Xtories

Mi madre me pide que cuide de su íntima amiga

Su madre le pidió que la cuidara, pero nadie le advirtió que la protección sería tan tentadora. Entre la discreción de la noche y la urgencia de un deseo olvidado, Alex descubre que cuidar de Alicia significa perder el control por completo.

Juan61K vistas9.3· 37 votos

Mis padres celebraban todos los años una fiesta a final de junio celebrando el santo de mi madre, Paula, en nuestra casa de la sierra madrileña. Este año pensé que iba a estar fuera de Madrid, pero finalmente cancelé mi viaje y asistí.

Mis padres habían pasado una crisis ese año, y tras hacer las paces, querían que la fiesta fuera especial para reconciliarse, pero sobre todo para retomar su vida social.

Llegué pronto a la casa donde se celebraba la fiesta en Villalba, en una zona de casitas residenciales, que se llama las Zorreras, la mayoría segundas viviendas de gente de Madrid.

Cuando llegué a media tarde, con un tiempo veraniego, después de un mes de mayo revuelto, encontré a mi madre, medio histérica organizando la fiesta de la noche.

—Hola mami, te veo alterada.

—Hola hijo, esto es una locura. ¿Y tú? ¿No has traído a ninguna princesa?

—Estoy libre como un pájaro.

Me ofrecí a ayudar. Había contratado un catering con cuatro personas además de Pepa, la interna, lo que no evitaba su agobio.

—Hay cuarenta personas invitadas y estoy nerviosa.

—Mándame lo que necesites.

—Por cierto, está aquí Alicia ¿te acuerdas de ella? Se quedará a dormir. ¿Podría bajarse a Madrid mañana contigo? —dijo con un tono de no te puedes negar.

—Por supuesto. No la he visto en diez años. Será un placer.

—¿Viene sola? Su marido era… Txema, compañero de papá en el Banco.

—Están pasando una crisis, a él o trasladó el banco a Bilbao, su familia es de allí.

—¿Y él no ha venido?

—Está en México, con una compra que está haciendo el banco allí.

Me dirigí al jardín mientras el grupo de música contratado estaba ensayando y probando los equipos para la música en directo.

A las nueve empezaron a llegar los primeros invitados. Mi madre había encargado la preparación del jardín con estilo andaluz, mostrando un aspecto verde de plantas con el colorido de muchas flores, que parecía sacado de una revista de jardinería. Mesas repartidas por la terraza, y una música chill out sonando mientras iban acudiendo invitados. En una esquina, el escenario para la música en vivo.

La invitación rogaba asistir vestido con alguna prendas blancas y verdes para crear un ambiente andaluz, dado que mi madre no olvidaba su origen sevillano. Según iban llegando los invitados, acompañé a mis padres a recibirlos, y a presentar a unos y a otros Conocía a los mayores, y a casi todos los jóvenes, hijos de amigos, de la zona.

—¿Hola, eres Alex verdad? —me saludó una señora subida en unos tacones desde los que sus ojos se ponían a la altura de los míos—. Soy Alicia ¿te acuerdas?

—Si, pero haciendo un esfuerzo, pareces la hija de la que yo conocí

—Veo que Paula te ha educado bien. Tú sí que estás cambiado de verdad.

—Me ha dicho que has venido sola. Si no tienes pareja, me ofrezco de acompañante, antes de que te pida algún aprovechado.

—Antes nos pedían un baile en las fiestas. Tú te has pedido todos. Será un placer.

Alicia era más joven que mi madre, debía tener cincuenta años. Hablaba con voz grave, con ligero acento vasco, con un tono calmado que da la seguridad en sí misma. Mediría uno sesenta y cinco. Con esos tacones escondidos bajo su vestido, que dejaba al aire unos hombros bronceados, de piel canela, muy sensuales., aún no me alcanzaba. Ojos marrones muy vivos y con un color de piel que delataba las horas de sol. Pelo media melena castaño con flequillo vasco bien cortado, que realzaba una cara preciosa.

