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La saga de Gabriela: Capítulo 3

Mateo sabe que su novia está a punto de llegar, pero su mente no está con ella. En cada beso, en cada embestida, la imagen de Gabriela se superpone a la realidad. Esta noche, el deseo se vuelve peligroso cuando decide cruzar la línea entre la fantasía y la acción.

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Parte 9: Mensajes que llevan tu nombre

Mateo caminaba hacia su casa, las manos en los bolsillos y la mirada perdida. En su mente seguía fija la imagen de Gabriela… el calor de su respiración, esos pequeños gestos que había visto en su rostro, y sobre todo, la forma en que había reaccionado en aquel rincón de la universidad.

Sacó el celular casi por inercia. Notificación de WhatsApp: Catalina 💙.

📲 Catalina💙: “Amor, ¿ya vas a llegar a casa?”

📲 “Sí, ya estoy cerca, ¿por qué?”

📲 Catalina💙: “Es que te quiero ver… he estado pensando en ti.”

Sonrió de lado. La conocía bien. Catalina era de esas que con solo una palabra suya cambiaban el tono, de dulce a atrevida, y esa obediencia suya siempre le había resultado… útil. Pero aun mientras le respondía, la mente de Mateo no se quedaba con ella: seguía viendo a Gabriela.

📲 “¿Y en qué has estado pensando?”📲 Catalina💙: “En ti… en lo que me hiciste la última vez.”📲 “¿Sí? Cuéntame más.”

Su pulgar deslizaba por la pantalla, pero en su cabeza no era Catalina la que hablaba… era la voz de Gabriela, sus gestos y sus gemidos, esa sensación de tener algo prohibido tan cerca todavía le recorría el cuerpo.

📲 Catalina💙: “Me quedé con ganas… hoy quiero que me hagas lo que tú quieras.”

Mateo se recostó en la cama apenas llegó a su habitación, aún sin responder. Miró el techo, dejó que esa frase se mezclara con las imágenes de la universidad. Abrió el chat con Catalina y vio que ella ya estaba escribiendo.

📲 Catalina💙: “¿Quieres que me ponga algo especial para ti?”

Él sonrió, casi por costumbre, pero mientras sus dedos escribían, su cabeza no podía evitar reemplazar la imagen de Catalina por la de Gabriela… imaginándola ahí, respondiéndole con esa mirada de reto disfrazada de inocencia.

📲 “Sí… ponte ese vestido negro cortito, el que usaste la otra vez.”📲 Catalina💙: “Ese que te gusta porque se me sube fácil?”📲 “Ese mismo.”

Su cuerpo reaccionaba, pero no al nombre de Catalina. Era como si en cada línea de chat, él probara un guión que en realidad quería ensayar con otra mujer. Cerró un momento los ojos y recordó cómo había sentido la respiración de Gabriela tan cerca… lo suficiente para encender algo, pero no para apagarlo.

📲 Catalina💙: “Ya me lo puse… ¿te mando foto?”

📲 “Sí… pero sin nada debajo.”

La notificación de imagen llegó rápido. Mateo la abrió y sonrió, sí, estaba guapa. Pero el contraste le golpeó: no sentía esa intriga que tenía con Gabriela, esa mezcla de curiosidad y peligro.

📲 “Así me gusta… hoy te voy a dejar sin fuerzas.”

📲 Catalina💙: “Mmm… te espero, amor.”

Mateo dejó el celular a un lado, se sentó al borde de la cama y respiró hondo. El plan estaba claro: ir, tenerla, y regresar… pero mientras se ponía de pie, supo que esa noche, aunque tocara a Catalina, su mente seguiría pensando en Gabriela.

Parte 10: Deseándote en otra piel

Catalina dejó el celular sobre la cama después de enviar la foto. Su respiración ya estaba un poco agitada, y mientras esperaba la respuesta de Mateo, sintió ese calor familiar recorrerle el vientre. Se acomodó contra el respaldo, dejando que el vestido negro se levantara apenas sobre sus muslos.

