Xtories

Historias del complejo. Segunda serie. (1)

Lleva años sintiéndose segura al lado de su esposo, pero el espejo del gimnasio le devuelve una imagen que ya no reconoce. Cuando el joven entrenador la mira sin disimulo, el silencio de su matrimonio empieza a resonar con otros deseos.

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Prólogo

Era mediados de noviembre estábamos preparando la cena con Mora, cuando sonó mi teléfono.

Al ver la pantalla, vi que era una videollamada de nuestra amiga María, por supuesto la atendimos y estuvimos hablando por casi media hora.

María había estado hacía casi dos meses un fin de semana con nosotros, solía venir varias veces al año, sola o con Sofía y Malena sus dos hermosas hijas, a las que queremos mucho y ellas a nosotros.

Con María tenemos una relación especial, nos conocemos desde hace mucho tiempo, pero en los meses en que estuve divorciado de Mora, nos hicimos amigos, bueno…, en realidad, más que amigos, como suele decirse, amigos con derechos.

En ese tiempo María fue muy importante en mi vida, y compartimos muchas cosas.

Es una mujer hermosa por donde se la mire, físicamente es una mujer tremenda y su personalidad, una vez que la conocés bien, ya no podés apartarla de tu vida.

Es una madre con mayúsculas, se desvive por sus dos soles, porque eso son sus dos hijas, dos soles.

Con ella siempre fui sincero, pasábamos muy buenos momentos, pero Mora seguía en mi corazón, y ella lo entendió, incluso me alentó para que volviéramos a estar juntos.

Cuando las circunstancias de la vida me volvieron a acercar a Mora, le conté de María y de la relación que tenía con ella.

Pero luego de un tiempo, María y Mora se fueron conociendo y terminaron siendo amigas.

A partir de volver a estar juntos Mora y yo, María fue nuestra amiga más cercana, tan cercana que cuando viene sola al complejo, la pasamos muy bien los tres.

En esa videollamada, María me pidió qué le reservara una unidad para la segunda quincena del mes de diciembre, y otra para los últimos cinco días del año.

Por supuesto le dije que sí y le reservé las dos unidades.

En el mes de diciembre, Victoria llegó con María para quedarse luego unos días hasta el fin de año, ya conocíamos en parte su historia, pero en esos días la fuimos conociendo y aquí su historia.

Comentario:

Para quien esté interesado en saber mi historia con María, puede leer “Sospechas y certezas”, mi historia, publicada en esta web por la querida lolalp, ya que yo no podía subir la historia con mi usuario en esos momentos, y quien esté interesado en el primer encuentro con María, pueden leer la primera de las historias del complejo.

La historia de María Victoria

Capítulo 1

Va a ser un día de pleno sol y calor, como ayer, no son aún las siete de la mañana y esta hora la suave brisa hace agradable la mañana, sentada en la arena mirando el mar, a esta hora en que la gente aún no viene a la playa, solo algunos corredores o personas mayores que pasean con sus perros.

Como desde hace un año, revivo en mi cabeza todo lo que pasó, lo que me llevó a estar aquí, pero también hago memoria mucho más allá, a los años anteriores, esos años felices, llenos de recuerdos, de alegrías, también de tristezas, de complicaciones, pero que en la balanza, los buenos momentos siempre han pesado más.

Mi nombre es María Victoria Álvarez, tengo cuarenta y tres años y estoy casada con Nicolás Peralta, el amor de mi vida.

Nico tiene cuarenta y cuatro años y es el hombre más noble y de buenos sentimientos qué he conocido en mis años de vida.

Estamos casados desde hace once años, pero llevamos viviendo juntos, poco más de catorce.

Tengo una hija de veintitrés años, María Luna, estudiando abogacía, trabajando en un estudio jurídico, y desde hace casi dos años viviendo con Luciano, su novio, qué es contador y trabaja en un estudio contable.

Luna es hija de mi primer matrimonio con Andrés, bueno, en realidad no estábamos casados, a mis diecinueve años recién cumplidos, luego de vivir casi un año sola, nos fuimos a vivir juntos.

Yo venía de una familia bastante disfuncional, mis padres estaban separados desde que yo era pequeña, y cuando mamá falleció a mis nueve años, mi padre no se hizo cargo de mí, y me fui a vivir con Adela, mi abuela materna y mi tía Norma, la hermana más chica de mi madre.

Andrés, casi seis años mayor que yo, me pareció un buen tipo, y se acercó a mí en un momento de mi vida en que me sentía bastante sola, me propuso irnos a vivir juntos y formar una familia, y en ese momento sentí que era lo que yo tanto necesitaba.

A los pocos meses de vivir juntos, quedé embarazada, y ya en esa época, Andrés se empezó a comportar, por momentos, muy distinto a lo que yo le conocía.