Un escote generoso dejaba entrever el inicio de sus pechos firmes. Enseñaba la cintura, firme y esbelta, de una discreta elegancia que solo las mujeres como ella saben lucir y que a los treinta quisieran tener la mayoría de las chicas.

Su marido, compañero de mi padre, de quién seguía siendo amigo, podía presumir de tener una mujer de bandera. Ella era de Bilbao, donde su familia son propietarios de fincas en Álava y Vizcaya.

Estuvimos hablando sin apercibirnos del resto de la fiesta hasta que mi madre llegó a rescatarme.

—Ya veo que os habéis reconocido. Atiéndela en mi nombre —me pidió.

—Me has reservado al hombre más atractivo Paula, no merezco tanto —respondió Alicia.

Otros amigos se fueron acercando y la presenté a amigos míos y de mis padres, admitiendo que se marchara con un matrimonio que la conocía también. Me moví de grupo y Manu, un amigo, me dijo refiriéndose a Alicia, que, si había cambiado de gustos, y que no tenía huevos a ligármela.

—No pretendo ligarla, solo obedezco a mi madre, que me ha pedido ocuparme de ella.

—Pues lánzate, está buenísima.

Se acercaron otros amigos, con Eva, una chica con la que salí hacía un tiempo.

—Cada día te veo más guapo, aunque me jode reconocerlo.

—Eres muy generosa, tú si estás guapísima. ¿Sigues con Pedro?

—Sí. Pero no ha venido, estoy libre —dijo guiñándome un ojo.

En un momento que pudo separarse del grupo, añadió.

—Vente luego a tomar una copa, iremos todos. Me apetece saber más de cómo te va.

—¿Qué tal lo pasáis? —se nos acercó mi madre—. Esto es cordialidad, con la ex novia. Me alegro de verte Eva.

Alicia se incorporó, las presenté, y cuando Eva se marchaba, pareció preocupada.

—Espero no haber interrumpido nada. Me tomé en serio que serías mi pareja esta noche.

Nos unimos al grupo de Manu que hablaban de irse después de copas al Escorial. Me animaron a acompañarlos, una de las chicas me cogió del brazo y me dijo que me pedía de pareja. Alicia me miró resignada, desplazándose al grupo de mi padre. Tomé otro vino, no quería empezar con gin tonic todavía. La seguí y me uní a ellos, con mi padre, que hablaba con dos señores más.

—Hola Alex, mira estos son Alberto Heredia, y Juan Aguirre. Alex es un arquitecto de éxito.

—Qué suerte, mi hijo Luis que debe ser de tu edad, todavía anda terminando Teleco.

—A lo mejor es más listo que yo, no hay que tener prisa en asumir responsabilidades —le guiñé un ojo a Alicia, para confirmarle que era mi chica.

—En nuestra época, con veintitrés años, estabas con la carrera terminada y casado.

Paula se acercó acompañada de otras dos amigas más interrumpiendo nuestra conversación.

—A ver, de que habláis, señores aburridos, que esta noche hay unas señoras preciosas en la fiesta. Y tenéis a Alicia escuchando gansadas.

—Tienes razón Paula —rió Alejandro— como siempre.

El tema cambió a un nuevo restaurante abierto ese año en Moralzarzal, a unos kms de allí, que estaba de moda. Algo que a todos les unía.

—No estás obligado conmigo —me dijo en un ligero aparte Alicia.

—No lo estoy, solamente me gusta la gente interesante y tú eres la mujer más interesante de la fiesta.

Desde que dirigía un área del estudio de arquitectura, me había acostumbrado a un tipo de conversación y de relación muy diferentes de los que podría tener con Manu y ese grupo de jóvenes por enrollados y divertidos que parecieran.

—La edad no es siempre sinónima de interés, te lo digo yo que me muevo en entornos de mi edad y a veces no los aguanto. A mí me pasa hoy al revés. Me siento mejor hablando contigo que con los señores de mi edad o de la edad de mi marido, diez años mayor que yo, de los que además me conozco todos sus chistes y salidas.

