Unos vecinos influencers 15. Piscina de secretos
Teddy llega a su casa no a tomar una cerveza, sino a cobrar una deuda. Mientras su esposa se entrega al juego en la piscina, Lidia lo arrastra a la cocina para una humillación que cruza la línea de no retorno. Pero cuando Armando cree haber perdido todo, descubre que la traición tiene dos caras.
CAPÍTULO 15
Piscina de secretos
"A veces no es el daño lo que más duele, sino descubrir que vino de tus propias manos… o peor aún, de las palabras que no tuviste el valor de decir. Y mientras sangras, también dejas heridas."
El silencio que siguió al mensaje de Teddy fue espeso, cargado. Clara debió de notar el cambio en mi expresión, la tensión repentina en mis hombros, el modo en que apreté el teléfono.
—¿Qué pasa? —preguntó, su voz un hilo de curiosidad y de cautela.
—Nada —mentí, volviendo el móvil boca abajo con un movimiento brusco—. Solo Teddy siendo Teddy. Ya sabes.
Ella sostuvo mi mirada por un segundo, como si intentara leer entre líneas, pero luego se encogió de hombros, aceptando mi evasiva—o eligiendo ignorarla—. —Bueno, si viene, tendremos que sacar algunas cosas para picar —dijo, cambiando de tema con una naturalidad que me resultó tanto tranquilizadora como irritante. ¿Era así de fácil para ella pasar página?
Asentí, sin fuerzas para discutir. —Sí. Lo que sea.
Me levanté y me acerqué a la ventana que daba al jardín. La piscina relucía, azul y tranquila, bajo el sol de media mañana. Un lugar de paz, de risas familiares, de tardes perezosas. Y dentro de unas horas, se convertiría en otro campo de batalla. Teddy no venía a "tomar una cerveza". Venía a reclamar su trofeo, a marcar su territorio, a recordarme que la deuda estaba pendiente y que él era el que dictaba los términos.
"Elígele un buen bikini a Clara."
La frase resonaba en mi cabeza, una y otra vez, como un mal ritmo. Cada vez que miraba a Clara, la veía con el vestido color tierra, con la saliva seca en el escote, con la marca de dientes en el culo. Y ahora Teddy quería verla en bikini. En mi piscina. ¿Y qué haría yo? ¿Sentarme a su lado, con una cerveza fría en la mano, fingiendo que todo era normal mientras él le dedicaba sonrisas y comentarios de doble sentido?
El resto de la mañana pasó en un estado de tensión contenida. Cada vez que sonaba un mensaje, me sobresaltaba. Cada vez que Clara se ponía a tararear, me preguntaba si estaría pensando en la visita, en Teddy, en qué ponerse.
A la hora de comer, casi no toqué la comida. —¿Seguro que estás bien? —preguntó Clara, con genuina preocupación esta vez—. Pareces nervioso.
—Es el trabajo —volví a mentir, escurriendo el bulto—. Tengo un informe que me trae de cabeza.
Ella asintió, pero no pareció convencida. —Bueno, espero que la tarde te relaje. Un poco de piscina y sol nos vendrá bien a los dos.
"Un poco de piscina y sol." Si ella solo supiera. Para mí, la tarde prometía todo menos relax.
El timbre cortó el aire como un cuchillo. Clara, que había estado pululando por el salón como un alma en pena, arreglando cojines que no necesitaban arreglo, se sobresaltó. Se llevó una mano al pecho y una sonrisa nerviosa, casi de adolescente, se dibujó en sus labios.
—¡Seguro que es Teddy! —exclamó, y su voz sonó demasiado aguda, demasiado expectante.
La noté nerviosa. Demasiado. Llevaba un bikini de dos piezas en color blanco marfil, de estilo minimalista y muy sensual. El sujetador es del tipo triangular, confeccionado con una tela fruncida que crea un efecto de textura sutil y elegante. Se ata con delgados cordones al cuello y a la espalda, dejando gran parte de los hombros y el escote al descubierto, lo que resalta su figura y da un aire despreocupado en la parte inferior del bikini es de corte muy reducido, estilo tanga brasileña, también con tela fruncida al frente que combina con la parte superior. Se sujeta a la cintura con finos lazos a los costados, lo que le da un toque coqueto, permitiendo un bronceado más uniforme y dejando las caderas al descubierto, se había puesto hacía media hora, "para ir tomando el sol", según dijo. Pero era imposible no notar cómo se ajustaba cada tirante, cómo se pasaba la lengua por los labios, cómo sus ojos brillaban con una anticipación que no tenía nada que ver con una simple tarde de piscina.
Miré a los ojos a Clara. Ella me sostuvo la mirada, y en sus pupilas verdes no había rastro de la incomodidad o el hastío que yo sentía. La veía con ganas. Con ganas de que empezara el espectáculo.
Sin dejar de mirarle los ojos a Clara, le dije, con una voz que pretendía ser calmada pero que sonó a hielo: —Corre, abre la puerta. Os espero en el jardín.
Ella asintió, con esa sonrisa aún pegada a los labios, y fue corriendo a abrir la puerta, sus pies descalzos haciendo un ruido suave sobre el suelo de madera.
Yo salí por la puerta corredera al jardín. El sol de la tarde era caliente, pero a mí me parecía frío. Me acosté en la hamaca, cerré los ojos e intenté fingir una tranquilidad que estaba a años luz de mí. Escuché voces en la entrada. La de Clara, aguda y alegre. Otra voz, masculina, la de Teddy, riendo. Y entonces… otras voces. Femeninas. Risas que reconocí de inmediato.