Él siempre sabía cómo hablarle para encenderla. Bastaba que usara ese tono mandón, medio arrogante, para que su piel reaccionara. Cerró los ojos y dejó que su mente viajara a la última vez que habían estado juntos: la forma en que la tomó contra la pared sin siquiera darle tiempo de quitarse toda la ropa, el peso de su cuerpo empujándola, el olor a sudor mezclado con perfume barato que le llenaba los sentidos.

Sin darse cuenta, su mano se deslizó por su muslo, lenta, como tanteando el camino. La tela suave del vestido la hacía sentir más consciente de cada roce. Se mordió el labio, imaginando a Mateo entrando por la puerta, con esa mirada que la desarma, y diciéndole que se arrodille.

Le encantaba ser suya. No solo por lo físico, sino por la forma en que él la hacía sentirse… como si el resto del mundo dejara de existir y ella fuera solo un objeto de su deseo. Esa sumisión le producía un placer que no sabía explicar.

Sus dedos, ya más atrevidos, se colaron debajo de la tela. Encontraron la humedad que había crecido rápido, casi demasiado rápido. Recordó la presión de sus manos firmes en sus caderas, el sonido de su voz cuando le gruñía al oído que no se moviera.

Gemía suave, tratando de contenerse, mientras sus pensamientos se llenaban de imágenes: Mateo detrás de ella, tomándola fuerte; Mateo sujetándole el cabello y empujando hasta arrancarle un grito.

El celular vibró, interrumpiendo el ritmo. Abrió los ojos y vio su nombre en la pantalla. Contestó, con la voz aún temblorosa.

—¿Ya estás cerca? —preguntó, casi como un suspiro. —No, Cata… —dijo él, con ese tono grave que sabía usar— ya llegué.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sin pensar, se levantó de la cama, bajándose el vestido un poco, pero manteniendo el calor latente entre las piernas. Caminó hacia la puerta, sabiendo que en segundos, todo lo que había imaginado iba a volverse real, abrió la puerta y ahí estaba Mateo, con esa media sonrisa ladeada que siempre le hacía perder el equilibrio. Vestía una simple camiseta oscura y jeans, pero en él todo se veía como una provocación. La miró de arriba abajo, sin prisa, como evaluando qué iba a hacer con ella primero.

—¿Me estabas esperando así? —dijo, inclinándose apenas hacia su oído mientras pasaba. El roce de su brazo contra el suyo le arrancó un escalofrío.

Catalina cerró la puerta y apenas tuvo tiempo de voltearse antes de que él la empujara contra la pared, con el peso de su cuerpo presionando el suyo. Sus labios se encontraron de golpe, con un beso húmedo y profundo, mientras sus manos ya subían por sus muslos, levantándole el vestido.

Pero en medio del beso, en esa fracción de segundo en que cerró los ojos, Mateo vio otra imagen: Los labios de Gabriela en el salón de clases, con ese gesto que siempre lo sacaba de concentración. No era algo que quisiera invocar en ese momento, pero ahí estaba, mezclándose con la sensación real de Catalina entre sus manos.

—Mateo… —susurró Catalina, sin notar su distracción.

Él volvió al presente y la giró de espaldas, apretando su cadera contra la suya. Su respiración se aceleró. No iba lento, la quería sentir ya, pero su mente seguía jugando con flashes: Gabriela mordiéndose el labio, inclinándose sobre un libro para que él pudiera verla mejor.

Metió la mano entre las piernas de Catalina, encontrando la humedad caliente y palpitante. Ella soltó un gemido ahogado y arqueó la espalda, pegándose más a él.

—Te gusta cuando vengo y te uso así, ¿no? —murmuró, con voz grave.—Sí… —apenas alcanzó a responder, mordiendo su propio labio.

Mateo la tomó del cabello, inclinando su cabeza hacia atrás para besarle el cuello. Ella olía a perfume dulce, pero en su mente el recuerdo de Gabriela traía un aroma más suave, más fresco. No sabía por qué estaba pensando en eso, pero no podía evitarlo.

Mientras la penetraba con los dedos, la escuchaba gemir sin pudor, y a la vez, en algún rincón de su cabeza, imaginaba cómo sonaría Gabriela si estuviera en esa posición, con él tomándola igual.

