La nueva vecina (2)
Silvia ya no lo toca, pero la nueva vecina tiene otras intenciones. Lo que empieza como una obsesión digital se transforma en un encuentro húmedo y peligroso donde el deseo supera a la moral.
Antes de leerlo, si no lo has hecho ya, lee la primera parte de la historia:
La nueva Vecina.
Espero que lo disfrtes.
*****
No había podido dejar de pensar en la vecina.
La tenía tan dura que lo primero que hice al llegar a casa fue teclear su nombre e intentar encontrarla en la página que había comentado mi hijo.
Me creé una cuenta de correo falsa, incluso un número de cuenta en un banco online para poder pagarme la suscripción.
Estuve un buen rato navegando hasta que di con ella.
Nunca había pagado por algo así, y sin embargo no me parecía nada mal pagar el cargo que me pedía por poder verla.
En cuanto las primeras y sugerentes imágenes de Lorena impactaron contra mi retina, me la saqué del pantalón, escupí en la palma de la mano y me puse a meneármela.
Dios, todavía podía paladear su sabor, escuchar sus gemidos, mientras ampliaba una imagen en la que estaba en la bañera, cubierta de espuma, con los pezones fuera y cara de estar haciéndose un dedo.
Mi leche salió propulsada sin esfuerzo, manchando su cara y sus tetas, goteando por la pantalla como una premonición de lo que me gustaría hacerle.
Estuve un buen rato mirando cada imagen, sin limpiar los restos de mi corrida. Pensar en ella manchada por completo, embadurnada con esa cara de quiero y necesito más, me estaba poniendo enfermo.
Perdí la noción del tiempo. Tanto que cuando mi mujer abrió la puerta de casa ni la escuché. Volvía a estar empalmado y me la estaba meneando con una foto de la vecina, de espaldas frente a una puesta de sol, completamente desnuda.
La puerta de la habitación se abrió y Silvia dejó ir un exabrupto.
—¿En serio, Jose? —Su mirada cargada de reproche me hizo bajar la pantalla del portátil de inmediato.
—¿Qué? —le pregunté sin avergonzarme porque me hubiera pillado cascándomela.
—Pues que yo voy al gimnasio y tú aprovechas para comportarte como un pajillero.
—No tendría que hacerlo si tú no te negaras cada vez que te toco.
—Ah, claro, la culpa es mía de que seas un puto salido, ¿no?
—No soy un salido, tengo mis necesidades y da la impresión que tú no tengas ninguna. —Silvia resopló—. Demuéstrame que me equivoco, desnúdate y ven conmigo… —Extendí la mano libre, la otra seguía moviendo piel arriba y abajo. Ella me miró con hastío.
—Estoy cansada. La clase ha sido muy dura.
—Esta sí que está dura. —Le mostré mi polla—. Vamos Silvia, ven, anda… ¿Es que ya no te gusto?
—¿Qué tontería es esa?
—Pues demuéstramelo. Chúpamela.
—Sí, claro en eso estaba pensando. Los niños van a llegar de un momento a otro. Mejor acabas y te das una ducha. Ah y asegúrate que no manchas la colcha de mi madre.
Cerró la puerta con desdén y yo me la pelé con rabia. Pensando en la vecina y su boca dispuesta a recibir mi segunda corrida. Estaba cabreado por la desidia de mi mujer, tanto que incluso se me bajó.
Limpié la pantalla del ordenador y me di la ducha que necesitaba para recuperarme del todo.
Cuando bajé los mellizos acababan de llegar de la playa, su madre los estaba bronqueando por llenarlo todo de arena. Cómo se notaba que ella nunca tuvo adolescencia.
Los envió a por otra ducha mientras me observaba de refilón y con mala cara.
Mis hijos me dieron un par de besos y desaparecieron entre carcajadas.
—Podrías reñirlos tú también. Al final yo siempre soy la mala.