A los 5 min, aparecieron Teddy y Clara por el córner del jardín. Pero no venían solos.
A su lado estaba Lucy, con un bikini de dos piezas que destaca por su delicado y femenino estampado floral en tonos rosados y blancos. Se trata de un conjunto tipo micro bikini de estilo brasileño, diseñado para resaltar la figura con una elegancia relajada y un aire romántico. El top con copas pequeñas ligeramente fruncidas que se ajustan mediante finos cordones que se anudan al cuello y a la espalda. La tela rosa, decorada con motivos de pequeñas flores blanca.
La parte inferior del bikini era aún más atrevida: un diseño de tanga minimalista con lazos ajustables a los lados, que permite una gran libertad de movimiento y resalta la silueta con un toque sensual pero sofisticado. El corte alto de sus caderas estiliza las piernas.
Lidia, que llevaba un bikini minúsculo de color amarillo, era del mismo estilo que el de Lucy pero en amarrillo, en tanga amarillo hacía que resaltara mucho su culo y no pude evitar mirárselo. Su sonrisa era una hoz de malicia.
Teddy llevaba unas gafas de sol de espejo, un bañador de color lila, una camisa hawaiana abierta hasta la mitad y una caja de cervezas artesanales caras. —¡Hola, vecino! —gritó, con esa energía falsa y abrasiva que le caracterizaba—. ¡He traído refuerzos! ¡Lucy quería sol y a Lidia le apetecía un baño! ¡Espero que no te importe!
Clara sonreía a su lado, como si fuera la anfitriona perfecta. —¡Qué bien! ¡Cuanta más gente, más animación!
Yo me incorporé lentamente en la hamaca, con el estómago convertido en un nudo de hielo. No era una tarde de piscina. Era una invasión. Teddy no solo había venido a cobrar su deuda. Había traído a su séquito. Había traído a Lidia.
Y Lidia me miraba fijamente, con esa sonrisa de depredadora que no prometía nada bueno. La tarde, de repente, se había vuelto infinitamente más larga y mucho más peligrosa.
Teddy avanzó hacia mí con los brazos abiertos, como si fuéramos hermanos que no se veían desde hacía años. Se acercó a mí y me abrazó con una fuerza exagerada, y en ese acto cariño, me susurró sin que nadie lo escuchara:
—Joder, te dije que quería verla en bikini a tu mujer… pero te has pasado. Va espectacular. —Su aliento, a cerveza ya desde tan pronto, me llegó a la oreja—. No sé cómo puedes aguantar con una mujer así, yo estaría follándomela a todas horas.
Yo me quedé parado, el cuerpo rígido, no sabía qué decirle. El comentario era tan vulgar, tan invasivo, que me dejó sin aire. Al final, con la voz un poco estrangulada, le solté: —Cada uno aguanta como puede, Teddy. Y algunos aguantamos más de la cuenta. —Era una respuesta débil, casi una admisión de derrota, pero era lo único que se me ocurrió para no empezar la tarde con un puñetazo.
Teddy se rió, como si fuera el chiste más gracioso del mundo, y me dio una palmada en la espalda antes de soltarme.
Entonces vino Lucy. Se acercó con pasos tímidos y me abrazó fuertemente contra ella. Era un abrazo sincero, cálido, y sentí sus pechos contra mi cuerpo a través de la su bikini. No era una presión lasciva, sino reconfortante.
—Hola, vecino —dijo muy cariñosa—. ¿Qué tal? Espero que no te molestemos. Teddy dijo que nos habías invitado a la piscina. No quería perderme este momento.
Me separé de ella, la miré y le sonreí. Su dulzura era un bálsamo en medio de tanto veneno. —Tú nunca molestas —dije sin pensar, pero era la verdad absoluta. Lucy me transmitía una paz, justo lo contraria que me transmitía su novio. No pegaban nada. Pobre Lucy, la de cuernos que debe llevar con ese cabrón, pensé.
Y luego, se acercó Lidia. Su avance era lento, deliberado, como el de una pantera. Ella me transmitía algo raro. Me daba miedo. Sentía que ocultaba algo, la veía mala. Pero, al mismo tiempo, estaba espectacular. Ver ese culo y esas tetas con poca ropa hacía que resaltaran su cuerpazo de una manera casi obscena. El bikini amarillo era poco más que unas cuerdas y unos triángulos mínimos.
—Hola, banquero —saludó, y su voz era una caricia áspera.
Y entonces, volvió a pasarme sus uñas por la espalda. No fue un roce casual. Fue un arañazo deliberado, lento, que sentí a través de la fina camisa de lino. Con una sonrisa malvada, añadió: —Me encanta arañar.
—Ya lo veo —le dije con dolor, mientras me rascaba la espalda instintivamente y sentía el reguero caliente que habían dejado sus uñas—. Parece tu deporte favorito.
Ella sonrió, satisfecha, y se giró para mirar la piscina, dejándome con la espalda ardiendo y la certeza de que la tarde iba a ser una tarde larga y tortuosa.
La tensión se rompió de la manera más predecible y, al mismo tiempo, más devastadora. Entre bromas, de repente, Teddy cogió a Clara por la cintura, con una fuerza brusca que a ella le hizo gritar de sorpresa y falsa protesta.
—¡Teddy, no! —protestó ella, riendo, pero ya era demasiado tarde.
Se tiró con ella a la piscina, en un brinco mal ejecutado que provocó una salpicadura enorme. Mojándose su camisa, que al instante se volvió transparente y se le pegó al torso. Ellos en el salto se pegaron mucho, es un revolverse de brazos y piernas, hay mucho magreo disimulado entre risas y resoplidos. Y cuando salpican, hay momentos en los que no se ve nada de lo que hacen bajo la cortina de agua.
