Siervas del hombre: bienvenidas a mi harem 03
El Comandante la miró con una intensidad que heló su sangre, pero en lugar de castigo, le ofreció un vaso de licor y una vida tranquila. Creyó haber encontrado refugio en la casa del hombre que ejecutó a su violador, sin saber que la verdadera pesadilla no venía de los soldados, sino de la puerta que se abrió esa noche.
ALEJANDRA
¿Cómo fue que mi vida pudo cambiar tanto en tan solo un par de días? ¿De qué manera pasé de tener un trabajo donde dirigía un departamento entero, a estar arrodillada en una camioneta mientras un tipo asqueroso me penetraba sin que yo hiciera el más mínimo intento de resistirme? ¿Cómo fue posible que el simple hecho de participar en una protesta y vestir con los símbolos de Aurora me condenara a pasar el resto de mi vida como una sierva?
Esas eran las preguntas que me hacía mientras era trasladada en una camioneta del Gobierno Central, estando de rodillas en aquel vehículo, con la cara apoyada en uno de los asientos que bordeaban la van donde me transportaban, siendo penetrada por un funcionario obeso que respiraba con dificultad mientras me empujaba su verga en el coño, bajo la vista de los militares que nos escoltaban y que sonreían con gestos de suficiencia al verme sometida, disfrutando de aquellas lágrimas que surcaban mis mejillas al mismo tiempo que el cerdo en mi trasero me apretaba los senos con fuerza, riéndose de mí, diciéndome cosas que me recordaban que aquello que estaba ocurriendo en ese vehículo, sería probablemente lo que pasaría en cada uno de los días que me quedaran de vida.
- ¡Lloras como si no lo estuvieras disfrutando, perra! ¡Vamos, mueve el culo para mí! ¡Quiero venirme en tu coño antes de entregarte al comandante! - gritó el funcionario, humillándome, obligándome a ceder mi voluntad a sus deseos ante el miedo que me provocaba lo que pasaría si me atrevía a desobedecerlo, sollozando aun con más fuerza cuando mis caderas comenzaron a moverse y sentí la forma como ese imbécil me tomaba del cabello y tiraba de él, sufriendo de cada segundo que pasaba al sentirlo dentro de mí, ante la idea de que alguien tan asqueroso y mezquino penetrara mi vagina sin que le importara nada más que su propio placer, sin permitir que mi cuerpo y mis pensamientos fueran anestesiados con un poco de ambrosía, pues el muy cerdo parecía disfrutar demasiado de verme sufriendo por todo lo que me hacía.
Afortunadamente aquello no duró mucho tiempo, en primer lugar, porque el centro de registro no estaba tan lejos del que sería mi destino y, en segundo lugar, porque ese imbécil no logró prolongar las cosas por más de un par de minutos antes de que eyaculara en el suelo de la camioneta, para luego arreglarse la ropa y finalmente obligarme a tomar asiento en el mismo sitio donde un segundo atrás estuvo recargada mi cara, donde terminé aquel corto viaje flanqueada por un par de soldados que de pronto se mostraron demasiado serios, poco antes de que llegáramos a esa mansión que sería mi nuevo hogar, si es que una sierva podía tener algo como eso.
- Ni una palabra de lo que acaba de pasar, si el comandante se entera de esto, haré que los fusilen por desacato ¿Entendido, soldados? - advirtió el funcionario a los tipos a mis costados.
- ¡Sí, señor! - respondieron al unísono, pero pude ver que los dos sonrieron discretamente cuando el hombre obeso les quitó la vista de encima, antes de que yo agachara la cabeza, experimentando el renovado temor que me embargaba en cada ocasión en que me preguntaba cómo sería mi vida con un comandante del mismo ejército cuyas familias murieron en el ataque que orquestó el movimiento Aurora, antes de que la puerta se abriera y un soldado me tomara del brazo con fuerza desmedida, obligándome a bajar del vehículo, sintiendo cómo la luz del sol me hacía entrecerrar los ojos hasta el momento en el que nos quedamos quietos y frente a mí se presentó un hombre que lucía sumamente imponente con esa musculatura y la elegancia que le brindaba el uniforme militar que llevaba encima. Los soldados lo saludaron llevando su mano a su frente, mostrando un respeto que poco tenía que ver con la forma como se dirigieron al funcionario del Gobierno Central que me llevó hasta ese lugar.
- ¡Señor! - dijo el funcionario mientras le dirigía un saludo militar a quien supuse acertadamente que era el comandante, quien sonrió en cuanto el funcionario lo saludó de esa forma, burlándose de él mientras lo apartaba a un lado, casi logrando que cayera al suelo, antes de que se parara frente a los soldados y entonces les brindara un respetuoso y enérgico saludo militar.
- Descansen, muchachos - dijo el hombre, permitiendo que los soldados bajaran sus manos, a pesar de que no se relajaron ni siquiera un poco - no entiendo por qué insistes en saludarme de esa forma, tú no perteneces al ejército, por lo cual, no tienes el derecho de saludarme de esa manera, así que deja de tener sueños húmedos al respecto o voy a tener que meterte mi bota por el culo para que lo entiendas - se burló el comandante, provocando sonrisas discretas en los soldados que me escoltaban, haciendo que el funcionario gordo agachara la cabeza mientras se arreglaba la ropa, sin poder evitar que su rostro se sonrojara considerablemente, siendo completamente ignorado por el comandante, quien me miraba como si tratara de encontrar algo en mi rostro, como si supusiera que estaba ocultando algo en mis ojos, en mi boca o tal vez debajo de mi piel, provocando que temblara de miedo al sentirme observada de esa manera tan escrupulosa - ¿Es una de las lanzadoras? - preguntó el oficial.
