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Hay una zorra en ti (extracto)

Desde la sombra, creyendo que solo espiaba una conversación, descubre que su esposa y su amigo están jugando un juego peligroso. Lo que empieza como una humillación pública para él se transforma en una traición privada que él no puede detener.

Abel Santos14K vistas8.3· 12 votos

EXTRACTO DE MI NUEVA NOVELA "HAY UNA ZORRA EN TI"

Habría recorrido unos cien pasos, cuando lo pensé mejor. Estaba seguro de que allí no iba a pasar nada. Lucía y Mario me lo habían asegurado, cada uno a su manera.

No tenía nada que temer.

Pero por eso mismo tampoco hacía nada malo por sentarme en aquella fuente y verlos deambular. Al día siguiente se lo contaría a Lucía y bromearíamos sobre ello. Era, más que espiar a mi mujer, un pasatiempo que me permitiría dejar pasar las horas sin casi sentirlas.

Me volví hacia la fuente de piedra y me senté en el mismo lugar en el que había estado unos instantes antes. Y entonces me fijé en lo que ocurría dentro de la suite nupcial como si se tratara de un escenario de teatro.

Lucía se hallaba sentada en un gran sofá de cuero, idéntico a los que adornaban el salón principal de la casa. Miraba muy concentrada algo que hacía girar entre sus manos, quizá una estatuilla o algo parecido.

Mario se hallaba apoyado sobre una barra donde mezclaba bebidas alcohólicas con hielo y algún refresco.

Cuando las hubo preparado, se acercó hacia Lucía y le ofreció la que había dispuesto para ella. Lucía se la rechazó empujándole el vaso con una mano y con un gesto que… ¡Joder!, ¿había sido un gesto de «¡déjame en paz, te he dicho que no quiero beber nada!», lo que acababa de ver?

Un escalofrío me recorrió la espalda.

No parecía que las cosas en aquella suite estuvieran transcurriendo de forma muy amistosa, que dijéramos.

Mario, muy en su línea, no se rindió y volvió a tenderle el vaso a mi mujer. Y Lucía volvió a rechazárselo. El gesto había sido muy parecido al de la primera vez.

Al tercer intento, Lucía tomó el vaso. Pensé que Mario había ganado la partida, y que mi mujer bebería de aquella copa.

Pero, de nuevo, Lucía me sorprendió. Estiró el brazo y depositó el vaso sobre la mesita que había frente al sofá y lo dejó allí abandonado.

Joder, en aquella suite estaban saltando chispas, pero no las que los organizadores del retiro esperaban.

Se me había secado la boca. Había esperado una charla entre amigos que acabaría con Lucía durmiendo en la habitación mientras él lo haría en un sofá o sobre la alfombra. Pero lo primero que me encontraba era una situación en la que volaban los cuchillos.

Miré alrededor por si tenía que actuar en algún momento y, con un sentimiento de terror, me llevé otra gran sorpresa.

Un hombre —tal vez un jardinero o un vigilante de seguridad—, hacía una ronda por la pradera. Llevaba un rifle de caza a la espalda y tiraba de las correas de una pareja de perros que asustarían a cualquiera. A la luz de la luna brillaban sus dentaduras, mientras oteaban en el aire.

Dudé si habrían captado mi olor.

Pero el aire me llegaba de frente, por lo que los perros parecían no haberme descubierto. Había tenido suerte, al menos de momento. Pero tendría que estar atento por si tocaba echar a correr.

Cuando el hombre se volvió por donde había venido, respiré aliviado. Y volví a lo mío: vigilar los movimientos dentro de la casa.

Pero observar al hombre me había robado unos minutos decisivos.

Y la situación en el saloncito de la suite nupcial había cambiado.

*

Lucía se había acomodado en el sofá, apoyando la espalda contra el respaldo y las manos en el regazo. Se hallaba cruzada de piernas y movía rítmicamente la que pasaba por encima.

Mario se había sentado a su lado y se había girado hacia ella dándome la espalda. Gesticulaba con la mano con que sujetaba la copa, supuse que mientras charlaba con mi mujer.

Esta le negaba con la cabeza cualquier cosa que mi amigo le estuviera diciendo.

No quise sospechar nada de la mano de Mario que no conseguía ver por tenerla por delante de su cuerpo. Hasta que se volvió sin aviso previo y le observé de perfil.

A punto estuve de gritar. Si no lo hice fue porque temía que el hombre de los perros volviera. Y entonces me perdería lo que estaba viendo sin poder creerlo.

