Xtories

La saga de Gabriela: Capítulo 4

Un mensaje oculto y un video prohibido encienden una chispa que Gabriela no podía apagar. Ahora, entre la culpa y el deseo, decide que si va a caer, que sea grabando cada gemido.

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Parte 12: Fantasías húmedas

Gabriela aún sentía las piernas un poco débiles cuando salió de la universidad. El anochecer limeño pintaba el cielo de un azul oscuro, pero su mente estaba lejos de cualquier paisaje. Cada paso que daba parecía recordarle lo que había pasado hace apenas unos minutos, la sensación de la lengua de Mateo explorándola, el calor subiendo desde su abdomen, el temblor en su respiración...Y lo peor —o lo mejor, según la parte de su mente que no quería escuchar—, era que todavía estaba húmeda.

"No debí dejar que pasara…" pensó, mordiéndose el labio mientras esperaba el bus. La imagen de Adrián en su uniforme, serio y confiado, apareció de golpe, y con ella, el nudo en el estómago, él no podía enterarse, nadie podía. Trató de convencerse de que había sido un momento aislado, un impulso, algo que podía enterrar y olvidar. Al llegar a casa, tiró la mochila sobre la cama y se dejó caer. El celular vibró, y vio el nombre en la pantalla: Adrián.

📲 Adrián💙: “Hola mi amor, ¿ya saliste de clase?”

📲 “Sí, recién llegué a casa”

📲 Adrián💙: “Qué bueno… te extraño”

📲 “Yo también”

La conversación fluyó con normalidad, un intercambio de palabras suave, casi inocente. Gabriela sintió que poco a poco su respiración volvía a un ritmo normal, que la presión en el pecho se aliviaba. Incluso sonrió con uno de los audios de Adrián, contándole algo gracioso que había pasado en la Escuela Naval.

El tiempo pasó rápido, y sin darse cuenta, ya habían pasado más de cuarenta minutos de chat. Se acomodó bajo las sábanas, pensando que quizá todo estaba bien, que Mateo y lo ocurrido podían quedar atrás.

Hasta que el celular vibró otra vez.No era Adrián.Era Mateo.

La notificación mostraba solo un fragmento: “Mira esto…”Sintió un pinchazo en el pecho. Dudó un segundo antes de abrirlo.

El video comenzó a reproducirse, la imagen era clara, demasiado clara. Catalina, de rodillas, con la boca ocupada… los jadeos, los gemidos sumisos. Mateo sujetándole el cabello mientras la grababa.La cámara subió y bajó, mostrando el cuerpo de ella contra el lavatorio, luego otra vez sus labios húmedos. Gabriela sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Iba a cerrar el video, pero entonces llegó la foto, Catalina arrodillada, con el rostro y el pecho cubiertos del semen de Mateo, mirándolo con una mezcla de entrega y sumisión.

Y el mensaje que acompañaba la imagen:

"Ojalá esta fueras tú."

Gabriela dejó caer el teléfono sobre la cama, como si le quemara. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de rabia, confusión y… algo que no quería nombrar.

📲 “¿¡Qué te pasa, idiota!? ¿Cómo me mandas esto?”

📲 Mateo: “Tranquila… solo pensé que te gustaría ver cómo se ve alguien que sí se deja llevar…”

—Eres un imbécil… —susurró, tecleando rápido mientras Adrián seguía escribiéndole cosas dulces que ahora solo parecían ruido de fondo.

La conversación con Mateo se tensó. Él soltaba frases cargadas, y ella trataba de cortar el juego, pero él insistía. Entonces llegó otro video. Dudó en abrirlo… pero lo hizo. La imagen y el audio la golpearon como una ola. Sintió cómo el calor subía por su cuello.

Dejó el celular sobre la cama y se recostó boca arriba, mordiéndose el labio inferior. Cerró los ojos y dejó que las imágenes se mezclaran con su recuerdo de esa lengua en su intimidad,respirando hondo, pero sus manos empezaron a explorar suavemente sobre la tela, sintiendo el contraste entre el roce y la humedad que ya estaba ahí.

Cerró los ojos, mordiendo la almohada para que nadie la escuchara.

