Esposos Cornudos 1 (Capítulos 6 y 7)
Desde la oscuridad de su terraza, Rafael ve cómo su vida se desmorona pieza a pieza. Carolina no solo lo engaña; lo convierte en espectador de su propia humillación. Y mientras él bebe cerveza y escucha, Daniel ya no se queda mirando.
CAPÍTULO 6
Daniel siguió hablando, pero yo apenas lo escuchaba; mis sentidos estaban centrados en espiar a mi propia mujer y en intentar entender qué estaba sucediendo allí.
Pensé que quizás no fuera tan grave, pero tampoco es que Carolina fuera una gran fumadora, y él me había dado a entender que aquello se había producido durante varias noches. También era extraño que tuviera el toldo de la terraza desplegado, siendo ya de noche, y aquello hacía que no pudiera ser vista desde los pisos más altos, y la primera planta aún no estaba habitada, por lo que solo se la podía ver desde la segunda planta del otro lateral, o sea, desde la casa de Daniel. Y entonces pensé que quizás ella pensara que no vivía nadie en aquella segunda planta, pero enseguida lo descarté porque sí estaba encendida la luz del salón que lindaba con la terraza, por lo que ella tenía que ver luz proyectándose a través de la ventana de dicha estancia.
—Está buenísima, joder… —susurraba Daniel y su desagradable voz se mezclaba con mis cábalas.
Yo también dudaba si podría vernos. Si lo hacía no parecía mirar en nuestra dirección. Imposible que reconociera rostros, pero me extrañaba que no pudiera entrever figuras. Nosotros la veíamos moderadamente bien, pues su terraza, nuestra terraza, estaba iluminaba, y ella se erigía sutil y elegante bajo el foco. Además, la barandilla era de hormigón en la base pero más arriba cambiaba a cristal, por lo que ya desde más o menos la altura de sus rodillas hacia arriba todo era visible y translúcido.
Apoyada hacia adelante y enseñando un escote que más que verse con nitidez se intuía y se ansiaba, daba una calada y echaba el humo con un hastío embaucador. Por momentos no la sentía como mi mujer, sino que era capaz de verla y de sentirla de forma parecida a cómo la veía Daniel: una vecina con ganas de excitar al mirón que pudiera verla.
Carolina se retiró entonces, cruzó nuestro ventanal, abierto por completo, y fue hacia nuestra isla de la cocina, idéntica a la de Daniel. La veíamos perfectamente pues allí aún había más luz. Cogió su teléfono móvil y comenzó a teclear.
—Ahora es cuando le escribe a alguno de sus amantes. Seguro. Menudo zorrón. Tú no la conoces, ¿no? —dijo mi compañero de vigilancia.
—No, no. Qué va —respondí como pude mientras sentía muchas cosas, entre ellas que mi teléfono vibraba en el bolsillo de mi pantalón.
Me aparté disimuladamente. Lo dejé con sus ojos enfermizos clavados en mi mujer. Cogí mi teléfono y leí el mensaje que me acababa de enviar Carolina:
—Ya me despedí de Marta. En unos cinco minutos estaré en casa.
Yo resoplé. No entendía a qué estaba jugando. Y entonces escuché de aquel gigante que no cesaba en su voyeurismo:
—Hostia, puta… Sí… Eso es… Empieza el show…
Tras aquella intrigante frase me coloqué dónde estaba antes y me asomé. Y sí. Había motivos para su reacción. Era evidente. Lo vi. No me lo podía creer.
—Hostia puta… —repitió Daniel con voz pastosa.
Y yo no esperaba aquello. No encajaba en absoluto en lo que era ella. Mi mujer se desabrochaba un segundo botón, y otro, y otro. Sin motivo aparente. No tenía sentido. Todos los botones de su delicada y sedosa camisa azul eran abiertos. Uno a uno, con temple, en nuestra terraza, mientras mantenía el cigarro en la boca. Se arremangó un poco y se abrió un poco la camisa, de forma algo forzada, antinatural. Y se pudo ver un extenso sujetador negro. Y Daniel casi jadeó un “joder… en bolas tiene que tener unas tetas…”. Y después ella caminó, y volvió a apoyarse hacia adelante, con los antebrazos sobre la barandilla.
