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Los días por vivir 10

Nacho exige respuestas y control, pero Alberto solo pide la oportunidad de quererla. Entre el ruido de la oficina y el silencio de la noche, Elena debe decidir si sigue jugando a ser invisible o si se atreve a ser, por fin, ella misma.

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Regresé envuelta en un halo mágico. El beso que me dio en la estación del AVE fue de los más tierno y bonito que he vivido nunca. Aquel sábado por la noche, en su cama, volviéndonos a amar en medio de la noche y de nuevo por la mañana, no puedo olvidarlo. Me rodeó y tiñó de bienestar mis pensamientos.

Pero como todo en la vida, hay algo abrupto y molesto que te aparta de las buenas sensaciones. De forma consciente, había tenido el móvil apagado hasta el domingo por la tarde. E intuyendo que algo se torcería, lo encendí. Y en efecto, allí estaban más de quince mensajes de Nacho, junto con varias llamadas.

Dudé si leerlos. Pero me percaté de que hiciera lo que hiciera, una vez que llegara y que mañana entrara en el despacho, me haría saber la razón de su insistencia. Así que, los abrí y leí.

Era una cadena de preguntas. «¿Dónde estás?» «¿Estás ilocalizable?» «¿Por qué no contestas?» «¿Te has follado al estirado de Alberto?» «Me has jodido mucho al no darme esa información que te pedí» Por primera vez me quedé fría ante lo que leía. Ni siquiera me ascendió el cabreo ni la rabia. Volvió a sonar la recepción de un mensaje. Esta vez era de Alberto. «No sé qué me has hecho, pero ya quiero volver a verte. Intentaré ir un día por allí. Me gustaría hablar contigo».

Cerré los ojos. Era intenso lo que sentía por él. A diferencia de otras noches de sexo desaforado y bizarro, esta vez en mi pecho latía algo mucho más cercano a lo que había sido con ningún otro. No me arrepentía, ni me juzgaba. Era casi infantil aquella sensación de bienestar y de calidez que me embargaba.

Alberto era un amante bueno, mejor que seguramente la media. De cierta fogosidad, pero no extraordinario en su fiereza y contundencia. En cambio, suplía aquello con ternura, cortesía, finura. No exenta de bravura ni de embates recios cuando se terciaba. Pero no era su estilo ser agresivo, grosero, duro…

—Un sexo normal y agradable… —musité para mí.

Le contesté. «Solo me he dejado querer…». Al poco me mandó un emoticono de un beso y le respondí igual. No quería hacerme ilusiones. Él estaba en Madrid, lejos. En un trabajo en el que, quizás, coincidiríamos. O puede que no. Aún quedaban flecos para la absorción y, posiblemente, tendría que volver. Quizás nos veríamos e intentaríamos repetir. O no.

Por un lado, lo veía imposible. Por otro, cercano. En medio, la sombra de la tal Natalia. Sí, él me había dicho que todo se había roto, que no quedaba nada entre ellos. Pero también que le llamaba, que intentaba mantener ese vínculo entre ellos. En definitiva, que él la perdonase. En ese momento me sentí tontamente poderosa ante ella. Había tenido a Alberto toda una noche y una mañana. En donde hicimos el amor varias veces, gustándonos, sintiéndonos cómplices, cada vez más atrevidos y voraces.

Por la noche, cuando llegamos a su habitación, y tras algunos minutos de charla insustancial, me tumbó en la cama y se puso de rodillas en mi pecho, sin apoyarse, pero apuntando con su pene ya de nuevo erizado de deseo. Lo acaricié y volví a lamerlo, a sentirlo dentro de mi boca, con un ligero sabor entre amargo y salado. Él apoyado en el cabecero de madera, empujándolo levemente en mi boca, y dejándose llevar en medio de una oscuridad solo iluminada por la luna que entraba por la ventana sin cortinas ni persianas.

Con la humedad de mi saliva en sus pulsaciones, se hizo hueco entre mis piernas y me penetro con suavidad y temple, provocándome un prolongado suspiro y un nuevo arqueo de mi espalda. Le dejé hacer, mientras me abandonaba a solo sentirlo en mí, a través de sus caderas. Me transportó de nuevo a una sensación que mezclaba el placer con el bienestar, la calma de un buen sexo sin necesidad de tormentos ni rarezas.

Él apoyado en sus manos, me dejaba acariciar su pecho, su vientre, sus caderas mientras continuaba con movimientos decididos, más contundentes que la primera vez, pero igualmente tiernos y delicados. Tenía la virtud de envolver el sexo en sedas.

Nos besamos y volví a mirarle con embeleso. Él fue a decirme algo, pero lo paré con un nuevo ataque de mis labios a los suyos. No necesitaba que me dijera nada. Quería tenerlo en ese momento, y en todos los que siguieran esa noche conmigo, sin nada que lo apartara ni distrajera para entregarse.

