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La Vanidad de Ana (Libro 1, Capítulo 19)

La playa está vacía, pero la conversación está llena de testigos imaginarios. Ana quiere saber la verdad sobre sus amigos, pero mientras tanto, su cuerpo y sus palabras empiezan a delatar secretos que ni ella misma quiere confesar del todo.

Tanatos123.6K vistas9.3· 8 votos

CAPÍTULO 19

Sábado, 7 de agosto

21:28 de la noche.

—No, en serio, Sergio. No te creo… Es que es imposible… Es que no me… encaja, pero es que nada. Cuéntamelo otra vez.

—¿Otra vez? —le preguntaba a una Ana que llevaba horas dándole vueltas. Yendo y volviendo al tema.

—Sí. Es que… De verdad… Alucino… No puede ser…

Miré a mi alrededor: la pequeña playa, que hacía forma de pequeña bahía, estaba prácticamente desierta. Ana y yo llevábamos de cala en cala desde por la mañana temprano, y habíamos tenido la ocurrencia de comprar algo de comida, una botella de vino, y cenar disfrutando del anochecer en aquel último y tranquilo enclave.

Los dos sentados en la misma toalla, cada uno con su copa de vino. La cena finiquitada. Y mi mujer murmuraba, mirando al horizonte:

—Es que… Eso, de Belén… Además…

—Qué pasa con Belén. Tampoco me tuvo nunca pinta de monja —rebatí.

—No, no sé… Ya… Pero eso… A ver… ¿Pero qué escuchaste exactamente?

—¿Otra vez? No sé… Que… Que estaban follando, eso seguro.

—¿Pero estaban los tres? —preguntaba, girando su rostro hacia mí.

—No sé. Ya te he dicho que creo que sí. Segurísimo no estoy.

—Pero es que además…

—Qué.

—Que… no entiendo nada. ¿Cómo… cuadra… eso de anoche con todo lo anterior? ¿Belén sigue tonteando o provocando al chico?

—No. No sé… hoy casi no los hemos visto. Tampoco estoy siempre con ellos. Y sí, yo ayer pensé lo mismo, no sé cómo encaja lo de ayer con lo que venía pasando.

—Es que… —seguía dudando mi mujer—. A ver… provocar a Albert… No sé… lo de mirar… lo de los intercambios de parejas…

—Intercambios no son.

—Bueno eso. Que David mire a Belén con otros.

—Sí… Es verdad que es un buen… batiburrillo —reflexioné con ella.

—¿Pero será cierto? —se preguntaba.

Y se hizo un silencio, solo alterado por el romper lejano de las olas. Yo estaba vestido tan solo con un bañador, además húmedo, pues no hacía mucho que nos habíamos bañado, pero en absoluto tenía frío.

—Madre mía, Sergio… y yo en plan… que estábamos locos… porque casi lo hacemos en el sitio ese, al lado de la autopista… Y mira estos…

—Ya… —respondí, terminando la copa y posándola con cuidado sobre el inestable relieve de la toalla. Y la miré. Allí, junto a mí, con su bikini rojo de triángulos, aún húmedo, como mi bañador, como su melena que caía hacia atrás por su espalda.

Quizás fuera por toda aquella humedad, o por aquellas curvas, o por todo lo que llevaba viviendo aquella semana, pero no pude evitar acercarme más, volcarme sobre ella, y posar un beso en su mejilla, tostada por el sol que caía. Y después posé otro en sus labios carnosos y salados. Y la besé más. Y ella respondió al beso, y simultáneamente abrimos las bocas, y sentí su lengua, viva, activa, y una de mis manos fue a su nuca, a su melena empapada, para atraerla hacia mí… Y después mi otra mano voló hacia su pecho, y sentí el tacto de su bikini mojado en la palma, y apreté un poco, y levanté un poco aquella teta generosa, espléndida, y a duras penas contenida por la tela. Y ella llevó entonces una de sus manos a detener aquel magreo, con delicadeza, y después cortó el beso.

—Para… —protestó en tono bajo.

—Qué…

—Que pares —me susurró, frente a frente, casi labio con labio.

—Pero si no hay nadie…

—Ya. No sé…

Me aparté un poco. Ella apoyó también su copa y yo la observé con más perspectiva y detenimiento.

—No sé si deberías ponerte ese tipo de bikinis… —le susurré, en lo que era más un cumplido y una provocación que una intención protectora.

—Ya, bueno… me lo puse para… ahora, al caer la tarde, que no iba a haber gente —respondió, melosa e incitadora, en otro susurro, y permitiendo que yo escudriñase cómo sus pechos coronaban su torso de manera impactante, y como los triángulos rojos intentaban que todo aquello no se liberase.

—¿Sabes que dijo Albert de ti? —suscité.

—Qué.

—Que eras… de las hermanas… la más llamativa.

—¿Y eso? ¿A cuento de qué? —se extrañaba, pero seguía dejándose observar.

—Pues David… que le hizo un cuestionario sobre vosotras… Sobre las cuatro hermanas. Bueno, a Marta no la conoce.

—El David María este… Es más subnormal… —susurró, usando su segundo nombre, cosa que no era del todo extraña en aquellos contextos en los que quería hacerle de menos.

Alargué mi mano. Me hice con la botella de vino y serví en su copa, y después en la mía. La noche se acercaba y la humedad que traía el mar pegaba la arena a nuestros pies y recargaba la melena de una Ana que desprendía paz, pero a la vez todo lo contrario.

—¿Pero llamativa en qué plan? —preguntó, antes de dar otro trago.

—Ana… ¿En qué plan va a ser? —susurré, y acaricié uno de sus muslos.