Se escuchan risas. —¡Anda, para! ¡Qué tonto eres! —dice Clara, pero es un tono de tonteo, de adolescente ligando con el chico que le gusta, no de verdadera molestia.
Entonces, Teddy coge la cabeza de Clara y la empuja hacia abajo, sumergiéndola con una fuerza que hace que mi propio corazón se detenga por un segundo. Ahogándola. Ella sale a los dos segundos, medio ahogándose, tosiendo y escupiendo agua, pero con una sonrisa gigante en la cara.
—¡A mí me hablas bien! —le dice Teddy, con un tono de falsa advertencia y de pura diversión, cuando ella recupera el aliento.
Clara, al salir, le salpica agua en la cara a Teddy con ambas manos, como un niño rebelde. —¡Toma!
Clara se ríe, una risa libre y desinhibida que rara vez oía en casa. Teddy dice: —¡Te vas a enterar! —y sale nadando detrás de ella. La pilla en medio de la piscina, agarrándola por la cadera. Hay un forcejeo sexy, un juego de resistencia en el agua donde los dos se soban mientras intentan zafarse o sumergirse el uno al otro. Intentan hacer no sé qué, pero está claro que el objetivo no es ganar, sino tocarse.
Pero al cabo de un rato paran de hacer el tonteo. Jadeantes, se quedan mirándose, a medio metro de distancia, con la tensión sexual flotando en el agua entre ellos como el cloro.
—Me has mojado la camisa —dice Teddy, con una voz que de repente es baja y cargada de intención.
Y con un gesto sexy, se la quita. Se agarra de la nuca del tejido y se la arranca del cuerpo con un movimiento fluido, tirándola fuera de la piscina, donde aterriza con un chapuzón húmedo en la terraza.
Queda allí, en el agua, con el torso al descubierto, musculado y brillante por el agua. Clara, en un suspiro, dice: —Ahora estás mejor.
Y no puede evitar quedarse mirando su abdomen, con una intensidad que me parte el alma. La mira como si estuviera viendo una obra de arte, o el mejor trofeo. Y Teddy la deja mirar, con una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja, sabiendo que ha ganado otra ronda.
La escena en la piscina era un hervidero de energía contenida y juegos peligrosos. Teddy y Clara seguían en su mundo, chapoteando y riendo demasiado cerca el uno del otro. Fue entonces cuando Lucy, es la que me cogió del brazo, con una sonrisa tímida pero decidida.
—¡Tu turno! —dijo, y intentó tirarme a la piscina. Pero no tenía fuerza suficiente para tirarme; era como si un pajarillo intentara derribar un árbol.
Me reí y, en vez de resistirme, la abracé, pegándomela fuertemente contra mí. Fue un instinto, un acto casi protector. Sentí sus pechos, pequeños y firmes. Ella emitió un pequeño grito de sorpresa que se convirtió en risa.
—¡Pues vamos los dos! —dije, y me tiré de espaldas a la piscina, entrando los dos en un salto conjunto que provocó una salpicadura considerable.
El agua fría fue un shock delicioso. Salimos a la superficie jadeando y riendo, Lucy aferrándose a mis hombros para no hundirse, su cuerpo delgado pegado al mío por un instante que se me hizo eterno y, para mi sorpresa, no del todo desagradable.
Al poco, se escuchó otro salpicón. Lidia también se había tirado, pero no con un salto cualquiera. Fue una zambullida perfecta, felina, que apenas hizo ruido. Emergió cerca de nosotros, sacudiendo la cabeza para apartar el pelo moreno de su rostro, con una sonrisa que prometía problemas. Sus ojos se clavaron en mí, luego en Lucy pegada a mí, y su sonrisa se amplió.
—No podía perderme la fiesta —dijo, y comenzó a nadar hacia nosotros con una elegancia inquietante.
Ya estábamos los 5 en la piscina. El espacio, que parecía amplio, de repente se sentía pequeño, íntimo, cargado.
Teddy, viendo a Lidia en el agua, nadó hacia ella. —¡A por ella! —gritó, y agarró a Lidia desde atrás, en un movimiento que era mitad juego, mitad demostración de fuerza. Lidia se dejó atrapar, riendo, pero sus manos, bajo el agua, buscaron inmediatamente los muslos de Teddy, arañándolos suavemente. Era un forcejeo sexualizado, un baile de depredadores que se conocían demasiado bien.
Clara, al ver esto, nadó hacia mí. —¡Ellos siempre así! —dijo, rodeándome con los brazos—. ¡sálvame de ellos! Su cuerpo, en bikini, rozaba el mío bajo el agua. Era imposible no notar cada curva, cada contacto. Teddy nos miró desde donde estaba con Lidia, y su sonrisa se endureció un milímetro. Era una advertencia.
Lidia, entonces, se zafó de Teddy y se sumergió. Por unos segundos, no la vimos. De repente, sentí unas manos en mis tobillos bajo el agua, tirando de mí hacia abajo con una fuerza sorprendente. Eran las uñas de Lidia. Me tragué agua, sorprendido, y al salir, tosiendo, la vi emerger frente a mí, con una sonrisa de bruja satisfecha.
—Te pillé, banquero —susurró, demasiado cerca.
Clara se rió, pero era una risa tensa. Teddy nadó hasta ella y la agarró por la cintura, levantándola en el agua como si fuera liviana. —¡Mi turno de salvarla! —dijo, y la llevó a rastras hacia la parte más profunda, donde sus cuerpos se entrelazaron en lo que pretendía ser un rescate, pero se parecía mucho a un abrazo íntimo.