—Tío… Me tiene loco. Agárrate que te cuento mi semana con esta zorrita. No la conoces de nada, ¿no? —insistió y yo me aparté otra vez. Y balbuceé:
—No… No.
—Pues ahora te cuento. Y ojo que viene con traca final.
—¿Traca final?
—Sí, sí. Algo con ella que te vas a cagar.
Yo tragué saliva. Sentí que estaba sudando como si estuviéramos en pleno agosto. Me había apartado, pero no sabía por qué. No es que me doliera verla así. Era más bien incomprensión. En mi retina se había grabado la imagen de ella abriéndose la camisa con la que habría ido a trabajar y caminando hacia adelante. Aquel alarde, aquel pavoneo, aquella camisa abriéndose aún más por su caminar, ondeando por su zancada, su sujetador completamente expuesto, y su gesto con el cigarro en la boca… no encajaba en absoluto con la Carolina que yo conocía.
—¿Qué traca final? —pregunté, pero él no respondió. Seguía prendado de ella. Y yo, si bien sentía repulsa por sus improperios hacia mi propia mujer, sentía un cierto hormigueo indulgente y grato; y es que era verdad que Carolina era un espectáculo de mujer. Y yo intuía que ella no se había movido, que seguía fumando con parsimonia, inclinada hacia adelante, mostrando unos pechos considerables colmando su sujetador, por lo que la actitud de Daniel era casi perdonable.
Mi mente era un torbellino: estaba molesto por la mentira del mensaje de Carolina, intrigado por su actitud y en cierta forma también excitado.
Quise saber más. Que él me contara y que mi mujer me mostrara hasta dónde pretendía llegar. Cogí otra vez mi teléfono y tecleé:
—Aún estoy algo liado con gente. No sé si te podré llamar hoy.
Di un trago a mi cerveza y al instante dijo Daniel:
—Mierda. Se va otra vez.
Me volví a asomar. Carolina estaba de nuevo frente a la isla de la cocina. Parecía haber escuchado la notificación de mi mensaje. Daniel miraba. Ella tecleaba. Y yo enseguida sentí la vibración de mi teléfono en mi mano.
Disimulando para que no me viera el mirón, si bien Daniel estaba a otras cosas que no eran lo que yo hacía con mi teléfono, giré mi mano y vi en mi pantalla unos emoticonos de unas caras llorando de pena. Después alcé la mirada y vi cómo ella posaba el teléfono y se perdía por el pasillo.
—Ahora es cuando se va a duchar la cabrona. Con suerte después vuelve —dijo Daniel, que expresó un resoplido, como si soltara tensión. Después llevó su vista al cielo. Se quedó quieto cuatro o cinco segundos, y luego, volviendo su mirada al frente, dijo:
—Cómo me pone la cabrona… Menudo regalito sorpresa me venía en este viaje. En fin… ¿Qué? ¿Dos birritas más?
Yo me encogí de hombros y él prosiguió:
—Venga, dos más y te cuento la semanita que llevamos… Y lo que esta zorrita me tiene preparado para la noche de mañana.
CAPÍTULO 7
Soltó aquella frase y embocó la cristalera para entrar en la casa. No me lo podía creer. “Traca final”. “Preparado para la noche de mañana”. Yo no era capaz ni de imaginar a qué se podría referir. Quise creer que todo pudiera obedecer a alguna fanfarronada o a algún malentendido. A pesar de la mentira de Carolina sobre que aún no había llegado a casa, yo creía, o incluso sentía, que tenía que haber alguna explicación más o menos lógica para todo aquello.
Daniel volvió enseguida, me tendió otro botellín de cerveza y me preguntó si había cenado. Tras contestarle que no tenía hambre me dijo que se iba a calentar una “pizita” en el horno.
De nuevo desapareció y yo bebía de mi cerveza helada y quise volver a asomarme. Mis nervios y mi incomodidad eran extremos. Tenía las manos frías y también los pies, sin embargo mis axilas sudaban. Todo yo era un termostato descompensado. Alcé la mirada y me mantuve unos instantes mirando hacia mi terraza, nuestra terraza. Mi casa, nuestra casa. Pero no la vi a ella.