Incluso estando embarazada, me empezó a celar, a controlar, con quién me veía, con quién hablaba, y teníamos varios altercados por ese tema.

En esa época estaba estudiando para maestra jardinera, y nos juntábamos con las compañeras para hacer trabajos y para estudiar, en unas ocasiones en que llegué un poco más tarde de lo habitual, me cuestionaba a donde había estado y con quien, incluso ha llegado a llamar a mis compañeras por teléfono, para ver si era verdad lo que yo le estaba diciendo.

Cuándo nació Luna, creí que las cosas se iban a tranquilizar, ese año no cursé la carrera, y me dediqué a criar a nuestra hija.

Fue recién cuando Luna tenía los dos años cumplidos, que volví a retomar los estudios, entre las cursadas, tareas de la casa, y ocuparme de Luna, casi que no me quedaba tiempo para sentarme a estudiar, muchas discusiones tuvimos con Andrés, cuando me decía que no podía quedarse con Luna para que yo me sentara a leer.

Los últimos dos años de la carrera me costaron mucho, leía de madrugada, o en los pocos momentos que tenía libres mientras Luna dormía.

La situación con Andrés, se estaba poniendo cada vez más tensa, y el trato para conmigo, cada vez más áspero.

Andrés había estado casado con otra mujer, y para esa época, estaba haciendo los trámites de divorcio en la ciudad de Mar del Plata, dónde habían vivido con su anterior esposa.

El día que tuvo que ir a Mar del Plata para firmar los papeles, le dije que podríamos ir los tres, y pasar unos días en la costa, pero me dijo que tan solo iba a firmar los papeles y volvía.

Pero quisieron las casualidades del universo, qué una prima de su ex esposa, compañera mía en la facultad, que había conocido a Andrés hacía tiempo, y que no lo podía ni ver, me contara que en ese viaje de Andrés a Mar del Plata, había pasado la noche con su ex.

A los días de volver a casa, lo confronté y le dije que sabía lo que había hecho en Mar del Plata, y eso detonó nuestra separación.

Su concepción muy machista, hizo que no soportara que lo abandonara, y en verdad me hizo la vida imposible.

Él trabajaba en una empresa de transporte, y tenía un buen sueldo, pero apenas me pasaba unos pocos pesos por mes, para mantener a Luna.

Cuando me recibí, conseguí un trabajo como maestra jardinera, y me permitieron que el Luna fuera en el mismo horario que yo, así no me tenía que preocupar de conseguir a alguien que la cuidara.

Fueron unos años muy duros, criando a Luna prácticamente sola, ya que el padre la veía solo sábado por medio, la venía a buscar en las mañanas, y la traía el sábado en la noche antes de la hora de cenar.

Luego de la separación, me alquilé un pequeño departamento de un dormitorio, para Luna y para mí, era más que suficiente, y además era lo que podía pagar.

Estaba a tres cuadras del jardín de infantes donde trabajaba, y así me ahorraba el gasto de colectivo.

En la esquina de ese departamento, había un kiosco, qué en las tardes, lo atendía Nicolás, y allí fue donde nos conocimos.

Dos años viví en ese departamento, y poco a poco nos fuimos conociendo, siempre fue muy amable conmigo, y sobre todo con Luna, con la que siempre tenía alguna atención, y por eso es que mi pequeña quería ir todo el tiempo al kiosco.

Con el tiempo empezamos a conocernos y a conversar sobre nuestras vidas, Nicolás en ese momento estaba casado, pero por lo que me contaba, la relación con su esposa no iba bien.

Su esposa trabajaba en Buenos Aires, y prácticamente se veían solo por las noches y los domingos.

Luego de esos dos años, tuve que renovar el contrato de alquiler, pero la mensualidad que me pedían, en verdad no la podía pagar y me tuve que mudar.

Tengo que ser sincera, lo que más me dolía de mudarme, era no poder hablar por las tardes con Nicolás, en esos momento no podía decir que sentía una atracción hacia él, sobre todo porque él estaba casado, y nunca hubo ninguna insinuación por parte de ninguno de los dos, pero me gustaba conversar con él.

Conseguí trabajo en otro jardín de infantes, y busqué un departamento que me quedara cerca, pero dónde me fui a vivir, quedaba bastante lejos del kiosco de Nicolás.

En esa época fue que conocí a María, trabaja en un bar que está en la otra cuadra de donde nos habíamos mudado y pasábamos por allí de camino al jardín y también al volver.

Fue uno de esos días, que Luna se venía haciendo pis, y me decía que ya no aguantaba más, entonces entré al bar y le pedí permiso para usar el baño, y por supuesto, me dijo que sí.

