El jardinero fiel
El acuerdo era simple: él cuidaba sus jardines, ella financiaba sus sueños. Pero cuando la pasión despierta, las reglas se rompen y el deseo toma el control de sus vidas, llevándolos a límites que ninguna de las dos familias imaginaba.
El siguiente relato lo he escrito de modo que pueda leerse por separado, pero a quién quiera entender mejor la historia le recomiendo que lea antes “El jardín prohibido”.
Espero que disfrutéis leyéndolo tanto como yo al escribirlo.
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- No entiendo este interés suyo en hacerse cargo de mi hijo -espetó Rosa a la cara de Isabela en cuanto el camarero les hubo servido sendas tazas de café.
- No quiero hacerme cargo de su hijo, Rosa. Sólo quiero ayudarle. Es muy buen chico, inteligente y trabajador, y es una pena que, por un problema económico, no pueda terminar los estudios universitarios. Además, sólo será un curso -explicó Isabela, con toda la tranquilidad de la que fue capaz-, y no será gratis: vivirá en mi casa de Madrid durante la semana y, a cambio, en sus ratos libres, cuidará del pequeño jardín de la vivienda, y durante los fines de semana y sus vacaciones cuidará aquí del jardín y de la piscina de la casa familiar -terminó de decir la mujer.
- Ya. ¿Cree que no me doy cuenta de lo que ocurre? Mauro es ahora mismo su juguete. Su capricho. Un chico joven, guapo e inteligente que la mantiene vivo “el jardín”. Pero, en el fondo, no tiene nada que ver con mi hijo. Mauro y usted son de clases sociales distintas, están en los lados opuestos. No consentiré que le haga daño cuando se harte de él -acabó de decir Rosa, mirando fija y fríamente a Isabela a los ojos.
- Rosa, le prometo que no hay nada en este mundo que me importe más que el bienestar de Mauro. Jamás haría nada que pudiera hacerle daño -respondió la rica madura, posando a la vez una de sus manos en las manos ásperas por el trabajo de la madre de su joven amante.
Durante algún tiempo más Isabela y Rosa siguieron intercambiando opiniones. La madre de Mauro seguía sin ver con buenos ojos que su hijo se alojara durante todo el curso académico en casa de Isabela.
La mujer seguía convencida de que la extraña relación que había entre su hijo y la mujer que tenía delante, con quien compartía la edad, no era más que el fruto de un capricho de la adinerada madura, y del impacto que la elegancia, la fortuna y, no le costaba reconocerlo, la belleza de aquella mujer sobre su hijo. Pero lo que su hijo le había dicho días atrás la hizo temer el daño que aquella relación podría causarle.
El verano había seguido su curso. Desde aquél tórrido sábado, en el que Mauro e Isabela se entregaron sin prejuicios al deseo y al placer, había vuelto a ocurrir en numerosas ocasiones. Muchas tardes, después de que Mauro terminase su jornada de trabajo en el jardín de Isabela, ambos se despedían después de haber follado como adolescentes (Mauro casi lo era), en cualquier lugar de la casa.
Pero el plato fuerte siempre tenía lugar durante el fin de semana. Los sábados y los domingos se convirtieron, desde aquella primera vez, en todo un derroche de pasión y de sexo. Cualquier lugar de la casa era bueno para entregarse al placer: la escalera, la cocina, el salón, cada uno de los dormitorios, la ducha, el porche, incluso en la piscina, dónde quedaban expuestos a las miradas indiscretas de los moradores de las viviendas vecinas.
Isabela nunca había disfrutado así de su cuerpo. Nunca se había sentido tan deseada y tan dichosa. Nunca la dueña de aquella enorme casa se había comportado de ese modo, y nunca había estado tan satisfecha y feliz como lo estaba entonces.
Por su lado, Mauro había madurado a pasos agigantados. Dentro de su cuerpo joven y atlético de 22 años, se estaba desarrollando la personalidad de un hombre organizado, prudente, responsable y generoso, más preocupado por dar y hacer sentir placer, que por sentirlo él mismo. Veía a Isabela como a una verdadera Diosa. Una mujer de 46 años, mucho mayor que él, sí. Pero cuyo cuerpo le hacía despertar cada átomo del suyo, y cuya personalidad y carácter le fascinaban.
Ninguno de los dos hacía preguntas incómodas. Ninguno de los dos se preguntó durante cuánto tiempo serían capaces de vivir así. No les importaba. Lo importante era el aquí, y el ahora. Hasta que una mañana, a finales del mes de agosto, Isabela le pidió a Mauro que se sentara con ella, junto a la gran mesa situada en el porche, con la excusa de tomar algo con lo que aliviar el calor.
- Mauro, el verano está llegando a su fin -dijo por fin la mujer, después de echar un vistazo a su alrededor.
- Sí. El mes de agosto está terminando -respondió un resignado Mauro.
- Llevo algunos días pensando en ello. En qué hacer a partir de ahora -comenzó a explicar la mujer.
- No hay mucho que hacer. Tú volverás a Madrid, con tu trabajo, tus amistades y tu vida. Y yo me quedaré aquí, intentando trabajar en algo que me permita ahorrar el dinero suficiente para volver a la universidad cuanto antes, si es que finalmente logró terminar los estudios -le interrumpió Mauro.
- No es eso lo que había pensado. Verás: vivo en Majadahonda, ya sabes, una ciudad para pijos al oeste de Madrid. Mi casa es mucho más grande de lo que necesito. Me gustaría que, durante el curso, vivieras allí conmigo. Estarías a 15 ó 20 minutos de la facultad, con todo el tiempo que necesites para estudiar y preparar tus clases. Yo trabajo durante gran parte del día, por lo que la vivienda está vacía. Nadie te molestará. Podrás entrar y salir cuando quieras y necesites -explicó Isabela, mientras Mauro la miraba con un gesto un tanto indescifrable- Incluso tengo un viejo coche que no utilizo, pero que funciona. Podrías usarlo para ir a la facultad, así evitaré que se acabe fastidiando por falta de uso. Lo único que te pido a cambio es que te ocupes allí también de mi jardín -añadió la mujer.
Durante unos segundos, que no fueron demasiados, pero que a Isabela le parecieron una eternidad, Mauro permaneció en silencio, alternando su mirada desde los ojos de la mujer que tenía enfrente, con al agua tranquila y cálida de la piscina.
- ¿Estás segura de lo que dices? -preguntó por fin el joven.
- Nunca había estado tan segura de algo -respondió la mujer.
- ¿Por qué lo haces? -preguntó de nuevo Mauro, a quién el ofrecimiento de Isabela le suponía un doble regalo: por un lado, podría terminar sus estudios universitarios sin preocuparse por el dinero y, por otro y fundamentalmente, le permitiría alargar unos meses más el idilio que vivían juntos.