—Aún tarda. Después igual viene con el pelito mojado. Ufff… —escuché a mi espalda a un Daniel que venía con su cerveza.
Me retiré como por acto reflejo mientras su frase, que no había sido tan obscena por contenido como por tono, resonaba en mi cabeza.
—Venga, te cuento rápido mientras se me calienta un trozo —dijo Daniel, y yo cogí aire.
Dio un trago a su cerveza, se aclaró la voz como si se enfrentase a un auditorio expectante, y comenzó:
—El domingo por la tarde. Llego. Pam. Pibonazo rotundo en el ascensor. Abajo. Esperando. Como te encontré a ti hace un rato. Yo con las maletas y tal. Tenía prisa porque me tenían que llegar tropecientos paquetes pero le cuento mi vida. Y mientras le voy contando le miro las manos —dijo y pegó otro trago.
—¿Las manos? —pregunté fingiendo vaga curiosidad. Como si “pibonazo rotundo” no fuera mi mujer.
—Sí, siempre les miro las manitas. Si está buena, mirar manitas. El anillo, vamos. De aquella aún no sabía si estaba casada. Y vi varios anillos pero no me quedó claro. Yo le hablaba y la miraba de arriba abajo. Jersey ceñido; tetazas. Culo no sabía, después se lo vi por el pasillo: en su sitio. Potentillo. Bien. Ojitos azules, de gatita. Pelito rubio, media melenita, bien arregladito. Olía a perrita con pasta. ¿Treinta y cinco? ¿Treinta y siete? Por ahí. Yo voy casi para cuarenta ya, me cago en la puta. De tamaño podría ser más grande. Me gustan mega potracas. Pero bien, tamaño medio. ¿Uno setenta? ¿Un poco menos? Bueno, en taconazos igual casi se pone en uno ochenta, ¿no? No sé, pero curvazas. Un pibonazo de cagarse, joder… —resopló y volvió a beber.
Yo escuchaba su retahíla. No me preocupaba su ordinaria descripción, pero sí aquella frase previa, aquel: “de aquella aún no sabía si estaba casada”.
—En fin. Sigo —continuó—. ¿Cuánto le pones al horno? Es solo una porción por ahora. No controlo este. Es de una marca rara. Me mola más coger así apartamentos, casas, aunque sean más caras, como en este caso, que los hoteles. Es que a mí los hoteles… No sé. ¿No te pasa? Llegas a la habitación y qué. Una tele. Una cama. No hay nada que hacer. O cenas en la cama como un puto perro o talegazo siempre de restaurante. Al final haces cuentas y por cara que sea la casa sale a cuenta —dijo a toda velocidad y yo me fijaba en sus dientes pequeños y me parecían espeluznantes.
—¿El horno? No sé… Es ir mirando, supongo —contesté.
—Vale. Ahora miro. Sigo. Nada. Ascensor. Paramos en el mismo piso, aunque su pasillo por el que se fue está un poco a tomar por culo. Y ahí la entretengo como puedo, pero no me hace mucho caso. Nah. Se pira. Ahí es cuando le veo bien el culo. El pantaloncito oscuro que explotaba. Y yo pensé: “Nada, suerte el que se la esté follando, sea su marido o amantes varios”. Uy, huele ya, ¿no? —dijo interrumpiéndose así mismo y alzando la nariz como si fuera un hocico—. Espera, voy a mirar la piza.
Volví a beber. Estaba tentado de asomarme por la terraza de nuevo. Aquel cabrón me tenía en sus manos. Carolina también me tenía en sus manos. Sabía que tenía la posibilidad permanente de ir a mi casa y cortar todo aquello de raíz, pero era superior a mí el ansia de conocer la versión de Daniel, y también la tentación de tantear a mi mujer en la distancia, quizás escribiéndole otra vez.