Catalina no lo sabía, pero en ese momento Mateo estaba disfrutando de dos mujeres a la vez: una en su cuerpo… y otra, muy vívida, en su mente, la empujó hacia el sofá sin soltarle el cabello, obligándola a inclinarse. El vestido se subió solo, revelando la curva perfecta de sus glúteos, y él no perdió tiempo en recorrerla con las manos, apretando, explorando, marcando territorio.

Catalina apoyó las manos en el respaldo, arqueando la espalda para ofrecérsele más. Su respiración ya era rápida, sus caderas se movían apenas, buscando más fricción, más contacto.

Mateo se inclinó sobre ella, sintiendo el calor de su piel, y deslizó la lengua por su cuello hasta morderle el hombro. Con una mano le apartó el vestido, con la otra guió su erección hasta rozarla. El contacto hizo que Catalina soltara un gemido profundo, de esos que él sabía que significaban rendición total.

Pero en su cabeza… la escena cambiaba. La luz era más suave, y en lugar de Catalina, era Gabriela la que estaba inclinada así, mirándolo por encima del hombro con esa media sonrisa que siempre lo desarmaba. La imaginaba mordiéndose el labio, jugando a provocarlo, moviendo las caderas de forma lenta y calculada para hacerlo perder el control.

Un jadeo real lo devolvió a Catalina, que ya estaba empujándose hacia atrás, desesperada por sentirlo dentro. Él la tomó fuerte de la cintura y la penetró de una sola vez. Ella gritó su nombre, hundiendo las uñas en el sofá.

Mateo comenzó con embestidas largas y profundas, disfrutando de cómo su cuerpo lo recibía por completo. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Gabriela montándoselo aparecía nítida: sus manos en su pecho, su cabello cayendo hacia adelante, ese ritmo sensual y casi inocente que contrastaba con el calor de sus movimientos.

Catalina, ajena a esa fantasía, se movía con intensidad, jadeando y gimiendo sin contención. Se inclinó más, apoyando el pecho en el sofá y separando más las piernas para que él pudiera llegar más hondo.

—Así… —susurró él, apretando más su cadera—. No pares.

La sensación de Catalina estremeciéndose con cada embestida se mezclaba con la visión mental de Gabriela sobre él, inclinándose hasta quedar a centímetros de su boca, moviéndose lento, girando las caderas en círculos, con ese gemido suave que él tanto recordaba.

Mateo aceleró el ritmo, con las dos imágenes sobreponiéndose: el placer físico de Catalina y la fantasía de Gabriela, ambas vibrando en su mente como una sola. El sudor corría por su espalda, el sonido húmedo y los gemidos llenaban la habitación.

Catalina comenzó a temblar bajo él, sus piernas perdiendo fuerza. Él la sostuvo, sintiendo cómo su cuerpo se contraía alrededor del suyo, y en ese instante, la fantasía y la realidad se fusionaron: veía a Gabriela acabar encima de él, mientras sentía a Catalina deshacerse en sus brazos.

Se inclinó, mordiéndole el cuello, y dejó que el placer lo arrastrara, mezclando ambas sensaciones hasta no saber cuál lo excitaba más: la mujer que tenía en ese momento… o la que seguía viviendo en su cabeza.

Mateo aún sentía las piernas de Catalina temblar sobre las suyas mientras ella intentaba recuperar el aliento. En el sofá, su cuerpo estaba laxo, con la piel húmeda y las mejillas encendidas. Él la sostuvo del mentón, la obligó a mirarlo y, sin decir una palabra, se levantó con ella medio recostada sobre su pecho.

—Aún no hemos terminado —susurró contra su oído, con esa voz grave que hacía que la piel de Catalina se erizara.

Parte 11: Follándote en el espejo

La guió hasta el baño, la espalda de ella chocando suavemente contra la pared en el camino. Cerró la puerta de un golpe, encendió la luz y la empujó frente al espejo del lavatorio. Su reflejo la mostraba despeinada, con el labial borrado y la respiración entrecortada.

Él sacó el celular, lo desbloqueó y lo sostuvo en una mano mientras con la otra acercaba su miembro a su entrada apoyandola contra el lavatorio. El frío de la cerámica contrastó con el calor de su piel. Con una mano en su cintura y otra sujetando el celular, comenzó a penetrarla fuerte, mirándolos a ambos en el espejo: su expresión de dominio y la entrega total de ella.

