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Los pecados de mi esposa (extracto 2)

Desde su ventanal, Raúl ve a su esposa reír con otro hombre. No sabe que ese hombre es Bruno, su compañero de trabajo, ni que la descripción que Bruno hace de su 'presa' coincide exactamente con la mujer que lleva en la barra. La tensión crece cuando Bruno la toma de la mano y la arrastra hacia la salida, dejando a Raúl atrapado entre la reunión y el pánico.

Abel Santos15K vistas8.4· 19 votos

(RAUL Y BRUNO HABLAN POR WASAP SOBRE COMO LE HAN LIADO PARA UNA VIDEO CALL DE TRABAJO. RAUL ESTÁ EN UN DESPACHO POR ENCIMA DE LA SALA DE LA DISCO Y PUEDE DIVISAR PARTE DEL LOCAL DESDE EL VENTANAL. RAUL ENTRA EN TEMAS PICANTES Y SE LLEVA LA SORPRESA DE LA NOCHE...)

Podía haber cortado allí aquella charla, pero para mi pesar no lo hice. No tenía otra cosa que hacer, así que preferí seguir conectado y cambiar de tema, a la espera de los americanos.

RAUL: Tú como lo llevas? Alguna novedad por ahí abajo?

Bruno contestó con una risotada y con emojis de caritas partiéndose de risa.

BRUNO: Jajajajaja…

RAUL: Qué pasa, tío?

BRUNO: Cómo me conoces, chaval…

RAUL: Qué!? Has ligado, cabronazo…?

BRUNO: Por supuesto, qué te creías…?

Hubiera apostado a que lo conseguiría. Lo que no imaginaba era que lo fuera a hacer tan pronto. En realidad, para él la noche estaba apenas comenzando.

RAUL: Hostia, tío, cuéntamelo todo pero ya… con pelos y señales…

Miré hacia mis acompañantes. Seguían con su cara de acelga, los dos atentos a su respectivo móvil. Los americanos seguían sin dar señales de vida. Mejor así, ni por todo el oro del mundo habría querido yo perderme lo que tuviera que contarme Bruno.

BRUNO: Pues mira… resulta que he conectado con una morenita… Ya sabes, de las que a mí me gustan… con buenas tetas y un pandero manejable… Está como un queso la hija de puta… Una preciosidad, te lo aseguro… Así que me la estoy trabajando…

RAUL: Qué cabrón… y yo aquí encerrado, currando para pagarte el sueldo.

BRUNO: Jajaja… te jodes… pero quieres que te cuente o no?

RAUL: Joder, claro… Mientras no llamen los americanos aquí no hay nada que hacer… A ver, cuenta, le has leído los ojos…

BRUNO: Pues claro, ya lo sabes, es lo primero que hago…

RAUL: Y qué te dicen, es una guarrilla de las que a ti te gustan o qué…?

BRUNO: No lo sabes tú bien… jajaja… Esta morena es puta, pero puta. Pero no de las que cobran, sino de las otras, de las viciosas… de las que follan porque les mola más un rabo que a un tonto un pirulí… jajaja.

Rememoré que había dicho algo parecido sobre Adela. No parecía tener un gran registro de frases el muy cerdo.

RAUL: Qué cabrón… y de lo otro? Es sumisa e infiel…?

BRUNO: Sumisa lo es a tope, eso se le ve a la legua… le he dado un par de azotes en el culete y en vez de huir, se me ha arrimado más… Pero de lo otro, ni idea… Ni siquiera sé todavía si tiene pareja o no…

RAUL: Puto suertudo… Y entonces, qué, te la vas a tirar?

BRUNO: Jajaja… como lo sabes… a esta me la voy a follar hasta que me duelan los huevos… Como me llamo Bruno que se la clavo esta noche…

Pensé en borrar aquella conversación una vez la hubiera terminado. La imagen de machirulo salido que podría dar a quien la leyera me producía un pudor insufrible. Ni de coña querría yo que me la pillara Cris.

