero se metió un chicle a la boca y empezó a masticarlo con la boca abierta, un sonido húmedo y obsceno.

—¿Qué fue qué?

—Esos tipos. Les contestaste. Te les quedaste viendo. Y adentro... te agachaste a propósito. El de la caja te vio todas las tetas.

Lucero se giró hacia mí. Sus ojos brillaban. Estaba agitada.

—¿Viste la cara del cajero? —preguntó, ignorando mi reclamo—. Casi se le caen los ojos. Pobre niño, seguro se va a ir a encerrar al baño en cuanto salga de turno.

—Eres una exhibicionista.

—Y a ti te encanta —reviró ella, poniendo su mano en mi pierna, muy arriba, cerca de la ingle—. No te hagas. Te vi desde adentro. Estabas pegado al volante, sin parpadear. ¿Te puso duro ver cómo me miraban esos nacos?

—Me dio coraje. Me faltaron al respeto.

—No te faltaron al respeto, Tomás. Al contrario. Te envidiaron. Ese gordo de la gorra... daría un año de su sueldo por oler mi calzón. Y tú lo tienes gratis. Tú eres el que se lo quita. Siéntete orgulloso.

Apretó mi bulto. Gemí involuntariamente. Ella tenía razón. La humillación de ser observado se mezclaba con el orgullo de la posesión, creando un cóctel tóxico.

—Pues vete acostumbrando, Tommy —dijo, con un tono casual que me erizó la piel, retirando la mano pero dejando el calor ahí—. Estaba leyendo un artículo el otro día. Sobre las parejas modernas. Decía que la monogamia estricta es antinatural. Que mata el deseo. Que poseer no significa enjaular.

Sentí un frío repentino en el estómago, diferente al de la calle.

—¿Y ahora qué? —pregunté, intentando sonar sarcástico, aunque la voz me temblaba—. ¿Me vas a salir con que quieres abrir la relación? ¿Por eso el numerito del Oxxo?

Lucero no respondió de inmediato. Se pasó la lengua por los labios, mirándome fijamente, evaluando mi resistencia.

—¿Y si quisiera? —preguntó suavemente—. ¿Qué harías?

—Estás loca. Somos un matrimonio normal.

—Somos un matrimonio aburrido, Tomás. —Su voz se endureció, perdiendo la juguetona frivolidad—. En la cama funcionamos porque yo le echo ganas, porque traigo juguetes, porque me invento fantasías donde no eres tú el que me toca. Pero a veces... a veces me pregunto qué pasaría si dejáramos de fingir que solo nos gustamos nosotros.

—A mí solo me gustas tú —dije, defensivo, aferrándome al guion tradicional.

—A mí también me gustas tú, cariño —respondió ella, acariciando mi brazo con una ternura falsa—. Pero también me gusta que me miren. Y me gusta ver cómo te pones cuando me miran. Te pones... tenso. Posesivo. Y eso me calienta más que cualquier cosa rutinaria que hagamos los domingos.

Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal dentro del coche.

—Admítelo, Tomás. Te excitó ver a esos tipos deseándome. Te excita pensar que otro hombre podría tocarme. Te excita pensar que Garrido, o el tal Rivas, me deseen y se imaginen cosas.

—No digas estupideces. Son mis compañeros de trabajo. Me da vergüenza.

—La vergüenza y el placer están muy cerca, mi amor. Son vecinos. —Su mano bajó de mi brazo a mi pierna de nuevo, apretando el muslo con fuerza—. Piénsalo. ¿No sería interesante? No digo que lo hagamos hoy... o tal vez sí. Digo que podríamos dejar que las cosas fluyan. Que si alguien me saca a bailar, tú no te pongas de energúmeno. Que si alguien me toca la cintura un poco más de la cuenta... tú mires. Solo mires. Y luego, en la noche, me reclamas. Me reclamas cogiéndome como nunca.

—Eso es de cornudos —escupí la palabra, sintiendo su sabor amargo—, y yo no soy un cornudo.

—Eso es de hombres seguros que saben lo que tienen —corrigió ella—. O de hombres que saben que su mujer necesita más gasolina de la que hay en casa. Piénsalo, Tommy. Imagínate a Garrido. Es alto, fuerte... dices tú mismo que es muy "lanzado", y que le gusta seducir mujeres hermosas. Imagínate que él me viera como yo me veo en el espejo. Que viera mis pezones duros. Que supiera que traigo la tanga clavada entre mis nalgas. ¿No te da morbo? ¿No te gustaría saber qué haría él si tuviera cinco minutos conmigo?