Lucy, a mi lado, observaba la escena con una expresión que no sabía descifrar. ¿Tristeza? ¿Resignación? Se acercó más a mí, como buscando refugio, y nuestras piernas se rozaron bajo el agua, un contacto accidental que ninguno de los dos corrigió.
Teddy salió de la piscina con la agilidad de un lobo, gotas de agua cayendo por su torso desnudo y musculado. Cogió un par de cervezas de la caja que había traído, las destapó con un movimiento experto de su mechero y se acercó de nuevo al borde.
—¡Eh, chicas! ¡Abrid la boca! —gritó, con una sonrisa de depredador juguetón.
Empezó por Lucy. Se inclinó y le llenó la boca de cerveza directamente desde la botella, como si estuviera dando de beber a un pajarillo, pero con una intensidad que hizo que a Lucy se le escapara algo por la comisura de los labios. Lucy se rió, tosiendo un poco, y cuando acabó, vino a mí a darme un abrazo entre risas, de una forma tan cariñosa y natural, como buscando consuelo o complicidad.
Al darme el abrazo, coloqué mi mano sin querer en su culo. Fue un acto reflejo, para mantener el equilibrio, pero como fue todo tan natural, no quité la mano de ahí. Su cuerpo, delgado y mojado, se pegó al mío. Ella me miró con una sonrisa que no era de reproche, sino de... ¿complicidad? ¿Aceptación?
Yo noto como mi polla se me pone dura. La combinación era explosiva: tener mi mano en el culazo de Lucy, pequeño pero firme, mientras me abraza tan íntimamente, hace que me ponga nervioso. Es una sensación prohibida, pero increíblemente excitante.
Mientras tanto, Teddy va a por Clara. —¡Traga, traga! —le grita con una sonrisa mientras le empieza a tirar cerveza en la boca. Clara bebe, riendo, pero con una mirada que es puro desafío. Un hilo dorado de líquido le corre por el cuello hasta perderse en el escote del bikini.
Lucy me susurra, con su aliento caliente en mi oído: —Menudo animal es mi novio. —Su voz es una mezcla de resignación y de morbo.
—Un poco sí —convengo, con la voz un poco ronca—. No suelta a mi mujer.
—Le ha dado por ella —me susurra, como confesando un secreto—. Pero es así con todas.
Ahora, teniendo a Lucy en mis manos y con mi mano en su culo, me siento relajado. Es una contradicción total, pero es así. Su cercanía, su confianza, me calma. No me pone de mala hostia ver lo que le hace Teddy a mi Clara. Es como si Lucy y yo fuéramos espectadores de la misma obra, incómodos pero fascinados.
Para terminar, Teddy le tira cerveza en sus pechos a Clara. El líquido frío hace que sus pezones se endurezcan al instante, marcándose obscenamente bajo la tela mojada. Y susurra, morboso: —Lo que daría por... probar la cerveza de ahí.
Clara le contesta, jugando al mismo juego: —Tienes muchas en la caja.
—Ya sabes de qué cerveza hablo —replica Teddy, acercándose más—. No te hagas la tonta.
Clara se ríe con tonteo, pero no se aparta.
Luego Teddy coge otra cerveza y se la da de beber a Lidia. Pero Lidia es más atrevida. En vez de abrir la boca, empieza a lamer la punta de la botella con languidez, como si estuviera haciendo una mamada, mirando fijamente a Teddy a los ojos.
Teddy suelta un —¡Wauuu! ¡Esta chica se merece un premio! ¡Síiii, es la más atrevida!
Lucy, a mi lado, susurra: —Y la más puta.
Yo me río, una risa nerviosa que se me escapa.
Lidia, sin apartar los labios de la botella, pregunta con voz seductora: —¿Qué premio he ganado?
Teddy le dice a Lidia, con una sonrisa que era pura malicia condensada: —Tienes que elegir a alguien de nosotros, preparas un chupito y se lo tiene que beber donde tú digas.
Lidia hizo un gesto exagerado de pensamiento, mordiéndose el labio inferior mientras recorría con la mirada a cada uno de nosotros. Su sonrisa se ensanchó cuando sus ojos se clavaron en mí.
—Mmmm, elijo a Armando —declaró, como si fuera la elección más natural del mundo.
Clara puso mala cara al instante. Una mueca de fastidio y de algo más… ¿celos? La muy cabrona, si puede estar tonteando con Teddy, pero a mí no me deja que juegue. La hipocresía me cabreó tanto que, para joderla, digo bien de inmediato, con una voz mucho más firme de lo que sentía.
Y suelto rápidamente a Lucy. No quiero que nadie, y mucho menos Clara con su mal humor repentino, me vea abrazado a ella y mucho menos con mi mano en su culo. Fue un movimiento brusco, casi de rechazo.
Pero cuando la suelto, no puedo evitar mirarla a los ojos. Busco reproche, disgusto, algo. En vez de eso, su sonrisa me tranquiliza. Es una sonrisa pequeña, comprensiva, casi de complicidad. Noto que no se ha sentido mal porque haya tenido mi mano en su culo. Al contrario, parece haberlo entendido como parte del juego caótico de la tarde.
—Pues salid los dos y preparad ese chupito —ordenó Teddy, disfrutando visiblemente del drama que había creado—. No hace falta que nos enseñéis qué hacéis, nosotros esperamos aquí. —Hizo una pausa dramática y añadió, clavándome la mirada—. Eso sí, Lidia tiene que decir que da por bueno el reto. Así que tienes que hacerle caso en todo lo que te diga, Armandito.