El pantalón de mi amigo se encontraba abierto y bajado por la parte delantera. La polla de Mario se encontraba a la vista, dura y tiesa. Y la dureza la conseguía porque con la mano que hasta ahora no había podido ver la estaba masajeando, con una cadencia que se diría que se trataba de una paja lenta.

Lucía hacía todo lo posible por no mirar aquel «magnífico instrumento», frase literal con la que Mario describía su pene, pero de vez en cuando le echaba unos vistazos que me partían el alma.

Tras unos minutos en los que la escena no varió, mi amigo se levantó y se dirigió de nuevo a la barra.

Con dos nuevas copas se acercó al sofá y volvió al jugueteó de entregarle uno de los vasos a mi mujer.

Esperaba que Lucía se lo rechazara, como había ocurrido con el vaso que dormitaba sobre la mesa.

Sin embargo, mi mujer me sorprendió y esta vez no batalló. Tomó la copa sin despreciársela ni una sola vez y bebió de ella un largo trago.

En todo este recorrido de ir a la barra y volver, la polla de Mario seguía a la vista, en un ejercicio heroico de conseguir que el pantalón no le cayera a los tobillos.

Mario se quedó de pie al lado de Lucía y también bebió de su copa. Tras hacerlo, comenzó de nuevo el ejercicio masturbatorio a la vista de ella. Y de nuevo, volvieron las miradas de soslayo de mi mujer a su entrepierna, disimuladas pero explícitas.

Me había quedado clavado en el suelo. Ni aunque hubiese intentado correr hacia la casa lo habría conseguido. Y permanecía mudo y atento a la evolución de la escena sin poder volver la cabeza para no mirar.

Tras unos segundos tensos, Mario dejó su copa sobre la mesa e intentó una proeza que me clavó un cuchillo en el estómago. Tomó una mano de Lucía e intentó llevarla a su polla para que se la tocara.

Lucía, para mi fortuna, se resistía y tiraba de su mano para liberarla. Me sentí orgulloso de ella sin poder evitarlo. Lo que no entendía era por qué simplemente no se levantaba y se iba hacia otro lado de la estancia. Por ejemplo, al sofá de iguales características que descansaba al otro lado de la sala, contra la pared contraria.

—¡Joder, Lucía, sal de ahí…! —le decía con el pensamiento—. No esperes a que vuelva a atacarte.

De repente, lo que pasó ante mis narices volvió a golpearme en lo más hondo. Lucía había dejado de luchar y se dejaba poner la mano sobre la polla de Mario. Este se resegó contra ella antes de obligarla a cerrar los dedos alrededor de su tronco. Luego la guio en un movimiento rítmico adelante y atrás y cerró los ojos satisfecho.

No podía creer lo que veía.

¡Lucía estaba pajeando a aquel hijo de su madre!

Al principio lo hacía guiada por la mano de él. Pero pasados unos segundos, Mario le liberó la mano y Lucía siguió masturbándole de forma voluntaria.

—¡Joder, no! —grité en mi interior—. ¿Cómo puedes seguirle la corriente a ese hijo de…?

Por un momento me sentí como en la noche del Flamingo.

Me encontraba ante la puerta trasera del coche y Mario le hacía barbaridades a Laura —mi Laura— delante de mis narices. La diferencia con la situación actual era que ahora él no conocía mi presencia y que no se estaba follando a mi mujer.

Todavía.

Un temblor me recorrió por entero. ¿Iba Mario a conseguir follársela? Me estaba quedando claro que si nadie le detenía lo iba a intentar hasta el final. Y solo la fortaleza o debilidad de Lucía decidirían el resultado.

Porque yo no tenía fuerzas para hacerlo. Ni posibilidades, si teníamos en cuenta al vigilante y a los perros.

Excusaba a mi amigo pensando que estaría bebido. Pero eso, más que una excusa, sería un agravante. Si tenía que contenerse las ganas de follarse a mi mujer, ¿por qué coños había bebido tanto, a sabiendas de que solía perder el control cuando lo hacía?

Mientras tanto, la paja de Lucía a Mario seguía sin ningún cambio. Tan solo los gestos de «¿ves como sí que te gusta?» que adivinaba en las sonrisas de Mario.

Pero de pronto pasó algo que ni yo ni Mario habíamos previsto.

Algo que hizo renacer mi esperanza.

Lucía comenzó a mover la mano que pajeaba a Mario a una velocidad endiablada. Parecía que hubieran puesto la escena a cámara rápida. Le tiraba de la piel adelante y atrás de una manera brutal. Por fuerza tenía que estar doliéndole al puñetero mujeriego, pensé.

