Los días por vivir 12
Después de noches de placer intenso y silencios compartidos, la decisión es clara: no hay vuelta atrás. Ella está lista para quemar sus puentes con un pasado que la definía, y él espera para construir algo que dure. Esta vez, la promesa no es solo de sexo, sino de vida.
Cuando Alberto entró en la recepción del hotel, yo ya llevaba esperándolo cerca de veinte minutos. Nada más verme se detuvo a estudiar mi reacción y mi cara desde la entrada. Avanzó hacia mí. Despacio, con su mano derecha en el bolsillo. Me miraba tranquilo, pero expectante. Intuí un cierto nerviosismo cuando carraspeó ligeramente y se quedó de pie a mi lado. Metió la mano suelta también en el otro bolsillo y respiró hondamente.
—Prométeme que es verdad… —le dije poniéndome yo también de pie a su lado y enfrentándole la mirada. Con la mano derecha le entregué su móvil.
—Te juro que no es mía esa criatura. Natalia está embarazada, pero no de mí. Supongo que es del chico con el que se acostaba desde hace… meses.
—No me refiero a eso… —negué despacio aligerando la rigidez de mi gesto.
Él arrugó el ceño y me miró extrañado.
—Lo que le dijiste a tu madre…
Él inició una sonrisa. Al principio tan solo apuntada en la comisura de los labios. Un instante después bajó la cabeza y me miró con ese brillo verdoso tan encantador en sus pupilas.
—Te lo prometo…
—Dímelo a mí. —Me acerqué a él mimosa hasta quedar a menos de veinte centímetros y casi a su altura, gracias a los tacones.
Se tomó un par de segundos para contestar recitándome el mensaje que le había puesto a su madre.
«—Sé que esta chica merece quererla. Lo sé desde que empecé a echarla de menos, un minuto después de dejarla en la estación…» —se detuvo un segundo—. Más o menos. No sé si es exactamente literal —añadió.
Sonreí y lo miré con ternura. Le pasé los brazos por su cuello y noté los suyos en mi cintura.
—Vamos a tu habitación… —le susurré después de posar mis labios en los suyos.
Subimos y nos besamos en el ascensor. Con tranquilidad creciente y, aunque lo disimulábamos, con cierta ansia por tenernos. Cuando entramos, nos desnudamos sin dejar de besarnos y acariciarnos. Yo me tumbé en la cama y dejé que él me besara por todo mi cuerpo, rozándome con sus labios desde mi cuello hasta las ingles.
Con su lengua se abrió paso en mi vagina accediendo al clítoris con delicadeza y suaves toques. Mi ardor y placer fue en constante y suave aumento. Dejé que me hiciera, concentrándome en que el goce me fuera llenando poco a poco, estimulando mi deseo con naturalidad.
Alberto era un amante muy decente; delicado, pero con ese toque de firmeza necesario para el sexo fuera, precisamente eso, sexo y deleite entre dos amantes. Se ayudaba con los dedos, mientras me invadía con su lengua y suaves movimientos circulares que rodeaban mi botón. Me acaricié los senos, y los noté duros, con los pezones apuntalando mis ganas de tenerlo dentro. Me corrí con suavidad, de forma tranquila pero profunda, sacándome una ristra de pequeños suspiros y gemidos que me extendieron el placer hasta cada poro de mi piel.
Lo miré complacida cuando se incorporó y me besó los senos, acariciándolos y dejando su impronta de hombre tranquilo pero determinado.
Era curioso, pero no hablábamos mucho mientras hacíamos el amor. Ni en su casa de la sierra de Madrid ni ahora. Quizá fuera que no hacía falta y que esos silencios en donde nuestras bocas se ocupaban únicamente de satisfacernos, era lo deseado.
Sabía que era mi turno, y bajé despacio a su entrepierna. Lo estimulé con mi boca, despacio y profundo, notando a su deseo crecer en dureza e impaciencia. Acaricié con suavidad sus testículos, contraídos y pesados por las ganas de culminar. Yo misma llevé su pene a la entrada de mi vagina e introduje con suavidad su glande en mí. Su cadera hizo el resto, empujando cada centímetro de él, que acompasó mis jadeos al compás de su avance en mi interior.
Lo noté dentro, duro, viril. Abracé a Alberto y lo besé mientras iniciaba un suave y repetitivo movimiento con su pelvis haciéndome suya. Noté su aceleramiento progresivo y me acoplé a su ritmo con más gemidos y susurros que acompañaron a los suyos.
Se corrió algunos minutos después, tras acelerar al máximo y contraer sus músculos. Arqueó la espalda y con un último empellón se entregó a mí, derramando su hombría en mi interior.
______
Nos despertamos pronto. Había dormido bien, relajada. Estaba contenta y nada más abrir los ojos, vi que Alberto me miraba con el sueño todavía pegado a sus párpados.
