Xtories

Amor en criptomonedas III

Alan creía que el dinero y la paciencia bastaban para mantener a Margaret, pero la villa de lujo y la presencia de su exnovio rico estaban a punto de demostrarle lo contrario. Mientras él se ahogaba en sus deudas y miedos, ella bailaba con la tentación de un mundo al que nunca podría pertenecer. Esta noche, el juego de verdad o mentira no solo expone secretos, sino que rompe lo que quedaba de su关系

Peter287.2K vistas9.5· 29 votos

El amor de Alan es como el hielo del lago congelado, firme, brillante, puro y hermoso, que al calor de las mentiras, burlas y traiciones se resquebraja, derritiéndose hasta evaporarse. Dejando tras de si, el eco amargo del vacío.

Septiembre de 2016

Alan despertó en su colchón con el corazón acelerado. Tenía la laptop abierta a un gráfico rojo que se tragaba todo lo que había ganado. Cuando el bitcóin había llegado a 1000 esperó que subiera más, sin embargo, al bajar a 600 los vendió y lo mismo hizo Jack. No sin antes viajar los dos para abrir las cuentas en las Bahamas y allí depositar sus salvavidas. Sí comparaba que sus 3000 los había comprado a 100 y los había vendido en 600, le era un negocio redondo. Sin embargo, la permanencia a la baja durante los últimos 16 meses le dolía como un puñetazo en el estómago. Jackson siempre lo animaba diciéndole que habían ganado mucho dinero, que no le pusiera mente, que seguro subiría, pero los días pasaban y nada parecía cambiar

Sobre la mesa, un sobre amarillo: facturas atrasadas y la renta del piso, por lo que se vio obligado a sacar parte del dinero para pagar sus deudas, incluida el préstamo hipotecario de sus padres, dejándolo todo saldado. Como un eco que siempre repite lo que se escucha, Jack hizo lo propio regresando los 80.000 a sus padres y tras pagar todo a Alan le quedó 1.500.000 y a Jack 400.000

Y Margaret. Siempre Margaret. Su alivio y su herida.

Esa tarde la esperaba en la plaza de siempre. Llegó tarde, envuelta en un abrigo beige que la hacía parecer todavía más joven. Tenía los labios partidos de tanto morderse de nervios.

— Mi madre me gritó toda la mañana —le soltó, apenas lo vio. No hubo beso. Nada —. Dice que la está matando verme contigo. Que debería aprovechar este año para organizarme bien… que puedo irme a vivir sola… que si no estuvieras tú.

Alan tragó saliva, sabiendo lo que venía.

— ¿Y qué quieres tú? —preguntó, intentando sonar tranquilo.

Margaret lo miró con esos ojos verdes que parecían estar siempre a punto de llorar o de reír.

— Quiero irme contigo —dijo, clavándole la frase como una daga—. No soporto más ese techo. No soporto más que me revisen el móvil, que me digan qué ponerme, que me pregunten por qué no salgo con Eric…

Alan sintió como se le revolvía el estómago, con un calor en el pecho, mezclado con un frío brutal. Eric es el tío que la madre quiere para ella y lo sabía. Vivir juntos. Con facturas atrasadas, Bitcoin bajando y su mundo tambaleándose.

— Marga, ahora no… —empezó a decir.

Ella dio un paso atrás.

— Claro. Ahora no. Nunca es ahora. — Escupió las palabras —. A ti te gusta tenerme así. Venir, follarme y dejarme volver a esa residencia, mientras aguanto la presión, me tratas como a una…

Alan la agarró del brazo. Ella lo miró como si quisiera llorar y gritar a la vez.

— Sabes que no es así. Voy a arreglarlo, ¿vale? Déjame ordenar esto primero. El dinero. Lo de la renta. Lo de Bahamas.

Margaret se soltó bruscamente.

— Siempre Bahamas, siempre el puto Bitcoy o como mierda se llame. ¿Y yo? —preguntó, casi sin voz—. ¿Dónde entro yo?

Él quiso decirle aquí, señalando su pecho. Pero se quedó mudo.

Días después, Margaret se sentó en un café de la universidad rodeada de su grupo.,. Helen, Tiffany, Grace y Lauren. Helen era la peor: hija de un diplomático y una madre adicta, hecha al veneno puro. Siempre con un cigarrillo mentolado y una pregunta cruel en la punta de la lengua.

— Entonces, ¿vas a vivir con el camarero? —dijo Helen, sin filtro, soltando el humo en la cara de Margaret.

Margaret se encogió de hombros.

— Si, y aunque esté molesta con el, es mi vida.

Helen rio.