—Nada. Le falta un poco —dijo súbitamente y de vuelta. Dio otro trago y prosiguió:
—Pues eso. Esa noche. Noche de domingo. Estoy hablando aquí por teléfono… Bueno ahí, dónde estábamos antes. Hablaba con un cliente para citarnos para el día siguiente. Y pam. Veo al pibonazo de paseíto por la terraza. Entra. Sale. Entra. Sale. Yo no sabía si me veía. Se echó un cigarrito. Llevaba una camiseta blanca. Se le marcaban las peras que se veía desde aquí. Apostaría a que no llevaba sujetador. Como te puedes imaginar le cayó una buena paja esa noche.
Yo enarqué involuntariamente las cejas, y él, testigo de mi expresión, sonrió y dijo:
—Sí, tío. Al poco rato de que se fuera. Una vez deduje que no iba a volver a salir, me tiré en la cama y le dediqué una buena vertida de leche.
Su frase, tan chabacana como escalofriante, cayó con todo su peso sobre mi cuerpo; cuerpo que ya venía tocado de ofensivas previas. Intenté llevar el botellín de cerveza a mi boca, pero sentí que me temblaba un poco la mano, así que lo descarté a mitad de recorrido. No quería que descubriera lo nervioso que estaba. Cuanto más ordinaria y soez era su verborrea más tenso me ponía, más sudor en mis axilas y más frías mis manos.
Él prosiguió:
—Eso. Y nada. Llegó el lunes. Lo que te decía antes: “suerte el que se la folle y a otra cosa”. Ya te dije que cuando viajo por curro vengo con mucho lío. No te voy a engañar. Yo estaba algo pendiente. A ver si me explico. Una cosa es no hacer la última visita para llegar antes a casa para ver si hay suerte y veo a la zorrita, y otra no estar pendiente una vez había hecho lo que tenía que hacer ese día, ¿no?
—Ya… Está claro.
—Pues eso. ¡Pam! Otra vez. Apareció. No te dije antes, pero en el ascensor me había dicho que trabaja en un despacho de abogados. Pues eso. Me apareció toda “bisnes-guoman” con su trajecito y una camisa rosa. Y para dentro y para fuera. Para dentro y para fuera de la terraza. Faldita. Pim pa. Pim pa. Y chaqueta fuera. Y venga cigarrito. Y yo con la mano ya por dentro del pantalón, palpando mi polla que quería fiesta. Y paseíto. Y yo ahí no sé si me vio o qué coño… Me dio la impresión un momento concreto que sí. Y ahí empezó… —dijo y dio un trago.
—¿Empezó? —pregunté infartado.
—Sí —contestó, y se limpió la boca con el dorso de la mano. Después posó el botellín, y, yéndose, dijo:
—Vuelvo ahora.
Yo bebí por fin. Si bien necesité ayudarme de las dos manos para sujetar el cuarto de cerveza como consecuencia del tembleque. Sabía que no tenía mucho tiempo. Lo escuchaba cómo abría el horno. Me asomé por la terraza y de nuevo todo iluminado en mi casa pero sin rastro de Carolina. Me retiré y volví a mi sitio.
Sentía que otra vez me había sucedido: por momentos, mientras escuchaba su soez exposición, podía ver a Carolina como si no fuera mi mujer. A pesar de su narración trompicada y desordenada era capaz de ponerme en cierta forma en su piel y sentir a Carolina como una vecina provocadora. Una Carolina en las antípodas de la Carolina de siempre.
Daniel volvió con un plato y un trozo de pizza. Empezó a comer. De pie. Engullía y bebía. Levantando y posando su cerveza constantemente de la mesa.
—¿Pohr dhóndhe ibha? —preguntó con la boca llena.
—En el lunes. Que algo hizo el lunes que…
—¡Ahm! ¡Síh! —me interrumpió y masticó un poco más, y después bajó el bocado con otro trago.
Yo no podía más. Casi prefería que empezara por el final. Cada vez me atormentaba más lo de “la traca final” y aquello que supuestamente pasaría la noche siguiente.