—Buenos días —me dijo con la voz todavía modulada por la somnolencia.
—Buenos días —le contesté, mientras le acariciaba el pecho.
Él me abrazó e hizo que mi cabeza se recontara en él.
—¿Cómo sabe Nacho lo de Natalia…? —Pregunté mientras seguía con mis dedos rozando su pecho.
—No lo sé… Supongo que, entrando en mis redes sociales. Aunque yo la tengo bloqueada, no es complicado llegar hasta ella. Le habrá contactado y bueno… el resto es fácil. Quizá ella —añadió reprimiendo un bostezo— se ha prestado a su juego con tal de joderme al ver que no iba a volver. Pero no lo sé… Tampoco me importa, la verdad
Nos quedamos en silencio unos momentos. Yo reciclando lo que me decía. Sopesando la inmadurez de Nacho, Era obvio que su interés en mí radicaba en dominarme y sacar provecho de algún tejemaneje con los documentos que me pidió, nada más.
—Si quieres, o necesitas saberlo, me interesaré por ello —me dijo posando un momento su mirada en mis ojos.
Me volví hacia él y sonreí.
—No. Prefiero que todo se quede aquí. —Carraspeé y me incorporé sobre mi codo levemente—. Si quiero tener alguna oportunidad contigo, necesito romper con todo lo anterior y este momento es tan bueno como cualquier otro. No necesito saber nada más.
Ambos nos quedamos en silencio. Él, seguramente, pensando en el tema de Natalia y Nacho. Yo, por mi parte, dándole vueltas a una idea que desde unas horas atrás, no me abandonaba. La sonrisa de Nacho, su chulería y el mensaje sobre el embarazo de Natalia, dejando entrever que era Alberto el padre, había sido el banderazo de salida para aquella idea. Y, sobre todo, desde que leí los mensajes en su móvil y su inocencia en ese tema de la paternidad.
Me senté en la cama y tapé mis senos con las sábanas. Abracé mis rodillas y miré a Alberto que me observaba intrigado.
—Me gustaría irme contigo a Madrid…
___________
—¿Estás segura? —me preguntó Alberto.
Tragué el contenido de mmi tenedor. Nos habíamos ido a comer a un sitio apartado d ela oficina. Quería hablar con él. Respiré antes de contestar, pero estaba completamente decidida.
Asentí despacio. Una ciudad nueva, con posibilidades de crecimiento y de trabajo, se me asemejaba a una especie de redención. Era una salida que me permitía enterrar mi pasado, aquella relación tóxica con Nacho y empezar de nuevo con alguien que merecía la pena. Tenía sus escollos, claro, pero merecía la pena. Y si salía mal, porque nada ni nadie nos aseguraba que fuéramos a ser felices y crear una relación duradera, al menos sería con alguien que valía ese esfuerzo y ese riesgo.
—Quiero hacerlo —le dije con seguridad.
Alberto terminó su copa de vino y cruzó los brazos en la mesa. Desde que esa mañana se lo había dicho en la habitación de su hotel, yo no paraba de pensar en ello. Se me antojaba una especie de liberación, de catarsis para empezar de cero y poder aspirar a aquello que entendía como lo que yo necesitaba: pelear por formar una pareja.
—Vale. Por mí, excelente. Pero hay un problema.
—¿Cuál? —pregunté intrigada.
—El trabajo.
—¿Por el despacho?
—El despacho no pone problemas en que haya parejas trabajando juntas, pero a mí, particularmente, me parece arriesgado. Los dos somos civilistas y aunque no formáramos equipo, nos veríamos continuamente.
—¿Y qué sugieres?
Por la forma que me lo decía, pensé que ya habría considerado alguna solución.
—Yo puedo cambiar de despacho. Tengo varias ofertas —me dijo.
Se quedó callado, pensativo. Yo, en cambio, arrugué el entrecejo y me mostré extrañada. O, mejor dicho, casi contrariada. No me parecía justo, salvo que eso fuera lo que él quería.
—¿Tú quieres cambiar de despacho?
—No, pero lo haría —me contestó con tranquilidad.
—Preferiría ser yo la que lo hiciera —respondí con rapidez—. Tú tienes una carrera en este. Muy prometedora, además.
—Todo puede cambiar… Lo que hoy vale, mañana no.
—Alberto —le acaricié su mano derecha—, soy yo la que ha llegado desordenando tu vida. Me parece injusto que seas tú quien tengas que irte —comenté negando con la cabeza—. Tengo que ser yo. Y te pido, ser yo. Si sales de este despacho, aunque te vayas a otro tan bueno como este y mantengas tus posibilidades de ser socio pronto, a mí me parecería que empezaría debiéndote algo.
—Sabes que nunca te lo pediría.
