Xtories

Júlia IX

Cristina siempre supo que Marc era el único capaz de romper la fachada de Julia. Esta noche, en la casa de la fiesta, ella no solo le pide que la folle, sino que le exige que la humille como Julia merece. El problema es que Marc, cansado de ser el payaso, decide obedecer... y excederse.

Sandra12824.5K vistas9.6· 30 votos

CAPÍTULO 9 Cristina

Verano 2021

She's the kind of girl you dream of

Dream of keeping hold of

You'd better forget it

You'll never get it

She will play around and leave you

Leave you and deceive you

Better forget it

Oh, you'll regret it

Phil Collins, Easy Lover

Estaba jugando con mi princesita, subiéndola y bajándola a pulso mientras sus risas me contagiaban su felicidad. Eran estos momentos, los que realmente me compensaban de todo por lo que estaba pasando. Maria se había convertido en la razón de mi vida, ella lo iluminaba todo, lo justificaba todo. Nunca había pensado que una personita así pudiera alterar de esa manera mi existencia. Durante el embarazo de Julia, recuerdo que pensaba recurrentemente si iba a ser un buen padre, si una persona con mis limitaciones sería capaz de cuidar de un ser desamparado y dependiente como iba a ser mi hija. Pasé meses martirizándome con estas dudas, hasta que aquel día que la enfermera la dejo en mis brazos para que la cogiera. En ese momento todas mis dudas se desvanecieron y se creo un vínculo mágico entre nosotros, ese día supe con total certeza que nuestros destinos estaban íntimamente ligados y que ya no íbamos a ser capaces de vivir el uno sin el otro.

― Ya he acabado de prepararle la cena. Si quieras dársela mientras acabo la nuestra.

Aquel día Júlia había vuelto más temprano de lo normal y había insistido en hacer tareas domésticas como preparar la cena; cosa que odiaba, por lo que supuse había algún motivo secreto que justificaba sus acciones ese día. No dije nada y mientras le daba la cena a mi hija, me dediqué a observar a su madre, mientras ultimaba los últimos detalles de la cena.

Júlia se había puesto unos leggins y una camiseta ajustada y se había recogido sus mechones rubios en una coleta de caballo. Se movía con una gracia innata, sin pretenderlo exhalaba una sexualidad animal, una contradicción con su cuerpo y rasgos aniñados y era precisamente aquella paradoja lo que la hacía tan atractiva.

Sin embargo, todo el tiempo que habíamos vivido juntos me había hecho conocerla, era transparente para mí y sabía que hoy estaba desplegando todo su encanto porque quería pedirme algo. Dejé que las cosas siguieran su curso y que fuera ella la que fuera descubriendo sus intenciones.

Cuando Maria acabó de cenar, la acompañé a cepillarse los dientes, a ponerse el pijama y me dispuse a contarle uno de aquellos cuentos que había aprendiendo de memoria y que le recitaba cada noche para que se durmiera acunada por mis palabras.

Al volver a la cocina, sobre la mesa Julia había preparado dos raciones de dorada a la sal con patatas del horno y una enorme ensalada para acompañarlos. Era uno de mis platos favoritos, por lo que deduje que lo que iba a pedirme tenía importancia para ella.

Comenzamos a comer, entre los típicos comentarios fáticos: Cómo te ha ido el día, qué has comido y cuanto hace que no llueve. Yo iba respondiendo sin poner demasiada pasión en mis respuestas, pero intentando no ser desagradable.

― Este sábado es el cumpleaños de Cristina. Sus padres están de viaje y le han dejado su casa para que organice una fiesta por todo lo alto. Asistirán más de cien personas y va a ser uno de los acontecimientos del verano, lleva más de un mes con los preparativos

Bueno por fin habíamos llegado al meollo de la cuestión. Veamos por donde sale.

― Perfecto, supongo que te habrá invitado. No te preocupes yo me quedaré con Maria, ya sabes que ese tipo de eventos no me vuelven loco precisamente.