— Tu madre se va a infartar. Y Eric, con lo bueno que está y el dinero que tiene, tan dispuesto a darte una vida de verdad.

Grace soltó una carcajada. Tiffany se mordía las uñas. Helen apretó los labios.

— Eric es pasado —murmuró.

Helen chasqueó la lengua. Pues él me contó otra cosa… Margaret abrió los ojos

— Es Pasado. - repitió. — Entonces ¿por qué viene al viaje?

Margaret la fulminó con la mirada. Helen le guiñó un ojo. Tiffany intervino

— No te pongas roja, sé que aún te mueve el piso. Además, es solo diversión. Una villa de lujo, una piscina. Unos tragos. Un exnovio hermoso con moto nueva… — bajó la voz, maliciosa —. ¿Qué podría salir mal?

Por fin se fueron a vivir juntos y durante dos meses se sentían en una burbuja, tan felices, tan enamorados. Hasta que llegó el dichoso viaje. En casa Alan se debatía si ir, odiaba esas reuniones. Más cuando Margaret volvía oliendo a perfume ajeno, a risas contenidas. Odiaba a todas, pero especialmente a Helen. Una vez, se la encontró de frente en la cafetería. Ella lo miró de arriba abajo, soltó un bonjour sarcástico y se largó sin pedir nada.

Llegó la víspera del viaje. Alan hizo la mochila sin ganas. Margaret iba de un lado a otro, hablando por teléfono, buscando su bikini más caro, sus gafas de sol, riendo con Grace.

Ella hablaba pensando que él estaba en la ducha del baño. Tenía el teléfono a volumen bajo, pero en alta voz. Alan salió en silencio por lo que no se percató que había terminado

— traer la moto —dijo, como si no importara—.Si. Eric viene con su Ducati nueva de edición limitada. La quieres ver, ¿no? —- hizo un silencio —Me da igual

Alan dejó caer la toalla en la cama.

La había pillado por sorpresa. — Grace. Luego te llamo. Cortó

— ¿Qué Ducati?

Margaret se encogió de hombros.

— Una de esas motos grandes que hacen ruido. No sé.

Alan sintió hervir la sangre.

— No vas a montarte con ese imbécil. Las veces que lo había visto en casa de los padres de ella, le había quedado claro que iba por su chica

Margaret soltó una carcajada burlona.

— ¿Ummmm me vas a atar a la cama, Alan? —le dijo, acercándose para besarlo, pero él se apartó

No me hace gracia

- cariño sabes que no soy fan de motos y también sabes que me pones un montón cuando estas celoso. Venga dame un beso cari, si hasta me pelee con mis padres para irnos a vivir juntos

- Vale. Esa noche se comieron a esos y la cama se aguantó la actividad sexual hasta altas horas de la noche.

El día del viaje Alan observó a todos

Lauren con su novio Harry algo pijo, pero con el único que Alan podía conversar

Lauren y Margaret eran las que habían llevado coche y el reparto se hizo así

En el coche de Lauren, ella con su novio, Tiffany y Grace. En el coche de Margaret, ella,Alan y Helen con su primo Bruno, igual de estúpido. En total eran 8 pero luego llegó Eric, para sumar 9. 4 chicos y 5 chicas.

Viernes por la noche, la villa estaba iluminada como un maldito anuncio de champagne. Música, luces suaves, vino corriendo como agua. Helen reinaba en un sillón, fumando con aire de reina destronada. En el camino al Jacuzzi había antorchas que le daban un aire romántico.

Alan se sentía atrapado. Margaret iba y venía, rodeada de risas y copas. Eric, impecable, repartía tragos y guiños.

Recordaba como minutos antes cuando se bajaron se escuchó el estruendo de la flamante Ducatti diavel y todas las chicas voltearon a verlo, incluida Margaret. Luego vino el reparto de las habitaciones, que organizaron ellas. En las tres de arriba Alan y Margaret, en la otra Lauren y Harry y en la tercera habitación Helen se encargó de poner a Eric. Abajo los demás. Alan se olía el complot y Margaret también.

– Lauren si no te importa preferimos la habitación de la esquina. La que está al lado del baño del pasillo

- Sin problema guapa, nosotros tomamos la del medio.

La tarde fue tranquila, Helen se fue a dar una vuelta en la moto con Eric, al regreso fue Tiffany y luego Grace. Solo faltó Lauren y Margaret.