—Lo sé. Pero no podría evitar que yo lo viera así. Me sentiría en una especie de deuda contigo. Y no quiero empezar así, Alberto.
Él me miró y sonrió levemente de lado, como siempre hacía. Me pareció que durante unos instantes pensaba en algo. En ese momento se nos acercó el camarero para preguntarnos si queríamos postre. A ninguno nos apetecía. Además, teníamos que regresar a trabajar.
—Necesito empezar de cero… —le dije.
—No hace falta, si te refieres…
—Me refiero a todo, Alberto. A mi vida pasada, a mis errores… —me encogí de hombros—. Y un nuevo trabajo me tendrá suficientemente distraída. Algo así como un reto, ¿sabes? Lo malo es que eso me llevará un tiempo. No voy a encontrar algo de inmediato. Y mientras…
—¿Mientras?
—Pues que hasta que no encuentre nada, debería quedarme aquí.
—No tienes por qué. Mira, puedo hacer alguna llamada. El despacho con el que colaboramos en temas de herencias tiene una vacante. Se dedica por completo a Derecho de Familia y puedo preguntar.
—Te lo agradezco, pero…
—Elena, si queremos tener alguna oportunidad y empezar una relación, creo que es importante que vivamos cerca. No creo en las relaciones a distancia. Y si te puedo ayudar, ¿por qué no voy a hacerlo?
Le miré. Sus ojos verdes y ocres estaban fijos en mí. Hablaba pausado, tranquilo, con mucha carga de sentido común. Yo pensaba en lo que me decía. No me gustaba depender de nadie ni tener que agradecer favores, pero Alberto tenía razón. No debía, ni me apetecía, quedarme allí. Si me había propuesto intentarlo con él, tendría que ser con todas las consecuencias.
—Déjame que haga unas llamadas y te digo algo, ¿vale?
Sonreí y le dije que sí.
___________
—¿Te vas y me dejas sola, cabrona?
Lorena me miraba con alegría. Aunque me dijera aquello, yo notaba que sentía una gran satisfacción por mí. A ella nunca le pareció de fiar Nacho. Y de Javier, al que conoció un día en Madrid, se abstuvo de hacerme ningún comentario, más allá de que estaba bastante bueno. Hoy me acababa de confesar que lo consideró un jeta integral.
—Pero tú estabas a tu bola… —me había dicho, también—. No me hubieras hecho ni puto caso.
Y era verdad. No tenía pensamientos claros y me conformaba con no profundizar más allá de lo mínimo. Ni Nacho ni Javier deberían haber sido más allá que un rollo pasajero, en el mejor de los casos. Pero sin ser infiel, como yo lo había sido con Fernando.
—Estoy… estoy ilusionada, Lorena —le confesé.
—Y debes estarlo. Me parece muy buen tío e infinitamente mejor que cualquiera de los anormales con los que has estado en estos últimos meses.
—¿No te vendrías a Madrid? Van a ofrecer algún puesto de abogados allí —le dije, aunque sabía de sobra su respuesta.
—No, de verdad que no —me negaba con la cabeza—. Yo estoy fantásticamente bien ahora.
—¿Ni aunque te lo pidiera tu amiga del alma?
—Sabes que siempre seremos amigas. Pero lo que tengo con Andrés es… no sé… me llena —se esforzó en encontrar un verbo que calificara lo más exactamente posible su relación—. Me encanta llegar a la playa y verlo pintando una verja. No es muy mañoso, la verdad, pero verlo así, tan guapo, tan concentrado en reformar la casa con sus manos, tan cercano y familiar... no lo cambio por nada. Por nada —repitió.
—¿No me lo vas a presentar nunca?
—Ahora que ya te has ennoviado y has dejado de ir enganchando idiotas, sí.
—¿Tenías miedo a que te lo quitara? —me burlé de ella.
—No, porque él es un tío como Dios manda, pero te hubiera tenido que dar una buena hostia, si se te hubiera pasado por la cabeza —me siguió la broma haciendo que ambos nos riéramos.
Había venido a cenar con ella, porque quería que se enterara de mis planes, tanto de trabajo como sentimentales, por mí misma y no por habladurías o chismes de oficina. Alguno empezaba a rodar de despacho en despacho, seguramente puesto en circulación por Nacho, con toda la mala idea posible.
No me había vuelto a dirigir la palabra y se preocupó de intentar humillarme, relegándome a tareas prácticamente de becaria. Era su forma de vengarse por no haberle ayudado en aquellos planes que me dijo cuando regresé de Madrid, esos días en el despacho que nos compraba.
No sabíamos exactamente qué pretendía con los expedientes e informes que me pedía. Y seguramente, tenía a alguien compinchado dentro del despacho de Madrid que nos compraba, porque si no, era imposible que conociera con tanto detalle lo que me solicitaba con tanta insistencia.