― Lo cierto es que he pensado que estaría bien que me acompañases. Asistirán la mayoría de nuestros amigos y me gustaría que nos viesen juntos.

― La mayoría de “tus” amigos, ya sabes lo que pienso de esa fauna, un rebaño de inútiles que viven del dinero de sus papaítos, mientras disimulan su incompetencia en unos empleos hechos a medida para no perjudicar el patrimonio familiar.

― No me acompañas nunca a las cenas de empresas, a los eventos sociales. Mis amigos se empiezan a preguntar si realmente existes, si realmente tengo un marido o no somos más que un matrimonio de conveniencia que no tiene relación entre ellos.

― Pues, vaya, no van muy desencaminados. Lo único que me extraña es que hayan llegado ellos solos a la conclusión sin ayuda de nadie.

― Cristina me ha pedido que vengas, que le haría ilusión volverte a ver.

― ¿Y para qué me quiere tu compañera de correrías, si ya lo pasáis las dos muy bien sin mi presencia?

― Estás muy equivocado con ella. Siempre le has caído bien, siempre habla muy bien de ti. No sé porqué le tienes tanta manía.

― ¿De verdad tengo que explicártelo? Te recuerdo que desde el primer día es una persona que se ha interpuesto entre nosotros. Si fuera por ella, continuaríais de juerga continua como hacíais en vuestra época de universitarias.

― No tienes ni idea; aunque no me creas la imagen que tienes de Cristina no se corresponde con la realidad.

― Esta bien, lo que tu quieras. No tengo ganas de discutir. Agradécele la invitación y pasadlo bien.

― Ya he hablado con mis padres. Ellos se quedarán con Maria este fin de semana y podemos ir a recogerla el domingo a la hora de comer.

― Veo que mi opinión apenas cuenta, es la historia de nuestra vida juntos. La familia Trías decide y los demás mortales, obedecemos.

― Por favor, Marc. Dejemos ya esta pugna que nos está matando. No te pido mucho, simplemente que representes tu papel como mi marido. ¿tan difícil te resulta entender que quiero aparecer entre mis amigos acompañada por mi esposo?

Ella también sabía como alcanzar mis puntos débiles, como conseguir de mí lo que quería. Sabía como presionarme, que teclas presionar para salirse con la suya. Y me hacía dudar, y mientras mi parte racional permanecía impasible, consciente que estaba utilizando una trampa sensiblera, había otra parte de mí que quería creerla, que todavía se resistía a darlo todo por perdido.

― Además estaremos poco tiempo. Como tenemos que ir a casa de mis padres al día siguiente, aprovecharemos y nos despediremos pronto. Solo te estoy pidiendo un par de horas como máximo…

― Esta bien, te acompañaré.

Julia se echó a mis brazos, pletórica de felicidad. Una vez más se había salido con la suya y yo sabía que eso le producía una alegría animal, incontrolable y una vez más era yo el que cedía. Me estaba convirtiendo en un calzonazos de manual y lo peor es que no veía como evitarlo, Era como si nuestros roles se hubieran repartido previamente a nuestro matrimonio y no tuviéramos otra opción más allá que acatarlos.

― Una cosa más, cariño. Esta semana voy a estar muy liada. ¿te importaría comprarle un regalo de cumpleaños?. No escatimes en gastos, cómprale algo bonito, ya sabes que la aprecio.

No me lo podía creer, era lo que me faltaba. En apenas veinte minutos había pasado de no querer asistir a su fiesta, a comprarle un regalo por su aniversario.

La semana transcurrió con normalidad. Ellas hablaban cada día, como si de esa fiesta dependiese el destino de la raza humana y yo simplemente procuraba abstraerme y no pensar demasiado en como había acabado así.

El sábado, después de comer, pasó por casa mi suegra para recoger a la niña. Cuando llamó al portero electrónico, me dispuse a abrirle la puerta. Mariona siempre había sido la única persona que me había caído bien de mi familia política y al revés, creo que yo fui la única persona que realmente le caía bien entre sus yernos y nueras, aunque en honor a la verdad esto no resultaba muy complicado, porque había cada espécimen que…

El caso es que desde un primer momento había notado un trato preferencial hacia mí, pequeños detalles, frases veladas que habían establecido una pequeña complicidad entre los dos. Con el tiempo, llegué a pensar que ella siempre fue consciente de todo lo que pasó y que de alguna manera se sentía culpable de la trampa que habían tejido entre todos.