Y así debía de ser.

Mario soltó el vaso, que cayó al suelo estallando en mil pedazos, se encogió con expresión angustiada e intentó soltarse de la mano de Lucía a toda costa, sin conseguirlo.

Por un momento me encontré con que los acontecimientos cambiaban totalmente. Me sujetaba para no reír a carcajadas. Y alucinaba con la traicionera maniobra de Lucía.

Había fingido que aceptaba tocarle, pero era una trampa. Lo que quería era joderle bien. Y a fe que lo estaba consiguiendo, por las caras de sufrimiento que ponía Mario.

Tras un largo forcejeo, Lucía soltó el instrumento de mi amigo y volvió a su cómoda postura en el sofá.

Y la escena volvió a cambiar por completo.

*

Mario se sujetaba el pantalón con una mano, mientras con la otra atendía a su pene. Se notaba que aquello dolía de lo lindo. Mucho más de lo que había imaginado. Y, sorprendentemente, sentí pena por él.

Sin mirar a Lucía, se dirigió al sofá del otro extremo del salón y se dejó caer sobre él. Se retorcía de dolor, sus gestos lo delataban. Lucía le miraba desde el sofá simétrico y estiraba el cuello para evaluar la situación.

Era el mejor momento para que mi mujer huyera a la habitación y cerrara la puerta por dentro. Que le diesen a Mario y que durmiese en alguno de aquellos sofás.

Sin embargo, las sorpresas aquella noche no se habían acabado.

Mi mujer, lejos de irse al dormitorio, se levantó y se dirigió hacia el sofá de Mario. Y, encogiendo las piernas sobre el asiento, se sentó a su lado.

—Joder, Lucía, no… —repetí para mí—. No hagas eso…

Por los gestos que hacía mi mujer, parecía preocupada y arrepentida por lo que le había hecho. Acercaba la cara a mi amigo y parecía preguntarle continuamente por cómo se encontraba. Él rechazaba sus atenciones con un mal gesto y ella se echaba hacia atrás.

Lucía esperó un par de minutos y volvió a la carga.

En esta ocasión le puso la mano en un hombro. Supuse que Mario no se rebelaría ante el gesto de ternura de mi mujer. Pero no fue así. Mi amigo le dio un manotazo en el brazo y se la quitó de encima. Sus gestos de dolor aún eran evidentes, pero se notaba que el sufrimiento bajaba de nivel.

—Vamos, Lucía… —la animaba yo—. ¿No ves que pasa de ti? Márchate, pasa tú también de él.

Pero no parecían ser esos sus planes.

En la siguiente ocasión que se lanzó a la carga, la mano se la puso sobre el muslo, en vez de sobre el hombro. Mario intentó quitársela de encima tras unos segundos sin reacción, pero no debió de hacerlo de manera firme porque Lucía le atrapó la mano con que la atacaba.

Mi mujer acarició aquella mano durante un largo minuto, consiguiendo que mi enfado se incrementara al tiempo que se calmaba el de Mario. Pero lo que hizo a continuación rompió con la confianza que había puesto en ella.

Ante mi asombro, Lucía tiró de la mano de mi amigo y, levantando el extremo de su falda, se la introdujo por debajo.

«¡Joder! —pensé aterrorizado—. ¿Se puede saber qué coño haces?».

Pero no fue lo único que hizo. A continuación se incorporó un poco sobre el sofá y abrió los muslos para permitir que la mano de Mario pudiera entrar en su interior.

Estuve a punto de gritar.

¿Qué coño estaba pasando allí?

Aquello sobrepasaba todas las líneas rojas.

Era el momento de salir del escondite.

Me levanté y di dos pasos para correr hacia el palacete. Al tercero tuve que detenerme. El vigilante con los perros había reaparecido. Venía andando con parsimonia por un lateral. Pero miró de reojo lo que ocurría en el salón iluminado y se detuvo. De inmediato cambió la dirección de sus pasos y se acercó hacia la suite nupcial, deteniéndose a pocos metros tras una pequeña zarza.

Se había colocado entre el palacete y mi posición en la fuente. Ahora sí que estaba jodido. Ni en sueños podría correr hacia la suite para detener lo que allí ocurriera. Los gruñidos de los perros asustaban al más valiente.

Una vez se hubo asentado en su puesto de vigía, el tipo tiró de las correas y conminó a los perros para que se tumbaran a su lado y dejaran de gruñir.

Un nuevo acto del espectáculo acababa de comenzar.

*

Tras el inciso causado por el vigilante, alcé la mirada hacia la sala iluminada y mi estómago se me encogió. La situación, cómo no, había dado un nuevo giro.