Me quedé callado. La verdad, la sucia verdad, es que la imagen de Garrido tocando a Lucero, imponiendo su físico sobre ella, me revolvió las tripas y me endureció el pene al mismo tiempo. Y ella lo sabía. Lo leía en mi silencio y en mi respiración.

—Llevas la tanguita negra —dije, cambiando el tema, mi voz un hilo ronco, intentando huir de su propuesta, buscando un terreno conocido.

—Sí. La negra. —Apretó las piernas, frotando sus muslos entre sí, aceptando el cambio de tema pero manteniendo la tensión, usándola a su favor—. Y el hilo se me está clavando justo ahora. Cada vez que el coche vibra, lo siento. Es cortándome por la mitad, pero rico. Me recuerda que estoy abierta. Que cualquiera podría meter la mano si yo lo dejara. Si tú lo dejaras.

La imagen mental de la tira de encaje hundiéndose en su carne, rozando su entrada depilada y húmeda con la vibración del motor, fue un ataque directo a mi sistema nervioso.

—Oye —dije, aclarando la garganta, desesperado por normalidad, buscando cualquier excusa para romper el hechizo—, me marcó mi mamá hace rato.

Lucero cerró el espejo de golpe. El sonido seco rompió el encanto erótico, sustituyéndolo por irritación instantánea.

—¿Y qué dice tu mamá? —preguntó, recargando la cabeza en el respaldo, mirando al techo, aburrida de mi cobardía, decepcionada de que frenara el juego.

—Que si siempre sí vamos a llevar la ensalada de manzana o si mejor damos el dinero para el pavo. Dice que mi tía Licha confirmó ir con sus nietos, así que van a necesitar más refrescos.

—Pues hacemos la ensalada —respondió rápido, desinteresada—. Sale más barato comprar la manzana y la crema en el mercado que soltar quinientos pesos para el pavo. Todavía falta pagar el seguro del coche este mes.

—Ya le dije que sí.

—Qué hueva, Tomás. De verdad, qué hueva. —Su voz no era de grito, era de hartazgo plano—. No quiero ir con mi mamá este fin de año, ni con la tuya. Quiero una vida distinta. Una vida donde no tengamos que contar los centavos para la ensalada. Donde no tengamos que pedir prestado para aparentar.

—¿Cómo que no? —La miré de reojo—. Ya habíamos quedado. Es tradición. Aparte, ¿dónde más vamos a ir?

—A donde sea. A un restaurante. A un hotel. A donde no tenga que escuchar a mis tías o a las tuyas preguntando por qué sigo vendiendo decoraciones de globos o por qué no hemos tenido hijos. —Se cruzó de brazos, y sus bíceps, blancos y suaves, presionaron los costados de sus senos, haciéndolos botar—. Quiero cenar fuera. Quiero que me sirvan. Quiero ponerme un vestido lindo, como este, y no terminar lavando trastes con aceite en las manos a la una de la mañana. Quiero sentirme mujer, no sirvienta.

—No tenemos dinero para eso, Lucero —dije, sintiendo la vergüenza calentándome las orejas. Era la misma discusión de cada año—. Los restaurantes te cobran el cubierto al triple en Nochebuena y en año nuevo. En casa de tu mamá y la mía solo es cooperar y ya.

—Pues tarjetazo. Para eso te matas en la agencia y yo ahorrando de mis trabajos, ¿no?

Hubo un silencio tenso. Ella volvió a mirar por la ventana, viendo pasar los locales cerrados. Luego, su mano se movió. Dejó su propio muslo y aterrizó en el mío, justo encima de la rodilla. Sus uñas rojas rascaron la tela de mi pantalón, subiendo con intención, recuperando el control de la conversación.

—Quiero sentirme bien, Tommy. Quiero sentir avance. Mira nada más el coche que traemos, suena a matraca. Mínimo invítame una cena decente. O deja que alguien más me la invite. Si tú no puedes darme lo que quiero, a lo mejor deberíamos dejar de ser tan egoístas y dejar que otros aporten.

Esa última frase quedó colgando en el aire. O deja que alguien más me la invite.

—¿A qué te refieres? —pregunté, temiendo la respuesta.

Lucero apretó mi pierna, cerca de la ingle, casi tocando mi erección que no había bajado desde la escena de la tienda.

—A que esta noche vamos a estar rodeados de gente con dinero, Tomás. Gente que puede pagar cenas, viajes, coches. —Se giró hacia mí, y sus ojos verdes brillaron con una malicia pragmática—. Tú quieres que te envidien, ¿no? Quieres presumirme. Pues presúmeme bien. Deja que vean lo que tienes. A lo mejor, si se calientan lo suficiente, logras ese ascenso que tanto quieres. O logramos algo más. Abrir la puerta, Tomás. Solo un poquito. Dejar entrar aire fresco.