Pero, de momento, seguí con el intercambio de bromas que me estaba empalmando sin remedio. Jodío Bruno, me dije.

RAUL: No será una chica de la empresa, eh…? En estas fiestas es mejor dejar esos jueguecitos para la gente de fuera, que luego las voces se corren y todo el mundo se entera…

BRUNO: No, de la empresa no es… a esta guarrilla no la he visto en mi vida… Y ya sabes que me las conozco a todas… Jajaja.

RAUL: A ver… dime algo más, que si no me aburro… Dónde te la vas a tirar…?

BRUNO: Vamos, no me jodas, Raúl… Es que tú no has echado nunca un polvo de discoteca, tío?

Me avergonzaba confesar que en efecto nunca lo había hecho en una discoteca, pero preferí mentir.

RAUL: Hombre, Bruno, la duda ofende… que uno ya tiene sus kilómetros… Solo lo preguntaba por si tú utilizas algún truco especial como buen mago que eres… Venga, tío, no me dejes en ascuas, sorpréndeme…

BRUNO: Vale, en ese caso te perdono… Pero tampoco te voy a contar ninguna novedad. Si no me la puedo follar en los lavabos, me iré al parking y le daré rabo en el coche… No sé, lo que vaya surgiendo… En mi casa ni de coña, que tengo a mi mujer en la camita esperando por papi… Y en un hotel, solo si la nena quiere mucho rabo y la noche se alarga.

Acababa de leer la frase de Bruno, cuando alguien se conectó a la video conferencia. Era una voz que hablaba en español. Me despedí de mi amigo a la carrera.

RAUL: Te dejo, Bruno, que esto empieza.

Y ambos salimos de línea.

—Señor Mateo… —dijo el hombre que miraba a la cámara desde muy cerca, como si estuviera asomándose a una ventana.

—Sí, aquí presente, dígame…

—Soy el asistente de Mr. Cameron. Mi jefe le ruega que le disculpe, pero aún tardará unos minutos en conectarse. No se retiren, por favor.

—Por supuesto —replicó el gran jefe—, encantados de esperar por él y sus socios.

Joder, la reunión no iba a empezar nunca, me lamenté. Y Cris debía de estar a punto de llegar, si no lo había hecho ya.

Me levanté de la silla como para estirar las piernas y me acerqué al ventanal disimulando. Tal vez Cris ya hubiera llegado y pudiera localizarla desde mi posición. Recorrí la sala con la mirada durante unos segundos y por fin la vi.

La sangre me abandonó el cuerpo, convirtiéndome en estatua de hielo.

Bruno y Cris se hallaban sentados a la barra en dos banquetas contiguas. Hablaban entre ellos y reían con desparpajo, como si se conocieran de toda la vida.

*

Un minuto después, sin poder apartar la mirada de ellos, la punzada de pánico que me había paralizado un instante antes seguía apretando mis intestinos. «He conectado con una morenita» me había comentado Bruno, y había añadido: «la he leído los ojos y la tía es puta, pero puta… y de las viciosas».

¡No me jodas! Ni en cien años hubiera relacionado a mi Cris con la morena de Bruno. Pero había que reconocer que el muy cerdo la había descrito fielmente. Sus tetas, su culo, «una preciosidad» había dicho el muy putero. ¡Cris, mi Cris, era el próximo objetivo de Bruno! Y yo no podía hacer nada por evitarlo mientras los malditos gringos no dieran su puñetero beneplácito y me dejaran escapar de aquella cárcel.