—No sé…

Y se hizo otro silencio. Los dos éramos un sí, pero no. No había mucho más que comentar, pero ella no quería dejar el tema, y seguramente yo tampoco. Y yo la miraba, y la deseaba, casi como si no fuera mi mujer, como si no fuera la Ana de siempre, quizás por estar alejados de nuestra rutina, quizás por aquella intensa semana.

—¿Vamos al agua? —le propuse.

—¿Ahora?

—Sí… —respondí, y cambié las caricias en el exterior de los muslos por otras que buscaban con decisión la cara interna.

—Tú… eres muy listo —sonrió Ana.

—Vamos… ¿por qué no? O aquí mismo.

Sentía a Ana dudar. Y la quise convencer yendo de nuevo a por ella, besando primero en su mejilla, haciéndole girar su rostro con dulzura para que nuestros labios se juntasen, y busqué aquel contacto, húmedo, de labio con labio, sin necesidad de buscar lengua, restregando nuestras bocas, con cuidado, con ternura, de abajo arriba… pero mi mano no se contuvo… y pasó de acariciar muslo a palpar braga de bikini… y Ana terminó por retirar su boca con diligencia. Y yo abandoné braga y volví al muslo, y nos miramos, en una mezcla de amor y curiosidad, como dos críos ante un juego, ante un acertijo, ante algo que investigar y descubrir.

Y mi mujer terminó por verbalizar lo que decían nuestros ojos:

—Es que… De verdad que flipo con Belén… Es que ahora tengo que saberlo.

—¿El qué? ¿Si lo hace con otros hombres… o si Albert ayer miró…?

—Todo… Ahora es que tengo que saberlo todo. Yo creo que es cierto. A ver. Es que son muchas cosas ya…

La observaba. Ansiosa y tranquila. Crédula e incrédula. Y sentí en mis manos el tacto de la piel erizada de sus muslos, y mi vista volvió a aquellos triángulos rojos, y sus pezones correspondían la piel escabrosa, marcando la tela roja, atacando, rígidos, aquellos triángulos, que eran agredidos justo en el centro más exacto.

Aquellos dos relieves me obligaron a palpar. Y mi mano acarició uno de sus pechos, y después mi dedo pulgar acometió aquella dureza.

—Para… Anda… —susurró melosa.

—Que…

—Que no me enciendas…

—¿Por qué no?

—Pues porque… Ya me has dejado a medias… el jueves.

—Bueno… Aquí estamos más cómodos que de pie… contra un coche… en un área de descanso. Aquí remato seguro.

—Mejor rematamos el vino. Y si eso ya veremos si rematamos en la casa… ¿no?

—¿Sí? Vale… Veremos, entonces… —sonreí.

Sábado, 7 de agosto.

22:48 de la noche.

Ana y yo veíamos la tele, tumbados, acurrucados en el sofá del extenso salón de la casa. Mientras, Lucía trasteaba en la cocina y Albert le ayudaba, o al menos le daba conversación. De pasada había visto que Belén y David estaban en la piscina.

Se me hacía raro estar los seis, allí y a la vez, pues era como sentir todo y nada. Sentir que había un gran elefante en la habitación, pero a la vez sentir que quizás no hubiera ni elefante ni habitación.

Albert llegó, dejando atrás el ruido de platos que partían de Lucía, saludó discretamente, y se recostó sobre el sofá de al lado. Apenas le había visto desde la noche anterior y no daba pista alguna de si había pasado algo o absolutamente nada. No había mirada ni gesto que pareciera expresar ni ocultar que había sucedido algo realmente.

—¿Resaca? —le preguntó Ana de repente y en tono bajo, tras un minuto de calma incómoda.

—Bueno… No hay queja. ¿Te han contado o qué?

—Un poco… —dijo Ana.

Y se hizo un silencio, solo perturbado por el televisor y por el sonido de vasos y platos, a lo lejos.

Ana, con una camiseta blanca sin mangas, que cubría superficies, pero no relieves, se recostaba sobre mi pecho, y yo miraba al chico, y tenía la sensación de que quería mirar. Sentía que quería observar a mi mujer, pero que a la vez quería disimular. Quizás fueran imaginaciones mías, o mi propia excitación, pero parecía querer regalarse la visión de mi mujer allí recostada, con sus piernas desnudas y con los triángulos rojos transparentando la desgastada camiseta de algodón.

Y entonces Ana se recolocó. Y la sentí incómoda. Rara. Y me besó en la mejilla. Y el beso sonó. Y sentí que algo extraño sucedía.

—Qué calor hace, Dios mío… —susurró.

—Ya… Hoy ha sido de los peores días —decía un Albert que lucía sereno, o lo fingía; contestando rápidamente a las inconexas frases de mi mujer; más hablador de lo habitual.

—Anoche dormí fatal —dijo Ana.

—¿Sí? —me extrañé yo.

—Sí… esta noche deberíamos dejar la ventana abierta y la puerta del dormitorio entreabierta… para que haga corriente.

Yo tragué saliva. No me lo podía creer. Y miré a Albert, el cual lo había escuchado perfectamente. Pero disimulaba, o eso parecía.

—La puerta entreabierta… —susurré en voz baja, pero en mi interior aquella frase era una exclamación de pasmo y desconcierto.

—Sí… ¿Vamos ya? —dijo, abandonándome, y poniéndose en pie, con parsimonia, pero a la vez con decisión.

Albert la miró. Yo la miré.

Y la secundé. Me levanté del sofá. Y Ana le daba las buenas noches a Albert. Y a mí se me salía el corazón del pecho.

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