—Mmm… ah… —un susurro escapó de sus labios.

Cada nuevo recuerdo de lo que pasó en la universidad se mezclaba con las imágenes del video. Sentía su cuerpo responder, las respiraciones cortas, el pecho subiendo y bajando con más fuerza.

—Ah… sí… —musitó, apenas audible, dejando que la tela rozara justo donde la hacía estremecerse.

Un nuevo mensaje de Adrián apareció, pero ella apenas lo leyó, volvió a ver los videos que seguían corriendo en bucle, y cada vez que Mateo gemía en ellos, ella sentía que algo dentro de sí respondía. Sus manos recorrieron su vientre, su cintura, y sus piernas se fueron abriendo lentamente, dejando que el aire frío chocara con el calor que tenía dentro.

Se incorporó un poco, quedando sobre sus rodillas, inclinándose hacia adelante sobre la almohada. Su respiración era cada vez más profunda, sus dedos presionaban con más decisión, y de sus labios escapaban susurros rotos, cortos, como si quisiera callar algo que no podía contener.

—Mmm… ah… —se mordía la almohada, conteniendo el sonido—…ahh…

El recuerdo de la universidad volvía nítido, mezclado con las imágenes en la pantalla. El calor en su cuerpo se volvió casi insoportable. Sentía el pulso en las sienes, en el pecho, y más abajo, donde la tensión la obligaba a moverse contra su propia mano.

Sus dedos se deslizaron con más firmeza, y un pequeño gemido, casi un lamento, escapó de su garganta.

—Ah… Mateo… —fue un susurro apenas audible, perdido entre su respiración agitada y el roce de las sábanas.

La habitación entera parecía latir con ella mientras el calor crecía, envolviéndola por completo con cada respiración más profunda, cada movimiento más atrevido… Gabriela dejó que su cuerpo se abandonara al ritmo que sus dedos imponían. Sus caderas se movían por instinto, buscando más presión, más fricción, más de todo. La tela de la pijama estaba húmeda, pegada a su piel, y el roce solo aumentaba la sensación.

Su respiración se volvió irregular, entrecortada, como si cada inhalación fuera más difícil que la anterior. Los videos seguían reproduciéndose, y en cada uno Mateo parecía más atrevido, más seguro, más dispuesto a provocarla. Ella cerraba los ojos y lo imaginaba ahí, sobre ella, con esa misma intensidad.

Un jadeo escapó de sus labios cuando deslizó la mano por dentro de la ropa, sintiendo directamente la humedad tibia entre sus piernas. El contacto con su piel desnuda le arrancó un escalofrío que le recorrió la espalda entera.

—Dios… —susurró, apenas consciente de lo que decía.

Sus dedos se movían más rápido, con un ritmo que buscaba ese punto exacto que la haría perder el control. Su otra mano se aferraba a la sábana, arrugándola, mientras su cuerpo se arqueaba hacia adelante.

—Ahh… mmm… —los gemidos eran cada vez más claros, más urgentes.

Sintió cómo la tensión crecía en su vientre, acumulándose en oleadas que la hacían temblar. Sus muslos se apretaban y se abrían sin control, como si su cuerpo no pudiera decidir si quería contenerlo o dejarlo salir de una vez.

En la pantalla, Mateo gemía… y eso fue lo que terminó de romperla.

—Ahhh… sí… —su voz se quebró en un grito ahogado mientras su cuerpo se sacudía con el primer espasmo.

El placer llegó en oleadas rápidas, fuertes, que la hicieron jadear y aferrarse con fuerza a la cama. Sus dedos no se detuvieron hasta que todo su cuerpo se estremeció una última vez, dejándola exhausta, con el corazón desbocado y la respiración agitada.

Se dejó caer de espaldas, mirando el techo, aún sintiendo el calor en cada centímetro de su piel. El teléfono vibró otra vez: un mensaje de Adrián “Descansa amor, te amo”. Gabriela sonrió apenas, con una mezcla de culpa y satisfacción… y dejó que la pantalla se apagara.