Mariona seguía siendo una mujer muy hermosa, ya entrada en la cincuentena; nadie que no la conociese se hubiera atrevido a echarle más de cuarenta años; es más el tiempo la había dotado de unos rasgos serenos y armónicas que la habían convertido en una belleza madura a la que no parecían afectarle los años y los múltiples partos a la que se había sometido.

Nada abrir la puerta, llevó sus manos a mis hombros y me regaló un par de besos en ambas mejillas.

― ¿Cómo está mi yerno favorito?

― Eso se lo dirás a todos.

―Ja, ja. Sabes que es cierto y que te aprecio como si fueras mi hijo, aunque la verdad es que no tiene mucho merito que te escoja, comparado con los otros dos zánganos con los que se han casado mis otras hijas.

― Pasa, ahora saldrá Júlia, se está arreglando.

En ese momento, como si de un torbellino se tratase, apareció mi hija corriendo por el pasillo para lanzarse en los brazos de mi suegra.

­ ― ¡Abuela, abuela! ¿Me voy a quedar en tu casa a dormir esta noche? ¿Estarán mis primos? ¿Jugaremos al escondite?

― Jugaremos a lo que tu quieras; pero me tienes que prometer que te lo comerás todo y que cuando sea la hora de ir a dormir, lo harás sin rechistar.

Mariona la cogió en brazos y le acarició la cara.

― ¡Cómo me recuerda a su madre cuando tenía su edad! Mañana, recuérdame que te enseñe fotos de mi hija cuando era pequeña. Son como dos gotas de agua, es como si el tiempo no hubiera pasado.

― O nos concediese otra oportunidad.

Como si hubiera oído nuestra conversación, apareció Júlia embutida en un albornoz y con el pelo todavía mojado se saludaron entre las dos, intercambiaron unas frases y se despidieron de nosotros.

Tres horas más tarde, apareció por fin mi mujer arreglada para la ocasión. Entró en el salón donde la esperaba y dando una voltereta sobre si misma, se plantó delante de mí.

― ¿Qué tal estoy?

Júlia lucía un vestido de noche de color azul oscuro, adornado con pedrería y con un escote de bañera, dejando sus hombros completamente al descubierto. El vestido ajustado le llegaba hasta medio muslo y le sentaba como un guante, marcándole unas curvas pequeñas, pero firmes y armoniosas. Se había puesto un collar de aguamarinas y una pulsera a juego que le había regalado en nuestro primer aniversario.

― Bien, lo único que no pega son las piedras.

― ¿Por qué, no me queda bien? ¿Yo creo que hace juego con el vestido, son azules al igual que los zapatos.

Recordaba las palabras del vendedor cuando compré las joyas “una decisión muy acertada, las aguamarinas simbolizan el amor perdurable”. Sin embargo no dije nada; aunque no pude dejar de pensar en la triste ironía.

Júlia estaba de lo más locuaz aquella noche, rebosante de energía. Durante la hora aproximadamente que duró nuestro viaje hasta la casa familiar de Cristina, no paró en ningún momento de hablar.

Por fin, llegamos a la finca y dejamos el coche fuera. En la puerta un guardia de seguridad comprobaba nuestras invitaciones antes de franquearnos el paso.

Fuimos andando por un caminito hacía la casa principal que permanecia con la planta de abajo completamente iluminada. Entre las dos piscinas habían colocado una carpa, con mesas y sillas; y justo detrás sobre una plataforma una orquesta de cinco componentes amenizaba la noche.

Entramos por las puertas correderas al interior de la casa. El salón había sido convertido en un gran buffet con mesas redondas y taburetes. Unos camareros se ocupaban de llenar las copas de los que se habían decidido por reponer fuerzas. Entre los invitados al fondo, pudimos distinguir a la anfitriona de espaldas a nosotros departiendo con unos y otros.