Hice que acelerara al ritmo de un nuevo orgasmo que me llegaba fluido y veloz. Moví mis caderas siguiendo su cadencia y me abracé a él con fuerza dejando escapar con un suspiro extenso y profundo, el nuevo placer conseguido. Fue a detenerse, pero le cogí la cara y la acerqué a mí.

—No se te ocurra parar, cielo… —le susurré con una sonrisa, haciendo que reanudara su ritmo.

Me miraba atento a mis reacciones, a la extensión de ese orgasmo recién alcanzado con nuevos y ligeros espasmos por sus acometidas. Tensé mi cuerpo, preparada para recibirlo de nuevo. No lo pensé.

—Quiero ver cómo te corres encima de mí… —le dije con un punto de atrevimiento que no sabía cómo se lo iba a tomar.

Me tranquilicé cuando un momento antes de alcanzar su clímax me besó con fuerza y saliendo de mí dejó que su esperma me alcanzara mi vientre y algunas gotas casi mis senos. Lanzó un resoplido mientras dejaba que salieran los regueros. No se sacudió, solo permitió que, libre y denso, su semen me regara.

Se tumbó a mi lado, jadeante, con una medio sonrisa algo diferente de la suya habitual. A esta la acompañaban el vaivén de su pecho respirando y un brillo en la semi oscuridad de la habitación. Se acercó a mí, aún con el aliento un poco entrecortado. Se apoyó en su codo y me acarició la barbilla y la mejilla. Lo sentí tierno y cariñoso. Con la firmeza y dulzura de los hombres de verdad. Me sentí transportada a una vida muy diferente a la mía.

—Eres… eres espectacular —me dijo con un halo de timidez.

Se abrazó a mí sin importarle su semen en mi cuerpo. Nos volvimos a besar, con un movimiento de lenguas largo, constante y profundo. En ese momento, creo que ya estaba enamorada de él.

El tren siguió su camino, mientras yo me recreaba en las escenas de esa noche tan mágica y real a la vez. Cerraba los ojos y me esforzaba en revivir todos y cada uno de los detalles, de las caricias, miradas, besos y roces que nos dimos. Era agradablemente extraño verme así, acurrucada en el asiento del tren, regresando a mi verdad, pensando en algo que se me antojaba como una fantasía. Había pensado en él como una persona de futuro, claro. Pero percibía aun camino por recorrer. Obstáculos que salvar. Sobre todo, por mi parte. Deshacerme de mi vida anterior sin que manchara la futura, me parecía casi quimérico. Y gracias a que le conté todo, el daño que pudiera hacerme estaba, en buena parte, minimizado. Alberto era un hombre normal, con un sexo normal, efectivo, real, sin necesidad de ninguna otra cosa que el simple deseo natural. Por ese lado, quise creer que no había peligro. Solo vislumbré, de forma, lejana, debo admitir el nubarrón de Nacho y su influencia en mí. ¿Cómo reaccionaría yo mañana al verlo? Me sentía capaz de obviarle, de pasar página con él y con mi vida anterior. Pero aun así, preocupé y me sentí extrañamente molesta por si era yo quien volvía a fallarme. Me juré que todo iba a ser diferente desde ahora.

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Mi reacción al ver a Nacho fue, afortunadamente, de frialdad. De completa indiferencia. El lunes hubo mucho follón en el despacho y tuvimos que trabajar a destajo para enviar varias cosas a Madrid. La fusión ya era conocida en todo el bufete y había bastante expectación en ella habiendo muchos rumores acerca de lo que iba a suceder y si hubiera bajas o despidos.

Nacho, por suerte, no me dirigió apenas la palabra durante esas horas, mostrándose desdeñoso y áspero conmigo. Yo, entre el trabajo y que durante algunos ratos me quedaba embobada pensando en Alberto, casi lo agradecí.

Debo reconocer que tuve momentos en los que me acordé de Lorena. Sentía una necesidad de explicarle lo sucedido con Alberto el fin de semana. Pero tampoco me quería precipitar. Lo de Alberto y yo no había sido otra cosa que una noche y, por muy especial y bonita que hubiera sido, no pasaba de eso. Quedaban muchas cosas de que hablar. Si es que había algo de que hacerlo. Yo misma me descendía de esos pensamientos. Quizá, para él, todo se hubiera terminado en el beso de la estación. Pero entonces, me decía a mí misma, no me habría enviado el mensaje de que me echaba de menos o los siguientes cuando llegué. Y el mismo lunes por la mañana. No eran melosos ni de novios, ni nada por el estilo. Sí amables, tiernos y cariñosos, pero que además de palabras dulces, me daban la idea de que quería hablar conmigo.

El lunes por la tarde me dijo que vendría al día siguiente por la mañana y que si podríamos comer juntos. Que además de un asunto para resolver, quería verme y charlar. Me gustó, no puedo negarlo y me puse incluso nerviosa.

Dormí excitada, a saltos, y por la mañana me arreglé especialmente para él. Llegué al despacho y noté a Nacho con un gesto extraño, cercano a la burla. Me miró de lejos durante unos segundos y supe que estaba molesto. Me alegré, no puedo negarlo. Y todavía más, porque seguía sintiendo una completa indiferencia hacia él.

