Xtories

Piscis ♓️ Final

La confianza se desmorona cuando las cámaras revelan lo que los ojos se negaban a ver. Ahora, entre la rabia y la frialdad, Daniel debe decidir si perdonar el pasado o construir un futuro con quien realmente lo ama.

Peter2811K vistas9.6· 41 votos

Piscis ♓️ Final

El reloj de la consulta marcaba poco más de las cinco de la tarde. El aire acondicionado zumbaba con monotonía, y el olor a desinfectante impregnaba el ambiente como si quisiera borrar cualquier huella humana. Daniel estaba sentado en el borde de la camilla, balanceando apenas los pies, con el gesto cansado de quien llevaba días intentando recomponerse.

La puerta se abrió despacio, y Cloe apareció con su carpeta en la mano. Su bata blanca, el cabello recogido en un moño que dejaba escapar un par de mechones, y esa mirada cálida que siempre lo hacía sentir descubierto.

—Hola, Cloe —dijo él en cuanto la vio entrar, intentando sonar casual, aunque su voz traicionaba un leve temblor.

Ella dejó la carpeta sobre la mesa y lo observó unos segundos.

—¿Cómo te encuentras hoy?

Daniel respiró hondo antes de responder.

—Aún me mareo cuando me agacho… pero lo demás va bien.

Cloe asintió con una leve sonrisa.

—Entiendo. Ya puedes dejar de tomar los medicamentos. Has respondido bien al tratamiento.

Él bajó la mirada, jugueteando con sus manos. Sentía que había algo que debía sacar de adentro, y esa consulta, ese silencio entre ellos, le parecía el único lugar posible.

—Cloe… tengo que pedirte disculpas —dijo al fin, la voz apenas un murmullo.

Ella se tensó, apoyando una mano en el respaldo de la silla.

—¿Eso por qué?

Daniel tragó saliva.

—El día que me viste con Victoria… me reí. Fue involuntario.

El silencio se instaló entre ellos. Cloe lo sostuvo con la mirada, aunque sus labios permanecían cerrados. Finalmente habló:

—Me dolió, Daniel.

Él bajó la cabeza, sintiendo un nudo en el estómago.

—Lo sé. Por favor, perdóname. A veces, cuando estoy nervioso, me río así… no lo hago por maldad.

Cloe entrecerró los ojos.

—¿Y por qué estabas nervioso?

Daniel levantó la mirada, esta vez con un brillo distinto, como si lo que estaba a punto de revelar lo consumiera por dentro.

—Porque la mujer que me acompañaba no era Victoria.

Cloe frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Era su hermana gemela —dijo él con firmeza—. Era Piscis.

El nombre quedó flotando en el aire como una piedra lanzada al agua.

Cloe retrocedió apenas un paso, llevándose la mano a la boca.

—¿Piscis? ¿La conoces?

asintió.

—Sí. Y desde ya te digo algo: no te fíes de ella.

Cloe soltó una risa seca, sin humor.

—Piscis… ¿es peligrosa?.

Daniel arqueó las cejas.

—¿Por qué lo dices?

Cloe tomó aire, como si ordenar los recuerdos le costara. Finalmente se sentó frente a él y comenzó a hablar, su voz teñida de un pasado que parecía todavía doler.

—No sé cómo es ahora, pero antes… en el último año del instituto, era la chica extrovertida, la popular. Todos querían estar con ella. Incluso Oliver, que era su opuesto, el cotizado, terminó obsesionado. Cuando Piscis no le hizo caso, él empezó a salir con Victoria, su hermana. Pero todo explotó en el cumpleaños número 18 de las gemelas…

Daniel la escuchaba con atención, sintiendo que cada palabra revelaba una capa oculta de la mujer que había conocido recientemente.

—Esa noche —siguió Cloe—, Oliver se metió en la habitación de Piscis, pero cuando estaban a punto de acostarse ella gritó y Victoria apareció armando un escándalo brutal. Fue un desastre.

Sus padres tuvieron que separarlas. Piscis dijo que lo dejó hacer para que se dieran cuenta como era Oliver, pero nadie le creyó.