- No, señor, pero estuvo en el movimiento, la atraparon mientras trataba de huir de… - dijo el funcionario, sonando nervioso, haciendo que el comandante endureciera las facciones de su rostro mientras giraba un poco su cabeza para mirarlo a los ojos.
- ¿No quedó claro que quería que me trajeran a una de esas perras que lanzaron las bombas contra el edificio? - preguntó el oficial, sonando tranquilo, pero adoptando un tono amenazante con el que de manera evidente puso muy nervioso al funcionario que me llevó hasta él.
- Lo siento señor, fue lo único que pudimos conseguirle, pero le aseguro que… - trató de disculparse el funcionario, antes de que el comandante le dirigiera una renovada mirada de odio que lo hizo cerrar la boca en el acto, para luego volver a verme, de la misma forma escrutadora y con tanta intensidad como lo hizo un instante atrás.
- ¿Alguien la usó después de que la descontaminaran y la limpiaran?
- No señor, personalmente me aseguré de que nadie la tocara - le garantizó el funcionario al oficial, mientras dirigía una mirada severa a los soldados, sin que el comandante dejara de mirarme a los ojos, como si tratara de descubrir algo que yo no lograba entender.
- Muy bien - expresó después de unos segundos de estarme analizando - déjenla y lárguense a trabajar, pero sigo queriendo que traigan a una lanzadora y más te vale que lo hagas esta semana, o me veré obligado a hacer un par de llamadas a tus superiores.
- Por supuesto, señor, puede darlo por hecho, personalmente me encargaré de que ocurra de esa manera, señor, no se preocupe, yo… - comenzó a decir el funcionario mientras el comandante me tomaba con mucha fuerza del brazo, provocándome dolor, al mismo tiempo que yo me debatía entre decir la verdad o quedarme callada, entre revelarle al comandante que ese hombrecillo acababa de engañarlo o dejar que las cosas pasaran, después de todo, ni siquiera diciéndole la verdad lograría borrar el horrible momento que viví en esa camioneta, siendo violada por ese repugnante y sudoroso animal.
- ¡Largo de aquí! ¡Y no quiero volver a escuchar tu estúpida voz hasta que me traigas lo que te pedí, imbécil! - le dijo el comandante a ese cerdo, quien solo se limitó a asentir antes de que comenzara a caminar a la camioneta en la que llegamos, moviéndose como si fuera un pingüino, con esas piernas cortas y su enorme barriga que el dificultaban el caminar de una manera que lo hiciera parecer más humano, una escena que me hizo llorar de nuevo, que logró transportarme a ese momento en el que un imbécil tan insignificante y cobarde me penetró, un recuerdo que me hizo perder los nervios, que logró llevarme al punto exacto de indignación y odio que a su vez me obligó a abrir la boca y revelar lo que en realidad había pasado durante mi traslado.
- Amo… yo… - susurré, en un volumen tan bajo que pensé que no me escucharía, pero que resultó lo suficientemente claro como para hacer que incluso ese nefasto imbécil se detuviera en seco cuando me escuchó, antes de que sintiera la poderosa mirada del comandante y me quedara callada, paralizada por el miedo que ese hombre me provocaba.
- Habla - ordenó el oficial, deteniéndose súbitamente, antes de que tomara de la barbilla y me obligara a mirarlo, de que me hiciera sentir un temor mucho más profundo al notar el odio y la rabia que se escondía detrás de aquellos ojos negros, algo horrible que me hizo obedecerlo de inmediato, sin demora, como si con tan solo una mirada se hubiera apoderado por completo de mi voluntad.
- Él… ese gordo le mintió - dije en un hilo de voz, sintiendo cómo mi garganta amenazaba con cerrarse y mi cuerpo con paralizarse al estar tan cerca de ese escalofriante personaje.
- ¿Me mintió? ¿A qué te refieres con que me mintió? - preguntó, impregnando su voz de un peligro diferente, de algo que me hizo sentir que de alguna manera ese aterrador hombre y yo nos encontrábamos del mismo lado, mientras me soltaba la barbilla y me permitía de esa manera mirar al funcionario que acababa de violarme minutos atrás, dándome el valor para levantar mi mano y señalarlo con un dedo.
- Él me uso mientras veníamos hacia acá. Lo hizo, me violó y se vino en el piso de la camioneta - dije, con la voz turbada por el llanto, pero cargada con una seguridad que no había sentido desde el momento en el que me convirtieron en sierva.
- ¿Eso hizo? - preguntó de nuevo el comandante, haciendo que yo asintiera en su dirección, con energía, mirándolo a los ojos, antes de que me obsequiara una sonrisa con la que de alguna manera me hizo sentir un poco más tranquila, de que acariciara una de mis mejillas y, sin dejar de mirar mis ojos, levantara la voz.
