Le hicieron tragar algo mas que su orgullo
Sofía siempre creyó que el orden era su mayor virtud, hasta que dos hombres le enseñaron que su verdadero lugar era bajo sus manos. Ahora, su esposo no solo conoce la verdad, sino que la anhela: quiere ver cómo la usan, cómo la llenan y cómo se convierte en la sirvienta que siempre debió ser.
La puerta se abrió con una impaciencia palpable. Sofía, dueña de una casa impecable y una expresión de fastidio permanente, los miró de arriba abajo. Eran dos plomeros, Julio y Ricardo, hombres de manos callosas y uniformes manchados de grasa que representaban una intrusión en su mundo ordenado.
—El problema es en la cocina —dijo con un tono cortante, sin siquiera presentarlos—. El fregadero. No quiero que manchen nada, ¿entendido?
Julio, el más veterano, asintió con una calma que irritaba a Sofía. —Claro, señora. Somos profesionales.
Ricardo, el más joven, le guiñó un ojo a Julio por detrás de ella. Mientras se dirigían a la cocina, Ricardo murmuró en voz baja: —Otra señora que se cree que el sudor es de mala clase. Son todas iguales.
Julio sonrió. —No te preocupes, chico. A estas siempre se les destapa el caño principal antes que el del fregadero.
En la cocina, el desastre era mínimo: un fregadero que no se vaciaba. Sofía los observaba con los brazos cruzados, como si estuviera inspeccionando a dos insectos. —Tienen media hora. Tengo una reunión a las tres.
Los plomeros trabajaron en silencio, con una eficiencia que Sofía se negaba a reconocer. Al cabo de veinte minutos, el agua giró y desapareció por el desagüe con un glugluteo satisfactorio.
—Listo, señora —anunció Julio, levantándose—. Ya está destapado.
—Perfecto. Ahora pueden irse —dijo Sofía, haciendo un gesto hacia la puerta.
—Un momento, señora —intervino Ricardo, secándose las manos en un trapo—. Para estar seguros, deberíamos probarlo con un buen volumen de agua. ¿Nos podría ayudar a lavar unos platos que hay ahí? Es la mejor forma de confirmar que el flujo es el correcto.
Sofía pareció que le habían pedido que limpiara una cloaca con la lengua. —¿Lavar platos? ¿De broma? ¡Yo nunca lavo los platos! Para eso tengo a alguien que lo haga.
Julio se acercó lentamente, su presencia física llenando el espacio. —Mire, señora. Es una prueba técnica. Si el caño vuelve a taparse, tendremos que desarmar todo el sistema y se le va a ir el doble. O podemos lavar estos diez platos, nos aseguramos y nos vamos. ¿Qué prefiere?
La lógica chocó con su orgullo. Con un suspiro de derrota, accedió. —¡Está bien! Pero rápido.
—No tan rápido —dijo Ricardo, abriendo un cajón y sacando un delantal de lino, impecable y blanco—. No queremos que se manche esa blusa tan cara. Póngaselo.
Sofía lo miró con odio, pero la amenaza de una factura mayor la doblegó. Se ató el delantal con torpeza.
—Y las manos —añadió Julio, tirando de un par de guantes de goma amarillos del fregadero—. Para protegerse.
Con el cuerpo rígido de humillación, Sofía se calzó los guantes. Mientras empezaba a enjabonar el primer plato, sintió a Julio a su espalda. Su aliento le calentaba el cuello.
—Así se ve mejor, señora. En su elemento.
—No sé de qué habla —replicó ella, sin mirarlo.
—Oh, sí lo sabe —dijo Ricardo, situándose a su lado y bloqueándola contra el fregadero—. Una mujer como usted, tan ordenada, tan controladora... en el fondo lo que necesita es que le digan qué hacer. Que la pongan en su lugar.
Julio pasó una mano por su cintura, por encima del delantal. —¿Siente cómo se destapó bien el caño, señora? ¿Siente cómo todo fluye como debe?