- Lo mereces, Mauro. Eres un chico fabuloso. Eres un gran hombre. Eres inteligente, trabajador, ordenado y luchador. Quiero ayudarte, puedo hacerlo y me apetece muchísimo hacerlo. En el fondo, y si lo piensas bien, yo no pierdo nada, yo no pongo nada, sin embargo, tú…,
Antes de que Isabela pudiera terminar su frase, Mauro se había echado literalmente sobre ella, le introdujo la lengua en la boca, rebanándola con la misma pasión que demostraba cada día, a la vez que introdujo su mano derecha bajo el suave vestido, presionando los labios de la vagina y el clítoris de Isabela por encima de su ropa interior. Pronto, esos labios se inflamaron, víctimas de la excitación, a la vez que lo hicieron el clítoris y los pezones de la mujer.
Isabela reaccionó, tras la inicial sorpresa, amarrándose con fuerza a la dura tranca del joven. Aquella hermosa verga había sido capaz de cambiar su mundo y la percepción de la vida. Le hacía vibrar a cada instante, le hacía soñar a cada momento, deseando con toda su alma tenerla entre sus piernas, envolverla con sus manos, con sus labios, con su lengua y con su coño, para ahogarla con los fluidos que salían a borbotones de su cuerpo.
Mauro e Isabela, dos seres racionales y exquisitamente educados y respetuosos, incapaces de hacer o de decir nada que pudiera resultar provocador o inadecuado, se transformaban cada vez que tenían sexo, convirtiéndose en auténticos animales, incapaces de contener sus más bajos instintos. De nuevo sucedió así. Fue Isabela quién, en cuanto pudo sacar la fabulosa polla de su joven amante del encierro al que la sometían el pantalón y el bóxer, se despegó de la boca de Mauro, para dedicarse en cuerpo y alma a mamársela.
La mujer introdujo poco a poco la verga en su boca, rozándola a su paso con la lengua y con los dientes. Ella, que a su marido rara vez le comió la suya, ahora no concebía terminar el día sin habérsela mamado a Mauro. Disfrutaba tanto como el joven con aquellas felaciones. Sentía como la tranca del chico se hacía más gruesa y dura dentro de su boca, lo que a su vez provocaba que su coño palpitara ansioso por sentirla dentro de él, por sentirla ensanchar sus paredes al paso de tan gruesa y dura polla. La hacía sentir una hembra poderosa.
Sólo había una cosa en el mundo que pudiera gustarle más a Mauro que sentir como Isabela le comía la verga. Esa cosa era follarla. Entrar en su cuerpo, empaparse con sus fluidos, sentirla estremecer, encogerse y tensionarse con sus acometidas, con sus caricias en el clítoris o en los pezones, mientras su dura polla percutía en su encharcado coño y de su preciosa boca escapaban gemidos ardientes.
Ambos: la madura, atractiva y acomodada mujer, y el joven, inteligente, y no menos atractivo varón, habían logrado formar una simbiosis difícil de superar. Sus orgasmos diarios les hacían olvidar los del día anterior. Se deseaban a todas a horas, aunque sabían respetar los tiempos de espera. Eso sí, cuando por fin se entregaban al placer, lo hacían de un modo total y absoluto, sin dejarse nada por el camino.
El joven dejó que su madura amante le devorara el rabo, empuñándolo con una mano por momentos, sobándole los huevos en otros, acariciándole el ano otras veces, sin dejar de lamer, chupar, engullir y succionar su cada vez más duro estoque.
Mientras la mujer se aplicaba en satisfacer el placer a su joven macho, éste se sentó en el borde de la mesa, de modo que Isabela pudo inclinarse sobre él, permitiéndole así un acceso fácil y preciso a su magnético culo.
Mauro no perdió el tiempo, y con rapidez y eficacia logró subirle el vestido a la mujer, de forma que pronto pudo acariciarle las nalgas y el culo, bajo el cálido tapiz de sus suaves bragas. De inmediato logró pasar una de sus manos entre la ropa interior y la piel de la mujer, para hurgar así con uno de sus dedos en la entrada más recóndita y prohibida de su cuerpo. Poco después, aquel solitario dedo se vio acompañado de otro más, con cuya ayuda, logró penetrar un tanto dentro del culo de Isabela.
- Hazlo muy suavemente, cariño, y recibirás tu premio -le dijo la mujer cuando sintió la presencia de los dedos del chico en su ojete.
Mauro puso todo el empeño posible en tratar con mimo el ano de su amante, al que deseaba en secreto desde el mismo momento en que pudo contemplar a la mujer caminando delante de él.
Deseaba follarle el culo, y para nada quería estropearlo por culpa de una acometida demasiado ruda y violenta. Ensalivó sus dedos antes de dirigirlos de nuevo a la oscura cueva de Isabela. Primero tanteó con el dedo índice, el cual pudo penetrar casi por completo, una vez pasados unos segundos de suaves caricias y acometidas.
El chico dejó el dedo inmóvil allí dentro cuando por fin logró penetrar en el ano de la mujer. Ella se estremeció de placer al sentirlo allí alojado, en su culito, sintiendo como la ansiedad por sentirse también llena en su entrada trasera crecía por momentos.
Isabela no dejó de mamarle la verga a Mauro, aunque acomodó su posición para hacerle más fácil al chico el acceso a su ojete. Mientras tanto, aquél volvió a tantear con el segundo dedo en el culo de la mujer. Para hacerlo, estiró un poco más su brazo, hasta lograr mojar el dedo anular en los fluidos del coño de Isabela. Con el dedo así empapado, comenzó a ensartarlo junto al otro dedo en el cada vez más dilatado orificio anal de la mujer.
Esta vez costó un poco menos hacerlos entrar a los dos, lanzando Isabela un gemido de placer que fue la prueba definitiva que Mauro necesitaba para continuar con lo que se había propuesto.
Acto seguido, tras volver a dejar que el ano de su amante se habituara a la presencia de sus dedos en su interior, el joven comenzó a moverlos de manera suave, dibujando pequeños movimientos circulares, con los que logró ensanchar y dilatar la entrada de la mujer.
Ella seguía a lo suyo: lamiendo y succionando la polla del chico, metiéndola y sacándola de su boca, emitiendo sonoros ruidos al hacerlo presionando con sus labios, sin dejar de acariciar y estrujar sus cojones, cada vez más gordos y pesados.
Tras algunos minutos, en los que la dilatación del ano de la mujer se hizo más que evidente, Mauro le pidió que dejara de mamársela. Él también sacó sus dedos del culo de la mujer y, tras comerse la boca con inusitada pasión, ambos se desnudaron, sin importarles si algún vecino mirón pudiera verlos.