A partir de ahí, fue que empezamos a conversar y a conocernos, María tenía muy buena onda con Luna, y a Luna le gustaba que fuéramos a tomar una gaseosa al bar.

Con el correr de las conversaciones, nos fuimos contando de nuestras vidas, de sus hijas, de su ex marido, yo le contaba del padre de Luna, y mis cosas, hasta le conté de Nicolás.

Los sábados que Luna estaba con su padre, me iba a almorzar al bar, y charlaba un buen rato con María.

Nos fuimos haciendo amigas, bueno es difícil no hacerse amiga de María, es un amor de mujer, y sus hijas son dos encantos.

Algunas veces pasé por el kiosco donde trabajaba Nicolás, los sábados en el momento en que Luna estaba con su padre, y en verdad me hacía muy bien verlo y conversar un rato con él.

Un sábado llegué al kiosco y me encontré a otro chico atendiendo, cuando le pregunté por Nicolás, el chico me dijo que había dejado de trabajar allí, le pregunté si sabía a dónde se había ido a trabajar, pero no supo decirme.

Eso me puso bastante triste, encontrarme con él, aunque en el fondo nada pasara, tan solo verlo me hacía muy bien.

Pasaron más de seis meses, y un día al salir del jardín con Luna, Nicolás estaba parado en la vereda de enfrente, me alegró mucho verlo, cruzamos la calle y Luna lo reconoció inmediatamente, y me sorprendió cuando fue corriendo hacia él y le dio un abrazo.

Me dijo que estaba trabajando para una empresa contratista de la distribuidora de gas, y que estaba por el barrio, y cómo se acordó que yo trabajaba en ese jardín, esperó hasta la hora de salida.

Me acompañó caminando hasta mi casa, y lo invité a tomar unos mates.

En la conversación durante esos mates, se me abrió una nueva puerta en mi vida, Nicolás me comentó que hacía meses se había divorciado de su esposa, y estaba viviendo en un departamento a unas diez o doce cuadras del mío.

Así empezó una nueva etapa en nuestra relación, esa noche lo invité a cenar, y me dijo que sí.

Nos empezamos a ver más seguido, y claramente se notaba que nos sentíamos atraídos el uno al otro.

Fue en un sábado, en qué Luna estaba con su papá, que lo invité a almorzar, y allí me dijo, que cuando yo me había mudado, se había dado cuenta qué se había enamorado de mí, que me extrañaba y que necesitaba encontrarme, y ver si tenía alguna posibilidad conmigo.

Le dije que me había pasado lo mismo, que lo que más lamentaba de haberme tenido que mudar, fue no verlo por las tardes.

Me miró con dulzura, suavemente apartó el mechón de mi cara, su boca se aproximó a la mía, y me dio el beso más dulce que me habían dado en mi vida.

Luego de ese primer beso, nos miramos a los ojos y no hicieron falta las palabras.

Nos volvimos a besar y a abrazar, para no separarnos más.

Esa tarde no paso nada más, tras nuestras declaraciones de sentimientos, besos y abrazos, pero fue quince días después, cuando Luna volvió a estar con su padre, después de habernos visto varios días seguidos, cuando Nicolás vino a almorzar, y luego de comer y tomar un café, nos encontramos en mi cama, y puedo decir con plena seguridad, que fue la primera vez que hice el amor con un hombre.

Fue la primera vez que me sentí tan mujer, la primera vez que tuve un orgasmo durante la penetración, la primera vez que un hombre se preocupaba por mí placer antes que por el suyo.

Dos veces lo hicimos esa tarde, en la que le entregué cinco orgasmos, los cinco orgasmos más maravillosos de mi vida.

A partir de allí, puedo decir que comenzó mi verdadera vida sexual.

Los dos hombres con los que había estado hasta ese momento en mi vida, en nada se parecían a Nicolás, no solo por su tamaño, que en verdad me parecía enorme, aunque él me dijera que era normal, sino por el placer qué me hacía sentir en cada encuentro.

Estuvimos varios meses, escondiendo nuestra relación, sobre todo frente a Luna, a quien le dije que era un amigo, y nuestros encuentros más sabrosos, eran esos sábados por la tarde, en qué Luna estaba con su padre, los que llamábamos, los “sábados de súper acción”, haciendo referencia a un ciclo de películas de acción, que daban hacía unos años los sábados en un canal de televisión.

Luego de casi un año de relación, decidimos blanquearlo frente a Luna, decirle que el amigo de mamá en realidad era su novio, y a sus casi nueve años, creímos que estaba en condiciones de entenderlo.

Ingenua de mí, cuando se lo dije, me contestó que hacía mucho que lo sabía, sin lugar a dudas los chicos se dan cuenta de todo.