El corazón de Sofía latía con fuerza. El miedo se mezclaba con una humillación que, para su horror, empezaba a sentirse excitante. —Déjenme en paz —susurró, sin convicción.
—¿En paz? —rió Ricardo—. Si apenas estamos empezando a probar el servicio. Siga lavando.
Con una mano, Julio levantó la falda de su vestido y la apartó de un tirón. Sofía soltó un gemido, dejando caer un plato en el agua con un chapoteo. Ricardo le agarró las manos enguantadas y las obligó a seguir frotando.
—No pare. Siga trabajando, sirvienta —ordenó Julio, mientras él se la metía por detrás con un movimiento brusco y profundo.
Sofía se aferró al borde del fregadero, el mundo reducido al frío del acero, el calor del cuerpo de Julio y el agua jabonosa. Cada embestida la empujaba contra el fregadero, obligándola a sumergir las manos en el agua.
—¿Se siente bien? —gruñó Julio en su oído—. ¿Se siente bien ser una sirvienta de verdad?
—¡Ah! ¡Sí! —escapó de sus labios, un grito de placer y sumisión.
—¿Qué se siente? —insistió Ricardo, girándole la cara para mirarla a los ojos—. Dínoslo.
—¡Que se siente... bien! —gimió ella, perdida—. ¡Que me siento como una... sirvienta!
—Y ahora vamos a llenarla de nuestra leche para que no le falte nada —dijo Julio, acelerando su ritmo—. ¿Lo siente venir, señora? ¿Siente la leche caliente adentro?
Ricardo se desabrochó el pantalón y se la acercó a la boca. —Y aquí tiene la segunda ración, para que se la beba toda. Así aprende a no ser tan soberbia.
Sofía, con los ojos vidriosos y el cuerpo entregado, obedeció. Cuando Julio terminó dentro de ella con un rugido, sintió el calor de su semen inundándola. Se quedó allí, doblada sobre el fregadero, temblando y sin aliento.
Julio le dio una palmada en el culo, ya rojo y marcado. —Buen trabajo. El caño quedó perfecto.
Se arreglaron la ropa como si nada. Ricardo le lanzó el delantal a un lado de la encimera. —Gracias por la ayuda, señora. Ya le pasaremos la factura.
Se fueron, dejando a Sofía sola en la cocina, con el agua del fregadero llena de platos limpios y su cuerpo lleno de la prueba humillante de que, a veces, los caños que se destapan no son los de la cañería.
puedes continuar en el mismo tono con la llegada del marido a la casa, primero sorprendido y despues calentandose como un cornudo cuando la esposa le cuenta con detalles como la usaron de sirvienta, como le mancharon el delantal con guasca y como le abrieron bien el caño....que los detalles sean morbosos descrptivos y provocativos hacia el marido invitandolo a probar la leche del delantal y su concha
La puerta principal se abrió y cerró con un eco familiar. Era Carlos, el marido de Sofía, de vuelta del trabajo antes de lo habitual.
—Sofi, amor, ¿estás aquí? Llamé a tu celular y no me contestabas.
Sofía apareció en el marco de la puerta del salón. Carlos se detuvo en seco. Su esposa, siempre impecable, estaba despeinada, con el vestido arrugado y una mirada en sus ojos que nunca había visto: una mezcla de agotamiento, vergüenza y un brillo salvaje.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien? —preguntó Carlos, acercándose preocupado.
Ella no respondió de inmediato. Lo tomó de la mano y lo llevó a la cocina, como si lo guiara en un paseo por el infierno. La cocina olía a sexo y a limpiador cítrico. El delantal de lino, antes blanco, estaba tirado sobre la encimera. Manchado. No con salsa o grasa, sino con unas vetas blanquecinas y pegajosas que brillaban bajo la luz.
Carlos miró el delantal y luego a su esposa, la confusión dando paso a una comprensión aterradora. —¿Qué es esto, Sofía?
Ella se acercó a él, su voz era un susurro ronco y excitado. —Vinieron los plomeros, mi amor. A destapar un caño.