Mauro hizo que Isabela se apoyara contra la mesa, ofreciéndole una visión casi mágica de su cuerpo, con el ano abierto y perfectamente estimulado y con un hilo de fluidos colgando de los labios de su rosado coño.
Esta vez Mauro no tuvo ninguna duda de lo que quería hacer: tomó su verga con la mano derecha y, a la vez que acarició con suavidad la espalda de la mujer, descendiendo hasta una de sus caderas, colocó la punta de su capullo sobre la entrada del ano, caliente y suave, de Isabela. Jugó durante algunos momentos con la punta de su verga, presionando un poco, subiendo y bajando, arrastrando con ella parte de los fluidos del coño de la mujer para llevarlos hasta su ano, haciendo así que la ansiedad de su amante creciera más y más, haciendo que lo necesitara dentro de su cuerpo más que nunca, provocando gemidos ansiosos que suplicaban ser penetrada de una vez.
Por fin, sin previo aviso, el joven Mauro presionó de verdad sobre el ano de Isabela, logrando que una pequeña porción del enrojecido y duro capullo de su verga se abriera paso en el ojete de la mujer. Pasados unos breves segundos, volvió de nuevo a la carga, logrando esta vez que una porción más grande de su capullo entrase en el ano de Isabela. Otra vez volvió a hacerlo, volvió a empujar con su verga dentro del culo de la mujer al que, esta vez sí, acabó por penetrar con todo el capullo.
Isabela gimió. Tan sólo una vez su exmarido intentó follarla el culo, pero no lo hizo con el mimo y cuidado suficiente, por lo que ella se negó dolorida y falta de deseo. Ahora era completamente distinto: deseaba sentir a Mauro dentro de su culo, llenarse con él, sentir como su verga la hinchaba por dentro, la llenaba hasta la extenuación.
- No pares, cariño. Fóllame el culo, por favor -rogó la mujer.
- No pienso parar hasta llenarlo con mi leche -respondió el joven.
Mauro comenzó a moverse rítmicamente, suavemente, muy despacio. Empujaba un poco, para detenerse de nuevo, antes de volver a empujar. Una y otra vez, durante dos o tres minutos, sintiendo como su verga iba abriendo camino, el más estrecho y suave de los caminos. Pasado ese tiempo, por fin la tranca del chico se encontraba completamente dentro del cuerpo de la mujer, dónde se deslizaba cada vez con mayor facilidad.
Isabela no podía parar de gemir, de abrir la boca como un pez fuera del agua, tratando de llenarse los pulmones con un oxígeno que nunca era suficiente. A la vez Mauro, sujeto con ambas manos a las caderas de la mujer, comenzó a follarla, ahora sí con un ritmo más fuerte e impetuoso, metiendo y sacando su polla del abierto y receptivo ano de la mujer, el cual engullía sin problemas la dura y gruesa tranca del joven, hasta hacer chocar sus huevazos hinchados contra las nalgas de aquella.
Isabela, con la cara aplastada contra la mesa, hizo lo que pudo para llevar su mano derecha hasta su entrepierna, dónde comenzó a estimular su clítoris y su coño. Sus dedos bailaban una danza enloquecida, entrando y saliendo del coño, acariciando y tirando del clítoris, provocando una oleada aún más abundante de fluidos que resbalaban por la piel de sus muslos.
Poco después, a los gemidos de Isabela se unieron los de Mauro. El chico estaba literalmente enloquecido de placer. Sus embestidas eran ahora mucho más violentas, más salvajes, llenando el culo de Isabela con cada estoconazo, haciendo chocar sus huevos contra las nalgas de la mujer quién, a su vez, temblaba con el doble placer que estaba recibiendo.
Instantes más tarde, Mauro profirió un desgarrado grito, a la vez que sus huevos lanzaron abundantes disparos de leche dentro del culo de Isabela. Al menos fueron tres los chorros con su néctar que salieron con fuerza de la verga del chico, para ir a encharcar aún más el ano de su madura amante. Mientras tanto ésta, al sentir el calor abrasador del semen del joven macho en sus entrañas y la presión de su clítoris a punto de estallar, explotó en un orgasmo que la llevó a transitar de los gemidos a los gritos, y de los gritos al sollozo, mientras sus piernas temblaban y sus ojos se cerraron con fuerza.
Aún después de haberse corrido, Mauro continuó embistiendo algunas veces más el culo de Isabela, haciendo chapotear su verga dentro del ano de la mujer, en el que se deslizaba con total suavidad, alargando el placer de aquélla, de una manera serena y sostenida.
- Eres el primer hombre al que dejo… bueno, eso, ya sabes -comenzó diciendo Isabela cuando los dos recogieron la ropa del suelo y se encaminaron hacia la ducha, dentro de la casa.
- ¿El primero al que le ofreces el culo? -preguntó el joven, orgulloso de saberlo.
- Sí, cariño. El primero. Mi exmarido lo intentó una vez, pero ni yo me sentía lo suficientemente confiada como para dejarle hacerlo, ni él me trató del modo más adecuado para que le dejara.
- Guau. Me gusta haber sido el primero en algo tan…íntimo -dijo el chico, orgulloso y feliz.
- No lo has hecho nada mal -repuso la mujer.
- No, ya me di cuenta de que no lo hice nada mal. El caudal de fluidos que salió de tu conchita te delata -respondió el joven divertido.
- Lo que hice con mis dedos también ayudó -matizó la mujer, guiñándole un ojo a su interlocutor.
Así, desenfadados y alegres, la pareja llegó hasta el baño. Se ducharon juntos, como tantas otras veces, enjabonándose el uno al otro, besándose, acariciándose y dejando que sus cuerpos se excitaran sin ninguna objeción.
- Aún no me has respondido a mi propuesta -dijo por fin Isabela, quién esperaba una respuesta por parte de Mauro.
- Me da miedo lo que nos pueda pasar, pero sí. Acepto tu propuesta. Sería un gilipollas si no lo hiciera -respondió el joven, acariciando el rostro húmedo de Isabela.
- No nos va a pasar nada. Nuestras vidas seguirán siendo las mismas que ahora, sólo que, en otro lugar, con otras obligaciones. Tú tendrás que ir a clase, tendrás que estudiar y durante los fines de semana, quiero que vengas aquí, para visitar a tu madre. Y yo tendré que trabajar, a veces hasta muy tarde, a veces desde casa, pero siempre sabiendo que estás cerca, al menos mucho más cerca de lo que estarías si no te vinieras conmigo -explicó Isabela-. Además, tendrás que sacar tiempo para cuidar de mi jardín -añadió la mujer, acariciando de nuevo la verga del chico, que casi de inmediato volvió a estar tan dura y gruesa como ya lo estuvo unos minutos antes.