No sé si eran las copas, o la hora, en la que los jóvenes empezaban a marcharse, deberían ser la una o las dos, o era el brillo que mostraban sus ojos. Se me ocurrió una propuesta

—¿Sabes lo que dicen en estos casos en el cine?

—Las películas a veces nos hacen fantasear. ¿Qué dicen?

—¿Nos escapamos?

— ¿Tú y yo? ¿lo dices en serio?

—Era broma, te proponía unirnos a los chicos que van a la disco.

—Ve tu con ellos, son tus amigos.

—Si no te apuntas no voy.

Tras insistirle un poco, más por pensar que no encajaba que porque no le apeteciera, accedió. Nos despedimos de mis padres, a los que prometí traerla «temprano», como responsables de ella. Mi madre la animó encantada de que se divirtiera.

Cuando llegamos ya estaban todos los amigos de la fiesta ocupando una zona de dos mesas, que nos recibieron con entusiasmo, y dos chicas la llevaron a bailar con ellas.

—Al final te la vas a tirar cabrón —reía Manu.

—Joder que es amiga de mis padres, solo pretendo que lo pase bien.

—¡Y tan bien! Para ella tirarse a un yogurín como tú debe ser la hostia.

Quería disfrutar de esa tensión que se estaba creando entre nosotros. Bailábamos en grupo, pero bromeando entre nosotros. Ella disfrutaba de la noche, como hacía tiempo.

—¡Estoy genial!

—Más que genial, estás buenísima —dije ya suelto, provocando un empujón de ella queriendo decir que no vacilara.

Apareció Eva, que llevaba ya dos copas de más, y me llevó semi obligado a bailar. Miré resignado a Alicia, que sonreía asumiendo que era lo natural.

—Estoy sola en casa esta noche, cuando dejes a tu abuelita, vente —me pidió Eva.

—Es muy tarde. Quedamos otro día aquí o en Madrid —dije sin que se notara excusa. No pue evitar que me besara y dejarme arrastrar, recordaba su cuerpo firme y como disfrutaba follando conmigo. Pero no quería reiniciar nada, estaba todo terminado.

Busqué a Alicia, y no la vi. La llamé. Tardó en cogerlo.

—Estoy llegando a casa de tus padres, en un taxi, sigue con tus amigos.

—De eso nada, espérame en el jardín, no tienes llave.

Tardé diez minutos en llegar, mientras por el trayecto trataba de buscar escusas para justificar no sabía qué. Seguramente el haber ido con ella obligaba a no despegarme, no estaba seguro.

La encontré sentada en el poyete. Al bajar del coche, aprovechando que la noche no podía ser más agradable, le sugerí pasear.

—Siento si te he ofendido en algo —le dije.

—No lo has hecho, soy yo la que me entrometí donde no debía. Eva estaba loca por ti —continúo.

—Ella quería que fuera a su casa. Pero yo esta noche solo tengo ojos para ti.

La vi mirarme de una manera que me la habría comido a besos. Era pura ternura.

—¿Y has preferido paseo con tía Alicia, que polvo seguro con ella?

—Sin dudarlo. Y lo del polvo… Si mi madre nos dejara compartir habitación, ibas a disfrutar del polvo más espectacular de tu vida.

—¡Qué bruto eres! ¿Compartir habitación formaría parte de tus obligaciones de anfitrión conmigo?

—Era un pensamiento en voz alta que se me ha escapado.

La noche era preciosa, la luna estaba en cuarto creciente y se reflejaba en las cepas de los árboles, que brillaban en la distancia. La sonrisa que me regaló indicaba que no la había molestado. Nos quedamos mirando los dos, y no me atreví a besarla., pero ella si se decidió a besarme en los labios.

—Ya que no habrá polvo, al menos te has ganado un beso. —y continuó—. Eres un chico atractivo, con éxito según he escuchado a tu padre, con sensibilidad para decir palabras bonitas, que has dejado pasar una noche de sexo, por estar perdiendo el tiempo aquí conmigo.

