Agustín
Él la tenía en sus manos, en todos los sentidos. Judit creyó haber encontrado el cielo en la sumisión absoluta, pero el infierno la esperaba al despertar. Ahora, entre lágrimas y terapia, debe responder a la pregunta que la estrangula: ¿cómo se llega a destruir lo que más amaste?
Después de ocurrirme todo, me ocurrió el vacío.
Louise Glück
Tengo que ordenar mis emociones.
Llegué a terapia convertida en un mar de lágrimas, desquebrajándome cada vez que intentaba contar lo que había sucedido. Llena de dolor, vergüenza, decepción, asco, culpa... En la primera sesión apenas pude enfocarme en aprender a respirar para calmarme. Mi terapeuta me sugirió que, si me era posible escribir, organizara mis pensamientos y emociones en un papel. Y es algo que debo hacer... por Agustín. Me pidió una explicación y realmente no supe qué decir. Estaba en shock. Era tanto por procesar... tenía que procesar completamente destrozada cómo había destruido todo en una noche y cuál era el camino que me había llevado a este infierno. Ese camino que pude haber disfrutado en un primer momento, pero que al volverlo a transitar me quema como si fueran brasas. Espero que al recapitular pueda hallar las claves que me transformaron en esta monstruosidad. ¿O en realidad siempre fui un monstruo que fingía frente a Agustín? ¿Convivían dos versiones mías, una frente a él y otra a sus espaldas? ¿Mi amor no era verdadero? No, ¿cómo podría amarlo. ¿Cómo alguien que ama podría dañar tanto a otra persona? Pero tampoco creo que este dolor tan hondo pueda nacer de alguien que no lo amara.
Me odio.
Sí, eso debe ser. Un odio aniquilante hacia mí misma tuvo que ser más grande que el amor que debía proteger.
Me considero una chica normal. Una joven que cuando le aparecieron curvas empezó a recibir miradas masculinas por todas partes, trayendo consigo condescendencia y amabilidad por doquier. El mundo de los hombres se vuelve más amable frente a un par de tetas. Eso debería haberme vuelto más segura, pero consiguió lo contrario. En realidad, las miradas y el acoso me fueron cohibiendo de cierta forma. Me volví tímida, insegura respecto a mi cuerpo, un tanto introvertida. Quizás por estas razones mi grupo de amistad se volvió el refugio donde podía ser más libre, donde no tenía que esconderme para ser yo misma. Podían hacer bromas, pero sabía perfectamente que no pasarían de ahí. Era, podría decirse, un espacio seguro.
Conocí a Agustín en la universidad. Era un tipo normal, igual que yo. No era el más atlético, ni el más alto o el más guapo. Pero su forma de verme. Notaba cómo se embobaba por mí aunque intentara disimularlo, con una mirada distinta al resto. Con él no me sentía acosada. Se interesaba genuinamente en mí. Yo venía de una relación en la que me habían engañado y eso me había vuelto aún más insegura respecto a mi cuerpo y mi persona. Entonces era más joven y apenas podía entender que eso no había tenido nada que ver conmigo, sino con el patán de Rodrigo, quien también era joven y traía las hormonas y la moral desatadas. Fue en ese estado de vulnerabilidad en el que se acercó Agus con lo que ahora noto como una actitud distinta a la de un amigo, quizás para levantarme y sacarme de mi tristeza, quizás para conquistarme. Logró ambas. Él era un espacio seguro. Estable. Una persona insegura necesita de alguien con quien descansar del agobio. Así que me fui enamorando de él, poco a poco, detalle a detalle, beso tras beso, noche tras noche. Sus caricias se fueron fundiendo en mi piel, mis formas se empezaron a ajustar a las suyas, nuestros ritmos se fueron sincronizando, el uno se fue haciendo del otro, mi cuerpo se fue acomodando en sus rincones y el suyo en los míos.