Unos meses después, encontramos un departamento de dos dormitorios, y nos fuimos a vivir juntos.

En esa época, el padre de Luna, en un ataque de paternidad, me dijo de estar con ella todo el fin de semana, y a partir de ahí, fin de semana por medio, la venía a buscar los viernes por la tarde, y la llevaba a la escuela los lunes a la mañana.

Esos fines de semana los aprovechábamos para nosotros, salíamos a pasear, y por sobre todo, nos disfrutábamos sexualmente.

Allí comenzaron nuestros años de felicidad juntos, nos entendemos, nos apoyamos y estamos siempre pendientes el uno del otro.

Tengo que reconocer la dedicación de Nico para con nosotras dos, la relación de Nico con Luna, era la de un padre con su hija, y eso era muy importante para mí, no solamente que Luna lo aceptara, sino que también lo quisiera, y de eso no cabían dudas.

Cuando Luna entró en la adolescencia, su padre comenzó una relación con una mujer divorciada, que tenía dos hijos, la hija más grande, unos meses mayor que Luna.

Y en ese momento, el comportamiento de Luna empezó a cambiar, tiempo después pude comprender el motivo, que su padre viviera con otra familia, y que esos chicos le dijeran papá, no lo pudo manejar.

En una clara intención de ocupar su lugar, sumado a la mejor situación económica de su padre, a los catorce años, Luna me dijo que quería vivir un tiempo con su padre.

En ese momento entendí la situación, y por supuesto tenía el derecho de hacerlo, pero para mí fue algo muy duro de asumir.

Los roles se invirtieron, y Luna venía fin de semana por medio a quedarse en casa con nosotros, y cada vez que venía, la notaba más distante, más rebelde y contestataria.

Por recomendación de una amiga, empecé a hacer terapia, aunque la situación en nada tenía que ver con Nico, mi estado de ánimo, hizo que nuestra relación se resintiera en parte, aunque no por falta de amor y comprensión, perfectamente me daba cuenta que era yo la que estaba distinta, y que tendría que empezar a manejar esta nueva situación en mi vida en relación a Luna.

Fueron tiempos muy duros, yo por suerte tuve el apoyo de Nico, y de Leticia mi psicóloga.

Unos meses después, Nico consiguió un nuevo trabajo, en un ministerio provincial, con estabilidad, obra social y un buen salario.

Poco a poco nuestra relación de pareja, fue volviendo a la normalidad, y tengo que decir que fue sobre todo, gracias a la comprensión y paciencia de Nico y al apoyo de Leticia.

Volvieron nuestras salidas, a cenar o al campo a tomar mate, y lo más importante, nuestra sexualidad se fue recuperando.

Al estar solos en casa, teníamos mucho más tiempo que antes, y volvimos de a poco, a encontrarnos íntimamente cada vez con más frecuencia.

Fue en esa época que hablamos de tener un hijo, sería la mujer más feliz del mundo si pudiera darle un hijo al amor de mi vida.

A partir de ahí, dejé de tomar las pastillas y empezamos a buscarlo, bueno, en realidad solo dejamos de cuidarnos, si quedaba embarazada, estaríamos felices, pero no fuimos a buscarlo con desesperación.

Pasaron varios meses, y mis períodos seguían llegando con normalidad, quizás no lo estaríamos haciendo en los días más fértiles, ya veríamos.

Luego de seis meses, fuimos los dos a ver a Marisela, mi ginecóloga desde hacía muchos años, le conté que habíamos dejado de cuidarnos buscando un embarazo, pero que en estos meses no lo habíamos logrado.

Marisela nos aconsejó que no nos ganara la ansiedad, que si tenía que ser, ya sería.

Nos mandó a hacer estudios a los dos, para ver cómo nos encontrábamos físicamente, sobre todo, ver cómo estaba la movilidad de los espermatozoides de Nico.

Con todos los resultados, un mes después, volvimos a verla y nos dijo que según el resultado del conteo y movilidad de los espermatozoides de Nico, y de mis estudios, no existiría un impedimento físico para conseguir un embarazo.

Después de unos meses más sin lograr el embarazo, volvimos a ver a Marisela y nos propuso, si estábamos de acuerdo, intentar un procedimiento de baja complejidad para ver si lo lográbamos, nos dio unos días para pensarlo, y si decidíamos hacerlo, se lo diríamos la semana siguiente.

Lo hablamos mucho en casa con Nico, y decidimos hacer el intento, pero hablándolo mucho, estuvimos de acuerdo en que si no resultaba, volveríamos a hablarlo y decidiríamos cómo seguir.

