Los días por vivir 11
Nacho no solo quiere su cuerpo, quiere destruir su vida. El mensaje llega como un puñetazo en el estómago: su novio está con otra mujer, embarazada. Pero cuando Elena confronta la mentira, descubre que la realidad es mucho más oscura y que alguien ha jugado sucio con sus sentimientos.
Supongo que mi sonrisa debía notarse desde kilómetros de distancia. Lorena me miró de lejos y me hizo una seña interrogativa con los hombros, preguntándome qué me pasaba. La hice a su vez un gesto para indicarla que luego se lo contaba.
Me senté en mi silla del despacho y di dos vueltas en ella, como si fuera una niña. Cogí mi cara con las manos, me coloqué la melena, me restregué un poco los ojos y quise quitarme de la cabeza a Alberto, aunque solo fuera por unos escasos momentos. Necesitaba trabajar y distraerme. No podía seguir con esa excitación de adolescente.
De pronto, me acordé de Fernando. Sentí una mezcolanza de nostalgia y culpabilidad hacia él. Absurdo, pero cierto. Por unos minutos, muchas imágenes de él y yo juntos, empezaron a desfilar por mis recuerdos. Ciertamente, fueron los buenos, ambos con risas cómplices, con cariñosas palabras y estuvieron ausentes los reproches, mis ausencias de él, las humillaciones… Sentí que le debía algo. Era tonto por mi parte, pero me figuré que de esta forma cumpliría con algo que no hice en su momento. Al menos una explicación, un perdón también, que se enterara por mí y no por otros. Cogí el móvil y pensé en llamarlo. Todavía guardaba su número.
Pero todo se quedó en un simple pensamiento, porque de pronto, y de forma un poco brusca, Nacho entró en mi despacho.
—¿Qué tal con Alberto? —Estaba serio, con el ceño fruncido.
—No es de tu incumbencia. —Resoplé cansada, recostándome en el respaldo del sillón de oficina, en una clara muestra de separación hacia él—. Y, por cierto, vete a la mierda. Como sigas con el acoso que me haces, te denuncio. Y no es broma.
Me miró con esa pose de chulo que muchas veces ponía. Se sentó en una de las sillas de cortesía sin que yo le invitara a ello. No habló durante un par de segundos. Me observaba y quizá, estudiaba.
—¿Te lo has tirado? —Me preguntó serio.
—No te voy a decir nada de él… ¿Quién coño te crees que eres? —espeté con un deje furioso en mi voz.
—O sea, que sí te lo has zumbado. —Se detuvo mientras asentía despacio—. Me lo imaginaba —sonrió con chulería.
—Nacho, es la última advertencia. Vete de mi despacho, tengo trabajo… —inicié una protesta.
Volvió a quedarse callado, con una mirada desafiante, incisiva. Empezaba a ver algo en él, repelente y amoral. Era curioso, me dije, pero había sido suficiente una noche con alguien decente, para ver a Nacho de una forma diferente, lejano, insustancial, completamente ajeno a mí.
—Has tardado poco, ¿eh? ¡Cómo te gusta follar! Y casi con cualquiera —me dijo con ganas de provocarme.
—¿Qué estás diciendo? —le miré con ira—. Lárgate de mi despacho… En serio. Vete o llamo a seguridad del edificio.
Se echó a reír y luego cruzó las piernas, obviando mis palabras.
—¿Piensas follar con otros también, mientras estás con él? —se adelantó y puso una mano en mi mesa, tamborileando con parsimonia sus dedos—. Yo sigo disponible… —se rio entre dientes.
—Eres un completo imbécil, Nacho… Hasta aquí —dije levantando el teléfono para dar aviso a los de seguridad.
Se levantó despacio, ya con un gesto de enfado, mirándome con verdadera ira en los ojos.
—Sabes… me has jodido. Mucho. Esos documentos que te pedí eran muy importantes.
—¿Para qué? ¿Estás pensando en ofrecerte a ellos como abogado? —ironicé iniciando la marcación.
—No tienes ni puta idea. Pero bueno… ya lo solucionaré. Este fin de semana he terminado de ti hasta la misma polla. Tengo claro que eres bastante zorrón.
Colgué enrabietada. Ahora fui yo la que me levanté airada y di dos pasos hacia él con la mano abierta para abofetearle. Pero de nuevo su sonrisa burlona, su mirada chulesca y no querer montar una escena, me hicieron detenerme. No se movió un ápice y disfrutó de mi movimiento en falso.
—¿Sabe tu Albertito que te follabas a quien te apetecía mientras tenías novio? Pero sobre todo ¿qué te lo has montado conmigo? Eso, seguro que no le hace ninguna gracia. ¿Y le has dicho qué te sigue apeteciendo? ¿Has sido completamente sincera con él de todo eso?