- ¡Soldados! ¡¿Es verdad lo que acababa de decir esta sierva?! ¡Les ordeno que me digan la verdad! - gritó, con una autoridad que me hizo estremecer y sentir cómo se me erizaba la piel.
- ¡Sí, señor, es verdad! - respondieron los soldados al unísono, antes de que el comandante se dirigiera a la camioneta y la analizara personalmente hasta encontrar los rastros de semen que se encontraban en el suelo.
- ¡Eso es desacato! ¡Les ordené que no dijeran nada! ¡Haré que los fusilen! ¡Haré que…! ¡Ahhh! - dijo ese funcionario imbécil, hasta que al final gritó como el pequeño hombrecillo gordo y asqueroso que era, después de que el comandante lo derribara con una bofetada, a un par de metros de mí, dejándome disfrutar de esa expresión aterrada que se dibujó en el rostro del funcionario, quien se retorcía en el suelo en un intento por alejarse del comandante.
- Ya te lo he dicho muchas veces, tú no eres del ejército y ellos no tienen la obligación de obedecerte, no te deben ninguna clase de subordinación ni lealtad y, por si no lo sabes, acabas de cometer un delito muy grave: usaste a la sierva de otro hombre sin el consentimiento de su amo, lo cual, gracias a los decretos que se han derivado de la ley Aurora, me da derecho a eliminarte sin que ello represente delito alguno.
- ¡No, señor…! ¡Yo…! ¡Ella miente! ¡Ellos mienten! ¡Yo no…! ¡Yo jamás…! - dijo ese animal, retorciéndose en el suelo, arrastrándose de espaldas en un intento por alejarse del comandante.
- Soldado, deme su arma - expresó el comandante en un tono más tranquilo, estirando su mano con la palma hacia arriba, hasta que uno de los soldados le dio su pistola y él la tomó, cortando cartucho al instante, antes de apuntarla hacia el funcionario y dispararle sin mediar palabra, acertando en su cabeza, dejándolo tirado en medio de la calle, en medio de un charco de sangre que se hizo más y más grande alrededor de la cabeza de ese maldito cobarde y mentiroso.
- Tenga su arma, soldado. Reporte el incidente y mande llamar al servicio de limpia de La Corporación para que se lleven el cuerpo - ordenó el comandante, antes de que los soldados aceptaran su orden, de verlo caminar en mi dirección y tomarme del brazo, con mucha menos fuerza de la que aplicó antes, llevándome de esa forma al interior de la casa hasta llegar a un despacho donde me hizo sentar en una silla y él hizo lo propio en el sillón de su escritorio, mirándome luego de una forma rara, como si le provocara curiosidad, como si estuviera frente a alguien que no lograba descifrar. Una sonrisa apareció de pronto en su rostro - te ganaste unos minutos libres de tus obligaciones como sierva - dijo mientras tomaba una botella del anaquel que se encontraba a sus espaldas, junto con dos vasos, sirviendo un poco de aquel licor en cada uno de los recipientes - ten, bebe mientras me cuentas cómo llegaste hasta aquí, porque no pareces ser una de esas locas que atacaron el edificio, no pareces merecer lo que tenía preparado para la sierva que creí que me traerían el día de hoy - explicó, antes de que me bebiera todo el contenido del vaso, algo que hizo reír a ese hombre mientras me servía un poco más de ese licor que logró calentarme las entrañas.
- Yo no pertenecía a la organización Aurora, solo simpatizaba con la desaparición del sistema de las siervas, no me gustaba la idea de que se volvieran adictas a la ambrosía ni tampoco la clase de cosas que les obligaban a hacer durante sus servicios y… bueno, supongo que solo quería que las cosas cambiarán para esas mujeres, pero jamás pensé en lo lejos que todo llegaría y no sabía que atacarían ese edificio, solo era… solo quería… - no logré pronunciar aquellas últimas palabras antes de que la voz se me rompiera por el llanto, de que el hombre me mirara con severidad, pero también con algo que pensé que sería el tenue y casi imperceptible atisbo de la pena que le provocaba mi situación.
- ¿Qué hacías antes de que todo esto pasara? - preguntó con interés, después de haber dejado que pasara el tiempo que necesité para tranquilizarme un poco.
- Era jefa del departamento de comunicación social en una de las empresas secundarias de La Corporación, estaba casada, planeaba tener un hijo y… - la voz se me fue de nuevo, haciendo que tuviera que tomar otro trago de licor bajo la atenta mirada del comandante, quien asentía con movimientos de cabeza pausados y que parecían haber sido muy bien calculados.