Las que habían ido hablaban de la adrenalina, de la sensación de velocidad, de lo bien que la habían pasado y aunque Margaret se hacía la indiferente Alan sabía que quería ir

A medianoche, Helen tomó el micrófono. —- hora de bailar, colocó la música

Salimos a la pista y Tifanny tomó mi mano

—Me lo prestas guapa— le dijo a Margaret y sin esperar respuesta me jaló a la pista

Apenas voltee vi a Eric bailando con Margaret y se me subió la tensión

-Deja que bailen, los celos demuestran falta de confianza

Tal vez tengas razón. Alan se desconectó y por un instante se concentró en bailar con Tiffany que para su sorpresa bailaba muy bien

Alan se que hemos sido malévolas contigo y te pido disculpas.

Ahora que van en serio quiero decirte que les deseo lo mejor

Gracias

Por mi parte dejaré de hacerte bromas pesadas

Pues se agradece

Te confieso que al principio me caías mal, pero ahora me pareces un tío súper guay y bailas genial

Aquello me hizo reír

Jajajaaja tu también bailas genial y dicho esto ella se acercó más.

-Alan, te tengo que decir algo de Helen…

Tiffany iba a decir algo, pero una celosa Margaret la interrumpió

Disculpa, pero me gustaría bailar con mi novio

Alan no pudo evitar la risa cuando vio al mister universo pasmado en medio de la pista, abandonado por mi chica, la cual venía a por mi.

El cuadro fue para enmarcar, con ambos furiosos. Una Helen al fondo y Eric en un primer plano

Con 3 canciones más me cansé y me fui por una copa dejando que Helen, Margaret, Tiffany, Grace y Lauren, bailasen juntas

Después de la música fuimos al jacuzzi. Allí nos quedamos en traje de baños

— Vamos a subir la apuesta. Dijo la pesada de Helen. Verdad o mentira. Cada mentira, tantos shot doble como números tenga la carta. Cada verdad… — Sonrió —. Que duela.

Que Cada uno agarre una carta, la más baja responde con tantas preguntas, como el número que tenga y la carta más alta hace las preguntas. Ejemplo pierdes con dos te hacen dos preguntas

y si la carta más alta da empate. preguntó Alan

Entonces preguntan ambos, uno primero y el otro después.

Si el empate es la más baja responden ambos. Se entiende

Siiiiiiii. Todos rieron.

Alan no quería jugar, pero tampoco iba a ir contra la corriente

Se sentaron alrededor del jacuzzi, con vasos llenos de cócteles de colores.

Destaparon sus cartas. Margaret tenía un tres,

Helen se frotó las manos.

— Marga, tu turno. Pierdes y respondes tres preguntas

Margaret se mordió el labio.

— Dale.

Helen que tenía reyes, soltó la primera:

— ¿Está en esta reunión tu exnovio?

Silencio. Alan sintió que la respiración se le detenía. Margaret tragó saliva.

— Sí. — La palabra cayó como una bomba. Alan la miró fijo. Eric sonrió ampliamente. Sabía que la pretendía, pero no que habían sido novios

Helen levantó una ceja, disfrutando el momento

— ¿Quién la tiene más grande? Eric o tu novio? — dijo, mirando a Alan con un desprecio delicioso.

Margaret dudó. Alan la miraba, con los puños cerrados. Eric se reclinó, divertido. Margaret bajó la mirada y en suave voz dijo:

— Eric — hubo un silencio y agregó—pero la de Alan es más gruesa, en un intento que se sintió improvisado, donde lejos de mejorarlo quedó peor

Las risas y burlas no tardaron, incluida la de Tiffany de la cual creía su aliada

El silencio fue más brutal que un grito. Alan apartó la mirada, sintiendo un nudo de vergüenza y rabia. Helen se relamió. Helen levantó la mano y todos hicieron silencio

— Y la última. — Se inclinó hacia Margaret —. ¿Alguna vez le has sido infiel a Alan?

Las risas comenzaron

Margaret se encogió de hombros, con una risa amarga que no era risa.

Alan hiperventilaba

— No. Dijo finalmente

Alan respiró aliviado

- Unnn me parece que eso es mentira. Que dice el grupo

Todos gritaron castigo castigo castigo.

Margaret se tomó los tres shops dobles de tequila sin protestar, dejando la duda en Alan

Sin darse cuenta soltó el vaso dentro del agua. Un golpe sordo, un chapoteo. Todos guardaron silencio. Grace se mordía los labios aguantando la risa. Eric miraba a Margaret como un cazador vigilando su presa.

Para dentro gritó alguien. Todos se metieron al gran Jacuzzi entre burbujas

Allí siguieron jugando, pero después de la primera ronda no le tocó a él, ni tampoco repitió su novia

Helen alzó su copa mirándolos.

Dos horas más tarde

— Eric dijo- Tragos para todos mientras traía unas copas de licor.… —luego levantó una llave brillante —. ¿Quién quiere dar una vuelta?

