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Dominaciónsept 2025

Siervas del hombre: bienvenidas a mi harem 04

Rodrigo ya no es un oficinista; es un amo. Y su obsesión por Alejandra no es un recuerdo, es una compra. Cuando la galería le avisa que ella está disponible, el tiempo se acaba: debe llegar antes que cualquier otro, antes de que el pasado la alcance, y antes de que ella recuerde quién era antes de ser suya.

Jane Cassey Mourin6.8K vistas8.9· 11 votos
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RODRIGO

- Así que nos dejas, Rodri ¡Carajo! No pensé que te fuera a ir tan bien con tu sierva - comentó el tipo de recursos humanos mientras terminaba de revisar los papeles que me separarían por completo de la empresa - ¿Cuánto tiempo ha pasado? Creo que apenas un par de semanas desde que fuimos a esa galería.

- Sí, bueno, resultó ser un negocio mucho más lucrativo de lo que lo esperaba - respondí sin mucho interés, mirando detenidamente lo que el sujeto hacía en su computadora, queriéndome ir de ese lugar cuanto antes.

- ¡Qué envidia! Escuché que ya te mudaste, que tienes un departamento nuevo.

- Bueno, no todo en ese rumor es cierto. En realidad no tuve necesidad de mudarme, vivo en el mismo departamento en el que he vivido desde hace algún tiempo, solo llegué a un acuerdo de compra con el propietario y ahora es mío.

- De cualquier forma suena genial, me alegro por ti, Rodri - dijo al final, mientras me extendía una mano y en mi celular llegaba una notificación de cese de relación laboral, junto con el depósito de los créditos que la empresa me debía - bueno, supongo que eso es todo - comentó, antes de que soltara mi mano, pero volviendo a hablar sin darme tiempo a dar media vuelta para salir de ahí y regresar a casa - ¿Has sabido algo de Alejandra? - preguntó, haciendo que un vacío en el estómago se me presentara mientras nos mirábamos y yo negaba con la cabeza, observando cómo el tipo se mostraba un tanto afectado por mi compañera desaparecida - ¡Carajo! Lo último que supe de ella fue por un tipo de contabilidad, dice que se encontró a una excompañera de trabajo en una galería y que le preguntó por tu jefa y… bueno, al parecer estuvo con ella en el centro de registro y según lo que le dijo, la enviaron con un comandante - expresó, mostrándose un poco afectado, logrando incluso que mi desagrado hacia ese sujeto se hiciera mucho menor, hasta que volvió a abrir la boca después de tan solo un instante en el que se quedó en silencio - qué coraje pensar en que ese tipo la tenga para él solo, de solo recordar ese trasero tan jugoso y esos labios de…

- Bueno, creo que ya terminamos con lo de mi renuncia, así que me voy, cuídate - dije, cortando de inmediato sus palabras y lo que parecía que sería una descripción vulgar, soez y poco respetuosa de quien semanas atrás fuera mi jefa.

- Cuídate, Rodri y mucha suerte con tu negocio, aunque creo que deberías comprar al menos otras dos siervas, es importante tener variedad y… bueno las siervas no son para siempre - dijo, sin lograr que aquello me importara lo suficiente como para voltear a verlo, pues ya me había puesto en marcha hacia la salida de la oficina y no quise mirar de nuevo su estúpida cara, pues me había molestado que hablara de Alejandra como si solamente fuera un pedazo de carne, aunque debo de admitir que el haber sacado el tema de Alejandra y de la adquisición de más siervas, me llamó la atención tanto como para que me subiera en la moto que acababa de comprar unos días atrás y me pusiera en marcha rumbo a la galería, la cual no había visitado desde la primera vez que estuve ahí, con la firme intención de probar mi suerte para ver si por mera casualidad podía encontrar en ese lugar a Alejandra.

La verdad es que el negocio con Ivette iba demasiado bien, no podría quejarme en ningún sentido, porque lejos de lo que llegué a suponer cuando la compré pensando que solo podría cobrar montos discretos de créditos por ella, la verdad era que las subastas frecuentemente alcanzaban los cinco dígitos, aunque debo decir que hacer tratos directos con militares y trabajadores del Gobierno Central, solía ser un poco más remunerable, además de que me permitía establecer conexiones con gente importante y con muchas influencias.

Después de aquella noche en la que estuve con Ivette, solamente la vi un par de veces más hasta que encontré la forma de hacer que sus servicios fueran ligados una y otra vez, vamos, que saltara de amo en amo sin tener que verla, solamente cobrando el pago por su trabajo, algo que, una vez que había renunciado a mi trabajo, me brindaría la posibilidad de tener mucho tiempo libre, el cual, mientras viajaba en mi moto en dirección a la Galería, se me ocurrió que tal vez podría invertirlo en buscar más siervas, quizás sin limitarme solamente a la galería que ya conocía y visitar otras en las que pudiera estar alguna conocida o, tal vez, donde pudiera encontrar chicas de un perfil más elevado, por quienes pudiera cobrar un monto más alto de créditos.

Sí, aquella idea que el tipo de recursos humanos me dio, en realidad era muy buena, no obstante, el saber que Alejandra había caído en las manos de un comandante que la tendría a su servicio tal vez por el resto de su vida, logró desanimarme un poco, pues de alguna forma la fantasía de poder comprar a esa mujer había permanecido intacta desde el momento en el que concebí tal cosa como una posibilidad real.

Llegar a la galería con mi propio vehículo fue una experiencia completamente diferente a la anterior, no solo por el hecho de que hiciera mucho menos tiempo que en el transporte público, sino también porque, tras estacionar mi moto en ese lugar, pude ver que muchos de quienes habían comprado siervas aquella mañana, hacían uso de sus nuevas adquisiciones al interior de sus autos.

Sí, aquello resultaba curioso y de alguna manera sumamente interesante, pero lo que más me llamó la atención al respecto, fue el hecho de que yo no reaccionara a lo que veía, a los gemidos que escuchaba mientras caminaba en dirección de la galería, con mi casco en la mano, siendo completamente indiferente de lo que estaba pasando en esos autos que dejaba atrás.

No lo voy a negar, lo que paso con Ivette cambió mi perspectiva acerca del asunto de las siervas, algo que ocurrió tan rápido que ni siquiera fui capaz de considerarlo antes de ese día, porque después de haberla adquirido, de haber hecho negocio con su trasero y haber investigado por mucho tiempo cómo funcionaba el sistema de siervas, aquello ya no me horrorizaba de la forma como lo hizo aquella primera vez en que estuve en esa galería.

- Buenos días, caballero ¿Es su primera vez en…? - dijo una voz que me sonó familiar, tanto que incluso me hizo sonreír antes de que volteara a ver al empleado de La Corporación que me recibió, quien sonrió también en cuanto me reconoció - ¡Oh, es usted, señor Rodrigo! ¡Qué placer verlo de nuevo por aquí, caballero! - me saludó con amabilidad mientras estrechábamos manos - ¿Cómo le ha ido con su sierva? ¿Me quedé un poco intrigado con respecto de si usted se había animado a iniciar su propio negocio? - una risilla salió de mi boca, pues no era común que me hablaran con tanto respeto.