- Ya veo. Sí, no me parecías una mujer peligrosa, aunque debo decir que me llamó la atención la valentía que demostraste cuando delataste a ese imbécil. Brindo por ello - dijo, al tiempo que levantaba su vaso para brindar conmigo, un ademán que imité a pesar de que no me sentía a gusto demostrando esa clase de modales después de todo lo que ya me había ocurrido, de haberme convertido en una sierva - ¿Sabes algo? Siempre me ha llamado la atención la forma como históricamente la gente se ha preocupado por cosas que no pueden cambiar, en otros tiempos los pueblos se ocupaban de quejarse por el cambio climático y protestaban en contra de gobiernos que creían no merecerse, claro, sin entender que nada de ello tenía ninguna clase de efecto en lo que querían transformar. Si te he de ser sincero, a pesar del daño que le hicieron a mi familia, esas mujeres que lanzaron las bombas molotov, de alguna manera se ganaron mi respeto, porque hicieron algo más que quejarse de lo que no les gustaba, tomaron el asunto en sus manos y nos obligaron a mirar en su dirección, aunque lamentablemente las mujeres a cargo de la organización Aurora, no fueron lo bastante inteligentes como para ver la trampa que personas más astutas les pusieron, y cayeron en esa treta sin siquiera meter las manos - dijo, como si hablara de cualquier cosa, mientras yo miraba un retrato que tenía colgado en una de las paredes de su despacho, algo que llamó la atención del comandante, que lo hizo mirar en dirección de aquella fotografía y suspirar de una manera triste y anhelante - es mi familia, la mujer de la sonrisa hermosa es mi nuera y el nene al que carga es mi nieto… bueno, lo eran hasta que hicieron volar ese edificio y los mataron - dijo con amargura, dejando que su voz y la expresión de su rostro se vieran ensombrecidas por un odio que jamás había visto en otra persona - el soldado a mi lado es mi hijo, ahora se encuentra en servicio, está encargado de la logística del transporte y entrega de las siervas - dijo, quedándose luego muy callado, mirando ese retrato por algunos segundos, perdiéndose en las sonrisas que mostraban los rostros que aparecían en ese retrato que mostraba a una familia incompleta, donde solamente seguía con vida la mitad de las personas que aparecían en esa fotografía.
- ¿No le molesta saber que murieron por una trampa diseñada por el gobierno? - pregunté, de una manera tan repentina que no me alcancé a contener, sin pensar primero en lo que estaba diciendo, sintiendo un miedo paralizante cuando el comandante me miró, disimulando apenas la sorpresa que lo invadió tras escuchar aquella pregunta que le hice - lo… lo siento, no quería ser impertinente, lo lamento - traté de disculparme mientras veía el vaso vacío en mi mano, sabiendo que no sería una buena idea seguir bebiendo, que el alcohol ya me había aflojado la boca de una manera que, al estar frente a un comandante, resultaría sumamente peligrosa. El hombre no se exaltó, solamente me miró con esa expresión curiosa antes de que respondiera mi pregunta.
- Nada de ello hubiera pasado si esas mujeres no hubieran atacado el edificio, porque de haberse contenido, el Gobierno Central no hubiera tenido el pretexto que necesitaba para destruir su movimiento - respondió, pero lo hizo como si se disculpara, como si aquella pregunta hubiera despertado en él su necesidad de explicar lo que pasó, de justificar lo que hizo el Gobierno Central, mirándome de pronto con más severidad que antes hasta que al final suspiró con gravedad, desviando la mirada, agachando la cabeza, como si lamentara algo, como si de alguna manera de pronto una profunda tristeza y un gran arrepentimiento se hubieran apoderado de él - jamás supe lo que pasaría porque para ello no usaron al ejército, usaron personal de La Corporación y se dice por ahí que también recurrieron a mercenarios extranjeros, así que la información de la trampa y de lo que pasaría, jamás llegó a mis oídos, si tan solo me hubiera enterado… - comentó, dejando aquella frase en el aire.
Tras escuchar sus palabras estuve a punto de preguntarle si no se sentía resentido con el gobierno, si no se sentía de alguna manera traicionado por el hecho de que aquellos a quienes juró proteger, fueron los mismos que destruyeron a su familia, sin embargo y por fortuna, logré mantener la prudencia necesaria como para quedarme callada, para no decir lo que pensaba, dejando que la habitación fuera dominada por el silencio durante algunos segundos, hasta que miré de nuevo al comandante y pude ver una lágrima derramándose por una de sus mejillas.
- Lamento lo que le pasó a su familia - dije con honestidad, porque todo lo que ocurrió era abominable y no podía imaginar una muerte más cruel que aquella que sufrieron las personas que habitaban ese edificio, siendo consumidas por las llamas, abandonando la vida en medio de una agonía cuyos horrores ni siquiera era capaz de imaginar. Él asintió, antes de apurar su trago y levantarse de su asiento.
- Acompáñame - me ordenó, haciendo que me levantara de inmediato y lo siguiera hasta que llegamos a la cocina - ¿Sabes cocinar? - preguntó y yo asentí con la cabeza, sin poder disimular lo extraña que me resultó aquella pregunta después de la clase de cosas de las que estuvimos platicando - aquí pasarás la mayor parte del día, quiero que me atiendas, quiero que me hagas de desayunar, comer y cenar, y si tengo invitados también tendrás que preparar lo que te pida para ellos ¿Entendido? - asentí de nuevo, sin entender lo que estaba pasando, pues aquello distaba por completo de lo que pensé que sería mi futuro, algo que el comandante notó de inmediato, provocando que soltara una risilla - sí, no planeo usarte como una sierva, no eres la clase de mujer que creí que traería ese idiota, no demuestras esa actitud desafiante y rebelde que mostraron las otras, por lo que no te voy a torturar como lo hice con ellas; no, contigo las cosas serán diferentes y, como necesito que alguien se encargue de la casa… bueno, supongo que ambos tuvimos un poco de suerte - dijo el hombre, antes de dar unos pasos hacia el refrigerador y apuntar con su dedo en dirección a una libreta que se encontraba en la puerta del mencionado aparato - aquí tienes un recetario con las cosas que me gusta comer en cada una de mis comidas, no repitas ningún platillo en la misma semana y respeta las preparaciones, si lo haces bien podrás tener una vida tranquila al menos hasta que yo muera ¿Entendido?