Al llegar al final del jardín, unos arbustos formaban una especia de cueva a la que entraba de pequeño, e invité a Alicia a entrar. No se podía dibujar una noche más cómplice con una pareja.

—Hemos llegado aquí como Alicia que encontró este jardín persiguiendo al Conejo Blanco. Tu conejo blanco soy yo, para salir tienes que beber del frasquito, que te permitirá encontrar la puerta que abre tu llave. Lee en mis labios, dice “Bébeme”.

Acerqué mi boca a la suya y le di a beber de mis besos.

—Estás loco—dijo tras saciar su sed.

—Podemos escondernos del mundo y que mandaran patrullas en nuestra búsqueda.

—Txema está fuera, no me espera. Mis hijos tardarían días en echarme de menos.

—Mejor, más tiempos aislados.

Fue inevitable, mirarnos y volver a beber de nuestros labios, esta vez con furia y deseo, con las manos recorriendo su cuerpo. Pude sentir el tacto de sus pechos, oír la aceleración de su respiración, su pelvis vibrando al acercarse mis dedos de avanzadilla.

—Me estás haciendo recuperar pensamientos que había olvidado, pero no puede ser Alex, discúlpame, supongo que he pretendido ser joven y no lo soy. Ya he cumplido los cincuenta. Ha ido todo demasiado rápido —la conciencia apareció entre los arbustos.

Alicia era una hembra hambrienta, con problemas de conciencia, que tenía que resolver. Tenía veinticuatro horas para ayudarla. Decidí que iba a ser mía, era una preciosa vestal bajo los rayos de luna. La cogí de la mano y salimos por el campo, fuera del jardín, que a esa hora olía a hierba.

—El placer de la vida a veces está en las cosas pequeñas.

—Vivo una etapa convulsa. Txema y yo hemos hablado de separarnos. Pero al alejarse, me siento más unida a él, en un, ni contigo ni sin ti.

—Me hago cargo de cómo puedes sentirte. Mi madre se separó hace un año estando enamorada, y lo pasaron muy mal. Ahora se han reconciliado y son felices, ya lo has visto. A veces «unas vacaciones» de pareja vienen bien.

Alicia tenía todo, posición, salud, dos hijos estupendos de los que no quería hablar porque eran de mi edad, amigos que la apoyaban.

—Mis hijos viven en Bilbao y Bruselas. Mi familia es ganadera, y yo ayudo a mi padre que sigue al pie del cañón.

—¿Por qué no olvidas todo ahora? ¡Desconecta! Esta noche es mágica.

—Tienes razón, es un momento sencillo y precioso, al que he llegado con veinte años de retraso.

—Vente a mi dormitorio, nadie se enterará.

—Estás rematadamente loco. Pero me halaga mucho que lo desees.

Regresamos a la casa, evitando que pudiéramos ser vistos de esa forma. Antes de entrar, aún en la oscuridad del jardín, mientras volvía a amasar sus pechos, dejé otro largo beso en sus labios para pasar la travesía de la noche, hasta que mañana pudiéramos aplacar la sed.

Al ir a acostarme, no pude evitar escribirle un mensaje.

—Ya estoy en la cama y no puedo evitar pensar en ti. A lo mejor te llega este mensaje en tus sueños…

Aun no me había dormido cuando se encendió la pantalla del móvil.

—Esos mensajes solo me llegan en sueños, no quiero despertar.

El vibrador del teléfono se activó, era Alicia llamando.

—¿Sabes una cosa? Casi me arrepiento de no haber aceptado tu propuesta, me encantaría que estuvieras a mi lado y me abrazaras.

—Abre la puerta de tu habitación…

—Nooooo. Estás loco—Se hizo un silencio—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Al despertar, todos seguían dormidos. No vi a nadie levantado y aprovechando que el sol aún no calentaba, me fui a pasear por el jardín. Me acerqué a nuestro escondite de anoche y la encontré allí.

—El asesino siempre regresa al lugar del crimen —me dijo.

—El crimen fue no hacerte el amor anoche. Tuve que soñar contigo para poder hacerlo.