La amenaza flotaba en el aire. "Todo lo que te diga". Las posibilidades eran infinitas y aterradoras. Lidia se acercó a mí, deslizándose fuera de la piscina con la elegancia de una sirena saliendo del agua. Me tendió una mano.
—Vamos, banquero —dijo, y su voz era una caricia venenosa—. Tengo unas ideas… muy interesantes.
Y yo, con el peso de las miradas de Clara (celosa), de Teddy (divertido) y de Lucy (compasiva), tomé su mano y salí de la piscina, sintiendo que me adentraba en el ojo del huracán. El "premio" de Lidia era, en realidad, mi condena.
Apenas cruzamos el umbral de la casa, dejando atrás el mundo exterior, la primera pregunta de ella ya flotaba en el aire, cargada de intención: "¿Qué alcohol hay?".
Le enumeré lo que teníamos, con la voz un poco más grave de lo normal, mientras cerraba la puerta. El clic de la cerradura sonó como el inicio de algo. En el instante en que estuvo seguro de que estábamos solos, completamente aislados, sucedió.
Con una destreza que dejaba claro que no era la primera vez, su mano se deslizó y con un gesto audaz, se quitó el dejándolo caer sin importarle dónde.
"Uyy, me molestaba. ¿No te molesta que vaya así?", dijo. Su voz era una mezcla de inocencia falsa y provocación pura, mientras una sonrisa malvada se curvaba en sus labios. No contesté. No podía. Mi mirada estaba prisionera, hipnotizada por el contorno perfecto y el movimiento sutil de sus pechos. Eran simplemente preciosos.
Ella se acercó entonces, y con los dedos, me pasó la mano por la boca, cerrándomela con suavidad, pero con firmeza. "Cuidado, no babees", susurró, y una risa baja y cómplice le escapó.
Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la cocina, balanceando las caderas con una cadencia deliberada que hacía que mi pulso se acelerara. "Si te portas bien... te dejo que me las comas", lanzó por encima del hombro, regalándome la vista de su espalda y ese trasero perfecto que se movía como un imán para mi mirada.
La seguí como un sonámbulo, cada paso nuestro resonando en la casa silenciosa. Mi vista no se despegaba de ese "culazo", hipnotizado por el vaivén que prometía paraísos prohibidos.
Al llegar a la cocina, se puso a hurgar en los estantes con la familiaridad de quien conoce el terreno. Sacó botellas de ron, vodka, quizás un licor dulce. El sonido del hielo al chocar contra el cristal, el glug-glú del alcohol siendo vertido... Todo era parte del ritual.
"Mmmm...", murmuró, concentrada, mezclando varios ingredientes en la coctelera con una sonrisa pícara. Agitó con energía y luego sirvió el contenido en un chupito de un color ambiguo y tentador.
Dejó todo sobre la encimera y se pegó a mí de nuevo. Su cuerpo caliente presionó contra el mío y acercó sus labios a mi oído. Su aliento, caliente y dulce, me erizó la piel. "Seguro que te gustará...", susurró con una voz cargada de promesas. Hizo una pausa deliberada antes de añadir: "... y el chupito también".
El susurro de Lidia aún resonaba en mi oído, una promesa cargada de peligro y deseo. Su cuerpo, casi desnudo, estaba pegado al mío, transmitiéndome su calor y su intención inequívoca.
Ella se separó lentamente, con esa sonrisa de pantera que no presagiaba nada bueno. Sus ojos, oscuros y llenos de malicia, me miraban fijamente, evaluando mi reacción.
"El chupito es solo el principio, banquero," dijo, su voz un hilo sedoso y peligroso. "Teddy dijo que tenías que hacerme caso en todo, ¿recuerdas?"
Asentí lentamente, incapaz de articular palabra. Mi boca estaba seca, y el pulso me martilleaba en las sienes.
"Bien," susurró. "Entonces, aquí va mi condición."
Se giró lentamente, dándome la espalda, y se apoyó con las manos en la encimera de la cocina, arqueando la espalda de una manera obscenamente deliberada. El diminuto hilo de su tanga amarillo desaparecía entre sus nalgas, que parecían esculpidas a mano y tentadoras.
"Quiero que pongas el vaso... aquí," dijo, mirándome por encima del hombro y pasándose una mano por el surco perfecto que formaban sus nalgas. "Justo en medio. Y luego, te lo bebes. Toda la bebida. Sin usar las manos. Tienes que conseguirlo... con la boca."
La imagen que planteaba era tan vulgar, tan increíblemente íntima y humillante, que me dejó sin aliento. No era solo un juego erótico; era una demostración de poder, un acto de sumisión total.
"Lidia, eso es..." intenté protestar, pero la palabra se atascó en mi garganta.
Ella se rió, un sonido bajo y burlón. "¿Qué? ¿Demasiado para el banquero formal? Teddy pensó que podrías aguantar el tipo. Parece que se equivocó." Su tono era un desafío puro.
El mencionar a Teddy, la deuda, la situación en la piscina... todo se mezcló en mi cabeza. Era una locura. Pero la mirada de Clara, celosa e hipócrita quemaba en mi memoria. La arrogancia de Teddy. La provocación de Lidia. Y algo más, algo primal y oscuro que ella había logrado despertar en mí.
Sin decir una palabra, cogí el chupito de la encimera. El líquido de un color rosado oscuro dentro parecía vibrar con la energía perversa del momento.
