El sabor de lo nuevo I
Germán sabe que a Gala le excita la idea de ser tomada por dos hombres, pero ella nunca da el paso. Esta noche, mientras él la folla sin piedad, la pregunta vuelve a surgir en medio de los gemidos. ¿Será esta la noche en que su resistencia finalmente se quiebre?
Él siempre mantuvo la fe. En numerosas ocasiones se encontró con la negativa de su mujer a aceptar algo en lo que el tuvo siempre claro dos conceptos: a ella le atraía la idea, pero no quería dar el paso.
Durante años Germán sembraba la idea de ver a su esposa encamada junto a otro hombre. Bastaron unos años de vida en pareja para percibir que su mujer, Gala, poseía un temperamento sexual y sensual fuera de lo común. Iniciaron su vida conjunta como una parejita muy normal. Ella provenía de una familia castrante, de cultura retrógrada y costumbres que ya en la edad media se consideraban habituales.
A sus 18 años Gala era una belleza bíblica: sonrisa embaucadora, mirada profunda y brillante, piel tostada como la cerveza de alta graduación y unas formas cinceladas e irreverentes para el coeficiente simplón de la adolescencia. De labios carnosos y senos prohibitivos tropezó con el tipo de tío que a los 20 había dado alguna vuelta más por la vida.
Tras unos primeros meses de tanteo, y tonteo, ambosnse vieron inmersos en lo que hoy podría llamarse relaciones sexuales, más de carácter manual que conyugal. Hablamos de finales de los 80: nada de cama, frío en el coche y padres reticentes a entregar cualquier resquicio de intimidad. Los encuentros se convirtieron en febriles situaciones de derroche energético. Ella descubrió (al fin) la potencia y dureza de la virilidad y él encontró un cálido lugar en el que descubrir toda la naturaleza de una hembra sin descorchar y con todo por aprender.
Decidieron, sin alargarlo mucho, que lo suyo era la vida en común, que se deseaban y querían hacerlo juntos. Un par de años bastaron para plantearse la vida en común en serio y por derecho. Ese primer piso de alquiler fue la autoescuela en la que él enseñaba a su novata particular. Germán descubrió el sabor salado del mojado sexo femenino y a tope de vello. Depilarse el coño (y el tanga) era de guarras. Ella aprendió que en la boca la polla crece más deprisa que en las manos, que palpita y endulza la lengua que facilita la aparición de gotitas de caramelo líquido.
Germán debió lidiar con las primeras angosturas y respetar los tiempos: por mucho elixir que babease aquella gruta su interior no dejaba de ser estrecho. Alguna postura facilitaba más que otra abrir ese inflamado coño y sentirlo hasta el final. De todos modos, los fines de semana daban para no salir de la cama. Fue cosa de experimentar posturas, sabores y momentos en los que (siempre) se podía enseñar algo nuevo. Gala era un libro de sexo por escribir.
El sexo se convirtió en una necesidad. Incluso juntos, conviviendo y adaptando nuevas necesidades sus pieles se buscaban. Unos años más tarde se seguían regalando sesiones de horas. Él podía estar montando horas. Ella se colocaba de perrito y gustaba recibir pollazos con la cabeza obligada ligeramente hacia atrás como la yegua cabalgada por el vaquero. Él no podía endurecer más su dolorida polla mientras oía gemir y berrear a su hembra que le pedía más y más, o cuando le gustaba exprimir los exigidos y desfondados huevos de su semental.
Aprendía mucho, y nunca faltaba a clase. Aprendió a llevarse la polla hasta el fondo de su garganta. Primero mamaba, pero a la señal de él se retiraba suavemente para ayudar con la mano. Después mamaba, pero a la señal, en esta otra ocasión, dejaba la lengua para ayudar junto con la mano. Más adelante, dejaba directamente que la primera lechada cayera en su boca. Siguió con la boca masturbando toda la corrida, pero cada vez más adentro. Su garganta se había convertido en su otra vaina y le encantaba usarla para dar placer.
Aprendieron a no dormir por necesitar follarse y saciarse. Él llegó un momento que apreciaba la posibilidad de darle a su mujer más y más placer. Ella lo tenía todo para fundirse en la cama. Y empezaron las charlas mientras él la follaba sin compasión robándole orgasmo tras orgasmo. Por muy excitada que estaba deslizaba no a la pregunta de qué le parecía la idea de ser follada por dos pollas, meter otro hombre en la cama, y eso que en frío decía atraerle la idea, pero de ahí no pasaba.
Continuará...
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