Margaret se bebió su trago y se puso de pie, tambaleándose. Se quitó el pareo del bikini.

— Yo, dijo ella mirando a Eric

Alan se levantó de golpe.

— No vas a irte con ese… — empezó, pero Margaret lo besó rápido, con sabor a tequila y culpa.

— Vuelvo en 15 minutos. Relájate mi vida, solo es una vuelta.

Eric la tomó de la cintura tocándole peligrosamente los nudos del traje de baño, haciendo como si fuera ha quitárselo. Así salieron riendo hacia la Ducati roja. El rugido del motor rompió la calma de la noche haciendo a Alan el cornudo oficial del evento. Se quedó solo frente a la puerta, escuchando las risas lejanas. Helen le lanzó una mirada de triunfo.

— Tranquilo, camarero —le dijo, apagando su cigarro en el borde —. Son cosas que jamás podrás comprar. __hizo una pausa__ Margaret necesita una vida que no le puedes dar

Alan no respondió. Solo se hundió en su pena, sintiendo el frío dentro del pecho.

El murmullo venenoso de Helen aún le retumbaba en los oídos: “Tranquilo, camarero, a veces hay cosas que ni tus Bicon o como se llamen pueden comprar”.

¿Cómo sabía eso?

La palabra maldita: Bitcoin. Nadie de ese grupo de niñatos pijos debería siquiera imaginarse que Alan tenía algo que ver con monedas electrónicas, con la cuenta en Bahamas, con la pequeña fortuna que iba y venía como un espejismo.

Eso era suyo. Un secreto compartido solo con dos personas: Jack, su amigo de la vida… y Margaret. Que visto lo visto lo había delatado, agregando un motivo más a su decepción

Y ahora Helen se burlaba como si supiera. En su mente se imaginaría un Monopoly, un juego de billetes falsos.

Subió a la habitación, recordándolo todo

cómo se le cerraba la garganta. Como Quiso levantarse, buscar a Margaret, sacarla de allí. Pero la vio ya de pie, goteando sobre la piedra pulida del jacuzzi, con el bikini negro que él le había comprado para ese viaje. Helen aplaudía lenta, con una sonrisa torcida. gritaba algo entre risas. Eric, impecable se había puesto su chaqueta de cuero y la esperaba junto a la puerta, sosteniendo el casco como una invitación.

Margaret miró a Alan, como buscando su permiso… o retándolo.

La siguió. — ¡Marga! Por favor. — la voz quebrada por la angustia—. No te vayas con el.

Ella rodó los ojos. Se agachó, rozándole la frente con la mano mojada.

— Alan, es sólo un paseo. — Lo dijo tan despacio que dolía —. Me hace ilusión. Quiero sentir la velocidad, nada más.

— ¿Te hace ilusión montarte con tu ex? — escupió él, con la voz áspera. Sabía que Helen escuchaba cada palabra, relamiéndose.

Margaret torció la boca en una sonrisa cansada, como si no tuviera fuerzas para discutir.

— No empieces. Esto no significa nada.

Entonces, sin mirarlo más, giró sobre sus sandalias y, como si el mundo fuera suyo, se acercó a Eric. Él le tendió la mano. Margaret dudó una fracción de segundo… y la tomó. Entre risas y gritos, salieron con la mano de el en su cintura, en busca de la Ducati roja que esperaba aparcada en la entrada, brillante bajo los faroles de la villa.

Alan sintió un frío imposible detrás de él, Helen lanzó un silbido bajo.

— Tranquilo, camarero —dijo, encendiendo otro cigarrillo—. Un paseo romántico no mata a nadie… ¿no? Dijo con sorna

El la fulminó con la mirada, pero Helen soltó una carcajada suave y se giró para seguir bebiendo.

Salió al parking, chorreando agua, el pecho palpitando de rabia al ver como lo abrasaba en la moto antes de arrancar. Al entrar en casa agarró una toalla al vuelo y se encerró en la habitación que compartía con Margaret. Dentro, abrió su mochila, sacó su móvil y lo encendió como un adicto buscando una dosis de certeza. Revisó mensajes viejos de Jack. Todo estaba ahí: los números, las claves, la esperanza de que ese dinero sirviera para salvarlo de todo esto. Para salvarlos a los dos.

Pero ahora, ella… ella se lo había contado a esa arpía de Helen. O a Eric. O a todos.

Alan se imaginó a Margaret, gritando de emoción al sentir la moto rugir entre sus piernas, abrazada a Eric por la cintura, la cabeza apoyada en su espalda. El casco no impediría que sintiera su risa, su perfume, la presión de sus pechos contra él.