—Vete a la mierda, Nacho —susurré con voz ronca volviendo a sentarme y a descolgar el teléfono—. Déjame en paz o llamo a seguridad. Te lo juro.
—Volverás a mí cuando lo dejéis… O estando con él. Tienes adicción a mi polla—murmuro mientras se tocaba la entrepierna obscenamente—. Porque sabes que eso no va a durar mucho, ¿no? Él en Madrid, socio del bufete, viajando, joven, con dinero… Se le van a tirar encima un montón de zorras. Y si no es así, ya me encargaré de que alguna amiga mía, de esas que son muy putas y que solo buscan cama y poco más, se lo coman. —Volvió a reírse entre dientes—. Volverás a dejarte follar por mí…
—Ya te gustaría, gilipollas…
—Parto con ventaja. Porque ya sé que a ti te gustó. Y lo mucho que aprecias una buena polla como la mía. Todavía te acuerdas, ¿verdad? Te gusta que te folle de la forma que lo hago. Casi violándote… —se rio entre dientes mientras a mí me entraba un escalofrío lento y punzante—. Te he oído gemir como una perra en celo, no puedes negarlo… Y Albertito, con su elegancia y estilo, está muy lejos de follar como se debe, a una zorra como tú.
—Eres un completo gilipollas —espeté con rabia e intentando controlarme— ¿Seguridad? —dije cuando me cogieron el teléfono.
—Sí, sí… un gilipollas. Pero que te pone. Tranquila que ya me voy. No montes una escena delante de tu príncipe azul. —Se levantó, riéndose otra vez y se dirigió a la puerta. Mientras agarraba el pomo y se quedaba quieto, como pensando la siguiente frase, se volvió hacia mí—. En un rato te mando un mensaje… —Dijo por fin tras un instante de silencio—. Y veremos entonces si esto tuyo con Albertito, siquiera empieza…
—¿Sí? —escuché que me decían los de seguridad.
Vi irse a Nacho, colgué diciendo que me había confundido y me senté en mi mesa. Abrí el ordenador, pero me fue imposible concentrarme por el cabreo. Aunque había conseguido echarlo, insultarlo y de alguna forma, rebelarme, pero era también consciente de que, de alguna forma, seguía teniendo esa especie de tóxica influencia sobre mí. Me sentía a su lado tremendamente incómoda, extraña. Sin poder reaccionar como a mí me hubiera gustado. Había algo en el que continuaba paralizándome y anulándome. Era como sentirse atrapada por algo de lo que no puedes escapar. Quizás era el miedo, la sensación de que con él había sido todo tóxico. Estuve a punto de echarme a llorar de pura rabia, pero me contuve.
Veinte minutos después, cuando conseguí serenarme un poco y empezar a preparar unos papeles que debían llevar al notario al día siguiente por la mañana, sonó el aviso de entrada de mensaje de mi móvil. Era el anunciado de Nacho. El corazón se me detuvo. No daba crédito a aquellas palabras. Cuando lo leí, me quedé helada. Destrozada, rota por dentro. No pude contener las lágrimas…
______
Tardé en reaccionar. El pulso de las sienes me martilleaba con fuerza. ¿Cómo era posible pasar de un estado casi de feliz levitación a uno tan demolido? Volví a leer el mensaje de Nacho. «¿Te ha dicho el estirado del Albertito que su novia está embarazada?»
Me senté en la silla de mi despacho, sintiéndome idiota, absurdamente engañada. La cabeza me daba vueltas en torno a la idea de Natalia embarazada y que esa era la razón por la que deseaba ver a Alberto. Y, por la misma, que él no quería hacerlo, para huir de esa responsabilidad. Quería llorar y gritar. Me sentía frustrada, traicionada, dolida. Me acababa de levantar y estaba dando vueltas al despacho. No le vi llegar.
—Hola —me dijo Alberto—. Tenía que haberme pasado antes, pero… no quería que nadie me viera venir a verte. Me voy ya para cenar pronto…
La sonrisa de Alberto, sus ojos verdes, su afabilidad… Todo él se quedó apagado, atascado, inmóvil, en cuanto me gire hacia él con una mirada que lo atravesó.
—¿Qué ha pasado? —se acercó a mí con intención de acariciarme y me separé como si le hubiera dado un calambre—. ¿Pero qué sucede, Elena? —preguntó extrañado.
Inspiré e intenté colocar un rictus amargo, de totalmente defraudada. Cogí mi móvil y leí.
«—¿Te ha dicho el estirado del Albertito que su novia está embarazada?»
Ni siquiera obvié el apelativo minúsculo y con intención de ridiculizarlo.