- Sí, amo - respondí, sin poder creer lo que me estaba diciendo, sintiéndome aliviada de haber caído en las manos de ese hombre quien me sonrió una vez más antes de que comenzara a caminar hacia afuera de la cocina
- Los horarios de cada comida están en la primera hoja del recetario, debes ajustar lo que hagas a ellos, me gusta que las cosas sean ordenadas, así que espero que sirvas la comida de hoy a tiempo - comentó antes de mirar el reloj de pulso en su muñeca izquierda - aún te quedan un par de horas para preparar algo decente, veamos con qué me sorprendes - expresó, antes de dejarme a solas en ese lugar, de que por unos segundos me quedara paralizada en donde estaba, sin entender nada de lo que estaba pasando, sin saber cómo era posible que hubiera caído en las manos de un hombre que no parecía estar interesado en tratarme como la gente solía tratar a las siervas por aquellos días, una idea que me hizo sonreír de pronto y me motivó a poner manos a la obra para hacer una lasaña de carne molida y salsa, algo que en realidad sabía hacer muy bien, que me llevó un par de horas, las mismas en las que me permití tener un poco de esperanza en que las cosas nos serían tan malas, en que, tal vez, podría tener una vida decente mientras el comandante siguiera con vida, una idea que se mantuvo en mi pensamiento durante los siguientes días, que me hizo bajar la guardia durante las semanas que siguieron a ese momento, las mismas en las que estuve trabajando sin descanso, haciéndome cargo de la casa sin que ese hombre me tocara, sin imaginar lo que pasaría cuando el hijo del comandante recibiera una licencia y llegara de manera inesperada a ese lugar, sin compartir la misma perspectiva que su padre tenía con respecto de mí.
***
- Alejandra, hoy tendré una junta en las oficinas del Gobierno Central, por favor, hazte cargo de todo, no será necesario que prepares comida pues llegaré algo tarde, pero quiero que lo compenses con algo delicioso para la cena ¿De acuerdo?
- Sí, amo - respondí de inmediato, bajando la cabeza mientras escuchaba la risilla que ese hombre dejó salir de su boca - ya te he dicho que no tienes que decirme amo, puedes decirme comandante, o señor, pero eso de amo… - comentó mientras negaba con la cabeza y me hacía mirarlo a los ojos, levantando mi cabeza al presionar suavemente mi barbilla con sus dedos.
- Está bien, señor - respondí, apenada, sin atreverme a sonreír a pesar de que ese hombre hubiera sido tan bueno conmigo.
- Mucho mejor. Nos veremos en la noche - se despidió, antes de que lo acompañara a la puerta y lo viera subir al auto que lo llevaría a su reunión, escoltado por un par de vehículos militares que dejé de ver poco después, cuando dieron vuelta en una esquina, antes de que me metiera en la casa y comenzara con mis labores de limpieza.
Esa mañana las cosas parecían estar bien conmigo, todo parecía marchar mucho mejor de lo que lo esperé desde el momento en el que me convertí en una sierva semanas atrás, pero cuando cayó la tarde, cerca de que la noche cayera sobre la ciudad, justo en el momento en el que me preparaba para hacer algo delicioso de cenar que le dibujara una sonrisa al comandante, la puerta de la casa se abrió, haciéndome creer que se trataba de mi amo, provocando que corriera a la puerta con una sonrisa en los labios, antes de quedarme por completo paralizada cuando me encontré con tres hombres, todos uniformados, tres soldados que me miraron a los ojos por unos segundos, antes de que notaran el brazalete que llevaba que cubría mi muñeca, de que yo tratara de esconderlo al poner las manos detrás de mi espalda, no sin primero haber reconocido a uno de esos soldados como el hijo del comandante, como el hombre de aquel retrato, el mismo al que le mataron a su familia en el ataque que Aurora orquestó en contra de ese edificio.
- Bue… buenas noches - saludé nerviosa, sintiendo cómo el miedo se iba apoderando lentamente de mí, cómo mis piernas comenzaban a temblar ante el impulso de correr y escapar de esos tipos mientras desviaba la mirada al suelo.
- ¿Quién eres tú y qué haces aquí? - preguntó el hijo del comandante, dejando que su mochila cayera al suelo, provocando que sus compañeros lo imitaran mientras se acercaba a mí, dejándome ver sus botas al mismo tiempo que me negaba a levantar la cabeza, hasta que él me tomó del cabello y me obligó a mirarlo a los ojos.
- Soy… soy Alejandra, soy sierva del comandante, él está… ¡Ahhh! - grité aterrada cuando el hombre me abofeteó, sin dejar de sostenerme del cabello.
- ¡Seguramente eres una de esas putas que atacaron la unidad habitacional del ejército! ¿No es así, ramera? - gritó, tirando de mi cabello con fuerza, lastimándome, logrando que mis lágrimas comenzaran a derramarse mientras un fuerte olor a licor encendía todas las alarmas, haciéndome entender que esos hombres estaban tomados, que no pensaban con claridad, que estaba en serios problemas, llevándome a rogar para mis adentros que el comandante llegara cuanto antes, pues sabía que solo él sería capaz de detener lo que estaba a punto de pasarme.