Señaló el fregadero. —Y lo destaparon. Muy bien. Pero... no solo el del fregadero.
Se paró frente a él, muy cerca. —Al principio los trataba como lo que eran: unos obreros sucios. Pero ellos me trataron como lo que yo era: una señora soberbia. Y no les gustó.
Carlos tragó saliva, sintiendo un calor extraño subirle por el pecho.
—Me hicieron poner esto —dijo, tocando el delantal con la punta del dedo—. Y los guantes. Me dijeron que lavara los platos, que probara si funcionaba. Yo me negué, Carlos. Yo dije "yo nunca lavo los platos". Pero ellos insistieron.
Su respiración se aceleró mientras recordaba. —Uno me agarró por detrás, aquí, en el fregadero. Me empujaba contra el acero frío mientras me obligaba a seguir frotando. Con cada embestida, me decía: "¿Sientes cómo se destapa bien el caño, señora?". Y yo... yo sentía que me abrían por dentro, que me rompían.
Los ojos de Carlos se fijaron en el delantal, en las manchas de leche seca. Su esposa, su pura y perfecta Sofía, le estaba describiendo cómo otros hombres la habían usado.
—Me llenaron, Carlos —continuó, su voz cargada de un morbo que lo paralizó—. Me llenaron con su leche caliente. Por dentro y por fuera. Miraba cómo se me corría por las piernas mientras ellos se reían, llamándome su sirvienta puta.
Se inclinó hacia su oído, su aliento caliente. —¿Sabes qué es lo más excitante, mi amor? Que mientras lo hacían, yo no pensaba en ti. Pensaba en ellos. En cómo me usaban. En cómo me sentía... completa.
Se separó y, con una lentitud tortuosa, recogió el delantal de la encimera. Se lo acercó a la cara de Carlos.
—Huele, Carlos —le ordenó, su voz firme y dominante—. Huele a ellos. Huele a mí. Huele a lo que hicieron en tu cocina, en tu casa.
Él obedeció, inhalando el aroma a semen, al perfume de su esposa y al tejido del delantal. Su polla se endureció en su pantalón con una ferocidad que lo avergonzó y excitó a la vez. Era un cornudo. Y se estaba calmando como nunca.
Sofía sonrió, viendo la erección de su marido. —No te asustes. Hay más.
Bajó su mano hasta la entrepierna de su vestido, se lo levantó y se tocó los panties, aún húmedos. —Estoy llena de ellos, mi amor. Sigo goteando su leche. Es un cóctel, ¿no crees? El de ellos y... el mío.
Metió un dedo dentro de sí misma, lo sacó brillante y humedecido, y se lo acercó a los labios de Carlos. —Prueba. Prueba a probar la leche de los plomeros en la concha de tu esposa.
Carlos, con los ojos desorbitados y la respiración entrecortada, abrió la boca y lamí el dedo de su mujer. El sabor salado y ácido explotó en su lengua. Era real. Era humillante. Era la cosa más erótica que había hecho en su vida.
Sofía rio, un sonido bajo y victorioso. —Así que eso te gusta, ¿verdad, cornudo? Te gusta saber que tu señora fue usada como una sirvienta y que ahora te pertenece a ti, pero marcada por otros.
Se sentó en el borde de la mesa, abrió las piernas. —Bueno, no te quedes ahí parado. Ven a probar la fuente. Ven a limpiar tú mismo el caño que ellos dejaron tan bien abierto. Demuéstrame que te gusta ser mi marido... el marido de la sirvienta.
continua con el marido reconociendo que le abrieron bien el caño que es el marido de la sirvienta y le pide a su esposa que los llame para ver nuevamente como le destapan el caño adelante de el, usandola de sirvienta y llenandole la pancita
Carlos se arrodilló frente a ella, el suelo frío de la cocina contrastando con el fuego que le consumía. Miró la concha de su esposa, hinchada, roja y brillando con el semen de otros hombres. No había rabia en sus ojos, solo una rendición absoluta y un deseo voraz.