- Por favor, no me digas caballero, solo Rodrigo, y sí, inicié mi negocio, el cual por fortuna ha ido bastante bien - contesté, sintiendo que de alguna manera había una cierta conexión entre ese hombre y yo, algo que de alguna forma resultaba un tanto natural al considerar que fue ese hombre quien me introdujo realmente en el mundo de las siervas.

- ¡Excelente! ¡Me alegra mucho saber que te está yendo tan bien, Rodrigo! ¿Puedo suponer que viniste a expandir el negocio? ¿Puedo ayudarte a buscar una sierva que le dé un poco de variedad a tus clientes? Hoy llegaron unas chicas con rasgos asiáticos muy lindas y también tenemos un par de mujeres negras que podrían llenarle el ojo al cliente más exigente - dijo, sin perder ese toque de elegancia, a pesar de haber aceptado romper con un poco de la formalidad con la que se dirigía a mí.

- Sí, bueno, en realidad a eso vine, pero… - me detuve, pensando en que tal vez hubiera forma de saber si Alejandra se encontraba en alguna Galería, si quizás ese hombre podría decirme quién la tenía, una esperanza que era muy vaga, pero que de ser posible disiparía mis dudas y al menos me daría una razón para dejar de pensar en esa mujer - escucha, lo que en realidad quiero es encontrar a una mujer que convirtieron en sierva el mismo día que entró en vigor la ley Aurora, al parecer la asignaron a un comandante, pero si está en alguna galería… bueno, me gustaría tener la posibilidad de encontrarla - le expliqué, observando cómo el hombre me ponía mucha atención mientras hablaba, asintiendo de vez en cuando hasta que terminé de hablar y comenzó a buscar algo en su tableta, al mismo tiempo que me preguntaba datos de la chica y tecleaba algunas palabras en su dispositivo.

- Sí, efectivamente, fue asignada a un comandante, está trabajando con él desde hace algún tiempo - dijo el hombre, haciendo que mi estómago fuera atravesado por un dolor punzante, antes de que el tipo bajara su tableta y me mirara a los ojos - disculpa que te lo pregunte, pero ¿Esa chica es algo de ti? Quiero decir ¿Es tu hermana o tal vez tu novia? - preguntó el hombre con interés, pero no del tipo de alguien que solo quiere entrometerse, sino más bien como si estuviera auténticamente preocupado por el hecho de que no pudiera hacerme con los servicios de esa sierva en particular.

- Era una compañera de trabajo, mi jefa en realidad y… bueno, es una mujer hermosa, me llamó la atención desde que llegué a la empresa, pero como estaba casada… - dije, antes de hacer una pausa y suspirar, algo contrariado por el hecho de que no pudiera tener a Alejandra en mis manos - y supongo que no podrías darme los datos de ese comandante para tratar de comprársela ¿Cierto?

- Así es, y no porque no quiera, sino porque los registros del personal del ejército y del gobierno, están encriptados, solo podemos saber a nombre de quién están las siervas aunque… - dijo de pronto, mirado a su alrededor de manera discreta, como asegurándose de que nadie nos escuchara - mira, existe la posibilidad de que una sierva a cargo de un militar, deje de estarlo, a veces los amos se fastidian de cogerse a la misma mujer un día tras otro y, al ser miembros de alto rango en la milicia, el gobierno les da ciertas facilidades para que cambien de sierva de tanto en tanto, así que, si esa chica te interesa tanto, quizás pueda ponerla en un sistema de alertas exclusivo de los empleados de La Corporación y, si llega a aparecer en el sistema, tal vez podría llamarte y decirte en dónde encontrarla, claro, con la condición de que la comisión por la venta me la des a mí.

- Claro, es una gran idea, pero ¿Cómo te daría la comisión?

- Solo tendrías que venir por mí en cuanto te avise, si cae aquí, el proceso sería el mismo que cuando te llevaste a la primera; si llega a otra galería, solamente tendrías que venir por mí, ir los dos juntos a la galería y hacer los trámites allá.

- Está bien, ese no sería ningún problema.

- ¡Excelente! Entonces la pondré en nuestro sistema de alertas y te llamaré si algo cambia - dijo, sonriente, concentrándose de nuevo en su tableta mientras tecleaba algunas cosas.

- De igual manera voy a pasearme por la galería, tal vez encuentre a alguna que valga la pena.

- Por supuesto, creo que hay una buena probabilidad de que no te vayas con las manos vacías hoy, hay chicas muy lindas.

- Vale, si encuentro alguna te llamo para que te lleves la comisión - dije, haciendo que sonriera.

- Te lo agradecería mucho. Por cierto, mi nombre es Emilio, si encuentras algo que quieras llevarte, solo pregunta por mí a cualquier empleado y me vocearan por el sistema de sonido de la galería - comentó, antes de que yo asintiera, de que ambos sonriéramos y le diera una amigable palmada en la espalda para luego comenzar a caminar a solas por los pasillos de ese lugar que, a una hora tan temprana, no parecía estar tan atiborrado como la última vez que estuve ahí.

No tardé mucho tiempo en notar que Emilio tuvo razón al decirme que las chicas nuevas eran muy hermosas, algo que resultaba demasiado evidente, no obstante, al estar caminando por ahí, pronto me di cuenta de que no podría acceder tan fácil a llevar a cualquier mujer a mi casa, después de todo, la sierva que adquiriera pasaría más tiempo conmigo en el departamento, ya que la quería para atenderme al menos algunos días a la semana, razón por la cual, el hecho de que fueran hermosas no bastaba para que me animara a llevarme a alguna de esas mujeres, un entendimiento que me desanimó pues me hizo preguntarme ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que encontrara a alguna chica que hubiera pasado por mi vida?

Sí, fue desalentador pensar de esa forma e incluso me vi tentado a preguntarle a Emilio por alguna otra mujer de mi pasado, pero la verdad es que en aquel momento no se me ocurrió nadie, y no porque no hubiera tenido en mi vida a decenas de mujeres a quienes en aquel momento hubiera querido hacer mis siervas, sino más bien porque no podía sacarme de la cabeza la imagen de Alejandra, de lo que estaría pasando con ella, de lo que la obligarían a hacer al estar con un tipo del ejército que seguramente desquitaría en esa chica lo que sintiera tras el atentado de la organización Aurora.

Con ello en mente fue como comencé a caminar en dirección de la salida, desanimado y un poco cabizbajo, olvidándome por un momento de la parte del negocio y pensando en lo mucho que me interesaba tener a Alejandra conmigo, una fantasía que poco a poco se había convertido en una obsesión que no resultaba muy sana.