Me fijé en mi esposa, en lo imponente que se la veía desde la distancia. Vestía unas botas vaqueras de media caña que no le había visto antes, medias transparentes color carne y una minifalda de cuero camel a juego con una chaqueta cruzada que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. El pelo, suelto y liso, se le movía a un lado y a otro de los hombros cuando meneaba la cabeza en coquetos movimientos. Al estar sentada en el taburete, la falda se le recogía y dejaba a la vista un buen pedazo de muslo. Joder, estaba tremendamente sensual, daban ganas de saltarle encima y… Ufff, preferí no pensarlo. Bruno era el que la tenía más cerca y eso daba miedo, mucho miedo.

Al cabo, pareció decidir quitarse la chaqueta y ponerla sobre sus piernas para cubrir la parte de piel que no conseguía tapar la falda. No pareció que esto significara un gran obstáculo para Bruno. El «oso» se acercaba a mi esposa de tanto en tanto para decirle algo al oído, apoyando una mano sobre su rodilla para poder acercarse a ella sin volcarse hacia adelante en la banqueta, arrastrado por su gorda tripa.

En realidad, no había razón objetiva para mosquearse. En aquella atmósfera ruidosa se hacía muy difícil entenderse. El hablarse al oído no era tan raro. Lo que se me hacía inaceptable era aquella mano en la rodilla de Cris. Y, peor aún, que ella no se la retirase.

Sin poder salir a buscarla con urgencia, opté por la primera vía de contacto de que disponía: wasap, por supuesto. Mi primer mensaje salió en apenas fracciones de segundo después de abrir la app.

RAUL: Hola, cariño, has llegado ya?

Rogué para que Cris lo escuchara y me respondiera, cosa que no estaba nada claro en el ruidoso ambiente. Si no era así, no habría forma de hablar con ella. Ni loco podría hacer una llamada de voz. Al menos si no quería ser despedido por un histérico don Mateo, que fumaba nervioso bajo tres carteles que rezaban: «Oficina sin humos».

Hubo suerte. Quizá el sonido no le llegara a mi esposa, pero su móvil lo había dejado sobre la barra y pudo detectar que la pantalla se había iluminado.

CRIS: Hola, cielo… sí, ya llevo aquí unos minutos. Dónde estás? Nos vamos ya?

RAUL: Bueno, ahora te cuento. Estoy encarcelado en un despacho resolviendo un asunto de trabajo de última hora. Tú que haces, estás con alguien?

Necesitaba que me explicara cómo había llegado a juntarse con el tío más peligroso de la fiesta… y de la compañía. Pero mi querida esposa me dejó de piedra con su respuesta.

CRIS: No, estoy sola… me he sentado en una banqueta en la barra y aquí te espero aburrida y muerta de sueño.

Si me hubiera dado una patada en la entrepierna no me habría dolido tanto. ¿Por qué tenía que mentirme? Bastaba con que me dijera que había conectado con uno de mis compañeros y que estaba de charla con él. No habría nada de malo en ello, digo yo. ¿Por qué no lo había hecho así? El punzón del miedo de la noche de Mercadona resucitó en mi estómago y lo sentí removerse dentro como un puñal.

Me hubiera gustado responder que la estaba viendo, que lo que decía era falso. Sin embargo, ella podría haber contratacado con la excusa de que era un celoso compulsivo —era cierto que lo era desde la fatídica noche— y que no iba a permitir que la espiara dejándome llevar por mis inseguridades infantiles.

Tenía las de perder, así que opté por callar.

Mientras chateábamos, Bruno se había vuelto hacia la barra y pedía algo al camarero. Unos segundos después, éste ponía sobre la barra dos copas anchas y dos minis de champán sobre el mostrador.

RAUL: Siento tener que hacerte esperar. ¿Por qué no te tomas una copa y te relajas mientras me esperas?

La respuesta de mi esposa fue terrorífica.

CRIS: Beber…? Aún más…? Ni de coña, estoy harta de alcohol, ni un sorbo más por esta noche.

Decía esto mientras aceptaba la copa que Bruno le ofrecía y mi estupor se convertía en rabia. ¡Joder, serás hija de tu madre…!