El día 3 de septiembre, Mauro e Isabela se marcharon juntos en el coche de ella, hasta su casa de Madrid. Rosa se despidió de su hijo en la puerta de su casa, hasta dónde Isabela condujo para recogerle. Las dos mujeres apenas se hablaron, pero sí se miraron a los ojos: la madre implorando a Isabela que cuidara de su hijo. La amante agradecida y comprensiva con la madre del joven.
El trayecto no era demasiado largo, poco más de una hora, aunque en las cercanías de Madrid, como casi siempre, el tráfico era mucho más intenso. Isabela vivía en una vivienda unifamiliar de una urbanización de Majadahonda, a las afueras de Madrid. Como ya le había anticipado, se trataba de un barrio de clase media alta, algo que sólo pueden permitirse personas con empleos muy bien pagados, como era el caso de aquella mujer, que ocupaba un cargo importante en una consultora financiera.
En el garaje de la casa, situado en la planta sótano, había un coche más antiguo, ese era el vehículo que Isabela ponía a disposición de Mauro, para él todo un lujo. La vivienda estaba decorada en estilo minimalista, aunque con algunos toques cálidos y acogedores. La cocina era enorme, con una isla central y espacio suficiente alrededor como para acoger clases de baile. El resto de la vivienda no le iba a la zaga. La planta baja la completaban un enorme salón y un baño completo, así como las escaleras de acceso al resto de plantas.
Ya en la planta superior se encontraban los dormitorios, concretamente 3, cada uno de ellos con su propio baño. Y escaleras arriba una zona abuhardillada divida a su vez en dos zonas: un gran despacho y una especie de pequeño apartamento en forma de loft, con una zona de dormitorio a un lado, un pequeño salón y una zona dedicada al estudio, además de otro baño.
- Tienes una casa preciosa -dijo Mauro muy sinceramente cuando Isabela terminó de enseñársela.
- Gracias. Como ves es muy grande para mí sola -respondió la mujer, todavía dentro de aquel pequeño apartamento-. Había pensado que, si te gusta, puedes quedarte aquí arriba en esta especie de apartamento. Como ves tiene casi de todo y, con la luz del día, unas vistas muy bonitas al jardín trasero y la piscina -añadió.
- Vivir en el garaje ya me parecería un lujo -respondió el chico-. Muchísimas gracias, Isabela.
Ambos se fundieron en un abrazo. Mauro estrechó con fuerza el cuerpo de su amante contra el suyo propio, mientras la mujer se dejó llevar por la fuerza y la energía de aquel joven que había logrado poner patas arriba su ordenada y monótona vida.
Después del casto abrazo llegaron los besos. Primero suaves y dulces, apenas unos picos en los labios con los que saborear la dulzura y la humedad cálida del otro. Pero pronto se transformaron en un apasionado beso, en el que las lenguas pugnaban por llegar a lo más profundo de la garganta del otro, por lamerse y enredarse la una con la otra, a la vez que las cuatro manos recorrían enloquecidas el cuerpo de su oponente, haciendo lo posible por desnudarlo.
Cuando la camiseta de Isabela dejó de ser un impedimento, Mauro la desabrochó el sujetador, lo que le permitió comenzar a jugar con los pezones de la mujer, los cuales pronto se endurecieron y engordaron, hasta convertirse en dos pequeñas cerezas oscuras, completamente irresistibles, por lo que el chico no tuvo más remedio que introducirse en la boca, uno tras otro, aquellos pequeños manjares.
El joven envolvió con la lengua cada uno de los pezones de la mujer. Los acarició y los mordisqueó, tirando con los labios de ellos, rozándolos con los dientes y apretándolos con las manos, haciendo hervir aún más a Isabela, hasta el punto de hacerla gemir de placer, mientras ella misma empujaba con una mano la cabeza del chico contra su pecho, y con la otra buscaba la polla erguida de Mauro bajo el pantalón.
Isabela se comportaba como una veinteañera. Su ansia de sexo era mayor cada día. Su necesidad de sentir la dureza de Mauro entre sus manos, en su boca y entre sus piernas, no dejaba de aumentar. Por eso, en cuanto pudo liberar la verga del chico de la ropa que la ocultaba, comenzó a masturbarle, sin dejar de sentir las acometidas del chico sobre sus pezones.
Antes de que la paja fuera irreversible, Mauro logró que Isabela cayera sentada sobre la cama. De inmediato, y venciendo las ganas de la mujer por seguir masturbándole, fue capaz de quitarle el pantalón y las bragas. Ambas prendas se habían humedecido en la zona de la entrepierna.
Mauro se retiró un paso para desnudarse por completo, y para contemplar el monumento que para él representaba el cuerpo desnudo de Isabela. Después de deleitarse durante unos segundos en su contemplación, el joven se arrodilló entre las piernas de la mujer quién, intuyendo lo que se le venía, dejó caer su cabeza y espalda hasta apoyarlas sobre la cama, abriendo las piernas todo cuanto pudo, lo que permitió a Mauro introducir su cabeza, con la lengua por delante, en tan dulce y cálido rincón.
El muchacho deslizó la lengua por la parte interior de los muslos de la mujer, acercándose peligrosamente hasta su rajita húmeda y caliente, pero sin llegar a tocarla. Varias veces más repitió Mauro el mismo movimiento: lamió la piel del interior de los muslos de la mujer, sintiendo como el cuerpo femenino temblaba, deseoso y hambriento, esperando la acometida final en su abrasado coño, pero sin llegar ni tan siquiera a rozarlo, incrementado exponencialmente la ansiedad de la mujer.
Cuando por fin Mauro lamió los labios exteriores del coño de Isabela, arrastrando su lengua por ellos despacio, desde abajo hasta terminar en el clítoris, un fino hilo de fluidos goteaba sobre la húmeda cama. Al primer contacto con la lengua suave y cálida del joven, la mujer se estremeció aún más, gimiendo hasta vaciar sus pulmones. A partir de ese momento, Mauro abrió con los dedos la vagina de la mujer, permitiendo así que su lengua, después de lamer los labios de la mujer hasta la extenuación, se introdujera dentro de la húmeda y cálida cavidad, saboreando sus fluidos, extremando el placer de Isabela, y provocando en ésta torbellinos de placer y de deseo, que no hacían más que incrementarse a cada segundo.
El clímax se produjo cuando Mauro abrió sus labios y tomó con ellos el clítoris inflamado y duro de la mujer, succionándolo con tal fuerza, que pareciera que lo iba a engullir de un momento a otro. A la vez, dos de sus dedos se introdujeron dentro del coño, completamente encharcado, follándolo de inmediato, provocando que, con cada choque de los dedos en los labios de la mujer, una ráfaga de salpicaduras de fluidos fuese a aterrizar sobre el rostro del chico.