- Parece que hoy un hubo suerte - comentó Emilio en algún momento antes de que abandonara la Galería, haciendo que volteara a verlo y sonriera sin muchos ánimos.

- Tenías razón, las chicas que vi hoy estaban muy lindas, pero… bueno, creo que busco otra cosa.

- Parece que lo de esa mujer que buscas te afectó.

- Un poco. La conozco desde hace tiempo y… bueno, no te molestaré con mis pesares. Solo creo que necesito a alguien que me resulte familiar, que conozca de antes, no me veo teniendo en mi casa a una chica cualquiera.

- Ya veo, bueno, si llegas a pensar en alguien en particular… - dijo mientras una vez más tecleaba algo en su tableta - mándame un mensaje o llámame y veré qué puedo hacer por ti - me indicó, sonriendo mientras una notificación sonaba en mi móvil y notaba que se trataba de Emilio enviándome sus datos, algo con lo que logró que sonriera un poco.

- Gracias, amigo, lo tomaré en cuenta - contesté, antes de que estrecháramos manos y me fuera a mi departamento, de que llegara de mañana, sintiendo un vacío en el estómago al notar que de pronto no tenía nada que hacer, algo que me llevó a preguntarme ¿Qué demonios haría con mi vida ahora que había dejado de trabajar?

Por supuesto que las respuestas inmediatas tuvieron que ver con películas y juegos de video, con comer porquerías tirado en el sillón, algo que no duró más de unas cuantas horas, hasta que fui al baño y me miré al espejo, vestido con aquella camisa de botones y ese pantalón de trabajo que me hacían seguir luciendo como un oficinista, como un miembro del sistema, una imagen que de pronto decidí que tenía que cambiar, una idea ante la cual sonreí al considerar que tal vez mi apariencia tendría que ser más acorde con mi nueva vida, recordando a los proxenetas que salían en las películas viejas, esos tipos llenos de tatuajes, con la cabeza rapada, con cadenas y relojes en las muñecas, un estilo muy callejero que de alguna forma logró seducirme para transformar lo que veía en el espejo de mi baño, lo cual empezó con la decisión de rasurar mi cabeza, dando como resultado una imagen que me hizo sentir bien, porque aquella apariencia me sentaba de maravilla y, según yo, me hacía ver peligroso, un resultado que me motivó a buscar en la web un estudio de tatuajes para poner algo de tinta en mi piel, lo cual hice durante los siguientes días de la semana, gastándome los créditos que salían del trasero de Ivette en ello, además de que también me hice poner percings en las orejas, compré algunos accesorios y ropa que iba más ad hoc con la imagen que quería proyectar dado el nuevo trabajo que ahora tenía, dando como resultado una apariencia que, si bien aún no me satisfacía del todo, pues seguía siendo un tanto flacucho, sí me hizo sentir mucho más confiado, lo bastante como para apuntarme en un gimnasio al que comencé a acudir de inmediato, logrando con ello olvidarme del asunto de Alejandra por algunos días, hasta que una mañana, justo cuando estaba por salir de mi casa, mi teléfono sonó notificándome que me había llegado un nuevo mensaje.

Una punzada en el estómago hizo que me sobresaltara un poco cuando noté que se trataba de un mensaje de Emilio, y no era un mensaje cualquiera, no, sino aquel que había dejado de esperar, que pensé que tal vez jamás llegaría, aquel que contenía la noticia que me hizo sonreír, que me hizo dejar mi maleta en el suelo del departamento mientras corría hacia la puerta, tomaba las llaves de la moto y salía de mi casa tan rápido como me fue posible hacerlo.

- Encontré a Alejandra, está en una galería a unos 12 sectores de aquí, pero te advierto que no será barata, es uno de los sectores adinerados. Si aún la quieres, te espero en la entrada de la galería, no entres al edificio, te estaré esperando en la calle, afuera del acceso principal.

- Voy para allá - respondí de inmediato mientras corría al ascensor, sin poder creer que en realidad aquello estuviera pasando, que estuviera a punto de apoderarme de esa mujer.

***

- Sí, definitivamente este no es nuestro sector - comenté en cuanto estacioné la moto, viendo los autos de lujo que nos rodeaban, antes de que me diera cuenta de que en realidad las cosas no eran tan distintas, en el momento en el que vi cómo un tipo se estaba cogiendo a su sierva, con la puerta de su auto abierta y la chica empinada sobre uno de los asientos mientras ese sujeto la penetraba desde afuera del auto, sudando como puerco, propiciando una escena que resultaba repugnante dado el sobrepeso de ese hombre, cuyas manos estaban ataviadas con algunos anillos de oro mientras que su cuello era adornado con una gruesa y no muy estética cadena del mismo material. Emilio dejó salir una risilla.

- Sí, bueno, aunque la gente que viene aquí pertenece a un nivel social diferente, lo que pasa dentro de esas puertas termina por igualarnos a todos - comentó el hombre, sin ver a su alrededor, sin notar al tipo obeso ni tampoco observar a tres chicos del tipo de los que sus padres les compran todo, quienes estaban formados en línea, uno a lado del otro, cada uno con una sierva arrodillada a sus pies, al parecer, haciendo competencias para saber quién aguantaría más tiempo sin venirse mientras sus nuevas adquisiciones les mamaban la verga, nada que, por extraño que parezca, lograra sorprenderme o hacer que dejara de pensar en Alejandra, que de alguna manera me desconcentrara de aquel objetivo que nos había llevado hasta esa galería en particular - disculpa mi atrevimiento, pero no he dejado de preguntarme ¿Qué harás una vez que tengas a esa chica? Quiero decir, por la forma como reaccionaste cuando hablamos de ella y la buscamos hace unos días, no parece que estés muy dispuesta a prostituirla.

- Sí, bueno, en realidad no lo sé, como te lo dije, quiero tener una sierva en casa, que me atienda, y como dejé el trabajo el mismo día en el que nos encontramos, bueno, tengo mucho tiempo libre - él sonrió al igual que yo - supongo que teniéndola en casa no habrá mucho tiempo desperdiciado - ambos reímos mientras cruzábamos el umbral de la entrada, encontrándome con un local que no distaba mucho de aquel donde trabajaba Emilio, exceptuando claro los precios de las siervas y el hecho de que todas ellas parecían provenir de orígenes muy diferentes de aquellas que podría encontrar en la galería donde compré a Ivette - ¿Tienes idea de en dónde está o…?