—Dime que eres mía —gruñó contra su cuello.

—Soy tuya… toda tuya… —jadeó Catalina, arqueando la espalda.

Mateo sonrió apenas, pero en su mente la imagen cambió: en el espejo ya no estaba Catalina… estaba Gabriela, moviéndose con la misma intensidad. Esa fantasía lo encendió más.

Los embistes se hicieron más rápidos, el sonido de la piel chocando llenaba el baño. Catalina gritaba su nombre, pidiendo más, mientras él la sostenía por la cadera con fuerza, su respiración golpeando el cuello de Catalina embistiéndola con fuerza. Ella apenas podía sostenerse con las manos en el borde del mueble, sus piernas temblaban, pero su voz seguía suplicante.

—Ah… sí… ¡Mateo! —gimió con un tono quebrado, inclinando la cabeza para verlo por el espejo—. No pares… dame más… así… ¡por favor!

Él sonrió de lado, disfrutando verla tan sumisa y entregada, con los labios entreabiertos y el maquillaje ligeramente corrido. Le encantaba tenerla así, completamente a su merced.

—Mírate… mírate en el espejo, Cata… —le dijo con voz grave, sujetándole la barbilla para que no apartara la vista—. Mira cómo te follo…

—Mmm… —ella soltó un suspiro tembloroso, mordiéndose el labio—. Me encanta… soy tuya, Mateo… siempre…

Mateo, excitado por sus palabras, la levantó de golpe, obligándola a soltar un grito ahogado, y la giró para que quedara frente a él. La empujó suavemente hacia abajo hasta que se quedó de rodillas, aún jadeante.

—Vamos, demuéstrame lo bien que sabes hacerlo… —dijo, sacando su miembro húmedo y llevándolo a sus labios.

Catalina lo tomó con las dos manos, mirándolo hacia arriba con una mezcla de lujuria y devoción.

—Mmm… sí… quiero que me llenes la boca… —susurró antes de comenzar a chuparlo lenta y profundamente, dejando escapar gemidos ahogados.

Mateo no apartaba la mirada de ella, y con una mano tomó su celular, encendiendo la cámara para grabar cómo se movía, cómo lo lamía, cómo sus labios brillaban con saliva.

—Eso… así… —murmuró, empujando suavemente su cabeza para marcar el ritmo—. Trágatelo todo…

—Mmm… sí… —respondió ella entre gemidos, aumentando la intensidad, chupando con más fuerza, sintiendo sus manos aferrarse a su cabello.

Mateo, al borde, la levantó de nuevo, colocándola de pie y empujándola otra vez contra el lavatorio, pero esta vez enfocando la cámara para grabar cómo la penetraba desde atrás. Los gemidos de Catalina llenaban el baño.

—¡Mateo… sí… más fuerte! —gritó, arqueando la espalda—. Me encanta… dame todo…

Él la folló sin piedad hasta sentir que estaba por explotar. La apartó de golpe y la volvió a poner de rodillas, apuntando su miembro hacia su cara.

—Ábrela… —ordenó, jadeando.

Catalina obedeció, abrió su boca sacando la lengua y mirando hacia la cámara. Unos segundos después, Mateo terminó sobre su cara, cuello y pecho, dejando chorros calientes que la hicieron soltar un gemido suave.

—Mmm… —ella sonrió con la respiración agitada—. Me encanta sentirte así…

Mateo tomó varias fotos rápidas, capturando su rostro cubierto, su pecho brillante, y mientras ella intentaba limpiarse con las manos, él ya estaba revisando el material.

Fue ahí cuando el pensamiento de Gabriela se coló en su cabeza. Sin dudarlo, seleccionó el video de cómo se cogía a Catalina y la foto final, escribiendo un mensaje:

📲 "Ojalá esta fueras tú."

Presionó enviar.

—Mateo… —dijo Catalina, aún limpiándose—. No… no envíes eso a nadie, ¿sí?

—Tranquila… —contestó sin mirarla, guardando el teléfono y caminando hacia la habitación.

Ella quedó sentada en el piso del baño, con la respiración agitada, mientras él se tiraba en la cama como si nada hubiera pasado.