- ¡No! ¡Yo no hice nada! ¡Le juro que yo no…! - mis palabras se ahogaron en el efecto que tuvo el fuerte golpe que el hijo del comandante me dio en el estómago, haciendo que mis piernas finalmente se rindieran, que cayera de rodillas en el suelo, sin poder respirar por un momento, llevándome las manos al estómago mientras los otros hombres se situaban a mis costados y me sujetaban de las manos, sin tener la más mínima intención de ayudarme a levantar del suelo.
- ¡Así que no hiciste nada! ¿Eh? ¿Crees que soy imbécil? ¿Crees que no sé que ese grillete lo tienes puesto porque eres una de esas putas de Aurora? - gritó, elevando la voz cada vez más alto, haciendo que el terror y el dolor que sentía me hicieran llorar enloquecida mientras ese cabrón se desabrochaba el cinturón frente a mí - ¡Sí, a mí no me engañas! ¡Seguramente eras una de esas pendejas que pensaron que estaban iniciando una revolución! ¡Me apostaría algo a que eres una de las rameras que incendió ese edificio!
- ¡No señor! ¡Yo solo estaba caminando! ¡Yo no maté a nadie! ¡Por favor! ¡No me haga nada! ¡Se lo ruego! ¡Por favor! - grité, suplicando compasión, sin lograr nada más allá de las risas de los dos que me sostenían, antes de que el hombre frente a mí me diera un fuerte puñetazo en la cara, haciendo que me mareara un poco, que de pronto me costara trabajo mantenerme erguida, que mi fuerza menguara y mi cuerpo se tambaleara hasta que ese tipo me tomó una vez más del cabello.
- ¡Hoy vas a probar las mieles de la revolución, sierva! ¡Y si logras salir viva de esto! ¡Volveré a esta casa cada que pueda para maltratarte de nuevo y recordarte que no eres más que una basura! ¡Que no eres más que una puta! ¡Una cualquiera! - gritó, perdiendo el control de sí mismo mientras se masturbaba frente a mí y yo poco a poco iba recuperándome de ese devastador golpe que me dio - ¡Abre la boca, sierva! - me ordenó al fin, sin soltar mi cabello, lastimándome, mirándome a los ojos con una rabia que superaba a ese hombre, obligándome a obedecerlo sin dudarlo siquiera por un segundo, porque temía que al no acatar su orden pudiera provocar que me siguiera golpeando, que me maltratara hasta que no pudiera más o, tal vez, hasta que yo dejara de respirar.
Con esos tipo sujetándome de los brazos, las manos del soldado en mi cabeza, mi boca abierta hasta el máximo y su miembro entrando y saliendo de ella, lo único que me quedaba por hacer era ceder a los deseos de ese hombre, llevada en mayor medida por el miedo que me provocaba pensar en las consecuencias que pudiera enfrentar al rebelarme, resignándome a convertirme en su juguete mientras rogaba para que el comandante regresara a casa cuanto antes, al mismo tiempo que su hijo me obligaba a sentir el sabor a orina con el que estaba impregnado su miembro, el mismo que se dispersó demasiado rápido por mi lengua, a la vez que sufría el fétido aroma a sudor que se apoderó de mi olfato mientras el pene de ese tipo llegaba hasta mi garganta y sus peludos huevos se restregaban en mi barbilla, provocándome mucho asco, haciendo que diera algunas arcadas que no pude controlar, antes de que el soldado abandonara mi boca y me diera una fuerte bofetada que de nuevo sacudió mis ideas y sentidos, dejándome una vez más al borde del desmayo.
- ¡Que ni se te ocurra vomitar, pendeja! ¡Si ensucias mi uniforme vamos a patearte hasta que te matemos a golpes, sierva! - me amenazó, dándome algunas bofetadas más, antes de volver a penetrar mi boca, haciendo que su pene llegara hasta mi garganta, dejándolo ahí por unos segundos, provocándome nuevas arcadas, escalofríos horribles que me recorrieron la espalda y que acompañaron a la aterradora sensación de no poder respirar hasta que el soldado volvió a mover las caderas, fornicando mi boca sin controlarse, de la forma más salvaje como pudo hacerlo, usándome para cobrar una cruel venganza en contra de lo que yo representaba para él.
Los hombres riéndose de mí, tirando de mi cabello, arrancándome la ropa que el comandante me había dado y que alguna vez fue de su ya difunta esposa, fue lo que caracterizó los siguientes minutos en los que estuve en poder de esos soldados, quienes una vez que estuve desnuda, no se limitaron en tocar mi cuerpo, palmear mis senos con mucha fuerza y penetrar mi coño con sus dedos como si quisieran desgarrarme con sus manos, provocándome la clase de dolor que casi me llevó en más de una ocasión a perder la consciencia, algo que esos bastardos no dejaron que ocurriera.