Cogí la mano de Julia y le puse un pequeño paquete, el regalo que le había comprado por indicación de mi esposa.

― Buf, ya no me acordaba. ¿No sé que haría sin ti? ¿No quieres dárselo tú?

― Prefiero que lo hagas tú, estoy seguro que así lo apreciará más.

Justo en ese momento Cristina se dio la vuelta y nos vio, lanzándose hacia nosotros como si hiciera años que no nos veía. Primero se abrazaron las dos mujeres, para separarse y unidas por las manos evaluar sus atuendos y dedicarse unas cuantas alabanzas.

Después Cristina se acercó hasta mí, me dio un abrazo y un par de besos.

― Gracias por haber venido, Marc. Tenía muchas ganas de verte. Te voy a robar 10 minutos a tu mujer porque tenemos que ponernos al día que tengo que contarle unas novedades muy importantes para mi. No te importa, ¿verdad?

― Adelante, toda tuya ­ ― conseguí decir sin que se me notara la ironía.

Se cogieron de la mano y se perdieron por el pasillo. Yo decidí dar una vuelta para inspeccionar la casa y el jardín que era enorme. Lo cierto es que te podías perder en aquel sitio.

Al final me quedé escuchando un rato a la orquesta, hasta que me di cuenta que había pasado más de media hora y no daban señales de vida, por lo que me dediqué infructuosamente a buscarlas. Esta situación me provocó algo de agobio, estás situaciones sorpresivas que no podía controlar seguían siendo estresantes para mí y empezaba a notar que me costaba algo respirar. Salí de nuevo al jardín y me senté en un banco alejado completamente del bullicio y desde podía contemplar toda la fiesta a una distancia prudencial.

Al poco tiempo vi a Cristina que se dirigía hasta donde estaba sentado, venía con el estuche que le había comprado hace unos días en la mano, pasándoselo de una a otra..

Se sentó a mi lado y abrió la cajita. Dentro había un colgante de oro y platino que representaba al ying y el yang, el símbolo chino de los opuestos con unas piedras preciosas engarzadas y una cadena de oro para llevarlo colgando.

― Me lo has comprado tú,¿verdad?

― Es un regalo de los dos.

― Ja, ja ¡Qué mal mientes! Con lo tacaña que es Júlia si supiera lo que te ha costado esta joya, te despellejaría vivo.

― No te creas, no es tan caro.

― Cielo, mis padres son joyeros, mis abuelos son joyeros y así nos podríamos pasar media noche. Desde pequeña he estado rodeada de todo tipo de piedras preciosas y las sé reconocer, así como su valor. Te podría decir el precio de esta joya y no me equivocaría más allá de unos pocos miles de euros. Me lo pones, por favor.

Cristina me ofreció su cuello, mientras retiraba su melena castaña. Abrí el cierre y se lo coloqué, al sentirlo devolvió su pelo a su posición inicial y volvió a mirarme a los ojos.

― Gracias, siempre me recordará a ti.

―¿Dónde está Júlia?

― No puedo mentirte…, ha venido Ramon.

Otra vez, la historia se repetía continuamente y yo estaba cansado, muy cansado de repetir el día de la marmota.

―Entiendo. Es mejor que me marché, aquí no pinto nada. Ya la devolverá él a casa o le pides un Uber. No sé porqué me habéis hecho venir aquí, la verdad.

Cristina cogió mis manos al levantarme y tiró de ellas.

― Por favor, no te vayas. Yo no he invitado a Ramon. No lo soporto, no me cae bien y no quiero tener nada que ver con él y por la cara que ha puesto tu esposa, ella tampoco no sabía nada. Se ha presentado por propia iniciativa y estaba armando un escándalo en la puerta, por eso le he dejado pasar tras consultarlo con ella.

― Te ha enviado Julia, ¿verdad?