Lidia observó mi movimiento, y su sonrisa se ensanchó, victoriosa. Se ajustó en su posición, abriendo ligeramente las piernas y arqueando aún más la espalda, ofreciéndose como el plato más prohibido.
Avancé. El silencio en la cocina era absoluto, solo roto por el sonido de mi propia respiración y el leve crujido del hielo en el vaso. Me arrodillé lentamente detrás de ella. El aroma de su piel, a cloro y a puro deseo, me envolvió.
Con una mano temblorosa, me acerqué. Coloqué con cuidado el borde del frío vaso en el cálido valle entre sus nalgas, sujetándolo allí. La piel de ella se erizó al contacto con el cristal.
"Así..." susurró ella, conteniendo la respiración. "Ahora, bebe. Y no derrames ni una gota. O tendrás que limpiarlo... también con la lengua."
Cerré los ojos por un segundo, abrumado. Luego, me incliné. Mi rostro quedó enterrado en la caloría de sus nalgas, la fina tela del tanga rozando mi nariz. El vaso era el obstáculo frío entre mi boca y su piel.
Ajusté los labios alrededor del borde del chupito, sintiendo el sabor dulzón y fuerte del alcohol mezclado con algo indescriptiblemente... ella. Empecé a sorber, lentamente, manteniendo el vaso en su lugar con mi nariz y mi frente. El trago era largo, intenso, una mezcla explosiva de sabores que ardía al bajar por mi garganta. Pero más allá del alcohol, estaba el calor de su cuerpo, el olor salado de su piel, la abrumadora sensación de tabú roto.
Lidia emitió un gemido bajo, un sonido de puro placer y dominio. Sus músculos se tensaron alrededor del vaso.
Cuando el último resto de líquido desapareció, me aparté, jadeando, con los labios húmedos y la cabeza dando vueltas. El vaso, ahora vacío, seguía aprisionado entre sus nalgas por un instante más, antes de que ella, con un movimiento contundente de caderas, lo dejara caer sobre la alfombra de la cocina, donde rodó sin hacer ruido.
Se giró entonces, con movimientos lentos y felinos. Sus ojos brillaban con una satisfacción feroz. Me agarró de la barbilla, con sus uñas clavándose levemente en mi piel.
"Muy bien, banquero," murmuró, su aliento mezclado con el mío. "Has cumplido la primera parte... aceptablemente."
Su mirada bajó hasta mis labios, y luego hasta la evidente tensión en mi bañador.
"Pero el premio... no está completo solo con eso," dijo, acercando sus labios a los míos, hasta que apenas nos rozábamos. "Teddy quiere un espectáculo. Y a mí me gusta darle lo que quiere."
Antes de que pudiera reaccionar, sus labios se cerraron sobre los míos en un beso feroz, voraz, que sabía a alcohol, a peligro y a la dulce venganza de haber cruzado una línea de la que ya no había vuelta atrás. Y supe, con una certeza que me heló la sangre y me la incendió al mismo tiempo.
El beso fue un ataque frontal y sin cuartel que borró cualquier atisbo de racionalidad que pudiera quedar en mí. Sus labios, duros y expertos, se movieron sobre los míos con una urgencia animal. No hubo preámbulo, no hubo delicadeza. Su lengua invadió mi boca.
Yo, que un segundo antes estaba paralizado por la culpa y el asombro, reaccioné con la misma moneda. Una bestia que ella misma había desatado. Gemí contra su boca, un sonido ronco y primitivo, y mis manos, que hasta entonces habían permanecido inertes a mis costados, se abalanzaron sobre su cuerpo.
Una mano se enredó en su pelo, tirando de él hacia atrás para profundizar el beso, para dominar aunque fuera por un instante aquel torbellino. La otra palma se estampó contra una de sus nalgas con un golpe seco que resonó en la cocina silenciosa. La carne era firme, redonda, perfecta. Un culazo esculpido para volver loco a un santo. Y yo estaba muy lejos de serlo.
La apreté con fuerza contra mí, hasta que no hubo un milímetro de espacio entre nuestros cuerpos. Podía sentir cada curva suya, la dureza de sus pechos aplastados contra mi pecho, el calor que emanaba de su entrepierna presionando contra mi erección, que era ya un hierro doloroso y palpitante dentro del bañador mojado.
Ella respondió arañándome la espalda, hundiendo sus uñas en mi carne como si quisiera marcar su territorio. Nuestras lenguas luchaban, se enredaban, se mordían. Era un combate salvaje, húmedo y sucio. No había cariño, no había amor, solo una necesidad brutal y oscura de poseer y ser poseído, de castigar y ser castigado. Mi mano no se cansaba de acariciar, de moldear, de apretar esa nalga perfecta, de deslizarse por la costura del tanga para tocar la piel caliente que escondía.
Fue en medio de ese caos de sensaciones, con la respiración entrecortada y la mente nublada por el deseo y el alcohol, cuando una voz irrumpió desde la entrada de la cocina. Alegre, desprevenida.
"—Estos dos dicen que cuanto os falta para... —"
La voz se cortó en seco.
Yo me separé de Lidia como si me hubieran electrocutado. Un salto hacia atrás instintivo, torpe, dejándola a ella con los labios hinchados y brillantes, el pelo revuelto y una sonrisa de satisfacción perversa que no tuvo tiempo de borrar.
Lucy estaba en el marco de la puerta. Su sonrisa risueña se había desvanecido, remplazada por una mueca de incredulidad y dolor. Sus ojos, grandes y normalmente dulces, iban de mí a Lidia, captando todo: mis manos alejándose del culazo de Lidia, mi boca hinchada, la evidente y obscena protuberancia en mi bañador, la actitud triunfante de su amiga.
