La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 20)
La puerta está entreabierta. Del otro lado, los pasos de un joven se acercan. Ella se desnuda a la luz de la luna, esperando que su gemido sea la llave que abra la puerta y su matrimonio.
CAPÍTULO 20
Mi mujer iba delante, y yo detrás. Ella casi flotaba, ascendiendo, peldaño a peldaño, mientras yo me sentía pesado, aturdido, desconcertado.
El sonido de la televisión se alejaba a la misma velocidad con la que Ana llegaba arriba y después a nuestro dormitorio. Yo aún no sabía si era una broma. Y de serlo, no sabía ni para quién, ni con qué fin.
Entré tras ella. La observaba, buscando información, requiriendo pistas. Encendió la luz. Fue hasta el final del dormitorio. Cerró la ventana.
Tras de mí, la puerta. ¿Qué hacer con ella? ¿Cómo saberlo? La dejé medio abierta.
Y mi mujer volvió de la ventana y alcanzó el centro del dormitorio.
—Estás loca… Ana… —susurré sin pensar.
—¿Lo habrá pillado? —preguntó ella inmediatamente, y yo me acerqué.
—Joder, que si lo habrá pillado —respondí, los dos de pie, frente a frente.
—No lo sé… No lo veo muy espabilado… ¿Qué hacemos? ¿Tú quieres?
Yo no me podía creer que me lo estuviera diciendo en serio. La bordeé, fui hasta la ventana, aparté ligeramente la cortina, y vi a Belén bañándose en la piscina, y a David en su trono, y a Lucía yendo hacia la silla vacía, aquella que era prácticamente mía por usufructo.
—No sé, Ana… —respondí y me aparté de la ventana.
—Qué. ¿Te rajas? Tanto criticas… que no hacemos nada…
—No es cuestión de rajarse. Pero es… una locura…
Ana se alejó entonces, yendo hacia la entrada y yo pensé que cerraría la puerta, pero lo que hizo fue arrimarla, hasta el marco, pero sin cerrarla. Y, una vez lo hizo, apagó la luz.
Yo suspiré y pensaba encontrarme con oscuridad, pero se veía, lo suficiente; un resplandor blanquecino, por la luna… o por la piscina… o por la luz del porche… o por las farolas del otro lado de la calle… pero se veía. Se vería si alguien osase entrar. Se vería si mi mujer y yo decidíamos hacer algo.
—Está Belén abajo, ¿no? En la piscina —preguntó Ana, alejándose de la puerta, y volviendo a mí.
—Sí. Está Belén. Y David. Y Lucía —respondí.
Y, tras hacerlo, me cuestionaba por qué siempre preguntaba por ella. Por qué aquella fijación… Y dudaba si realmente deseaba aquello por pura transgresión, por puro morbo… porque yo la excitaba y aquello sería dar un paso de gigante en nuestra vida sexual… si sería por recuperar el tiempo perdido pues llevábamos años sin locuras…
… O si simplemente se debía a que no podía ser menos que su hermana Belén.
—¿Te atreves o no? —preguntó mi mujer, quitándose la camiseta blanca y dejándola caer sobre la cama.
Me di la vuelta. Aparte de la luminosidad que traspasaba la ventana había una ranura de luz que partía del pasillo y que se colaba por la puerta arrimada.
Volví mi vista a Ana. Estaba nerviosa. Por mucho que pretendiera dar a entender que era yo el sobrepasado. Allí, en el medio del dormitorio, constituía una sombra curvilínea, potente, tan solo vestida con el bikini rojo, y le dije finalmente:
—Yo sí. Pero tenemos que atrevernos los tres…
Y me acerqué a ella. Y sería por el resplandor, sería por ella así iluminada, sería por la necesidad de soltar la tensión de alguna forma… pero algo dentro de mí me llevó a poner mis manos en su cara. Y la besé con dulzura en la mejilla. Y después en sus labios. Y sentí su aliento cálido y un regusto a vino blanco que partía de su boca. Y después escuchamos el sonido de unas pisadas en las escaleras.
Y sentí en sus labios el nerviosismo. Pues ella escuchaba los pasos como yo. Y pegué mi cara a la suya, y sentí sus mejillas calientes, y ella puso sus manos en mi cintura, sin fuerza.
Y me volvió el regusto de aquel olor a vino. Y susurré:
—Estás borracha…
—No…
Y se escucharon más pisadas, más cerca, y, como por un acto reflejo, sus manos apretaron mi cintura un instante, y después volvieron a aflojar.
—Borracha y… nerviosa…
—Ca-cállate… —susurró, y una de sus manos fue a mi bañador, y palpó sobre la tela mi miembro que palpitaba, afectado por su perfume, por su piel, por su beso… Y sentí aquella mano diferente: indecisa, errática y temblorosa como nunca antes la había sentido.
Aquel cuerpo merecía toda mi atención y concentración, pero escuchaba sonidos que provenían de la piscina que me distraían, y un chasquido en un escalón cercano que me angustiaba.