Mario ya no componía caras de dolor. Ahora sonreía de forma abierta.

Y Lucía también.

La mano que mi mujer le había metido bajo la falda evolucionaba sin que, ni yo ni el hombre de los perros, pudiéramos averiguar qué pasaba debajo de ella.

Y la conversación entre ellos, al contrario que unos minutos antes, discurría fluida. Alguno de los dos decía algo, el otro —o los dos— reía copiosamente, y el turno de palabra pasaba al adversario. Sospeché que se trataba de una conversación muy divertida, «demasiado» divertida para mi gusto.

Y picante.

Se me llevaban los demonios, y la mano seguía moviéndose bajo la falda.

Blasfemé para mis adentros.

El puñetero Mario había faltado a sus promesas.

Y Lucía también, ¡joder!

De no haber estado aquel maldito hombre de por medio, haría ya un buen rato que le habría partido la cara a mi amigo.

Sin esperarlo, como había ocurrido en cada caso, Mario movió ficha.

Extrajo la mano bajo la falda y con la ayuda de la otra sujetó a Lucía por los brazos y la atrajo hacía sí. Lucía se vio tan sorprendida como yo y cayó sobre las piernas de Mario. Y mi amigo no tuvo que hacer gran esfuerzo para lanzarse sobre su cuello y comenzar a besarlo mientras lanzaba una de las manos hacia sus pechos.

Mario debía de estar bien informado. El cuello y las tetas eran los puntos débiles de mi mujer.

Seguramente había sido yo quien se lo había comentado. Ese tipo de charlas entre amigos que no parecen tan importantes cuando bebes y bromeas hablando de mujeres.

Me encogí, aterrado. Si Mario conquistaba aquel baluarte, mi mujer estaría perdida.

Afortunadamente, Lucía reaccionó de nuevo. Esquivó los labios de Mario y le apartó la mano que ya entraba por su escote. Después se levantó del sillón. Estaba descalza, aunque no recordaba haberla visto quitarse los zapatos. Tal vez lo había hecho durante la interrupción del hombre de los perros.

Era este un hecho relevante, porque Mario era un gran fetichista de los pies femeninos. Y no podía ser casualidad.

A continuación, Lucía se dirigió a paso tranquilo hacia la barra de las bebidas. No parecía preocupada, estar al lado de aquel seductor no le estaba quitando el resuello, por lo visto.

Pero Mario no se quedó quieto.

Se levantó tras ella y la alcanzó a medio camino.

Y sucedió lo que no debía haber sucedido jamás.

Mario y Lucía, en el forcejeo, acabaron situándose tras un gran tiesto en el que había una planta natural de gran tamaño. El maldito tiesto estaba justo en el medio del salón y clamé al Karma por semejante putada.

—Joder… —me quejaba tristemente—. Moveros de ahí, coño, que no puedo veros…

Pero se quedaron allí los siguientes minutos.

Al hombre de los perros le debía de pasar lo mismo, porque se movía hacia los lados intentando coger perspectiva. Al final pareció conseguirla y se quedó clavado en su nueva posición.

Yo intenté hacer lo mismo, pero desde mi distancia no lo conseguí.

Estaba jodido, no podía saber lo que ocurría entre aquellos dos tras la maldita planta. Y lo que pasaba debía de ser jugoso porque la planta se movía de forma continua y con alguna que otra sacudida de gran intensidad.

—¿Qué coño hacéis ahí detrás, cojones? —casi sollozaba para mí, sin otra alternativa que aguantarme con lo que fuera.

De pronto miré al hombre y me temí lo peor. El tipejo ya no se estaba quieto. Se había bajado los pantalones y, estirando el cuello para no perderse la escena, comenzó a masturbarse a una velocidad enfebrecida. Los dos perros miraban curiosos a su amo y bostezaban de forma intermitente.

—Joder —volví a atormentarme a mí mismo—. ¿Tan fuerte es lo que pasa que el puto vigilante se la tiene que cascar?

No me dio tiempo a pensar más, el tipejo se corrió dando unos pequeños brincos y se guardó la polla como si hubiera echado una meada.

Cuando conseguí dejar de mirarle con el pasmo dibujado en los ojos, me lamenté. De nuevo me había entretenido por culpa de aquel patán.

Y de nuevo la escena había cambiado cuando elevé la mirada.

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Extracto de mi nueva novela "HAY UNA ZORRA EN TI", recién publicada en Amazon, y GRATUITA para los Kindle Unlimited. No te la pierdas!!!

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