― Sí, ella me ha dicho que te vigilara, que me asegurara que no perdías los nervios y hacías algo que tuviéramos que lamentar, pero no estoy dispuesta a seguir esta farsa, no quiero participar de ella. Yo nunca he sido tu enemiga, Marc. Desde que os casasteis que tengo la esperanza de que esto salga bien, de que Júlia se dé cuenta de todo lo que se está perdiendo y vuelva contigo. Ven conmigo, quiero eneseñarte algo.

Cristina me cogió de la mano y me arrastró, obviando a decenas de personas que se nos quedaban mirando. Llegamos ala casa y subimos a por las escaleras, hasta llegar a una puerta doble de roble que se apresuró a abrir.

― Está era mi habitación cuando vivía con mis padres, ellos la han conservado exactamente como la dejé, no han cambiado absolutamente nada.

―¿Qué hacemos aquí?

Por toda respuesta, Cristina hizo resbalar los tirantes de su vestido, dejándolo resbalar y quedando totalmente desnuda a no ser por un pequeño tanga blanco que contrastaba con su piel morena.

Y así quedó ofrecida ante mí, como si fuese una diosa de la fertilidad. Sus formas redondeadas, sus amplías caderas y sus senos generosos que contrastaban con el cuerpo juvenil de mi esposa, permanecían expuestos a mis ojos. Sus labios carnosos, se ofrecían a calmar mi sed de pasión y sus manos cogieron las mías para acercarme hasta su cuerpo y mientras lo hacía, notaba una ola de calor que emanando de su cuerpo, atraía al mío din poder evitarlo.

Y me besó, para que supiera que esa noche era toda mía, para que fuera testigo de su entrega antes de ser consumada. Sentí su lengua como invadía mi boca, como buscaba mi lengua para jugar con ella. Sentí como sus manos me quitaban el jersey y sus manos recorrían los pectorales forjados en interminables tardes de gimnasio mientras sus labios recorrían mi cuerpo y mordían mis pezones y entonces se arrodilló ante mí y me miró a los ojos, pidiéndome sin palabras un permiso tácito para continuar, para liberar mi sexo y llevárselo hasta los labios, para reseguir con su lengua mi pene endurecido, entregado ya a sus designios.

Entonces lo engulló en su boca y sentía como su humedad me estaba matando, como iba perdiendo poco a poco las pocas opciones que tenía de resistirme, como me sentía incapaz de responder a esa ola de deseo.

Apenas estuvo un par de minutos, que se me hicieron eternos y entonces mientras sacaba mi pene de su boca, volvió a mirarme a los ojos, a retarme, a hacerme saber que podía hacer con ella lo que quisiera.

― Vamos, quiero que me folles, que todos escuchen mis gritos de placer, que todos sepan que me has hecho tuya.

La levanté sujetándola por los antebrazos y le di la vuelta para que quedase cara a la pared, baje mis pantalones y el slip y sin más contemplaciones empecé a metérsela. Con el primer impulso conseguí introducírsela la mitad y arrancar un prolongado quejido de sus labios. Mi boca fue hasta sus hombros desnudos, para besarlos y morderlos después, mientras mi mano bajaba y se acomodaba en la entrada de su vagina, acariciándola.

― Dame más fuerte cabrón.

Y así lo hice, le día la vuelta la arrojé sobre la cama, y metí mis dedos entre la goma de su tanga para deslizarlo despacio entre sus muslos. Entonces introduje dos dedos en su vagina a modo de anzuelo tal como me había enseñado mi esposa durante mi aprendizaje, mientras que con el pulgar frotaba en pequeños círculos su clítoris. El efecto fue inmediato, noté como se agitaba su respiración mientras empezaba a gemir cada vez más fuerte.

― ¿Te gusta?

― Me encanta no pares, por favor.

Me llevé un pezón a mi boca, mientras incrementaba el ritmo de mis dedos y comprobaba como los gemidos se volvían gritos hasta que empezó a expulsar un liquido acuoso que puso la cama perdida.

Me espanté un poco, nunca había visto algo así, pero al intentar apartarme, llevó sus brazos a mi cuello y me acercó a ella.