No transcurrió mucho tiempo antes de que Isabela explotara. Lo hizo entre gritos de placer, intentos desesperados de su boca por tomar todo el oxígeno posible, y con sus manos sujetando con fuerza la cabeza de Mauro, completamente empotrada entre las piernas temblorosas de la mujer. El orgasmo fue intenso, largo y húmedo, muy húmedo.
Cuando por fin la mujer dejó de temblar, Mauro se puso de nuevo en pie, contemplando la imagen de su amante, cuyo rostro y ojos enrojecidos confesaban el placer que acababa de vivir.
El chico, ansioso por que llegara su momento, no le dio más respiro a Isabela. Él permaneció de pie, frente a la mujer, a quién le abrió de nuevo las piernas, para apoyarlas sobre su propio pecho y, de inmediato, llevó su gorda y dura verga hasta la entrada hambrienta del coño de la hembra. Le restregó la punta varias veces, mojándola así en los fluidos recién salidos de su coño. Presionó con el glande sobre el clítoris inflamado de Isabela, para volver a arrastrarlo sobre los labios acuosos de su coño y, por fin, acabar penetrando su cuerpo con una certera estocada.
La verga entró con total facilidad, gracias a la enorme dilatación y lubricación de la concha de Isabela, quién volvió a gemir de placer al sentir su cuerpo reventar por la presencia del grueso instrumento de su amante.
Sin pensarlo dos veces, Mauro comenzó a follar aquel delicioso cuerpo, metiendo y sacando su verga una y otra vez. La sacaba por completo, deleitándose en el chapotear de su tranca cuando, de inmediato, la volvía a hundir en el cuerpo de la mujer, a la que cada nueva embestida la hacía estremecer, retorcerse, gemir y boquear.
Isabela cerró a la vez los ojos y dos de sus dedos sobre sus pezones, mientras Mauro, poseído y hambriento de placer, no dejaba de follar su cuerpo, cada vez con más intensidad, sintiendo como el coño de Isabela acariciaba y engullía su endurecida polla.
Ambos cuerpos brillaban bajo la luz de la tarde gracias al sudor que los cubría. La intensidad de la follada estaba siendo apoteósica. Con cada nueva embestida, el cuerpo de Isabela se movía como una hoja a merced del viento otoñal, mientras que los huevos de Mauro no dejaron de endurecerse, de inflamarse hasta que, con un violento berrido, acabaron descargando todo su contenido en las entrañas de la mujer, inundándole el coño con una cantidad sobrehumana de semen, a la vez que Isabela contrajo las paredes de su vagina, para exprimir aún más la verga de su joven macho, y sus manos presionaban con fuerza sus dos tetas.
Durante un minuto más, Mauro continuó follando aquel delicioso cuerpo que tanto le hacía enloquecer, mientras que la propia Isabela se dedicó a estimularse el clítoris con los dedos de sus manos, hasta acabar ella misma alcanzando un nuevo orgasmo, que otra vez la hizo gritar, temblar y agradecer a la vida el regalo que había recibido en forma de joven amante.
El primer mes de convivencia transcurrió de forma apacible y tranquila. Por las mañanas, cada uno de los miembros de la pareja se ocupaba de sus obligaciones: Isabela acudía a su despacho y Mauro a la facultad. Casi nunca se veían hasta bien entrada la tarde. Mauro se encargaba además de preparar la cena y de cuidar del pequeño jardín con el que contaba la casa, infinitamente más pequeño que el de la casa del pueblo.
Después de cenar cada noche, los dos acaban acurrucados en el sofá, con alguna película que casi nunca terminaban de ver, pues el sexo se acababa imponiendo entre los dos.
Durante los fines de semana Mauro volvía al pueblo. Lo hacía conduciendo el coche prestado por Isabela, mientras que ella se quedaba en Madrid, haciendo algo de vida social con sus amistades y compañeros de trabajo.
La mujer habló de Mauro a Celia, su mejor amiga. Aquella comprendió lo que estaba viviendo, pero trató de hacerla comprender que, un chico con 22 años probablemente levantaría el vuelo de su lado en cuanto una chica de su edad se cruzara en su camino. Isabela estaba resignada a ello. Sabía que no podía enamorarse de Mauro, no podía engancharse de él más allá del sexo y del placer físico, pero en su interior reconocía que, llegar a casa y encontrarle cada tarde siempre con una sonrisa y preocupado realmente por cómo le había ido el día, era una experiencia que apenas recordaba de su matrimonio.
Pasado ese primer mes, a Mauro le surgió la oportunidad de ir a una fiesta. Se trataba de una de esas típicas fiestas para universitarios al comienzo del curso. Se celebraría en una discoteca de moda, por lo que cabía esperar que aquel lugar se llenaría de jóvenes veinteañeros, con muchas ganas de diversión.
- El viernes hay una fiesta universitaria -dijo Mauro durante la cena del miércoles.
- Qué bien. Supongo que irás -respondió Isabela.
- Sí, me gustaría ir. Pero no quiero ir solo. Quiero que vengas conmigo -soltó el joven.
- Cariño, no creo que mi sitio sea ese. Mereces un poco de libertad, de estar con tu gente, con chicas de tu edad con las que reír, bailar y… lo que surja -trató de explicar Isabela.
- No necesito ir con gente de mi edad. Quiero que la gente de mi edad te conozca. Quiero que me acompañes -insistió el chaval.
- No creo que eso sea lo más adecuado, Mauro. Nosotros tenemos una relación muy especial, que nosotros entendemos y aceptamos, pero ¿el resto de la gente la aceptaría? -preguntó la mujer, sintiendo que la conversación iba a acabar mal.
- Quizá seas tú quién no acepta esta relación tal y como es. Quizá eres tú quién tiene ese problema, y no los demás. Deberías dejar de pensar en lo que los demás opinen, y ser tú misma en todas partes, y no sólo en tu casa -respondió Mauro, triste por la reacción de Isabela.
- Cariño. Claro que acepto nuestra relación, formo parte de ella. Estás aquí, en mi casa, porque quiero que estés, porque me apetece compartirla contigo. Pero el mundo ahí fuera no va a ser tan comprensivo. No quiero que te hagan daño por mi culpa -insistió la mujer.
- Me has descolocado. Creía que te haría ilusión venir conmigo, pero ya veo que me equivoqué -dijo el chico-. Buenas noches, Isabela -añadió antes de llevar su plato al lavavajillas y subir a su apartamento.
Isabela apenas pudo dormir esa noche. Fue la primera vez en muchos días que no pudo sentir el calor del cuerpo de Mauro junto al suyo, que no tembló de deseo y de placer mientras las manos del joven recorrían su cuerpo, buscando su más escondida intimidad, provocando torrentes de placer y enloqueciendo su mente.