A Oliver lo enviaron a Inglaterra y la abuela envió a Piscis a Francia. Tras su partida las hermanas se culparon mutuamente y sus padres claramente parcializados a Victoria cortaron lazos con Piscis.

—¿Y qué fue de ella después? —preguntó Daniel.

Cloe hizo una mueca.

—Allí conoció a Hans, su profesor de pintura. Un hombre 25 años mayor que ella, obeso y con colesterol hasta las orejas… pero carismático. Estuvieron juntos cuatro años. Al final, Hans murió por un infarto, dicen que por abusar del alcohol y de la Viagra. Ella cayó en depresión.

-Cómo te enteraste.

-Lo supe por Victoria

Daniel se quedó en silencio, intentando procesar toda aquella maraña de historias. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta volvió a abrirse. Era su madre que sabía que estaría allí.

Hola Cloe —¿Daniel? —preguntó con cautela—. ¿Tienes un momento?

Cloe se levantó para darle espacio, pero Daniel la detuvo con un gesto.

—Quédate, por favor.

La madre respiró hondo y se sentó, mirando a su hijo con una mezcla de nostalgia y dolor.

—Hijo… es momento de contarte cómo conocí a tu padre.

Daniel asintió, despidiéndose de Cloe

Bajaron a la cafetería del hospital.

Cuando Daniel quedó solo con su madre. Había silencio, solo roto por el tictac del reloj de pared. Ella se removió en la silla, nerviosa, y al fin dijo:

—Daniel… creo que ha llegado el momento de contarte la verdad..

El muchacho la miró sorprendido.

—¿La verdad? Mamá, yo ya sé que él murió cuando era pequeño… ¿qué más hay que saber?

Ella suspiró, bajando la mirada.

De cómo nos conocimos, por ejemplo.

Daniel sintió un vuelco en el estómago.

—¿Qué estás diciendo?

—Escúchame, hijo —dijo ella, con voz temblorosa—. Yo tenía dieciocho años, trabajaba como camarera en un hotel de lujo. Era mi primer empleo serio, y estaba llena de miedos… pero también de sueños.

Daniel guardó silencio, dejando que ella continuara.

—Un día entré a una habitación que parecía desocupada. Todo estaba impecable, y pensé que solo tenía que dar un repaso rápido. Abrí la puerta del baño y… —se detuvo un segundo, tragando saliva—…y me lo encontré desnudo, bajo la ducha.

Daniel arqueó las cejas.

—¿Así lo conociste?

Ella sonrió con tristeza.

—Sí. Me puse tan nerviosa que salí corriendo, pero en la prisa se me cayeron las llaves del depósito. Cuando volví para recogerlas, él ya estaba allí, con una toalla atada a la cintura. Me las entregó en la mano, mirándome con una serenidad que nunca olvidaré. Yo solo quería escapar.

—¿Y qué pasó después? —preguntó Daniel, casi conteniendo la respiración.

—Al día siguiente, creí que él ya se había marchado. Entré en la habitación confiada, pero me sorprendió de nuevo. Esta vez no estaba desnudo, pero sí sonriendo, como si me hubiera estado esperando. Yo me disculpé mil veces, y él… solo me pidió mi nombre.

—¿Y se lo diste?

Ella asintió.

—Sí. “Alejandra”, le dije, y salí corriendo. Pero a partir de ahí… todo cambió. Todos los días aparecía en la recepción, siempre con un ramo de rosas. No me decía nada más, solo me lo entregaba y se iba. Me sentí perseguida, pero al mismo tiempo… halagada.

Daniel frunció el ceño.

—¿Y aceptaste salir con él?

—Me resistí un tiempo —dijo ella con un suspiro—. Pero al final cedí. Era insistente, pero nunca irrespetuoso. Tuvimos una primera cita, luego otra… y antes de darme cuenta, lo esperaba con ilusión. Me contó que tenía negocios en China, que su vida era un ir y venir constante, pero conmigo se mostraba distinto, cercano, tierno.

Se le humedecieron los ojos al recordar.

—Después de unas semanas, nos convertimos en pareja. Pasamos noches juntos. Él me habló de matrimonio, de un futuro. Y cuando le dije que estaba embarazada, lloró de alegría. Me juró que nos casaríamos y formaríamos una familia.