Él continuó:
—Pues eso. Que la “bisnes-guoman” en faldita… creo que gris, y camisita rosa… Se mete para dentro. Y yo entonces pienso que se acabó lo que se daba. Pero después. Pam. Algo parecido a lo que acabas de ver, pero creo que incluso mejor. Agárrate. La fulana que se planta antes de salir. Como si cogiera impulso la jodía… Se lleva las manitas a la camisa, y venga botoncitos fuera. Yo no me lo podía ni puto creer. Creo que hasta pegué un chillido, joder. Pim pa. Uno a uno. Desde arriba. Se abre la camisa. Sujetador de bruces al canto. Y se viene otra vez hacia la baranda esa de cristal. Y yo dije “hostiaaaaa hija de puta… tú sabes que te estoy mirando so jodíaaa…”.
Yo tragué saliva. Su voz me chirriaba. Y, con respecto a mi mujer, cada vez me era más difícil no pensar mal.
—Además —continuó tras otro mordisco y otro trago— fíjate que el toldo no lo mueve. Es que los de arriba me da que no la pueden ver porque el toldo la cubre. Y abajo. Vamos, debajo de donde estamos ahora, yo creo que no hay nadie. No me jodas. Es que a veces parece que me dedica un puto show privado.
—¿Pero sabe que tú la ves? —alcancé a pronunciar.
—No lo sé, tío. Yo creo que depende de si enciendo la luz de la terraza. Yo creo que hoy no nos ha visto, pero el lunes sí.
Yo le iba a decir que si el lunes lo había visto, independientemente de que encendiera él la luz de la terraza o no, ella tenía que saber que él la espiaba, pero antes de que lo planteara en voz alta él continuó:
—Sigo. Y ya voy rápido. Después del show del lunes, el martes me tuvo haciendo guardia aquí como un cabrón. Pero no la vi y me cagué en su puta madre. Bueno, miento, sí la vi, y eso me jodió aún más. Vi que se encendía la luz como a las once. Como que llegó a esa hora. Y nada. Y nada. No aparecía. Y yo tenía que madrugar. Y apareció por fin casi a las doce, por la cocina, en toalla, pero no se le veía nada. Se había duchado y yo dije: “ahora se abre la toalla y le veo las tetas”. Pero nada. Fue jodidamente desesperante. Ni salió a la terraza la cabrona.
Yo solté aire. Cada día de su narración era un suplicio.
—Pero el miércoles… Ay, el miércoles… O sea, ayer. Me hizo un show parecido al del lunes. Todo el pack. Secuencia de calientapollas: Faldita, camisa, tal. Cigarrito. Abre botones. Sujetador de puerca… Que no hace tanto calor. O sea, hace, pero vamos… Que ni creo que le cambie mucho la temperatura por abrirse la camisa. Vamos, que yo ya dije “esta sabe lo que hace y cómo me tiene”. No sé, tío. Igual le hace este show a todos los que vienen aquí, a este piso, unos días, ¿te imaginas? Tengo que mirar los comentarios. “Piso estupendo. Sobre todo la zorrita del otro segundo. Buenas tetas. Espiarla a partir de las diez de la noche. A ella le gusta” —dijo en una permanente sonrisa, y en un cacareo casi silencioso pero repulsivo, y como si fuera una ocurrencia espectacular—. Y… Ay, Rafita… el miércoles, después de eso, del show de camisa abierta, sujetador al aire y cigarrito, veo que se larga. Y yo me digo: “espero a ver si vuelve que hoy la veo con ganas”. Y venga. Cágate. Que vuelve al rato con el pelo mojadito… y… camisoncito… ¡Cágate tío! ¡Camisoncito blanco que se le marcaba todo! ¿Y sale así a la terraza? No me jodas, ¿no?
—Hostia… —balbuceé y tragué saliva. No me lo podía creer… Pero la ropa existía. La clavaba. Camisón incluido. Camisón que usaba solo en verano, y solo para dormir; desde luego nunca afuera en la terraza.
—Sí, tío. Y no me aguanté —dijo Daniel.
—¿No te aguantaste de qué? —alcancé a preguntar.
—Que me fui a su casa.
—¿Qué dices? —exclamé infartado.
—Sí, tío —sonrió—. Allí que me planté.
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