Parte 13: Puta calentura

Gabriela despertó tarde esa mañana. El sol entraba por las cortinas entreabiertas, calentando su piel, y un escalofrío le recorrió la espalda al mover las piernas y sentir ese cosquilleo profundo, como si el recuerdo de la noche anterior aún estuviera vibrando en su interior.

Se estiró perezosa, dejando escapar un suspiro cargado de satisfacción, y mientras se vestía, su mente viajaba de nuevo a las imágenes de su cuerpo retorciéndose, de sus propios gemidos rebotando en las paredes.

Ese día Adrián estaba de franco y habían quedado de encontrarse en el centro para pasear. Gabriela llegó con un vestido ajustado que marcaba su cintura y caía suave sobre sus caderas; sabía que a él le encantaba.

—Estás… preciosa —dijo Adrián al verla, dándole un beso en la mejilla.

—¿Solo preciosa? —respondió con una sonrisa pícara.

Mientras caminaban, ella buscaba cualquier excusa para rozarlo: su mano bajando “accidentalmente” por su brazo, sus dedos apenas tocando su muslo cuando se sentaban en una banca, y esa mirada que no decía nada pero lo insinuaba todo.

—Gabriela… ¿Qué te pasa hoy? —preguntó él, riendo nervioso cuando ella apoyó la cabeza en su hombro y deslizó una mano sobre su pierna.

—Nada… que me provoca estar así —susurró, mirándolo de reojo—. No sé… tal vez solo me siento caliente.

Adrián la miró en silencio, tragando saliva, intentando mantener el control. Gabriela, sin apartar sus ojos de él, se acercó y le susurró al oído:

—¿Y si en vez de seguir caminando… ¿Buscamos un lugar más privado?

El “lugar más privado” resultó ser un hotel pequeño y discreto a unas cuadras. El camino fue un festival de tensión: las manos de él en su cintura, los dedos de ella jugando con el borde de su vestido, los besos robados en las esquinas.

El ascensor subió lento, como si supiera lo que iba a pasar y quisiera alargarlo, Gabriela miraba a Adrián con esa media sonrisa traviesa, la misma con la que lo había provocado toda la mañana mientras se dirigían a la habitación. Apenas cerraron la puerta, Gabriela lo empujó contra la pared y lo besó con hambre. Su lengua buscaba la de él mientras sus manos ya desabrochaban su camisa. Él trató de seguir el ritmo, pero ella no le dio opción: se apartó un instante para mirarlo a los ojos y sonreír.

—Hoy… yo mando.

No esperó respuesta, sus labios lo buscaron con hambre, la lengua rozando la suya mientras sus manos bajaban directo al cinturón. Altair la tomó por la cintura y la pegó contra él, sintiendo la dureza que crecía en sus pantalones.

Gabriela se apartó apenas para mirarlo a los ojos.

—Quiero sentirte… todo… —jadeó, mordiéndose el labio.

Él respondió besándole el cuello, bajando lentamente, mientras ella se bajaba la parte superior del vestido y dejaba caer el sujetador al suelo. Sus pezones ya estaban duros, y cuando Adrián los atrapó con la boca, un gemido agudo se le escapó.

—Ah… sí… así… —sus dedos se enredaban en su cabello, presionando para que no parara.

Entre besos y caricias fueron retrocediendo hasta la cama. Gabriela se quitó el vestido sin prisa, sabiendo que él la miraba fascinado. Se deslizó sobre el colchón completamente desnuda, abriendo las piernas de forma descarada.

—Ven… quiero que me comas —dijo con voz ronca.

Adrián se inclinó entre sus muslos, besando el interior de sus piernas hasta llegar a su centro y cuando su lengua la tocó, Gabriela arqueó la espalda y apretó las sábanas.

—Mmm… sí… más… más rápido… —gemía, moviendo la cadera para buscar más fricción.

Él la lamía profundamente, jugando con su clítoris y metiendo dos dedos que entraban y salían con ritmo húmedo. El sonido de sus gemidos llenaban la habitación por completo.

—Aah… Adrián… me vas a hacer acabar… —advirtió con la respiración entrecortada.

Y lo hizo, un orgasmo intenso la recorrió, temblando entera mientras él seguía moviéndose despacio para alargarle el placer. Gabriela, aún jadeando, lo atrajo hacia arriba y le quitó los pantalones. Al sentir su erección contra su vientre, sonrió traviesa.