—¿No me lo pensabas decir? —Añadí con una sequedad furiosa.
Me senté en mi silla y lo miré con algo cercano al odio.
—¿Quién te ha mandado eso? —me preguntó.
—¿Qué más da? Me lo has ocultado… me has… —tuve que contenerme para no llorar delante de él. Sentía que no podía darle esa imagen de mí.
Pero él, sin abrir la boca, hizo algo que volvió a sorprenderme. Cogió su móvil, lo dejo en la mesa y escribió en un papel su número PIN.
—Puedes ver todo. Ahí está la verdad. Nada te impedirá ver lo que hablo, ni con quién. Saca tus propias conclusiones. Yo te esperaré en el hotel. —Su mirada estaba fija en la mía. Con una tranquilidad inhabitual en alguien que puede haber sido sorprendido en algo tan mezquino.
Un segundo después, sin decir nada más, se volvió y me dio la espalda. Salió del despacho y le vi irse por el pasillo hacia el del socio principal. Miré su teléfono y el papel adhesivo, con los cuatro números, pegado en la pantalla. Era un evidente riesgo para él. Allí estaba todo. Fotografías, conversaciones, estupideces, memes… Todo él. Parecía mentira que en un pequeño artilugio pudiera caber un buen compendio de nuestro carácter, inquietudes y afinidades. Al principio me dije que no iba a revisarle el móvil. Me parecía algo impropio, una invasión excesiva de su intimidad. Pero no dejaba de preguntarme la razón y me intentaba convencer de que aquello era un signo de inocencia. ¿Por qué entonces lo había hecho? Si no hubiera algo extraño en aquel mensaje de Nacho, no se arriesgaría a dejarme allí, sola, durante dos horas mínimo, pudiendo profundizar en su vida privada de una forma tan amplia, profunda y sencilla.
Finamente me decidí. No quise evitar la tentación y cogí su móvil. Pulsé las teclas de su número de desbloqueo y me quedé por un momento quieta, asumiendo la invasión que iba a hace en su vida con ese pequeño gesto.
Con un leve temblor y el corazón acelerado por lo que me pudiera encontrar, me fui directamente a los mensajes y busqué el de Natalia. Había muchos. Sobre todo, de ella. Incluso de hoy mismo. En los dos últimos le decía que tenía cita con una clínica para abortar, que no quería que un desliz —así lo llamó, y no pude evitar pensar en el niño o niña de su vientre—, los separara. Esta proposición, que a mí me pareció egoísta, estaba sin respuesta.
Repasé todos de nuevo, desde el primero. En ese le decía que estaba embarazada, pero nada más. Se sucedían los consiguientes mensajes de preguntas de cómo podía haber sucedido, si habían puesto los medios para evitarlo. La tal Natalia le decía que todo saldría bien, que lo criarían ambos. De pronto surgió un mensaje que me dejó noqueada.
Alberto
«Sé que ese niño o niña no es mío»
Natalia
«¿Cómo puedes pensar eso?»
Alberto
«Afortunadamente hay gente que me dice la verdad»
Natalia
«¿Con quién has hablado?
Es nuestro hijo»
Alberto
«No finjas más, por favor»
Natalia
«No puedo creer que me digas esto»
Alberto
«Estás de dos meses»
«Y nosotros no hacemos el amor, desde hace algo más de tres. Entre algún cabreo y viajes por mi parte y la tuya… Echa la cuenta»
Natalia
«Te juro que es tuyo»
Alberto
«No te hagas más daño. Sé lo de con Juanjo. Me lo han contado todo»
Natalia
«Pero ¿qué dices? Alberto, no hagas caso a la gente que nos quiere separar»
Alberto
«Me han enviado capturas de whatsapp y hasta fotos que te hiciste con él en Palma de Mallorca. Ese viaje de fin de semana con tu empresa»
Seguían algunos más, todos del mismo estilo. Lo debió reconocer en algún momento, pero no en mensajes, sino que intuí que había sido por teléfono o viéndose en persona. Pero dos días más tarde de los mensajes que yo había leído, se sucedían un sinfín de peticiones de perdón, de que olvidara todo, de que había sido un error y que nunca más volvería a pasar, por parte de Natalia. Esta le recordaba los momentos buenos, incluso intimidades y momentos románticos entre los dos. El tiempo que habían pasado juntos, sus sacrificios para que su carrera fuera ascendente en el despacho… Y un solo tipo de respuesta, por parte de Alberto, en diferentes versiones. «Me es imposible perdonar traiciones. Te mentiría si te dijera que puedo obviar una infidelidad de… bueno, el tiempo que sea. Da igual…»
Ella escribía frases cortas, varios mensajes seguidos. Él prefería contestar con uno solo. Más largos, sin emociones. Siempre alrededor de la misma idea.