Volvimos a ver a Marisela, le dijimos que haríamos el intento. Nos explicó el tratamiento, una estimulación ovárica en mi caso y un medicamento para incentivar los muchachitos de Nico, calculando mis días fértiles, nos dijo hasta que días no teníamos que tener relaciones para favorecer el volumen de espermatozoides.

Y así lo hicimos, al pie de la letra, la medicación y los días en que teníamos que hacerlo, luego a esperar a que diera resultado.

Fue inevitable no entusiasmarnos con la posibilidad de tener un hijo, creo que aunque ninguno de los dos, lo decía abiertamente, estábamos muy ilusionados.

El período siguiente no llegó, y la ilusión fue en aumento, esperamos una semana más y compramos un test de embarazo, estábamos tan ansiosos los dos, que a la mañana siguiente hicimos la prueba.

Las dos rayitas rosadas, nos hicieron explotar las lágrimas a los dos, seríamos padres!

Esa semana fuimos a ver a Marisela, me mandó a hacer algunos estudios, y en dos semanas, tenía que volver a verla.

Estábamos súper entusiasmados, no lo podíamos creer, decidimos esperar hasta el tercer mes para contárselo a todos, incluso a Luna, pero era cuestión de mirarnos con Nico, para que se nos notara la felicidad en la cara.

Nico no me dejaba hacer nada, me tenía entre algodones.

Casi entrando en el tercer mes de embarazo, durante una de las consultas con Marisela, me mandó una ecografía para ver cómo iba todo, la podía hacer en ese momento y luego volver a verla con el resultado.

Entramos en la sala del ecógrafo y nos atendió una chica muy amable y simpática, me hizo recostar en la camilla, dejé mi panza libre de ropa, me puso el gel y comenzó el estudio, con Nico sentado a mi lado y tomándome la mano.

La chica fue pasando el aparato por mi panza mientras veía el monitor, pero sin hacer ningún comentario.

En un momento, el estudio terminó, y le preguntamos si todo estaba bien, no tenía buena cara y nos dijo que teníamos que hablar con Marisela, ella tan solo era la técnica y no podía decirnos nada.

Salió de la sala dejándonos allí, para volver después de unos interminables minutos, acompañada de Marisela, y fue ella quien nos dio la peor noticia, la que no esperábamos, la que taló de raíz todas nuestras ilusiones de ser padres, deseaba tanto darle un hijo a Nico, que esa noticia literalmente, me derrumbó.

El embarazo se había detenido, Marisela no podía darnos una razón, trataba de consolarnos diciéndonos que en estos casos suele ser muy común, y que lógicamente, lo podíamos volver a intentar cuando quisiéramos.

Tuvimos que volver al día siguiente, Marisela me haría un legrado para que todo estuviera bien en mi cuerpo.

Me vine para abajo, en realidad, nos vinimos para abajo, Nico también estaba ilusionado, y en parte me sentía responsable, era mi cuerpo el que había decidido que el embarazo no siguiera adelante.

Nos costó mucho remontar esa situación, y Nico volvió a ser mi apoyo fundamental, aunque también necesité de Leticia y de María para poder sobrellevarlo.

Marisela nos propuso volver a hacer el intento tres meses después, pero hablándolo en casa con Nico, decidimos que solo seguiríamos teniendo relaciones sin cuidarnos, pero no haríamos ningún otro tratamiento, si el universo así lo quería, si tenía que ser, seríamos padres.

El embarazo nunca llegó, pero hablando con Nico llegamos a la conclusión de que quizás no era el momento o tenía que ser, y por supuesto seguimos nuestra vida juntos.

Tres años vivió Luna con su padre, hasta que con diecisiete años, tras una discusión con la mujer de Andrés, se volvió a vivir a casa con nosotros.

Pero la Luna que volvió, casi en nada se parecía a la que tres años antes se había ido vivir con su padre.

Chocábamos mucho, el carácter le había cambiado, no se le podía decir nada, todo el tiempo eran discusiones.

Cuando terminó la escuela secundaria, decidió estudiar abogacía, y como una sobrina de su padre que vivía en Tandil, venía a estudiar a La Plata, arregló con su padre, para irse a vivir con ella, y compartir los gastos.

En esta ocasión, no lo sufrí tanto, la convivencia con Luna, por momentos se tornaba insoportable.

Y después de poco más de un año de Luna nuevamente en casa, volvimos a estar solos con Nicolás.

La tranquilidad volvió a nuestra casa, quizás suene muy mal dicho por una madre, pero agradecí que Luna se fuera a vivir con su prima.

Venía a vernos, creo que cuando le quedaba tiempo, y como ya no se quedaba a dormir en casa, sus visitas eran bastante más amenas.

Con Nico como siempre, las cosas seguían muy bien, siempre nos llevamos bien, eran muy raras las discusiones entre nosotros, y las veces que hemos tenido algún cruce de palabras, en casi todas ellas tenían que ver con Luna o con alguna otra circunstancia ajena a nuestra pareja.