El jueves Mauro se hizo el remolón, esperó a que Isabela se hubiera marchado para levantarse de la cama e ir a la universidad. Por ello se perdió la primera clase de la mañana. Le faltaba la alegría y la sonrisa habitual, lo que no pasó desapercibido para sus amigos, quiénes trataron de averiguar lo que le ocurría.
Tan sólo se sinceró con Hugo, su mejor amigo. Aquél le animó a asistir igualmente a la fiesta, a divertirse y a tratar de pasar el mal rollo con Isabela con aquella vieja frase tan española: la mancha de la mora, con otra verde se quita.
Así fue como Hugo convenció a Mauro de que, lo mejor que podía hacer, era ir a la fiesta, divertirse y sobreponerse a la negativa de Isabela de acompañarle. Además, su amigo añadió algo: “sigue viviendo con ella, sigue follándotela si eso te pone, pero no dejes de vivir tus 22 años como cualquiera de nosotros, esos no volverán”.
Durante los dos escasos días que mediaron entre la noche del miércoles y la del viernes, el ambiente en la vivienda de Isabela cambió por completo. Dejó de ser el lugar alegre y divertido en el que se había convertido, para volver a ser un espacio gris y frío. Los dos habitantes continuaron con la costumbre de cenar juntos, pero inmediatamente después de terminada la cena, con la excusa de tener que estudiar, Mauro se refugiaba en su apartamento de la buhardilla, mientras que Isabela se acostaba, sola y triste, enfadada consigo misma por haber provocado esa situación.
La tarde del viernes, día en el que la mujer solía volver a casa mucho antes que el resto de los días de la semana, aquella buscó la manera de no aparecer por su casa hasta haberse asegurado de que Mauro se habría marchado a la fiesta. Isabela pasó la tarde con su amiga Celia, de compras y tomando algo.
Celia se interesó por su estado anímico, era muy evidente que no estaba bien. Cuando supo lo ocurrido, la amiga trató de convencer a Isabela de que todo aquello pasaría, que seguramente después de ese fin de semana, todo volvería a ser igual que antes.
- ¿Y si no vuelve a ser igual? -preguntó una triste Isabela.
- Volverá a serlo, hazme caso. Os necesitáis el uno al otro, mucho más de lo que yo pensaba, y mucho más de lo que tú estabas dispuesta a admitir -respondió Celia.
- Ya, pero yo le he empujado a salir por su cuenta, a conocer a chicas de su edad. Esta misma noche podría conocer a la que me reemplace en su vida, y habría sido por mi culpa, por estúpida y orgullosa -se explayó Isabela.
- Todavía estás a tiempo de solucionarlo. Van a ser las 10 de la noche, tienes tiempo de ir a tu casa, darte una ducha, ponerte mona y presentarte en la puñetera fiesta para dejarles a todos con la boca abierta, y a tu chico con las manos ocupadas -soltó Celia tratando de animar a su amiga.
- ¿Crees que le gustará que me presente allí, después de todo? -preguntó Isabela a su amiga.
- Chela, si no se alegra de verte es que no está tan pillado por ti como ha dado a entender. Así que, sí. Se alegrará de verte, y tú te verás recompensada por su “alegría” -soltó Celia en tono picante.
Pagaron las consumiciones que tenían sobre la mesa, y ambas amigas se despidieron en la puerta del local. Cada una se marchó camino de su casa. Isabela llamó a Mauro nada más pisar dentro del chalet, pero aquél ya se había marchado.
La mujer no perdió el tiempo, fue directa a la ducha, se lavó el pelo y repasó la depilación de sus piernas y de su zona íntima. Aquello le llevó más tiempo de lo que había previsto, por lo que decidió darse espuma en el cabello para hacerse un peinado más desenfadado de lo habitual, lo que también le daba un aire mucho más juvenil.
Mientras se maquillaba suavemente, eligió la ropa con la que vestirse. Aprovechando que la temperatura ambiente aún era suave, se decidió por un vestido negro, ajustado en la zona del pecho y del vientre, y con la falda plisada en tablas muy anchas y con algo de vuelo, que le llegaba a unos 8 centímetros por encima de las rodillas. Aún tenía las piernas lo suficientemente bonitas como para lucirlas sin ningún impedimento.
También se esmeró en la elección de la ropa interior. Para la ocasión se decantó por un conjunto de braguita y sujetador, también de color negro como el vestido, que había comprado hacía muy poco tiempo, y que aún no había podido estrenar. Ambas prendas estaban adornadas con transparencias y encajes, de forma que apenas sólo eran capaces de cubrir lo imprescindible.
Buscó entre sus zapatos unos de color negro, de tacón alto y fino. Unos estiletos que estilizaban de forma prodigiosa sus piernas, haciéndola parecer mucho más alta de lo que en realidad era.
El punto final lo dio la embriagadora fragancia con la que perfumó su cuerpo, y de la que sabía que a Mauro le encantaba.
Se miró en el espejo de su dormitorio antes de bajar al garaje. La imagen reflejada era la de una mujer adulta, atractiva y sutilmente vestida, cargada de seguridad, con unas ganas enormes de recuperar la senda de su vida.
Se puso manos al volante y condujo hasta las inmediaciones de la discoteca en la que tenía lugar la fiesta. Entre unas cosas y otras ya eran casi las 12 de la noche. Esperaba no llegar demasiado tarde, y que Mauro aún no se hubiese enrollado con cualquiera de las muchas chicas que allí habría.
Tras aparcar en un parking cercano a la discoteca, Isabela recorrió los escasos 100 metros que la separaban de aquella. Lo hizo nerviosa, pensando en la reacción de Mauro al verla. Sería una sorpresa para él, y esperaba que esta sorpresa fuera bien recibida.
En la puerta dos vigilantes pararon a la mujer. No la dejarían entrar sin invitación. Primer problema. No había contado con tanto protocolo. Pero si había llegado hasta allí, no se iba a dar la vuelta sin más, sin intentar entrar.
Isabela retrocedió unos metros y hurgó en su bolso en busca del teléfono móvil. Mientras tanto, los dos empleados de la discoteca la miraban desconcertados. No parecía una alumna universitaria, si no más bien una profesora o la madre de alguno de los que habían asistido a la fiesta. Aún así, los dos convinieron en que la mujer tenía un polvazo.
- Mauro, cariño, escúchame -dijo Isabela cuando Mauro por fin atendió la llamada-. Estoy aquí, en la puerta. Los dos tipos de seguridad no me dejan entrar sin invitación ¿puedes venir hasta aquí y decir que vengo contigo? -suplicó la mujer.
- ¿Qué estás dónde? Apenas puedo oírte -respondió Mauro, incrédulo de lo que había creído entender.
- Aquí. En la puerta de la discoteca. Esperando que salgas a buscarme para poder entrar -explicó de nuevo la mujer, elevando la voz y ralentizando sus palabras.