El sexo era bueno. Casi siempre yo tenía la iniciativa; pero es que simplemente me gustaba mucho. Y él me provocaba que lo consintiera y recompensara por todas las atenciones que tenía conmigo. Verlo convulso debajo de mí, gimiendo mi nombre, completamente excitado, me ponía al mil. ¿Necesitaba algo más, le pedía algo más? No lo creo. Quizás pudimos agregar juguetes, dinámicas, posiciones. Pero los orgasmos llegaban. ¿Para qué habría de pedir algo que no necesitaba? Yo me acomodaba muy bien a su ritmo, él al mío. Sabía cómo complacerlo, dónde le gustaba, cómo usar mis labios, mis senos, mis manos, mi voz. Sabía qué decirle al oído para hacerlo perder la cordura. Nuestros cuerpos ya estaban acostumbrados a esta simbiosis. Sabía mirarlo con esa complicidad íntima donde solo habitábamos los dos. Él sabía también cómo tocarme. El tono de su voz me derretía y se incrustaba en mis partes más calientes. Sabía navegarme con sus dedos, no necesitaba un mapa ya para explorar mi cuerpo. Supimos llegar al cielo juntos. Como aquella ocasión en la que descubrí que el sexo de reconciliación era exquisito. No recuerdo la pelea ya, creo que nos habíamos disgustado en alguna fiesta. Lo que sí recuerdo es algo que aún puedo sentir al evocarlo, cómo llegamos al departamento y me tomó salvajemente haciéndome ver las estrellas. ¿Es lo que necesitaba? En esa ocasión me tomó por la espalda, llevaba un vestido corto ajustado…
—¡Me encanta cómo te ves con ese vestidito! No hallaba la hora de tenerte aquí —me susurraba Agustín al oído con los labios rozándome la oreja, mientras empezaba a lamerla para luego bajar a mi cuello, a recorrerme hasta el hombro. Restregándome su polla contra el culo. Manoseándome los pechos. Erizándome con su respiración fuerte en la nuca. Estaba hecho una bestia. Efecto del alcohol, ambos estábamos bastante desinhibidos y, producto de la pelea previa, ahora lo sé, completamente a tono.
—¿Te gusta, amor? Quería provocarteeee… —alcancé a insinuarme mientras su mano se deslizaba por delante de mi tanga. Era la primera vez que sentía a un Agustín poseído, hecho una fiera, de movimientos bruscos y directos. Quizás en otro contexto me habría lastimado, pero esa vez incluso el dolor me excitaba. Ese hombre me tenía en sus manos, en todos los sentidos—. ¡Hazme lo que quieras, amor! Conviérteme en tu putaaaaahh aaaah mmmmmm…—Ni siquiera necesitaba pedirlo.
Empecé a gemir más fuerte cuando sentí sus dedos introduciéndose, sin previo aviso. Era un mar hirviendo en mis adentros. No supe en qué punto me quitó la ropa, pero cuando me di cuenta ya estaba completamente desnuda y él todavía no se había quitado nada. Era su puta. Mi hombre me tenía a sus pies. Ahí tuve que haber dejado de pensar, ya no podía hacerlo... Estaba repleta de sensaciones placenteras. Solo puedo reconstruir lo que debió haber pasado con las escenas que recuerdo.
Me volteó y me empezó a besar profundamente mientras me tomaba del cuello. Me estaba poseyendo. Estaba derretida. Con su otra mano me seguía frotando mi entrepierna, metiéndome sus dedos. Me empujó levemente para apartarse de mí y observar cómo me tenía. Me imagino completamente enrojecida, húmeda, respirando agitadamente. Viéndolo llena de lujuria y deseo.
—¡Ya eres completamente mía, Judit! —proclamó enorgullecido, recorriéndome con la mirada de pies a cabeza con sus ojos inundados de un deseo que yo reflejaba. Ya lo era desde hacía tiempo, quizás solo me lo estaba constatando o grabándomelo en el alma de forma definitiva—. ¡Sóbate esas tetas! —ordenó después, ejerciendo el reinado que tenía sobre mi voluntad.
Obedecí sin dudar, mientras él se desnudaba. Le iba a dar un show personal. Si eso quería, eso tendría:
Un ámbar tenue se filtraba por la ventana, pincelando nuestros cuerpos en medio de la oscuridad. El aire en esa habitación se había condensado, cargado de un olor a nosotros, a deseo y pelea resuelta. Él no decía nada, solo respiraba hondo, observándome como un depredador en reposo, sabiendo que su presa ya se entregaba. Su silencio era una orden más potente que sus palabras.
Bajé mis manos lentamente hacia mis senos, los empecé a amasar despacio, cerrando mis ojos para concentrarme en el calor que brotaba de mis propias manos. Nunca me había tocado para nadie, ni siquiera de esa forma para mí. Estaba descubriéndome guiada por la cadencia de su respiración, que era el único sonido en la habitación aparte de mis propios latidos. Apreté ligeramente mis pezones, que ya se habían puesto duros, y no pude evitar soltar un ligero gemido. Mantuve una mano sobre ellos y empecé a deslizar la otra hacia mi vientre. Abrí los ojos para encontrarlo. Y ahí estaba observándome fijamente, con su polla en una mano sentado en el sillón, tocándose al compás con el que yo me exploraba. Notaba la voracidad en su cuerpo, sus ojos acechantes de fuego.