—¡Qué morro tienes! —dijo acercándose y bebiendo un trago largo de mis besos frescos de la mañana.

Durante el desayuno, Paula me hizo prometerle llevar a Alicia con cuidado y mandarle mensaje cuando la dejara en el tren a Bilbao.

Tenía una oportunidad en el trayecto a Madrid, aunque seguramente por la noche habría recuperado su estado de responsabilidad. Antes, de montar en el coche, Paula se despidió de ella, y después de mí. Al oído, me sorprendió diciéndome que la tratara con cuidado.

¿Qué quiso decir? Le preguntaría a Alicia que entendía ella por cuidado. En el trayecto recuperamos enseguida el espíritu de la noche anterior. Su tren salía a las cuatro. Y como no tenía ningún plan alternativo, aceptó encantada comer conmigo.

—Qué suerte he tenido, transporte y comida.

—Y alojamiento si quieres.

—Eres muy atrevido —dijo tras unos segundos dudando.

—Estás deseándolo

—Desear ¿qué?

—Quedarte. En Madrid no está mi madre para vigilarnos. Me ha pedido que te trate con cuidado.

—¿Qué quiso decir?

—No sé. ¿Qué te coma la boca, pero no te folle? ¿Qué te haga el amor con cariño?

Me sentía ahora muy seguro, quizás porque estaba empezando a conocer como pensaba una mujer como ella, y porque siempre procuraba tener preparada una salida que evitara una situación violenta.

—No siempre se puede hacer lo que se desea —dijo resignada.

—Estoy de acuerdo. Pero, en este caso, ¿qué te lo impide?

—No sabría explicarlo.

—Entonces es que no es nada importante. Si lo fuera, podrías explicarlo

Me miró a los ojos directamente.

—¿Quieres echar un polvo rápido y dejarme después en la estación, sin más?

—Quiero que mi casa sea tu estación. Puede haber un polvo, o cinco o ninguno. Estamos a gusto, disfrutemos del momento.

—¿Carpe diem?

—¿Porque no?

—Con una condición. Que esta noche me invites a cenar en un maravilloso restaurante.

Le firmé con mis labios el acuerdo. Nos besamos ya sin freno, nuestras bocas querían alimento además de bebida. Al llegar a casa fuimos directamente al dormitorio. Bajé las persianas. Una tenue luz del baño nos iluminaba.

—Estoy desentrenada, con Txema llevo tiempo sin hacerlo. Y —se frenó—, nunca he estado con un chico tan joven.

Fui desnudándola despacio. A cada prenda, un suspiro de ella y un beso mío. Le pedí que me desnudara y a la vez que me iba quitando la ropa, le reclamaba sus besos por buen comportamiento. Su ropa interior reflejaba que no esperaba mostrarla a nadie. Al quitarle el sujetador, su suspiro se hizo más largo, como lo fueron mis besos sobre sus pechos apuntando hacia mí. Tumbada sobre el lecho, decidí tomar de inmediato posesión de ese cuerpo tan abandonado, consiguiendo su primer orgasmo casi al iniciar.

Me miró sonriente y extrañada. Abrió sus brazos, me abrazó y al oído me confesó que era mía por entero, que la pena era la misma por uno que por dos. Con su coñito bien lubricado, su cuerpo cansado y su mente entregada comencé a moverme dentro de ella con ritmo cadencioso, sin acelerar aún, dejando que fuera de nuevo su cuerpo abriéndose al placer. Su respiración la delataba. Los suspiros tronaron en gemidos. Era la señal que avisaba que el volcán empezaría a rugir. Rugió otra vez antes de calmarse, soltando una nube de espuma blanca que inundó la habitación de olor a hembra bien follada, quedando abrazados con ese sabor a sal del mar bravo que ella había provocado.