—Solo es un poco de arena, lo raro sería que vinieran envueltos en alquitrán. —Ella me lanzó un gruñido y yo cogí la escoba dispuesto a no pelear más—. Estamos de vacaciones Silvi. Relaja.
La observé de refilón. Incluso con el morro torcido estaba guapa. Estaba limpiando la lechuga de la ensalada. Llevaba puesto un vestido corto, de flores y a mi se me antojó meterle mano por debajo de la falda.
—¿Hablaste con la vecina? —Quiso saber sacudiendo las hojas.
—Sí, es maja —comenté distraído. Los gránulos dorados ya estaban sobre el recogedor, los acerqué a la basura.
—¿Hablaste con ella en tetas?
—Me dijiste que lo hiciera.
—¿Y no le pediste que se tapara? —preguntó poniendo las manos en jarras.
—Sí, le di tus horarios para que no te molestara. —Mi mujer boqueó como un pez.
—¿Hiciste eso?
—Eres a la única que le molesta.
—¡Pensará que soy una retrógrada!
—¿Y a ti que más te da lo que piense? —pregunté acercándome a ella por la retaguardia.
—¿No le dijiste que son normas de la comunidad?
—Si le hubiera dicho eso sabría que es mentira, doña Elvira es su abuela, una llamadita y sabría que mentía.
—Pues quiero que lo propongas en la próxima reunión de vecinos, nadie en tetas —suspiré agarrándola de la cintura para sobarle el culo por debajo de la falda—. ¿Qué haces? —preguntó.
—Te tengo ganas —murmuré en su cuello buscando colar la mano bajo las bragas.
—Estás así por su culpa. No me extraña que te la estuvieras pelando como un mono. —Busqué colar los dedos pero ella apretó los muslos, mi mano izquierda agarró una de sus tetas—. ¡Para están los niños!
—Van a ducharse, tardarán. Insistí.
—Me da igual. Te lo digo en serio Jose. Para. —Me aparté molesto.
—¿Quieres que me folle a otra? ¿Es eso?
—¡¿Pero qué dices?! —preguntó horrorizada dándose la vuelta.
—Pues que ya no sé qué pensar. No me miras, no me besas, no me tocas… —La vi dudar.
—Puede que esté un poco desganad, eso es todo, son rachas.
—Pues la tuya dura años. —Se dio la vuelta y siguió preparando la comida.
Por la noche en la cama Silvia carraspeó.
—Podemos hacerlo, si quieres.
La observé, llevaba un camisón de verano se había quitado las bragas y estaba abierta de piernas. Como si se estuviera ofreciendo en sacrificio.
—Déjalo.
—Es que no quiero que pienses…
—Da igual, tampoco es que me apetezca. Buenas noches. —Le di un beso en la frente y me di la vuelta.
No insistió, apagó la luz y me dio la espalda.
—Jose —murmuró al cabo del rato.
—Ajá.
—No he dejado de quererte. —Su declaración me estrujó un poco el corazón—. Se me pasará, te lo prometo.
Me di la vuelta y la encajé contra mi cuerpo haciendo la cucharita.
—Duerme —murmuré besándole el hombro.
Pasé toda la noche soñando con Lorena y su delicioso coño. Me levanté tan empalmado que tuve que pajearme antes de bajar a desayunar.
Por suerte la vecina no estaba tomando el sol, mi mujer parecía contenta por ello y yo no sabía cómo tomármelo.
Los niños habían quedado con sus amigos, Silvia se marchó al gimnasio y yo salí un poco triste hacia la piscina. Ni rastro de Lorena.
Me dispuse a hacer mi rutina de natación y cuando llevaba treinta minutos unas piernas estaban en mi campo de visión. Bueno más bien unos pies y unas pantorrillas, su propietario debía estar sentado en el borde.
Cuando llegué emergí y me encontré un precioso coño brillante y abierto.
—Hola, vecino —murmuró la voz musical de Lorena.
—El agua se siente deliciosa.