- Por supuesto, sígueme - dijo, apretando el paso, haciendo que lo siguiera a paso acelerado, casi trotando hasta que llegamos a donde se encontraba Alejandra, completamente desnuda, tirada sobre una cama, dejando que su cuerpo desnudo me abrumara, haciendo que me excitara al notar la forma como se tocaba el coño, al escuchar la manera como gemía en un intento por llegar a un orgasmo que prometía con falsedad terminar con la ansiedad que la agobiaba - llegó hoy mismo, hace un par de horas, nadie la ha usado desde que llegó - comentó Emilio sin lograr que lo mirara, sintiéndome por completo cautivado por la imagen de su cuerpo, por la forma como las facciones de su rostro se apretaban en una expresión de desesperación y placer, antes de que abriera los ojos, de que me mirara al mismo tiempo que abría más las piernas, mostrándome su coño, provocando que me sintiera nervioso, que tragara saliva al mismo tiempo que algo dentro de mí ardía al notar el deseo que refulgía al interior de esa mujer - no quiero apresurarte, pero vienen algunos usuarios, así que…

Emilio no tuvo que terminar aquella frase antes de que me plantara en el monitor de la cabina y leyera su historial, uno que estaba casi limpio, en el que solamente encontré el delito de traición al Gobierno Central por el uso de colores y símbolos del movimiento Aurora, algo que no me extrañó, pues creía conocer a esa chica, sabía que ella no sería una de aquellas que lanzaron las bombas e hicieron volar aquel edificio.

8000 créditos fue lo que me costó comprarla. Un gasto considerable, a decir verdad, pero nada que me hiciera titubear o replantearme las cosas, sintiendo cómo mi cuerpo se estremecía cuando al fin supe que esa mujer era mía, que me pertenecía, experimentando la forma como el pene se me ponía muy duro con tan solo pensar en que, antes de que aquel día terminara, sabría lo que se sentía estar dentro de la mujer de la que estuve platónicamente enamorado durante algún tiempo.

- ¿La llevas a que la preparen? - le pregunté a Emilio una vez que el trato se cerró.

- Por supuesto. Asumo que llevará el mismo tatuaje que le pusiste a tu primera sierva ¿Es correcto?

- Sí, el mismo diseño y en el mismo lugar - respondí mientras dos tipos la sacaban de la cabina, uno de cada lado de la chica, después de que hubieran detenido el flujo de la ambrosía en su cuerpo, provocando que mirara en todas direcciones, asustada y confundida, hasta que sus ojos se abrieron mucho en el momento en el que se encontró con los míos, un instante en el que Emilio les hizo una señal a los hombres de seguridad para que se detuvieran.

- ¡Rodrigo! ¡Eres tú ¿Cierto?! - exclamó Alejandra, de una manera indescifrable, de una forma que no terminé por entender si expresaba alegría, miedo, ira o repugnancia - ¡¿Tú me compraste?! ¡¿Acaso tú…?!

- Sí, ahora eres mía - respondí, viendo cómo sus ojos permanecían de la misma forma, sintiendo un vuelco en el estómago provocado por la ansiedad que me inducía el no saber lo que estaba pensando, el no tener idea de lo que sentía al saber que, a partir de ese día, yo sería su amo.

- Chicos, por favor, trátenla con cuidado, llévenla al área de limpieza mientras nosotros damos las indicaciones pertinentes en el área de estética - dijo Emilio sin que ella ni yo desviáramos la mirada, algo que me permitió notar la forma como de pronto comenzaron sus lágrimas a humedecer sus mejillas, antes de que escuchara una sola palabra saliendo de su boca, en un susurro que precedió al momento en el que se la llevaron.

- Gracias - escuché, quedándome perplejo y con el atisbo de una estúpida sonrisa en los labios.

- Parece que a ella le agradó que la compraras - comentó Emilio mientras Alejandra se alejaba y yo la miraba.

- Sí, bueno supongo que en medio de todo esto, encontrarse con una cara conocida debe ser reconfortante - Emilio dejó salir una risilla.

- Sí, supongo que sí - dijo, llamando mi atención, haciendo que volteara a verlo y notara la mirada llena de condescendiente complicidad que me dirigía, como si se hubiera dado cuenta de algo que yo ignoraba - bien, dejaré las indicaciones en el área de estética, ¿Por qué no te das una vuelta por los pasillos en lo que alistan a su sierva? Te llamaré cuando esté lista.

- Está bien. Nos vemos en un rato - respondí, pero mi pensamiento ya no estaba en ese lugar, no, se encontraba recorriendo todo lo que había pasado con Alejandra, cada vez que me robó el aliento con su manera de conducirse con los demás, con esa sonrisa encantadora que me gustaba ver cada día cuando llegaba a la oficina, la misma que me motivaba a saludarla por la mañana antes de irme a mi lugar y comenzar a trabajar.

Una enorme sonrisa se dibujó en mis labios con tan solo recordar esa clase de detalles mientras caminaba por los pasillos, sin prestar atención a mi alrededor, sintiendo cómo se me erizaba la piel al revivir la manera como me miró cuando se dio cuenta de que a partir de ese día me pertenecía, cuando entendí que, lejos de sentirse horrorizada o de tener miedo, se mostró agradecida y aliviada ante la perspectiva de estar conmigo, tal vez incluso gustosa de saber que estaría con alguien que le resultara familiar y no con cualquier sujeto desconocido que pudiera haberla comprado antes de que yo lo hiciera, una posibilidad que me hizo pensar en algo más, en ese estúpido esposo suyo, en todas las ocasiones en que la encontré llorando en su oficina tras haber peleado con él, en los rumores que se corrían por la empresa de que le era infiel con una mujer algunos años mayor, algo que pude confirmar por accidente una noche en la que el autobús se descompuso frente a un bar y lo vi ahí, con esa mujer rubia y de mala pinta, de esas que usan maquillaje de manera excesiva, quien lo besaba y le tocaba los huevos mientras lo hacía.

Sí, no era mucho el tiempo que tenía de conocerla, pero había una historia detrás, una en la que era un hecho que yo estaría más involucrado que ella, pues además de lo que en verdad ocurrió entre los dos, de lo que sentía, de esa mezcla de admiración y afecto que experimentaba hacia esa mujer hermosa, trabajadora y brillante, también estaban todas aquellas cosas que imaginé teniendo a su lado, esa vida casi onírica que me ilusionaba ante la idea de estar con ella, que me torturaba cada vez que regresaba a la realidad y recordaba que le pertenecía a alguien más, haciendo que me doliera el estómago al saber que ese imbécil no se merecía a una mujer como ella.

Por fortuna, ahora que las cosas habían cambiado, que el mundo me permitió tenerla a mi lado, aquella clase de pensamientos no tenían sentido, porque estaría conmigo, tanto como yo lo quisiera y de la forma como yo lo deseara. Sí, sé que suena obsesivo y tal vez incluso algo enfermo hablar de una mujer de esa manera, pero era lo que sentía y no tenía la más mínima intención de reprimirme de forma alguna. Mi móvil sonó.

- Tu sierva está lista. Te esperamos en la sala de espera - escribió Emilio, haciendo que de inmediato me dirigiera hacia ese lugar, notando apenas lo mucho que me había alejado y todo el tiempo que pasó mientras estuve pensando en Alejandra y en la corta historia que ambos compartíamos.