Daniel la escuchaba, inmóvil, con los labios entreabiertos.

—Pero entonces tuvo que viajar a Nueva York —continuó ella—. Me dijo que era solo por un contrato, que volvería enseguida. Yo lo esperé… días, semanas, meses. Lo llamaba a su móvil, pero nunca respondía. Siempre saltaba la grabadora.

—¿Y nunca regresó? —preguntó Daniel, con un hilo de voz.

—Nunca. Al principio pensé que me había engañado, que había jugado conmigo. Lo odié durante años, hijo. Pero seguía enamorada. Luego me casé con Juan porque necesitaba rehacer mi vida. Sin embargo, dentro de mí seguía esperando que él volviera por esa puerta.

Se cubrió el rostro con las manos.

—Ahora sé que murió en un accidente. Y me duele más todavía, porque prefiero la rabia al vacío de saber que sí me amaba. Maldigo al destino que nos arrancó la oportunidad de vivirlo.

Daniel se levantó y la abrazó fuerte.

—Mamá… no tienes que seguir castigándote, no es tu culpa, hiciste lo que pudiste.

Ella apoyó la frente en el hombro de su hijo, y sus lágrimas le humedecieron la camisa.

—Lo amaba, Daniel. Y me amaba. Esa es la verdad que quería contarte. Tú no eres fruto de un error, ni de una aventura pasajera. Eres el hijo de un gran amor que no pudo ser.

Daniel cerró los ojos, apretándola más fuerte contra sí.

—Gracias, mamá. Gracias por contármelo.

Tres días después de la conversación con Cloe, Daniel volvió a revisar las grabaciones de las cámaras ocultas. Lo hacía con una mezcla de ansiedad y rutina: cada tanto las miraba por pura desconfianza, pero aquella tarde, algo en su interior le decía que hallaría lo que llevaba tiempo sospechando.

El video correspondía al día del paseo al zoológico. Daniel recordaba que en esa ocasión, tras regresar a casa, había decidido darse una larga ducha. La imagen de la cámara número cuatro —ubicada estratégicamente en la sala— mostró a Piscis entrando con paso tranquilo, como si no pasara nada. Lo curioso fue que, antes de acomodarse en el sofá, echó un vistazo al rededor, asegurándose de estar sola.

Daniel avanzó unos segundos más y, de pronto, la vio llevarse el móvil al oído. Hablaba bajo, tan bajo que por momentos parecía un murmullo, pero la cámara captaba bien sus labios, y aunque la voz era baja, podía construir la conversación.

—Hola —dijo ella en voz casi susurrada.

Una pausa. Luego frunció el ceño.

—No, Oliver, estoy con él.

Daniel sintió un escalofrío. “¿Oliver? ¿Qué hacía ella hablando con Oliver?” Se inclinó hacia la pantalla, hipnotizado.

—Eso no estaba en el trato —prosiguió Piscis, nerviosa, casi mordiéndose los labios.

Hubo más murmullos del otro lado. Ella chasqueó la lengua.

—¡Joder, Oliver! Se lo dije a Daniel, pero quiere esperar hasta que regrese.

Daniel apretó los puños. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera romperlo.

—Ella está contigo, y yo tengo la sala de exposiciones. Ese era el trato —continuó Piscis, moviendo la pierna inquieta—. ¿Qué más te da a ti donde me quede?

Una respuesta inaudible, un murmullo. Piscis ladeó la cabeza.

—Si se lo digo a Victoria, volverá enseguida. Lo sabes.

Daniel se quedó helado. La mención de Victoria, la hermana gemela, lo atravesó como una daga.

—¿Entonces se lo digo o no? —repitió ella, molesta, como presionando.

Hubo más palabras susurradas desde el auricular. Piscis respiró hondo.

—Pues deja que se entere ella sola —sentenció, con un deje de orgullo.

Los murmullos continuaron, pero Daniel apenas los escuchaba. Estaba paralizado viendo cómo la mujer en la que había confiado estaba, en realidad, aliada con Oliver.

—Sí, voy a seguir aquí —añadió Piscis, con una cara de cabreo que Daniel ya no reconocía— Me gusta mucho y lamento haberlo conocido a través de este estúpido trato.