Volví a leer los de ayer y hoy. Otro ruego de Natalia. «Llámame, por favor». Algunos más, recordándole aquello. Fui a las llamadas. En efecto, había dos entre ese mensaje y el siguiente. Una larga, de él a ella, de casi veinte minutos. Poco después, otra más corta, de menos de dos, de Natalia a Alberto.
Luego tres mensajes más. «Necesito verte y hablar contigo cara a cara». Y luego, algo que me impactó y que en la primera lectura no entendí. «¿Es por ella?» Ya no había más mensajes ni contestación de Alberto. ¿Esa ella, era yo?
Vi que tenía varios chats sin responder. Uno de un grupo de amigos de pádel. Otro de su padre preguntándole si iban a jugar al golf un fin de semana de estos. Otro del despacho, acerca de un tema legal. El de la universidad, con, al parecer, los profesores del departamento. Y otro de alumnos. Había más: de una fiesta sorpresa para un amigo, de su familia, de varios primos… Lo usual. Vi el de Toño y entré en él. Aquel expresidiario de aspecto patibulario le decía «esa chica me gusta para ti».
Me emocionó su respuesta. «Me gusta mucho. Ni se imagina cuánto». Y luego, una frase que me hizo sonreír. «Pienso en ella todos los putos minutos». Sí, definitivamente, el exabrupto indicaba que esa chica era yo.
En ese momento entraron varios mensajes. Uno de un tal Fer. Otro de Natalia. El de Fer me hizo entrar a su chat. «Tenemos que vernos para lo Pepe, vale? Me dicen que estás enamorado. (un emoticono con corazones en los ojos). Me alegro, bro». En ese chat, Alberto, al tal Fer, que debía ser un amigo cercano, le explicaba que Natalia no paraba de llamarle y de no querer asumir que no iba a volver con ella. Le confesaba que le agobiaba, que incluso después de enterarse de su embarazo —la primera vez que salía el tema con alguien que no era ella— no había querido verla. El tal Fer lo consolaba y añadía, «ya sabes que muchos opinábamos que te manipulaba…»
Cerré el móvil y mis ojos. Me tranquilicé. Todo indicaba que el hijo no era suyo y que no tenía intención de volver con ella, ni de hacerse cargo de la criatura, fuera de quien fuera.
Entonces, tuve una intuición. Busqué el chat de su madre o de su padre. Ahí, a quien de verdad quieres, no se miente. El primero que encontré fue el de su madre, con el encabezado «Mamá». El último mensaje era de ella, de su madre, siempre tan sensatas. «Me alegro hijo, pero hasta que no estés seguro prefiero que no te comprometas demasiado». Subí por el chat y encontré lo que buscaba.
Se me saltaron las lágrimas.
__________________
Fragmento de "Los días por vivir", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.
Continúa en
- Relato #240207— title-regex: contiguous parts (10 -> 11)
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
El Argelino (Final)
Le pediste discreción, pero la discreción se convirtió en una invasión. Ahora, cada vez que llegas a casa, el sonido de la pasión de tu novia con…
Comparte:Relacion jefe subordinadaPoder y controlVerguenza y placer
- Hetero: Infidelidad
Iris, la mujer que me cambió (4/6)
La humillación se vuelve tan intensa que el profesor decide romper las cadenas, pero la libertad que busca lo lleva directamente a los brazos de…
Comparte:ChantajeRelacion jefe subordinadaPoder y control
- Hetero: Infidelidad
Amor en criptomonedas III
Alan creía que el dinero y la paciencia bastaban para mantener a Margaret, pero la villa de lujo y la presencia de su exnovio rico estaban a punto de…
Comparte:Infidelidad ocultaChantajePoder y control
- Hetero: Infidelidad
Pillé a la puta de mi esposa con otro.
Descubrió el engaño en la pantalla de un portátil, pero lo que encontró en la cama fue mucho peor de lo que imaginaba.
Comparte:Infidelidad ocultaRelacion jefe subordinadaPoder y control
- Hetero: Infidelidad
Cómeme el coño: Parte 1
Álex siempre fue el que miraba desde la sombra, pero esa noche la puerta se abrió de par en par. Noemí no le pidió permiso, le dio una orden.
Comparte:Infidelidad ocultaVerguenza y placerPoder y control
- Hetero: Infidelidad
Piscis ♓️ Final
La confianza se desmorona cuando las cámaras revelan lo que los ojos se negaban a ver. Ahora, entre la rabia y la frialdad, Daniel debe decidir si…
Comparte:Relacion jefe subordinadaTraicion y culpaVerguenza y placer