A Nico en el trabajo le iba muy bien, y había quedado como encargado, en la oficina donde trabajaba.

Aunque no estaba nombrado, recibía una compensación mensual por el cargo que estaba ocupando.

Como me gustaba la carrera de psicopedagogía, lo hablé con Nico, y como siempre, mi amor me apoyó en la decisión y al año siguiente empecé a estudiarla en un instituto de formación docente.

La carrera duraba tres años y se cursaba en horario vespertino, entraba a las seis de la tarde y salía a las diez de la noche, y por supuesto lo tenía a Nico para llevarme e irme a buscar en las noches.

Al llegar a casa, ya tenía la comida preparada, un amor mi cielo!

Durante esos tres años, trabajaba por la mañana, estudiaba por las tardes y cursaba por las noches.

Nico me bancó en todas, incluso ayudándome a estudiar, haciéndome resúmenes, y bancándose los fines de semana encerrados.

El día que rendí mi último final, al volver a casa me encontré, en la puerta de casa, con un pasacalle de vereda a vereda que decía, “Felicitaciones Psicopedagoga María Victoria” y en letras más pequeñas en la parte de abajo, decía “Te amo vida mía”.

Me morí de amor y le agradecí entre lágrimas todo lo que había hecho por mí.

Casi un año después de recibirme de psicopedagoga, a mis treinta y un años, comencé a trabajar en el turno de mañana, en el equipo de orientación escolar de una escuela secundaria, lo que antiguamente se llamaba gabinete psicopedagógico.

Me tuve que acostumbrar a nuevas compañeras, que en verdad no eran nada simpáticas, ni cordiales para el trabajo.

Quizás por mi forma de ser, el no tener reacción frente a ciertos comportamientos que rozaban el maltrato, o no tener respuesta ante comentarios ácidos o con doble sentido, muchos días llegaba a casa, malhumorada, enojada o decepcionada con mi nuevo trabajo.

Quizás por mi carácter, por momentos me sentía sobrepasada por ellas, y me costó unos cuantos meses, y muchas sesiones de terapia, tratar de buscar mi lugar en el trabajo y tratar de hacerlo más llevadero, estas situaciones, eran tema recurrente en mis sesiones con Leticia.

Un año después, buscando aumentar nuestros ingresos, tomé unas horas como profesora en otra escuela secundaria, donde iba los lunes, miércoles y viernes tres horas por la tarde.

Con los ingresos de Nico y los míos en los dos cargos, teníamos un pasar más que aceptable, incluso nos pudimos ir de vacaciones un par de veces.

En esa época a pesar de mis malestares laborales, con Nico estábamos súper bien, como siempre, la relación con Luna no era la mejor, ni la que me hubiera gustado tener con mi hija, pero estaba mucho más tranquila, por lo menos, cuando nos veíamos, no terminaba en discusión.

Unas compañeras de la carrera de psicopedagogía, luego de recibidas, habían seguido estudiando para ser licenciadas, nuestro título de psicopedagogía, era de nivel terciario solo nos permitirá trabajar en escuelas, y para conseguir el título de licenciadas, debíamos cursar un ciclo de dos años.

En la ciudad no había opción de hacerlo en la universidad pública, solo se podía cursar esa carrera, en una de las universidades privadas, con el consiguiente costo de matriculación y el pago de una cuota mensual bastante elevada.

Tiempo después, lo hablamos con Nico, y por supuesto mi ángel estaba de acuerdo, me apoyaba en mi decisión, y decidimos que podríamos hacer el esfuerzo de pagar la cuota mensual de la universidad por esos dos años.

No tomé la decisión en ese momento, ya veríamos al año siguiente.

Ese año se terminó el cargo que yo ocupaba en las mañanas, la docente titular volvió a tomar su cargo, y yo tuve que salir a conseguir otro.

Conseguí en otra escuela también secundaria, y mis dos nuevas compañeras no me la hicieron fácil.

Me di cuenta que ser la nueva en el ambiente escolar, es más complicado que en otros trabajos.

Esos primeros meses fueron terribles, y era Nico quién me apoyaba y me sostenía en esos momentos, hubo días en que volvía llorando de la escuela, sin entender como había gente con tanta mala leche, con un trato tan desagradable, y sobre todo, por estar todo el tiempo buscando parecer mejores que yo, minimizando mi trabajo en cada ocasión en que podían.

Leticia, mi psicóloga, volvió a ser un apoyo importante en esos momentos y por suerte con el correr de los meses la cosa se fue suavizando, aunque nunca faltaba la oportunidad de recibir algún dardo envenenado.