Más murmullo. Ella negó con la cabeza.

Si me enamoro no es asunto tuyo — pausa — No sé si funcione, pero voy a intentarlo.

Pausa.

Se lo diré en su momento

Pausa

Ya quisieras tu parecerte a él. Dani es el ser más maravilloso que he conocido.

Pausa.

—Te equivocas, Oliver. No soy así.

Daniel ladeó la cabeza, incrédulo. Ella había dicho esas mismas palabras frente a él, pero ahora se sentían vacías.

—Te dejo, ya salió. Tengo que colgar.

Un último murmullo. Y finalmente, su frase de despedida:

—No puedo ayudarte. Quizás ella no te ama. Adiós.

El video terminó ahí.

Daniel se reclinó en la silla, con el rostro desencajado. Sintió un sabor amargo en la boca y un vacío en el estómago. Piscis, la mujer en la que había creído, aquella con la que pensaba unir su vida, lo había engañado. No solo a él: tramaba junto a Oliver la suplantación de Victoria, convencida de que la hermana aceptaría la mentira sin sospechas.

El golpe fue tan fuerte que Daniel apenas pudo reaccionar. Pero al cabo de unos minutos, la rabia fue desplazada por la frialdad. Tenía que actuar, y rápido.

La decisión fue clara: cancelaría la boda. No habría segundas oportunidades.

Lo primero que hizo fue hablar con su tío Li. Se reunieron en una cafetería discreta, lejos de miradas curiosas. Daniel le relató lo que había visto en las grabaciones. El tío escuchó en silencio, con las manos cruzadas sobre la mesa. Cuando el joven terminó, asintió despacio.

—Hiciste bien en venir a mí —dijo con su calma habitual—. No pierdas el tiempo enfrentándola ahora. Te daré un chofer de confianza y esta tarjeta —colocó sobre la mesa es una platino negra, reluciente, con el logotipo del banco—. No tiene límites. Úsala para lo que necesites.

Daniel aceptó la tarjeta con manos temblorosas.

—Gracias, tío.

—Prepárate. Hazlo con inteligencia. Ella no debe sospechar nada hasta que sea demasiado tarde.

Daniel asintió. Y así lo hizo.

Esperó pacientemente al día del cierre de la exposición de pintura de Piscis. Sabía que estaría ocupada, rodeada de gente, sin posibilidad de volver antes de medianoche. Entonces a las 6 de la tarde cuando la vio salir, puso en marcha su plan.

Ya había reservado, con antelación un AirBnb por un mes. En cuanto el chofer llegó, cargaron el equipaje de ella. Daniel tomó todas sus pertenencias: ropa, documentos, los pequeños objetos que aún le recordaban quién era Piscis. Cada maleta cerrada era como un corte definitivo con el pasado, al finalizar envió todas sus cosas al apartamento vacacional.

El chofer regresó una hora después y esta vez cargaron las cosas de Daniel, al salir miró una última vez la sala, esa misma donde ella había estado con Oliver creyéndose intocable. Una mezcla de tristeza y liberación lo atravesó.

Tras recuperarse le envió un mensaje con la nueva dirección a Piscis, acompañada de una nota que decía: debajo del tapete encontrarás las llaves y tus mentiras. La bloqueó, cerró la puerta y partió.

Esa noche, mientras Piscis brindaba en el cierre de su exposición, Daniel viajaba hacia su nuevo refugio, con la certeza de que la historia con ella había terminado.

El desplazado al norte, fue a un rincón apartado de Canadá donde el aire era más puro y el ruido del mundo quedaba atrás. Su guardaespaldas y chofer lo ayudó en todo: organizar las maletas, instalarse en la casa de madera que había alquilado, y asegurarse de que nada ni nadie interrumpiera su paz.

El chalet contaba con una pequeña cabaña anexa para el personal de servicio. A su lado la casa se levantaba frente a un lago cristalino que reflejaba el cielo como un espejo, acompañado del frío que empezaba a sentirse con la caída de la tarde, mientras en los bosques el otoño desplegaba todo su esplendor. Los arces encendían el horizonte con tonos rojos, naranjas y dorados. El aire olía a tierras húmedas, a hojas secas recién caídas y a resina de pino. Los troncos altos se mecían suavemente con el viento, y los pájaros, preparando ya su migración, surcaban el cielo en bandadas perfectas. Daniel, de pie frente a aquel paisaje, sintió algo parecido a la paz, aunque su mente no dejaba de darle vueltas al pasado.