- Muy bien, aquí la tienes - dijo Emilio, haciendo que Alejandra se diera vuelta por un momento para enseñarme el tatuaje que le habían hecho, el mismo que le pusieron a Ivette, aunque en el caso de Alejandra, Emilio tuvo mucho más cuidado al deslizar su ropa para mostrármelo - se le aplicó una dosis de borrador para que su tatuaje sanara y cicatrizara de inmediato, te recuerdo que debes estar al pendiente de las fechas de reinstalación de su dispositivo anticonceptivo y de la nueva aplicación de la vacuna universal contra enfermedades de transmisión sexual, adicionalmente, se le recargó el dispositivo de sumisión con ambrosía ¿Quieres que duplique el pedido de alimento para siervas que ya te es entregado semanalmente?

- No, gracias, pero con ella no será necesario - respondí, sin poder apartar mis ojos de los de Alejandra, quien se mostraba apenada y nerviosa, seguramente tras haber asimilado el hecho de que la llevaría a mi casa y suponer lo que pasaría cuando llegáramos.

- Muy bien, si no necesitas nada más de mí…

- ¿Tienes forma de regresar a la galería donde trabajas?

- ¡Oh, sí, claro! ¡No te preocupes! En cuanto supe que vendríamos para acá, pedí un permiso especial para quedarme a trabajar en esta sucursal, más tarde regresaré a casa en el autobús de La Corporación.

- Vale, entonces nos veremos después, Emilio. Fue un gusto verte de nuevo - me despedí, extendiendo mi mano hacia el hombre, pero sin mirarlo, sin poder despegar mis ojos de Alejandra.

- El gusto es todo mío. Que disfrutes de tu sierva - dijo el hombre antes de desaparecerse, de que colocara mi mano en la espalda baja de Alejandra y comenzáramos a caminar, sintiendo el calor de su piel gracias a lo destruidas que estaban las prendas que llevaba encima, dirigiéndonos de esa manera al estacionamiento donde se encontraba mi moto.

- Rodrigo, yo… - comenzó a decir antes de exhalar - gracias por sacarme de este lugar, de verdad, te prometo que seré una buena sierva, haré lo que me digas y… por lo que escuché, parece que estuviste buscándome por un tiempo y… - comenzó a decir, llorando mientras lo hacía, sonando aliviada, pero al mismo tiempo ansiosa, como si resultara muy importante para ella el convencerme de que no trataría de hacer nada malo, de que cooperaría y haría lo que fuera para que su nueva condición como mi propiedad no cambiara, una actitud que de alguna manera me hizo sentir incómodo ante lo que suponían aquellas palabras, que me hizo preguntarme por aquello por lo que tuvo que pasar para que se mostrara de esa forma, logrando que sintiera algo de pena por su condición, que de pronto tuviera el impulso de abrazarla, uno que por fortuna pude contener, pues no creía que fuera bueno que ella supiera lo mucho que me gustaba ni lo mucho que la deseaba.

- No deberías agradecerme todavía - respondí con seriedad, haciendo que me mirara a los ojos en el preciso momento en el que llegamos hasta donde se encontraba mi motocicleta - es verdad que te estuve buscando, de la misma forma como estuve buscando a otras mujeres que se cruzaron conmigo a través de los años - mentí - pero aún no he decidido qué es lo que voy a hacer contigo, así que supongo que sería más sensato esperar a que lo decida antes de sentirte agradecida conmigo ¿No lo crees? - dije, tratando de no demostrar emociones, antes de que los ojos de esa chica se apagaran un poco y agachara su cabeza.

- Lo siento, amo - se disculpó, sin que yo pasara por alto el hecho de que había cambiado su forma de referirse a mí, pues no me llamó por mi nombre, sino por el papel que a partir de ese momento fungiría en su vida.

- Bien, por ahora debemos irnos, pero antes de hacerlo… - comenté, sintiendo una cierta y algo enfermiza satisfacción al ver cómo se sometía a mí, mientras me quitaba la chamarra y se la daba, para luego darle mi casco y ayudarle a colocárselo en la cabeza - resultaste más costosa de lo que esperaba, así que no quiero que te enfermes ni mucho menos que te pasé algo si nos caemos en la moto - dije, tratando de reducir con ello el impacto positivo que pudiera tener en Alejandra tal clase de detalle.

- Gracias, amo - respondió, sin levantar la mirada, sin que yo tuviera idea de cómo era posible que pudiera aguantarme las ganas de tocarla, besarla o hacerle el amor ahí mismo, algo que ya estaban haciendo un par de tipos con su sierva a tan solo unos metros de distancia, de lo cual nos enteramos por los gritos que comenzó a soltar la mujer a la que parecían estar acribillando - amo - dijo de pronto - ¿Podría pedirle un favor antes de que me lleve a su casa? - preguntó, en un tono suplicante y tan lamentable que me hizo sentir un poco incómodo, que me hizo quedarme quieto justo en donde esta y sin decir una sola palabra, pues fuera lo que fuera que estaba por pedirme, parecía tratarse de algo muy importante para ella - se trata de mi esposo, desde que salí por la mañana, el día de la protesta, no ha sabido nada de mí, no ha tenido noticias y… debe estar preocupado, solo quiero decirle lo que pasó, quiero que sepa que ya no estamos juntos, necesito hacerlo, por favor, además, también me gustaría, si me lo permite, recoger mi antigua ropa, esta… lo que tengo puesto me trae malos recuerdos, amo, preferiría ponerme algo más agradable - explicó, haciendo que se me hiciera un nudo en la garganta, porque a pesar de lo que ella suponía, yo sabía lo que pasaba con las mujeres casadas que eran convertidas en siervas, por lo cual también tenía claro que el imbécil de su esposo ya estaba al tanto de lo que pasó con Alejandra, sin que ello, seguramente, lo hubiera hecho mover un solo dedo para buscarla; no obstante, una vez más, decidí que mostrarme débil o empático frente a ella, no sería una buena idea.

- Está bien, pasaremos por tu antigua casa, así me ahorraré algunos créditos en ropa. Vamos súbete - dije, mientras me montaba en la moto, sintiendo poco después cómo Alejandra se abrazaba de mi cuerpo, cómo me embarraba las tetas en la espalda, haciendo que se me pusiera dura la verga mientras iniciábamos el viaje en dirección de su antiguo hogar, sin tener idea de lo que encontraríamos cuando llegáramos, de cómo reaccionaría su esposo, de si de alguna forma trataría de agredirme cuando me viera y notara que me había convertido en el dueño de la que una vez fue su esposa.