—No tanto como tú… —Ella me dedicó una sonrisa—. Pensaba que ya no vendrías.
—Digamos que esta mañana tenía trabajo y preferí esperar a que estuviéramos a solas, así no incomodo a tu mujer. Espero que no te importe que vaya desnuda, empezaba a tener marca aquí abajo.
—Acarició su monte de venus totalmente depilado.
—No, qué va, ya sabes que no tengo problemas con verte tal cual.
—Me alegro. Oye nadas muy bien, ojalá yo supiera hacerlo así.
—Si quieres te puedo enseñar.
Ella alzó las cejas.
—¿Lo harías?
—Sí, lo que sea por mi vecina.
Lorena se dejó caer en el agua muy cerca de mí.
—¿Te va bien que empecemos las clases ahora?
—Me va genial.
Estuvimos unos cuarenta y cinco minutos en remojo. Aproveché para enseñarle a respirar, tocar su piel y rozar algo más de lo que debería.
Tenía una erección de caballo.
Cuando terminé la lección del día y me tocó salir del agua ella se relamió sin ningún tipo de disimulo al ver mi entrepierna.
—Perdona, esta va por libre…
—No hay nada que perdonar —murmuró—. ¿Tomas un rato el sol conmigo?
—Por supuesto.
Nos tumbamos en las toallas y ella se puso a embadurnarse de protección solar. Casi me corro al verla magrearse todo el cuerpo. Se dio la vuelta y me miró pizpireta.
—¿Te importa darme por detrás? —El juego de palabras me hizo gemir.
Apoyó la cabeza sobre las manos y separó un poco los muslos. Era una puta diosa y quería que la masajeara. ¿Cómo decir que no?
La crema era tan blanca y espesa que cuando la dejé caer sobre su espalda y su culo pensé en que mi corrida tendría el mismo aspecto.
La masajeé recreándome en cada maldito poro de su piel. Sudando al llevar las yemas de los dedos a los laterales de las tetas y cuando alcancé los lumbares.
Su culo era tan redondo que me daban ganas de separar los cachetes y lamerlo.
—Mmm, qué bien lo haces, menudas manos tienes. Silvia debe estar encantada con tus masajes.
—Silvia no me pide que la masajee.
—¿En serio? Pues si fueras mi marido yo te estaría pidiendo todo el día que me tocaras.
Lorena jadeó al notar mis dedos trabajándole las nalgas.
Le pedí que separara un poco las piernas, si no le importaba para ponerme entre ellas.
Las abrió premiándome con la visión de aquellos labios salientes e inflamados. Su coño rogaba por ser comido y yo lo deseaba con todas mis ansias.
Metí las manos por la raja del culo amasando con fuerza, subiendo y bajando la carne. Perdiéndome en la visión de aquel ano fruncido y el jugo de sus pliegues.
—Ohhh, Jose, me estás poniendo a cien —jadeó. Alargué los dedos y toqué su humedad—. Sigue, por favor. —Tragué con fuera. Metí uno de los dedos en su vagina y la penetré—. Dios, me encanta —murmuró mientras yo lo hacía girar en su coño.
Aquel culo era demasiado tentador. Con la mano libre separé una nalga y me puse a lamer de arriba abajo, trazando círculos en el fruncido agujero. Mi dedo seguía penetrándola y ella alzaba el culo invitante.
—Así, eso es, cómemelo.
Mi lengua se adentró en él. Silvia no me dejaba, decía que era una cerdada y sin embargo a Loren le estaba encantando. Logré que mi lengua la penetrara a la par que encajaba el segundo dedo.
Los jadeos de Lorena me enfermaban. Mi erección estaba a punto de reventar dentro del bañador.
No podía dejar de comerle el culo y follarla con los dedos.
—Méteme más dedos, por favor —suplicó.
Su coño los tragaba glotón. Uno, dos, tres, cuatro, solo quedaba el pulgar. Se lo dije.