En medio de esa calma recordó a Cloe. Aquella chica en antaño gordita que tantas tardes lo acompañó en la universidad, siempre a su lado, siempre dispuesta a apoyarlo como su mejor amiga. La que, en su momento, le había salvado la vida. Ella le había hablado hace poco de tomar medidas contra Victoria por negligencia, y Daniel pensó que había llegado la hora de hacerlo realidad.

Tomó el auto y fue hasta el pueblo más cercano, donde lo esperaba un abogado de su padre. En la notaría firmó un poder amplio para que lo representara en el caso contra Victoria. Al terminar, sintió que cerraba un capítulo. Ya no era cuestión de rencor: era justicia.

De regreso al chalet, volvió a marcar el número de Cloe. Esta vez no para hablar de abogados ni de juicios, sino de algo personal.

—Hola, Cloe —dijo con voz tranquila—. Una pregunta: ¿cuándo tomas vacaciones?

Ella dudó un instante.

—Dani, me tocan la próxima semana.

—Si te envío un pasaje… ¿vendrías a ver un lago canadiense conmigo?

El silencio se hizo eterno. Hasta que, al otro lado, se escuchó bajito, temblando de emoción:

—Sí.

Daniel sonrió.

—Perfecto, Cloe. Solo una cosa… no sé si esto será una cita o simplemente un encuentro con una amiga inseparable e invaluable.Pero….

ella lo interrumpió antes de que pudiera terminar.

—Dani… dije que sí. Solo déjalo estar

Hubo un silencio breve, cargado de algo nuevo entre ambos.

—Gracias, Cloe.

—Gracias a ti, Dani. No sabes lo feliz que me has hecho

El encuentro fue extraño y hermoso a la vez. Cloe, al verlo esperándola en el aeropuerto, se convirtió en un manojo de nervios. Él intentaba verla como algo más que la amiga leal de siempre, y ella temblaba al tener delante al hombre que había amado en silencio durante tantos años.

Pasaron la semana juntos como si estuvieran en un sueño: fueron al supermercado del pueblo, pasearon en bote por el lago, encendieron hogueras bajo las estrellas, bebieron vino, y caminaron de la mano por los senderos cubiertos de hojas rojas y doradas. Allí, bajo la sombra de un arce, Daniel le confesó su sueño.

Le contó de los Koi, el blanco y el negro

Cloe dijo de repente

—Piscis no es de Piscis —.

Daniel frunció el ceño.

—¿Cómo?

—No nació bajo ese signo. Su abuela le puso el nombre porque ella había nacido en febrero, pero en realidad las gemelas llegaron al mundo el 21 de marzo. Osea del signo Libra.

Daniel asintió, sorprendido.

—Cierto. ¿Y tú de qué signo eres?

—Te invité una vez, ¿lo recuerdas?. No recuerdo el mes. — soy del 29 de febrero de 1992. El mismo año que nacieron ellas. Tengo 29 años.

El abrió los ojos.

—El 29… qué curioso. Dicen que los nacidos el 29 de febrero son los Piscis más misteriosos, los más profundos.

—¿Quieres averiguarlo?

Cloe no respondió con palabras. Simplemente comenzó a despojarse de la ropa, dejando caer cada prenda con una decisión inesperada. Daniel la imitó. Al verla, quedó sorprendido: su cuerpo tenía curvas perfectas, más hermosas que las de cualquiera de sus ex.

Se amaron. Fue diferente. No fue la pasión explosiva de Piscis, sino algo más suave, profundo, como sentirse protegido. Una paz extraña, como si hubiera encontrado un refugio en medio del caos.

Una mañana, mientras desayunaban junto a la ventana, sonó el teléfono. Era el abogado.

—El juez seguramente solicitará su presencia y la de Cloe —le informó.

Daniel miró a Cloe.

— Eliot no se preocupe, mañana regreso con mi chica.

Ella sonrió en silencio. Por primera vez, sentía que el destino le daba una oportunidad. Esa que había dado por perdida.