- ¡Ya la tengo muy dura! ¡Empínenla en el comedor! - ordenó el hijo del comandante, haciendo que los otros dos lo obedecieran, que me llevaran a la mesa y me recostaran en ella boca abajo, con las piernas apoyadas en el suelo, sintiendo cómo mis senos se aplastaban en la fría madera, antes de que el soldado se pegara a mi trasero, obligándome sentir su miembro entre mis labios y experimentar la forma como escupía en la entrada de mi ano, escuchando luego cómo escupía de nuevo, supongo que en su miembro, preparándose para sodomizarme, haciéndome llorar de miedo y dolor, mientras me tomaba de la cabeza y la azotaba en la mesa, provocando de nuevo esa sensación de mareo y debilidad que me hizo aflojar todo el cuerpo, al mismo tiempo que el hijo del comandante me pateaba las piernas para que las abriera más de lo que ya lo estaban, antes de que volviera a tirar de mi pelo y se acercara mucho a mi oído para susúrrame algunas palabras que solo hicieron que creciera el miedo que ya me estaba consumiendo - ¡Hagamos un trato, maldita sierva! ¡Si te mueres antes de que acabe de partirte en culo, te prometo que todo será mucho más fácil para ti! ¡Porque así ya no vas a sentir lo que haremos luego con lo que quede de ti! - dijo, enloquecido, con un tono que me dejaba ver la oscuridad que se había apoderado de ese hombre después de que hubiera perdido a su familia, después de la forma como su hijo y su mujer fueron cruelmente asesinados.
- ¡Ahhhhhh! - grité, de una forma desgarradora, sintiendo cómo aquel sonido me lastimaba la garganta, escuchando esa aterradora expresión de horror y dolor saliendo de mi boca justo en el momento en el que ese maldito bastardo me penetró el ano de golpe, sin lograr insertar su pene hasta el fondo, pero obligándome a sentir cómo me rompía por dentro, antes de que ese cabrón comenzara a empujar una y otra vez con todas sus fuerzas, de que uno de los hombres que me sujetaban azotara de nuevo mi cabeza contra la mesa, haciendo que me callara, que la confusión en mi cerebro me hiciera guardar silencio, pero sin dejar de experimentar aquel infierno que encendía mis entrañas con llamas de un dolor insoportable, logrando que incluso las palmadas que me daban en el trasero y la forma como me pellizcaban los senos hasta hacerme sangrar, resultaran un juego de niños en comparación con el dolor que el bastardo que me penetraba me estaba provocando.
- ¡¿Te gusta, ramera?! ¡¿Disfrutas de tu revolución, zorra?! ¡¿Se siente bien querer cambiar las cosas?! ¡¿Se siente bien haberte convertido en una propiedad, maldita sierva?! - gritó, sin dejar de penetrarme, incrementando la fuerza de sus movimientos cuando notó que no le respondía, haciendo que el dolor se hiciera mucho más intenso, que mi llanto sonara como el agónico y desgarrador lamento de una condenada a muerte, pues así era como me sentía en ese instante, un momento en el que pensar en que tal vez mi esposo me estaría buscando y en el amor que sentía hacia ese hombre, resultó el único consuelo para lo que creí que serían mis últimos minutos de vida, pues era claro que el hijo del comandante quería terminar conmigo, que quería acabar con aquello que representaba, lo que motivó el infierno que estaba viviendo por dentro - ¡Contéstame, maldita puta! ¡Contéstame de una buena vez, ramera de mierda! - gritó enloquecido mientras yo lloraba, aterrada, paralizada por el miedo y el dolor, hasta que sentí su leche al ser depositada en mis entrañas y él se quedó muy quieto, apoyando sus manos en mi espalda, dejándome soñar con que aquel martirio se había terminado hasta que lo sentí saliendo de mi cuerpo y escuché las palabras que terminaron por enloquecerme, que hicieron que algo se desconectara en mi interior, que viviera lo que me harían por el resto de la noche como una mera espectadora de los horrores que tenían planeados para mí.
- Toda suya - expresó el hijo del comandante, antes de que dejara el comedor y de que escuchara como abría el refrigerador, regresando luego para tirar de una silla y sentarse a tan solo unos centímetros de mí, contemplando la forma como aquellos hombres jugaban piedra, papel o tijeras, para decidir quién tomaría el siguiente turno para violarme, mientras ese cabrón se disfrutaba del refrescante sabor de una cerveza.
Las horas que siguieron transitaron más o menos de la misma forma, obligándome a recibir a esos soldados en mi cuerpo, sintiendo cómo penetraban mi ano, mi vagina y mi boca mientras mi pensamiento se encontraba aturdido, como si mi alma quisiera abandonar mi cuerpo y escapar de la masacre que sufría al ser violetamente sacudida, golpeada y herida por esos hombres que tal vez encontraron un ligero alivio en maltratarme, vengando de esa manera a la familia que perdieron, desquitándose conmigo del daño que el movimiento Aurora dejó en sus vidas.
No sé por cuánto tiempo se prolongó aquella sesión de tortura y humillación, pero de lo que sí estoy segura es de que solo terminó en el momento en el que el comandante regresó a casa, cuando dos disparos se escucharon en medio de la sala y los soldados que acompañaban a su hijo cayeron al suelo, antes de que yo me les uniera, dándome un fuerte golpe al estrellarme con el piso, sin que reaccionara de alguna forma para evitar mi caída, hasta que el comandante se acercó a mí y me miró a los ojos, estando tirada en el suelo de su casa, un instante en el que mi cuerpo al fin reaccionó, en el que por fin me encontré a mí misma llorando ante el horror de lo que acababan de hacerme, ante la forma como me usaron, haciéndome saber que para ellos no valía nada, que para el mundo entero no era más que una sierva a la que cualquiera podría descartar sin que a nadie le importara.