"—Lucy, no es lo que parece —logré balbucear, la voz ronca y falsa incluso para mis propios oídos.
Ella bajó la mirada al suelo, avergonzada, como si fuera ella la que hubiera cometido el error. Su voz fue un hilo de tristeza cuando murmuró:
"—No pasa nada... —dijo, pero su tono lo decía todo. Todo estaba podrido.
Lidia, en cambio, recuperó la compostura en un microsegundo. Se ajustó el pelo con un gesto de fastidio, como si Lucy fuera una mosca cojonera que acabara de interrumpir algo importante.
"—Joder, Lucy, parece que tienes un radar para incordiar. Siempre molestando —escupió con desdén, sin un ápice de remordimiento.
Esa frase, esa falta total de empatía, me encendió la sangre. "¿Quién coño se cree esta niñata?", pensé. Ya no era excitación, era rabia. Rabia contra ella, contra mí, contra la situación.
"—¡Cállate, Lidia! —le espeté, apartándola de un empujón no demasiado suave. — ¡No es momento!
Y entonces, no pude soportarlo más. La vergüenza, la culpa, la confusión y la erección que me martirizaban se volvieron insoportables. Necesitaba huir. Ahora.
Salí corriendo de la cocina, esprintando por el pasillo con la espalda ardiendo por los arañazos de Lidia y el corazón a punto de estallar de pura angustia. La imagen de la cara herida de Lucy me perseguía, un fantasma mucho más punzante que el deseo que había sentido por Lidia.
Subí las escaleras de dos en dos, entré en mi habitación y cerré la puerta de una patada, apoyando la espalda contra la madera mientras jadeaba como un animal acorralado.
¡JODER! ¿QUÉ COJONES ACABO DE HACER?
La pregunta explotó en mi cabeza, seguida de un aluvión de reproches que me golpearon sin piedad.
¿Por qué le hago esto a Clara? Está ahí fuera, tonteando con Teddy, sí, pero... ¿es eso excusa para liarme como un cerdo con la primera zorra que se me pone delante? ¿Con Lidia, por Dios? ¡Una cría malcriada con más veneno que una víbora! He cruzado una línea. No una línea, un puto muro. Le he sido infiel. De la manera más cutre y vergonzosa posible.
¿Y por qué me ha jodido tanto que me pillara Lucy? Porque ella... ella es buena. Es dulce. Y me miraba con... con algo que no era este asco. Y ahora me ha visto. Me ha visto convertido en otro Teddy, en otro depredador sin escrúpulos. Su mirada de decepción me duele más que cualquier reproche de Clara. He perdido su respeto. He perdido el mío.
¿Cómo he sido capaz? El alcohol, la tensión, los celos... son excusas de mierda. He sido yo. Solo yo. Débil. Estúpido. Un caliente de mierda sin control.
La erección seguía ahí, dura, dolorosa, un recordatorio físico de mi propia bajeza. Era una farsa, una reacción animal que ya no quería, que me repugnaba. Pero el cuerpo no entiende de moral, solo de estímulos. Y el estímulo de Lidia había sido brutal.
Con un gruñido de frustración y autodesprecio, me desabroché el bañador a tirones. Necesitaba quitarme eso. Quitarme el calor, la tensión, la niebla mental. Necesitaba pensar con claridad, y eso no iba a pasar con la sangre fuera de mi cerebro.
Me senté en el borde de la cama, con la respiración aún entrecortada, y me llevé la mano al miembro, que palpitaba con una urgencia casi violenta. No era placer. Era un exorcismo. Una liberación química forzada para aplacar al monstruo que yo mismo había alimentado.
Los ojos se me nublaron. No con deseo, sino con rabia y vergüenza. Cada movimiento de mi mano era un latigazo de autocrítica. La imagen de Lucy se superponía a la de Lidia, a la de Clara, a la de Teddy riéndose de mí en la piscina.
Fue rápido, brusco, casi doloroso. Un espasmo de puro alivio físico que me dejó vacío, sudoroso y sintiéndome mil veces peor que antes. El calor se apagó, remplazado por un frío húmedo y pegajoso que se extendió por mi estómago y por mi conciencia.
¿Y ahora qué?
La pregunta flotó en la habitación, pesada e incontestable. Me limpié con desgana, tiré del bañador y me dejé caer de espaldas sobre la cama, mirando al techo blanco e indiferente.
Abajo, la fiesta continuaba. Se oían risas lejanas, otro chapuzón en la piscina. La vida seguía, pero yo me había quedado atrapado en el infierno personal que acababa de crear. Y no tenía ni la más puta idea de cómo salir de ahí.
La náusea subía por mi garganta, ácida y caliente, un sabor a traición y a alcohol barato que se me pegaba al paladar. Me sentía sucio. Manchado. Como si la piel me ardiera y ningún agua fuera capaz de lavar la vergüenza que me escaldaba por dentro. ¿Cómo había podido hacerlo? ¿Cómo había dejado que esa niña venenosa, Lidia, ¿me redujera a esto? A un animal jadeante y sin control, traicionando a Clara en nuestra propia casa, manchando nuestro espacio, nuestro matrimonio, con sus uñas afiladas y su boca mentirosa.
Nunca me lo perdonaré. La frase martilleaba en mi sien, sincronizada con el latido furioso que aún me bombeaba sangre enloquecida por las venas. Clara estaba ahí fuera. Ingenua. Confiando. Y yo... yo había mordido la manzana podrida que Lidia me ofrecía con una sonrisa de víbora. Me recorrí la cara con las manos, sintiendo el ardor donde sus labios habían dejado su marca fantasmal. Quería arrancarme la piel. Quería vomitar.