― Necesito que me folles, no te preocupes y métemela.

Me pusé sobre ella y empecé a frotar mi pene entre sus labios, introduciendo levemente mi glande para volver a sacarlo.

― Por Dios, no me hagas rogarte más.

Y de un solo golpe la metí, de forma brusca. En otras circunstancias podría haberle hecho daño, pero su vagina estaba completamente húmeda y entró como un cuchillo atraviesa la mantequilla caliente. Permanecí unos segundos para que se acostumbrara a su tamaño y empecé a mover mis caderas primero en círculos y después de atrás a adelante poco a poco, mientras miraba como sus ojos se habían cerrado y se concentraba en sentir todo el placer que le estaba proporcionando. Cada vez que mi pene alcanzaba su perineo, contenía su respiración se le escapaba un gemido. Sentía como sus manos acariciaban mi espalda, como empujaban para que mi inserción fuera más profunda.

― Dame más fuerte, cabrón, como Ramon le da a Júlia.

Esas palabras me hicieron perder el control, noté como una venda cubría mis ojos y empezaba a perder el control. Intenté pararlo, peo no pude, sentí como la ira se apoderaba de mí otra vez. Incremente el ritmo de mis penetraciones, marcando un ritmo infernal que no podría mantener mucho rato, pero no me importaba, quería castigarla.

Llevé una de mis manos hasta su cuello y apreté. Cristina intentó zafarse, primero moviendo su cabeza a ambos lados y cuando vio que no lograba su objetivo, clavó sus uñas en mi espalda, pero permanecía imperturbable al dolor. Seguía moviéndome con saña, intentando retener la explosión que se acercaba, hasta que no pude más y me vacíe dentro de ella y en ese mismo momento escuché su grito salvaje, un orgasmo que la estremeció todas las partes de su cuerpo y caí sobre ella, exhausto.

Durante unos minutos noté sus caricias por todo mi cuerpo, primero en mis cabellos para bajar por mi espalda y delicadamente separarme de ella. Alzó su espalda y puso su mano en mi mejilla, mientras me miraba fijamente a los ojos.

― Creía que esto solo pasaba en las películas. Éste es el tipo de sexo que le gusta a Júlia. Si quieres recuperarla, ya sabes lo que tienes que hacer.

­― Ya es demasiado tarde. Han pasado demasiadas cosas.

―Ella a su manera te quiere, pero no es capaz de controlarse y eso la está matando. Ella solo ha sido feliz cuando ha estado contigo sin nadie más, pero luego vuelve a caer y se siente como una mierda. Siente que no puede llevar una vida normal y por mucho que la desee, cada vez que aparece el hijoputa ese, pierde todas sus buenas intenciones y se pierde.

― No te engañes, Cristina. Si no fuera Ramon, sería otro. Júlia es una niña en un cuerpo de mujer, no es capaz de comprometerse, de renunciar a sus deseos, de sacrificarse por su familia. Es demasiado egoísta.

― Tal vez, tengas razón; pero me da miedo. Un día u otro se quedará sola y cuando gire su mirada atrás y sea consciente de todo lo que ha perdido, de todo el dolor al que ha sometido a los que la rodean, va a ser muy duro para ella.

― Es hora de volver, te estás perdiendo tu fiesta.

― No, cielo, me has dado el mejor regalo de cumpleaños que me podías dar.

― Me alegro de que te haya gustado el colgante.

― Sí, también me ha gustado. Venga, vamos a la ducha.

Me cogió de la mano y me introdujo en el baño que había en la misma habitación y nos duchamos juntos. Yo, pensando, tratando de asimilar lo que había pasado esa noche, mientras Cristina me enjabonaba y recorría mi cuerpo suavemente con sus manos. Nos secamos el uno al otro y volvimos a la habitación donde recuperamos nuestras ropas.

Al ir a abrir la puerta, Cristina me hizo dar la vuelta y besó mis labios.

― Gracias, por todo. Ahora bajemos y busquemos a Júlia.