- ¡¿Qué carajos hiciste, idiota?! - preguntó el comandante cuando miró a su hijo, observándolo con la clase de horror en el rostro que mostraría si viera a una bestia indomable e imbatible frente a él, mientras su hijo me miraba con odio, sin decir nada por unos momentos, escupiéndome en la cara cuando pudo hacerlo, antes de que su padre lo tomara de la camiseta que llevaba encima y le azotara la espalda contra la pared - ¿Qué demonios estás haciendo, imbécil? ¡Ella ni siquiera fue una de las lanzadoras! ¡Esto no te regresará a tu mujer! - le gritó el comandante, antes de que su hijo se soltara a llorar y ambos se fundieran en un abrazo, de que el soldado se lamentara por haber perdido a su familia, de que se fuera a otro lado de la casa y el comandante me mirara, deteniéndose a pensar por unos minutos sin que yo dejara de llorar, hasta que al fin suspiró y se agachó a un lado de mí, levantándome en sus brazos, sin que le importara manchar su uniforme con el semen, el sudor y la sangre que ensuciaba mi cuerpo, saliendo de la casa de inmediato para luego subirme a una camioneta, donde pronto perdí el conocimiento, sin tener idea de a dónde me llevaría, de cuál sería mi destino.
No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, pero sé que no fue mucho tiempo, porque cuando desperté, el uniforme del comandante seguía manchado con los fluidos que antes ensuciaron mi cuerpo.
Fue extraño despertar de aquel sueño sin sentir el más mínimo ápice de dolor, sin experimentar aquel sufrimiento que me provocó el desgarre de varias partes de mi cuerpo y las heridas que esos hombres infligieron en toda mi humanidad; de la misma manera como también resultó muy raro ver al comandante sentado en el sillón de aquella habitación que parecía tener un exceso de cosas blancas a mi alrededor, donde estaba esposada a una cama y conectada a una cosa que se inyectaba en mi sangre, cuyo color no podía ver pues el líquido se encontraba en una bolsa opaca.
El comandante me miró con tristeza cuando notó que había abierto los ojos, antes de suspirar y ponerse de pie a un lado de la cama, observándome en todo momento, con una expresión que me dejó ver lo mucho que lamentaba lo que pasó, con la cual también me hizo entender que aquella sería tal vez la última vez que vería a ese hombre que me dio una vida tranquila en el poco tiempo que estuve a su servicio.
- Lamento mucho lo que te hicieron, casi tanto como lamento que no pueda tenerte más en casa. Sé que has sido una buena mujer y que no merecías este destino, y quiero que sepas que valoro mucho la ayuda que me brindaste durante estos días y que tu compañía fue insuperable para mí durante todo el tiempo que compartimos, pero detesto aquello en lo que mi hijo se ha convertido y no puedo permitir que el odio que siente siga creciendo, a pesar de que yo mismo lo haya provocado y… - el comandante se detuvo y respiró profundamente mientras desviaba su mirada de mis ojos, hasta que logró calmarse y de nuevo me miró - lamento que no puedas quedarte en casa, extrañaré mucho tus atenciones y tu comida, pero debo arreglar lo que está mal con mi hijo - dijo con firmeza, tratando de ocultar el caos de emociones que seguramente lo estaban agobiando - no sé qué será de ti, probablemente te lleven a una galería cuando termines de sanar, pero de cualquier forma, he ordenado que nadie te toque antes de que te entreguen a tu futuro amo o te asignen un lugar en alguna de las galerías de La Corporación, y sé que mi orden será acatada pues he dejado a dos de mis mejores hombres para que vigilen que ese mandato se cumpla - me aseguró, antes de que tomara su gorra de capitán y se la colocara en la cabeza, de que me tomara una mano y la besara con mucha ternura - mucha suerte, Alejandra - se despidió, dando luego media vuelta, saliendo de la habitación para finalmente ver cómo un soldado entraba y tomaba el lugar donde antes estuvo ese buen hombre, un tipo con muchas cicatrices en el rostro que me miró por un segundo de forma previa a suspirar y acomodarse en el sillón, sin decir nada, pero logrando que de alguna manera me sintiera tranquila durante el poco tiempo que estuve en esa habitación, pues en las primeras horas del siguiente día, ese soldado y un compañero suyo, me llevarían a una galería donde me colocaron en una cabina para esperar a que algún hombre me usara por algunos minutos o que alguien me comprara y llevara a su casa, sin tener idea de lo que podría esperar, sin saber que mi vida estaría por dar un nuevo y definitivo giro, en las manos de alguien de quien jamás hubiera esperado que tomara el control de mi vida.
Espero que hayan disfrutado del relato. Si desean apoyar mi trabajo, pueden hacerlo suscribiéndose a mi página de PATREON (donde esta serie ya ha llegado hasta el capítulo 14) o adquiriendo los primeros seis capítulos de esta serie en AMAZON (links en mi perfil) Gracias por leer, compartir, comentar y valorar. Linda noche.
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