Se hizo el silencio en el teléfono. De pronto dejó de oírse nada. Isabela sintió que el suelo se abría bajo sus pies, y que todo el peso del universo descargaba sobre sus hombros. Mauro ya sí la había entendido y, por toda respuesta ofreció su silencio. Tendría que haber pensado que era una locura. Que todo en los últimos meses lo había sido. Tendría que aprender a vivir así, de nuevo sola y amargada, recordando la pasión y la felicidad que había vivido con Mauro.
Isabela comenzó a caminar despacio en dirección a parking. Apenas había recorrido 6 u 8 metros, cuando una voz masculina y potente la llamó:
- ¡Señora, vuelva! ¡Por favor, vuelva!
Isabela se giró. Uno de los porteros la estaba llamando, el otro estaba un poco más adentro de la puerta, y no podía ver bien lo que hacía. Poco convencida, Isabela desanduvo el poco trecho recorrido.
- Este chico dice que viene usted con él -dijo el empleado cuando la mujer llegó a su altura.
Isabela levantó la cabeza y su mirada se encontró con la mirada alegre, casi llorosa de la emoción, de Mauro, que estaba allí, con el otro portero. La mujer acabó de entrar, o Mauro acabó de salir. Lo único cierto es que los dos se fundieron en el más sentido y sincero abrazo que nunca hubieran protagonizado.
Las lágrimas recorrieron las mejillas de ambos, las cuales no dejaron de acariciarse y de besar repetidamente.
- Gracias por venir, Chela -dijo por fin Mauro, contemplando a su recuperada amante.
- Gracias a ti por quererme tener en tu vida -respondió la mujer, sorbiendo la nariz-. Debo de estar hecha un desastre con las lágrimas haciendo trizas el maquillaje -añadió.
- Estás sencillamente preciosa -respondió un sonriente Mauro.
El joven acompañó a la mujer hasta la zona de los baños, dónde ella se retocó el maquillaje y de dónde no salió hasta haberse convencido de que su imagen volvía a ser la de una mujer madura, sí, pero libre, segura de sí misma, y feliz.
Cuando por fin salió, Mauro silbo alegremente al verla. Se cogieron de la mano y se encaminaron hasta el lugar en el que se encontraban los amigos del chico, para presentarles a Isabela. Todos quedaron fascinados por su belleza y simpatía.
La pareja bailó a ratos. Otras veces se retiraron a un lado para hablar entre ellos y con los amigos y amigas de Mauro. Isabela sintonizó con ellos con mucha más facilidad de la que ella había pensado.
Hugo le confesó a su amigo Mauro que se iba a convertir en el tío más envidiado de la facultad. Y en tono más jocoso se atrevió a decir que, si algún día se cansaba de Isabela, le gustaría ser el primero en su lista de pretendientes.
- Esa lista la manejaría ella. Chela es una mujer muy segura de sí misma. Además, no creo que me canse nunca de disfrutar del Jardín del Edén -respondió un risueño Mauro-. Además, tienes que crecer un poco más para estar a su altura -terminó de decirle, estrechándole los hombros calurosamente.
La noche continuó su curso. Algunos de los amigos de Mauro se atrevieron a bailar con Isabela, quién aceptó encantada un recibimiento tan cálido por su parte.
Poco a poco la música se fue suavizando. Mauro e Isabela bailaron algunas de estas canciones, más tranquilas, para bailarlas con más contacto físico. Mientras lo hacían, sus manos se acariciaron levemente en la espalda y en los hombros, sus cuerpos se pegaron y sus labios se rozaron en más de una ocasión. La tensión sexual no dejó de crecer, de la misma forma en que lo hicieron el rabo de Mauro y la humedad en el coño de Isabela.
- Necesito tenerte dentro de mí -susurró por fin la mujer al oído de Mauro, cuando la verga de éste rozó sin tapujos en su entrepierna.
- Vámonos ya, cariño -pidió Mauro- ¿Cómo has venido? -preguntó.
- En mi coche. Lo tengo en el parking de al lado -respondió la mujer, que ya empezaba a empujar con su cuerpo el del chico para largarse de allí cuanto antes.
Sin despedirse de nadie, Mauro e Isabela se marcharon. Lo hicieron rápidamente, para introducirse en el coche y volver cuánto antes a su casa. Pero el hambre que los dos sentían era muy grande. Una vez sentados cada uno en su lugar en el coche, Mauro e Isabela comenzaron a besarse. Sus lenguas se anudaban y desataban con inusitada velocidad, mientras sus manos recorrían ansiosas el cuerpo del otro. La mujer buscó con su mano izquierda la bragueta del chico, dónde pronto pudo deslizar su mano para acariciar directamente el prepucio y el resto de la polla, ya hinchada, del joven. Éste a su vez, utilizó su mano derecha para trepar muslos arriba por el cuerpo de Isabela, hasta acariciar con sus dedos, por encima de la braguita mojada, el aún más mojado coño de la mujer.
Un primer gemido se escapó de ambas bocas al sentir ese primer contacto con los dedos del otro en su más escondida intimidad. Lejos de parar, ninguno de los dos se amilanó y, mientras Isabela logró desabrochar y abrir el pantalón de Mauro, para tener un acceso más fácil y directo sobre su verga, el chico metió sus dedos bajo la braguita de la mujer, a la que comenzó de inmediato a masturbar, haciendo que sus gemidos rebotaran en las ventanillas del coche, y que sus fluidos terminaran sobre la tapicería.
Durante algunos minutos más permanecieron así: con las bocas unidas, con las lenguas entrelazadas, con las manos ocupadas en el sexo del otro, masturbándose mutuamente, respirándose mutuamente, incrementando las ganas y el deseo del uno por el otro, hasta que Isabela logró echar para atrás el asiento de Mauro para, a continuación, subirse a horcajadas sobre él, haciendo coincidir la verga del chico con su coño, cada vez más abierto y hambriento.
Ella misma apartó a un lado las bragas, mientras Mauro colocó su tranca en la ardiente entrada del coño de la mujer quién, sin pensárselo dos veces, hizo descender su cuerpo a tope, para clavarse al chico en sus entrañas de una sola vez.
Ambos gimieron a la vez, más bien gritaron de placer, y no dejaron de hacerlo mientras Isabela montaba con fuerza y con rabia a Mauro, envolviéndole la verga con el néctar de su vagina, cada vez más empapada y ardiente.
Isabela se follaba a Mauro con urgencia. Con la urgencia acumulada durante los dos últimos y largos días. Subía y bajaba por su falo sin descanso, a un ritmo frenético, sintiéndole entrar y salir de su cuerpo, golpeando sus entrañas, con aquella verga gruesa y dura a la que tanto había echado de menos, a la que había creído perder.