Me sentía más a gusto con el trabajo de la tarde, dar clases a los chicos era bastante más reconfortante, quizás porque tan solo eran un par de horas cada día.

Por supuesto la relación con Nico seguía muy bien, aunque en esos momentos de bajón, me tenía que soportar, su paciencia es infinita.

La relación con los otros profesores y los preceptores de la escuela de la tarde, era totalmente diferente, me llevaba muy bien con muchos de ellos, una vez por mes organizaban un asado en la casa de alguno que tuviera lugar y siempre me invitaban.

En esas noches solíamos ser entre quince y veinte personas entre preceptores y profesores, casi todas las mujeres estábamos casadas, salvo tres preceptoras más jóvenes, y los varones también casi todos tenían sus esposas e hijos.

Era un lindo grupo donde la pasábamos muy bien, nos divertíamos mucho con las anécdotas y chismeríos de la escuela.

También nos reuníamos para el día del maestro en algún restaurante, y por supuesto para las fiestas de fin de año de la escuela, donde casi siempre nos sentábamos juntos.

En ese grupo había un profesor de química, de nombre Mario, que hacía unos meses se había divorciado y andaba todo el tiempo buscando tener algo con alguna de las chicas, nos solo del grupo, también del resto de la escuela, no hacía distinción entre casadas o solteras, el tipo le tiraba los tejos a todas, y por supuesto no fui la excepción, en una de las reuniones, se sentó a mi lado y me estuvo diciendo cosas todo el tiempo, yo no quería ser grosera, pero en un momento le tuve que decir que estaba muy enamorada de mi marido y que no pensaba tener nada con nadie en ningún momento.

Aunque dejó de ser tan directo, siguió diciéndome que no sabía lo que me perdía, me lo terminé tomando a gracia, y ahí quedó todo.

Siempre me han dicho que no aparento la edad que tengo, sobretodo la gente que recién me conoce, cuando les digo que tengo una hija de veinte años, automáticamente me preguntan cuantos años tengo, para luego decirme que parezco diez años menor.

No dejan de tener razón, por mi cutis, casi sin arrugas, por mi pelo y quizás por mi cara, no aparento la edad que tengo, pero mi cuerpo siempre ha sido un problema para mí.

Siempre fui más bien delgada, pero luego del embarazo de Luna, quedé con varios kilos de más que nunca he podido bajar.

Nunca fui una adepta a los deportes, sumado a eso me apasionan las cosas dulces, lo que hizo que me quedara una pancita notoria, el culo un poco más grande, más piernas y un poco más tetona también, aunque no es algo que sobresalga.

Nico siempre me ha dicho que mi cuerpo es hermoso, que a pesar de esos diez kilos de más que digo tener, sigo siendo una mujer hermosa y sexy, y me lo demuestra cada vez que me ve desnuda o en ropa interior, acercándose a mí para tocarme el culo, meterme mano dentro de la bombachita y sacar las tetas fuera del corpiño para tocarlas o chuparlas, o arrimarme desde atrás haciéndome sentir su erección en mi culo.

Yo siempre le contesto, “vos decís eso porque me querés”, pero al no sentirme cómoda con mi cuerpo, hace que nunca vaya vestida de tal forma que se me marquen las curvas.

De hecho desde los diecisiete años que no me pongo una minifalda, casi no uso tacos altos, ni pantalones ajustados, ni calzas, ni bikinis cuando vamos de vacaciones, aunque Nico siempre me ha insistido para que me comprara una.

Ya habiendo cumplido los cuarenta años, nuestra vida sexual seguía siendo muy activa, no al nivel de esos “sábados de súper acción” pero sí de buscarnos y disfrutarnos, sobre todo los fines de semana y cuando estamos de vacaciones.

Mil veces le he dicho a Nico que quiero ir a una nutricionista para que me haga un plan de comidas para tratar de bajar esos kilos, pero por una cosa o por otra, siempre lo termino postergando.

Lo mismo pasa con el gimnasio, a una cuadra de casa hay uno muy lindo, hace un tiempo fui a preguntar los horarios y el precio y el dueño, un hombre de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, muy simpático y agradable, me explicó todo y me dijo que podía probar dos semanas de rutinas sin cargo, y que si me gustaba y me sentía cómoda, luego podría seguir abonando la mensualidad.

En un arranque de entusiasmo, al llegar a casa se lo conté a Nico, y como en tantas otras cosas, me apoyó.

-NICOLAS: Amor, si te has decidido, me parece perfecto, además está acá nomás!

-VICTORIA: Me dijo que podía probar dos semanas sin cargo y ver si me gusta y me siento cómoda, puedo seguir.

-NICOLAS: Hacé así corazón! Probá esas dos semanas y después ves!