A última hora de la mañana, apareció Alberto por el bufete. Sonriente, pero sereno, me saludó de lejos cuando yo salía del despacho de una compañera. Me tuve que contener para no ir allí donde estaba a besarlo. Me ajusté la blusa y me miré la falda de tubo, entallada y elegante que me remarcaba el contorno de mi cintura. Sabía que me quedaba especialmente bien y que, además, me estilizaba las piernas. Él, siempre tan comedido, no pudo evitar deslizar por un segundo la vista en toda mi figura. Me encantó que perdiera, aunque fuera por un escaso segundo, los papeles.

Al momento, apenas unos minutos después, tocó en mi puerta y a través del cristal lo vi. Asomó la cabeza con esa media sonrisa que tanto me atraía y los destellos verdosos de su mirada.

—¿Nos vamos a comer?

—Señor letrado —le continué la broma que él solía hacer conmigo—, no acostumbro a ir a comer con desconocidos que no me hayan besado justo antes de pedírmelo.

—Con su venia, prometo hacerlo en el ascensor, señoría. Aquí, en su despacho, me parece imprudente.

Y así hicimos. Nos fuimos a comer y me besó a solas en el ascensor. Nos alejamos un poco de los sitios habituales de al lado de la oficina para no coincidir con nadie. Incluso lo hicimos en taxi para que nadie nos viera caminar juntos. No era un buen momento, en medio de una fusión, que comenzaran los cotilleos.

Nos sentamos a comer en una taberna de platos caseros. Ambos pedimos pescado a la plancha, dos copas de vino blanco y agua.

—Tenía ganas de verte… No sé qué has hecho aquí. —Se señaló el pecho.

En otra circunstancia me habría parecido una frase ñoña, cursi. Incluso demasiado manida para una conversación un poco seria. Pero él, quizá por su naturalidad o la expresividad de su mirada, hizo que la viera encantadora.

—No he hecho nada… —contesté coqueta.

—Te lo digo de verdad. No he dejado de pensar en ti un puto minuto.

Me chocó el exabrupto. No le había oído decir nada malsonante en las veces que nos habíamos visto. O si lo había hecho, no lo recordaba. Lo miré encantada. Aquel detalle me demostraba que sí, en efecto, le estaba rompiendo algunos de sus esquemas. Respiró y compuso un poco el gesto.

—Me gustaría seguir viéndote. Intentarlo…

—¿Me estás pidiendo salir? —continué con un tono bromista.

—Te pido que me dejes quererte.

Me quedé procesando esas palabras. Noqueada de cariño hacia él.

—Puede que no te sea fácil, Alberto. —No quería parecer una agorera, pero sentía que debía transmitirle mis dudas—. Mi… mi pasado… mis errores… —me coloqué con nerviosismo un mechón de pelo detrás de mi oreja—. Es posible que un día te des cuenta de que… no sé… de que no puedes… obviarlos. En fin, que yo…

—Elena, no te puedo asegurar nada. —Me cortó con un leve gesto de su mano derecha y un tono de voz templado y sosegado—. No sé si funcionará, si acabaremos tirándonos mutuamente por la ventana o si terminaremos teniendo nietos. No te puedo contestar a eso. Tu pasado en este instante, no me importa. Solo sé que hay cosas de ti que no me quiero perder.

Nos miramos un momento. Yo, procesando lo que me acababa de decir. Supe que debía intentarlo con él, darnos esa oportunidad a pesar de todo.

—En este momento, te comería entero… —le dije por respuesta.

—¿Entiendo eso como un sí? —me preguntó sonriente.

—Puedes entender que me encantaría que lo intentemos. Y que porque estamos en un restaurante, que si no, del abrazo que te daba, te ahogaba.

Se echó a reír mientras asentía despacio y repetidas veces. Me tocó una mano con sus dedos.

—Hoy tengo una cena con tu jefe. Me quiere presentar a un par de clientes de los que llevaremos desde Madrid.

—No pasa nada… —comenté tranquila y sonriente—. Lo entiendo de sobra.

—… pero tengo el resto de la noche libre…

—¿Me estás proponiendo que luego nos veamos? —Puse una mirada pícara y él asintió complacido.

—No creo que termine más allá de las once o así. Quizá un poco más. Pero le he dicho a tu jefe que no me encontraba muy bien y que prefería retirarme pronto al hotel…

—Te hare una visita… —Y le acaricié con mis pies, embutidos en unos zapatos negros de salón con tacón bastante alto, en su pierna derecha. Volvió a sonreír.

Una hora más tarde, regresábamos al despacho siendo muy comedidos en el ascensor y, al menos yo, aguantándome las ganas de besarlo. Tan solo, y en un movimiento que fue mutuo, le rocé con mis dedos el dorso de su mano, como una adolescente traviesa.

Estaba feliz. Muy feliz.

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Fragmento de "Los días por vivir", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.