Admito que fue un alivio que el viaje que hicimos hasta su antigua casa, acortara el trayecto hasta el sector donde yo vivía. Y debo decir que Alejandra solía habitar un sector mucho más agradable que aquel que sería su nuevo hogar, pues había jardines con plantas y no solo con tierra, zonas de juegos para los niños sin drogadictos o traficantes sentados en los columpios y no tenía ese peculiar olor al que ya me había acostumbrado desde que comencé a vivir en mi querida pocilga, detalles que me hicieron perder de vista la forma como Alejandra avanzaba, sintiéndose al parecer cada vez más nerviosa mientras nos acercábamos al edificio, tanto que, cuando subimos en el elevador, rodeó mi brazo con el suyo como si eso la hiciera sentir un poco más de confianza, o tal vez, queriéndose sentir de alguna manera protegida. La alarma del ascensor sonó, indicándonos que habíamos llegado al piso al que queríamos llegar.

- Escucha, Rodrigo… quiero decir, amo… yo… - suspiró en un intento por poner en orden sus ideas - mi esposo… exesposo, es una persona violenta, no suele tener mucha paciencia con nada y… me da miedo cómo vaya a reaccionar, no sé qué es lo que…

- Tranquila, ahora eres mía y no te dejaré sola con él, no dejaré que te haga daño - respondí, con más actitud que convicción, pues si bien en el pasado había tenido mis peleas como cualquier hombre normal, no tenía idea de lo que podría llegar a hacer frente a un sujeto inestable cuando se diera cuenta de que su esposa ahora era mi sierva.

Alejandra no dijo nada más, solamente me tomó con más fuerza del brazo y luego avanzó hacia su departamento, llegando a él en pocos segundos, suspirando con fuerza antes de que levantara la mano para tocar el timbre, justo en el momento en el que notamos los gemidos que salían de ese departamento, un instante en el que vi la forma como Alejandra se vino abajo, cuando comenzó a llorar y la mano que tenía levantada comenzó a temblarle de manera visible.

- No tenemos que hacer nada de esto - dije, sin mirarla, observando un punto cualquiera de la puerta, antes de que aquella se sacudiera con fuerza ante los tres golpes que Alejandra le dio.

- ¡Carajo! ¡¿Quién demonios…?! - dijo alguien al interior, la voz de un hombre que fue acompañada por algunos pasos apresurados - ¡¿Quién chingados…?! ¡Carajo! ¡Pero si es mi querida esposa! - exclamó el tipo que abrió la puerta, mostrándose desnudo frente a nosotros, sin ninguna clase de pudor, con el pene goteando de algo que no sabía ni quería saber qué demonios era, mientras el muy imbécil se carcajeaba al notar el brazalete que ahora Alejandra llevaba en el brazo - déjame adivinar, vienes a despedirte ¿Cierto? ¿De verdad pensaste que en todo este tiempo nunca supe lo que te había pasado? - dijo, disfrutando de su momento mientras veía a Alejandra haciéndose pedazos frente a ese bastardo - no, querida, estás equivocada. Supe que te convirtieron en una sierva desde el día de la protesta, lo supe porque me llegó una carta del gobierno y porque luego me depositaron en mi cuenta todos los créditos que estaban en la tuya, pusieron el departamento a mi nombre y me obsequiaron una esclava como indemnización ¡Mírala, es la chica con la cara cubierta de semen! - exclamó, eufórico, dejándome ver que estaba drogado, algo que confirmé cuando noté que una segunda chica estaba colocada en el suelo a gatas, con varias líneas blancas en el trasero - ¡Oh, por dios! ¡Deja de llorar de una buena vez, estúpida! - dijo el tipo, gritando tan fuerte que incluso algunos vecinos se asomaron a ver qué ocurría, mientras él estiraba una mano para colocarla en el cuello de Alejandra, algo que no permití que pasara, interponiéndome entre ella y ese drogadicto imbécil quien me miró con una expresión desafiante, en un intento de reírse de mí, a pesar de que era evidente que aquella reacción de mi parte lo había hecho pensarse mejor las cosas.

- Vinimos por su ropa, ella la quiere de vuelta - dije sin más, mirándolo a los ojos con más actitud que valor, disimulando, aparentemente bien, lo nervioso que me sentía, tanto que logré que aquella expresión de satisfacción y suficiencia desapareciera de su rostro.

- Supongo que tú eres su nuevo amo ¿Eh? - preguntó, con voz temblorosa, sin poder evitar que su mano temblara, un detalle que me hizo sonreír antes de que ese idiota retrocediera un par de pasos.

- ¿Tienes su ropa, o no? - le espeté, sin dejar de mirarlo a los ojos, antes de que me cerrara la puerta en la cara, de sentir cómo Alejandra recargaba su rostro en mi espalda y escuchar su llanto, de dar media vuelta para tomarla del brazo y comenzar a caminar hacia el ascensor, sin dar más de un par de pasos hasta el momento en el que ese imbécil abrió de nuevo la puerta del departamento y por ella lanzó un par de bolsas de basura, en las cuales supuse que se encontraría la ropa de Alejandra, quien corrió de inmediato para recoger sus cosas del suelo, algunas de las cuales se habían salido de las bolsas.

- ¡Deja de llorar, maldita ramera! ¡Ambos sabemos que siempre fuiste una vulgar puta! ¡Lo único que cambió es que ahora lo serás para este idiota! - gritó el tipo, sin contenerse, sonriendo de nuevo al ver cómo Alejandra se inclinaba para recoger sus cosas, al mismo tiempo que yo avanzaba en dirección de mi sierva - ¡¿Qué esperas para largarte de aquí?! - gritó ese idiota, antes de escupir en la cara de Alejandra, de darle una patada en el trasero que la hizo caer al suelo de frente, de que yo lo alcanzara antes de que cerrara la puerta y le diera un puñetazo en el rostro, seguido de uno y otro más, viendo con satisfacción cómo caía al suelo con la cara bañada en sangre.

- ¡No la vuelvas a tocar, imbécil! - le grité, furioso, señalándolo con un dedo mientras se retorcía arrastrándose hacia el interior de su departamento.

- ¡Me golpeaste! ¡Te demandaré! ¡Llamaré al ejército y ellos…!

- ¡Anda! ¡Llámalos y veremos lo que te pasa por haberle pegado a la sierva de otro hombre! ¡Llámalos! ¡¿Qué esperas?! - le grité, desafiándolo, antes de que el hombrecillo idiota se levantara y cerrara la puerta con excesiva fuerza, de que escuchara cómo les pegaba a sus siervas, seguramente para desquitarse por haberse sentido tan humillado, quizás incluso tratando de compensar con ello su no muy grande pene.

Fue hasta ese momento cuando miré en dirección de Alejandra y noté la manera como me veía, con los ojos muy abiertos, al igual que su boca, completamente dominada por la sorpresa mientras se quedaba muy quieta, tendida en el suelo, sin moverse ni dejar de observarme mientras me agachaba y la tomaba de las axilas para levantarla.

- ¿Por…? ¿Por qué hiciste eso? No tenías… ¿Te lastimaste la mano? - preguntó, sin superar la sorpresa que le provocó mi comportamiento, sin entender nada de lo que había pasado.