Al despertar del sueño en el que hacer el amor nos sumió, Alicia, parecía otra mujer diferente de la Alicia de la fiesta, me dio un beso en la boca, y al oído susurraba que se sentía liberada

Muchas mujeres necesitan un tiempo para sincronizar su deseo corporal con su estado mental. Alicia solo necesitó encontrar alguien que ella considerara que merecía la pena, para sincronizar los cuerpos. Y es que no somos de una manera o de otra, somos según el momento y con quién.

—Ahora llévame a cenar a un buen sitio, como una pareja. Quiero que todo sea perfecto.

—Será un placer. Y un honor exhibirte a mi lado.

La llevé al Numa Pompilio, en la calle Velázquez, un restaurante italiano con una destacada decoración, y unos jardines interiores, dignos de ir a comer, solo por verlos. El sitio pertenecía a esa generación de restaurantes nuevos de Madrid, que unían a una carta interesante, una decoración agradable y, en muchos casos, impactante. Una luz tenue añadía calidez al lugar. Ella se vistió con un estilo diferente al del día anterior en la fiesta, un ajustado vestido negro, que la hacía más juvenil, una chaquetilla roja de hilo, pensando que las noches de verano de Madrid son como las del país vasco, y con cinturón, zapatos y bolso, haciendo juego. El olor de su perfume hizo aletear mi nariz, embriagándome antes de hacerlo con el vino.

—¡Me encanta el sitio!

Confesó su interés por la decoración, y por los sitios con glamour.

—Te has arreglado espectacular. No merecías menos.

Mientras nos servían una ensalada de tomate y burrata para compartir de primero, comenzamos a hablar de cosas triviales, dado que no lo habíamos hecho apenas. Nos habíamos conocido y en menos de un día estábamos follando.

—Me siento divinamente Alex, aunque te parezca mentira, estar ahora así hablando, acalla mi conciencia. No quería sentir que solo deseabas follarme.

—No solo, pero lo deseaba. Y si no hubiera otros comensales, quitaría la cubertería, te tumbaría en la mesa, y haría que el cartero llamara diez veces.

—Resultas un poco grosero; para disculparte, ahora me llevas a tomar una copa. Vas a tener que ganarte otro polvo.

Estuvimos en la terraza del ABC Serrano, disfrutando del ambiente joven de esa hora, y comprobando a mi alrededor que ninguna de las treintañeras podía competir con la sensualidad de Alicia. Nos comimos la boca en público sin importarnos a ninguno de los dos dar la nota, hasta que fue ella la que me pidió.

—Ya te he castigado bastante. Te has ganado tu polvo.

—¿Solo ganado? ¡Pídemelo tú!

—Llévame a casa. No puedo esperar más… a que me folles de nuevo.

Cuando volvimos a quedarnos desnudos, se subió sobre mí, y me pidió.

—Siento que a tu lado soy muy inexperta Alex, enséñame. Haz lo que te apetezca.

Quería experimentar y yo la iba a entrenar.

—El sexo no tiene reglas, solo déjate llevar de lo que sientas. ¿estás bien? —le hablaba mientras con mis dedos la acariciaba para ir acelerando su ritmo.

—¡Divinamente! Has abierto mi carne a tu deseo, has activado la circulación de mi sangre, has hecho brotar dos orgasmos de mi cuerpo yermo —me respondió cerrando los ojos y acelerando su respiración.

Me ofreció libre de conciencias su pecho, para que me emborrachara. Su copa encajaba perfectamente en mi boca, que parecía haber sido diseñada a medida de ellos. Sus gemidos componían toda la sinfonía del orfeón donostiarra, mezclando agudos y bajos. Sobre mi boca subió su pelvis, y abriendo sus piernas quiso que ofrecerme la sombra del árbol de Guernica. Hacía tiempo que no me comía un coñito sin depilar, cuya frondosidad, escondía unos labios deseosos de ser besado, chupados, absorbidos, sacando de ellos todo su jugo.