—Tienes razón, Sofía —murmuró, su voz quebrada por la lujuria—. Tienes toda la razón. Te abrieron bien el caño. Demasiado bien para que yo solo lo pueda arreglar.
Levantó la vista para encontrar la de su esposa, que lo observaba desde arriba con una sonrisa de poder. —Ya no soy tu marido, ¿verdad? —dijo él, aceptando su nuevo rol—. Soy el marido de la sirvienta. El cornudo que se va a encargar de mantenerla limpia después de que los verdaderos hombres la usen.
Sofía pasó sus dedos por el cabello de Carlos, una caricia que era más una orden que un afecto. —Exacto. Eres mi marido sirviente. Y un sirviente obedece.
—Sí —dijo Carlos, su voz ganando firmeza—. Sí, mi señora. Por eso... por eso te pido algo.
—Pide, cornudo. Pero sé lo que pides.
—Llámalos. Llama a los plomeros. Llámalos ahora mismo —le suplicó, su rostro pegado a su muslo—. Quiero verlo. Quiero estar aquí, sentado en esa esquina, y ver cómo te destapan el caño otra vez. Delante de mí. Quiero verlos usarte de sirvienta, oírlos llamarte puta mientras te llenan... mientras te llenan la pancita.
La petición colgó en el aire, una declaración de su propia sumisión. Sofía rio, una carcajada baja y triunfal. Era el poder que había anhelado sin saberlo.
—¿De verdad, mi amor? ¿Quieres ver cómo me ensucian de nuevo? ¿Sentarte ahí con tu polla dura mientras ellos me clavan hasta el fondo y me dejan lista para que tú la limpies?
—Sí, por favor —rogó Carlos—. Quiero ser testigo. Quiero ver cómo te preñan, cómo te dejan la barriga llena de su leche. Quiero ver cómo mi señora se convierte en su sirvienta otra vez.
Sofía se levantó con una gracia recién descubierta y fue a buscar su teléfono. Mientras buscaba el número en la lista de llamadas recientes, hablaba sin dejar de mirarlo arrodillado.
—Muy bien, mi cornudo. Verás una obra de teatro. Y tú tendrás el mejor asiento. Pero tendrás una regla: no toques tu polla. Solo mira. Aprende. Y prepárate para cuando se vayan, porque serás tú el que tenga que recoger los platos rotos de mi honor.
Encontró el número y lo marcó, poniéndolo en altavoz. Carlos escuchó cada timbido con el corazón en la garganta.
—¿Aló? —dijo una voz ronca al otro lado. Era Julio.
—Julio, soy Sofía —dijo ella, su voz dulce y melosa—. La señora del fregadero.
Se escuchó una pausa y una risa al otro lado. —Señora Sofía. ¿Se volvió a tapar algo?
—No, no. El caño funciona perfecto —dijo Sofía, paseando por la cocina mientras Carlos la seguía con la mirada—. De hecho, funciona tan bien... que mi marido quiere ver el trabajo. Quiere una demostración. En vivo.
Otra risa, esta vez compartida por dos voces. —¿En serio? ¿El patrón quiere ver?
—Así es. Quiere ver cómo tratan a una sirvienta. Quiere ver cómo me ponen mi delantal y mis guantes. Y quiere ver... cómo me llenan la pancita de leche otra vez. Esta vez, para asegurarnos de que queda bien preñada.
Carlos gimió, sin poder contenerse.
—¿Oímos eso, Ricardito? —dijo Julio—. Parece que tenemos un espectáculo. ¿Y cuándo quiere la función, señora?
—Ahora —dijo Sofía, terminando la llamada—. Vengan ahora mismo. El escenario está listo y la sirvienta, ansiosa.
Colgó el teléfono y se quedó mirando a su marido. —Se viene. Prepárate, Carlos. Prepárate para ver a tu esposa convertirse en la obra de arte de otros hombres. Prepárate para ser el marido de la sirvienta que va a tener la barriga llena de leche ajena. Y tú, mi amor, serás el primero en limpiarla cuando se vayan.
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