—¿Algún problema, Raúl? —preguntó el gran jefe advirtiendo que mi expresión se agriaba por momentos mientras apretaba las mandíbulas.

—Oh, no, tranquilo, Mateo… Todo bien.

—Eso espero —pareció amonestarme—. Te necesito al ciento veinte por cien en la reunión.

—Claro, claro, cuenta con ello…

Mi amigo y Cris brindaban en la barra y sorbían cada uno de su copa. Luego Bruno hacía por levantarla de su banqueta para que se contoneara con él en su baile de hipopótamo calenturiento. Daba grima verle, era increíble que las tías se volvieran locas con él. Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, jamás lo habría creído.

En esta ocasión, Cris se resistió y se giró en la banqueta, dándole la espalda. Seguía inmersa en nuestra conversación. Una sensación de júbilo me inundó.

CRIS: Y bueno, qué es ese asunto de trabajo tan urgente…? Por qué no puedes venir ya y largarnos para casa?

Le hice un resumen de la situación lo más rápido que pude. También le comenté que no podía hablar por teléfono, que no me llamara. Que sería yo el que lo hiciera en cuanto pudiera escapar.

CRIS: Vale, pues me quedo mirando las noticias en el móvil. Dime cómo va marchando la reunión, si puedes. Si veo que la cosa se alarga, me pediré otro Uber y me voy para casa sola.

RAUL: Oh, no, no creo que haga falta, cielo… seguramente escaparé de aquí en pocos minutos.

Ni en broma me lo creía, pero era una forma de decirle que ojo, cuidado con lo que hacía, que podía pillarla en un renuncio. No era algo que me tranquilizara del todo, ¿pero qué más podía hacer en mi situación?

CRIS: Ok, cariño, pues nada, te dejo con lo tuyo.

Y se salió de línea. Por el ventanal la vi dejar el móvil sobre la barra, mientras el asqueroso de Bruno se le arrimaba de nuevo por detrás.

Dudé si debía llamar al muy cerdo. Decirle algo así como: «te estoy viendo, y esa morena es coto privado». Lo estuve sopesando. A todas luces iba a hacer el ridículo, pero aun así era una forma de defensa. La única que se me ocurría. Yo no conocía a su mujer, ¿le hubiera gustado a él que la atacara de una forma tan descarada?

«Bah, menudas bobadas se te ocurren, Raulito —me dije—. Seguro que su mujer es una foca que no hay por donde cogerla, la antítesis de la lujuria», pensé para rebajar la tensión del momento.

—Me acaban de mandar un SMS —dijo el gran jefe sacándome de la ensoñación—. En cinco minutos de reloj se conectan. ¿Todos preparados?

Asentí con una frase animosa que denotaba una confianza que estaba muy lejos de sentir, mientras veía a Bruno arrimarse a Cris e intentar que bailara, a pesar de que a ella se le veía muy poco receptiva.

Finalmente, justo antes de que la pantalla se iluminara y la reunión comenzara, observé como Bruno agarraba de la mano a mi esposa y tiraba de ella hacia el extremo opuesto del local. Era el pasillo que llevaba a la salida, en medio del cual se encontraban los lavabos. En cuanto sobrepasaran la mitad del camino, la desigual pareja iba a salirse del ángulo de visión que tenía desde el ventanal.

¡Su puta madre!

Justo antes de desaparecer de mi vista, Cris se detuvo y se acuclilló. Recogió algo del suelo y se lo mostró a Bruno. El gordo se encogió de hombros y pareció disculparse. Luego, sin más palabras, los dos salieron del cuadro y los perdí.

Un gusano culebreó en mi estómago provocándome una punzada de pánico. «Me la voy a follar en los lavabos o en el parking» había afirmado Bruno poco antes. Y ahora se llevaba hacia allí a Cris, ¡A mi Cris! Aquel hijo de puta me las iba a pagar todas juntas. ¡Por su padre que me las iba a pagar el puñetero hipopótamo!

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