—¿Estás… segura…? —susurré, y lamí y mordí el lóbulo de la oreja de una Ana que gimoteó por mi maniobra. Una maniobra que había fluido sola, emancipada de mí, pues yo no sabía bien si quería dejarme llevar y atacar, o si quería entrar en razón y plantear una retirada conjunta.
—… No sé… —suspiró ella, la cual me seguía sobando sobre el bañador, pero con una turbación y torpeza desconocidas.
Y el siguiente chasquido lo sentimos ya en el rellano. Al otro lado de la puerta. Y no era necesario que lo confirmásemos. Yo lo sabía. Ella lo sabía. Y de golpe pensé que si aquel chico tenía o no la valentía de entrar era algo que ya solo dependía de él. Y busqué la calma, el aislamiento. Busqué sus labios, y conseguí que ladeara la cabeza y que me obsequiara con su lengua. Mi pretensión era la de alcanzar un espacio conocido, para así sentirnos más serenos, pero los besos eran diferentes, su lengua era diferente; había una ansiedad latente, una convulsión implícita en cada toque, en cada caricia, en cada respiración.
Abrí entonces los ojos, y se me hacía extraño besarla así y tocarla con ellos abiertos, pero, de espaldas a la puerta, quería sentir si efectivamente se producía el aumento de luminosidad que anunciaría la visita.
Y tras dos o tres besos y unos frotamientos salpicados de desmaña adolescente, ella intentó deshacerse de mi bañador, y no era capaz de lidiar con el nudo del cordón. Y yo no la quería culpar, quería entenderla, pero me veía arrastrado por su tensión.
—Quítatelo… Quítate el bañador… —susurró en mi oído, y no era una frase convencida, era una huida hacia adelante, cosa que ella no reconocería.
Me aparté mínimamente y me quité la camiseta, y después el bañador. Estando completamente desnudo, miré hacia atrás: la puerta seguía arrimada, inmóvil. Pero casi podía sentirle, al otro lado.
—Va a pensar que estamos locos… —susurró de nuevo mi mujer.
—Quiénes —pregunté, girándome de nuevo hacia ella.
—Todos… —respondió.
Yo la miré entonces. Podía ver hasta sus preciosos lunares detallando su rostro agresivo; facciones que contrastaban esta vez con su mirada tímida. Dudaba si decirle que no teníamos por qué hacerlo. Pero ella eso ya lo sabía.
Y vi que me miraba. Y miraba más abajo, a mi miembro, que palpitaba libre, semierecto, casi apuntando al frente.
Y tensión. Y angustia. Y silencio tras la puerta.
—Qué hacemos… —preguntó azorada.
—No sé… Túmbate… —dije sin pensar.
—¿En la cama? —susurró.
—Claro —quise zanjar, pero ninguna frase, ni de ella ni de mí, sonaba siquiera mínimamente decidida.
Mi mujer fue en busca del refugio de la cama y yo volví de nuevo mi vista hacia la puerta. La petrificación y el mutismo me hacían suponer que tras ella habría paciencia, pero era sabedor de la dificultad de la ubicación de los sonidos en la noche; no podía estar completamente seguro de que el chico no nos hubiera abandonado y hubiera optado por ir a su resguardado dormitorio.
Ana no se tumbó. Se sentó sobre la cama y me esperó. Y yo sentía que necesitábamos un impulso. Que había deseo, pero que la tensión era tan superior que nos bloqueaba, así que caminé hasta colocarme frente a ella. Y mi mujer miraba hacia arriba. Hacia mí. Y yo hacia abajo. Y me iba a tocar. A masturbar mirándola, incitándola. Cuando susurró:
—No… entra…
Yo no respondí, y llevé una de mis manos a mi miembro.
—¿Se habrá ido? —preguntó, sentada frente a mí, con aquel exigido bikini rojo iluminado por el resplandor que entraba por la ventana.
—No se ha ido. Está esperando para entrar —respondí, sintiendo el grosor y la temperatura de mi miembro en la mano.
—¿Esperando a qué? —susurró, mirándome, con ojos vidriosos, con un poso de chulería.
—A oírte gemir… Es la señal que le había dado David —musité, con voz tenue.
—Ah, ¿sí? —me creyó—. ¿Y… me vas a hacer gemir? —me retó, recolocándose la melena, y echándose un poco hacia atrás.
—Sí… —dije, iniciando una paja lenta, pero que hacía que mi polla creciese a bastante velocidad.
Y se escuchó entonces un chasquido, de suelo, de madera, proveniente del pasillo. Nítido. Claro. Casi un estruendo en contraposición con el silencio absoluto de la noche, pues de la piscina hacía tiempo que no se filtraban noticias a través de la ventana. Y yo retiré del todo la piel de mi glande, hacia atrás, mostrando aquella punta gruesa y rosada…
… Y a Ana se le escapó un resoplido acobardado, pero que dio paso casi inmediato a una mirada de inusitada osadía, y llevó sus manos a su bikini, si bien no al nudo de su nuca o al de su espalda, sino a aquellos triángulos, que ella misma pretendía rebosar, en una maniobra casi burda, extraña en ella, pero que yo comprendí e interpreté como un intento de búsqueda de un alter ego lujurioso y cínico que la liberase de culpa y responsabilidad.
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