La fiesta no había decaído, todo lo contario. En la planta baja apenas quedaban un par de parejas picando algo, pero el exterior parecía mucho más animado. Al fondo se veía gente bailando al ritmo que les marcaba la orquesta. En la piscinas, algunos valientes se habían atrevido a calmar el calor de la noche arrojándose al agua. Algunos permanecían tirados en la hierba y algunos no podían ocultar sus excesos etílicos. No la vimos por el jardín por lo que nos dirigimos hasta la carpa y efectivamente Júlia se encontraba en una mesa con una pareja que no me resultaba extraña. No nos vio llegar, pues estaba de espaldas a la puerta.

De camino cogí tres copas que ofrecía un camarero en su bandeja y le di una Cristina y le ofrecí la otra a mi mujer al llegar a su mesa.

― Un brindis y nos marchamos a casa.

Júlia se giró al oírme y ver la copa de cava que se apresuró a coger.

― Por supuesto. ¿Dónde estabais?, os he estado…

Su mirada se fijó en nuestros cabellos húmedos todavía y quedó en silencio, con cara de incredulidad.

― Pero antes me gustaría hablar un momento a solas con Cristina. ― la cogió del brazo y salieron las dos hacia el jardín― Perdonadnos un momento.

Yo aproveché y me senté para tomarme la copa de cava, mientras la pareja que había hecho compañía a Júlia se disculpaba y se retiraba. Un cuarto de hora más tarde, apareció Cristina y se dirigió hasta la mesa que ocupaba.

―Júlia no ha querido entrar, te está esperando en el coche.

― ¿Se lo has contado?

― Por supuesto. Nunca hemos tenido secretos entre nosotras y no voy a empezar a hacerlo ahora.

― ¿Os habéis enfadado?

― Sí, claro; pero no te preocupes, ya se le pasara. A fin de cuentas, ella me pidió que te entretuviera y eso es ni más ni menos lo que hecho ― dijo Cristina, soltando una carcajada― Ha estado muy bien, Marc; pero esto nunca se volverá a repetir. Es demasiado complicado para mi gusto.

Le tendí la mano para despedirme; pero ella la ignoró y me dio un pico en los labios.

― De todas maneras, Marc, recuerda que si algún día necesitas una amiga con la que hablar; siempre estaré dispuesta.

Caminé hacia la salida y al llegar al coche encontré a Júlia de espaldas con los brazos cruzados; postura que ya conocía y que denotaba su enfado.

Nos metimos en el coche sin hablar y durante todo el viaje no se dignó dirigirme la palabra. Al dejar el coche en el parking, salió como alma que lleva el diablo y se fue hacia el ascensor sin esperarme.

Al llegar a nuestro piso tenía la esperanza de que se hubiese ido a dormir, pero al ver la luz del salón encendida fui hacia allí.

― ¿Cómo has podido, pedazo de cabrón? ¿Cómo te has podido tirar a mi mejor amiga delante de todos nuestros amigos y conocidos? ¿Qué quieres que nos convirtamos en la comidilla de todos, que todos sepan que me has puesto a los cuernos?

― ¿Y tú que hacías? ¿Dónde estabas? Te estuve buscando por todas partes y no te encontré. Bueno en las habitaciones, no lo hice.

La furia de Júlia desapareció como por arte de magia. Era consciente de que no le convenía una discusión sobre ese tema.

― Ya lo sabes, te lo ha dicho esa puta a la que creía mi amiga. Te prometo por lo más sagrado que no sabía que estaría en la fiesta.

― Te creo, si lo hubieras sabido, no me hubieras pedido que te acompañara, ¿verdad?. Venga, Júlia, déjate de comedias. Hace tiempo que dejaste claro que éramos personas libres que no teníamos que dar cuentas al otro, o sea que si me disculpas, me voy a dormir que ha sido un día muy largo.

Me di la vuelta y dejándola allí de pie incapaz de disimular su desagrado, me dirigí hasta la habitación de invitados, opción que me pareció la más sensata para evitar más discusiones y pude por fin dar por terminado el día.