Cruzamos las miradas embebidas de sí mismas. Me emanaba calor entre las piernas, con ese néctar lubricante que caía varios centímetros sobre el interior de mis muslos. Comencé a rozar mis labios vaginales y escapó otro gemido involuntario, mientras mis piernas se debilitaron ligeramente, pero su mirada me sostuvo. Bajé mi otra mano hacia mis caderas, contorneando mi cintura. Cerré los ojos de nuevo, dejándome llevar por la corriente de sensaciones, con la piel erizada, mis dedos me quemaban. Froté con más fuerza mi vulva, con la intensidad que reclamaba mi cuerpo, trazando círculos placenteros. Abrí los ojos, ahí estábamos los dos. Unidos totalmente a pocos metros de distancia. Su mano se movía al mismo ritmo que la mía. No éramos él y yo, ni siquiera un nosotros, éramos una sola secuencia cerrada donde no existía nada más.
Me ensalivé un dedo y lo introduje despacio, lento, sintiendo cómo mi cuerpo lo recibía con un espasmo húmedo. Mi respiración se quebró, mis gemidos se intensificaron, mi mano se movía sola, como si intentara imitar la fuerza con la que recordaba a mi hombre en los momentos de mayor ímpetu sexual. Entonces introduje otro dedo con las piernas más debilitadas. Solo me sostenía su mirada. Tomé mis pechos con la otra. Una descarga ardiente me subió por la nuca, como un rayo placentero que apenas pude gritar. Entre gemidos proclamé su nombre, como un llamado íntimo que evocaba mi cuerpo:
¡Agustín!
Aunque no lo pareciera, lo sentía como causa y destino de lo que estaba ocurriéndome. Sola, nunca habría estado allí. Sola, nunca habría sabido que mi cuerpo podía responderle sin necesidad de tocarme. Me detuve en su mirada, jadeando, con los dedos aún dentro. Frotándome con más fuerza, ya no buscando el orgasmo, sino prolongando el instante en que ser yo, ante él, era el acto más libre y posesivo del mundo.
—¡Ya, por favor! —supliqué, salivando. Habíamos creado un código espontáneo entre nosotros: él sabía lo que yo quería, y de alguna forma entendíamos que, si él no me lo indicaba, yo no pararía.
Él sonrió, un gesto lento y feroz. “Acércate”.
Su voz profunda estremeció mi interior. Accedí inmediatamente, me agaché y me tomó del cabello para que no estorbara, para llevar el ritmo. Me tenía enganchada. Me besó con furia nuevamente, creo que hasta me mordió. Y sin mediar más palabra dirigió mi boca a su miembro en completa erección. Lamí su glande, la base, la recorrí toda sin dejar ningún espacio inexplorado por mis labios, estaba completamente ida aferrada a él, saciando un hambre que había crecido en ese cuarto; sentí como la empujaba hasta el fondo y la dejaba ahí por unos segundos, provocándome arcadas en varias ocasiones hasta que me acostumbré a su longitud. Era un espectáculo de saliva que no había terminado, porque de pronto me dirigió a sus huevos. Me dispuse a lamerlos con esmero. Me dediqué a comerme a mi hombre. Estábamos disfrutando del sexo oral tanto él como yo. Descubrí que cuando se mezclaban su satisfacción salvaje y mi deseo intenso, yo podía resultar una completa guarra a su disposición que disfrutaba mucho el estar a sus pies.
“Móntame de una vez que quiero comerme ese par de tetas”. Ordenó mi rey. Me dirigí ansiosa hacia él, directamente a cabalgarlo, magnetizada por su mirada, hechizada por sus órdenes.
—Aaaaaaaahhhhh —gemí introduciéndolo todo de un solo golpe, lo sentí clavarse en mi interior en varios sentidos. Creo que nunca había estado tan mojada, tan abierta a hacerlo parte de mí. Esa noche descubrí la función íntima del sexo, el placer de la entrega mutua. De fundirte con tu pareja.
Me empezó a lamer mis senos, me los mordisqueaba, no dejó un espacio sin saborear. Estaba poseído dándome la mejor follada de mi vida. Yo tomé su cabeza para dirigirlo directamente a mis pezones. Empezó a chuparlos mientras yo sentía que algo vibraba en todo mi interior de forma creciente, que de pronto se detuvo cuando me dio la primera nalgada. Eso me devolvió al ruedo por unos minutos.
—Amor, así, sigueeehh aaahhh sigue por favormmmhhh
Me dio otra nalgada y empezó a amasar el culo mientras aún chupaba mis pezones. Yo ya estaba en un trance sexual donde era libre de ser completamente suya, mi cuerpo se estremecía con cada nalgada, con cada succión, al escuchar cómo me respiraba. Empezó a rozarme el ano con un dedo. Era tan inusual que lo miré pasmada, pero no lo detuve. Se trataba de un placer salvaje, primitivo o, quizás, trascendental. Mis adentros nuevamente comenzaron a vibrar y empecé a gemir y a gritar, él empezó a hundir su dedo por detrás y su cara entre mis pechos al mismo tiempo, me apretó hacia él con lo que yo sentí como todas sus fuerzas, jadeó guturalmente como la fiera que encarnaba, su polla empezó a palpitar, se estaba corriendo dentro y fue ahí que, sintiendo los chorros pulsándome, alcancé a gritar un orgasmo profundo... arqueando mi cuerpo antes de soltar por completo todo el placer acumulado. Así se debe sentir llegar al cielo, a ese punto sin retorno de encontrarle un sentido superior al sexo. Me dejé caer sobre él trémula, recobrando el sosiego.