Había llegado la batalla.

El juicio de Victoria

Cloe y Daniel llegaron puntuales al juzgado. El vehículo en el que descendieron, un Rolls Royce impecable, brillaba bajo el sol de la mañana. Dos guardaespaldas los escoltaban con discreta firmeza. La escena era tan sobria como tímida, y precisamente eso provocó la reacción inmediata de los padres de Victoria, que esperaban en la puerta con la arrogancia de quienes se saben influyentes.

La madre, con voz dura y mirada desafiante, se adelantó un paso.

—¿Quién te crees, pequeño muerto de hambre? —espetó, intentando sonar más fuerte que su propia inseguridad—. ¿Crees que vas a poder con nosotros? No sabes con quién te has metido.

Daniel ni siquiera respondió. Antes de que él hablara, un hombre trajeado apareció a su lado: el abogado.

—La estoy grabando —dijo con tono firme—. Si sigue, iniciaremos acciones legales por acoso y difamación.

El rostro de la mujer perdió color. Por primera vez, parecía quedarse sin palabras.

Dentro de la sala, Daniel vio a Victoria en un rincón. Estaba sentada, pálida, con la cabeza gacha, como alguien que había perdido toda la fuerza. Pero cuando levantó la vista y lo vio, sus ojos brillaron con una chispa de esperanza. Intentó levantarse, pero su abogada la detuvo, susurrándole que no era el momento.

El juicio se extendió tres horas. Se presentaron pruebas contundentes: la fuga de Victoria del quirófano, las grabaciones de las cámaras mostrando su llegada a casa con su amante, y otros detalles que demostraban negligencia profesional.

La defensa intentó minimizarlo todo. Alegaron que Victoria había colapsado por nervios: que su salida apresurada se debía a que debía pagar una fianza a Oliver, sorprendido fumando en la habitación de un hotel. Bajo los efectos del alcohol, el hombre había prendido fuego a unas cortinas y lo sacaron con sus maletas a la calle. Oliver, reacio a salir, terminó agrediendo a los vigilantes. La abogada insistió en que esos episodios habían alterado el estado mental de Victoria, impidiéndole cumplir su deber médico.

Pero la deliberación del tribunal médico no fue condescendiente. Dictaminó la suspensión temporal de la licencia por un año, y tras la reactivación, otro año más alejada de los quirófanos. El golpe fue devastador.

En cuanto el mazo retumbó, Victoria se levantó con un impulso desesperado. Pasando por encima de las sillas, se abalanzó hacia Daniel. Se arrodilló a sus pies, suplicándole entre sollozos:

—¡Perdóname, Dani, por favor, perdóname!

El estruendo obligó a la jueza a golpear con fuerza.

—¡Orden en la sala! —gritó.

Pero Victoria no se movía. Sus padres corrieron hacia ella, tratando de levantarla. Esta vez, el ruego no vino de la hija, sino del padre, con los ojos humedecidos.

—Daniel… sé que hemos sido unas mierdas. Pero por lo que vivieron, por los buenos momentos que compartieron, dale aunque sea la oportunidad de hablar. Solo eso, por favor.

Daniel respiró hondo y respondió con calma:

—Está bien. Pero no aquí. Esta tarde, a las cuatro, en la Torre Financiera. Piso 40. Zang Medical Center.

Los padres asintieron, aliviados.

Cuando llegaron al edificio, la solemnidad del lugar los sobrecogió. La recepción era amplia, de mármol y cristal, con empleados uniformados que transmitían autoridad. Dos hombres trajeados se acercaron y pidieron amablemente que los siguieran.

—Disculpe —preguntó la madre, incapaz de contenerse—, ¿qué hace Daniel aquí?

—Es el hijo y heredero del difunto Lao Zang, fundador de la compañía. Actualmente posee el 50 % de ella

La mujer se llevó la mano a la boca.

—¿Y qué tan grande es esta compañía?

El empleado sonrió apenas.

—No lo sé con exactitud, pero le aseguro que hablamos de miles de millones.

Los condujeron hasta un salón de reuniones elegante, con largas cortinas, lámparas modernas y una mesa de madera que imponía respeto. Una voz desde el fondo los sorprendió.