Alan apretó los dientes. Sintió un sabor a hierro en la boca.

Se dejó caer sentado al borde de la cama, con la toalla empapando las sábanas blancas. Afuera, escuchó el rugido de la Ducati alejándose por la carretera oscura. Como una promesa rota. Como un recordatorio

Su mente se fue al momento en que estaba mirando la puerta abierta por donde Margaret acababa de desaparecer, tomada de la mano de Eric como si fuera lo más normal del mundo. La carcajada de Helen se mezclaba con la música baja y el rumor del jacuzzi, que seguía burbujeando como si no pasara nada.

Los otros del grupo, medio ebrios, también se dieron cuenta de lo que acababa de ocurrir. Tifanny se reía tapándose la boca, y otro par de chicas, sentadas al borde del agua, imitaban ruidos de moto, haciendo burlas veladas sobre “la Ducati y la copiloto deluxe”. Helen hacía gestos con los dedos, imitando el coito.

Abajo se oían las burlas, quiso gritarles que cerraran la boca, que no tenían ni idea de nada. Pero se contuvo. Los miró desde la ventana del baño del pasillo que era la única que daba acceso al jacuzzi, preguntándose si todos habían planeado eso.

Recordaba como Helen fue la que le sostuvo la mirada. Dio una última calada a su cigarro, lo apagó en el borde de una copa vacía y se estiró como una gata, con sonrisa de veneno.

Y apareció en su cuarto

— Relax, Alan —dijo, divertida, como si le hablara a un niño encaprichado—. Es solo un polvo. Risa burlona ¿O qué creías? ¿Que Margaret es de tu propiedad?

Alan no contestó. Se levantó despacio, sintiendo la presión de la rabia subiéndole por el pecho. Entró al baño del cuarto y se mojó la cara para bajar la tensión. Al salir se envolvió en una toalla, ignorando la risa. Al pasar junto a Helen, ella le susurró:

— Cuida mejor tus miedos, si no quieres que se vuelvan realidad. Luego se hizo la coqueta, dejando al descubierto sus tetas

Alan sintió un escalofrío. Helen. Siempre Helen. Se le revolvió el estómago: ¿había sido Margaret quien tomó la decisión, pero eso.. eso no importaba. Lo único que sabía era que ahora todos lo verían como el cornudo

-si ella se lo está pasando en grande, porque tú no. — sonrió pícaramente haciendo a un lado el traje de baño, dejando ver su coño, mientras se apretaba un pezón.

Tomó a Helen del brazo sacándola a empujones— me quieres sonsacar, lárgate de aquí, hija de puta— y dejándola en el pasillo cerró la puerta con un golpe que retumbó en toda la villa. Dentro, la suite era un desastre: la toalla, la ropa tirada y el perfume de Margaret en todas partes, dulce y punzante como una burla. Se dejó caer en la cama, la cabeza enterrada en la almohada, tratando de borrar su imagen riéndose sobre la moto, abrazada a Eric.

De pronto, imaginó la conversación. El juego de Verdad o Mentira horas antes, entre risas y cócteles. Helen preguntando por su ex. Margaret confesando, nerviosa, que Eric había sido su primer novio, que la tenía más grande que él y la dudosa respuesta “no le fui infiel”. Todo entre bromas, como si nada importara.

Alan sintió náuseas. ¿Qué diablos hacía ahí? ¿Cómo había terminado rodeado de esos indeseables, de sus risas, de sus estúpidos lujos y sus burlas?

Y lo peor era que la amaba. Dios, cuánto la amaba.

Se levantó de un salto y abrió la ventana. Desde lo alto de su habitación que daba al frente se veía la carretera serpenteando hacia la costa. A lo lejos, se imaginó las luces de la moto perdiéndose en la oscuridad. Un paseo, le había dicho. Sólo sentir la velocidad.

Alan cerró el puño contra el alféizar. Juró que no iba a perdonarle esa traición. Ni una palabra más. Ni una más a la maldita Helen. Ni un maldito secreto compartido.

Se pasó la mano por la cara, respiró hondo. Encendió su móvil, buscó a Jack. Tenía que hablar con él. Ahora.

Pero cuando levantó la vista, la vio de nuevo en su mente: Margaret, el cabello suelto al viento, con su pequeño bikini de tiras a los lados, con los brazos rodeando a Eric mientras rugía la moto, lejos y solos, haciéndole volar la imaginación. Y supo, con un nudo seco en la garganta, que ese paseo no era solo un paseo.

Era algo más.

Margaret acababa de cruzar la línea y aunque prometiera lo contrario, no había vuelta atrás.

Continuará…