—¿Algo más?

—No te hagas el tonto. Sabes cómo funciona el mundo. Si les gusto, te van a tratar mejor a ti. —Su mano subió más, rozando mi erección a través de la tela—. Y a mí me gusta gustarles. Me pone muy húmeda pensar que esos tipos van a estar deseando lo que tú tienes aquí, y que tal vez, solo tal vez, yo deje que se acerquen un poco más de la cuenta. Que rocen. Que huelan.

Apretó mi bulto. Fue un apretón firme, posesivo, pero también transaccional.

—Ya veremos —murmuré, claudicando, incapaz de pensar con claridad mientras ella me tocaba y me proponía vendernos al mejor postor.

—Escúchame, Lucero —dije, intentando recuperar algo de control mientras bajaba la velocidad al acercarnos al salón—. Necesito que te pongas buza con la gente de la oficina.

—¿Buza de qué? —preguntó, retirando la mano pero dejando el calor ahí.

—De los compañeros. —Tomé aire—. Ahí está Garrido. Es el de Ventas. Un tipo alto, moreno, siempre trae el saco desabotonado. Es un pesado. Le encanta la carrilla, pero de esa que cala. Si te dice algo, no le sigas la corriente.

—¿Garrido? —preguntó ella, probando el nombre en su lengua, como si fuera un dulce—. ¿Es el que vende más que tú?

—Sí. Es un patán.

—Los patanes suelen ser divertidos —dijo ella, alisándose el vestido sobre el vientre—. Y luego está "El Pollo", su achichincle. Y Rivas. El dueño.

—El famoso Rivas —dijo ella, y noté cómo se enderezaba en el asiento, proyectando el pecho, preparándose para la batalla—. El que te trae de su gato.

—Es el jefe, Lucero. Y sí, me pide cosas. Él... ten cuidado con él. Es de los que se creen dueños del suelo que uno pisa. Le gustan las mujeres jóvenes. Y hermosas. Si te ofrece algo, un trago, lo que sea, tú dime a mí primero.

—No me gusta que me trates como si fuera una estúpida niñita de cinco años que no sabe del mundo, Tommy. Déjamelas arreglármelas yo sola.

Llegamos al valet parking. Frené el coche. Lucero se soltó el cinturón de seguridad y la correa se deslizó justo por el valle de sus pechos, rozando los pezones que seguían duros bajo la tela, irritados por la crema y la fricción.

Se acomodó el vestido, jalándolo hacia abajo, aunque la tela elástica volvió a subirse al moverse, mostrando de nuevo sus muslos gruesos.

—Tomás, mírame —ordenó.

Volteé. En la penumbra del coche, se veía espectacular, masiva, una fuerza de la naturaleza embutida en tela roja, lista para devorar y ser devorada.

—No necesito que me defiendas de Garrido, ni del Pollo, ni del tal Rivas. Yo sé cómo manejar a los perros. Tú nada más preocúpate por no verte asustado. Y no me celes.

—Sólo no me hagas quedar mal entre mis compañeros, Lucero, mi vida, por favor.

Mi esposa se acercó a mí, su boca a centímetros de la mía.

—No digas tonterías, flaquito. Recuerda que lo que ellos van a ver hoy, eso que se van a imaginar... tú ya lo tocaste. Tú ya sabes a qué sabe. Pero si quieres que esta noche sea divertida, vas a tener que aprender a compartir, aunque sea con la vista. Esta noche tú serás la envidia de la cena de fin de año.

Me dio un beso rápido, mordiéndome el labio inferior, dejándome el sabor de su labial y de su promesa venenosa.

—Y por lo que más quieras, no te emborraches rápido. Quiero que veas cómo se mueren de envidia. Y quiero que veas cómo me pongo cuando me miran. —Me guiñó un ojo—. Bájate y ábreme la puerta. Y dame la mano firme, que con estos tacones sí me puedo matar si piso mal, pero valen la pena por cómo me hacen ver las piernas.

Asentí, derrotado y excitado al mismo tiempo, con el pantalón apretado y la certeza de que esa noche iba a perder algo importante, pero que iba a disfrutar viéndolo irse. Abrí mi puerta. El aire gélido de diciembre me cortó la cara, pero yo ya estaba ardiendo.

Lo que iba a ocurrir en esta fiesta... iba a definir el destino de nuestras vidas.

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