—Emma, déjame solo con ella. Acompaña a los padres de Victoria.

La madre quiso protestar, pero fue la propia Victoria quien la detuvo, susurrándole:

—Ve, mamá. Estaré bien.

Quedaron solos. El silencio pesaba, hasta que Daniel habló.

—¿Por qué?

Victoria bajó la cabeza.

—Por idiota… Necesitaba saber qué sentía por él.

—¿Alguna vez pensaste que podías perderme?

Ella asintió débilmente.

—Sí. Pero no tuve el valor de detenerlo. En el fondo sabía que él no era el indicado. Lo supe apenas me fui.

—¿Tres semanas, Victoria?

—Lo sé… Estaba atrapada. Él me complicaba todo. Me suplicaba, me hacía dudar cada vez que intentaba alejarme.

—¿Y ahora qué quieres? ¿Una oportunidad? —Daniel alzó la voz—. ¿Para qué? ¿Para escuchar cómo hablas con tu amante mientras yo me apago, sin saber si viviré?

Victoria se llevó la mano a la boca, horrorizada.

—¿Me escuchaste?

—Sí. Todo. Cómo planeabas irte. Cómo me dejabas. Ahí murió lo que sentía por ti.

—Te amo, Dani…

—Espero que sea mentira. Porque si lo es, sufrirás como sufrí yo.

Un silencio pesado cayó sobre ellos. Victoria, con lágrimas en los ojos, preguntó con un hilo de voz:

—¿Entonces… este es el final?

—Sí. Aquí se dividen nuestros caminos.

—¿Podremos ser amigos algún día?

—Definitivamente no. No hasta que logre perdonarte. Quizás nunca lo haga.

Ella se acercó un paso.

—¿Puedo darte un último abrazo?

Daniel negó con dureza.

—Puse cámaras en la casa. Vi todo. Cómo te revolcabas con Oliver en nuestra cama. Abrazarte ahora solo me produce asco.

Victoria se derrumbó, llorando a sus pies. Daniel se alejó sin mirar atrás, mientras los gritos de ella lo perseguían en la distancia:

—¡Por favor, perdóname! ¡Aunque no volvamos, necesito tu perdón!

Esa fue la última vez que la vio.

Semanas después, los padres regresaron a la recepción de la Torre, rogando entre lágrimas que visitara a su hija internada en una clínica para la depresión.

Pero Daniel ya había cerrado ese capítulo.

Cloe siguió a su lado como su amiga, su confidente. Gerardo le preguntó -¿La queréis?, mucho, — ¿la amaba? —- Quizás algún día. Pero con ella y con todas las que he estado estado no había vuelto a sentir lo que vivió aquella noche.

Meses después desayunaba en su penthouse cuando vio en la TV una entrevista a la artista del momento, en ella le preguntaban — ¿por qué tu arte se a volcado al blanco y negro? Ella respondía — mi mundo perdió el color cuando por mentir perdí al amor de su vida

Ese día celebraban su 31 cumpleaños y la fiesta recibió un regalo muy especial. Era de una pintora emergente que se había hecho famosa en los últimos años. Según supo en el programa, Piscis ♓️ en cada exposición se había negado a vender ese cuadro haciéndose famosa por ello. En su última en New York un millonario obsesionado con ella le ofreció 2.000.000 de dólares. Sin embargo, ella se negó alegando que le pertenecía a su único y verdadero amor.

La noche se abría en la terraza de un majestuoso hotel, cuando sus amigos e invitados quedaron perplejos. Al abrirlo vieron que era la cotizada pintura “Los Koi” la cual fue fotografiada por todos los presentes. Al reverso con cinta adhesiva, la postal de un pueblo suizo decía:

Callé por miedo a perderte, pero tus fotos en las redes dicen que a ti también te falta algo. Quizás podamos encontrarlo en el VALLE DE LAUTERBRUNNE está primavera.

Eres mi Koi, por favor perdóname y nademos juntos en el amor.

Daniel arrugó la foto.

♓️

Fin.

https://youtu.be/VoGwvVoaoCw?si=cshRU6XpeH3BxlLo

By Peter

Madrid 3 de septiembre.

Todos los derechos reservados