- Ahora eres mía y en lo que a mí respecta, nadie más te puede poner una mano encima ¿Está claro? - contesté, reuniendo fuerzas de flaqueza, pues tenía muy claro que esa chica me afectaba, que al estar frente a ella me costaba mostrarme autoritario y firme.

- Sí, amo, está claro - respondió con timidez, antes de que volteara al suelo y viera el desastre que se hizo cuando ese imbécil la pateo, provocando con ello que una de las bolsas se rompiera en el momento que Alejandra le cayó encima, dejando que la ropa quedara regada por todo el suelo.

- No podemos llevarnos todo esto, así que toma lo que consideres más importante y vámonos, ya te compraré ropa después - le ordené, porque en realidad no me importaba tener que gastar un poco de créditos en ella, pero sí me molestaba que tuviera que humillarse al tener que recoger su ropa del suelo, algo que al parecer ella entendió de inmediato, pues solamente tomó unos jeans, una blusa, un conjunto de ropa interior y un par de tenis, antes de que se reuniera conmigo y nos fuéramos al ascensor, donde se quitó los trapos destruidos que llevaba encima y se puso su ropa limpia, dándome mi chamarra cuando lo hizo, pero tan solo por un momento, pues volvió a quitarme de las manos esa prenda para ponérsela en cuanto estuvo lista, segundos previos a que las puertas del elevador se abrieran y saliéramos de ahí con su brazo rodeando el mío, dejando en el suelo de ese elevador la ropa con la que fue capturada, junto con aquella vida que tuvo la desgraciada de vivir junto a ese imbécil.

El trayecto de regreso a casa fue por completo diferente de cualquier ruta que hubiera recorrido en el pasado, porque se sentía bien llevar a esa chica a mi espalda, se sentía de lujo experimentar la forma como se aferraba a mi cuerpo, como si de verdad no quisiera apartarse de mí, dejándome soñar con cosas que no tenían sentido dado que ella era mi sierva, hasta que al fin llegamos al edificio, subimos en el elevador y finalmente entramos en mi departamento.

- Pasa, a partir de ahora vivirás aquí, no es muy grande, pero supongo que siendo solo dos personas estaremos cómodos aquí - dije, sintiendo que de alguna manera debía decirlo pues en comparación con su antiguo departamento, el mío no era ni la mitad de lo que fue su hogar.

- Amo, tengo mucha hambre, puedo…

- Sí, ve a la cocina y prepárate algo - dije, sin poder evitar excitarme al escuchar la forma como me llamaba amo, antes de ver cómo se perdía en el departamento, quedándome parado, sin terminar de creer que esa chica estuviera conmigo, que lo estaría tal vez por el resto de mi vida.

Por los minutos en los que me tomó salir de mi estupor y escapar de mis propias fantasías, ella no regresó a mi lado, una ausencia que en algún momento noté y que me hizo acompañarla en la cocina, presenciando cuando lo hice la forma como esa mujer le daba un trago a una de las botellas de alimento para siervas, haciendo gestos de asco cuando lo hizo, sin que notara que la estaba observando.

- Sí, esas botellas no las compre para ti, cuando te dije que entraras en la cocina y te prepararas algo… - comencé a decir hasta que vi cómo se sobresaltó y se le puso muy roja la cara, sintiéndose avergonzada - tira esa porquería - le ordené, antes de abrir el refrigerador y sacar lo que necesitaba para hacer un par de sándwiches de jamón con queso, tomate, lechuga y aderezos, un platillo simple que acompañamos con un par de refrescos, sentados a la mesa, dedicándonos solamente a comer, a pesar de que sabía que tendría muchas preguntas para mí, ninguna de las cuales, al parecer, estaba dispuesta de resolver mientras comía, hasta que ambos dejamos nuestros platos limpios y ella se apresuró a recoger la mesa y comenzar a lavar los trastes, no sin antes haberme dado las gracias por la comida.

¿Cómo acercarme a ella? ¿De qué forma iniciar lo que tanto quería hacer con esa chica? ¿Cómo proponerle que tuviéramos sexo sin hacer uso de mi posición como su amo? Esas preguntas se me presentaron motivadas por el hecho de que de alguna manera me molestaba tener que recurrir a mi posición de amo para ordenarle que tuviera sexo conmigo, algo en lo que estuve pensando mientras la escuchaba lavando los trastes, aun sentado a la mesa, hasta que me levanté y una vez más me reuní con ella en la cocina, observando su cuerpo, la forma como llevaba recogido el cabello, recorriendo con la mirada su cuello, perdiéndome en esa imagen hasta que de pronto la escuché llorar, de una forma nada sutil, dolorosa y desesperanzada, de una manera tan lastimera que me hizo sentir incómodo, que me hizo quedarme muy callado mientras la observaba secándose las manos, sin que su llanto menguara, sin que su cuerpo dejara de sacudirse con la fuerza de sus sollozos, hasta que se sobresaltó al dar media vuelta y encontrarse conmigo parado en el umbral de la entrada de la cocina.

- Lo siento, amo - se disculpó, haciendo que me sintiera incómodo, pues no veía de qué forma era su culpa el que se hubiera entregado a ese llanto tan doloroso - no fue sencillo encontrar a mi… a mi exmarido de esa forma, y me dolió que no le importara mi nueva condición - dijo, insegura, como si tratara de cuidar sus palabras, como si se esforzara por decir lo que necesitaba sacar de sí, pero de una manera que no me hiciera enojar o me molestara de alguna forma.

- ¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor? - dije sin pensarlo, perdiendo aquella apariencia de tipo duro que traté de mantener desde que me encontré con ella en la galería, observando cómo de pronto abría mucho los ojos y me miraba distinto, sin perder la tristeza, pero con un brillo de esperanza en su mirada.

- Sí, amo, en realidad, si puede - susurró mientras se limpiaba las lágrimas del rostro - necesito olvidarme de todo por un rato, desconectarme de la realidad porque… yo… - un llanto con energía renovada le arrebató las palabras, uno que resultaba desesperado y cansado, que me hizo preguntarme ¿Qué habría vivido esa chica cuando estuvo con el comandante? ¿Qué tan mal le fue cuando la capturaron los militares y usaron su cuerpo a conveniencia? - solo necesito estar inundada de ambrosía, haga conmigo lo que quiera, necesito borrarme de la realidad por un rato, por favor, amo, se lo suplico - me rogó, sin levantar la cabeza, quedándose muy quieta frente a mí, haciendo que un cosquilleo en el estómago se me presentara al saber que aquello que tanto deseaba estaba a punto de convertirse en realidad mientras sacaba mi celular de mi bolsillo, ingresaba a la aplicación y activaba la administración de ambrosía en su cuerpo, viendo casi de inmediato cómo la expresión en su rostro pasaba de la tristeza a la excitación en un segundo, contemplando la forma como de pronto esa hermosa mujer se acercó a mí, colocando sus manos en mi pecho, deslizándolas por encima de mi camiseta hacia abajo para tomar el borde de esa prenda y sacármelo por encima de la cabeza, antes de que sus labios y los míos se encontraran, de que sintiera su mano sobre mi miembro, acariciándolo por encima del pantalón, apretándolo, gimiendo en mi boca al hacerlo, tan solo un segundo previo a que desabrochara mi cinturón y me bajara los pantalones dejando mi miembro por completo desnudo y a su entera disposición.