Alberto no le dio demasiadas vueltas. Según él, merecía muy poca atención. Tenía pensado quitarle la responsabilidad del departamento de Civil, como estaba en este momento y haría lo posible porque se terminara yendo por su propia decisión. Optó por ser práctico y no iniciar una guerra en la que podría salir lastimada, más que nada por la relación que había mantenido conmigo y lo que conocía de mí.
No me gustaba deber favores. Ni siquiera a Alberto, el que ya se podía considerar mi pareja o mi novio. Pero pensé que, en este caso, y por el bien del despacho, de él y de mí, convenía no hacer demasiado caso a un cretino como Nacho que podía enturbiar todo lo que tocara. Era lo más efectivo, sin duda.
—¿Y Nacho? —me preguntó Lorena, sacándome de mis pensamientos.
—¿Qué pasa con él? No vuelvo ni muerta… Todo lo pasado se acabó, Lorena. Te lo juro.
—No me refería a eso. Espero que esta vez seas sensata y pienses bien lo que tienes. Pero se le nota cabreado y jodido —especificó Lorena—. No soporta verte con Alberto.
—Me da igual.
—Te puede putear…
Me encogí de hombros.
—En quince días me voy a Madrid a mi nuevo despacho. ¿Qué me va a hacer?
—¿Sabes? Lo que siempre pensé es que estaba encantado consigo mismo por haberse ligado a la abogada guapa, con novio por aquel entonces y haberla… perdona que te diga esto, convertido en una especie de muñequita putón para él. Le jode que ya no te prestes a un polvo cuando él quiera.
—Lo sé. Fui muy gilipollas, la verdad. Y no sabes cómo me arrepiento…
—Te doy toda la razón. Muy gilipollas —remachó.
—Echo la vista atrás y no me reconozco… —murmuré.
—Ahora eso ya no tiene que preocuparte. Rehaz tu vida, lucha porque lo tuyo con Alberto salga bien y vente algún fin de semana a la playa a verme.
—Lo haré, de verdad —le sonreí—. Te voy a echar de menos —le afirmé un segundo más tarde.
—Y yo a ti.
A ambas se nos aguaron los ojos. Lorena era una buena amiga. Cercana, sencilla y con mucho sentido común. Durante unos meses le arrastré a mis salidas nocturnas y cometió un par de errores. Pero nunca como los míos. Jamás se propuso ni se acercó siquiera, a pasar una noche loca con dos chicos y una anormal como Inés. Aunque se dejó llevar, creo que nunca perdió totalmente la compostura. Y por eso, ahora tenía a Andrés.
Aquella noche, Alberto regresó a Madrid y yo me quedé en mi apartamento, pensando. Lo tenía meridianamente claro. Si quería que lo nuestro tuviera una oportunidad, debía cambiar por completo mi vida. Y la forma más práctica era colocar tierra y distancia de por medio con todos los Nachos, Ivanes, Javieres, Pedros y todo ese círculo tóxico que yo había creado. Tampoco implicaba que, alejándome, asegurase el éxito, pero percibía que de esa forma había bastantes más posibilidades.
No dudaba de Alberto; si acaso de mí. Estaba segura de que no iba a volver a caer en regresar a mi etapa anterior, pero esa querencia por la diversión y el sexo bizarro y tóxico que me había dinamitado por dentro, deseaba alejarlo al máximo.
Me acordé en ese momento de Fernando… Me dolía pensar en él. Sin pretenderlo, me percaté de que cuando pensaba en mi exnovio lo hacía con un sentimiento de lástima, no de amor, aunque ya estuviera marchito. Sí de cariño, incluso con mucha amabilidad y ternura. Pero de la misma forma que lo haría con un hermano pequeño.
Un par de lágrimas brotaron de mis ojos. No podía evitar pensar que había sido yo quien le había traicionado y terminado por romper lo nuestro. Nuestro sexo defectuoso, rutinario, casi aburrido, con algún artilugios y fantasías, había terminado en una necesidad por mi parte de tener un sexo completo, fogoso, impetuoso e incluso excesivo. Me acordé de cuando Fernando y yo hacíamos el amor de forma tranquila, sosegada, mirándonos a los ojos. E incluso en esa situación, me vi lejana a él. Era injusto pensar de esta forma, pero también inevitable. Con Alberto había tenido en dos noches lo que yo parecía ansiar. Un sexo firme, de vigor y arrebato, aunque normalizado, el del amante buscado y cariñoso que te envuelve en la seda de las caricias. No recordaba eso de Fernando, la verdad.
Respire hondo. Me sequé las lágrimas que volvían a pugnar por salir y me dije que, si quería empezar bien, mi obligación era terminar lo que nunca hice y dejé incompleto.
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Fragmento de "Los días por vivir", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.
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