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Esposos cornudos 1 (Capítulo 15)

Desde las sombras, el marido asiste a la conversación que enciende a su esposa. Daniel no solo la mira; la desnuda con palabras, desafiando los límites del decoro y la discreción, mientras el narrador siente cómo su propia sumisión se mezcla con el deseo.

Tanatos1212K vistas9.4· 14 votos

CAPÍTULO 15

Si me vi sorprendido por el papel de mi mujer, tanto o más me sorprendió el silencio posterior de Daniel. Quizás ella también se vio desconcertada por su mutismo, y pronto se encontró dando más explicaciones.

Era evidente que buscaba incitarlo, pero al menos parte de lo que le contaba era verdad. Yo sabía que había tenido un novio en sus tiempos universitarios y que lo habían dejado varias veces. También sabía que aquellos vacíos habían sido cubiertos por alguien, alguien a quién yo no conocía ni sabía su descripción física.

Daniel parecía escuchar por una vez, y además lo hacía interesadamente.

—Pues sí… era alto, fuerte. Iba al gimnasio, como tú —le decía mi mujer con serenidad, y yo sentía un cierto cosquilleo por cómo ejecutaba una estrategia que buscaba nuestro bien.

—Tenía más pelo, eso sí —sonrió dulcemente Carolina.

—¿No te gustan los rapados? —preguntó Daniel.

—Mmm… No te queda mal —contestó ella, tonteando, jugando y agitándome, y yo los podía divisar con claridad. Hablaban cerca, pero a una distancia de correcta seguridad.

La conversación dio un rodeo. Hablaron de su juventud. Mi mujer parecía sobrellevar bien a aquel hombre, o al menos lo disimulaba de una manera eficaz. Daniel parecía con algo de prisa, dando a veces tragos largos a su copa. Pensé que seguramente se quería marchar a no mucho tardar, y jugar sus cartas en algún lugar más ruidoso y alborotado, un sitio donde ella pudiera dejarse llevar de una manera más factible que en aquella expedita terraza.

Tras un trago de mi mujer a su ginebra, Daniel quiso acelerar:

—Volviendo a lo de tu amante… que se parecía a mí… Me habías dicho que lo llamabas cuando…

—Cuando lo dejaba con mi novio —le interrumpió Carolina, segura y algo chisposa.

—Sí. Lo llamabas tú. ¿Para qué lo llamabas?

Mi mujer sonrió con un guiño de coquetería:

—Eres muy listo tú…

—Solo pregunto.

—Ya. Ya… ¿Para qué iba a llamar a alguien… que te he dicho que era… eso… un amante?

—No sé. ¿Para jugar al parchís? —dijo Daniel con nula gracia.

Carolina lo miró de arriba abajo. Yo tragué saliva. Ella se giró un poco. Yo la veía de perfil y la silueta de sus pechos delineando la camisa blanca, y la de su culo curvando la falda de cuero, era un exceso casi inhumano.

Daniel se vio obligado a salvar su frase desacertada. Y decidió huir hacia adelante.

—¿Y te quedabas satisfecha?

—Menudas preguntas haces…

—Ya ves.

—Ya veo qué —dijo ella con chulería.

—Es que tengo algo de prisa. Por eso disparo así —sonrió él con toda la fealdad de sus dientes pequeños—. Solo me has dado una noche. Tengo que darle caña.

—No te he dado una noche. Te he dado… un par de horas… que mañana trabajo. Y no hace falta que le des ninguna caña— le dijo Carolina, en lo que a mí me parecía quizás una beligerancia excesiva.

Otro silencio. Bebieron los dos. Lo hicieron mirándose. La tensión era palpable. Había deseo indisimulado por parte de Daniel y cierta presión en ella por cómo lidiar con él sin pasarse ni quedarse corta.

—Un par de horas. Peor me lo pones. Más prisa tengo que tener —dijo él.

—A ver —resopló Carolina y se agitó la melena rubia—. ¿Pero qué quieres saber? Evidentemente me quedaba satisfecha.

—¿Más que con tu novio?

—Pues sí. En eso era mejor que mi novio.

—¿Y mejor que tu marido? —preguntó el cabrón de Daniel y yo temblé.

Ella lo miró fijamente.

—Eres muy listo tú…

—Eso ya me lo has dicho —contestaba Daniel y yo contenía la respiración.

—Pues te lo digo otra vez. Y no voy a contarte nada de mi marido —dijo Carolina, algo sulfurada, y bebió de nuevo.

Y otro silencio. Yo cada vez estaba más tenso. Daniel bebió también. El alcohol pasaba de las copas a sus cuerpos a gran velocidad. Yo ya temía el momento en el que decidieran marcharse, no solo por el hecho en sí, pues me excitaba ser testigo de aquella pugna, sino porque pudieran descubrirme cuando entrasen en la casa.

—Venga. Nos hacemos dos copas más y me cuentas algo de tu marido —insistió Daniel.

—¿Por qué no me cuentas tú de tus novias, o ligues, o lo que sea? —preguntó Carolina.

—No… Eso después. Mi vida amorosa… o sexual… es demasiado… convulsa para la primera copa.

—¿Ah, sí? ¿Es convulsa? —sonrió mi mujer, que parecía sorprenderle que él conociera siquiera aquella palabra.

—Venga, trae —dijo él, de forma extrañamente cercana, y se hizo con la bebida casi finiquitada de ella. Y yo temí que entrara, que se fuera hacia donde yo estaba, pero se dio la vuelta y fue a otra parte de la terraza que yo no podía ver.