Sentir la forma como mi cuerpo fue recorrido por su boca, la ansiedad con la que me acariciaba, con la que estimulaba mi miembro y notar la forma como respiraba con agitación, todo aquello fue parte de ese momento tan hermoso en el que al final la vi arrodillada frente a mí, mirando mi sexo con ese brillo lascivo en sus ojos, antes de que se lo metiera en la boca, de que se desabrochara el pantalón y metiera su mano entre sus piernas, masturbándose al mismo tiempo que trataba a mi pene como si fuera una deliciosa paleta de caramelo, succionándolo, lamiéndolo, acariciándolo con sus labios, impregnando un deseo desesperado en cada movimiento, cerrando los ojos mientras entraba y salía de ella, llevándolo hasta su garganta una y otra vez, atragantándose con mi carne, dejándolo por momentos al fondo de su garganta para sacarlo en medio de algunas arcadas, sin que eso la hiciera rendirse, llevándome al borde de la eyaculación hasta que de pronto se puso de pie y me besó en los labios, antes de darme la espalda, de bajarse los pantalones y las bragas para luego recargar sus manos en la pared e inclinarse un poco, invitándome a entrar en ella.

Yo me tomé algo de tiempo para contemplar aquella imagen, para admirar su trasero respingado y disfrutar de la forma como esa chica se me estaba entregando, antes de que me acuclillara detrás de ella para terminar de sacarle los pantalones y las bragas, sintiendo la necesidad de tomar sus nalgas y hundir mi cara entre ellas, disfrutando de la abundante cantidad de fluidos que salían de su vagina, de la forma como se sobresaltó cuando mi lengua recorrió el espacio entre sus labios, gozando irremediablemente de la forma como la hice gemir cuando mi legua y su clítoris se conocieron, disfrutando de la manera como su cuerpo temblaba ante mis caricias, necesitando de pronto llevarlo todo hasta las últimas consecuencias, penetrarla, estar dentro de ella, saber lo que se sentía estar en el cuerpo de una mujer que había despertado mi un deseo tan intenso como ninguna otra mujer lo logró en mi vida.

Lo primero que hice al levantarme, fue sacarle la camiseta que llevaba encima y quitarle el sujetador, antes de pegarme a su cuerpo, de hacer que se enderezara, que mi verga se resguardara entre sus nalgas mientras mis manos se divertían apretándole los senos, sintiendo cómo mi sierva movía el trasero de arriba hacia abajo, recorriendo el largo de mi miembro, provocándome de una forma tan descarada que no lo soporté más, que la empujé hacia delante, dándole apenas tiempo de que pusiera sus manos en la pared antes de que tomara mi miembro y comenzara a acariciar sus labios con él, escuchando esos deliciosos gemidos que escapaban de su boca, dejándome cautivar por el hipnótico movimiento de caderas que estaba interpretando para mí.

- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Amo! ¡Ahhh! - gritó cuando al fin la penetré, cuando cerré los ojos, sintiendo las delicias de su calor, de su empapada vagina, experimentando la maravillosa sensación de mi piel erizándose ante el placer que me provocaba sentir su vagina acariciando mi miembro, apretándose contra mi piel, haciendo que la penetrara a su ritmo por unos segundos, dejándome llevar por ella mientras mis sentidos se dejaban dominar por toda esa situación, por el olor a sexo que comenzaba a dispersarse por el departamento combinándose con la forma como esa chica gemía sin control.

Cuando al fin desperté de aquel estado de estupor que me capturó mientras trataba de asimilar que aquello en realidad estaba pasando, tomé a Alejandra de las caderas y me apoderé de la situación, penetrándola de mi ritmo, de la forma como yo quería hacerlo, cogiéndomela con fuerza, sintiendo un placer muy especial al notar la manera como su trasero se aplastaba contra mi cuerpo en cada ocasión que se producía el sonido que generaba el choque de nuestros cuerpos, cuando lograba meterle toda la verga en su delicioso coño.

Estaba en el éxtasis. Jamás había disfrutado tanto de estar con una mujer, jamás había sentido ese algo que me hacía querer que no termináramos de coger, que hacía que un hipotético orgasmo se convirtiera en un momento que no quería que llegara, un impulso que me llevó a salir de su cuerpo y llevarla a la habitación, tirarla en la cama y disfrutar de ver la forma como abría las piernas para mí, de ver cómo se metía los dedos mientras me miraba con esa expresión perturbada en su rostro, una que no duro demasiado tiempo pues no fue mucho lo que pude soportar antes de abalanzarme sobre su cuerpo, de que la penetrara de nuevo, de sentir cómo sus tetas acariciaban mi pecho mientras me la cogía, besando sus labios, dejando que mi lengua y la suya hicieran el amor de una forma vulgar y deliciosa que no se detuvo ni siquiera cuando explotó al fin en un orgasmo, algo que ocurrió en medio de la manera como su cuerpo se sacudió, temblando de placer, conformando una imagen que me hizo perder el control y penetrarla con toda la energía que poseía hasta correrme dentro de su vagina, sin dejar de moverme, sin dejar de penetrarla una y otra vez, mientras ella me abrazaba con brazos y piernas, gimiendo cerca de mi oído hasta que no pude más y me quedé muy quieto en su interior, sin renunciar a sus labios, disfrutando del calor y la humedad de su cuerpo en contacto con mi piel.

Aquel día en el que compré a Alejandra, tuve sexo con ella muchas veces, sin dejar que la ambrosía invadiera su sistema hasta el momento en el que, ya entrada la tarde, detuve la administración de esa droga y mi sierva se quedó profundamente dormida, un momento en el que me permití disfrutar de la imagen de su cuerpo desnudo al estar recostada en mi cama, en el que entendí que esa mujer no dejaría nunca mi departamento, que sería mi sierva personal, que nadie más la tocaría además de mí, una idea que me hizo sonreír antes de que el cansancio me venciera y me quedara profundamente dormido, a un lado de la mujer que, desde hacía algún tiempo, había constituido la fantasía que ese día pude ver hecha realidad.

Espero que hayan disfrutado del relato. Si desean apoyar mi trabajo, pueden hacerlo suscribiéndose a mi página de PATREON (donde esta serie ya ha llegado hasta el capítulo 15) o adquiriendo los primeros seis capítulos de esta serie en AMAZON (links en mi perfil) Gracias por leer, compartir, comentar y valorar. Linda noche.

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