Fue entonces cuando un sonido, leve como el susurro de la seda sobre la piel, me hizo levantar la cabeza. Un murmullo. Voces femeninas que subían desde el jardín, entrelazadas, secretas. Me acerqué a la ventana del dormitorio como un sonámbulo, movido por un instinto visceral que se encogió en mi estómago.
Abajo, en la piscina junto al borde, con las piernas sumergidas en el agua que mecía suavemente sus muslos, estaban Clara y Lidia. Hablaban. Sus cabezas estaban juntas, inclinadas la una hacia la otra en una intimidad que me dejó helado. ¿Le estaría contando? ¿Le estaría jactándose Lidia, con esa sonrisa cruel que la caracteriza, de cómo me había tenido en sus manos, de cómo me había hecho suyo contra la encimera de nuestra cocina?
Mi corazón se convirtió en un puño de hielo. Pero no. Sus posturas no eran las de una confesión escandalosa. No había risas cómplices ni miradas de triunfo. Era algo... distinto. Más grave. El tono de sus susurros, aunque amortiguado por la distancia, tenía una cadencia extraña, cargada de una tensión que traspasaba el cristal.
Fruncí el ceño, olvidando por un segundo mi propia culpa en aras de una sospecha nueva, punzante. “¿Y eso?”, pensé, pegado al vidrio. Parecía que estaban hablando de la fiesta de anoche.
Recordé entonces, como un golpe bajo, las palabras de Clara de la noche anterior, tan ligeras, tan fáciles: “Pero enseguida me empezó a doler la cabeza y salí.” Una excusa perfecta. Demasiado perfecta.
Me incliné más, conteniendo la respiración, afinando el oído hasta que me dolieron los tímpanos. Las palabras me llegaban cortadas, entrecortadas, como suspiros robados al viento.
—…no debimos… —flotó la voz de Clara, un hilo de angustia que se enredó en mi corazón.
Lidia respondió, su voz un zumbido casi inaudible, pero su actitud, desde aquí, se veía sorprendentemente serena, casi fría. — Pero ya está hecho…
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. ¿Hecho? ¿Qué estaba hecho?
Clara añadió, y una risa breve, nerviosa, que no tenía nada de alegre, llegó hasta mí como un alfilerazo: — Lo peor es que él ni se enteró…
¿Él? El pinchazo en el estómago fue físico, agudo. ¿Se refería a mí? ¿Era yo ese "él" que no se había enterado? ¿De qué? ¿De su dolor de cabeza fingido? ¿De algo más?
Un pájaro cruzó el cielo, una mancha oscura contra el azul, pero mis ojos no se despegaron de ellas. Mi mundo se había reducido a ese círculo de cemento y agua, a esos dos perfiles femeninos intercambiando secretos que me helaban la sangre.
Volví a concentrarme, forzando cada nervio, cada sentido.
— Y cuando os vieron… —susurró Lidia entonces, y una sonrisa pícara, de complicidad perversa, debió de dibujarse en sus labios, porque Clara reaccionó al instante.
— Shhh, cállate —la cortó con un gesto brusco, mirándose alrededor como si los muros tuvieran oídos. Como si yo pudiera oírla—. ¿Y si Armando…?
Se callaron. Un silencio elocuente, cayó sobre ellas y sobre mí. Me quedé absolutamente quieto, convertido en una estatua de horror y desconcierto.
Y entonces, Clara habló de nuevo. Su voz, más baja, teñida de algo que sonaba a… justificación. A culpa.
— Te juro que no fue como parece… —dijo, y mis dedos se apretaron contra el marco de la ventana hasta que los nudillos blanquearon—. Fue él el que…
¿Él otra vez? ¿Quién era ese "él"?
Lidia la interrumpió, implacable, su tono ahora era de incredulidad mordaz. — Pero tú no te apartaste. Y él era famoso, Clara…
Famoso. La palabra resonó en mi cráneo como un disparo. ¿Famoso? ¿De qué demonios estaban hablando? ¿Qué famoso? ¿Cuándo? ¿En esa fiesta de la que sólo estuvo un rato?
Clara intentó defenderse, su voz quebrada por una emoción que no podía definir. — Eso no justifica nada. Yo estaba… confundida.
¡Confundida! Me aparté de la ventana de un salto, como si me hubiera quemado. Tragué saliva, pero tenía la garganta seca como el yeso. ¿Confundida? ¿No era sólo un dolor de cabeza? ¿Una salida temprana? Mentira. Todo había sido una mentira.
De pronto, la voz de Lidia volvió a filtrarse, más grave, más sombría que nunca, cargada de una advertencia glacial:
— Si alguna vez se entera… no te lo va a perdonar.
Un silencio largo, terrible, se extendió entre ellas. Luego, Clara susurró algo. Algo que apenas pude captar, que el viento se llevó casi por completo. Pero tres palabras, tres palabras nítidas y devastadoras, llegaron hasta mí, clavándose en el corazón como cuchillos de hielo:
—…fue un error.
Error.
La palabra flotó en la habitación, envenenándolo todo.
¿El error era lo de la fiesta? ¿Lo del famoso? ¿O… era nuestro matrimonio? ¿Era yo?
Ya no sentía náuseas. Ya no sentía el sabor de Lidia. Sólo sentía un vacío enorme, un frío que me helaba por dentro. La traición ya no era sólo mía. Era de ambas. Y la de Clara… sonaba mucho, mucho más grande.
Continuará…
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