Mauro se sujetó al culo de la mujer, empujando a la vez que ella bajaba, ayudándola a subir cuando ella lo hacía, maximizando el placer, agrandando el placer, dejándose someter al ritmo frenético de su madura amante.
Unos minutos más tarde, entre gritos y sollozos, Isabela sintió un orgasmo casi mágico, con el que su cuerpo convulsionó y se estremeció hasta el extremo, sintiéndose la mujer más dichosa del universo, mientras oleadas de fluidos lo empapaban todo. A continuación, casi de forma enlazada, llegó el turno a Mauro quién, también entre sollozos y gritos, descargó toda la tensión acumulada en forma de esperma que fue a llenar la vagina de Isabela, mientras ambas bocas se comieron de nuevo, saboreándose mutuamente.
Aún tardaron unos minutos en recuperarse. Isabela chorreaba fluidos y semen, la tapicería del coche se manchó, como también lo hicieron las bragas y la alfombrilla del vehículo.
En cuanto se hubieron recuperado físicamente abandonaron aquel parking, rumbo a la vivienda de Isabela. Apenas había logrado ésta apagar el motor del coche, ya tenía a Mauro sobre ella, comiéndole la boca, sobando sus tetas, palpando la humedad pegajosa de su coño, todavía tan caliente como unos minutos antes.
Descendieron del coche, para volverse a unir en cuanto lo hubieron rodeado. Subieron como pudieron desde el garaje hasta la planta baja. Allí, sobre el suelo, quedó tirada la ropa de él y el vestido de ella. Reanudaron el camino escaleras arriba, sobre las que quedaron el bóxer de Mauro y las braguitas pegajosas de Isabela.
Apenas llegaron a la altura de la puerta del dormitorio principal, Mauro cogió en brazos a Isabela, para cruzarla. Una vez hecho, la depositó con dulzura sobre la cama y, antes de que ella pudiera hacer nada, comenzó a devorarla el coño.
Aquella vez la almeja de la mujer sabía a hembra y a macho, pues seguía impregnada por los fluidos de ella y por la leche de él. Aquellos sabores y aromas fueron como un revulsivo más para el joven quién, de inmediato, introdujo su lengua dentro del cuerpo de la madura mujer, con la que se lo folló con ganas, mientras sus dedos acariciaban y estimulaban su clítoris.
La locura era máxima. Isabela apenas aguantó unos minutos hasta volver a correrse, volviendo a soltar una buena cantidad de fluidos, que Mauro se bebió con absoluto deleite.
Antes de la que la mujer pudiera retomar las riendas de la situación, Mauro la hizo colocar a 4 patas sobre la cama. Aquel impresionante culo cada día le gustaba más y, tras palmearle un par de veces las blancas nalgas, haciendo brotar en color rojo la marca de sus manos sobre su cuerpo, Mauro se dedicó a comerle el ano.
Para hacerlo lamió primero el orificio y la piel circundante. Después introdujo su lengua poco a poco en el ano de la mujer, a la vez que con sus dedos no dejaba de masturbarle y acariciarle el coño, llenando sus dedos con el viscoso bálsamo de su placer.
Poco a poco, el ano de la mujer respondió favorablemente a la estimulación recibida, apreciándose a simple vista como había comenzado a dilatarse, lo que el chico aprovechó para introducir uno de sus dedos, empapado en fluidos, dentro de aquel pequeño agujerito.
Pronto el dedo ocupó el lugar que le correspondía, a lo que la mujer respondió gimiendo, y pidiendo más. Para Mauro, los deseos de Isabela eran órdenes, por lo que de inmediato se dispuso a jugar con otro dedo más, convenientemente lubricado, en el agujerito de su madura obsesión.
La presencia de dos dedos fue más costosa, pero igualmente el joven logró ensartar los dos pasados unos minutos, en los que Isabela disfrutó de las constantes caricias y besos de su joven amante.
Después de varios minutos en los que los dos dedos de Mauro entraron y salieron del culo de la mujer, ésta consideró que ya estaba suficientemente preparada para recibir a su macho.
- ¡¡¡Métemela ya en el culo!!! -imploró la mujer.
Mauro se colocó detrás de su amante, con la verga apuntando al techo, y el cuerpo hirviendo. Abrió las nalgas de la mujer con las manos, mientras empujó suavemente con su cuerpo para comenzar a introducir su pene en el ano de Isabela. Con algo de esfuerzo, y mucho cuidado, la verga fue entrando, a la vez que Isabela la recibía entusiasmada y entregada.
La mujer comenzó a masturbarse frenéticamente, a la vez que el joven penetraba su ojete, cada vez más profundamente, llenándolo poco a poco.
Ninguno de los dos podía dejar de gemir, ni de moverse, ni de sentir, ni de disfrutar. Ninguno de los dos podía, ni quería hacerlo.
Cuando por fin Mauro estuvo completamente dentro de Isabela, dejó de moverse durante unos instantes, los suficientes para besar la espalda de la mujer, para acariciar sus nalgas y para azotarlas después con fuerza, dando así el pistoletazo de salida a la cabalgada que daba inicio en ese momento.
El chico comenzó a moverse con ímpetu renacido, como si le fuera la vida en ello. Isabela recibía gustosa aquellas embestidas que la reventaban el cuño. Sintiéndose llena, plena y muy mujer.
Una y otra vez, Mauro martilleó el culo de su amante, haciendo que su verga penetrara hasta lo más profundo de sus entrañas, dejándose succionar y aprisionar por las suaves paredes del ano de la mujer, mientras que ella no dejaba de masturbarse, de acariciarse y estimularse el clítoris, convirtiendo su coño en una fuente inagotable de fluidos.
En una reacción que ninguno de los dos esperaba, Mauro cogió por el pelo a Isabela, tirando con fuerza de él, obligándola a levantar la cabeza, mientras que sus embestidas se hicieron aún más rudas y salvajes.
Poco después, el joven macho descargó el contenido de sus huevos dentro del culo de la madura hembra, quién recibió la descarga como un elixir de placer, que acrecentó el suyo propio, hasta llevarla de nuevo a un orgasmo, con el que ambos acabaron sudorosos y pringosos sobre la cama.
El resto de la madrugada continuó para ellos del mismo modo. Se entregaron el uno al otro con una pasión e intensidad que aún superaba la que habían vivido hasta entonces.
Finalmente, ya en el mediodía del día siguiente, los rayos del sol les despertaron con su cálida luz: desnudos, abrazados y felizmente agotados.
- No imaginas cuánto me alegro de haberte conocido -confesó Mauro después de besar dulcemente a su amada Isabela.
- Yo también me alegro muchísimo de haberlo hecho -respondió la mujer-. Además, nunca habría podido encontrar un jardinero tan bueno y fiel como tú -añadió.
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