Estuvimos así unos segundos eternos, me tenía entre sus brazos. Podía sentir cómo su respiración se calmaba a través de mi cabeza tendida en su pecho. Sus manos acariciaban mi espalda. Yo sincronizaba mi aliento al suyo.
Me volvió a besar, mientras yo me acomodaba en el sillón sobre sus piernas. Me escurría esa miel caliente de mi hombre entre las piernas. Tomé un poco con mis dedos y los chupé. Creo que lo había hecho instintivamente, no quería desperdiciar nada de ese elíxir. Pero él lo tomó como una provocación tal parece.
“¡Estás hecha toda una guarra! ¡Me encantas!”
Se puso de pie y me dejó sentada. Me abrió las piernas y empezó a meterme sus dedos para masturbarme. Yo empecé a gemir nuevamente. Mmm aaaaahhhhh amoooor aaaaaahhh. No sabía si dolía, si cosquilleaba, pero estaba otra vez extasiada con sus dedos dentro. Los sacó con una mezcla de mis jugos y su semen y me los metió a la boca. “Querías probar, amor”. Esa imagen descabellada me nubló el juicio, encendiéndome de un instante a otro. Así que los lamí eufórica, limpiando su mano o llenándola además de mi saliva, a lo que él volvió nuevamente a introducirlos para darme nuevamente esa poción afrodisíaca que habíamos creado.
Mi hombre me cargó entonces, me tomó entre sus brazos y me tiró en la cama. Me abrió las piernas y sin mediar más me empezó a follar fuertemente mientras nos fundíamos en un beso profundo. Me chupó los labios. El cuello. Los hombros. Los pechos. Tenía a un Agustín de campeonato que me estaba haciendo suya con cada estocada, y yo no podía más que reaccionarle con gemidos y gritos mientras lo abrazaba y empujaba hacia mí. No me importaba si me embarazaba esa noche. Habría sido el accidente más afortunado y placentero de la historia.
—¡Fóllame, amor…! Así... con fuerza... sigue… aaaaaaaahhhhh Lléname otra vez, amor. ¡Aaaaahhhh! Así... préñameee. —alcancé a gritar mientras me empujaba con más fuerza—. ¡Amor, me voy a venir otraaaa veeeeez!
No tardé en alcanzar otro orgasmo. Era, no sé cómo decirlo, demasiado. Sí, eso, más de lo que jamás había sentido. Grité entonces, estallando mi cuerpo y tensándome, enseguida sintiendo otra descarga caliente llenándome entre jadeos, fundiéndonos en un mismo espasmo. Nuestros cuerpos habían perdido sus fronteras por un momento, no sabía dónde terminaba el mío y continuaba el suyo.
Apenas pude reaccionar con una sonrisa boba llena de satisfacción pegada a la cara. Los dos estábamos hechos un desastre. Nos habrán escuchado hasta el edificio de enfrente, todos los vecinos, no importaba. “¡Qué demonios acaba de pasar?” Reaccioné, aún temblorosa por el éxtasis. “Te acabo de hacer mía, Judit”. Lo miré con su semblante satisfecho, completamente enamorada y con brillo en los ojos. Era suya, por supuesto que era suya, su Judit, se trataba de una verdad tan sagrada como el encuentro simbiótico de esa noche. Nos abrazamos, nos besamos. Lo vi a los ojos. “¡Te amo, Agustín!”.
Esa certeza, esa posesión mutua, ahora me está estrangulando. ¿Qué demonios nos pasó, Agustín? ¿En qué punto me perdí en el camino a tu lado? Yo te amaba, ¡claro que te amaba! ¡¿Por qué te hice esto?!
[Continúa en parte II del Acto I]
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Quiero aprovechar para agradecer profundamente a Emsibi por su relato Mi Judit, el cual me sacó de un anquilosamiento creativo de años ante la angustia de su final demoledor. Me ha animado a volver a escribir, algo que no recordaba cuánto disfrutaba. Y eso es muy valioso para mí. También agradecer por su retroalimentación, me ha permitido sobre todo sentirme validado en este ejercicio. ¡Gracias! He seguido mi corazonada y a donde me llevaron las reflexiones obsesivas que tuve sobre el caso.
Tuve que cambiar de cuenta porque la anterior (papo) no me permitía cargar el relato.
Espero haya sido de su agrado. Aún falta más.
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