—Ahora te toca a ti… —susurró, cambiando de posición y montándose sobre él.

Se lo introdujo despacio, cerrando los ojos al sentirlo llenarla.

—Dios… qué rico… —gimió, empezando a moverse en círculos con la cadera.

Adrián la sujetó fuerte, siguiendo el ritmo que ella marcaba. Los dos sudaban, sus cuerpos chocando con un golpeteo húmedo. Gabriela lo miró a los ojos mientras se movía más rápido.

—Acábate dentro… quiero sentirlo —jadeó, acelerando sin freno.

Él gruñó, apretándola contra sí hasta correrse profundo. Gabriela lo abrazó, sintiendo cómo el calor se mezclaba dentro de ella, y sonrió satisfecha.

—Te dije… me sentía caliente… —susurró, riendo con la respiración aún agitada.

Gabriela se quedó inmóvil unos segundos, sintiendo el calor espeso llenarla por completo. La respiración agitada de Adrián rozaba su cuello, su cuerpo aún tenso por el orgasmo reciente. Cerró los ojos y, en ese instante, volvieron a pasar por su mente las fotos y videos que Mateo le había mandado días atrás, la imagen de su propio cuerpo retorciéndose de placer, sus dedos empapados, sus labios entreabiertos… todo eso mezclado con la sensación caliente del miembro de Adrián que todavía latía dentro suyo la estaba volviendo a encender.

Con una mirada traviesa, se inclinó hacia él, dejando que sus pechos rozaran su torso sudoroso. Bajó lentamente, besando su abdomen, cada vez más cerca de su miembro, que aún estaba húmedo y sensible.

—Quiero limpiarte… —dijo con voz grave, lamiéndose los labios.

Adrián intentó apartarla con una mano, riendo nervioso.

—No, Gabi… está muy sensible…

Pero ella sonrió de medio lado y le soltó, con picardía:

—Por eso… quiero sentirte así… quiero saborearlo todo.

Sus labios rozaron suavemente la punta, y Adrián soltó un jadeo involuntario.

—Gabi… —murmuró, intentando resistirse, pero su respiración empezaba a acelerarse otra vez, cada lamida era lenta, profunda, como si quisiera grabar en su memoria cada sabor y cada reacción. Él cerró los ojos, mordiéndose el labio, mientras la veía jugar con la lengua y tragar con descaro.

Ella lo miró desde abajo, sujetando la base con una mano, y le dijo:

—Saca el celular… grábame…

—¿Qué? —preguntó él, con una mezcla de sorpresa y excitación.

—Hazlo, amor… quiero que tengas esto guardado… quiero que me recuerdes así cuando no puedas verme… —y sin esperar respuesta, volvió a meterlo en su boca, más profundo.

Él dudó un segundo, pero la manera en que ella lo miraba, con los ojos brillando de deseo, y la presión de su lengua moviéndose alrededor suyo, lo hicieron ceder. Buscó el teléfono con una mano, lo encendió, y apuntó hacia ella.

—Así… —susurró Gabriela, mientras se lo tragaba entero—. Graba cómo me lo trago… —gemía entre tomas de aire, chorreando saliva y dejando un hilo brillante que conectaba sus labios con él.

La imagen en la pantalla mostraba sus labios húmedos deslizándose, su lengua recorriendo cada centímetro, y el brillo en sus ojos. Él ya no podía contenerse: su mano libre se posó en su cabello, guiándola suavemente, mientras ella lo devoraba con una mezcla de ternura y desenfreno.

Cuando Gabriela se apartó un instante para respirar, sonrió con la boca húmeda y el mentón brillante.

—Listo… limpio… pero creo que quiero más…

Cuando lo dejó limpio, sin previo aviso, se levantó, le dio la espalda y se inclinó hacia el espejo enorme que ocupaba casi toda la pared del hotel. Se apoyó con una mano, mientras con la otra guiaba su miembro hacia su entrada.

—Quiero que grabes cómo me muevo para ti… —pidió, inclinándose hacia adelante, dejando que su cabello cayera sobre un lado.