—Joder cabrón, nunca me han comido así el coño. Sigueeee…

Alcanzaba rápidamente el orgasmo y sin apenas transición, ya estaba lista de nuevo, como queriendo recuperar el tiempo perdido. La oí gritar un nuevo orgasmo. Se agitaba como una muñeca de trapo. Dejé que cogiera aire, me acosté y la hice que se sentara sobre mi dándome la espalda y aprovechando lo dilatada que estaba, metiéndosela entera hasta el fondo. Sin darle instrucciones comenzó a subir y a bajar, despacio al inicio, gimiendo, acariciándome los huevos con violencia, descontrolada, giraba su cabeza hacia mí reclamando besos, lo quería todo, iba acelerándose, mientras yo la sujetaba por la cintura tratando de frenarla, para alargar nuestro polvo. Aprendía rápido, su sensualidad la desbordaba, su sequía pasada la exigía, su ternura me transportaba, y así aguanté hasta que en un arreón acabó con mis defensas, y cuando sintió su vagina inundada de mi líquido, se dejó ir, a la vez que se destensaba su cuerpo de nuevo, acabando en una explosión, que rompió en mil pedazos los recuerdos, llenando de estrellas el firmamento del cielo del inicio de verano en Madrid.

—Dios mío, cuánta falta me hacía —le salió expulsado de su boca como la lava de su vagina.

Abrazados comenzó su confesión, de haberle retirado a su marido el sexo, alegando falta de interés por su parte. Y que ella había llegado a la conclusión de que no lo necesitaba en su vida. No recordaba disfrutar tanto sexualmente.

No sé si fue la complicidad de su confesión, la sensualidad de su piel, o el tiempo que pasó hablando, que sentí venirse arriba a mi polla. La giré de nuevo y atraje su cabeza contra ella, ayudando su movimiento con mi mano sobre su pelo. Se la fue metiendo despacio al inicio, y completa al final.

Comenzó un asedio de mi polla, por tierra, mar y aire. Se la metía en la boca, chupando, como si bombeara agua. Impaciente por verla florecer, me pajeaba, pensando que tocaba la zambomba en Navidad. Aunque aseguró con su mano que mi pene estuviera bien introducido, no se daba cuenta que le faltaba un punto de cocción, y no se quedaba dentro. Era una mujer libre, pero impaciente. El proceso de erección de mi polla, si lo conocería yo, solo necesitaba una cosa: tiempo. La entretuve a base de besos y caricias de sus ganas de polla joven, hasta que de repente, ¡voila! La notó dura, para su gusto, y para su coño, se subió sobre mí, totalmente asalvajada, y con una voz que recordaba a la chica del exorcista bramó.

—Has despertado a la bicha. Espero que estés preparado para una mujer de Bilbao.

Se montó encima, y a la manera de un vaquero cabalgando un toro bravo con una sola mano, el ritmo que imprimió al movimiento de sus caderas hizo que batiéramos el récord de montura de toro bravo. Mi polla después de tanto expulsar polvo esa tarde, retuvo mi punto de correrme, lo que no le importó a ella. Aunque deseaba rendirme ya, verla tan excitada me hacía aguantar, hasta que sus últimos acelerones, me parecieron entender que pedía un armisticio y me dejé ir… Esperé paciente a oírla gritar, y sudorosa, se descabalgó y tomó aire.

—Uff. ¡Qué brutal! Pensé que esto solo sucedía en las películas.

—Tú eres una mujer de Bilbao… pero de película.

Al despertar, parecía no saber que había ocurrido la noche anterior, salvo que fue una mezcla de dulce y salado, de tierna y salvaje.

La dejé en la estación de Chamartín. No hubo promesas solo invitaciones.

—Estás invitado a Bilbao cuando quieras.

—Allí tenemos más vigilancia que aquí.

—Voy a pedirle a Txema un tiempo. Tengo que reflexionar, y con él, me sería difícil.

—Me gustaría conocer el Guggenheim, estuve hace unos años y no pude acercarme

—Lo conozco bien, tienes guía, y una amiga.

—Tú también tienes un amigo en Madrid.

Iría a verla, no podía dejar su aprendizaje sexual a medio. Ninguna de las chicas de mi edad con las que había follado, podía compararse a follar salvajemente con una reina como Alicia.