-VICTORIA: Lo que tiene de bueno que se puede ir en cualquier horario entre las ocho de la mañana y las once de la noche, y siempre hay profesores para guiarte en las rutinas!

-NICOLAS: No lo dudes entonces! Probá y después ves!

Y así hice, al día siguiente volví al gimnasio con ropa como para quedarme y al verme, Julio, que así se llama el dueño, me dijo:

-JULIO: Buenas tardes Victoria! Me alegro que hayas vuelto!

-VICTORIA: Buenas tardes Julio, he decidido probar estas dos semanas y después ver que hago!

-JULIO: Perfecto! Ya le digo a uno de los chicos que te prepare una rutina, ¿preferís profesor o profesora?

-VICTORIA: Me es lo mismo! Mientras me tenga paciencia! Es la primera vez que entro a un gimnasio!

-JULIO: Tranquila que los chicos ya están cancheros con las personas principiantes, se empieza de a poco, haciendo trabajos aeróbicos primero, y luego de unos días, otros movimientos con algo de peso, pero tranquila que aquí no hay exigencias, el ritmo lo ponés vos.

-VICTORIA: Gracias Julio!

Llamó a uno de los chicos que estaban desocupados, me presentó al profesor, un chico joven, bastante alto, de nombre Leonardo, le explicó la situación y fuimos los dos para el salón.

Yo llevaba un conjunto de jogging negro y una remera holgada bastante larga, ni más ni menos como para que me tapara el culo.

Lo primero que me indicó, fue que me subiera a la cinta a caminar, luego de diez minutos, un poco más rápido y luego unos minutos de trote.

Hasta ahí todo bien, mi cuerpo se lo aguantaba, el único detalle, era que mi ropa interior, no era la adecuada, mientras trotaba, las tetas se me movían para todos lados, ya tendría que solucionar ese tema.

Luego veinte minutos de bicicleta fija y para terminar mi primer día, veinte minutos de elíptica.

Al volver a casa le conté a Nico:

-VICTORIA: Amor creía que iba a volver muerta! Me sorprende que no me costara tanto!

-NICOLAS: Quizás te duelan un poco las piernas mañana! Pero es solo hasta que el cuerpo se acostumbra a los movimientos. Lo que si te aconsejo, es que no empieces de golpe, andá despacio, cada día un poquito más, bueno… eso ya te lo dirán los profes ahí!

Y volví al día siguiente, y el siguiente, y al cumplir las dos semanas, seguí yendo, casi siempre en el mismo horario para que fuera Leonardo el profesor asistente, era un chico joven pero muy educado y respetuoso, aunque en un par de ocasiones, por el espejo lo vi mirándome el culo, aunque yo no lo mostraba, pero en verdad no me preocupó esa actitud, frente a mí siempre fue muy correcto y de excelente trato, al punto de llamarme Vicky, y yo a él Leo.

Casi seis meses fui al gimnasio, me hacía sentir bien el estar haciendo algo por mi cuerpo, por sentirme cómoda con él, pero un malestar en la cintura por un pellizco, hizo que se me frenara el entusiasmo de esa racha deportiva.

Fui al traumatólogo y me dijo que por un mes dejara de ir al gimnasio hasta que la lesión se recompusiera correctamente, pero ese mes, fueron casi dos años.

A mis cuarenta y un años, me decidí por fin a estudiar los dos años para conseguir la licenciatura y lo hablé con Nico.

-VICTORIA: Amor, me decidí! El año que viene me gustaría arrancar a estudiar para la licenciatura!

-NICOLAS: Muy bien mi vida! Por fin te decidiste!

-VICTORIA: ¿Estaremos muy ajustados con la cuota de la universidad?

-NICOLAS: Eso es lo que menos te tiene que preocupar! Dinero no nos va a faltar!

-VICTORIA: No solo me preocupa eso, las cursadas son todos los sábados desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, y no sé cómo será, pero con los dos trabajos, no me va a quedar mucho tiempo para estudiar, y en ese caso, tendré que hacerlo los domingos, con lo que nos vamos a quedar sin fines de semana.

-NICOLAS: Lógicamente, la decisión de volver a estudiar, inevitablemente implica un esfuerzo, cursar, estudiar, leer, rendir exámenes y para eso hace falta tiempo, si eso es lo que deseas hacer, haremos el esfuerzo vida mía! En verdad te admiro, no sé si yo me pondría a estudiar a esta edad!

-VICTORIA: Cómo te amo amor mío! Gracias por bancarme!

-NICOLAS: No te digo de ponerme a estudiar con vos, pero si me puedo ocupar de las cosas de la casa mientras vos estudias.

Es un amor mi Nico! No puedo estar más enamorada de este hombre!

Continuará…