Adrián apuntó la cámara hacia su espalda desnuda mientras ella guiaba su miembro nuevamente hacia adentro. El primer gemido escapó apenas la llenó de nuevo. Gabriela comenzó a mover las caderas en círculos, subiendo y bajando lentamente, arqueando la espalda para que el espejo del hotel al frente reflejara cada curva, cada gota de sudor deslizándose por su piel y cada contracción de su cuerpo. Ella misma se miraba en el reflejo, mordiéndose los labios, notando cómo el placer la hacía mojarse más.

—Mírame… —jadeaba—, mira cómo me mojo solo de verte…

Él la obedeció, alternando la mirada entre el espejo y la pantalla, capturando el vaivén de sus caderas, el sonido de su respiración, el golpeteo suave pero intenso.

El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclándose con sus respiraciones agitadas. Gabriela se mordía los labios, pero a ratos dejaba escapar gemidos fuertes que resonaban en el espacio cerrado.

—Más fuerte… —pidió, inclinándose un poco más para que él tuviera una vista perfecta de su espalda y su trasero rebotando.

Adrián obedeció, tomándola de las caderas y empujando con fuerza. El espejo les devolvía la imagen de dos cuerpos completamente entregados, y eso a Gabriela la encendía aún más.

—Míranos… —gimió—, nos vemos tan jodidamente ricos…

El ritmo se volvió frenético. Gabriela, con la frente apoyada en el cristal, sentía cómo las embestidas la hacían vibrar entera, mientras veía su propio rostro deformado por el placer. Adrián, con el teléfono en una mano y la otra en su cintura, gruñía cada vez más cerca del clímax.

Ella fue la primera en correrse, arqueando la espalda y gritando su nombre, temblando mientras seguía moviéndose. Segundos después, él llenó nuevamente su interior, capturando en vídeo cada espasmo, cada jadeo, cada segundo de ese final. Gabriela sonrió, girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro, con el pelo despeinado y las mejillas encendidas.

—Ese vídeo… no lo borres jamás.

Prólogo: Un recuerdo para dos… y un secreto para mí

El cuarto aún estaba impregnado de ese olor dulce y tibio que quedaba después de tanto sudor y piel. Gabriela, todavía de espaldas a Adrián, se dejó caer de lado sobre la cama, con la respiración acelerada y las mejillas encendidas. Sentía las piernas temblarle, no solo por el cansancio, sino porque todavía podía escuchar en su cabeza sus propios gemidos… y esa imagen suya reflejada en el espejo, con Adrián grabando cómo su espalda se arqueaba.

Él se recostó a su lado, el celular todavía en la mano, y con una sonrisa pícara le enseñó un fragmento del video. La imagen mostraba exactamente el momento en que ella se inclinaba un poco más hacia adelante y soltaba un gemido largo, el espejo multiplicando la escena como si fuera otra persona observando. Gabriela tragó saliva, sintiendo un cosquilleo en el vientre.

—Mmm… mándamelo —susurró, estirando la mano para tocar la pantalla.

—¿Tan rápido? —preguntó Adrián, medio en broma.

—Obvio… quiero tenerlo yo también —respondió, con una sonrisa maliciosa.

Adrián la miró con curiosidad mientras enviaba el archivo por WhatsApp.

—Pero… ¿por qué te animaste a grabar? Tú nunca querías… —comentó, arqueando una ceja.

Gabriela dudó un segundo. La imagen de lo que Mateo le había mandado antes cruzó fugazmente por su mente, pero enseguida se hizo la loca.

—No sé… creo que me calentó verme en el espejo… y con la luz así… —improvisó, encogiéndose de hombros.

—Ajá… —respondió él, como si quisiera leer entre líneas, pero sin insistir.

Se acomodaron bajo las sábanas. Adrián le pasó un brazo por la cintura, y aunque la intensidad había bajado, Gabriela todavía podía sentir su piel tibia y su respiración cerca de la nuca. Ella cerró los ojos, con el corazón más tranquilo… pero no del todo. En su cabeza, el video ya no era solo un recuerdo del momento, sino una pieza que guardaba para sí misma, con un valor que él no alcanzaba a imaginar.

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