—Los quiero todos dentro, me caben, en serio, lubrícame con tu saliva.
Saqué la lengua del ojete y escupí, dándole la lubricidad extra que me faltaba. Tanteé el coño dilatado con el dedo gordo y lo metí. ¡Qué puta pasada! Forcé la mano y me engulló hasta la muñeca. Lorena gritó.
—¿Estás bien?
—Sí, sí, sí, sigue, dame más, gírala dentro y sácalos casi hasta el final, escúpeme en el coño, me pones muy perra Jose.
Y ella me ponía a mí a cien. Seguí sus instrucciones. Madre mía, nunca había hecho nada así. Lorena se retorcía del gusto. Mis acometidas manuales cada vez eran más violentas y ella frotaba el clítoris contra el rizo de la toalla.
—Ah, ah, ah, me corro, me corro…
Sin pensarlo aparté la mano, le di la vuelta y hundí mi cara en su coño para comerla.
La corrida me inundó la lengua. Lorena tenía mucho flujo y eso me gustaba. La seguía comiendo hasta que estalló desmadejada en un segundo orgasmo.
Sus piernas estaban enredadas en mi cuello y sus dedos en mi pelo.
—Lo comes tan bien —suspiró.
—Gracias.
Alcé la cara y la miré. Era preciosa.
—Túmbate y déjame que te ponga crema.
Me estiré con mi erección acuciante presionando el bañador.
Lorena tiró de la prenda y la liberó. Al verla, con la cabeza gorda y brillante se relamió.
—Tienes una polla divina.
Agarró el bote de crema y me echó un buen chorro en ella. Jadeé por el contraste de temperatura y porque su mano comenzó a pajearme.
—¿Te gusta?
Asentí. La tenía entre los muslos, son sus preciosas tetas gigantes balanceándose descaradas.
—No voy a aguantar mucho.
—¿Tan cachondo te pongo? —asentí—. Me gusta excitarte. Tú también me pones muy perra. Me gustó que esta mañana pagaras por verme. —Joder sabía que me había puesto a seguirla—. ¿Te da morbo pagarme? —No lo había pensado, pero ahora que lo decía asentí—. Hay mucho hombres que les gusta, les hace sentir poderosos y que yo soy su puta. ¿Eso es lo que quieres de mí, Jose. —Que me hablara sucio todavía me ponía más—. Dilo.
—Sí, me gusta pensar que eres mi zorra. —Ella sonrió.
—Bien. —Soltó mi polla y se colocó sobre ella a horcajadas—. Hora de la crema…
Empezó a frotar su coño contra mi dureza. Volvía a estar empapada. Me estaba pajeando con su vagina y yo no podía hacer nada más que no fuera jadear y mirarle las tetas, estaba hipnotizado.
—Eso es, vas a correrte así, masturbado por mi coño, quiero tu leche, Jose, quiero saber cuál es tu sabor.
El vaivén de su cuerpo seguía sobre el mío. Colocó las manos en mi pecho y me retorció los pezones con saña. Aullé del placer y noté cómo mis pelotas se contraían empapadas en su jugo.
Mi polla comenzó a escupir, lanzando chorros de esperma contra mi vientre bajo las atenciones de Lorena, que sonreía pérfida.
Continuó frotándose sin descanso hasta que se corrió una tercera vez y entonces se agachó y recogió mi semen con su lengua para acercarlo a mi boca y besarme con él.
Fue como si me diera una descarga eléctrica por todo el cuerpo. La besé con gula, con lujuria y con pecado.
Al cabo de unos minutos ella se separó de mi boca con un beso apretado y susurró en mi oreja.
—Me ha encantado. Nos vemos mañana. Ya sabes cuál es mi número de cuenta, espero que sepas ser generoso.
Se levantó y me dejó con el cuerpo temblando.
Espero vuestros comentarios y saber qué creéis que pasará entre estos dos.
Miau.
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