Se escuchó de nuevo el sonido de unos hielos. Daniel, que me sorprendía al desenvolverse mucho mejor de lo que esperaba, estaba preparando otra ronda de bebidas en la pequeña mesa de la terraza desde donde la habíamos observado. Ella se había quedado sola y volvía a mirar la pantalla de su teléfono.

Me quedé prendado de su imagen. Parte de su melena rubia le cubría el rostro, como consecuencia de un flequillo algo corto y coqueto. La voluptuosidad frontal de sus pechos era imponente. Podía adivinar que sentía algo de frío. La camisa sedosa era muy liviana. Quise profundizar y me fijé en que su sujetador también debía de serlo. Me excité al ver a mi propia mujer. Me excité al descubrir que era notorio, el sitio, el lugar, los dos puntos exactos, bajo la ropa, que anunciaban el lugar preciso y erótico de sus pezones. Dos pequeñas montañas, frontales y coronando sus pechos, hacían que su estampa, ya de por sí sexual, alcanzara otra dimensión. Mis pulsaciones se dispararon mientras me preguntaba si aquello habría sido descubierto también por Daniel.

Y entonces algo vibró en mi mano. Me agaché. La había visto teclear mientras observaba sus pechos. Sabía que era ella. Encogido. Agazapado. Leí:

—No sé qué haces. Pero no te acuestes sin avisar.

Otra vez con dedos temblorosos, y mientras escuchaba cómo Daniel seguía con el trajín de ginebra, hielos y tónica, me dispuse a escribir, pero entonces escuché:

—No me la cargues mucho. Y no voy a beber más que esa.

Volví a incorporarme y pude comprobar que su indicación de cómo quería la bebida había sido en balde por extemporánea; Daniel ya le ofrecía aquella segunda copa mientras llevaba una propia en su otra mano.

Una brisa entró por el ventanal y la cortina ondeó. Carolina bebió. El relieve de sus pezones atravesando sujetador y camisa se hizo sencillamente escandaloso.

Tras un trago de cada uno, mi mujer dijo:

—De mi marido solo te diré una cosa: está muy equivocado al respecto de la gente que me atrae.

Mi corazón se encendió. Escuché mis pulsaciones en un bombeo incómodo y angustioso.

—¿Y eso? —preguntó Daniel.

—Sí… No sé. Por algún motivo creo que él cree… que me gustan o yo qué sé, los hombres así… algo mayores.

—¿Los maduritos?

—Sí. No sé. Creo que es por un vídeo que vemos —dijo Carolina y yo no me podía creer que le fuera a contar aquello.

—¿Ah, sí…? ¿Veis vídeos? —se interesó Daniel, de forma bufonesca y exagerada.

—¿Te crees que la gente casada no hace… cosas convulsas…?

—No. No. Ya veo, ya. ¿Qué pasa con el vídeo? ¿Es porno duro?

—Pues… —comenzó Carolina, y bebió, marcando los tiempos, y yo supe que iba a obviar aquello del “porno duro”, pero seguía sin entender adónde quería llegar—. En el vídeo sale un hombre, algo mayor, vestido de traje, y yo… por comentarios, creo que piensa que me atraen los maduros, y lo cierto es que lo… bueno, del vídeo, es el hombre con el traje.

—Vamos, que te ponen los tíos en traje.

—Puede ser —dijo mi mujer.

—O sea que te ponen los músculos y los trajes —provocó Daniel, pero ella no se inmutó.

—Pues mira —dijo él— casualmente tengo yo aquí un par de trajes. Una lástima que no creo que me sirvan.

—¿Y cómo es que tienes aquí trajes que no te sirven? —preguntó ella y yo maldije la tremenda torpeza de Daniel.

—Pues… —dudaba él, que ya sabía de su absurda metedura de pata—. Deben de ser del propietario de la casa. Tiene algunas cosas en los armarios—. Pero en fin. Que te ponen los músculos y los trajes. Interesante información. ¿Y por qué no le has dicho a tu marido que pasas de los viejos, que la clave del vídeo es el traje?

Carolina no le respondió y volvió a beber.

—Me da que no hay mucha comunicación… en ese matrimonio. Evidentemente no sabe tampoco que estás aquí —la atacó Daniel sin darle respiro.

—Pues igual sí que lo sabe —se revolvió ella.

—¿Ah, sí?

—Puede ser.

—Entonces es un de esos… esposos cornudos… que les gusta. Anda que no sé yo del tema.

—Venga ya —protestó mi mujer, que se metía en un jardín del que no era capaz de salir.

—Si quieres te cuento —dijo Daniel con seriedad.

—Qué me vas a contar.

—Pues lo que he vivido de ese tema. Que es bastante. Solo dime una cosa.

—¿Qué?

—¿Tienes frío? —le preguntó Daniel con evidente maldad.

—¿Qué? ¿Frío? No. ¿Por qué? —contestó Carolina, que enseguida se ruborizó, siendo consciente de que una camisa más gruesa, o un sujetador más contundente, o ambas cosas, hubieran sido una mejor elección para estar con él, en una terraza, en el mes de noviembre.

—Por nada… —sonrió Daniel, dando una mirada fugaz, pero inequívoca y provocadora, sobre aquellos pezones que moldeaban la camisa.

—Vete a la mierda —dijo entonces mi mujer, sonrojada, y yo pensé que era un error, pues reconocía así implícitamente que ella también era consciente de que sus pezones la delataban—. Venga, cuenta esa tontería —continuó ella, atropellada, huyendo, pretendiendo que el foco de la conversación dejara de estar sobre el centro de sus pechos.

La había ruborizado. Las mejillas de Carolina se habían encendido. Y me sentí culpable porque su ataque sobre mi mujer me había excitado.

—Está bien. Escucha. Vas a alucinar —dijo entonces, haciéndose el interesante, el cretino de Daniel.